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Medellín en gotas

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Medellín siempre crece. Un día desaparecerá el odio que han sembrado en sus calles los piratas de la hora presente. Descendiendo por la carre­tera del aeropuerto José María Córdova se experimenta la sensación de una ciudad encantada, de una diáfana reali­dad que rutila entre pedrerías y se sostiene entre gotas de esperanza. Más tarde, cuando la diviso desde el Ce­rro de Nutibara y me recreo con la miniatura del Puebli­to Paisa –réplica encantadora de la Antioquia grande que hoy pretende destruirse entre la metralleta, la dro­ga y el dinero envilecedor–, me pregunto hasta qué extre­mo ha llegado la sevicia del monstruo contemporáneo.

Este territorio cubierto de bosques y rodeado de her­mosas colinas, por donde todavía corren ríos cristali­nos –manchados a veces por gotas de sangre–, fue el que un día escribió la epopeya de la Colonización Antioqueña; el que prolongó su raza montaña abajo y descubrió las exuberancias del Gran Caldas; el que regó su entra­ña campesina con las riquezas del oro y del carbón y con la alegría de las cosechas y los tiples madrugadores; el que creó una generación de alfareros, artesanos, agri­cultores y mineros para que ensancharan el tesoro de la tierra.

Vendría más tarde el auge empresarial con la era de los ejecutivos y los banqueros, de los industriales y los comerciantes. Y nacería la ciudad del futuro, la de las veloces avenidas y los soberbios edificios, la de las fábricas crepitantes y los comercios vigorosos. Esta Medellín airosa –la del carriel y la oración–, que primero planeó su estructura urbanística para ser luego emporio de progreso, es la que están asesinando hoy los asaltantes de la civilización. La misma que contemplo ahora, con dolor de patria, desde el cerro más alto y en la encrucijada más tortuosa. La misma que se rebulle en sus calles movidas y en sus angustias temblorosas.

Dicen las crónicas que la ciudad era, hacia 1770, apenas un pueblito con buenas corrientes de agua y cua­tro caminos. Varias veces había cambiado de ubicación hasta encontrar su actual asentamiento. Sus viejas ca­lles saben hoy a gratas reminiscencias: la Real, El Llanto, San Roque, La Amargura, El Resbalón…

Su ve­cindario tranquilo desconocía los gritos y las jaranas. En 1848 dormían en completa placidez 20.000 habitantes. En 1889 –o sea, hace cien años– la población llegaba a 40.000 habitantes. Era un pueblo sin afanes de crecimien­to –a pesar de la fertilidad reproductora del paisa, que establecería marcas como la de 33 hijos oron­dos y retadores–, y todavía tenía tiempo para deleitarse entre trovas y aguardientes. En 1944 daba el gran salto a los 300.000 vecinos emprendedores. Hoy llega a los cua­tro millones…

El gigantismo rompió los diques del pueblo y trajo ma­lestar social. Ya no era la aldea de estrechos senderos, de pausados placeres, sino la urbe colosal que devoraba los pueblos vecinos. Se llenó de gente, de humo, de edi­ficios multiplicadores, de suntuosas residencias, de ven­dedores ambulantes, de ruido y preocupaciones. Cambiaba todos los días de piel. El himno de Epifanio Mejía se ha­bía desdibujado: «Nací sobre una montaña, / mi dulce madre me cuenta / que el sol alumbró mi cuna / sobre una pelada sierra…»

También cambió su piel campestre. Por los campos se siente miedo. Es el mismo miedo que recorre los contornos de la ciudad y repercute en la montaña. «El río –dice Antonio Villalobos– es ya solamente un recuerdo de sus acuarelistas muertos, un accidente en la memoria».

*

Así me he reencontrado con Medellín: en gotas de nostalgia. Pero es, a pesar del infortunio, un centro fulgurante. Todos los días luchan los antioqueños por un futuro limpio. Medellín no se dejará ganar la partida del crimen y el retroceso. Derrotará a sus enemigos. Volverá a ponerles piso a las nuevas generaciones. Y será, para siempre, la ciudad de la eterna primavera, de la sonrisa, del trabajo creador, de la esperanza vitalizante.

El Espectador, Bogotá, 11-IX-1989.

