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Historia de una Piper Navajo

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

 Artículo publicado en El Espectador el 29 de agosto de 1983 y que adquiere vigencia al salir Carlos Lehder de la prisión donde estuvo recluido 33 años. La irrupción de Lehder en el Quindío comenzó con el regalo de una avioneta al gobernador. Aquí está la historia.

Sobre la pista del aeropuerto El Edén, de Armenia, apareció un día, hace cuatro años, una avioneta abandonada. Traía una tarjeta, o sea un rumbo cierto: de Carlos para Mario. Mario (Gómez) era el gobernador del Quindío. Carlos, el dadivoso remi­tente, venía seguido de un apellido extranjero que sonó curioso y enig­mático: Lehder.

Algún viejo, haciendo memoria, se acordó de un ingeniero Lehder que en lejanas épocas había trabajado en la cons­trucción del ferrocarril de Armenia. Y  corriendo el tiempo, su hijo Carlos, un joven de 27 años, quemado por soles tropicales y oloroso a dólares y otras sustancias, a quien nadie conocía y a quien su propio progenitor vendría a desconocer, hacía noticia en la escasa crónica municipal.

Y es que regalar una avioneta, cuando su precio es de doce millones de pesos, produce impacto en cualquier parte y a cualquier desti­natario. En Armenia, sitio tranquilo —la ciudad de los milagros y las cosas raras—, donde se ignoran, o se ignoraban, presentes de esa magnitud, hubo alboroto parroquial. El gobernador, que al principio su­puso que se trataba de una de las tantas bromas que acostumbran sus paisanos, quedó confundido al ver que la cosa era en serio.

No se trataba de un juguete inofensivo, sino de una avioneta ejecutiva —Piper Navajo—, apta para todos los vientos y aperada para todas las emergencias. Mario no sabía si tocar el extraño aparato o devolverlo. Pero al fin se decidió a abrir el paquete, y ya metido en la grande, o sea en la grande navegadora de rutas insospechadas, descansó o se decep­cionó al notar que el obsequio no era para él, en persona, sino para el gobierno que representaba.

El encarte, no obstante que Mario ya no tendría que recibir las clases de pilotaje que alcanzó a presentir, seguía siendo mayúsculo. Llamó al jefe supremo, y Turbay creyó des­pertar en medio de un guayabo es­pantoso. La noticia pronto irrumpió en el alto Gobierno, y después de muchas cavilaciones y dudas jurídi­cas se aceptó la ofrenda. La ofrenda de un descendiente de alemán que por una historia de ferrocarril había nacido en la hermosa tierra que ahora se proponía agasajar. Y conquistar, como se verá. Agasajar, por lo menos materialmente.

El regalo moral ya es otra cosa, y hoy los quindianos se preguntan si no hubiera sido mejor devolver aquel pájaro exótico que habría de partir en dos la historia de Armenia. Pero como el aparato era de contrabando, el ave se quedó en casa. Un ave con plumas relucientes y pico acerado que pe­netraría en todas partes, hasta en los intersticios más secretos de ciertas conciencias.

Silvio (Ceballos), el siguiente gobernador, consideró que para sus despla­zamientos por un territorio reducido y de fácil acceso no necesitaba de águilas imperiales. Legalizado el contrabando, la dádiva (llámese carnada) salió a remate público. Nadie ofreció la base. ¿A quién, que no fuera mafioso o potentado (términos afines), iba a interesarle la Piper Navajo? (En principio se creyó que esta era una vedete internacional, y el símil fue bien logrado).

De todas maneras, doña Piper Na­vajo quedó en poder del público en la tercera sesión del remate. La vedete internacional, que ya muchos habían idealizado, fue conquistada (rematada) por un solitario oferente, a quien más tarde se señalaría como el piloto de Lehder. Harina para el mismo costal. Así, el ave descarriada volvía a casa, ya legalizada y a mitad de precio.

Con el producto de la subasta se hizo una obra social. ¿Dinero calien­te, como ahora han dado en llamarlo? Sea lo que fuere, don Carlos Lehder, hijo de Armenia, con 27 años mal contados (y bien vividos, en su ca­lenturiento mundo de aventuras in­ternacionales), hacía su presentación al pueblo que lo vio nacer. Su nombre, al principio indescifrable, se multi­plicaría de boca en boca, como en la cena de los panes increíbles.

Comenzó comprando tierras. Y pasó a comprar conciencias. Tanto las unas como las otras tienen precio, y para eso la capacidad de nuestro magnate es incalculable. Abundaban, mientras tanto, los donativos generosos a cuanta obra social —eclesiástica o mundana— se le presentaba, y en los entreactos les hacía guiños a los periodistas.

