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El Quindío sin obras

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El quindiano es un elemento de formidable fibra agrícola. Hay quienes critican su demasiado apego al campo y pregonan, de cuando en cuando, la necesidad de industria. Algo se ha hecho y se continúa haciendo. Pero el ciudadano ancestral no quiere sus­tituir, y ni siquiera alternar, el cultivo del café. Lo considera irremplazable. Nació entre cafetales y así quiere morir. Nada lo arredra. Ni las lluvias torrenciales, ni los duros veranos, ni los impuestos contradictorios, ni las destorcidas…

El quindiano, luchador obstinado, es capaz de grandes campañas. A lo largo de varios años se propuso insistir en su mayoría de edad y obtuvo, tras fatigosas jornadas cívicas, su separación de Caldas. Separación física, que no espiritual. Hubo quienes se opusieron a ese empeño y se quedaron solos. La mayoría propugnó la idea de administrar aparte la comarca. El año pasado se celebraron diez años de independencia.

Cuando llegó la hora de separarse de Caldas, se resignó a ser el departamento más pequeño del país –menos de dos mil kilómetros–, y lo hizo con decisión y la certeza de manejar una de las tierras más feraces y de mayor empuje. Se sentía muy lejos de Manizales, no solo geográficamente, sino sobre todo del presupuesto. Por aquellos días se había inaugurado el teatro Los Fundadores con costo fabuloso, y se consideró que con esa obra se castigaba la provincia, Armenia y Pereira.

Quiso laborar su propia suerte y se lanzó a la lucha de hacer progresar la comarca. Armenia despegó rápido hacia su destino de ciudad capital. Roto el nudo aldeano, se perfila como una urbe progresista. La lucha cotidiana en medio de dificultades la hace emular.

Al cumplir su décimo aniversario, tuvo el Quindío su primer ministro en Diego Moreno Jaramillo. Días atrás había llegado a la gerencia del ICCE el ex gobernador Jota Iván Echeverri. Como viceministro de Hacienda había actuado Hugo Palacios Mejía y como director de Aduanas, Luis Granada Mejía, personas esclarecidas de la región.

Así se fue asomando el quindiano al panorama nacional. Hecho personaje del país, comenzó a pedir obras. Cuando se hablaba de descentralización, solicitó la sede del Banco Cafetero, pero no se la dieron. Y continúa reclamando. Desea que el territorio tan bien ubicado se convierta en fuerza motriz para la patria. Se desconsuela cuando solo se le nombra como cosechero grande de café y se le liquidan los impuestos.

En la vecindad, los juegos olímpicos empujaron el ritmo de Pereira. Allí avanza ahora el ingenio de Risaralda, otro hecho positivo. El Quindío, que no puede permanecer atrás, desea una industria grande, no importa que el caficultor raizal muera pegado a su parcela. Al lado de la parcela caben los complejos industriales.

El objetivo principal de esta nota es contarle al país que el Quindío, a pesar de tales prerrogativas, no tiene obras. Me refiero a las obras públicas. Hace veinte años se trabaja en la carretera Armenia-Zarzal, vía de enorme importancia para el occidente y el país entero. Lástima que los trabajos se hubieran suspendido. La carretera Montenegro-Quimbaya, de apenas doce kilómetros, es un camino de herradura. De Armenia a Montenegro se dejó coja la carretera en pocos kilómetros finales.

De sobra son conocidos los desperfectos que presenta el paso por La Línea, sometido a deslizamientos y catástrofes. El tramo de Caicedonia y Sevilla está destruido. Apenas queda la vía a Pereira, que en ocasiones también se deja deteriorar. No se incluyen las calles destartaladas de Armenia para no salirnos de los predios del Ministerio de Obras Públicas. La ropa sucia la lavamos en casa.

El quindiano es también resistidor, aunque no conformista. En estos días vuelan preguntas a flor de labio: ¿Qué mal hemos hecho? ¿Por qué no somos mejor tratados en el presupuesto de la nación? ¿Cuándo tendremos ministro de Obras Públicas? Pero más que ministros, el quindiano quiere obras.

Este repaso sobre la geografía del Quindío, joven departamento con deseos de avanzar y con afán de superación, refleja el eco de la provincia colombiana que reclama obras para contribuir al desarrollo de Colombia. El regionalismo, como el nacionalismo, son motores de progreso desde que sean constructivos.

La Patria, Manizales, 8-XII-1977.

El Espectador, Bogotá, 27-XII-197.

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Unas brujas coléricas

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Multitudes de niños irrumpieron este año desde todos los barrios de Armenia y se apoderaron de la Avenida Bolívar en un desfile que parecía bien organizado para recibir desde los balcones y las puertas de las residencias los dulces tradicionales en el día de las brujas. Niños de todas las edades, pero sobre todo menores de siete años, disfrazados con las prendas características de la fecha, le pusieron a la ciudad fisonomía de carnaval y por un momento le disiparon la dureza de esta época difícil. Estos hijos del pueblo se tomaron a Armenia de sorpresa. La gente aplaudía y se mostraba cariñosa.

