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Dos transeúntes del tiempo

martes, 9 de enero de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Jaime González Parra y Rogelio Echavarría, dos transeúntes del tiempo y además del diario El Tiempo, murieron en Bogotá en noviembre pasado, con un día de diferencia: Rogelio Echavarría, el 29 (a los 91 años de edad), y Jaime González, el 30 (a los 90 años).

Vidas paralelas bajo diversos aspectos: la fecha de nacimiento, su larga vinculación a la misma empresa, la similitud de sus oficios, la formación intelectual, la despedida del mundo (que ocurrió casi al mismo tiempo). Los dos poseían parecidos rasgos de amabilidad, cortesía y discreción, e incluso semejanzas en su manera de vestir: siempre iban de corbata, traje elegante y peinado perfecto.

Jaime González nació en Fusagasugá el 3 de septiembre de 1927, y desde los 16 años ya mostraba vocación por el periodismo. Años después hacía su ingreso a El Tiempo, donde fue testigo del incendio del diario en 1952 y de su cierre en 1955, durante la dictadura de Rojas Pinilla, sucesos que relata en el libro El Tiempo de mi época. En este periódico llegó a ejercer el cargo de secretario general de la Dirección.

La poetisa Laura Victoria, que vino por última vez a Colombia en 1989, me pidió que la acompañara a visitar El Tiempo, que había sido su casa durante los días de su gloria literaria en los años 30 del siglo pasado. El director, Hernando Santos Castillo, salió a saludarla y luego nos dejó en manos de Jaime González, mientras atendía una entrevista que se realizaba en su despacho.

Este maestro del idioma gozaba de fama por su erudición gramatical, y en tal carácter desempeñaba el oficio de corrector de los editoriales y las columnas de opinión. Obtuvo tres premios en el campo periodístico, y fue miembro de la Sociedad Bolivariana, la Academia de Historia de la Policía y la Sociedad de Ornato de Bogotá.

Rogelio Echavarría nació en Santa Rosa de Osos el 27 de marzo de 1926. A los 15 años se reveló en Medellín su inclinación por el periodismo. Trabajó durante 10 años en El Espectador y durante 30 en El Tiempo. En este diario fue subjefe de redacción, subeditor, columnista y comentarista cultural (su espacio Carátulas y solapas fue recogido en 1995 por el Instituto Caro y Cuervo bajo el título Mil y una notas, en dos tomos de 424 y 458 páginas).

La pasión entrañable de Rogelio Echavarría fue la poesía. En 1948 publicó Edad sin tiempo, y en 1964, El transeúnte, su obra maestra, que había iniciado en 1945 y que ampliaría en 6 ediciones más, siempre con nuevos y sorprendentes poemas.

Sobre ella dijo Aurelio Arturo que se trata de “una de las formas de poesía más originales y audaces de nuestro tiempo”.

Por otra parte, es autor de 7 libros de carácter antológico, y del titulado Quién es quién en la poesía colombiana (1998), publicado por el Ministerio de Cultura y que constituye valiosa fuente de consulta. En este libro dejó consignados datos que me solicitó sobre el poeta Germán Pardo García.

En el poema estelar El transeúnte, considerado el eje de su obra literaria, así define Rogelio Echavarría su itinerario por las calles bogotanas, que es su propio tránsito por la vida: “Todas las calles que conozco / son un largo monólogo mío / llenas de gente como árboles / batidos por oscura batahola”.

Eje 21, Manizales, 22-XII-2017.
El Espectador, Bogotá, 22-XII-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 24-XII-2017.

