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Persecución a periodistas

Miércoles, 18 de noviembre de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Antes de ser asesinado Orlando Sierra a la salida del diario manizaleño La Patria, donde desempeñaba el cargo de subdirector, fue objeto de intimidaciones y amenazas de muerte. Las constantes denuncias que hacía en sus columnas contra actos corruptos de la coalición política gobernante, y en forma concreta contra el dirigente liberal Ferney Tapasco, lo convirtieron en elemento indeseable.

Lo mataron el 30 de octubre de 2002. Y corrieron 13 años antes de ser condenado  el autor intelectual (Tapasco) a 36 años de cárcel. Pero logró escapar. En días pasados fue capturado en algún sitio escondido, con barba crecida, traje mugriento y la mirada perdida. Parecía una rata atrapada.

Triste espectáculo que le puso fin a las maniobras ejercidas para que el crimen quedara impune, como ha sido el común denominador de otros casos semejantes. Es el triunfo más notorio de la justicia dentro del campo desamparado de los servidores de la prensa, a pesar de los tortuosos caminos que tuvieron que recorrerse. Quizá sea el comienzo de nuevas acciones ejemplarizantes.

En 1995 fue asesinado en Armenia Ernesto Acero Cadena, crítico vehemente de los desvíos locales desde su revista El Informador Socio-económico del Quindío. Debido a su labor moralista, recibió, al igual que Orlando Sierra, coacciones que buscaban acallarlo. Al no conseguirlo, lo silenciaron con las balas. Este crimen lleva 20 años en la impunidad.

En el mismo año 95 cayó asesinado Álvaro Gómez Hurtado cuando salía de dictar su clase en la universidad Sergio Arboleda. Duro opositor del gobierno de Ernesto Samper, había dicho 2 días antes del atentado que “el presidente no se va a caer, pero tampoco se puede quedar”. Y lo asesinaron. Horrendo magnicidio que duerme en más de 150.000 folios del expediente, con múltiples interferencias dentro del proceso judicial, sin que haya logrado establecerse la verdad.

Hace 2 meses fue enterrada en Pitalito la periodista Flor Alba Núñez, cuya muerte obedeció a sus valientes denuncias contra abusos públicos. Un desconocido le disparó en la cabeza cuando ella ingresaba a la emisora La Preferida. El asesinato no ha sido esclarecido.

La mayoría de los expedientes se diluyen en la zona del olvido. Así sucede en el caso de Carlos Ramírez París, director de Radio Guaymaral, de Cúcuta, muerto en 1977; de Guillermo Cano, asesinado en 1986 cuando salía de las oficinas de El Espectador; de Héctor Abad Gómez, muerto por paramilitares en 1987; de Diana Turbay Quintero, directora de la revista Hoy por Hoy, asesinada en 1991; de José Eustorgio Colmenares, muerto en 1993; de Jaime Garzón, a quien los paramilitares asesinaron en 1999; de Argemiro Cárdenas, muerto en Dosquebradas (Risaralda) en 2012. La lista es larga.

De acuerdo con cifras de la Fundación para la Libertad de Prensa, 164 periodistas de todo el país, desde 2006 a 2014, “han sido amenazados, perseguidos, golpeados, obligados a callarse o a dejar de hacer lo que dice este oficio que somos: informadores de la verdad”.

Dice la misma entidad que desde 1977 hasta 2015 hay un total de 144 periodistas asesinados en Colombia. Reporteros sin Fronteras anota que Colombia es el segundo país con más periodistas muertos. El primer puesto lo ocupa Méjico.

La intimidación no siempre va dirigida contra el periodista, sino también contra su familia. Muchos resisten el acoso, mientras otros, por miedo o conveniencia, cambian de métodos, e incluso de profesión, o se van del país. De esta manera, desisten de su compromiso con la sociedad.

Este panorama aterrador muestra hasta qué grado avanza la delincuencia y se debilita el control sobre la moral pública. Esto obliga a las autoridades a tomar medidas severas y efectivas en beneficio del bien general. Hay que defender la libertad de expresión y amparar a quienes la practican.