Las existencias de dulces no iban a alcanzar para tanto niño que de repente y por primera vez se agrupaban sobre la Avenida Bolívar e iban desviándose por los barrios adyacentes en busca de golosinas. Poco a poco el ambiente fue deteriorándose. En corto tiempo el tráfico quedó paralizado. Buses que cruzaban por la ciudad se vieron interceptados. En media hora el infarto automotor se había extendido por las principales calles.

Madres angustiadas corrían en busca del niño que se había escapado de sus manos. El ambiente crecía en desorden y los pocos policías que caminaban mezclados con las comparsas eran insuficientes para contener el desborde general que ya se había precipitado sobre las calles. Los niños perdidos lloraban con desconsuelo. La fiesta, de un momento a otro, comenzó a ser explotada por los gamines.

Todos seguían caminando en medio del gran desbarajuste. Los dulces se iban agotando en todas las residencias. Esto de soltar a las calles miles de niños sin previo aviso y sin calcular las consecuencias, era por lo menos acto desca­bellado. Los vehículos no andaban ni para adelante ni para atrás y todos pretendían hacerlo al tiempo.

La fiesta, si así puede llamarse, quedó en poder de los gemines y de muchachos de mala crianza. El regreso se hizo en tropeles desenfrenados. Provistos de palos, piedra, bombas de agua y harina, se dedicaron a golpear vehículos y atropellar a los conductores. A cambio de alegría descargaban  cólera. Eran unas brujas salvajes que habían convertido en caos la dulce fiesta infantil que para el año entrante nadie querrá repetir. Los conductores y peatones se protegían contra la paliza general, sin haber podido salir bien librados.

Este año la fiesta de las brujas se convirtió en Armenia en una feria de los infiernos. Los organizadores han debido prever las dificultades para controlar el ambiente que se presta para la confusión y el saboteo. Ojalá en el futuro se deje a los niños la libertad de moverse sin ahogos por las cuadras de su barrio. Así gozarán de verdad y no entre brujas coléricas que no conocen los pequeños placeres.

Satanás, Armenia, 12-XI-1977.

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Armenia y su museo

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Armenia, ciudad turística admirada por la exuberancia de sus tierras, la hospitalidad de sus gentes y la prodigalidad de sus paisajes, es uno de los sitios que más atraen el interés del país. Su envidiable posición geográfica, unida a la comodidad con que se viaja por estos parajes de anchas vías y generosos placeres, acerca más al país hacia los predios que fueron apareciendo a golpes de hacha y que conforman hoy un paraíso.

Los colonizadores que bajaron de Antioquia descuajando montes en lucha contra la naturaleza resistente y bravía, y halagados por la sed de caucho y de oro, no sabían que, mucho más que eso, descubrirían el inmenso territorio de los quimbayas, sepultado entre murallas misteriosas. Un pueblo dormido en el reposo de los siglos estaba clavado en lo más hondo de la tierra como un desafío asombroso.

El hacha, símbolo de trabajo y prosperidad, tumbó montañas en busca de riquezas y de horizontes. Tal el Quindío prodigioso, marcado por la exuberancia. Aires frescos salieron al paso de los conquistadores y les enseñaron la majestad de tierras ubérrimas que al correr de los años iban a convertirse en emporio de riquezas.

El pueblo quimbaya, resguardado por montañas de silencio y confundido con la misma gleba, fue emergiendo de sus cavernas y mostrando las sorpresas que nadie había imaginado. Brotó, como por encanto, el impresionante espectáculo de fértiles campiñas, y de las entrañas de la tierra comenzó a notarse el vestigio de tesoros incalculables que aquellos rústicos exploradores habían destapado para la posteridad.

La cerámica quimbaya, laboriosamente trabajada por manos de artistas, es admirada como una de las expresiones aborígenes más avanzadas del mundo. El talento vertido en esas piezas resulta desconcertante para los arqueólogos y los antropólogos, que no cesan en el empeño de desentrañar los misterios del ayer legendario.

Maestros en el arte de plasmar en figuras de barro delicadas líneas y filigranas, a la par que símbolos do sus dioses, la ciencia actual se sorprende con el ingenio de estos auténticos creadores de belleza. Se dice de ellos que eran un pueblo guerrero que defendía sus dominios con arrojo e intrepidez, y hay que agregar que se trataba, igualmente, de forjadores del espíritu.

La ciudad de Armenia, surgida a golpes de hacha hasta constituir la urbe que hoy sobresale por su dinamismo y espíritu creador, ha recibido con unción ese legado de grandeza. Celosa del pasado que imprimió para siempre el carácter de este pueblo altivo y laborioso, sabe que la herencia espiritual es la fibra más sensible de su idiosincrasia.