Comentarios

Con Rogelio Echavarría me sucedió algo muy simpático. Estando con mi hermano Óscar en el café Automático en Bogotá, apareció Rogelio y, al vernos, se sentó en nuestra mesa. Cuando Óscar nos presentó, le contó que yo residía en Nueva York. Inmediatamente abrió un sobre de manila donde tenía varios de sus poemas que acababa de recoger, traducidos al inglés por su amigo Otto de Greiff. Me los pasó para que los leyera. Cuando empecé a leerlos en español, se horrorizó y dijo: no, no, yo nunca escribí eso. Ante su extrañeza le recordé: Rogelio, acuérdate que siempre se ha dicho que lo ideal es leer a los autores en su propio idioma. La mayoría de las obras, por muy buena que sea la traducción, no son fieles al original. Rogelio: excelente ser humano y poeta. Nunca lo olvidaremos. William Piedrahíta González, colombiano residente en Estados Unidos.

Merecido reconocimiento de Rogelio Echavarría y Jaime González Parra. Curioso ese paralelo en sus vidas y hasta en sus muertes. Los dos dejaron su herencia  literaria y su don de gentes y buenos amigos. Inés Blanco, Bogotá.

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Carmelina Soto en el tiempo

martes, 12 de abril de 2016 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Carmelina Soto nació en Armenia el 31 de octubre de 1916, y 77 años después –el 18 de marzo de 1994– murió en la misma ciudad. Salvo pasajeras ausencias, gran parte de su vida transcurrió en su patria chica, donde la conocí en la década del 70.

Siempre quiso nacer y morir en Armenia, porque en su alma palpitaba la esencia de la comarca que había definido un estilo independiente y altivo, como era el propio espíritu de la poetisa. En el soneto Mi ciudad, así le canta a su tierra: “Y nació mi ciudad en sol bañada, / los pies en tierra aurífera y oscura / y una perenne vocación de altura / en la límpida frente iluminada”.

Llevaba en la sangre el brío de los colonizadores antioqueños que irrumpieron en el Quindío para crear una región airosa y productiva. Su padre estuvo presente en la fundación de Armenia y murió cuando ella tenía dos años de edad. A su madre la perdió a los catorce años. No es aventurado pensar que la orfandad temprana marcó tanto su vida como su obra poética.

Este es el año de Carmelina. El centenario de su natalicio. Se dice que una obra solo puede valorarse en la justa medida veinte o veinticinco años después de muerto el autor, y ella se fue del mundo hace veintidós años. Para celebrar la efeméride, el sello editorial Red Alma Mater (Sistema Universitario del Eje Cafetero –SUEJE–), con sede en Pereira, publica el libro Poesía reunida, que abarca la obra completa de la escritora y ofrece reflexivos estudios para juzgar su calidad.

Es el séptimo título editado dentro de la serie Clásicos Regionales. Un grupo de trabajo de la Universidad del Quindío, compuesto por Carlos Alberto Castrillón, Yeni Zulena Millán Velásquez y Luis Fernando Suárez Arango, se encargó de ahondar en el legado poético y presentar variados análisis que permitirán justipreciar este patrimonio regional.

Carmelina publicó tres libros de poesía: Campanas del alba (1941), Octubre (1953) y Tiempo inmóvil (1974). En 1997, Fiduciaria Cafetera –Fiducafé– publicó varias de sus poesías en el libro Canción para iniciar un olvido. En el 2007 se conoció su obra póstuma: La casa entre la niebla.

No es abundante la crítica sobre su creación literaria, toda vez que las ediciones eran de poca circulación. No obstante, voces autorizadas manifestaban su admiración por esta poesía de provincia que al paso de los años tenía cada vez más eco en el ámbito nacional. Según algunos críticos, se trata de la expresión más alta y personal en la poesía colombiana del siglo XX.

 Javier Arango Ferrer dijo que “Carmelina Soto y Meira Delmar son la más certera dualidad poética de Colombia”. Lino Gil Jaramillo declaró en 1975: “Voz lírica de auténtica entonación, sin tintineos de cuentecitas de vidrio”. Por su parte, Rogelio Echavarría anota en su libro Quién es quién en la poesía colombiana (1998): “Su voz es independiente, rebelde, personal, y supera las modas con su claridad, hondura y expresividad”.

