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Renace un escritor caldense

lunes, 22 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Hace años, muchos años –cuando residía en Armenia–, oí hablar por primera vez de Tomás Calderón. Fue poco lo que supe de él, fuera de que había muerto dos décadas atrás y se había destacado como columnista de La Patria con el seudónimo de Mauricio, y además sobresalía como escritor y poeta. Al paso de los días, me llegaban vagas noticias sobre su vida y su obra, y nunca logré conocer un libro suyo. Esto confirma el olvido que cae sobre los hombres de letras.

Solo ahora vengo a saber quién es en realidad Tomás Calderón, por la antología que publica el historiador y escritor caldense Pedro Felipe Hoyos, con prólogo de Augusto León Restrepo, exdirector de La Patria (y además político, columnista y poeta, que nos está debiendo su nuevo libro de poesía erótica). Esta bella edición de Tomás Calderón consta de 255 páginas en tamaño 21 x 23 cm, y está elaborada en excelente papel y enriquecida con añejas fotos de personas, paisajes y otras referencias de la región.

Tanto el prologuista como el compilador presentan enfoques valiosos acerca del escritor y su obra, la que se recoge en este acopio de páginas exquisitas, de que disfrutaron los lectores del diario manizaleño durante los 33 años de ejercicio periodístico del personaje hoy olvidado (1921-1954). Y se ofrece una muestra selecta de sus poemas, cuentos y prosas.

Tomás Calderón nació en Salamina el 7 de marzo de 1891, y murió en Manizales el 18 de mayo de 1955. Las dos poblaciones fueron para él objeto de sus entrañables querencias. Viajero pertinaz por pueblos colombianos y geografías foráneas, siempre, sin embargo, llevaba a sus dos amores –Salamina y Manizales– como emblemas que le enternecían la emoción.

Hay algo que me anima sobremanera al leer sus escritos: el camino, que fue para él una presea del espíritu. El sentido del viaje, del movimiento, del tránsito por las rutas de la vida, tan marcado en su sensibilidad, le imprimía nervio, aliento, poesía. Una vez manifestó que quería para su tumba este epitafio: “Aquí yace un camino”. Ignoro si se cumplió su deseo. Ojalá alguien nos lo cuente.

Soy otro enamorado de los caminos. En mi libro bautizado con este rótulo en 1982, y guardado en la Cápsula de El Tiempo, digo: “La vida está cruzada por caminos. Cada idea es un camino”. Otra obra mía es El azar de los caminos (2002). Tal vez este apego sentimental fue el que me hizo ganar el título de barón de los caminos, otorgado –por mediación de Hernán Olano García– por la Imperial Orden de la Doctora de la Iglesia Santa Elizabeth de Hesse –Darmstadt–. ¿Peco de vanidoso? No. Lo que deseo es mostrar mi sorpresa y admiración frente al hallazgo de otro escritor que hizo del camino una filosofía de la vida, y celebrar esa coincidencia.      

Tomás Calderón escribió páginas magistrales. Una de ellas –la que más me ha impactado– es la dedicada a Rosalía Mendoza, la gitana. La conoció cuando la llevaban en el ataúd para el cementerio, y meditó: “Tuve la impresión de que se moría el alma de un camino, de tantos que tiene el mundo. Los caminos también se mueren. Pero has muerto muy bien, en un camino, junto al río, bajo los árboles polvorientos”.

Luego confiesa para sí mismo, cuando hacían desaparecer a la gitana bajo las paletadas de tierra: “Serías mi novia, Rosalía Mendoza. Bajo el embrujo de tus ojos pensativos, yo sería un poeta triste de senderos, melancólico de ciudades viejas, enfermo de mares…” Esta declaración estremecida me hace evocar los poemas enamorados de Baudilio Montoya, el rapsoda del Quindío, al borde de los caminos.

Otra crónica memorable es la que pinta el furor de la borrasca en la profundidad del monte, como si el desastre sucediera en el mismo momento de la lectura. La mortaja es un cuento alucinante que tiene como protagonista a sor Juana de la Cruz, y deja en la mente del lector la sensación de la santidad y el amor reunidos. Ese es el poder de la palabra, que tanto ejercitó Tomás Calderón con su vocabulario castizo, elocuente y poético. Fue maestro de la legítima crónica, tan escasa en nuestros días, así como del adjetivo preciso y la metáfora refulgente.