Dice Alberto Camus: “Una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, la prensa nunca será otra cosa que mala”.

El Espectador, Bogotá, 13-XI-2015.
Eje 21, Manizales, 13-XI-2015.

* * *

 Comentarios

 Este artículo inspira a erigir un monumento al periodista caído, semejante al de los soldados caídos en Vietnam que existe en Washington con el nombre de todos y cada uno de ellos. O como el de las víctimas del 11 de septiembre de 2001 que han erigido en el sitio del World Trade Center. Como dice el artículo sobre la impunidad de los crímenes, por lo menos no dejar que el olvido contribuya a la violación de esas vidas. Gloria Chávez Vásquez, periodista y escritora colombiana residente en Nueva York.

Columna del mayor interés no solo por el registro doloroso de tantas “bajas” criminales a nuestros valerosos periodistas, sino por poner de presente una patología que parece tornarse endémica. Alpher Rojas, Bogotá.

Es evidente que en Colombia y en el mundo el  oficio de “contar la verdad” es ganarse la pena de muerte  por estos criminales  de cuello blanco a quienes no importa  silenciar una y muchas vidas en aras de proteger sus acciones, igualmente criminales. Estos periodistas caídos son nuestros “mártires de la palabra”. Recuerdo que poco antes del asesinato de Orlando Sierra estuve con él en casa del pintor Jesús Franco en Manizales, compartiendo un recital de poesía. Inés Blanco, Bogotá.

Por Daniel Coronell (tomado del artículo Descubriendo al verdugo, revista Semana, 25-VI-2005): “Un cobarde amparado en el anonimato llamó para decir, en medio de horribles imprecaciones, que mataría a mi hija de 6 años, a mi esposa y a mí. Desde ese día ha vuelto a comunicarse para entregar datos del sitio donde vivíamos, de los horarios y la existencia normal de mi familia. Unas semanas después, sumaron otro ingrediente macabro. A la sede del noticiero llegaron dos coronas mortuorias: La primera a nombre de mi esposa y de mi hija, la otra para mí (…)”. Golconda (correo a El Espectador).

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Una pausa necesaria

Sábado, 25 de enero de 2014 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cumplo 43 años de actividad periodística. Según Albert Camus, “el periodismo es el oficio más bello del mundo”. Gabriel García Márquez, periodista por excelencia, ha repetido esta frase en infinidad de ocasiones, hasta el punto de que muchos la consideran de su autoría. Pero fue Camus quien primero la pronunció.

En 1971 tuve la suerte de ver publicado mi primer escrito en las páginas de El Espectador. Lo envié al diario como la persona anónima que era en el campo del periodismo, y en poco tiempo me hallé con la grata sorpresa de verlo destacado en letras de imprenta. No tenía ninguna vinculación con El Espectador, fuera de ser su lector constante y su ferviente admirador desde buen tiempo atrás.

Me atraía sobremanera la personalidad de don Guillermo Cano, director del diario, como el denodado defensor de la moral pública, autor de brillantes y valerosos editoriales contra la corrupción y los abusos del poder, y periodista a carta cabal. La otra figura era don José Salgar, que en plena adolescencia se había iniciado en tareas elementales del periódico, hasta conquistar, a base de esfuerzo, consagración y aptitud a toda prueba, el cargo de subdirector.

Ellos fueron mis maestros y mecenas, y a ellos debo mi ingreso a El Espectador, que por aquellos días era el periódico más leído del país. Con el correr del tiempo, mis escritos, tanto los de opinión en las ediciones corrientes, como los de tipo literario en el Magazín Dominical, se fueron multiplicando bajo el impulso de una clara vocación que no ha tenido eclipse. Mi cosecha periodística está representada en más de 1.800 artículos, recogidos todos en mi página web.