En el momento actual, el crítico Carlos Alberto Castrillón comenta, al tiempo que reconoce la valía de los poemas, que “su estatus dentro de la literatura colombiana es aún incierto”. Quizás –pienso yo– no ha existido suficiente empeño de los críticos y los lectores para estudiar su obra. Falta otra valoración.

Por lo mismo que ella era de trato difícil (aislada, huraña, desdeñosa, de genio acre), causaba resistencias para llegar a su poesía. Ignoraba los nuevos valores poéticos de la región y solía buscar conflicto con los antiguos. Huía de la publicidad y no se preocupaba por la edición de sus libros.

Silenciosa, introvertida, apática, discurría por las calles de Armenia (como la vi muchas veces) como una sombra arrastrada por el viento, con aire lejano y el ánimo arisco. Prendas características suyas eran la boina y la bufanda, que enmarcaban su silueta singular. Esto tiene una explicación: su niñez desamparada dejó profundas cicatrices en su personalidad.

Los traumas y desajustes del carácter nacían, cómo no, de sus días de orfandad. Ella se conocía muy bien, y así se pintó en el poema Autorretrato (uno de los mejores de su obra): “Hambrientos y sedientos de la vida, / unos ojos en pleno desamparo. / Y en los labios un gesto… un rictus raro / de sonrisa banal y descreída”. En el mismo poema habla del “melodioso corazón avaro”. No se necesitan más palabras para definir su aspecto físico y la desazón de su carácter.

Nació en plena conflagración de la Primera Guerra Mundial, hecho fortuito, claro está, pero que por algún extraño designio parecía influir en el desasosiego de su alma. Carmelina era explosión y llamarada, lejanía y soledad, canción y arrebato.

Impregnada de tales sustancias anímicas y ambientales, su corazón habló el idioma  de las emociones. Se levantó sobre el mundo adverso que le tocó vivir y escribió su mensaje vehemente –diáfano, definidor, visceral–, a veces con el zumo amargo de la desdicha y otras con el aroma fresco de la rosa.

La palabra rosa campea en su obra como un hálito vital: la repite más de cincuenta veces en sus libros, y no contenta con ello, le agrega epítetos inequívocos: rosa leve, rosa iluminada, rosa-fuego, rosa sencilla, rosa indolente, rosa noctámbula, breve rosa, rosa iluminada, rosa silenciosa, rosa desmayada, rosa perenne…

 “No llamo la atención con mi figura / y paso de las gentes muy lejana / al desgaire el cabello y el vestido”

Esta afirmación, o este autorreproche, están acentuados en el poema Autorretrato. Esa era Carmelina en su vida corriente. Esto no se oponía a que en ocasiones especiales cambiara su atuendo habitual, para embellecer su estampa. Entonces afloraba el toque femenino y se convertía en dama elegante. Quizás en esos momentos volvía a ser la lejana novia que fue de Humberto Jaramillo Ángel, cuando los dos coincidieron como profesores en una escuela rural de Calarcá, llamada La Albania, antes de que ella despertara a las pasiones de Safo.

En noviembre de 1974 la acompañé con mi esposa a una velada cultural que José Restrepo Restrepo, director de La Patria, le tributó en Manizales para escuchar de sus labios algunos de los poemas del libro Tiempo inmóvil, que acababa de salir a circulación. La transportamos en nuestro vehículo.

Una amiga suya de Calarcá le prestó valiosas joyas para exhibir en aquel acto solemne. Ataviada en forma estupenda, tanto con el traje, como con el peinado y las joyas, era otra la Carmelina de ese momento. Dejaba de llevar al desgaire el cabello y el vestido…

Al día siguiente regresamos a Armenia. Mientras yo timbraba en el edificio donde ella vivía, vi, de repente, que un par de muchachos se apoderaban de un bolso que Carmelina había dejado en el borde del andén. Los pillos se echaron a correr y pronto desaparecieron de nuestra vista. En el fondo del bolso, y cubiertas por algunos objetos menores, iban nada menos que las joyas.

