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Víctimas inocentes

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El deteriorado colector de aguas de la carrera 19, un peligro público de incalculables proporciones, atrapó a varios obreros y cobró con sus vi­das el descuido de la ciudad imprevisiva. Son las pri­meras víctimas inocentes que se sacrifican por tratar de reparar a última hora un daño que ya cogió ventaja y que hoy demanda ingentes esfuerzos econó­micos y técnicos.

Las fuerzas de la naturaleza, supe­riores a las fuerzas del hombre, se volvieron furiosas al aumentar con la lluvia repentina el torrente de la quebrada y arremeter contra quienes apenas lograban abrirse campo en las profundidades de la tierra endeble y traicione­ra.

A los perjuicios materiales que ya han afectado a los propietarios de inmuebles y negocios de este amplio sector declarado en emergencia, se suma el dolor de las familias de estos humildes ciudadanos que debieron exponer sus vidas en aras del retardado urbanismo. Habría que dudar de la real eficacia de los trabajos que ahora se adelantan, si la obra completa exige alta inversión y el municipio carece de recursos ordinarios para  su ejecución.

Sólo se trata, como puede deducirse, de una solu­ción a medias. El problema continúa vivo y ahora es superior cuando ya ni siquiera se conseguirán nuevos obreros que se arriesguen a los peligros de aquellas cavernas.

El Gobierno Nacional, que ahora entenderá mejor las dimensiones de esta emergencia, cuando se paga con vidas los esfuerzos de la firma de ingeniería que colabora dentro de limitadas condicio­nes, debe apersonarse, con dineros suficientes y la necesaria dirección técnica, de una obra que es de alta envergadura.

Esconder los problemas bajo tierra, como ha ocurri­do a lo largo de los años con este mal que algún día iba a destaparse, no es sabia fórmula y, por el con­trario, revela incapacidad para entender que una urbe como Armenia, siempre en crecimiento, no puede ma­nejarse con criterio parroquial. Falta una ver­dadera planeación a largo plazo, por encima de politi­querías y mezquinos afanes burocráticos. Care­cemos, sobre todo, de líderes capaces de llevar adelante la acción vigorosa que coloque a la ciudad en el sitio destacado que le corresponde.

Declarar la ciudad en emergencia, como ha ocurri­do, no es suficiente. Arreglar de afán los problemas, tampoco. Tenemos que adelantarnos al reto del crecimiento, del urbanismo que no logramos entender, y en una palabra, a las exigencias de este mundo contemporáneo, exigente y avasallador.

Ahora la ciu­dad está de luto. Quedan desamparadas unas familias y se abren unas cruces alrededor de las cuales debe ha­ber solidaridad. Ojalá el drama nos haga meditar en los errores cometidos y, sobre todo, nos empuje a buscar reales soluciones.

La Patria, Manizales, 16-I-1981.

 

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Defensa contra los atracadores

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Armenia, ciudad tranquila hace pocos años, es hoy sitio inseguro. A medida que crecen los problemas sociales, aumenta la delincuencia. Ya las damas no pueden transitar confiadas por las calles. A plena luz del día y en los lugares más concurridos se roban relojes, aretes, billeteras.

Los raponeros, hábiles en el manotazo, en segundos se apoderan de los objetos y emprenden la carrera ante el grito de la víctima y la expectativa de los transeúntes que esperan ver detenido al delincuente y que siguen su recorrido, desprotegidos por las autoridades.

En algunos sitios se concentran los rapone­ros, son conocidos por los dueños de almacenes y algunas veces son detenidos por los agentes de la poli­cía, para resultar de nuevo, al poco tiempo, recorriendo las mismas calles de donde debe mantenérseles alejados.

Se dice que en los pasajes del centro de la ciudad (el del teatro Yanuba y el que conduce a la plaza de Bolívar) se reúnen pandillas de gamines al acecho de las damas, para robarles sus artículos de lujo. En esos sectores se repiten con pasmosa frecuencia las mismas escenas de inseguridad. Los delincuentes, estimulados por la impu­nidad, pueden cometer sus acciones al amparo de la falta de agentes del orden. Y cuando estos llegan, ya el raponero se ha esfumado.

Otros están especializados en robar plumillas. Otros, más duchos, en abrir los vehículos y sustraer de ellos radios y pasacintas. También desaparecen los propios carros como por obra de magia. Bandas especializadas en el hurto mayor encuentran en Armenia un sitio fácil para sus incursiones delictivas. Las residencias son asal­tadas con increíble técnica.

El ambiente es­tá descompuesto. Hay que  hacer un alto en el camino para revisar los planes de seguridad. Si una dama no puede transitar por las calles llevando su reloj de pulso, ni es fácil estacionar el vehículo sin exponerse al riesgo del robo de las plumillas o de la llanta de repuesto, ni sirven los sistemas de protección de las residencias, es que Armenia ha perdido sus encantos de otras épocas. Antes era un sitio reposado, y ahora da miedo caminar por sus calles. Da pena decirlo, pero esa es la triste realidad.