Terminó regalando a los periodistas una significativa contribución eco­nómica, que naturalmente también era publicitaria (a lo Piper Navajo), y estos, bandeja de gratitud en mano, se hicieron retratar, muy sonrientes y muy emocionados, con el nuevo líder de la comunidad. Hoy nadie quiere acordarse de aquella foto histórica.

Entre sonrisas, coqueteos, do­naciones y audacias, o sea, con sutil inteligencia, crecía el personaje. Un Corleone colombiano. Como don Carlos hablaba en dólares, movía tierras y maquinarias, construía pa­rajes turísticos, organizaba actos deportivos, hacía obras de caridad, pagaba los mejores sueldos del país, emocionaba a la juventud y destro­naba a los viejos, le llovían ins­cripciones para sus listas. Señoritos y señoritas, comerciantes, ejecutivos, doctores, poetas, escritores, políticos desubicados, aventureros… fueron subiendo al tren de la alegría.

Lehder, que ya tiene periódico propio y periodistas in­condicionales, fundó su movimiento político. Aspira a llegar a los cuerpos legislativos. Y no tiene empacho en declararse miembro respetable de la mafia internacional. Anota, además, que el país está lleno de pequeños y grandes mafiosos, lo cual no es ningún secreto para nadie. Desde Cayo Norman —su isla de la cocaína— muchos peces se han engordado. Al narcotráfico lo llama “bonanza colombiana”, y esto estimula a los perseguidores de fortuna fácil.

La gente fue llegando. Se habla de comilonas y bacanales, rociadas de extrañas bebidas y frenéticas yerbas. El paraíso de los paganos ha abierto sus puertas en la tierra del café, y todos, chicos y grandes, se empujan para entrar. Algunos quedarán desgarrados de por vida, pero esto ya es otro capítulo. A Mario, el gobernador, le ofreció nombrarlo gerente general de su imperio, con sueldo y prebendas monumentales, pero el elegido no mordió el anzuelo. Lo mordió, en cambio, su joven secretario de Gobierno, hoy otro de los nuevos ricos de la ciudad.

Los políticos tradicionales, puestos por él en jaque, le enrostran los dineros calientes (o sucios, en lenguaje franco) con los que está pervirtiendo la política colombiana. ¿Acaso, pregunta alguien, no son igualmente sucios los desviados au­xilios parlamentarios? ¿Con unos y otros no se está asaltando la concien­cia pública y sobre todo la conciencia privada?

Lehder tiene asustados a los polí­ticos del Quindío y del país entero. Les advierte que sus curules están en peligro. Estos lo acusan de mafioso y él se ríe de ellos en sus dominios ilimitados del poder económico y la provocación desdeñosa.

El caso Lehder es un grito en la conciencia, un reto a la moral pública del país. Que no se contrarrestará con estériles reproches ni tontos lamentos. Es una ficha floja en la conducta de gobernantes y políticos, de padres y educadores, de capitalistas y empresarios, de eclesiásticos y ciudadanos rasos. Nunca el fariseísmo, tan de moda en estos días, ha remediado los problemas sociales ni los problemas de familia.

Obsérvese bien y se verá que los males no llegan solos, por generación espontánea. El episodio Lehder, si se quiere, es un episodio moralizador. Hay tratamientos médicos que se aplican con éxito amputando miembros atrofiados.

Y todo comenzó con una Piper Navajo —de Carlos para Mario–,   abandonada un día en el aeropuerto de Armenia, naturalmente con carta de navegación…

El Espectador, Bogotá, 29-VII-1983 y 27-VI-2020.
Eje 21, Manizales, 23-VI-2020.

Comentarios
(junio/2020)

Yo era secretario privado del gobernador; en efecto, un día que abrí la correspondencia del despacho, apareció una carta de Carlos Lehder en inglés. Inmediatamente se la llevé al gobernador Mario Gómez, quien alertado por el ofrecimiento que ella contenía –no para él sino para el departamento– llamó al ministro de gobierno de la época, Germán Zea Hernández, y desde luego al presidente. Lo demás se conoce, y después llegó la famosa avioneta, no antes. Gabriel Echeverri González, Armenia.

Maloliente pasaje protagonizado por Carlos Lehder y una estúpida sociedad. Gustavo Valencia García, Armenia.