La angustia fue grande. De pronto, sentí un pálpito extraño: creí que iba a localizar al par de ladrones en una zona peligrosa de la ciudad. Y así sucedió. Cuando los tuve cerca, ellos advirtieron mi presencia y emprendieron la fuga. Como el bolso los incomodaba, lo tiraron al pavimento. ¡No se habían enterado del tesoro que llevaban escondido en el fondo del bolso! Y supongo que nunca lo sabrán, pues serán malos lectores y no conocerán este artículo.

Con esta crónica curiosa e inédita, ocurrida hace 42 años, describo la metamorfosis que puede vivir cualquier persona. De paso, rindo honor a su memoria. Quizás Carmelina escuche el relato desde su descanso en el parque Sucre de Armenia, donde una placa de mármol protege sus restos junto con su poema a la ciudad nativa.

El Espectador, Bogotá, 8-IV-2016.
Eje 21, Manizales, 8-IV-2016

* * *

Comentarios

Es reconfortante que evoques a Carmelina como una manera de ir rompiendo ese tiempo inmóvil en que parece haber sido recluida. Dije unas pocas palabras durante el acto de inauguración de la placa de bronce en el Parque Sucre, por invitación de la entonces Asociación de Escritores. Carlos A. Castrillón, como cultor, como tutor de nuestras letras no le sigue el paso nadie; ustedes dos hacen un espléndido esfuerzo cultural que nunca sabremos reconocerlo demasiado. Jaime Lopera Gutiérrez, Armenia.

Interesante artículo sobre uno de nuestros mejores valores artísticos forjados en el Quindío. Me encantó tu justo y bien elaborado homenaje. Alpher Rojas Carvajal, Bogotá.

Hace unos meses propuse en La Crónica del Quindío que se pensara en la creación de la Casa de Poesía Carmelina Soto, en Armenia. Le conté al Secretario de Cultura y al señor Gobernador, y les pareció buena idea. Estamos en esa gestión, que sería la manera de vincular a los jóvenes con la poesía de Carmelina. José Nodier Solórzano Castaño, Armenia.

Mi tío abuelo Tomás Calderón –Mauricio– en la hacienda Saboya donde nuestra familia pasaba vacaciones me habló muchas veces de Carmelina Soto y declamaba con donaire sus poemas. También lo hacía el poeta manizaleño Ricardo Arango Franco. En realidad su obra debería ser más conocida. Alberto Gómez Aristizábal, director de la revista La Píldora, Cali.

Cada frase es certera, da en el blanco exacto de las emociones y sentimientos hacia los cuales diriges tus evocaciones. Quienes conocieron a tal mujer, o quienes a raíz de esta glosa lleguen a su obra, habrán elegido la dirección correcta que tu crítica, tu reseña objetiva y ecuánime les señala para ahondar en una obra refinada y breve, intensa, amplia en su belleza y limitada en su producción. Umberto Senegal, Calarcá.

Merecidísimo reconocimiento a quien fue una gran poeta. En solo una ocasión pude alternar con ella, en lectura de versos, y recuerdo la entonación y el contenido admirables y recios. Bien podría figurar en los estrados más altos de la poesía colombiana, si su obra fuera más difundida. Augusto León Restrepo, Bogotá.

¡Qué maravilla de escrito! Profesé por Carmelina una admiración enorme y un afecto entrañable. Algún día te compartiré las notas que nos cruzamos. Alberto Gómez Mejía, Bogotá.

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El ámbito del amor

lunes, 23 de diciembre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Prólogo del libro Cantos para amar a un hombre, de Inés Blanco

El séptimo libro de Inés Blanco llega movido por el mismo aliento que ha inspirado  la totalidad de su obra: el amor. Con su Luna de Abril –su álter ego–, ha conseguido lugar seguro en el ancho campo de la poesía colombiana. Desde esa cumbre del espíritu sabe que el amor no es un sentimiento recurrente, sino una sustancia perenne y vital, sin la cual no podría entender la existencia en el universo.

