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La isla embrujada

miércoles, 14 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El encanto de Providencia, adonde se llega en 20 minutos desde San Andrés, co­mienza en el aeropuerto, bautizado El Embrujo. Yo nunca había visto un mar de tan bella policromía como el que se contempla desde la ventanilla de la avioneta cuando se aproxima el aterrizaje.

En esta mez­cla de colores entrelazados sobresa­le un azul profundo de tanta inten­sidad, que parece dibujada allí la bóveda celeste el día más luminoso de los cielos desconcer­tantes. Por algo se le conoce como el mar de los siete colores. Penetrar en Providencia bajo el augurio del número 7 (fórmula cabalística) es el mejor pasaporte para el placer.

Quien no haya conocido este paraíso supondrá que se trata de un territorio pequeño, pero la reali­dad es distinta: una carretera de 17 kilómetros, muy bien pavimentada, indica el tamaño de la isla. La fertilidad de las tierras y la abundancia de los arroyos de agua dulce representan un regalo de la naturaleza, que no es fácil encontrar en sitios similares. Y como si fuera poco, las elevaciones del terreno (algo inusitado en las islas) dieron lugar a la conformación de una represa que surte de agua potable a la población, lo que representa para el turista una bendición en medio de aquella vida primitiva.

El capitán de navío Julio César Reyes Canal, fundador de la Escue­la Naval de Cadetes, descubrió desde su retiro de la Armada el secreto de aquellos parajes. Visito al amigo en su propiedad King’s Camp, delicioso recinto turísti­co, y desde aquella meseta admiro el cuadro fascinante del mar que se repliega al borde del pueblo, formando una ensenada.

El capitán Reyes me muestra a distancia el Puente de los Enamo­rados, largo corredor de madera que avanza por el mar, con seduc­ción romántica, hasta la isla de Santa Catalina, y me recomienda que no deje de visitar la fortale­za, constituida por dos viejos caño­nes, que quedó como testimonio de los remotos conflictos bélicos por la posesión de la isla.

Cuando más tarde llego a Santa Catalina, me maravilla, como entu­siasta defensor de la ecología, encontrar en su entrada una valla que reza así: «Amigo, los manglares: 1º – Evitan la erosión de nuestras playas. 2° – Cuidan de pequeños peces, caracoles y langostas. 3º – Nos dan sombra. ¿No crees que es suficiente razón para cuidarlos y protegerlos?».

A poca distancia descubrimos un sencillo y acogedor restaurante en vía de inauguración, que su propietaria, Nona Escalona Martínez (de nacionalidad nicara­güense, pero residenciada en Co­lombia hace varios años), va a bautizar con el sugestivo nombre de Animea (palabra que traducida del hebreo, según comenta, significa Salud y Paz). Mientras saboreamos el apetitoso plato de rondón (comida típica de la isla) le decimos que este mensaje de Salud y Paz se lo enviamos a Nicaragua en momentos en que pretenden arreba­tarnos nuestro legítimo derecho sobre el archipiélago.

* * *

Todo en Providencia, incluyendo a Santa Catalina, es una fantasía. Allí se va a no hacer nada. Es el sitio ideal para el descanso y la contem­plación. La belleza de sus playas (Cayo Cangrejo, Manza­nillo, Suroeste, otras menores), cuyas aguas transparentes dejan ver los fondos del mar sembrados de corales y peces infinitos, certifi­can el embrujo que se leyó en el aeropuerto. A esto se suma la calidez de los nativos, seres senci­llos y amables que parecen conju­gar la simplicidad de la vida agres­te.

Entre los moradores, sea cualquiera su condición social, pre­valece el trato igualitario. Allí se vive la verdadera democracia, y esto se corrobora con la coexistencia de varias religiones por igual desarro­lladas: católica, bautista, adventis­ta. Nona, la nicaragüense, nos de­cía con excelente fundamento que Dios hay uno solo y cada cual lo encuentra a su gusto: lo importante es hacer el bien.

La temporada familiar se hizo más plácida –e inolvidable– en las confortables cabañas Agua Dulce, de los esposos quindianos Carlos Alberto Ángel y Consuelo. Verda­dero remanso de paz y hospitalidad.