Excelente anécdota histórica de hace 37 años. Dejaste para el futuro la narración de uno de los episodios iniciales de esta funesta feria de narcotráfico que ha vuelto patas arriba a nuestra querida Colombia. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Recordé momentos vividos por aquellas calendas, y aunque son otros los protagonistas sin avionetas de por medio, hoy hay personas de dudosa reputación rondando los pasillo palaciegos y entregando dádivas para merecer favores. La política no ha cambiado, se ha envilecido, y las mafias continúan merodeando alrededor del poder local. Armando Rodríguez Jaramillo, Armenia.

 

 

 

 

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El Quindío en marcha

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La principal característica del doctor Jesús Antonio Niño Díaz, gobernador del Quindío, es la de ser ejecutor de obras. Durante su primer gobierno, en 1973, se inició la construcción del Palacio Departamental, proyecto de envergadura que de ahí en adelante iba a marchar a paso de tortuga. Nueve años han transcurrido y la obra no ha sido terminada.

Fue necesario el segundo gobierno del doctor Niño Díaz para darle el impulso final. Ya fue adecuada, para el funciona­miento de la Asamblea Departamental, parte del edificio, y en los próximos días se trasladará la Gobernación en pleno. La obra está adelantada   en el 70 por ciento.

A Niño Díaz le gusta forzar el desarrollo para que la administración pública no se anquilose. Su primera regla es la del rendimiento. A sus programas les imprime dinamismo y en sus ejecuciones se nota el afán de plasmar realidades. Busca además la forma de comprometer otros entusiasmos, como ha sucedido con el Palacio Nacional, proyecto dormido hace mucho tiempo y que se ahora ha puesto ahora en marcha.

El Gobernador prometió hace un año, al tomar posesión de su cargo, que construiría un segundo hospital, más a la mano de la gente pobre del sur de la ciudad. Su palabra está cum­plida. Es una obra funcional, de gran beneficio público. Sorprende, desde luego, que en un año logre construirse un hospital. Niño Díaz, el urbanizador más grande que ha tenido Armenia, sabe encontrar fórmulas prodigiosas. También en el sur se ha establecido una moderna estación de policía que prestará grandes servicios a una zona urgida de mayores seguridades.

Parece que no se ha conformado con ser únicamente el Gobernador, sino que ha intervenido en la vida municipal. Ojalá que algún día tuviera Armenia un alcalde de las capacidades del doctor Niño Díaz. La capital, tan postrada en los últimos tiempos, necesita un remezón.

En llave con otro gran quindiano, Gustavo Fajardo Molina, secretario general del Ministerio de Obras Públicas, se han realizado trabajos tan importantes como la conclusión de la carretera de Montenegro a Quimbaya, el adelanto de una parte fundamental de la vía a Zarzal, la terminación del segundo carril de la Avenida 19, que pronto quedará en servicio. Es justo  aplaudir de paso la magnífica gestión del doctor Fajardo Molina, ciudadano ejemplar que trabaja en silencio y esqui­vo a la ostentación, pero con resultados positivos.

Manifiesta el doctor Niño Díaz que el controvertido estadio de Armenia será una realidad para el próximo campeonato mundial de fútbol. Hay bases para creerle. Hemos visto, en efecto, una vigorosa acción de máquinas haciendo surgir este proyecto tan buscado por los quindianos.

En materia de cultura, publicó ocho libros de autores quindianos. Le falló la imprenta. Ya se ve que Quingráficas no marcha al mismo ritmo del gobernante. Es una lástima, y lo sentimos por la cultura. En los próximos días se entregarán dos nuevos libros. Queda el compromiso de seguir estimulando el arte.

Este, en líneas generales, es el balance de un año de gobierno del Quindío. Los aciertos son superiores a las fallas. El rasgo primordial fue el de la dinámica. Ese es el temperamento del istinguido hombre público,  gran realizador de obras. La muestra es elocuente.

La Patria, Manizales, 2-VII-1982.

 

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El Quindío también puede

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Es el doctor Hugo Palacios Mejía una de las personalidades más notables del Quindío, luchador del progreso de su tierra y reconocida figu­ra nacional. Como estudioso consa­grado que es de los problemas públicos, desde el Parlamento adelantó importantes proyectos que le hicieron ganar la admiración de sus colegas y que lo catalogaron como uno de los voceros de la provincia con mayor iniciativa y mayor espíritu reformador.

