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Historia de una cañada

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En el año de 1989 Armenia cumplirá cien años de fundada. En los dos años que faltan, la ciudad piensa organizar importantes actos para celebrar con solemnidad su efeméride.

Desde el año de 1963 una ley de la República autorizó al municipio para crear una lotería de un sorteo anual, cuyas utilidades se destinarían a la construcción de obras que resalten la presencia de la ciudad centenaria. El maestro Valencia bautizó a Armenia, cuando esta era apenas una diminuta referencia geográfica y no había llegado todavía a perfilarse como capital de departamento, como la Ciudad Milagro.

Así se quedó y ya nadie duda de que el pueblo que fue irguiéndose sobre las cenizas de una violencia implacable, es un verdadero milagro. Milagro de superación y de desafío para el país. Es la ciudad del futuro. Por lo pronto, es la adolescente que de un momento a otro rompió los moldes del villorrio y, al crecer aceleradamente, todo le ha quedado estrecho, como a las quinceañeras.

Una inmensa tarea

Mucho habrá que hacer para que la ciudad del futuro, esta Armenia ignorada por muchos colombianos que la confunden con un patio grande de café, quepa, sin desbordarse, dentro de los planos ambiciosos que desde ahora preparan sus habitantes, como buenos paisas –sinónimo de planeadores–, para el majestuoso centenario. Es, por ahora, una ciudad con las dificultades propias de la ciudad colombiana que emerge al porvenir esforzándose porque no le quede estrecha la ropa que dejó al volverse mayor.

Un fuerte capital

La Lotería del Centenario ha capitalizado hasta el momento cerca de $ 20 millones. La plata ha venido creciendo y multiplicándose, pero de manera dispersa. Y continuará aumentando, cada vez con mayor velocidad, en los doce años que faltan. Lo difícil, reza la sabiduría popular, es formar el primer millón.

De pronto llegó un Alcalde inquieto y emprendedor que descubrió el tesoro de Alí Babá. El doctor Alberto Gómez Mejía, joven dinámico y dueño de grandes virtudes ejecutivas –rara cualidad en la administración pública– se le metió al toro y logró, luego de no pocas dificultades y de los consiguientes sinsabores, que los billetes millonarios se destinaran a una finalidad concreta: un parque deportivo. Pero un señor Parque Deportivo, así con mayúsculas, para brindarle al pueblo una sana recreación en estos tiempos cada vez más sofocantes.

Trabajo en silencio

De tiempo atrás venía trabajando en silencio, mucho antes de la llegada de Gómez Mejía a la Alcaldía, otra inteligencia dinámica, la del ingeniero Diego Buriticá Baena. De un momento a otro sacó una maqueta muy bien estudiada y le propuso a la ciudadanía la construcción de un estadio sobre… una cañada. Esto puede sonar raro en otros sitios, menos en Armenia. Las depresiones geográficas de la ciudad forman hondonadas difíciles de rellenar y nada más  acertado, según Buriticá, que aprovecharlas para encajonar un estadio, casi al natural, pues las graderías están prácticamente elaboradas. Habría una considerable economía, ya que se eliminaban los costosos movimientos de tierra. Escogió, además, el terreno preciso, con detenido estudio sobre la salida y recorrido del sol, para que el campo deportivo respetara las reglas del fútbol.

El “bombazo”

El ingeniero Buriticá lanzó el bombazo aprovechando la visita del presidente López Michelsen. Ni corto ni perezoso, situó la maqueta en el Club Campestre y consiguió  que el doctor López se detuviera sobre el proyecto y expresara a su autor, como tenía que suceder cuando las ideas son originales, su franca ponderación.

Vendría después la letra menuda. La maqueta se expuso en sitio público y en pocos días toda la ciudad quedó enterada del proyecto. La batalla parecía ganarse poco a poco, pero casi se pierde. Algunas opiniones de la ciudad, que no siempre se escuchan pero que caminan por todas partes, lo mismo aquí que en cualquier población, comenzaron a boicotear la idea. Se decía en la calle que el proyecto no era cuerdo. Pero Buriticá estaba en sus cabales.

