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Renace un escritor caldense

lunes, 22 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Hace años, muchos años –cuando residía en Armenia–, oí hablar por primera vez de Tomás Calderón. Fue poco lo que supe de él, fuera de que había muerto dos décadas atrás y se había destacado como columnista de La Patria con el seudónimo de Mauricio, y además sobresalía como escritor y poeta. Al paso de los días, me llegaban vagas noticias sobre su vida y su obra, y nunca logré conocer un libro suyo. Esto confirma el olvido que cae sobre los hombres de letras.

Solo ahora vengo a saber quién es en realidad Tomás Calderón, por la antología que publica el historiador y escritor caldense Pedro Felipe Hoyos, con prólogo de Augusto León Restrepo, exdirector de La Patria (y además político, columnista y poeta, que nos está debiendo su nuevo libro de poesía erótica). Esta bella edición de Tomás Calderón consta de 255 páginas en tamaño 21 x 23 cm, y está elaborada en excelente papel y enriquecida con añejas fotos de personas, paisajes y otras referencias de la región.

Tanto el prologuista como el compilador presentan enfoques valiosos acerca del escritor y su obra, la que se recoge en este acopio de páginas exquisitas, de que disfrutaron los lectores del diario manizaleño durante los 33 años de ejercicio periodístico del personaje hoy olvidado (1921-1954). Y se ofrece una muestra selecta de sus poemas, cuentos y prosas.

Tomás Calderón nació en Salamina el 7 de marzo de 1891, y murió en Manizales el 18 de mayo de 1955. Las dos poblaciones fueron para él objeto de sus entrañables querencias. Viajero pertinaz por pueblos colombianos y geografías foráneas, siempre, sin embargo, llevaba a sus dos amores –Salamina y Manizales– como emblemas que le enternecían la emoción.

Hay algo que me anima sobremanera al leer sus escritos: el camino, que fue para él una presea del espíritu. El sentido del viaje, del movimiento, del tránsito por las rutas de la vida, tan marcado en su sensibilidad, le imprimía nervio, aliento, poesía. Una vez manifestó que quería para su tumba este epitafio: “Aquí yace un camino”. Ignoro si se cumplió su deseo. Ojalá alguien nos lo cuente.

Soy otro enamorado de los caminos. En mi libro bautizado con este rótulo en 1982, y guardado en la Cápsula de El Tiempo, digo: “La vida está cruzada por caminos. Cada idea es un camino”. Otra obra mía es El azar de los caminos (2002). Tal vez este apego sentimental fue el que me hizo ganar el título de barón de los caminos, otorgado –por mediación de Hernán Olano García– por la Imperial Orden de la Doctora de la Iglesia Santa Elizabeth de Hesse –Darmstadt–. ¿Peco de vanidoso? No. Lo que deseo es mostrar mi sorpresa y admiración frente al hallazgo de otro escritor que hizo del camino una filosofía de la vida, y celebrar esa coincidencia.      

Tomás Calderón escribió páginas magistrales. Una de ellas –la que más me ha impactado– es la dedicada a Rosalía Mendoza, la gitana. La conoció cuando la llevaban en el ataúd para el cementerio, y meditó: “Tuve la impresión de que se moría el alma de un camino, de tantos que tiene el mundo. Los caminos también se mueren. Pero has muerto muy bien, en un camino, junto al río, bajo los árboles polvorientos”.

Luego confiesa para sí mismo, cuando hacían desaparecer a la gitana bajo las paletadas de tierra: “Serías mi novia, Rosalía Mendoza. Bajo el embrujo de tus ojos pensativos, yo sería un poeta triste de senderos, melancólico de ciudades viejas, enfermo de mares…” Esta declaración estremecida me hace evocar los poemas enamorados de Baudilio Montoya, el rapsoda del Quindío, al borde de los caminos.