Varios de sus trabajos son hoy leyes de la República, y en todos ellos, incluso en los que no alcanza­ron a convertirse en actos legislativos, sobresalió el acierto de su gestor, por las luces de su inteli­gencia y su ponderado raciocinio. Su acción en la Cámara de Representantes, de las mejor calificadas por la  seriedad y eficiencia, contrasta con el bajo rendimiento de la mayo­ría, quienes muy poco o nada aportaron para el mejoramiento de la sociedad.

Hugo Palacios Mejía no se conformó con ser un ganador de honorarios, sino un verdade­ro legislador. Formado en exigentes disciplinas, donde alterna con bri­llo y altura la cátedra universitaria con su presencia en foros naciona­les y en su provincia quindiana, es figura que envidiarían otras regiones. Se le conoce como hombre razonador y ecuánime, buen exposi­tor y excelente intérprete de la co­munidad.

Sus proyectos son novedo­sos, bien estructurados y sólida­mente forjados para actualizar el anacronismo de los códigos. Ya de­mostró magníficas dotes como vice­ministro de Hacienda, presidente de la junta directiva del Banco Popular, representante por Colombia y Perú ante el Banco In­teramericano de Desarrollo, y otros encargos que se escapan en esta rápida reseña.

Cuando el Quindío deja perder, por reyertas menores de la políti­ca que no alcanzamos a entender ni a justificar, la brillante vocería que tenía en el doctor Palacios Me­jía, nos encontramos ante un hecho insólito. Habría que aceptar, con desilusión, que esa es la política parroquial de Colombia. Apenas unos pocos votos le faltaron para asegurar su continuación como par­lamentario, y de todas maneras que­da una lección pública, que ojalá no se repita en el futuro.

No es sen­sato que por estos forcejeos alrede­dor de las curules se prive a las re­giones del concurso de hombres de superiores capacidades, y en cam­bio subsistan en todas las esferas públicas la ineficiencia y la mediocridad. Colombia necesita las luces de su gente preparada y las virtudes de los ciudadanos honorables.

Pero sabemos que Hugo Palacios Mejía seguirá trabajando por su tierra. Nada tan desea­ble como que en el nuevo gobierno sea llamado, como parece que suce­derá, a una alta investidura. Es bien conocida su lealtad con las tesis del doctor Belisario Betancur y su lucha por sacar adelante esa candidatura. Si se pierde la mejor representación que teníamos en el Parlamento, es hora de conquistar un ministerio. El Quindío se lo merece, y el candidato es inobjetable.

La Patria, Manizales, 24-VI-1982.

* * *

Misiva:

Agradezco muchísimo tus generosos comentarios y el respaldo que desde hace tanto tiempo vienes dando a mi modesta labor. Sin embargo, debes estar seguro de que el presidente Betancur demostrará al país que los nombramientos los hace él y no los periódicos. Hugo Palacios Mejía, Bogotá.

(En el gobierno de Belisario Betancur fue nombrado gerente del Banco de la República y ministro de Hacienda).

 

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Monografía de Quimbaya

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hugo Galvis Valenzuela, empleado público que hace esporádicas apari­ciones en el periodismo re­gional, acaba de publicar una monografía de su pueblo natal, el unicipio de Quim­baya que ahora estrena re­luciente carretera a Montene­gro, lograda luego de in­gentes esfuerzos y sobre todo de las sofocantes promesas de los políticos.

La carretera ha quedado concluida como la coronación de un viejo anhelo de la provincia que re­seña Hugo Galvis Valenzue­la en las 270 páginas de su li­bro. Si la vía asfaltada, que tu­vo que romper montaña y afirmarse sobre difícil terreno, se proclama hoy como una conquista regional, el libro, que demandó  años de investigación y muchas vi­gilias mentales del escritor, hace su entrada triunfal, sobre la senda del progreso, al bello municipio cafetero que gana al mismo tiempo en ade­lanto material y en impor­tancia cultural.

Arranca el estudio desde la aparición de la tribu, en 1539, pasa por la fundación de la aldea, en 1911, y termina en el surgimiento de la ciudad actual, en 1960.  Hay un dete­nido repaso de la colonización, donde aparece la raza pri­mitiva y laboriosa que hace brotar la aldea promisoria, luchadora y progresista. Fue en esta región donde los indios quimbayas establecieron sus reales.