El Banco Popular, institución preocupada por preservar la cultura del país, tuvo el acierto de formar, a escala nacional, un museo de arte precolombino que rescatara del olvido el patrimonio que permanecía disperso y que no sabía valorarse. El museo de Armenia, nacido de una ley de la República, se halla confiado a la tutela del Banco Popular, entidad que con exquisito gusto y la asesoría de expertos exhibe en su edificio una admirable colección de cerámica quimbaya. En el deseo de hacer conocer igualmente las demás culturas del país, la entidad ha enriquecido esta muestra con piezas de otras regiones.

Turistas nacionales y extranjeros se encaminan interesados en este museo que es el mayor atractivo de Armenia y que se conserva como orgullo para una ciudad que se afianza en su pasado de leyendas y misterios para fabricar un porvenir cada vez más promisorio.

El Espectador, Bogotá, 1-XI-1977.

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Una trampa mortal

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando sucede una desgracia, todos nos lamentamos de los errores que se habían dejado avanzar y que terminaron originando desastres a veces irreparables. Somos especialistas en dolernos de las tragedias cuando ya no tienen remedio, pero poco es lo que hacemos para evitarlas. Hay riesgos que saltan a la vista de todo el mundo, pero la costumbre de verlos nos familiariza con el peligro.

Frente al aeropuerto El Edén existe una trampa mortal, y a nadie se escapa su gravedad. En aquel sitio pereció una dama de nuestra sociedad cuando el vehículo en que viajaba sufrió fuerte colisión al tomar la vía de entrada al aeropuerto. Hubo en aquella época una protesta general por la falta de control de las autoridades al permitir un riesgo público de semejante naturaleza.

Bien es sabido que los vehículos que se desplazan por la vía hacia Tebaida registran altas velocidades. Cualquier accidente, en tales condiciones, es por lo general funesto. Tal el caso de la ilustre dama de Armenia que pereció víctima de una imprevisión en la carretera. Lo inexplicable es que nada se haya hecho por corregir el defecto que puede cobrar a cualquier momento nuevas víctimas.

La curva situada frente a la entrada al aeropuerto es cerrada e impide toda visibilidad tanto para el vehículo que debe virar como para el que transita en sentido contrario. Se trata de ampliar el terreno carreteable o de construir un sistema técnico que aminore el peligro. Ni siquiera se ha instalado un semáforo que indique a los conductores la proximidad del paso difícil.

Esta columna seguirá atenta a los temas de interés público. Contribuimos al progreso de la ciudad aportando críticas constructivas que nos dicta el sentido común o nos insinúan los amigos y los lectores de la columna. La trampa mortal que hoy se denuncia debe desaparecer antes de que ocurran nuevos hechos que lamentar.

Satanás, Armenia, 5-XI-1977.

 

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El gas con burbujas

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Las empresas de gas poco se preocupan por mantener en buenas condiciones las pipas. La aguda escasez del producto que sufrió la ciudad y que fue notoria en todo el territorio nacional, se ha normalizado en los últimos días. Ya los carros pasan por las calles anunciando la presencia del necesario colaborador casero, pero…

En las puertas de las residencias se descargan cuantas pipas se pidan. El mercado, que antes era rogado y subrepticio, se ha vuelto abierto. Volvieron a sonar las campanillas y ya las empleadas del servicio doméstico pueden salir sin apuros a proveerse de la existencia que requieran. Ya no es necesario, como antes, poner un billete cómplice en la mano del vendedor. También quedaron eliminadas las colas insufribles ante los expendios de Tres Esquinas.

El pero, como habrá podido deducirse, está en que las pipas salen con escapes. Conectada la manguera, en un instante queda invadida la residencia con el penetrante olor a gas y lógicamente hay necesidad de interrumpir el tránsito ante el temor de una explosión de alcances impredecibles. Se ensaya la otra pipa, si el presupuesto hogareño da para tanto, y continúa el silbido característico de una tragedia.

No queda otra solución que cerrar del todo la llave y exponerse, cuando existe la emergencia de la estufa eléctrica, al aplastante rigor del contador de la luz.  Cocinar no es, como en otros tiempos, labor grata. El progreso, que cambió el carbón por el gas, es un retroceso, y que me perdonen los árabes, los venezolanos y los ecuatorianos. También, por rebote, los empresarios del gas.

Si se pretende que el otro carro cambie la pipa defectuosa, la respuesta es instantánea y deprimente: el reclamante debe cargar con su mercancía a cuestas hasta Tres Esquinas. Esto parece una opereta. Compadezco de todo corazón a las sufridas amas de casa, pero como la compasión no arregla nada, ojalá queden enterados los señores gerentes de Isagás y Gasquín de estos menudos y tremendos dramas caseros. Ellos, que también son jefes de hogares, saben que una casa con escapes no funciona.

Satanás, Armenia, 29-X-1977.

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