El Espectador, Bogotá, 4-IX-1993.

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La isla del tesoro

miércoles, 14 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El único sitio de Colombia donde los taxistas ceden el paso a los peatones es la isla de San Andrés. Si alguien sabe de otro, que lo señale. Así crecería el estrecho catálogo del civismo, un artículo en extinción. Si se trata de Bogotá, los taxistas, que por su des­potismo y brutalidad se han converti­do en enemigos públicos, atentan a todo momento contra la vida de los pobres transeúntes que no saben cómo ganar la acera en medio de los atrope­llos sin cuento de la urbe endemonia­da.

En San Andrés, salido yo de mi infierno capitalino, quedé desconcer­tado con el dato que comento. Al principio, supuse que se trataba de una explicable lisonja para la hermo­sa caminante que buscaba atravesar la vía. Más tarde, otro taxista hacía lo mismo con un abuelo despistado. Y luego me tocó el turno a mí, que no puedo seducir a nadie con mis atribu­tos físicos, y que tampoco, para consuelo de los míos, que me acompa­ñaban en la travesía, he llegado a la condición de vejete atontado.

Otra virtud sobresaliente en la isla, que un amigo se niega a creerla por haber tenido años atrás la experien­cia contraria, es la del aseo. Algo extraño ha sucedido allí en los últi­mos tres años. No sé si la cara limpia que presenta hoy San Andrés, y que hace juego con el espectáculo de sus vitrinas esplendorosas y sus locales remozados, se deba a alguna hechice­ría de su gobernador, el brujo Simón González. De todas maneras, en el ambiente flota una sensación de tersu­ra, de orden, de conciencia cívica. En cualquier forma, a San Andrés es mejor ir en época de temporada baja, cuando el comercio se halla en reposo y los turistas pueden circular sin asfixias por playas y calles, entre las venias de los taxistas.

Y ya que hablamos de brujerías, voy a lanzarle un reto a Simón el Mago. Las deficiencias del agua y la luz han sido los problemas mayo­res que han tenido que soportar, desde tiempos inmemoriales, nativos y turistas. Dejemos el agua salada para el mar y confiemos en que algún día circule el agua dulce por los grifos del acueducto. ¿Será posible esta transformación, ilustre gobernador, para antes de concluir su mandato?

Ojalá usted, en llave perfecta con el alcalde local, influya con sus poderes mágicos para que el agua potable y la luz sin titubeos alegren el alma de los sanandresanos. ¿Y qué decir del ae­ropuerto? Es un lunar en mitad del paraíso. Un elefante blanco que nadie ha logrado concluir y que reclama mayor acción para que la obra cumpla al fin su objetivo de aeropuerto internacional.

El archipiélago de San Andrés y Providencia, descubierto en 1629, fue centro de piratas (con el señuelo de las riquezas y las aventuras marítimas) peleado por españoles, ingleses, holandeses y franceses. Esto provocó una ocupación militar por espacio de 36 años. En 1793, en virtud del Tratado de Versalles, Ingla­terra reconoció a España la soberanía sobre el archipiélago. En 1853 se abolió la esclavitud. Y cien años después, ya como posesión colom­biana, se constituyó como puerto libre.

* * *

Henry Morgan, un filibustero in­glés que durante largo tiempo se dedicó a atacar las colonias españo­las en las Antillas, saqueando las ciudades de Maracaibo y Panamá y la costa de Nicaragua, eligió a San Andrés como base de sus aventuras y allí, según la leyenda, escondió su famoso tesoro. Esta fortuna parece que vibrara bajo el mar en Hoyo Soplador, o Cueva Morgan. Johny Cay, la isla sensual donde algunas gringas extraviadas, y también co­lombianas, van en persecución de los negros en grotesco espectáculo, constituye otro sitio digno de admi­rar. La música reggae, con su lúbrico tono africano, invade el ambiente bajo las contorsiones de los poblado­res que invitan a la liviandad, disfru­tando de paso de los billetes viajeros.

Ahora que Nicaragua busca apo­derarse de lo que no es suyo, en pretensión tan equívoca como so­berbia, en nuestra isla mayor se siente más la soberanía colombiana. Sus fascinantes paisajes, su crecien­te industria hotelera y la amabilidad de sus gentes hacen más grato y emocionante este encuentro con la patria en aguas de piraterías y teso­ros sin fondo, un recuerdo muy nuestro al cual no podemos renun­ciar.