La solución, para andar rápido, consistía en descartar la cañada y pensar en el terreno plano. Para eso estaba nada menos que la tierra para una villa olímpica, adquirida años atrás y valorizada a una buena cantidad. Armenia, ciudad deportiva casi lo mismo que cafetera, será escenario del campeonato mundial de fútbol de 1986 y de los juegos nacionales de 1990.  Desde ahora, como buenos paisas, los habitantes saben que no hay tiempo que perder. Los quindianos entienden que para haber llegado a ser departamento tuvieron que recordarle al país, a lo largo de varios años y por todos los medios, que el Quindío podía.

Largos debates

Sorpresivamente, las miradas se dirigieron a los terrenos de la villa olímpica. Vinieron largos debates políticos, acuerdos subterráneos, carreras de los concejales, especulaciones y rumores… En voz baja se comentaba que quienes defendían la villa olímpica buscaban valorizar tierras en las que se hallaban interesados. Pero no es el propósito de esta nota entrar en detalles, los que darían lugar para muchas páginas.

La maqueta del ingeniero Buriticá, así torpedeada, se vino al suelo, como quien dice, a una cañada. Todo caía, menos el entusiasmo de Buriticá. La radio lanzaba especies a toda hora, y en los cafés el comentario obligado era el estadio. ¡Estadio al desayuno, almuerzo y comida!

Un dirigente audaz

Se atravesó por aquellos días la posesión del nuevo Alcalde, un joven sin prejuicios y sin miedo que venía de la secretaría general del ICCE y que en su primera Alcaldía había peleado hasta con el obispo, lo que no solo es una manera de definir su temperamento, sino absolutamente cierto.

Le gustó la idea de Buriticá y se lanzó al ruedo. Discusiones por aquí, acaloramientos por allá, intereses creados más allá, y nada que la lucha se emparejaba. Los concejales tenían sus consignas. ¡Buriticá está loco!, se decía en los mentideros. Pero a la ciudadanía, juez supremo, le gustaba la cañada. Las emisoras comenzaron a echar corriente, como se define la locuacidad radial. Los periodistas empujaban entre bambalinas. Se notaba una decisión unánime de invertir los impuestos donde el pueblo ya había decidido. Los designios del pueblo son los designios de Dios.

Entre forcejeos, una madrugada el Concejo desvió el plan. La cañada, mientras tanto, seguía abriéndose campo. Sin embargo, se descartó el hoyo propuesto por Buriticá, por hallarse situado, según la opinión adversa, en zona inconveniente. Los urbanistas corrían de un despacho a otro, y los críticos de un café a otro, barajando posibilidades. Según las conversaciones, los chismes y las estrategias, Buriticá volvía a ganar puntos. Y el joven burgomaestre movía duro sus instrumentos.

¡Y triunfó la cañada! Se localizó otro sitio, con todo y cañada. Así, todos contentos. Dicen que hubo términos medios para conseguir el acuerdo. Lo importante había sido lograr ubicar el campo deportivo.

Nombre que no suena

Buriticá propuso que el estadio se llamara Juan José Rondón. Parece que lo van a derrotar, porque el nombre no «suena”. Algunos dicen que es mejor el de «Centenario». Hay personas que se preguntan si el señor Rondón fue algún futbolista destacado. Como parecen flojos los conocimientos sobre historia patria, habría que recordar que el general Rondón fue uno de los grandes héroes del país, brazo derecho del Libertador. «Coronel, salve usted la patria», le dijo Bolívar en un momento crítico de la Batalla de Boyacá. Buriticá, sin duda, se acordó de la angustia libertadora en momentos confusos para su proyecto de emancipación.

Acabamos de celebrar un nuevo aniversario de la fundación de Armenia este 14 de octubre. Ante esta efeméride me he puesto a pensar si en 1989, cuando la Ciudad Milagro sea centenaria, las gentes se acordarán, en un estadio con capacidad ya definida para 48.000 espectadores, quiénes clavaron en esa cañada una idea.

Dentro de doce años habrá en las graderías una nueva generación para la que yo escribo esta crónica, como homenaje a la ciudad del futuro, y nada sería tan doloroso como descubrir que el público no sabe quiénes fueron Alberto Gómez Mejía y Diego Buriticá Baena, dos pioneros actuales del progreso que caminan por estas calles de Dios con su civismo a cuestas.