Otra crónica memorable es la que pinta el furor de la borrasca en la profundidad del monte, como si el desastre sucediera en el mismo momento de la lectura. La mortaja es un cuento alucinante que tiene como protagonista a sor Juana de la Cruz, y deja en la mente del lector la sensación de la santidad y el amor reunidos. Ese es el poder de la palabra, que tanto ejercitó Tomás Calderón con su vocabulario castizo, elocuente y poético. Fue maestro de la legítima crónica, tan escasa en nuestros días, así como del adjetivo preciso y la metáfora refulgente.

Es un placer leerlo. Las letras caldenses están de plácemes con el rescate de este gran escritor olvidado, fallecido hace 63 años. Lo mismo debe ocurrir con Luis Yagarí, cuya muerte ocurrió en Manizales en 1985, y que también permanece en el olvido. Ambos, brillantes cronistas de vocación, hicieron una época. Una vez dijo Tomás Calderón: “Yo escribo por una necesidad de mis nervios”.

El Espectador, Bogotá, 1-IX-2018.
Eje 21, Manizales, 31-VIII-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 2-IX-2018.
La Píldora, Cali, n.° 196, nov-dic/2018.

Comentarios 

Debe usted leer Minutos, el libro que Arturo Zapata le publicó a Tomás Calderón en 1936, donde el camino, en el sentido budista, se convierte en una metáfora de la vida. Pedro Felipe Hoyos, Manizales.

Roberto Vélez Correa me habló más de una vez de la prosa de Calderón y me consiguió dos o tres columnas. Me decía Roberto que de él no se supo tanto, porque tenía la manía de escribir con seudónimo y que cuando lo hizo con su nombre no alcanzó el mérito suficiente para quienes no sabían quién era Mauricio. Mil gracias por permitirme recordar los diálogos con los muertos. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Tus escritos siempre descubren valores y lugares regionales olvidados o ignorados por muchos. El caso de Tomás Calderón es un claro ejemplo de ello. Yo creo que exceptuando a sus coterráneos de la época, pocas personas conocen al personaje y su obra. Qué honda huella debiste dejar en Armenia y qué reconocimiento te deben, porque te has encargado de divulgar la existencia de muchas figuras de esa bella región que son desconocidas en el resto del país. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Tomás Calderón era hermano de mi abuela materna. Siempre nuestra familia estuvo en contacto con él, sobre todo cuando se fueron a vivir a Saboya, hermosa y grande hacienda, a 25 minutos de Manizales en la carretera al Magdalena. Tomás (Mauricio) trabajaba en La Patria y almorzaba en nuestra casa y ya hacia las 5 p. m. regresaba a Saboya con amigos de ese vecindario. Cuando llegué al Valle del Cauca estuve alojado en Palmira, en la casa de Diego Calderón, laboratorista e hijo de Tomás. Quisimos hacer ese trabajo literario de rescatar los escritos de Tomás, pero nos resultaba difícil. Ahora Mauricio Calderón, hijo de Diego y nieto de Tomás, abogado residente en USA, se entusiasmó con la idea y al llegar a Manizales tomó contacto con Pedro Felipe Hoyos y se logró este deseo literario. Alberto Gómez Aristizábal (médico, director de la revista La Píldora), Cali.

Cuánta alegría e interés me causó la lectura de esta página acerca del renacimiento del escritor caldense Tomás Calderón. Es, como en la crónica de la gitana Rosalía, cuando lo acabo de conocer (fallecido hace 63 años) y desde ya me he enamorado de su pluma y de sus crónicas. Cautiva su encanto de escritor y poeta. Podría decirse que el escritor Tomás Calderón ha resucitado para beneplácito de los lectores. Los caminos nos pertenecen, los que conocemos, imaginamos o deseamos desde nuestro recorrido interior. Inés Blanco, Bogotá.

Soy, como suscriptor de La Crónica del Quindío, asiduo lector de su columna. En la del domingo 2 de septiembre, destaca usted la obra del escritor y poeta Tomás Calderón. Autor también del primer himno del tradicional colegio Rufino J. Cuervo, y de la letra del himno de Armenia en 1927. Lo cual quedó consignado, como homenaje, en el libro Colegio Rufino José Cuervo-Centro 100 años 1910-2010. Testimonios que hacen historia. Jairo Orozco Hernández, Armenia.