El Espectador, Bogotá, 27-VIII-1993.

 

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En las selvas del Putumayo

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

1

Cuando el avión de Satena se halla próximo a aterrizar en Puerto Leguízamo –la pequeña población que recuerda el conflicto con el Perú en los años 30– me vienen a la memoria mis ya lejanas aventuras en la selva. Por extraño designio, en 1958 fui a dar a aquel paraje perdido en lo más profundo de la Amazonia, donde permanecí, como funcionario del Banco Popular, por espacio de un año. Allí conocí al médico legendario Tulio Bayer, que dirigía por aquella época –desterrado de Manizales por sus iniciales ímpetus revolucionarios, después de haber sido secretario de Salud Pública del municipio– el Centro de Salud del puerto, entonces un caserío miserable que recuerdo como una calle larga cubierta de barro a toda hora.

Y sobre esa calle llovía todos los días. El barro y el agua son las imágenes más nítidas que conservo de Puerto Leguízamo. Para hacer posible la existencia en el poblado era preciso, en primer lugar, poseer alma poética y fibra de quijote,  como Bayer y yo las teníamos; y luego vivir provistos de botas pantaneras para atravesar los lodazales formados por aquel diluvio eterno. Me parece ver a Bayer, con sus dos metros de estatura y su rostro de cera, recorrer todos los días, como un gigante fantasmagórico, la distancia entre la Base Naval, donde residíamos como huéspedes privilegiados, y su sitio de trabajo.

Tulio Bayer se había escondido en la selva huyendo de la civilización. Cuando se sintió acorralado por los poderosos, solicitó en el Ministerio un puesto de médico rural en el sitio más remoto y más olvidado, y se marchó a Puerto Leguízamo. Pasaba por un ser misterioso y excéntrico, tal vez un personaje extraído de alguna novela de aventuras, y nadie llegó a sospe­char que allí se escondía el científico graduado en la Universidad de Har­vard.

Usaba en sus excursiones de pesca y cacería las flechas envenenadas de los indios, y a los nativos les curaba las enfermedades con las drogas mágicas que ellos suponían extraídas de las propias plantas medicinales de la selva (el yagé, el chuchuguasi, la balata, el ambil, la corteza de palo coral…) Bayer y yo nos entendimos a las mil maravillas, unidos por el misterio de la selva y por la afinidad –todavía sin descubrirse– de nuestro futuro de escritores. El médico comenzó a escribir allí su novela Carretera al mar, que años más tarde por poco se lleva al cine mejicano.

Ahora, mientras el avión toma la pista, siento un cimbronazo en el alma. Estoy emocionado con mi vuelta a la selva mítica. El viejo aeropuerto que conocí, tal vez el más peligroso del país, que se deslizaba por una malla de acero para sostenerse sobre las raíces de la densa vegetación, ya desapareció. Hoy existe un campo moderno, construido en 1988, al que la Armada le presta mantenimiento. En mis tiempos sólo había dos vuelos semanales de Avianca. Hoy viajan las empresas Aire y Satena (con excepción de lunes y viernes).

Ahora las calles están pavimentadas y el pueblo muestra diferentes signos de progreso. Ya se borraron los lodazales intransitables para dejar atrás el caserío de antaño. Regreso a comparar la época vieja con la actual. A medida que vuelva a pisar el barro que abandoné hace 34 años, surgirán en estas crónicas distintos perfiles sobre una frontera exótica y encantada que deben conocer los colombianos.

2

La vida de Puerto Leguízamo gira alrededor de la Base Naval. Sin ella seria un pueblo muerto. Del estrecho caserío que conocí hace 34 años, conformado por una población insignificante, al municipio actual de 17.000 almas, hay una diferencia enorme. Al recorrer el pueblo, hallo construcciones modernas, almacenes, droguerías, salones de belleza, panaderías, muchos bares (signo inequívoco de los puertos), pensio­nes, iglesia amplia y cura abierto, adecuada plaza de mercado…

Me sorprende la tasa estudiantil: cerca de 2.000 alumnos matriculados en cuatro establecimientos, uno de ellos excelente –con 800 alumnos–, dirigido por hermanas de la Presentación. Todo esto es progreso.