Sin esa combustión emocional, la naturaleza humana perdería su esencia más noble. Sin la llama amorosa, cuán difícil resulta alumbrar los caminos del mundo y librarlos  de las vilezas del torvo existir. Siguiendo la sentencia de Tagore, para Inés Blanco “el amor es la vida llena, igual que una copa de vino”. Dice Máximo Gorki: “Procura amar mientras vivas: en el mundo no se ha encontrado nada mejor”.

Diferente a la concepción de sus seis libros anteriores, el poemario actual está dedicado por completo al hombre. El título es concluyente: Cantos para amar a un hombre. No es fácil hallar un libro cuyo contenido total esté elaborado con la palabra romántica que una mujer le dirige a un hombre. A veces el amado no es una persona cierta, de carne y hueso, sino creado por la imaginación. El amor no siempre es físico: también puede ser subjetivo o idealizado.

A la mujer, como centro por excelencia del amor, los poetas le han brindado, desde tiempos inmemoriales, las páginas más hermosas de la literatura universal. El caso contrario, como el que hoy realiza Inés Blanco, no es común que ocurra. A simple vista, podría decirse que se trata de un libro extraño. Lo es.

Pero al salirse de la regla común, surge, al lado del suceso singular, un hecho sugestivo que atraerá el interés de muchos hombres que creen sentirse aludidos por la palabra amorosa de una poetisa que convierte al varón en motivo de su creación artística. También podría serlo la mujer. Lo cierto es que tanto hombres como mujeres verán reflejados sus sentimientos en este fascinante poemario que proclama el amor como el mayor goce de los sentidos y la mayor justificación de la vida.

No se trata, en modo alguno, de una poesía de género, ya que el amor lo encarnan por igual la mujer y el hombre. Es al alma a la que le canta la poetisa. El alma no es masculina ni femenina, sino inmaterial e invisible, capaz de sentir, entender y querer. El alma es única. Y personifica el sentimiento humano. Ahora bien, lo que hace Inés Blanco es resaltar y ennoblecer las penas, alegrías y querencias del corazón.

La escritora recrea su emoción estética en los cambiantes elementos de la pasión amorosa, que hieren o regocijan lo mismo al hombre que a la mujer: la evocación, la nostalgia, la melancolía, la soledad, el placer, la conquista, la ausencia, el olvido, el silencio, el ansia de amar… Su voz romántica, teñida a veces de tenue erotismo, y otras, de ardiente sensibilidad, penetra en todas las honduras y misterios del alma.

La obra está dividida en cinco capítulos, como otros tantos escenarios de la relación de pareja: Porque has llegado, Poemas de la ausencia, Poemas del regreso, Paralelas de luz, Travesía. Este enunciado incitará, sin duda, la curiosidad y la apetencia de los hombres lectores que al llegar a este jardín poético buscarán verse lisonjeados por el lenguaje femenino de la seducción.

En cualquier forma como se le mire, el nuevo texto de Inés Blanco es un himno constante al amor. Eso son todos sus libros. Ahora introduce una variante a su creación, con el protagonismo del hombre, pero el fondo y la motivación son los mismos. Conocedor como soy de su obra, he de decir que sus versos han llegado a un grado superior de orfebrería, de búsqueda implacable del vocablo y la metáfora, de rigor en la expresión y esmero en el ritmo y la melodía.

Todo está cincelado por su sensibilidad femenina, que sabe hermosear el verso para producir encanto. El manejo severo de la puntuación, bajo la brevedad del lenguaje y el preciosismo de las imágenes, le imprime donosura a su arte poético. Yo no  entiendo la libertad que se toman los poetas modernos que prescinden de los signos de puntuación, como si esto fuera una conquista literaria. Por el contrario, significa un retroceso. La modulación del poema la da en buena medida la precisión de la coma, para hablar del signo más exigente y de mayor eficacia para el buen decir tanto en prosa como en verso.