Es un placer leerlo. Las letras caldenses están de plácemes con el rescate de este gran escritor olvidado, fallecido hace 63 años. Lo mismo debe ocurrir con Luis Yagarí, cuya muerte ocurrió en Manizales en 1985, y que también permanece en el olvido. Ambos, brillantes cronistas de vocación, hicieron una época. Una vez dijo Tomás Calderón: “Yo escribo por una necesidad de mis nervios”.

El Espectador, Bogotá, 1-IX-2018.
Eje 21, Manizales, 31-VIII-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 2-IX-2018.
La Píldora, Cali, n.° 196, nov-dic/2018.

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Debe usted leer Minutos, el libro que Arturo Zapata le publicó a Tomás Calderón en 1936, donde el camino, en el sentido budista, se convierte en una metáfora de la vida. Pedro Felipe Hoyos, Manizales.

Roberto Vélez Correa me habló más de una vez de la prosa de Calderón y me consiguió dos o tres columnas. Me decía Roberto que de él no se supo tanto, porque tenía la manía de escribir con seudónimo y que cuando lo hizo con su nombre no alcanzó el mérito suficiente para quienes no sabían quién era Mauricio. Mil gracias por permitirme recordar los diálogos con los muertos. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Tus escritos siempre descubren valores y lugares regionales olvidados o ignorados por muchos. El caso de Tomás Calderón es un claro ejemplo de ello. Yo creo que exceptuando a sus coterráneos de la época, pocas personas conocen al personaje y su obra. Qué honda huella debiste dejar en Armenia y qué reconocimiento te deben, porque te has encargado de divulgar la existencia de muchas figuras de esa bella región que son desconocidas en el resto del país. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Tomás Calderón era hermano de mi abuela materna. Siempre nuestra familia estuvo en contacto con él, sobre todo cuando se fueron a vivir a Saboya, hermosa y grande hacienda, a 25 minutos de Manizales en la carretera al Magdalena. Tomás (Mauricio) trabajaba en La Patria y almorzaba en nuestra casa y ya hacia las 5 p. m. regresaba a Saboya con amigos de ese vecindario. Cuando llegué al Valle del Cauca estuve alojado en Palmira, en la casa de Diego Calderón, laboratorista e hijo de Tomás. Quisimos hacer ese trabajo literario de rescatar los escritos de Tomás, pero nos resultaba difícil. Ahora Mauricio Calderón, hijo de Diego y nieto de Tomás, abogado residente en USA, se entusiasmó con la idea y al llegar a Manizales tomó contacto con Pedro Felipe Hoyos y se logró este deseo literario. Alberto Gómez Aristizábal (médico, director de la revista La Píldora), Cali.

Cuánta alegría e interés me causó la lectura de esta página acerca del renacimiento del escritor caldense Tomás Calderón. Es, como en la crónica de la gitana Rosalía, cuando lo acabo de conocer (fallecido hace 63 años) y desde ya me he enamorado de su pluma y de sus crónicas. Cautiva su encanto de escritor y poeta. Podría decirse que el escritor Tomás Calderón ha resucitado para beneplácito de los lectores. Los caminos nos pertenecen, los que conocemos, imaginamos o deseamos desde nuestro recorrido interior. Inés Blanco, Bogotá.

Soy, como suscriptor de La Crónica del Quindío, asiduo lector de su columna. En la del domingo 2 de septiembre, destaca usted la obra del escritor y poeta Tomás Calderón. Autor también del primer himno del tradicional colegio Rufino J. Cuervo, y de la letra del himno de Armenia en 1927. Lo cual quedó consignado, como homenaje, en el libro Colegio Rufino José Cuervo-Centro 100 años 1910-2010. Testimonios que hacen historia. Jairo Orozco Hernández, Armenia.

Dos transeúntes del tiempo

martes, 9 de enero de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Jaime González Parra y Rogelio Echavarría, dos transeúntes del tiempo y además del diario El Tiempo, murieron en Bogotá en noviembre pasado, con un día de diferencia: Rogelio Echavarría, el 29 (a los 91 años de edad), y Jaime González, el 30 (a los 90 años).

Vidas paralelas bajo diversos aspectos: la fecha de nacimiento, su larga vinculación a la misma empresa, la similitud de sus oficios, la formación intelectual, la despedida del mundo (que ocurrió casi al mismo tiempo). Los dos poseían parecidos rasgos de amabilidad, cortesía y discreción, e incluso semejanzas en su manera de vestir: siempre iban de corbata, traje elegante y peinado perfecto.