El “Etcétera” de Harold Alvarado

miércoles, 21 de febrero de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No he podido entender el sentido exacto que quiso darle Harold Alvarado Tenorio a la palabra Etcétera que como título único le puso a su libro publicado hace poco por la editorial Nopal de Ciudad de Méjico. Se trata de un abultado volumen de 920 páginas, en formato 16 x 21,5 ctms., en el que incluye una selecta galería fotográfica de famosas figuras de las letras.

El DRAE define el vocablo etcétera como una “expresión para sustituir el resto de una exposición o numeración que se sobrentiende o que no interesa expresar”. Si esto se aplica a la oculta intención del ensayista, podría interpretarse que deja excluidos otros   escritores en los que no tiene mayor interés. Ya existe otro Etcétera en su bibliografía, y es el publicado en 1978. Entre ambas ediciones han corrido 39 años. Quizás algún día aparezca su tercer Etcétera.

Harold Alvarado ha cumplido extensa y fructífera labor en el campo literario. Sus ensayos, crónicas o simples opiniones provocan revuelo y polémica. Dejan motivos para pensar. No habla entre medias tintas y, por el contrario, lo hace de frente, con nitidez y sin temor a revanchas. Su palabra es vigorosa y a veces fustigante. Se le teme y se le respeta. Quienes reciben sus dardos prefieren, por lo general, quedarse callados, para no exponerse a peores efectos. Desde sus propios inicios en la literatura ya se hacían evidentes su certeza intelectual y su carácter de crítico implacable.

Ambos aspectos los ha ejercido con absoluta franqueza y segura convicción de sus ideas. Quizás en ocasiones peca por exceso, y acaso por pasión, pero está convencido de que es preferible el énfasis o el desborde verbal al encubrimiento o la falsía. Tumba ídolos de barro con la misma facilidad con que señala virtudes o facetas dignas de valoración. Muchos escritores lo ignoran y lo aborrecen, pero él continúa adelante, como don Quijote, con sus lanzas tendidas a todos los vientos.

No son gratuitos los títulos que enriquecen su bagaje culto: doctor en Letras de la Universidad Complutense de Madrid, profesor titular de la cátedra de Literaturas de América Latina, creador de la carrera Letras de la Universidad Nacional de Colombia, director del departamento de Español de Marimount Manhattan de Nueva York, entre otros. Desde 2002 dirige Arquitrave, considerada la mejor revista de poesía del país, y  textos suyos han tenido difusión en revistas, suplementos y periódicos de prestigio. Además, es autor de numerosos libros.

El volumen actual recoge crónicas y ensayos ya publicados en otros medios y que hoy, aunados en este Etcétera, constituyen valioso material de investigación para los amantes  de la creación literaria. Al lado de este libro, y con el mismo enfoque crítico, puede ubicarse el que lleva por título Ajuste de cuentas (2014). Ahora, la mira principal del autor está puesta en culturas foráneas, como la poesía china, la obra de Cavafis, buen número de autores latinoamericanos y algunos europeos. Hay pocos nombres colombianos (y esto sorprenderá a muchos): Vargas Vila, Jorge Isaacs, García Márquez. Y también Bolívar –a quien hay que considerar colombiano–, en artículo de 24 páginas titulado Bolívar, literatura y política.

Dijo Óscar Collazos: “Alvarado parece haber viajado por la modernidad –de Baudelaire a Cavafis– enseñando placeres y triunfos, conteniendo subversiones, fijando en la memoria heridas y melancolías, cólera y asco. Y, también, una rara ternura que nace de la perplejidad”.

El Espectador, Bogotá, 16-II-2018.
Eje 21, Manizales, 16-II-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 18-II-2018.