A veinte años de la salida de su primer libro –Paso a paso (1993)–, Inés Blanco le hace honor a ese título al mostrar hoy una obra elaborada sin afán, pero sí con firmeza y disciplina, que le ha hecho conquistar un puesto cada vez más sólido en las letras del país.

Bogotá, diciembre de 2013

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La cárcel de Lecumberri

sábado, 21 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Álvaro Mutis nace en Bogotá en agosto de 1923. Sus antepasados registran una larga tradición agrícola, y sólo él y su padre han nacido en la ciudad. El resto de la familia se desarrolló en la vida de las haciendas. Su padre, hasta hace poco secretario de la Presidencia de la República, es nombrado diplomático en Bruselas cuando el futuro escritor se encuentra en edad escolar, lo que determina que sus estudios de primaria y bachillerato los adelante en la urbe europea.

Desde muy joven se muestra lector voraz de toda clase de libros clásicos y siente especial atracción por los autores rusos y franceses, en el campo de la narrativa, y por figuras como Neruda, Rilke, Juan Ramón Jiménez y Aurelio Arturo, en las lides poéticas. Bien pronto brotará de su propia cosecha la figura de Maqroll el Gaviero, su álter ego, personaje aventurero y romántico que conducirá su obra a las cumbres de la fama.

Al mismo tiempo que el nuevo literato conquista aplausos en Colombia y en los países latinoamericanos, el dandi que hay en él –con su talante gallardo y su gran facilidad de palabra– irrumpe en los salones sociales y se vuelve miembro apetecido de los círculos sociales. No es su mayor éxito el matrimonio que contrae a temprana edad, al que habrá de seguir una serie de fracasos sentimentales, sino su figuración constante en los mundillos de la lisonja y el privilegio.

Un día ejerce la jefatura de relaciones públicas de la compañía petrolera Esso, posición que parece diseñada para él. El poeta-relacionista se mueve allí como pez en el agua. Lo que todo el mundo ve en el flamante directivo: distinción, prebenda, suerte, destreza para mover la imagen de la empresa poderosa, dista mucho de coincidir con el infortunio que ha de sobrevenirle por el manejo indelicado de los fondos a él confiados, a raíz de lo cual huye del país y se radica en Méjico. Mutis ha incurrido en el desfalco para sacar de apuros a unos amigos. Cuando la situación se torna crítica y no halla facilidad para reintegrar el faltante, toma el camino de la fuga.

Poco tiempo después es apresado en Méjico, a la edad de 36 años, y va a dar a la cárcel de Lecumberri. Presidio pavoroso para este hijo de la burguesía cuyo tránsito por los salones dorados y por los floridos jardines de las letras no dejaba presentir semejante revés.

Este hecho parte en dos su existencia, al saltar del boato y la falacia social a la cruda realidad del  presidio. Los infinitos vejámenes y humillaciones sufridos por Óscar Wilde en la cárcel de Reading, los padece ahora Álvaro Mutis en la cárcel de Lecumberri. Uno y otro son figuras sobresalientes de la sociedad, brillantes poetas, perfectos petimetres. Ambos mantienen relaciones sentimentales con personas de la nobleza, el uno como homosexual declarado, el otro como mujeriego exquisito.

Los amores de Mutis con la condesa y escritora mejicana Elena Poniatowska, de origen polaco, que se encuentra casada, discurren con discreción durante los días del encierro penitenciario (1959), y queda constancia de que la condesa lo visitaba todos los domingos. Julio César Londoño, periodista colombiano que a lo largo de los años ha seguido este idilio con ojo penetrante, expresa lo siguiente en La Revista de El Espectador (23-VI-2002), a propósito de los encuentros furtivos en la cárcel: “Ella es una mujer precozmente adulta, él un hombre mayor. Ambos están de regreso. Han amado, engañado, sufrido. Conocen los deleites y las zozobras del Paraíso y los rigores del Infierno”.