Tras la muerte de don Guillermo, muchos vaivenes y nubarrones surgieron en la vida del diario, hasta el día de hoy, cuando el capital ya no es de la familia Cano, pero sí su director, don Fidel Cano Correa, bisnieto del fundador. Y continúa la lucha por las ideas y la preservación de los principios tutelares. Con justo orgullo me precio de ser uno de los pocos colaboradores antiguos que quedamos de los tiempos gloriosos en que escribí mi primer artículo de prensa. He sido, además, columnista de otros diarios. Hoy lo soy de La Crónica del Quindío, dirigida por Miguel Ángel Rojas Arias, y de Eje 21 de Manizales, cuyos directores son Orlando Cadavid Correa y Evelio Giraldo Ospina.

A todos ellos expreso mi sentida gratitud por la acogida y el estímulo que me han dispensado. Y a ellos, lo mismo que a mis pacientes lectores, les pido permiso para suspender esta columna durante algún tiempo –que no sé cuánto se prolongará–, mientras adelanto un trabajo literario que me exige mucha dedicación. Cumplida  dicha tarea, espero que la vida me conceda el privilegio de regresar al oficio más bello del mundo.

El Espectador, Bogotá, 20-I-2014.
Eje 21, Manizales, 17-I-2014.
La Crónica del Quindío, Armenia, 18-I-2014.

* * *

Comentarios:

Tu retiro temporal no es buena noticia. Habías acostumbrado al país de lectores, yo entre los más constantes, a unas extraordinarias referencias estéticas en El Espectador y a sentar posiciones éticas muy necesarias para la época que sufrimos. En la última época, tus artículos de los sábados servían de inspiración a muchas reflexiones que tuve ocasión de transmitirte. Sabías encontrar el punto exacto del debate no resuelto y aportabas tu genuina contribución a su esclarecimiento. La buena noticia es que te dedicarás a producir un trabajo literario de largo aliento que, seguramente, será tan interesante como la obra que hasta ahora has construido con sindéresis y elegancia. Alpher Rojas, Bogotá.

Es una lástima que, como dicen los muchachos de ahora, no puedas caminar y mascar chicle al mismo tiempo, pero solo cada quien sabe hasta dónde puede y cuánto le quita o interrumpe hacer una columna. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Nos privas de un deleite intelectual producto de un hombre talentoso como tú. Espero que esa pausa sea corta, pues cada vez que dejamos de leer algo importante como lo que tú escribes, sentimos que nuestra mente se ilumina menos. Eduardo Durán Gómez, Bogotá.

Con cierto cupo de envidia por haber logrado el milagro de esconderte al mundo para disfrutar de los objetivos literarios, te entiendo. Éxitos. Jaime Lopera Gutiérrez, Armenia.

Me parece muy bien que decida una pausa para dedicarse a un proyecto literario, que intuyo sea un interesante libro. Me hará falta leer su columna, pero deseo que su ausencia temporal no menoscabe la comunicación que tenemos. Gustavo Valencia García. Armenia.

Lo vamos a extrañar mucho. No tengo idea de la obra literaria que emprenderá, pero imagino que debe ser de real importancia, para desprenderse al menos temporalmente de sus seguidores que no somos pocos. Luis Quijano, colombiano residente en Estados Unidos.

Quienes hemos tenido el privilegio de disfrutar tu obra periodística y el orgullo de haber participado (así sea breve y modestamente) en la difusión de tu labor literaria, debemos expresar nuestro agradecimiento. Quienes compartimos nuestros días juveniles con Guillermo Cano y hombro a hombro trabajamos con el Mono Salgar, celebramos tu reconocimiento. Luis Carlos Adames, Bogotá.

Me hará falta tu columna semanal, pero quedo con la inquietud de la espera para conocer tu nueva tarea literaria. Te deseo que este camino lo sigas disfrutando como estos cuarenta y tantos años de vida literaria. Marta Nalús Feres, Bogotá.