Habría que llegar al fondo de la situación si queremos auscultar este problema crónico de los últimos tiempos. Hay indigencia pública porque son mínimas las oportunidades de empleo. Al no existir fuentes amplias de trabajo, los desocupados se dedican al pillaje. Una ciudad sin industria, sin desarrollo estable, fomenta por lógica la vagancia. Debemos protegernos.

No es posible continuar viviendo con sobresaltos. Hay que derrotar, ante todo, la inseguridad reinante en calles y periferias.

Armenia, Manizales, 21-I-1981.

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El deterioro urbanístico

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Habrá que insistir hasta el cansancio en la necesidad de no permitir el deterioro de Armenia, si es que en realidad se quiere una urbe progresista. El progreso no admite huecos en las calles, ni andenes incompletos, ni casas en ruinas.

En pleno centro comercial existen numerosos lotes de engorde en los cuales deberían levantarse modernos edificios. El estilo consiste ahora en tumbar la vieja construcción y destinar el sitio para parqueo de vehículos, simulando un servicio a la ciudad. La verdad es bien diferente. Su propietario prefiere el lucrativo negocio del parqueadero, mientras la ciudad se queda rezagada en su dinámica constructora.

Otros, que ni siquiera hacen esfuerzo alguno para administrar un parqueadero, cercan el lote y esperan una valorización superior, como si ya no se hubiera llegado al tope en el precio de la finca raíz. Se necesitan de todas maneras parqueaderos, pero no en lugares que por su privilegiada situación exigen construcciones a la altura de la ciudad moderna.

Se echa de menos, en cambio, la iniciativa de levantar edificios para parqueaderos, como existen en otras ciudades. Así, Armenia conservaría mayor armonía y eliminaría los sitios vacíos que ahora la hacen ver desaliñada. Nos acostumbramos a hacer las cosas incompletas.

El pavimento fue removido dentro de los programas del acueducto y los teléfonos, y así permanece, en no pocos sectores, como testimonio de la improvisación. No es admisible, por ejemplo, que en la Avenida Bolívar se encuentre una franja abierta en calzada que obliga a los vehículos a detenerse para salvar el obstáculo. Es un deterioro en la vía pública, y para completar, en la principal arteria de la ciudad, que lleva meses sin que las autoridades se preocupen por solucionarlo.

Cuando se permite el degeneramiento de las cosas, los problemas cogen ventaja. Con mayor energía municipal no se verían arrumes de materiales en las calles, ni postes caídos, ni andenes inservibles. Tampoco existirían el desaseo ni la ordinariez. Los recipientes de basuras dejaron de prestar utilidad pública porque faltan campañas que hagan surgir el civismo tan de moda en otras épocas.

La ciudadanía responde a los llamados que se le hacen con inteligencia. Más que amenazas, faltan líderes comunales que se encarguen de interesar a la gente para que cuide su ciudad.

Si Armenia ha llegado a la crisis que hoy afronta en los servicios públicos, también es fácil que llegue al descuido de sus buenas costumbres. Conforme se deja abandonada una fachada, más tarde se consentirá en el derrumbe de toda la edificación. Hay que reaccionar contra el deterioro urbanístico. Lo importante  no es manejar una urbe apresurada, sino sortear los problemas con tino y ánimo futurista.

La Patria, Manizales, 18-I-1981.

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Hacienda Santa Clara

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Doña Clarita de Salazar, respetable matrona que a sus ochenta años de vida disfruta de salud envidiable, rodeada del afecto de sus hijos, nietos y bisnietos, le dio el nombre a esta formidable hacienda quindiana que es admirada por propios y extraños y que se considera modelo agrícola por la exuberancia de la tierra y la generosidad de sus cosechas.

Ella y su hija Lyda iniciaron hace 35 años el esfuerzo de extraer del suelo fértil los beneficios del café y el plátano, los dos productos típicos del Quindío, sobre los que se encuentra montada la economía del país. Desde entonces laboran sin descanso en el engrandecedor compromiso de hacer rendir el capital que cumple la noble finalidad de proteger las necesidades de la familia y de la crecida nómina de trabajadores.

Guillermo, experto en agricultura y ganadería y estudioso de las técnicas modernas, es el nieto aprovechado que ha hecho del campo su razón de ser y que dirige desde joven el desarrollo de lo que es hoy la una pujante empresa. Él no se ha conformado con seguir los sistemas tradicionales, sino que ha ideado mejores técnicas y ha llamado la atención del propio Comité de Cafeteros y de peritos extranjeros que se sorprenden ante las innovaciones de la dinámica hacienda que sobresale en el Quindío como reto de la economía creadora.

Es admirable cómo el capital cumple su función social de obtener rendimientos para la defensa del hombre. En Santa Clara todo está planeado: desde los surcos hasta las habitaciones higiénicas de los trabajadores; desde los  engranajes de recolección hasta las salas de distracción y cultura del personal.