Jaime González nació en Fusagasugá el 3 de septiembre de 1927, y desde los 16 años ya mostraba vocación por el periodismo. Años después hacía su ingreso a El Tiempo, donde fue testigo del incendio del diario en 1952 y de su cierre en 1955, durante la dictadura de Rojas Pinilla, sucesos que relata en el libro El Tiempo de mi época. En este periódico llegó a ejercer el cargo de secretario general de la Dirección.

La poetisa Laura Victoria, que vino por última vez a Colombia en 1989, me pidió que la acompañara a visitar El Tiempo, que había sido su casa durante los días de su gloria literaria en los años 30 del siglo pasado. El director, Hernando Santos Castillo, salió a saludarla y luego nos dejó en manos de Jaime González, mientras atendía una entrevista que se realizaba en su despacho.

Este maestro del idioma gozaba de fama por su erudición gramatical, y en tal carácter desempeñaba el oficio de corrector de los editoriales y las columnas de opinión. Obtuvo tres premios en el campo periodístico, y fue miembro de la Sociedad Bolivariana, la Academia de Historia de la Policía y la Sociedad de Ornato de Bogotá.

Rogelio Echavarría nació en Santa Rosa de Osos el 27 de marzo de 1926. A los 15 años se reveló en Medellín su inclinación por el periodismo. Trabajó durante 10 años en El Espectador y durante 30 en El Tiempo. En este diario fue subjefe de redacción, subeditor, columnista y comentarista cultural (su espacio Carátulas y solapas fue recogido en 1995 por el Instituto Caro y Cuervo bajo el título Mil y una notas, en dos tomos de 424 y 458 páginas).

La pasión entrañable de Rogelio Echavarría fue la poesía. En 1948 publicó Edad sin tiempo, y en 1964, El transeúnte, su obra maestra, que había iniciado en 1945 y que ampliaría en 6 ediciones más, siempre con nuevos y sorprendentes poemas.

Sobre ella dijo Aurelio Arturo que se trata de “una de las formas de poesía más originales y audaces de nuestro tiempo”.

Por otra parte, es autor de 7 libros de carácter antológico, y del titulado Quién es quién en la poesía colombiana (1998), publicado por el Ministerio de Cultura y que constituye valiosa fuente de consulta. En este libro dejó consignados datos que me solicitó sobre el poeta Germán Pardo García.

En el poema estelar El transeúnte, considerado el eje de su obra literaria, así define Rogelio Echavarría su itinerario por las calles bogotanas, que es su propio tránsito por la vida: “Todas las calles que conozco / son un largo monólogo mío / llenas de gente como árboles / batidos por oscura batahola”.

Eje 21, Manizales, 22-XII-2017.
El Espectador, Bogotá, 22-XII-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 24-XII-2017.

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Con Rogelio Echavarría me sucedió algo muy simpático. Estando con mi hermano Óscar en el café Automático en Bogotá, apareció Rogelio y, al vernos, se sentó en nuestra mesa. Cuando Óscar nos presentó, le contó que yo residía en Nueva York. Inmediatamente abrió un sobre de manila donde tenía varios de sus poemas que acababa de recoger, traducidos al inglés por su amigo Otto de Greiff. Me los pasó para que los leyera. Cuando empecé a leerlos en español, se horrorizó y dijo: no, no, yo nunca escribí eso. Ante su extrañeza le recordé: Rogelio, acuérdate que siempre se ha dicho que lo ideal es leer a los autores en su propio idioma. La mayoría de las obras, por muy buena que sea la traducción, no son fieles al original. Rogelio: excelente ser humano y poeta. Nunca lo olvidaremos. William Piedrahíta González, colombiano residente en Estados Unidos.

Merecido reconocimiento de Rogelio Echavarría y Jaime González Parra. Curioso ese paralelo en sus vidas y hasta en sus muertes. Los dos dejaron su herencia  literaria y su don de gentes y buenos amigos. Inés Blanco, Bogotá.

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Las jornadas de Yagarí

miércoles, 6 de septiembre de 2017 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Conocí a Luis Yagarí en Armenia, en 1969, y 5 años después nos encontramos en Manizales, donde él era columnista estrella del diario La Patria, al que estaría vinculado durante más de 50 años. Como alumno de Luis Tejada, Yagarí siguió sus pasos con maravilloso estilo.