 

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Dos transeúntes del tiempo

martes, 9 de enero de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Jaime González Parra y Rogelio Echavarría, dos transeúntes del tiempo y además del diario El Tiempo, murieron en Bogotá en noviembre pasado, con un día de diferencia: Rogelio Echavarría, el 29 (a los 91 años de edad), y Jaime González, el 30 (a los 90 años).

Vidas paralelas bajo diversos aspectos: la fecha de nacimiento, su larga vinculación a la misma empresa, la similitud de sus oficios, la formación intelectual, la despedida del mundo (que ocurrió casi al mismo tiempo). Los dos poseían parecidos rasgos de amabilidad, cortesía y discreción, e incluso semejanzas en su manera de vestir: siempre iban de corbata, traje elegante y peinado perfecto.

Jaime González nació en Fusagasugá el 3 de septiembre de 1927, y desde los 16 años ya mostraba vocación por el periodismo. Años después hacía su ingreso a El Tiempo, donde fue testigo del incendio del diario en 1952 y de su cierre en 1955, durante la dictadura de Rojas Pinilla, sucesos que relata en el libro El Tiempo de mi época. En este periódico llegó a ejercer el cargo de secretario general de la Dirección.

La poetisa Laura Victoria, que vino por última vez a Colombia en 1989, me pidió que la acompañara a visitar El Tiempo, que había sido su casa durante los días de su gloria literaria en los años 30 del siglo pasado. El director, Hernando Santos Castillo, salió a saludarla y luego nos dejó en manos de Jaime González, mientras atendía una entrevista que se realizaba en su despacho.

Este maestro del idioma gozaba de fama por su erudición gramatical, y en tal carácter desempeñaba el oficio de corrector de los editoriales y las columnas de opinión. Obtuvo tres premios en el campo periodístico, y fue miembro de la Sociedad Bolivariana, la Academia de Historia de la Policía y la Sociedad de Ornato de Bogotá.

Rogelio Echavarría nació en Santa Rosa de Osos el 27 de marzo de 1926. A los 15 años se reveló en Medellín su inclinación por el periodismo. Trabajó durante 10 años en El Espectador y durante 30 en El Tiempo. En este diario fue subjefe de redacción, subeditor, columnista y comentarista cultural (su espacio Carátulas y solapas fue recogido en 1995 por el Instituto Caro y Cuervo bajo el título Mil y una notas, en dos tomos de 424 y 458 páginas).

La pasión entrañable de Rogelio Echavarría fue la poesía. En 1948 publicó Edad sin tiempo, y en 1964, El transeúnte, su obra maestra, que había iniciado en 1945 y que ampliaría en 6 ediciones más, siempre con nuevos y sorprendentes poemas.

Sobre ella dijo Aurelio Arturo que se trata de “una de las formas de poesía más originales y audaces de nuestro tiempo”.

Por otra parte, es autor de 7 libros de carácter antológico, y del titulado Quién es quién en la poesía colombiana (1998), publicado por el Ministerio de Cultura y que constituye valiosa fuente de consulta. En este libro dejó consignados datos que me solicitó sobre el poeta Germán Pardo García.

En el poema estelar El transeúnte, considerado el eje de su obra literaria, así define Rogelio Echavarría su itinerario por las calles bogotanas, que es su propio tránsito por la vida: “Todas las calles que conozco / son un largo monólogo mío / llenas de gente como árboles / batidos por oscura batahola”.

Eje 21, Manizales, 22-XII-2017.
El Espectador, Bogotá, 22-XII-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 24-XII-2017.

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Con Rogelio Echavarría me sucedió algo muy simpático. Estando con mi hermano Óscar en el café Automático en Bogotá, apareció Rogelio y, al vernos, se sentó en nuestra mesa. Cuando Óscar nos presentó, le contó que yo residía en Nueva York. Inmediatamente abrió un sobre de manila donde tenía varios de sus poemas que acababa de recoger, traducidos al inglés por su amigo Otto de Greiff. Me los pasó para que los leyera. Cuando empecé a leerlos en español, se horrorizó y dijo: no, no, yo nunca escribí eso. Ante su extrañeza le recordé: Rogelio, acuérdate que siempre se ha dicho que lo ideal es leer a los autores en su propio idioma. La mayoría de las obras, por muy buena que sea la traducción, no son fieles al original. Rogelio: excelente ser humano y poeta. Nunca lo olvidaremos. William Piedrahíta González, colombiano residente en Estados Unidos.