* * *

Entreacto: Esta crónica fue escrita en octubre de 1977. Estamos un año después y las cosas han vuelto a variar. Parece que comenzaran de nuevo.

Es un típico retrato municipal. Alberto Gómez Mejía ya no es el alcalde. Hubo nuevos planteamientos, muy movidos, y la cañada volvió a enfriar­se. O se calentó, si se quiere. Los trabajos fueron suspendidos apenas en sus comienzos. Primero surgieron dudas, para las nuevas autoridades, sobre fallas jurídicas del contrato de movimiento de tierra, ad­judicado a Buriticá, personaje de esta his­toria. Las partes nombraron apoderados. Se concluyó que el contrato era válido. Pero la obra continúa paralizada.

Se argumenta que su costo fue mal cal­culado. La ciudadanía no entiende de cos­tos y solo quiere la obra. Don Raúl, nuestro alcalde de la escoba (la que, a propósito, pasó a segundo plano), trasladó el pro­blema al Concejo. ¿No comenzó así el primer forcejeo? La opinión pública pien­sa que hay gato encerrado. Se habla de maniobras políticas. El pueblo pide «cañada». Si hay déficit, se dice, que lo resuelva el Gobierno Nacional. «Para eso producimos mucho café…»

Sin partidos

Este cronista no toma partido en el asun­to. Simplemente narra. No desea buscar su sepultura en una cañada. Clama, sí, por el desgaste de energías y la dispersión de otros proyectos. El estadio tiene frenada la vida local. Hemos vuelto a tener estadio al desayuno, almuerzo y comida. ¡Pa­ciencia, Armenia!

Vuelven las fuerzas encontradas, las réplicas, los discursos, los pactos políticos, la exaltación de ánimos. El ex alcalde Gómez Mejía defiende con bríos su obra. El alcalde Mejía Calderón, que lamenta no poder desplegar otros planes, resolvió, en últimas, pasarle la pelota al Concejo. Buriticá no desiste. Vuelve a acordarse de Rondón, el de los ánimos templados para el patriotismo. «General: salve usted la patria».

No tomo cartas en el asunto, en cuanto a enredos jurídicos, políticos o financieros, pero apoyo a Buriticá en el nombre del estadio. ¡Porque algún día tendremos es­tadio! Y debe llamarse Juan José Ron­dón, como homenaje al gran patriota.

En el Pantano de Vargas el maestro Arenas Betancourt fundió una de sus más im­presionantes concepciones: los lanceros de Rondón ¿Que es eso de Estadio Centenario’? Sería un nombre cursi. Se cierra de nuevo el telón. Cuando las cosas salgan de su confusión actual, me propongo continuar esta serie de emoción y suspenso.

La Patria, Manizales, 21-XI-1977.
El Espectador (dos entregas), 27-XI-1978 y 7-XII-1978.

* * *

En mi archivo particular dejé la siguiente anotación (noviembre de 1977): “El Alcalde de Armenia envió este artículo a distintos sectores de opinión, entre ellos a ministros y altos funcionarios del Estado. En el momento se encuentra en trámite un crédito por $ 30 millones para financiar las obras del estadio”. (Sin embargo, el estadio no se construyó en la cañada, sino en los terrenos de la villa olímpica, y no se llamó Juan José Rondón, sino Centenario. Punto). GPE

* * *

Correspondencia
(6 de septiembre de 2016)

 A César Hoyos Salazar:

Te envío la crónica que te ofrecí en nuestro encuentro en Armenia, publicada primero en La Patria (diciembre de 1977), y repetida en El Espectador un año después, trabajo bautizado con el título de Historia de una cañada. Remito copia de este correo al batallador alcalde de aquel suceso, Alberto Gómez Mejía. Han pasado casi cuarenta años. Esto es historia de Armenia, de la que Alberto y tú fueron alcaldes sobresalientes. Pero es historia olvidada. Felicidades, Gustavo Páez Escobar


De César Hoyos Salazar:

Muchas gracias por tu envío de la historia de la cañada. Esta es la historia de Armenia y quizás por eso no tenemos jardín botánico en esta ciudad, pero enhorabuena porque nuestro gran Alberto Gómez Mejía sí lo construyó en Calarcá, con mucho sacrificio y renuncia personal, pues prefirió su jardín a ser Consejero de Estado. Es un buen recuerdo ahora que pudimos ver la maravilla del jardín botánico. Saludos, César Hoyos Salazar


De Alberto Gómez Mejía:

Muchas gracias, Gustavo, por la remisión y la remembranza. Faltó decir que en la cañada que escogieron en ese entonces las sociedades de ingenieros y arquitectos para «sembrar» el estadio, se construyó el coliseo cubierto, pero no apoyado en los taludes del terreno como quería Buriticá y como lo hicieron los romanos más de 2.000 años atrás… Alguien sabrá la razón. Un gran abrazo. Y gracias de nuevo. Alberto Gómez Mejía


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El comercio ambulante

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Las calles de Armenia se ven cada día más invadidas por las ventas ambulantes, dando un pésimo aspecto que desluce la presentación que debe tener la ciudad. El tránsito por ciertos sitios es complicado por la proliferación de pequeños comercios que vuelven lenta y fastidiosa la marcha del transeúnte.

Zonas como las del Almacén Ley y sus alrededores, asediadas por vendedores callejeros que estorban el movimiento de las personas y de los vehículos, están además convertidas en botaderos de basura. Nadie niega que los vendedores ambulantes ejercen una actividad lícita que es preciso proteger, pero no con demasiada elasticidad por prestarse a que se matriculen en ella elementos dudosos. Bien se comprende que quienes se dedican al comercio son por lo general personas honradas. Es preciso que este comercio quede delimitado dentro de fronteras apropiadas para no estropear la presentación urbana.

Para el turista no resulta nada grato recorrer el centro de la ciudad por entre puestos o tenderetes que dificultan su recorrido y que, lejos de ofrecerle artículos novedosos, que dicho sea de paso las gentes no se preocupan por confeccionar, terminan dejándole una sensación de sofoco y desorden.

Los alrededores de la plaza de mercado, aquí y en cualquier parte, son los más difíciles de controlar. Pero esto no se opone a que las autoridades de policía vivan atentas a la presencia de elementos indeseables que por allí abundan buscando la oportunidad del raponazo. Los vivanderos de la galería son personas humildes que trabajan honestamente su subsistencia y que se convierten en colaboradores de la vida doméstica, mereciendo el reconocimiento público.

La plaza de mercado se ha ido extendiendo hacia las calles vecinas, no siempre en las mejores condiciones de aseo. El  sector de la carrera 18 entre calles 13 y 14, en vecindades del Expreso Bolivariano, ha comenzado a ser invadido por puestos de verduras tirados en los andenes, que deforman este lugar que no es de galería.

Son, en fin, algunas observaciones sobre una actividad que por ser propensa al desorden necesita que se ajuste a normas precisas de funcionamiento para que no continúe saliéndose de sus linderos, con detrimento de la estética de la ciudad.

Satanás, Armenia, 15-X-1977.

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Un hospital sin déficit

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Los hospitales del país están enfermos. Algunos, moribundos. Hemos visto en los últimos días al Ministro de Salud Pública movilizándose en todas las direcciones y recibiendo en cada inspección el inventario del cuantioso déficit nacional que se ha tornado crónico en los centros hospitalarios. Ya el país se acostumbró a la noticia de que los presupuestos para la salud son inadecuados, si son tantas las penurias que por doquier se denuncian.

Se sabe de centros tradicionales, sobre todo en la capital del país, que amenazan cerrarse por falta de recursos. También en la provincia la salud pública, uno de los soportes que más beneficia o lesiona al pueblo, anda de capa caída porque los presupuestos no alcanzan. El argumento es invariable:  hay déficit presupuestal, señor Ministro.

Cuando faltan camas y drogas, y hasta camisas blancas que de pronto se declaran en huelga, el problema adquiere dimensiones de enorme impacto sobre la salud de la comunidad. Los recorridos del Ministro están mostrando a la opinión pública que los hospitales viven enfermos, acaso más que los propios pacientes.