De la cruel experiencia carcelaria sale un testimonio desgarrador: Diario de Lecumberri (1960), donde el colombiano describe el mundo sórdido de los presos y muestra su propia desventura, luego de haber probado los néctares de la lisonja social. Cuando un día amanece apuñalado ‘Palitos’, su habitual amigo y frágil vecino de celda, la noticia le produce honda conmoción y le agranda el fantasma de la soledad. Con todo, la prisión le permite conocer en toda su intensidad el destino trágico del hombre y apreciar lo que hay de bueno en cada individuo, sin la careta de las falsías y los engaños.

La temperatura de este desastre la traslada Mutis a su obra futura, tras los 15 meses de reclusión en Lecumberri. Muchos años después, gozando ya de la fama de su obra perdurable, Mutis sentiría, al recibir en Italia y España los premios Cavour, Príncipe de Asturias y Cervantes, que sobre sus hombros y su alma gravita el peso de la prisión, generadora de sombras y luces. Wilde y Mutis, viajeros de la misma nave azarosa del destino, parecen caídos de la misma estrella y resultan víctimas del mismo desequilibrio de sus vidas gloriosas y al mismo tiempo desdichadas.

El Espectador, Bogotá, 27-IX-2013.
Eje 21, Manizales, 27-IX-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 28-IX-2013.

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Comentarios:

La columna está escrita con la belleza de un literato y con la imparcialidad de un buen periodista. Qué golpe tan fuerte le dio la vida, o mejor, la ley del karma, la ley de causa y efecto, a nuestro querido Álvaro Mutis. El paso por la cárcel siempre deja una profunda huella en el alma. Lecumberri en México cumpliría en Mutis su misión. Colombia Páez, Miami.

Esta bella página condensa todos los elementos que marcaron al hombre en su tránsito por la vida. El cierre es bellísimo, muy poético. Me conmovió. Esperanza Jaramillo, Armenia.

Magnífico artículo evocador de Álvaro Mutis, a quien conocí en Bogotá y volví a ver dos veces en España. Es lamentable para las letras latinoamericanas este fallecimiento de un escritor colombiano tan importante. Ramiro Lagos, Greensboro (USA).

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Alfonsina Storni

sábado, 21 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

 (En los 75 años de su muerte)

Poetisa argentina de origen suizo (Sala Capriasca, 29 de mayo de 1892–Mar del Plata, 25 de octubre de 1938). Alfonsina es un nombre árabe que quiere decir «dispuesta a todo». Esta regla se cumplió en la vida de Alfonsina Storni. Sus primeros años fueron sacudidos por las limitaciones económicas, que la llevaron a ganarse la vida a los trece años de edad, cuando murió su padre: primero fue fabricante de sombreros, más tarde empleada de una farmacia y luego actriz en una compañía de teatro que viajaba de pueblo en pueblo.

Cuando regresó de esta actividad, supo que su madre había vuelto a casarse y se había marchado de la ciudad. Tiempo después, Alfonsina ejerció el oficio de maestra en Rosario y Buenos Aires, y al mismo tiempo colaboraba en los principales periódicos y revistas del país. En sus artículos se mostraba decidida defensora de las causas femeninas. Y al paso de los días se reveló como una de las poetisas más destacadas de América.

En sus libros iniciales, La inquietud del rosal y Languidez, se descubre su exquisita sensibilidad erótica y tierna melancolía, y en ellos comienza a aparecer su rebeldía ante un mundo injusto. En Ocre, su obra maestra, asoma un sentimiento de desengaño amoroso, tal vez proveniente de su condición de madre soltera a los 20 años. Se había enamorado de un hombre casado que le enturbió la juventud con la amarga experiencia de un hijo bastardo. Por eso le cogió aversión al matrimonio.

El país la consideraba su mejor poetisa romántica. «Me he pasado la vida cantando al hombre», decía, y luego agregaba: «Quiero un amor feroz de garra y diente, que me asalte a traición a pleno día». El no ser amiga del matrimonio no era obstáculo para tener continuas aventuras amorosas. Juana de Ibarbourou recuerda la siguiente escena en el puerto de Montevideo, mientras su amiga se alejaba hacia Buenos Aires: un enamorado se despedía de ella desde el muelle, encendiendo luces en forma de corazón.