Merecido reconocimiento de Rogelio Echavarría y Jaime González Parra. Curioso ese paralelo en sus vidas y hasta en sus muertes. Los dos dejaron su herencia  literaria y su don de gentes y buenos amigos. Inés Blanco, Bogotá.

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Carmelina Soto en el tiempo

martes, 12 de abril de 2016 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Carmelina Soto nació en Armenia el 31 de octubre de 1916, y 77 años después –el 18 de marzo de 1994– murió en la misma ciudad. Salvo pasajeras ausencias, gran parte de su vida transcurrió en su patria chica, donde la conocí en la década del 70.

Siempre quiso nacer y morir en Armenia, porque en su alma palpitaba la esencia de la comarca que había definido un estilo independiente y altivo, como era el propio espíritu de la poetisa. En el soneto Mi ciudad, así le canta a su tierra: “Y nació mi ciudad en sol bañada, / los pies en tierra aurífera y oscura / y una perenne vocación de altura / en la límpida frente iluminada”.

Llevaba en la sangre el brío de los colonizadores antioqueños que irrumpieron en el Quindío para crear una región airosa y productiva. Su padre estuvo presente en la fundación de Armenia y murió cuando ella tenía dos años de edad. A su madre la perdió a los catorce años. No es aventurado pensar que la orfandad temprana marcó tanto su vida como su obra poética.

Este es el año de Carmelina. El centenario de su natalicio. Se dice que una obra solo puede valorarse en la justa medida veinte o veinticinco años después de muerto el autor, y ella se fue del mundo hace veintidós años. Para celebrar la efeméride, el sello editorial Red Alma Mater (Sistema Universitario del Eje Cafetero –SUEJE–), con sede en Pereira, publica el libro Poesía reunida, que abarca la obra completa de la escritora y ofrece reflexivos estudios para juzgar su calidad.

Es el séptimo título editado dentro de la serie Clásicos Regionales. Un grupo de trabajo de la Universidad del Quindío, compuesto por Carlos Alberto Castrillón, Yeni Zulena Millán Velásquez y Luis Fernando Suárez Arango, se encargó de ahondar en el legado poético y presentar variados análisis que permitirán justipreciar este patrimonio regional.

Carmelina publicó tres libros de poesía: Campanas del alba (1941), Octubre (1953) y Tiempo inmóvil (1974). En 1997, Fiduciaria Cafetera –Fiducafé– publicó varias de sus poesías en el libro Canción para iniciar un olvido. En el 2007 se conoció su obra póstuma: La casa entre la niebla.

No es abundante la crítica sobre su creación literaria, toda vez que las ediciones eran de poca circulación. No obstante, voces autorizadas manifestaban su admiración por esta poesía de provincia que al paso de los años tenía cada vez más eco en el ámbito nacional. Según algunos críticos, se trata de la expresión más alta y personal en la poesía colombiana del siglo XX.

 Javier Arango Ferrer dijo que “Carmelina Soto y Meira Delmar son la más certera dualidad poética de Colombia”. Lino Gil Jaramillo declaró en 1975: “Voz lírica de auténtica entonación, sin tintineos de cuentecitas de vidrio”. Por su parte, Rogelio Echavarría anota en su libro Quién es quién en la poesía colombiana (1998): “Su voz es independiente, rebelde, personal, y supera las modas con su claridad, hondura y expresividad”.

En el momento actual, el crítico Carlos Alberto Castrillón comenta, al tiempo que reconoce la valía de los poemas, que “su estatus dentro de la literatura colombiana es aún incierto”. Quizás –pienso yo– no ha existido suficiente empeño de los críticos y los lectores para estudiar su obra. Falta otra valoración.