A sus trabajos los llamaba jornadas. Cada jornada era para él una travesía ardua, sufrida, meticulosa, donde no ahorraba esfuerzos en la pesquisa informativa y en la factura del tema. Con ese rigor, escribió crónicas geniales, donde campeaban la gracia, la amenidad, la fina ironía, la agilidad mental. Y solía sazonarlas con gotas de humor y altas dosis de sabiduría.

En 1975, escribí El tabaco de Yagarí, donde dibujo su singular personalidad. Este texto vino a conocerlo su hijo Gonzalo, 36 años después, y dio lugar al siguiente mensaje que me remitió desde Pereira: “Me impresionó el retrato de cuerpo y de espíritu que usted logró, con su pluma, de mi padre”.

El tabaco era signo esencial de su carácter. Con él aireaba su estampa gallarda y se daba visos de preeminencia. Era, además, fuente de estímulo e inspiración. Estas son palabras suyas: “Es mi unidad de medida. Las crónicas las mido por chupadas. Creo que el equilibrio lo guardo en el tabaco, como los perros en la cola”.

Su ilustración obedecía a sus intensas lecturas y a su contacto con altas figuras de las letras, como Silvio Villegas y Aquilino Villegas. Como periodista, no perdía ocasión para acercarse a los líderes nacionales, lo mismo que a escritores, poetas e intelectuales.

De él dijo Hernando Giraldo, el brillante columnista de El Espectador: “Luis Yagarí es una de las cimas que mayor visibilidad conservan a lo largo y ancho del país”. Y Fernando Londoño y Londoño: “En este libro (se refiere a Jornadas) que las gentes creen que es un libro de humor, hay historia, hay filosofía, política, hay poesía y hay un poquitín de humor”.

También actuó en la vida pública. Presidió la Asamblea de Caldas y la Cámara de Representantes. Estuvo en el servicio exterior y fue directivo de su partido. En 1925 se desempeñó como intendente del Chamí, región indígena que pertenecía a Caldas. De allí sacó el apellido Yagarí, que en dialecto chocoano quiere decir flechero. Con esa adquisición, no cesaba de disparar sus flechazos certeros.

Nació en Pereira el 27 de marzo de 1903, se casó en Calarcá el 27 de julio de 1925, y murió en Manizales el 18 de mayo de 1985. Por lo tanto, echó raíces en todo el territorio conocido hoy como el Eje Cafetero. Su nombre de pila es Gonzalo Uribe Mejía. Apelativo que perdió para convertirse en Luis Yagarí, personaje que pasó a la historia. El indígena “murió de soledad y tristeza –dijo–. Cuando me contaron su muerte escribí una crónica titulada Yo maté a Luis Yagarí”.

He vuelto a encontrarme con el cronista estrella a través de la gratísima relectura de su libro Jornadas (1974). Densas capas de olvido han caído sobre su nombre. Ya pocos saben quién fue Luis Yagarí. Ojalá alguna entidad se encargue de recuperar su obra. Vale la pena volver sobre el pasado memorable que enalteció con su inteligencia este hijo ilustre de la comarca cafetera.

El Espectador, Bogotá, 1-IX-2017.
Eje 21, Manizales, 1-IX-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 3-IX-2017.

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¿Cómo olvidar el estilo, la claridad conceptual  y las agudas columnas de Luis Yagarí? Gustavo Valencia, Armenia.

Excelente y resumida evocación de un hombre cuyos textos fueron el habitual alimento cultural de una región que él representaba con tan selecto lenguaje. Qué necesarias son estas evocaciones para recuperar y proteger ese pasado que solo se encuentra en memorias privilegiadas como la del autor de este artículo. Umberto Senegal, Calarcá.

El columnista tiene toda la razón: con el olvido en el Eje Cafetero, la historia, en toda su extensión, la enterraron. Durante mi breve paso por La Patria, en 1972, lo conocí. Era la época de Jorge Santander y Héctor Moreno, de grata recordación en el medio intelectual del Manizales de entonces. Guillermo Valderrama (correo a La Crónica del Quindío). 