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Guillermo Cano y su dolor de patria

Lunes, 28 de octubre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El libro que publica Alberto Donadío en homenaje a Guillermo Cano en los 25 años de su vil asesinato, ocurrido el 17 de diciembre de 1986 al abandonar las instalaciones de El Espectador, se convierte en vivo reflejo de la valerosa campaña que libraba el periodista contra las fuerzas del narcotráfico y la corrupción del país.

La obra, que lleva por título Guillermo Cano, el periodista y su libreta, se suma a otros libros que Donadío ha publicado como resultado de su exploración de cruciales temas de la vida colombiana, como estos: Banqueros en el banquillo, ¿Por qué cayó Jaime Michelsen?, El uñilargo, la corrupción en el régimen de Rojas Pinilla. Tenemos, pues, en los profundos análisis de este periodismo investigativo de la mejor estirpe, todo un itinerario de desgracias nacionales acaecidas en los últimos cincuenta años.

El narcotráfico había irrumpido en Colombia en los primeros años de la década del setenta. Hasta tal punto invadió la atmósfera del país, que todo giraba bajo su dominio. Grandes capos, como Pablo Escobar, los Rodríguez Orejuela y Carlos Lehder, para no hablar de otras figuras de inferior jerarquía –todas devastadoras–, establecieron el mando del dinero corrupto que, sin cortapisas,  todo lo compraba y todo lo dislocaba, tanto en el campo de la política y de la administración pública, como de la vida ciudadana.

En los ochenta, el país había caído en los peores grados de corrupción bajo el imperio de los narcóticos y las artimañas de algunos institutos bancarios contra miles de pequeños ahorradores. Se llegó a la peor época de inseguridad y miedo: por un lado estaba la guerra desatada por Pablo Escobar que bañó de sangre al país, y por el otro, el pánico financiero que llevó a la ruina a mucha gente y menoscabó la confianza pública.

Mientras el capo mayor sembraba el terror con sus bandas asesinas, siniestros personajes de cuello blanco, como Jaime Michelsen Uribe, cometían audaces tropelías para incrementar sus fortunas apoderándose de los dineros desprevenidos. Hasta que en el panorama del país surgió una voz clamorosa que entró a combatir a los mafiosos de las drogas, desenmascarar a los piratas de la banca y defender a la población desvalida y atemorizada.

Era la voz de Guillermo Cano que desde los editoriales de El Espectador y su Libreta de Apuntes puso en la picota pública a los matones y a los timadores del pueblo. Donadío rescata, de los años 1982 a 1986, documentos ejemplares que pusieron a tambalear a los capos y a los explotadores de la banca.

Lo que El Espectador llamó “la tenaza económica” era la patética realidad: al ser retiradas del periódico, como arma vengativa, las pautas publicitarias de las sociedades que manejaba el Grupo Grancolombiano, el periódico sufrió grave impacto. Pero ni aun así cesó en su campaña moralizadora. Maltrecho en sus cifras, conservó la dignidad. Más adelante, el Grupo fue intervenido (hasta llegar a su disolución legal) y su presidente huyó del país.

Guillermo Cano se quedó solo en estas cruzadas. Los otros periódicos callaban, mientras él no retrocedía en sus denuncias. En El Tiempo –cosa inaudita–, Enrique Santos Calderón llegó a manifestar, en artículo de 1983, que la campaña de El Espectador había sido “personalista”, había tenido “tono de sensacionalismo gritón” y había “exagerado la nota”.

Guillermo Cano fue el gran abanderado de la moral pública. El insomne fiscal de la nación. Es difícil que vuelva a haber un periodista de su talla, de sus convicciones, de su carácter independiente y su acendrado amor por Colombia. Le dolía Colombia: este acopio de artículos que recoge el libro de Donadío es el mejor testimonio de sus luchas y su espíritu social. Lo mataron las balas del narcotráfico, pero sus ideas y su figuración histórica son imperecederas.

El Espectador, Bogotá, 15-III-2012.
Eje 21, Manizales, 16-III-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 17-III-2012.