Es como una vara mágica que en lugar de descubrir los tesoros de la abundancia, hace resaltar el impresionante panorama de deterioro lo mismo en los mobiliarios o en las paredes, que en el instrumental médico, y también en los recursos humanos.

Hay mucha queja sobre la falta de presupuestos y a marchas aceleradas trata de conjurarse la situación, tan propicia en las vísperas electorales, inyectando los filtros de tesorería. Pero el mal reside en otra parte.

Detengámonos primero en el despilfarro que es característico en los hospitales. Las entidades gubernamentales, por regla general, son monstruos que al paso de los días van saliéndose de las manos de sus administradores ante la incapacidad de controlar los derroches y ocios de una burocracia voraz que todo lo carcome y lo aniquila, hasta el más vigoroso de los presupuestos.

Y cuando la crisis toca fondo, como se dice en el argot de las lamentaciones, se encuentra el cristo propicio, o sea. el maltratado presupuesto que todo lo resiste. ¿Los dispensadores de los auxilios oficiales sabrán cuánto valen los cementerios de artículos valiosos que se dejan morir en los hospitales? En estos no solo expiran las personas, sino también costosos instrumentales y objetos de todo orden, desde la aguja hipodérmica que se tira a la basura, hasta la ambulancia que se desintegra, y desde la droga que se desperdicia o el mercado que no se controla, hasta la enramada que se construyó de afán y sin planeación, todo por desgreño administrativo.

Pero no todos los hospitales viven en crisis. Hay crisis de crisis y bien está que se diferencien. Los hospitales que no registran déficit carecen de prensa. Aquí, en Armenia, el Hospital de Zona hace mucho tiempo que se rebeló contra el pesimismo nacional. Sus orientadores actuales, doctor Primitivo Correal Barrios, jefe de la seccional de Salud pública, doctor Jairo Jaramillo Botero, director del hospital, y don Alirio Gallego Valencia, director administrativo del mismo, asesorados por una junta de lujo que dirige el doctor Ancízar López López, le pusieron freno al despilfarro.

El hospital de Armenia pasó a ser una empresa dinámica que se maneja con criterio industrial. Don Alirio sabe, y lo practica, que la empresa oficial necesita verdaderos ejecutivos. Operarios calificados reparan los vehículos en talleres propios, con gran economía de costos, y otros técnicos se encargan del mantenimiento de equipos de oficina, calderas, frigoríficos, implementos de cocina y esa gama secreta de artículos menudos que tanto exprime cuando no se sabe administrar.

El hospital de Armenia, contra la regla general, no está enfermo. Hay austeridad en el gasto y rendimiento en el servicio. El Ministerio de Salud Pública sabe que es un caso excepcional en el país. También es importante que lo conozca la opinión pública, para que se entere de que el servicio público logra a veces manejarse con pulcritud y eficiencia. Hospital sin déficit es un milagro. El reto queda hecho, para que hablen otros hospitales.

El Espectador, Bogotá, 15-X-1977.

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Los desvalijadores

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El raterismo está haciendo de las suyas en Armenia. Ya no es posible dejar el carro en ningún sitio ni a ninguna hora porque lo más seguro es que al regreso habrán desaparecido las plumillas o el espejo retrovisor. Pandillas de ladronzuelos recorren las ca­lles a la espera de que el dueño del vehículo se descuide un momento para birlarle cualquier accesorio y hasta el propio automotor.

Emblemas o adornos de los automóviles desaparecen a cada momento en manos de estos pillos que tienen asegurado su mercado en negocios sin escrúpulos que estimulan el robo adquiriendo por cuantías ridículas tales elementos. Si no existieran los reduci­dores, tampoco habría piratería en las calles. Que vayan primero a la cárcel los reducidores y se verá cómo cesa el delito.

Las damas le han cogido real pánico al estacionamiento del automóvil, ante el temor de que las pandillas hagan su agosto mientras se efectúa la pequeña compra en el comercio. Los varones, más respetados, tampoco están exentos de estos abusos callejeros. Sorprende cómo los desvalijadores de carros logran cumplir sus propósitos sin que autoridad alguna los intercepte. Hay lugares más propensos al peligro, como las calles adyacentes a la plaza de mercado, donde pulula el raterismo como si tuviera carta libre para obrar a sus anchas.