A veces llegan cartas…

lunes, 31 de octubre de 2016 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Durante los días del plebiscito las redes electrónicas se vieron bombardeadas con toda clase de mensajes, la mayor parte de desinformación, o de presagios funestos si se votaba en contra de lo que en materia electoral pensaba el remitente, que lo mismo podía ser un seguidor del Sí o del No.

La polarización del país quedó reflejada en este cruce descomunal de mensajes, muchos oscuros, iracundos y alarmistas, y otros serenos y positivos. Se acudió, incluso, al ultraje contra quien tenía ideas contrarias, a veces con vocabulario soez, ánimo exacerbado y actitud apasionada. La ira obnubila la mente.

Quienes más recibieron estos dardos fueron los comentaristas de prensa. A raíz de mi artículo Cita con la historia, elaborado con espíritu constructivo, me llegó esta carta de un conocido mío a quien consideraba culto y equilibrado:

“Me entristece bastante su posición. Cómo no experimentar sentimiento semejante al leer un texto de frívolo pazantismo (sic) escrito por alguien que mereció mi admiración de lector adolescente de El Espectador –Guillermo Cano moriría de nuevo al comprobar el envilecimiento del supuesto sector pensante del país–, cuando usted remitía sus colaboraciones desde Armenia; de alguien a quien presumía poseedor de una clara conciencia de respeto por los principios democráticos, por la justicia, por los valores fundamentales de convivencia. Se rindió usted a los cantos de sirena de un pusilánime e inepto gobernante quien desde el principio perdió su propio norte y se lo está haciendo perder aún a mentes lúcidas”.

Le contesto: “Lamento que estemos en posiciones contrarias. Para eso es la democracia. Respecto al proceso de paz, no olvide que las redes están llenas de mensajes tendenciosos y manipuladores, y por ellas se transmite mucho odio. Será la historia la que se encargará de valorar con justicia la labor del presidente Santos. Ahora hay mucha pasión. Soy el mismo columnista de siempre, con criterios sanos y positivos. Ya a estas alturas es difícil que me deje engañar por cantos de sirena, como usted lo dice tal vez por ofuscación de sus ideas”.

En torno al artículo citado, una escritora amiga me dice: “Lo triste es que la mayoría de los que votan por el Sí no son los que han padecido la violencia en directo. No son los que han perdido familiares o amigos como consecuencia de las balas o las bombas, o pagado las infames vacunas, o dinero del secuestro, ni sus hijos han sido robados para la guerrilla o sus niñas violadas. Son los que ven los videos del cinismo de las Farc y las mentiras de Santos  impasibles. Dios se apiade de Colombia y proteja a los colombianos de bien”.

Le contesto: “Lamento mucho que estemos en campos contrarios. Yo veo las cosas de diferente manera. Y respeto las opiniones opuestas. El derecho a disentir es sagrado en las democracias”.

En sentido contrario a los dos correos anteriores, me llega esta otra misiva, animada por la esperanza: “No sabe cuánto me alegra ver su nombre como uno de los que suscriben la carta al presidente Santos. Por lo que le he leído, no podía esperar menos a que usted estuviera entre ellos. Coincido totalmente con el contenido y hago fuerza por que el Presidente no desoiga ese reclamo que ustedes le hacen y que fue el mandato que le dimos quienes votamos por él en su segunda elección”.

El Espectador, Bogotá, 29-X-2016.
Eje 21, Manizales, 28-X-2016.
La Crónica del Quindío, Armenia, 30-X-2016.

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Por el lenguaje y obsesiva reiteración de un vocablo despectivo que acosa, día y noche, al columnista de La Crónica que le envió la carta, igual que a mí me remitió algunos desesperanzados y paranoicos correos, es fácil deducir su autor, para quien todos los intelectuales que defendimos el Sí nos «envilecimos» al hacer pública tal decisión. A mí, me emplazó para que no me saliera del ámbito poético y dejara de escribir columnas sobre temas políticos que él consideraba sin argumentos. Personas con la ligereza conceptual de tal amigo debían leer de Eduardo Mackenzie Las Farc, fracaso de un terrorismo, para que justifiquen entonces sus retardatarias ideas con puntos de vista semejantes. Umberto Senegal, Calarcá.

Ese es el juego de la democracia y es la maravilla de la libertad: poder disentir y expresar. Su columna es un canto a la sinceridad y honestidad que lo caracteriza como columnista de los importantes medios que acogen su pensamiento. Gustavo Valencia García, Armenia.