* * *

Comentarios:

Personas como don Guillermo Cano son los escasos faros que algunas veces surgen en las sociedades y por eso, por su valor civil para enfrentar el mal, terminan eliminados por los temibles enemigos que enfrentan. Su sacrificio no ha sido valorado por una sociedad ingrata e indiferente, muchas veces, por su tolerancia, cómplice de ellos. Considero que los reconocimientos a sus “catilinarias” contra el narcotráfico y los abusos de los pulpos financieros son pocos. Debe ser muy bueno el libro del señor Alberto Donadío, pues es periodista y escritor serio y acucioso. Gustavo Valencia, Armenia.

De la corrupción a todos los niveles, pienso que como la materia, nunca desaparece sino que se transforma. Pareciera que este mundo no es más que una escuela donde todos venimos a aprender nuestras lecciones de turno. Puede que esto sea el purgatorio y el infierno de los que habló Dante. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Por dar una fecha cualquiera, desde  el asesinato de Gaitán en 1948, nada ha cambiado en Colombia y todo sigue peor. La guerrilla, el narcotráfico, los paramilitares y la rampante corrupción a todo nivel siguen campantes. Ni la muerte de Gaitán, ni de Cano, ni de Lara Bonilla, ni de Galán han servido absolutamente para nada. Y que siga la fiesta, porque la vida sigue igual. Luis Quijano, Houston.

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¿Por qué lo mataron?

Lunes, 7 de octubre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

¿Por qué mataron a Álvaro Gómez Hurtado? Es la pregunta que formula su hermano Enrique en el libro que publica al conmemorarse los quince años del magnicidio, ocurrido el 2 de noviembre de 1995, cuando unos sicarios lo acribillaron mientras salía de dictar su clase en la Universidad Sergio Arboleda.

Es la misma pregunta que se hace el país frente a este crimen político que permanece impune en la historia nacional, comparable a los de Gaitán y Galán: los tres iban camino de la presidencia de la República y fueron eliminados por oscuros criminales en el momento cenital de sus carreras. Estos y otros sucesos similares se han perpetrado para crear caos y desestabilizar la democracia, y con ellos se ha buscado acallar la voz de los líderes de mayor arraigo popular.

En el caso de Álvaro Gómez Hurtado, se trataba del dirigente más notable y más aguerrido de la oposición contra el gobierno de Ernesto Samper, cuya imagen se había deteriorado, de manera drástica, por lo que era de dominio público –y sigue siéndolo–: el ingreso a su campaña presidencial de dineros del narcotráfico. El proceso 8.000, a pesar de la absolución política que obtuvo el mandatario, se volvió figura histórica que siempre perseguirá a Samper y no lo liberará de culpa. El veredicto del pueblo, en muchos casos manejados por la política, es superior al de los tribunales o los cuerpos legislativos.

Aquella célebre frase de Samper: “De comprobarse cualquier infiltración de dineros (provenientes del narcotráfico) se habría producido a mis espaldas”, no convenció a nadie. El cardenal Pedro Rubiano ofreció el símil perfecto para esa situación salida de lógica: es como si un elefante se mete a la casa y uno no se entera.

Gómez Hurtado, que en los inicios del gobierno de Samper expresó su voz de apoyo a los programas en ejecución, cambió de actitud cuando aparecieron los graves lunares, de tipo ético y moral, que echaban a perder todo lo bueno que pudiera existir. Y pasó a la oposición seria, responsable y vigorosa, que se dejaba sentir, como eco del clamor popular, desde las columnas editoriales de su periódico y desde el Noticiero 24 Horas que él dirigía.

Manifestaba el líder conservador que la continuación de ese gobierno afectado por la corrupción representaba una deshonra para la dignidad de la República, y por lo tanto la solución estaba en la renuncia al cargo. En eso alcanzó a pensar el Presidente, pero luego cambió de parecer. Y se sintió una fuerza de intimidación contra el líder nacional de la oposición, a quien llegó a calificarse de conspirador en asocio de militares y otros sectores de la ciudadanía. Esta acción no ha podido ser demostrada.