Por lo mismo que ella era de trato difícil (aislada, huraña, desdeñosa, de genio acre), causaba resistencias para llegar a su poesía. Ignoraba los nuevos valores poéticos de la región y solía buscar conflicto con los antiguos. Huía de la publicidad y no se preocupaba por la edición de sus libros.

Silenciosa, introvertida, apática, discurría por las calles de Armenia (como la vi muchas veces) como una sombra arrastrada por el viento, con aire lejano y el ánimo arisco. Prendas características suyas eran la boina y la bufanda, que enmarcaban su silueta singular. Esto tiene una explicación: su niñez desamparada dejó profundas cicatrices en su personalidad.

Los traumas y desajustes del carácter nacían, cómo no, de sus días de orfandad. Ella se conocía muy bien, y así se pintó en el poema Autorretrato (uno de los mejores de su obra): “Hambrientos y sedientos de la vida, / unos ojos en pleno desamparo. / Y en los labios un gesto… un rictus raro / de sonrisa banal y descreída”. En el mismo poema habla del “melodioso corazón avaro”. No se necesitan más palabras para definir su aspecto físico y la desazón de su carácter.

Nació en plena conflagración de la Primera Guerra Mundial, hecho fortuito, claro está, pero que por algún extraño designio parecía influir en el desasosiego de su alma. Carmelina era explosión y llamarada, lejanía y soledad, canción y arrebato.

Impregnada de tales sustancias anímicas y ambientales, su corazón habló el idioma  de las emociones. Se levantó sobre el mundo adverso que le tocó vivir y escribió su mensaje vehemente –diáfano, definidor, visceral–, a veces con el zumo amargo de la desdicha y otras con el aroma fresco de la rosa.

La palabra rosa campea en su obra como un hálito vital: la repite más de cincuenta veces en sus libros, y no contenta con ello, le agrega epítetos inequívocos: rosa leve, rosa iluminada, rosa-fuego, rosa sencilla, rosa indolente, rosa noctámbula, breve rosa, rosa iluminada, rosa silenciosa, rosa desmayada, rosa perenne…

 “No llamo la atención con mi figura / y paso de las gentes muy lejana / al desgaire el cabello y el vestido”

Esta afirmación, o este autorreproche, están acentuados en el poema Autorretrato. Esa era Carmelina en su vida corriente. Esto no se oponía a que en ocasiones especiales cambiara su atuendo habitual, para embellecer su estampa. Entonces afloraba el toque femenino y se convertía en dama elegante. Quizás en esos momentos volvía a ser la lejana novia que fue de Humberto Jaramillo Ángel, cuando los dos coincidieron como profesores en una escuela rural de Calarcá, llamada La Albania, antes de que ella despertara a las pasiones de Safo.

En noviembre de 1974 la acompañé con mi esposa a una velada cultural que José Restrepo Restrepo, director de La Patria, le tributó en Manizales para escuchar de sus labios algunos de los poemas del libro Tiempo inmóvil, que acababa de salir a circulación. La transportamos en nuestro vehículo.

Una amiga suya de Calarcá le prestó valiosas joyas para exhibir en aquel acto solemne. Ataviada en forma estupenda, tanto con el traje, como con el peinado y las joyas, era otra la Carmelina de ese momento. Dejaba de llevar al desgaire el cabello y el vestido…

Al día siguiente regresamos a Armenia. Mientras yo timbraba en el edificio donde ella vivía, vi, de repente, que un par de muchachos se apoderaban de un bolso que Carmelina había dejado en el borde del andén. Los pillos se echaron a correr y pronto desaparecieron de nuestra vista. En el fondo del bolso, y cubiertas por algunos objetos menores, iban nada menos que las joyas.