Con televisión, dormitorios confortables, salas de alfabetización, cocina moderna, sanitarios mantenidos dentro de estrictas normas de aseo, el visitante experimenta la sensación de que el hombre es el personaje más importante de la empresa.

No todos los propietarios de predios rurales se preocu­pan de la higiene y comodidad para sus trabajadores. En Santa Clara encuentra uno, aquí y allá, avisos que invitan al orden y la disciplina, recomendaciones sobre la manera de convivir en comunidad, consejos para la rutina del campo y, en una palabra, ambiente para ha­cer humana la vida del jornalero.

Me llamó la atención ver unos piza­rrones con trozos de escritura y saber que Guillermo había coordinado unos cursos de alfabetización y conse­guido un maestro oficial. Se le exigió un cupo mínimo de 40 alumnos, y respondieron a lista 65 tra­bajadores. El maestro se presentó, dictó dos o tres cla­ses y nunca más regresó.

El pueblo necesita salir de su ignorancia. Mucho se pregona el interés del Gobierno por enseñar a leer y escribir, lo que se contradice en el presente caso, cuando con gente dispuesta a hacerlo, con elementos de trabajo y todas las facilida­des brindadas por la finca, es el maestro el que elude su obligación.

Santa Clara es una demostración de lo que puede el campo en el engrandecimiento de la pa­tria. Sus tierras, óptimas para el culti­vo, nunca han sido descuidadas y cada vez son mejor mantenidas para que produzcan todos sus beneficios.

Son 115 cuadras en inmediaciones de Armenia. Allí el clima y el paisaje son fascinantes. Varias generaciones, con la ilustre matro­na a la cabeza, se citan con frecuencia en este paraíso terrenal y disfrutan de la acogida de la tierra esplén­dida. Familia extensa y hermanada que se pro­longa ahora con los últimos bisnietos de la dama que un día proyectó este patrimonio de unión y trabajo. Vendrán nuevos retoños y nuevas esperanzas.

La Patria, Manizales, 10-I-1981.

 

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El déficit de Valorización

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En su informe al Concejo de la ciudad manifiesta Danilo García Madrid, director de Valorización Municipal de Armenia, que la oficina se encuentra en iliquidez absoluta. Agrega que los solos intereses vencidos ascienden a la suma de $ 30 millones. La situación no puede ser más dramática si, como se sabe, esta deuda viene incumpliéndose desde años atrás y cada vez se recarga más con la tasa del interés moratorio.

Se dice que las entidades oficiales nunca quiebran. Pero si se aplica una lógica elemental, Valorización Municipal está quebrada desde hace tres años, por lo menos, desde cuando los egresos son mayores que las entradas. No solo son mayores, sino que las rentas son insignificantes.

Valorización Municipal ha dejado de generar ingresos desde que no se acometen obras. El debido cobrar sube todos los días. Los inadecuados sistemas de recaudo, la deficiente organización contable, los bajos avalúos catastrales y la inoperancia, en fin, del organismo, causan verdadero caos.

Se dice de obras que se programaron sin el debido presupuesto de derrames, y en otros casos, de exenciones decretadas a algunas zonas y que ocasionaron desequilibrio financiero. También se habla de gastos excesivos, como el de la remodelación del edificio de la entidad en la Plaza de Bolívar. El juicio de responsabilidades sería largo y a nada conduciría, dentro de este juego ligero con que suelen manejarse las cuestiones oficiales.

La cierto es que Valorización Municipal, oficina modelo hace ocho años, está quebrada. Aquí es donde se nota en qué forma tan diferente se manejan los negocios particulares y los públicos. Este organismo, que asumió unos empréstitos bancarios a largo plazo y con interés cómodo, desde hace tres o más años entró en mora.

¿Qué significa esto? Que el interés corriente, el 14% anual, se ha convertido en el 32% en virtud del incumplimiento. Vale la pena hacer esta simple operación: $ 50 millones, puestos como ejemplo, producen en tres años, al 14%, la suma de $ 21 millones; pero vencidos, al 32%, la cifra se convertirá en $ 48 millones, que representan $ 27 millones de aumento. ¿Cuántos intereses de mora ha tenido que pagar Valorización por su incumpli­miento?

La entidad, en síntesis, viene haciendo pésimo negocio. Eso no ocurriría con un prestamista particular. Aparte de la falta de capacidad para ejecutar un urbanismo dinámico, ya casi no hay dinero para pagar los sueldos del personal.

Las cosas hay que destaparlas descarnada­mente. Eso es lo que denuncia Danilo García Madrid, funcionario bien intencionado. Ahora se necesita y se echa de menos una acción vigorosa de los parlamentarios y de los gobiernos departamental y municipal para salvar de la crisis a la entidad clave para el desarrollo de Armenia.

La Patria, Manizales, 6-IX-1980.

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