La jurisdicción de la Fuerza Naval del Sur, cuya sede es Puerto Leguízamo, abarca un territorio de 34.000 kilómetros. Su objetivo, según me lo indican el comandante de la Fuerza y el jefe del Estado Mayor, capitanes de navío Luis Guillermo Zabala y Jorge Alberto Páez, es mantener el control y la seguridad en los ríos navegables de la vertiente del Amazonas, contribuir al desarrollo regional y garantizar la soberanía nacional en las fronteras. La presencia en los ríos se cumple con buques tipo cañonero, lanzas patrulleras y remolcadores. En el astillero naval se reparan unidades fluviales, particulares o militares, hasta de 300 toneladas.

La Base Naval, donde trabajan más de 200 civiles, representa la principal fuente de empleo. Muchos pensionados se quedan a vivir en el pueblo y allí montan sus propios negocios. En una u otra forma, todos en Puerto Leguízamo son hijos agradecidos de la Armada. Así me lo comentan diferentes perso­nas con quienes converso durante mi estadía.

Pregunto por el hospital flotante de mi época, que funcionaba en un buque maltrecho que perteneció a la oligarquía cauchera. Hasta re­cuerdo su nombre: Jamary. Murió de viejo y lo remplazó un joven hospital. En el perímetro urbano –o sea, por fuera de la Base, donde se hallaba encallado el Jamary– está construido el nuevo hospital, consi­derado la obra de mayor contenido social, como lo aprecio en la visita efectuada a su sede.

Su director, el médico de la Armada Fabio Carmona, me revela datos interesantes. En primer lugar, el del presupuesto, que es de 400 millones al año, asumido por partes iguales entre el Ministerio de Salud y la Armada. La consulta médica y la droga son gratuitas para los indígenas, y a la población civil se le cobran precios reducidos. Los servicios son fundamentales: medicina general y preventiva, cirugía, rayos X, odontología, laborato­rio, farmacia, maternidad, urgen­cias. Además, hay organizados numerosos puestos de salud a lo largo de los ríos.

A 25 kilómetros queda el corregi­miento de La Tagua, donde está acantonada una base militar del Ejército. Sobre esta carretera Tulio Bayer expresó lo siguiente en 1958, en su libro Carta abierta a un analfabeto político: «Conocí la carre­tera Puerto Leguízamo-La Tagua, sobre un resbaladizo barro amari­llo, carretera que no está hecha, pero que ha costado hasta ahora un millón de pesos por kilómetro». Hoy la carretera se halla pavimentada por completo, y la obra la adelantó personal de la Armada y del Bata­llón de Ingenieros Codazzi.

La selva húmeda que en lejanas aventuras fantásticas transitamos Tulio Bayer y yo, expuestos a las mordeduras de la coral, la pelo de gato, la veinticuatro, la podridora, la matiguaja –y tantas otras culebras que no recuerdo ni deseo volver a torear–, tiene hoy otro semblante. Me gustaría contárselo a Tulio Bayer, el gran crítico social, con quien compartí una íntima amistad en el barro amazónico. Más tarde escogió él los caminos de la revolución. Me gustaría, repito, contarle la realidad actual. Pero Bayer murió en París, con aguacero, hace 10 años.

3

La alcaldesa de Puerto Leguízamo, Berenice Rojas, y el asesor de la Alcaldía, Jaime Ramiro Ordóñez, me comentan que la planta de tratamiento de agua y el alcantarillado constituyen las mayores ne­cesidades públicas, cuyo costo es de $800 millones, que el municipio se propone acometer en breve plazo. Entre la Armada y la Alcaldía se mantienen excelentes relaciones, que se traducen en diversas obras socia­les. El pueblo cuenta con televisión y oficina de Telecom, y aspira a que el servicio de la parabólica que funciona en la Base Naval, donde se reciben los dos canales nacionales y ocho extran­jeros, se extienda a la población civil.