La zona comprendida entre calles 21 a 25 de la carrera 18 se ha convertido en uno de los peores antros de la ciudad. Es territorio abierto a los bajos fondos, inundado de tabernas y vicios de toda índole. Allí se da cita lo peor del hampa. Se dice que en esta zona se maquinan las maniobras contra los vehículos y allí se reparten los recaudos del día, que luego se consumen en licor y mujeres.

¿No será posible que la policía vigile más la ciudad? ¿Por qué tanta impunidad para el delito? Los automóviles pierden hoy las plumillas, mañana el espejo, después la llanta de repuesto, más tarde las copas. Tampoco está seguro el interior, pues las llaves maestras no se detienen en la búsqueda incesante del radio, del pasacintas y de cuanto objeto se atraviese. Y hasta el propio vehículo desaparece en ocasiones a la luz del día, sin que nadie lo note.

La gente necesita más protección de las autoridades. No es posible andar  indefensos ante el atropello y el delito. ¿Por qué vivir bajo el ataque de pillos que no respetan la ley ni la vida?

Satanás, Armenia, 24-IX-1977.

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Plaza de locos

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hay, sobre todo, dos locos que hacen de las suyas por las calles de Armenia sin que autoridad alguna haga nada por contener sus desmanes. A la vista de la policía estos dos lunáticos desfilan en todas las direcciones, de sol a sol, atemorizando a los caminan­tes y poniendo en apuros a las damas que no saben si tienen que vérselas con seres enajenados o con sádicos furiosos. O con ambos estados.

Uno de ellos, curtido de mugre hasta el alma, con la melena revuelta y los ojos extraviados, se mantiene en permanente espec­táculo de desnudismo, exhibiendo las más ridículas y torpes vul­garidades que, de tanto repetirlas, se tornaron rutinarias. Ya las muchachas no se esconden cuando aparece el loco armado de atroz anatomía, porque se acostumbraron, y triste es admitirlo, a la presencia de este impúdico desecho humano.

El otro, menos vulgar pero no menos repugnante, se sitúa en las calles de mayor movimiento en busca de la oportunidad para descargar el garrote de que anda provisto sobre quien no tenga manera de protegerse. Las personas apaleadas, a veces con lesiones tan serias como las del desprevenido transeúnte que perdió una hilera de dientes, o la de la dama que por poco se desvanece en plena vía, reciben la afrenta pública sin que nadie las defienda y menos las indemnice.

Este par de locos significan un lastre para la ciudad. Sorprende cómo esta sociedad culta se ve agraviada por dos dementes, o zafios, o maniáticos, o vagos, o idiotas, o vividores, o marihuaneros, o lo que sean, que se apoderaron de las vías públicas para amedrentar a la gente. Se trata de guiñapos humanos que deben estar encerrados en sitio apropiado y no sueltos atentando contra la ciudadanía y las buenas maneras.

Solo se bosquejan dos casos. Y es que este par de loquitos hacen por cincuenta. Ya el lector estará protestando por haber reducido a tan simple expresión las legiones de chiflados que nos tocaron en suerte, venidos de todos los sitios, y que ni siquiera nos dejan en paz en las carreteras, donde son expertos en apedrear automóviles y causar contusiones mayúsculas, bajo la más tolerante impunidad, porque a los locos hay que perdonarles todo. ¡Dios nos libre! Aunque sucede que en ocasiones se perdona más fácilmente la trastada de un loco que el abrazo de un cuerdo.

Dicen que Armenia, tierra de bonanzas, es propicia hasta para aguantar locos. Por muchos caminos llegan cargamentos que se depositan en horas solitarias para que nadie proteste. Como somos humanitarios, no hemos intentado siquiera el primer canje.

Hay una protesta general porque las calles no son despejadas de tales riesgos. No es posible que a los muchos trastornos callejeros y de diversa índole que  perturban la calma de la ciu­dad, se sumen los locos, que por simple caridad deben reposar lejos de la civilización.

Satanás, Armenia, 17-IX-1977.

 

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