La angustia fue grande. De pronto, sentí un pálpito extraño: creí que iba a localizar al par de ladrones en una zona peligrosa de la ciudad. Y así sucedió. Cuando los tuve cerca, ellos advirtieron mi presencia y emprendieron la fuga. Como el bolso los incomodaba, lo tiraron al pavimento. ¡No se habían enterado del tesoro que llevaban escondido en el fondo del bolso! Y supongo que nunca lo sabrán, pues serán malos lectores y no conocerán este artículo.

Con esta crónica curiosa e inédita, ocurrida hace 42 años, describo la metamorfosis que puede vivir cualquier persona. De paso, rindo honor a su memoria. Quizás Carmelina escuche el relato desde su descanso en el parque Sucre de Armenia, donde una placa de mármol protege sus restos junto con su poema a la ciudad nativa.

El Espectador, Bogotá, 8-IV-2016.
Eje 21, Manizales, 8-IV-2016

* * *

Comentarios

Es reconfortante que evoques a Carmelina como una manera de ir rompiendo ese tiempo inmóvil en que parece haber sido recluida. Dije unas pocas palabras durante el acto de inauguración de la placa de bronce en el Parque Sucre, por invitación de la entonces Asociación de Escritores. Carlos A. Castrillón, como cultor, como tutor de nuestras letras no le sigue el paso nadie; ustedes dos hacen un espléndido esfuerzo cultural que nunca sabremos reconocerlo demasiado. Jaime Lopera Gutiérrez, Armenia.

Interesante artículo sobre uno de nuestros mejores valores artísticos forjados en el Quindío. Me encantó tu justo y bien elaborado homenaje. Alpher Rojas Carvajal, Bogotá.

Hace unos meses propuse en La Crónica del Quindío que se pensara en la creación de la Casa de Poesía Carmelina Soto, en Armenia. Le conté al Secretario de Cultura y al señor Gobernador, y les pareció buena idea. Estamos en esa gestión, que sería la manera de vincular a los jóvenes con la poesía de Carmelina. José Nodier Solórzano Castaño, Armenia.

Mi tío abuelo Tomás Calderón –Mauricio– en la hacienda Saboya donde nuestra familia pasaba vacaciones me habló muchas veces de Carmelina Soto y declamaba con donaire sus poemas. También lo hacía el poeta manizaleño Ricardo Arango Franco. En realidad su obra debería ser más conocida. Alberto Gómez Aristizábal, director de la revista La Píldora, Cali.

Cada frase es certera, da en el blanco exacto de las emociones y sentimientos hacia los cuales diriges tus evocaciones. Quienes conocieron a tal mujer, o quienes a raíz de esta glosa lleguen a su obra, habrán elegido la dirección correcta que tu crítica, tu reseña objetiva y ecuánime les señala para ahondar en una obra refinada y breve, intensa, amplia en su belleza y limitada en su producción. Umberto Senegal, Calarcá.

Merecidísimo reconocimiento a quien fue una gran poeta. En solo una ocasión pude alternar con ella, en lectura de versos, y recuerdo la entonación y el contenido admirables y recios. Bien podría figurar en los estrados más altos de la poesía colombiana, si su obra fuera más difundida. Augusto León Restrepo, Bogotá.

¡Qué maravilla de escrito! Profesé por Carmelina una admiración enorme y un afecto entrañable. Algún día te compartiré las notas que nos cruzamos. Alberto Gómez Mejía, Bogotá.

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El ámbito del amor

lunes, 23 de diciembre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Prólogo del libro Cantos para amar a un hombre, de Inés Blanco

El séptimo libro de Inés Blanco llega movido por el mismo aliento que ha inspirado  la totalidad de su obra: el amor. Con su Luna de Abril –su álter ego–, ha conseguido lugar seguro en el ancho campo de la poesía colombiana. Desde esa cumbre del espíritu sabe que el amor no es un sentimiento recurrente, sino una sustancia perenne y vital, sin la cual no podría entender la existencia en el universo.

Sin esa combustión emocional, la naturaleza humana perdería su esencia más noble. Sin la llama amorosa, cuán difícil resulta alumbrar los caminos del mundo y librarlos  de las vilezas del torvo existir. Siguiendo la sentencia de Tagore, para Inés Blanco “el amor es la vida llena, igual que una copa de vino”. Dice Máximo Gorki: “Procura amar mientras vivas: en el mundo no se ha encontrado nada mejor”.