Lo mejor es no prestarles atención. Debe saberse que el fanático no razona o escucha argumentos. William Piedrahíta González, colombiano residente en Estados Unidos.

La ecuanimidad, rectitud de pensamiento y claridad del columnista han sido reflejadas todo el tiempo en sus escritos. Evidente la polarización tan marcada que ha hecho del país un hervidero de ataques y contradicciones.  Creo que el Presidente ha sido injustamente descalificado. Elvira Lozano Torres, Tunja.

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El legado de Jorge Consuegra

miércoles, 25 de mayo de 2016 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

“Yo derroté la leucemia y volviendo a ser un volcán en erupción en esta profesión que me fascina, el periodismo, y esperando con ansias regresar a las aulas de clases para enseñar un poco más el oficio más hermoso del mundo…” Esto era lo que decía Jorge Consuegra en valerosa crónica de noviembre de 2013, cuando el médico le informó que el mal estaba extinguido tras las intensas jornadas de quimioterapia.

Dos años y medio después, este 20 de mayo, la leucemia, agazapada en su sangre como un monstruo traicionero e imparable, dio al traste con esta vida promisoria que, a los sesenta y seis años, aún le quedaba mucho por ejecutar en pro de la cultura nacional. Sin embargo, el legado que deja como gestor cultural, periodista, escritor y profesor es de vasto alcance.

Desde los catorce años ya era un apasionado por la lectura y la escritura. Puede decirse que nació entre los libros, y a ellos dedicó todas sus complacencias. Llegado de Bucaramanga, bien pronto se vinculó a La República, para pasar luego por Cromos, El Espectador, El Tiempo, Arcadia, Caracol Radio y otros espacios, donde sentó su cátedra del bien decir y el bien pensar.

Se volvió una referencia nacional. Decir Jorge Consuegra era lo mismo que decir cultura. Portaba consigo una rara marca que lo hacía distinguir como el gran maestro de las juventudes y el amigo irrestricto de los escritores, fueran estos de reciente inicio o de larga travesía. Su misión era impulsar la vida del libro, extrayendo de él todo el bagaje y toda la sabiduría que proporcionan los textos bien digeridos, como manjar inmejorable del espíritu.

Promovía debates sustanciosos por la radio y la televisión, y siempre aparecía, no como el maestro solemne y regañón que todo lo sabe y todo lo pontifica, sino como el sencillo orientador de teorías y enseñanzas comprensibles y benéficas. Pocos como él tan erudito en literatura latinoamericana, para quien no se escapaba ninguna novedad editorial y sabía disertar sobre todos los temas.

Desde Libros & Letras cubría el vasto mundo de la cultura colombiana. Como su pasión era leer y transmitir conocimientos, hacía de esta cátedra la mejor escuela de la ciencia y el aprendizaje. Bajo su labor como profesor universitario se levantaron muchas vocaciones que más tarde fulgurarían en el panorama de la cultura y la creación literaria.

Sorprendente entrega la suya al mundo fantástico de las letras. La lectura no solo era para él una entretención, sino una pasión y una obsesión. De la misma manera, la inculcaba entre sus discípulos. Tanta era su devoción por esta disciplina, que instauró el espacio televisivo Ventana al Libro, de entrañable recordación en estos momentos en que ha cesado su viaje terrenal y se acrecienta su nombre como paradigma de los mejores valores del país, en tiempos tan ligeros y frívolos como los que se viven en la actualidad.

Jorge Consuegra no solo amaba los libros, sino que enseñó a amarlos. Ojalá no se olvide la lección.

KIENYKE, Bogotá, 22-V-2016

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Qué punto tan importante ha resaltado el artículo. Justamente es el legado lo que no se puede perder. Este artículo tan preciso sobre mi querido maestro habla sobre su labor docente. Puedo decir que amaba a sus estudiantes y en vez de sentar cátedra hacía que la gente pensara, se cuestionara, analizara y denunciara. Trató de crear conciencia en un país donde eso es lo que precisamente falta. Colombia Páez, Miami.

Lástima por nosotros, perdimos a un gran gestor y crítico literario. José Nodier Solórzano Castaño, Armenia.
Nos conmueve el final de la vida de estos hombres dedicados a la cultura. La muerte implacable y dolorosa no perdona. Inés Blanco, Bogotá.

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