Y llega su larga relación con el cuentista uruguayo Horacio Quiroga, hombre casado. A los 28 años, Alfonsina ingresó al grupo literario que él dirigía con el nombre de Anaconda (el título de uno de sus libros). Fue un romance tormentoso, que le causó profundas heridas. Quiroga fue su gran frustración.

Diagnosticado el cáncer de mama en 1935, fue sometida a una mastectomía radical. Tres años después reapareció el mal, como fiera voraz, que le produjo terrible abatimiento. Días antes de su muerte escribió el poema Voy a dormir, que sirvió de fondo para la canción póstuma compuesta en su honor: Alfonsina y el mar. En el final del poema, dedicado sin duda a Horacio Quiroga, la amante decepcionada exclama: «Gracias. Ah, un encargo: si él llama nuevamente por teléfono, le dices que no insista, que he salido».

En octubre de 1938 fue descubierto su cadáver flotando en el mar. Quedaría fácil atribuir el motivo del suicidio a la enfermedad incurable. Pero a dicha circunstancia se une otro elemento de peso, que siembra la duda: fuera del desengaño con Quiroga estaba su mente desajustada por las toxinas de la vida, que le creó un peligroso estado depresivo.

El Espectador, Bogotá, 30-VIII-2013.
Eje 21, Manizales, 30-VIII-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 31-VIII-2013.

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Comentarios:

Ha sido grato recordar a través de este artículo la memoria de Alfonsina. Desde muy temprana edad leía sus poemas, publicados en ese entonces en una revista que mamá acostumbraba comprar. Después, con más deleite, sabía apreciar su poesía. Elvira Lozano Torres, Tunja.

La vida de Alfonsina fue, en efecto, muy triste y tormentosa; leyendo su poesía, creo igual que dice el artículo, que todos sus dolores espirituales y físicos tuvieron que llevarla a una depresión profunda. Máxime considerando la época, demasiado  difícil para una mujer. Muy concreta y bella esta página. Esperanza Jaramillo, Armenia.

Hay que resaltar la excelente versión de la canción Alfonsina y el mar en la maravillosa voz de Nana Mouskouri. Marmota Perezosa (correo a El Espectador).

Acabo de leer con placer tu artículo sobre Alfonsina Storni. Se lo acabo de enviar a varios poetas amigos, especialmente al poeta español Fernando Opere y a mi colega, también poeta, Mark Smith Soto, quien por recomendación mía publicó en Tercer Mundo un libro sobre Alfonsina. No sabía en detalles sus relaciones con Horacio Quiroga, alusión muy interesante de tu artículo. Ramiro Lagos, Greensboro (USA).

Mi conocimiento sobre su muerte es que al saber que su fin era tan próximo, ella que jamás sería una suicida, decidió adelantar el final. Con respecto a sus restos, lo que yo conozco es que nunca se hallaron, que el mar no la devolvió. Se supo porque sus ropas fueron encontradas en la  playa. Ofelia Angélica.

Respuesta. Diferentes versiones han circulado sobre la muerte de Alfonsina Storni, entre ellas la que se da en este correo. Todo esto aumenta el mito de Alfonsina. Wikipedia dice lo siguiente: «Se suicidó en Mar del Plata arrojándose de la escollera del Club Argentino de Mujeres. Hay versiones románticas que dicen que se internó lentamente en el mar. Su cuerpo fue velado inicialmente en esa ciudad balnearia y finalmente en Buenos Aires. Actualmente sus restos se encuentran enterrados en el Cementerio de la Chacarita». Leo en otra parte que dos obreros descubrieron el cadáver en la playa. Si sus restos reposan en la Chacarita, esto significa que Alfonsina regresó del mar. GPE

 

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