La pista del aeropuerto, que en el pasado sufrió algunos deterioros por el peso de los aviones Hércules, hoy se encuentra en buenas condiciones gene­rales y va a ser mejorada. El día de mi regreso a Bogotá, el aterrizaje de cuatro aviones –el Hércules, el de Aires, uno de la Policía y otro de Líneas Aéreas Suramericanas, cargado de pescado– pone de presente, como si se tratara de un aeropuerto internacional, una eviden­te transformación.

En mis tiempos la comunicación con el resto del país era tortuosa. Por eso, al sitio lo apodábamos Puerto Lejísimo. Cuando alguien se marchaba, sus amigos, dándose de guapos y con cariñoso tono de reproche, le gritaban a voz en cuello en el momento de subir por la escalerilla del avión: ¡Corrido…! Este mismo grito, que en el fondo era una despedida sentimental de la selva, más tarde lo escucharíamos los valientes que también emigrábamos hacia otros horizontes.

El recibo de la correspondencia era espectacular en razón de la ansiedad que se acumulaba por el escaso transporte aéreo. Martiniano Gonzá­lez, jefe de Avianca, recogía la tula en el aeropuerto y todo el pueblo lo seguía hasta la oficina postal. Como un mago siona, carijona o huitoto (los primeros pobladores del Putumayo), Martiniano pregonaba los nombres de los privilegiados, y de cualquier sitio de la multitud salía esta voz emocionada: ¡Pásela…! Y la carta, de mano en mano, llegaba hasta el afortunado destinatario. No recibir correo correspondía a un sig­no de abandono e infelicidad.

Todo esto lo recuerdo ahora mien­tras recorro las calles actuales del pavimento y la civilización. Y me acuerdo, a bordo de una embarca­ción por las tranquilas y poéticas aguas del Caucayá, donde abundan los delfines rosados, de mis travesías con el médico y con oficiales de la Base Naval por aquellos ríos del silencio y la fascinación, en persecución de emociones fuertes, o sea, en pos del infierno verde, así llamado por el zumbido desesperante de los mosquitos bajo aquellos soles caniculares.

Me parece escuchar el rumor de la selva insondable cuando la profana el hombre. A mis oídos llega el eco de la cruel y sanguinaria Casa Arana, que en el pasado, víctima de la voracidad cauchera, protagonizó uno de los mayores oprobios de la historia colombiana; y en el presente me estremezco, durante los días de mi permanencia en el puerto, con la masacre salvaje –no de la selva, sino de las fieras humanas– de 26 humil­des policías, guardianes de la riqueza nacional, en los campos petroleros de Orito.

La parte final de estas crónicas viajeras se dedicará a recordar los nombres de los héroes del conflicto con el Perú en la década de los años 30. Esos héroes olvidados –entre ellos, cómo no, el buque Cartagena, autor de la toma de Güepí- merecen honores de la patria en estos momentos en que los apátridas buscan  destruir el alma de Colombia.

4

Hace 60 años, el primero de sep­tiembre de 1932, se prende el polvorín de la guerra con el Perú. Aquel día las tropas peruanas se toman el puerto de Leticia, que se halla desguarnecido a pesar de los insistentes rumores que corren sobre la invasión. Las autoridades colom­bianas son depuestas de sus cargos. La acción extranjera busca, lesionan­do los legítimos derechos de Colom­bia, apoderarse del trapecio amazóni­co. El acto de agresión representa una afrenta para nuestro país ante el mundo entero.

En el Senado de la República, ese mismo día, se escucha de repente la voz ciclópea de Laureano Gómez, que clama luego de leer un mensaje que acaba de recibir: «¡Paz… paz… paz en el interior. Guerra… guerra… guerra en la frontera!».  Los dos países se lanzan a la contienda bélica en las aguas fronterizas. Las tropas perua­nas se fortifican en Güepí. Y las colombianas, en Puerto Leguízamo, así bautizado más tarde en homenaje al soldado Cándido Leguízamo, quien en acto heroico ofrenda su vida en defensa de la soberanía nacional.

El enfrentamiento armado sigue duran­te los años 1932 y 1933. A la postre, el conflicto jurídico es resuelto a favor de Colombia por el Tribunal de Gine­bra. En mayo de 1934 se firma el protocolo de Río de Janeiro que pone fin al litigio reconociendo los dere­chos colombianos.