El 30 de octubre de 1995, Gómez Hurtado dijo en su Noticiero 24 Horas: “El Presidente no se va a caer, pero tampoco se puede quedar”. Al día siguiente, el editorial de El Nuevo Siglo reprodujo la misma declaración. Dos días después, el caudillo fue asesinado a la salida de la Universidad Sergio Arboleda. Ahora, su hermano Enrique recoge en su libro el itinerario tortuoso que duerme en 150.000 folios del expediente, sin que se vea el propósito de descubrir la realidad de los hechos. Este espinoso camino de la impunidad está sembrado, como otros procesos similares de la violencia colombiana, por desviaciones de la investigación, falsos testigos, mentiras, contradicciones, encubrimientos, falsas acusaciones…

¿Por qué lo mataron? El autor de la obra, que no quiere irse del mundo sin dejar constancia de su perplejidad ante la justicia del país, aspira a que su  pregunta no continúe en el vacío y se conozca al fin la verdad.

El Espectador, Bogotá, 16-II-2012.
Eje 21, Manizales, 16-II-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 18-II-2012.

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Comentarios:

Todo sigue tapado. Como decía Laureano Gómez: “Tapen, tapen, tapen”…, con sus frases fustigantes acerca de todas las ollas podridas que descubría en el Congreso. Y el tiempo sigue pasando, y todo lo mismo y todo igual o peor. Ironías y tristezas de nuestra querida tierra y política colombianas. Luis Quijano, Houston (USA).

Muy  interesante y precisa visión sobre este doloroso acontecimiento de nuestra vida nacional. Repito la frase que  decía  mi profesor de Historia del Arte, Francisco Gil Tovar: “El día del Juicio, de los niños y de los libros sabremos los autores”. Marta Nalús Feres, Bogotá.

Impecable artículo. Siempre en busca de la verdad y la conciencia de Colombia. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Muchas cosas sentí al leer esta columna. Muchas cosas recordé de mi caminar en los medios de comunicación en Colombia. Entre ellas, las amenazas de muerte por algunos denuncios que como periodista y patriota me vi obligada a hacer. Yo podría atreverme a decir que a uno en Colombia lo matan por decir la verdad; lo matan por preguntar, lo matan por defender a inocentes; lo matan por lo que sea. Porque en Colombia se cumple lo de la canción mejicana: La vida no vale nada. Colombia Páez, periodista colombiana residente en Miami.

Mi Día del Periodista

Lunes, 7 de octubre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

En octubre de 1977, cuando trabajaba como gerente de banco en Armenia y además era columnista de El Espectador y La Patria de Manizales, me escribía doña Marlén Bruce de Benito, por encargo de don Guillermo Cano, una carta donde me indicaba los trámites que debía cumplir a fin de obtener la tarjeta de periodista, para lo que debía acreditar, de acuerdo con la ley 51 de 1975, varios años de ejercicio en la prensa.

Llené la documentación, y no volví a preguntar qué había sucedido con la tarjeta. Lo lógico era pensar que si el director de El Espectador había solicitado el documento oficial de acuerdo con las reglas fijadas, este me sería otorgado. La verdad sea dicha, nunca tuve necesidad de la tarjeta. Con ella o sin ella –y sin haber estudiado la profesión en ninguna universidad–, siempre me he creído periodista. Bueno o malo, pero periodista. Periodista y escritor.

Alguna vez me acordé del esquivo título, sobre el que no volví a recibir noticia alguna, y supuse que este no había alcanzado para mí. Nunca pensé que era yo quien debía reclamarlo. Y así pasaron largos años. Ya radicado en Bogotá, en mayo de 1994 me surgió de pronto la curiosidad por averiguar qué había sucedido con el trámite que a buen seguro había adelantado doña Marlén, la secretaria de la Dirección de El Espectador.