Se dice de ellos que eran tra­bajadores y artistas. Su patrimonio se preserva en valiosas piezas de orfebrería que para fortuna de las nuevas generaciones han conseguido rescatarse como una de las referencias más importantes de dicha  cultura

Galvis Valenzuela escarbó libros y archivos, ordenó datos, sacó conclusiones, hasta lograr este libro que entrega a sus paisanos como su mejor ofrenda y su mejor testimonio histórico. Consultó las fuentes de la historia en boca de los  fundadores del pueblo, tomó estadísticas, ana­lizó cifras y rescató persona­jes. El pulso de la historia está en los hechos que el tiempo desmenuza y ter­minan sepultados en el olvido Estos trozos huidizos y muchas veces ignotos son los que dan perfiles a las regiones.

Galvis Valenzuela tocó en muchas puer­tas en demanda del auxilio oficial que  debería estar presto para premiar el esfuerzo que sig­nifica escribir un libro. No tu­vo suerte, porque no se le oyó con atención, y de to­das maneras porque la cultura es huérfana, y acometió con sus propios recursos la empre­sa quijotesca de editar su obra.

Reto ingratos de la inteligencia, pero aquí lo vemos cabal­gando como chalán convencido de que a la cultura hay que aguijonearla para que produz­ca frutos. Y satisfacciones, que se hicieron evidentes la noche en que el pueblo le reconoció el mérito en la Casa de la Cultura.

Quimbaya, floreciente municipio quindiano rodeado de cafetales e impulsado con el tesón de sus antepasados, ahora con carretera pavimentada y aires modernistas, y que tiene en Bernardo Pareja la inspiración poética, cuenta también con su historiador. El pueblo puede sentirse ufa­no entre la cultura del asfalto y la cultura de las letras.

La Patria, Manizales, 21-VI-1982.

 

 

Armenia es un amor

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El doctor Jesús Antonio Niño Díaz, gobernador del Quindío y golfista de tiempo completo, lan­zó para su segunda gobernación una rápida cuña: “Armenia es un amor». Es al mismo tiempo una afirmación y un reto. La trajo de su consulado de Boston, donde había permanecido por algún tiempo con nostalgia de su tierra y de sus palos de golf. Había experimentado, sin duda, la tris­teza que da la patria lejana. Renunció y se vino presuroso a recordarnos que Armenia es la mejor tierra. «Es un amor». Con eso se expresa todo.

Ahora que se realiza un nuevo Abierto de Golf en el Club Campestre, tan  hospitalario y familiar para los jugadores de todo el país, y ahora que de nuevo se me pide que escriba unas palabras para su revista, nada tan oportuno como soltar el slogan de que «Armenia es un amor». Sale la frase, si se quiere, de los propios predios del golf, donde el doctor Niño Díaz es asiduo  practicante del refinado deporte que le ha hecho conquistar amigos y lo ha llevado, entre rondas y certeros golpes, a planear el progreso de su ciudad.

Varias generaciones han recorrido estos campos del regio deporte, entre atardeceres y efusivas muestras de amistad. El nacimiento del Club Campestre arranca el 22 de marzo de 1937, según nos lo contó hace poco el historiador de este centro social, don Óscar Jaramillo Jaramillo, otro golfista de tiempo completo, aunque flojo para un recorrido de cuatro horas. Se dice de él que es el único golfista del país que no juega completo un partido, pero nadie ignora que es de los más perseverantes en las canchas.

En estos 45 años mucha historia corre por los huecos del campo deportivo, y es obvio que las actas que protege Óscar con tanto celo digan también del desarrollo de una ciudad que a paso veloz se ha transformado en uno de los centros más pujantes del país. Baste recordar, como simple dato que atestigua el paso del tiempo, que el valor de la primera cuota fue de tres pesos. ¿Cuánto vale hoy, don Óscar? Es mejor no revelarlo, para que los golfistas continúen sintiéndose sanos y jóvenes.

Es el Club Campestre una de las referencias más propias de Armenia. Desde aquí, en los últimos tiempos, se ha forjado su desarrollo. Los gober­nantes se dan cita entre arreos golfísticos y aco­meten con brío entre hueco y hueco, mientras la ciudad no se detiene y se siente impulsada para continuar como capitana de las ciudades intermedias. Cada golpe de pelota en el Club es como un golpe de progreso en la ciudad.

Armenia, que se acostumbró a tener amigos en todos los confines del país, los recibe con albo­rozo, siempre cariñosa y siempre retadora. De aquí salen con celos de sana emulación muchos de los distinguidos visitantes que algo nuevo encuentran en esta urbe palpitante, y llegan a sus ciudades de origen deseosos de aplicar los mismos moldes de este urbanismo inalcanzable. Y cada vez se van más convencidos de que «Ar­menia es una amor».

Revista del VII Abierto Cafetero de Golf (editorial), Armenia, junio de 1982.

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