En momento crucial, el buque Cartagena avanza por el Putu­mayo. El poderío naval se arrecia en cercanías de Güepí. El disparo de los proyectiles hace trepidar la tierra y estremecer la selva. Los fuegos de ambas partes son encarnizados. Los aviones colombianos siembran el des­concierto. Pero el contrincante no se rinde. Finalmente, el buque Cartage­na consigue la hazaña: la plaza fuerte de los peruanos queda derrotada. Allí se planta nuestro pabellón nacio­nal.

Hoy, el buque glorioso, invadido por la maleza, yace a orillas del río Putumayo dentro de las instalaciones de la Base Naval. El héroe olvidado merece ser trasladado, con los con­dignos honores, al museo naval de la ciudad de Cartagena.

* * *

Muchos colombianos caen aba­tidos por las balas enemigas. Lo mismo sucede en las filas peruanas. Son los héroes anónimos de todas las guerras. La selva amazónica se tiñe otra vez de sangre, como a comienzos del siglo había ocurrido con el pavo­roso drama de los caucheros –en los sitios de La Chorrera y El Encanto–, que inspira a José Eustasio Rivera para escribir La vorágine. El novelista se basa en muchos testimonios histó­ricos, entre ellos, El libro rojo del Putumayo (Bogotá, 1913).

Tres colombianos se llenan de gloria en aquella batalla de ingrata recordación. Son los soldados Cán­dido Leguízamo, Juan Solarte Obando y José María Hernández. Leguí­zamo, herido de gravedad luego de eliminar a tres de sus atacantes, es trasladado a un hospital de Bogotá, donde fallece pocos días después. Solarte cubre con su cuerpo el cañón de una metralleta para evitar la muerte masiva de sus compañeros. Su cuerpo termina destrozado por la ráfaga incontenible. Hernández, a quien se tortura en busca de informa­ción, es fusilado en Iquitos ante una multitud delirante.

A la plataforma se le conduce con los ojos vendados, y se niega a sentarse porque desea recibir la muerte de pie. La descarga de la fusilería le abre el corazón. Todavía vivo, hace esfuerzos para rociar con su sangre la cara de sus verdugos. Y muere, lo mismo que sus otros com­pañeros sacrificados, con el grito fortalecedor de «¡viva Colombia!».

El Espectador, Bogotá, 1, 2, 8 y 10-XII-1992.

* * *

Misiva:

Al terminar la serie de artículos sobre el Putumayo en el diario El Espectador, particularmente grato para mí presentarle un cordial saludo tanto de felicitación por lo acertado de sus comentarios, como de agradecimiento, por haber hecho conocer de tanta gente el alcance de las actividades de la Armada Nacional en estas apartadas regiones del sur de Colombia.

Es indudable que el conocimiento que muestra de esta región treinta años antes, y luego su presencia en una fecha reciente, le dan la autoridad suficiente para poder expresarse en la forma que lo hizo, distinto a como lo puede hacer una persona ajena a la región y que en dos o tres días, orientado por oscuros intereses o personajes, desdicen o mejor echan por el suelo la participación de una institución como lo es la Armada Nacional a lo largo de medio siglo en esta lejana pero bella selva colombiana.

Quiero también presentar en nombre del señor comandante de la Armada Nacional este saludo de agradecimiento, extensivo a las directivas del diario El Espectador, por este aporte que hace como buen colombiano, en un momento como este en que el país lo necesita, ya que antes de hacer críticas injustas e infundadas, que siembran inconformidad generando rencores y odio, debemos enfatizar las acciones positivas del Estado, conduciéndonos a un clima de paz y concordia, que tanto anhelamos. Luis Guillermo Zabala Correa, capitán de navío. Comando Fuerza Naval del Sur, Puerto Leguízamo. (Carta del Día, El Espectador, 30-XII-1992).