Diferente a la concepción de sus seis libros anteriores, el poemario actual está dedicado por completo al hombre. El título es concluyente: Cantos para amar a un hombre. No es fácil hallar un libro cuyo contenido total esté elaborado con la palabra romántica que una mujer le dirige a un hombre. A veces el amado no es una persona cierta, de carne y hueso, sino creado por la imaginación. El amor no siempre es físico: también puede ser subjetivo o idealizado.

A la mujer, como centro por excelencia del amor, los poetas le han brindado, desde tiempos inmemoriales, las páginas más hermosas de la literatura universal. El caso contrario, como el que hoy realiza Inés Blanco, no es común que ocurra. A simple vista, podría decirse que se trata de un libro extraño. Lo es.

Pero al salirse de la regla común, surge, al lado del suceso singular, un hecho sugestivo que atraerá el interés de muchos hombres que creen sentirse aludidos por la palabra amorosa de una poetisa que convierte al varón en motivo de su creación artística. También podría serlo la mujer. Lo cierto es que tanto hombres como mujeres verán reflejados sus sentimientos en este fascinante poemario que proclama el amor como el mayor goce de los sentidos y la mayor justificación de la vida.

No se trata, en modo alguno, de una poesía de género, ya que el amor lo encarnan por igual la mujer y el hombre. Es al alma a la que le canta la poetisa. El alma no es masculina ni femenina, sino inmaterial e invisible, capaz de sentir, entender y querer. El alma es única. Y personifica el sentimiento humano. Ahora bien, lo que hace Inés Blanco es resaltar y ennoblecer las penas, alegrías y querencias del corazón.

La escritora recrea su emoción estética en los cambiantes elementos de la pasión amorosa, que hieren o regocijan lo mismo al hombre que a la mujer: la evocación, la nostalgia, la melancolía, la soledad, el placer, la conquista, la ausencia, el olvido, el silencio, el ansia de amar… Su voz romántica, teñida a veces de tenue erotismo, y otras, de ardiente sensibilidad, penetra en todas las honduras y misterios del alma.

La obra está dividida en cinco capítulos, como otros tantos escenarios de la relación de pareja: Porque has llegado, Poemas de la ausencia, Poemas del regreso, Paralelas de luz, Travesía. Este enunciado incitará, sin duda, la curiosidad y la apetencia de los hombres lectores que al llegar a este jardín poético buscarán verse lisonjeados por el lenguaje femenino de la seducción.

En cualquier forma como se le mire, el nuevo texto de Inés Blanco es un himno constante al amor. Eso son todos sus libros. Ahora introduce una variante a su creación, con el protagonismo del hombre, pero el fondo y la motivación son los mismos. Conocedor como soy de su obra, he de decir que sus versos han llegado a un grado superior de orfebrería, de búsqueda implacable del vocablo y la metáfora, de rigor en la expresión y esmero en el ritmo y la melodía.

Todo está cincelado por su sensibilidad femenina, que sabe hermosear el verso para producir encanto. El manejo severo de la puntuación, bajo la brevedad del lenguaje y el preciosismo de las imágenes, le imprime donosura a su arte poético. Yo no  entiendo la libertad que se toman los poetas modernos que prescinden de los signos de puntuación, como si esto fuera una conquista literaria. Por el contrario, significa un retroceso. La modulación del poema la da en buena medida la precisión de la coma, para hablar del signo más exigente y de mayor eficacia para el buen decir tanto en prosa como en verso.

A veinte años de la salida de su primer libro –Paso a paso (1993)–, Inés Blanco le hace honor a ese título al mostrar hoy una obra elaborada sin afán, pero sí con firmeza y disciplina, que le ha hecho conquistar un puesto cada vez más sólido en las letras del país.

Bogotá, diciembre de 2013

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