Dando vueltas por aquí y por allá, al fin localicé en el Ministerio de Educación el bendito documento. Este había sido autorizado en agosto de 1978. Es decir, llevaba 16 años de expedido, sin que el beneficiario lo supiera. En silencio me gradué entonces de periodista, ya con la tarjeta en mi poder y  bien guardada, para cuya reposición (dado que en el ministerio no apareció el original) tuve que adelantar nuevos trámites para rescatar mi glorioso título. Ya era periodista. ¡Periodista profesional!

Como una paradoja, años más tarde la Corte Constitucional dejó sin vigencia el Estatuto Profesional del Periodista. Es decir, ya no era válido –ni lo es hoy– el título dispuesto por la ley 51 de 1975. De esta manera, mi tarjeta de periodista perdió vigencia sin que yo nunca la hubiera utilizado. Se me convirtió, eso sí, en un bello recuerdo. En una anécdota. Y se regresó a lo obvio, a lo que siempre había regido esta materia: la capacidad del periodista no la da el título universitario ni el documento oficial. Es algo intrínseco que nace de la vocación y la formación individual de la persona. Y está ligada a la libertad de expresión.

Hoy, otro Día del Periodista, yo lo festejo a mi manera. Lo celebro haciendo una evocación de don Guillermo Cano, que creyó en mi idoneidad para el bello oficio. Con las 1.800 columnas escritas en los 41 años de ejercicio periodístico, ya pasé la prueba. Y fui periodista desde el primer artículo, escrito en 1971, porque el destino y la vocación ya estaban marcados.

En 1994, al rescatar mi tarjeta refundida en los vericuetos del Ministerio de Educación, yo le manifestaba lo siguiente (y lo ratifico ahora) a doña Ana María Busquets de Cano, la viuda de don Guillermo: “Si don Guillermo estuviera vivo, le brindaría la tarjeta. Corrijo: se la brindo hoy con cariño, ya que él fue su gestor. Y sobre todo, mi patrocinador, que me abrió las puertas del periódico y me animó a escribir”.

El Espectador, Bogotá, 9-II-2012.
Eje 21, Manizales, 10-II-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 11-II-2012.

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Comentarios:

Su columna deja ver la honestidad y lealtad hacia quien lo ayudó a ser un periodista de clase. Muy sentido su mensaje y una lección para muchos que jamás se le miden a hacer lo que quieren. Amparo E. López, Nueva York.

Mis congratulaciones, y  más que merecidas porque, haciendo eco de tu bella historia, tu profesión de periodista es innata, ubicándola en lo más alto del pedestal, con la independencia y pulcritud de quien hace honor y camino al andar en el ejercicio de la actividad.  Jaime Vásquez Restrepo, Medellín.

Traías la materia prima en la sangre y lo que se debía hacer era muy sencillo: escribir, escribir y “coger oficio” a través de  la autoexigencia, y lo  lograste con lujo no solo en el periodismo sino como escritor, narrador, cronista, biógrafo,  cuentista. El maestro don Guillermo Cano debió tener un ojo muy agudo para elegir, entre muchos, lo mejor. Es como la poesía: no se puede ir a la universidad para graduarse de poeta, pero sí se requiere “oficio”, talento, mucha lectura y necesidad absoluta de  escribir. Inés Blanco, Bogotá.

Periodismo es más que tarjeta. Los grandes periodistas de este país no salieron de la universidad, se hicieron oliendo plomo, construyendo cuartillas y recorriendo país. Bueno es recordarlo.  valcas1234 (correo a La Crónica del Quindío).

Sí, uno es lo que es, en su esencia. Excelente la anécdota. Te felicito por tu carrera como periodista y como escritor. No es fácil, ni común, desempeñar ambas actividades con propiedad, calidad humana y eficiencia.  Hoy laboran en el periodismo hablado y escrito muchos diplomados faltos de una formación integral, de  ética, etc.  Elvira Lozano Torres, Tunja.

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