 

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Barichara, un canto a la piedra

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

En la arisca montaña santandereana, a 22 kilómetros de San Gil y por estupenda carretera pavimentada, surge de repente este pueblo amura­llado que se llama Barichara. Allí parece que el tiempo se encontrara petrificado al igual que la dura entraña de la tierra. El sorprendido visitante, acos­tumbrado a la jarana de los pueblos modernos, se halla con un sitio dormido en medio de toneladas de si­lencio. Mira a su alrededor y ve moverse unas sombras por la plaza, que no se sabe si pertenecen a seres vi­vos o a visiones fantásticas. Barichara, que todos los días despierta entre tenues luces de pureza alucinante, se detiene frente al abismo como una fortaleza de piedra que de allí no habrá de retirarse jamás.

Desde El Mirador, a cuyos pies se precipitan profundi­dades medrosas que se bañan en el río Suárez, se contempla el cordón de montañas que dan asiento a la cultura de los guanes y por cuyos caminos —empedrados y arborizados— transitó el legendario Geo von Lengerke, en buena hora resucitado por Pedro Gómez Valderrama en su novela La raya del tigre.

En un mojón de piedra situado en inmediaciones de la plazuela de Santa Bárbara, se recuerda el paso repetido de Bolívar por aquellos montes hirsutos. Cerca del paraje se halla la residencia de Vicente Landínez Castro —Villa Laura, en honor de su esposa—, refugio admirable que buscó el escritor para pasar “entre libros, silencio y olvido”, según palabras suyas, sus apacibles horas del cre­púsculo. La selecta biblioteca de Landínez Castro es otro recinto amurallado —de pie­dra, cultura y erudición—, donde el estilista y académico boyacense se protege contra las asperezas de la vida, y al que ha bautizado con el nombre preciso: Remedios para el alma.

La capilla de Santa Bárbara, la más antigua de Barichara, es una verdadera joya colonial que se encuentra en plan de res­tauración junto con la plazuela y el camino circundante, pro­grama que dispone de una partida de $ 40 millones anunciada por la Corporación Nacional de Turismo. En el mismo sector alto de la ciudad se piensa levantar un gran hotel, con inversión privada, proyecto que busca recuperar un sitio ideal para el sosiego y la contemplación de la natu­raleza.

En este empeño de preservación del paisaje y de­fensa de la ecología se cuenta con voluntades como la de José María Gómez Navas — simpático abogado en uso de buen retiro, conocido allí como don Chepito—, quien ha ofre­cido la siembra de árboles para evitar la erosión en aquella zona propensa a deslizamien­tos.

En lengua aborigen Bari­chara significa sitio de pal­meras. Como quien dice, paisaje y ensoñación. Su clima maravilloso de 22 grados re­presenta un atractivo más de este edén tropical que por for­tuna se mantiene todavía in­contaminado, y que ojalá sepa resguardarse contra las inva­siones y los atropellos de la falsa civilización, como comienza a suceder con Villa de Leiva al deformarse su sosiego encantador con la absurda construcción de un hipódromo.

*

La piedra es el alma de Ba­richara. Sus casonas, sus templos, sus monumentos, sus calles y tumbas cantan a toda hora la canción de la piedra. Y todo se conserva como en un relicario litúrgico. De piedra están hechos sus habitantes. “La piedra —dice Vicente Landínez Castro— constituye el timbre de orgullo, el mejor blasón de la ciudad». Y agrega que “es un privile­giado y nostálgico lugar, bueno para nacer entre sus muros o para reposar bajo su suelo”. 

El Espectador, Bogotá, 11-VII-1991.

* * *

Misiva:

Te doy nuevamente las gracias –esta vez por escrito– por tu hermoso articulo Barichara, un canto a la piedra, que tanta simpatía e interés ha despertado en las gentes, por cuanto está, sencillamente, bien escrito; y en el que se nota de inmediato la mano experta, no del periodista ávido por lo momentáneo, sino la del escritor experimentado y atento a lo que se refiere más a la vida interior tanto del pueblo como de sus habitantes.

Te apoderaste, en pocas palabras, del espíritu recoleto, silente y pétreo de Barichara y lograste plenamente comunicárselo a los demás en forma tan agradable como intensa. Tú también, esta vez, escuchaste nítidamente –a pesar de lo fugaz de tu estancia– la canción de piedra de Barichara. Vicente Landínez Castro, Barichara. 

 

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Los archivos en el Tolima

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El periódico Prensa Nueva, que dirige en Ibagué el señor José Carbilio Valderrama, denuncia un caso extendido de abandono, robo y saqueos de archivos en varios municipios del Tolima. Son noticias ocultas en la prensa, que llaman la atención. Si un archivo se pierde o es saqueado, no es noticia. Pero si el caso es repetido, sobre todo en la misma región, la situa­ción cambia de aspecto.

El periódico ibaguereño –centinela de la cultura– se refiere en primer lugar al abandono y desprotección en que han permanecido los archivos históricos del departamento. Esta circunstan­cia ha dado lugar al hurto de valiosos documentos públicos por parte de presuntos historiadores o antropó­logos con fácil acceso a anaqueles o depósitos que permanecen sin control. Hay archivos que duermen en cuartos viejos y en sótanos, a las buenas de Dios, y que por eso mismo son comida apetitosa de las ratas y las polillas.

Pero este no es el solo caso del Tolima. Lo mismo sucede en el país. Documentos importantes de los municipios, sobre todo relacionados con su vida histó­rica, se dejan sin protección y sin ningún ordenamiento. Más tarde algún funcionario ligero, encartado con esos legajos que afean las oficinas y reducen el espacio útil de la burocracia, los hace quemar o los entrega a los basureros.

Muchos municipios se quedan sin historia porque ésta desaparece en el basurero público. Los archivos guardan la memoria de los pueblos, pero hay autoridades que sólo se preocupan por el momento actual y no por el futuro histórico. Les parece oneroso gas­tar unos pesos en la conservación de importantes papeles, de libros o periódicos, y prefieren despilfarrar el presupuesto de la entidad en cosas fútiles pero de mayor apariencia.

Prensa Nueva revela casos concretos de esta cadena de descuidos en la tierra tolimense. En la Contraloría Departamental desaparecieron varios tomos de los periódicos El Constituyente y Gaceta del Tolima, de 1863 a 1882. En Natagaima fue arrojada al río Magdalena gran parte del archivo municipal. En Cajamarca desapareció la Biblioteca Municipal José María Rojas Garrido.

En Ibagué se desintegró la Biblioteca José Celestino Mutis que funcionaba en el primer piso de la Gobernación. En la misma ciudad se robaron, pertenecientes al archivo histórico, unos documentos importantes relacionados con un episodio sentimental de Bolívar. En el Instituto Tolimense de Cultura desapa­recieron unas encuestas realizadas en todo el departamento sobre bienes inmuebles, sitios históricos y otros aspectos culturales.

Y hasta las fuerzas de la naturaleza han sido ad­versas en el Tolima, en cuanto a la conservación de archivos se refiere. Un voraz incendio destruyó el archivo municipal de Cajamarca. Y la catástrofe de Armero borró la historia de la población.

El director de Prensa Nueva hace, con la protes­ta sobre esta serie de negligencias y atentados contra la cultura de su tierra grande, valiosa contribución para que las personas encargadas de preservar papeles y archivos históricos lo hagan con responsa­bilidad y los controles necesarios.

*

Prensa Nueva lleva varios años promoviendo la cultura del país. Va a celebrar la edición número 100. Es un periódico mensual que lucha por su supervivencia y que amenaza con clausurarse por falta de apoyo oficial y privado. Su director, José Carbilio Valderrama, es un combatiente solitario en la noble causa de la cultura. No dejar ahogar su empresa debe convertirse en un compromiso de Ibagué.

El Espectador, Bogotá, 7-II-1991.
Periódico Prensa Nueva, Ibagué, febrero de 1991.

* * *

Comentario:

La investigación sobre el estado y antecedentes de los archivos históricos del Tolima la realizó la Comisión de Archivos para el Plan de Desarrollo Cultural del Tolima (decreto 1000 de 1990, Gobernación del Tolima). La denuncia pública la realizó el coordinador de la Comisión durante una entrevista realizada por el señor Valderrama y transmitida por la emisora La Voz del Tolima a mediados de noviembre de 1990. El documento escrito reposa en el Instituto Tolimense de Cultura. Es de elemental sentido común dar el respectivo crédito a las fuentes que nos sirven como base para nuestros escritos, y a la Comisión de Archivos no se otorgó. Johnny Ovalle Pineda, fiscal junta de Cultura, Cajamarca.

 

 

 

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