 

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Arauca vibrador

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Desde la pieza del hotel veo flamear a corta distan­cia la bandera nacional. Cada vez que penetro en mi pe­queño albergue hotelero, durante los dos días que perma­nezco en Arauca, me gusta contemplar la llanura que se extiende ante mis ojos. Infinidad de pajarillos musica­les revuelan a todo momento, y sobre todo en las prime­ras horas del amanecer, por entre la densa vegetación de los alrededores.

Allí, en mitad de macizos árboles y verdosos con­tornos que certifican la presencia del Llano, flota la bandera colombiana. Es un hermoso símbolo de soberanía nacional en esta frontera convulsionada en ocasiones por los roces de cercanía con el país vecino, y pertur­bada en los últimos tiempos por los atentados de los grupos insurgentes contra los pozos petroleros.

Mientras la fortuna colombiana se dilapida aquí en­tre voladuras de oleoductos, en una de las guerras más increíbles de la demencia humana, el pueblo sufre ham­bre. Las fuentes de prosperidad económica que brotan generosas en Arauca y en otros lugares de nuestra rica geografía, y que son envidiadas por países menos afortuna­dos, se dinamitan para asustar al Gobierno y crear el caos.

Se olvidan los subversivos, y tal vez jamás lo aprenderán, de que estos golpes contra la economía del país son golpes contra el pueblo, la mayor víctima inmo­lada por la sinrazón del hombre.

Mientras escribo estos apuntes viajeros desde mi dis­creta ventana hotelera, desde donde percibo todo el em­brujo del Llano, me entusiasma contemplar el pabellón tricolor, airoso y soberano, clavado en mitad de la flo­resta como una afirmación de la patria. Sus colores, nítidos y majestuosos, hacen bello contraste con el ver­dor de la naturaleza y parece que ondularan por el infi­nito de la llanura como una plegaria colombiana.

Me acuerdo de La Vorágine de José Eustasio Rivera, escrita contra la explotación del hombre en las fronteras de la propia patria, y me digo que ahora, en esta Colombia sacrifica­da por los ejércitos del narcotráfico y por los delin­cuentes comunes, suceden cosas peores que la tortura de los caucheros.

Caminando por las calles de Arauca, un pueblo que en poco tiempo llegará a ser ciudad, encuentro miseria. La población se esfuerza, en manos de autoridades bien intencionadas, por superar su estado de abandono. Un per­sistente olor a cloaca, que sale de un caño estancado que atraviesa el pueblo, contradice el frescor de la naturaleza.

El primer propósito de las autoridades, conscientes del peligroso avance de este foco infeccioso, es la canalización y adecuación sanitaria del caño. Vendrán después las obras del acueducto y el alcantarillado, el alcantarillado de aguas lluvias y el arreglo de las vías.

Arauca es hoy uno de los municipios más ricos del país. Las regalías petroleras sobrepasan los $ 3.000 millones anuales, y esto da una idea de la dimensión presupuestal. Hace 20 años –me comentaba un boyacense que aquí se que­dó– no había agua ni luz. Se vivía entre barro y en ran­chos de paja. La comunicación con el interior del país era una proeza. Hoy hay calles pavimentadas, a medias (ya que la mayoría están convertidas en lodazales), luz eléctrica, deficitaria (pues ocurren frecuentes apago­nes), y agua, bien tratada (aunque contaminada en ocasiones por el petróleo que se riega en el río por las voladuras del oleoducto). La telefonía ha mejorado.

Arauca se encuentra en pleno despertar hacia un porvenir inesperado. Nada entre millones petroleros y no sabe qué hacer con la plata. La bonanza le cayó de sorpresa.  Ojalá sus autoridades –las actuales y las futuras– sepan manejar bien la prosperidad. En poco tiempo será una ciudad pujante. Hoy es un sitio incierto. Sus habitantes todavía no creen que se ganaron la lotería.

*

Mirando desde mi escondida atalaya hacia el horizonte sereno y poético que se pierde en la llanura ilímite, me pregunto si realmente me encuentro en tierra de combates. Me  pregunto si hasta mi pieza llegará el retumbar de la dinamita. Me siento perplejo, entre el arpegio de los pájaros y el murmullo de los árboles, y me duelo de la locura del hombre que es capaz de profanar estos dones del cielo. Miro la bandera ondulante, testimonio perenne de fe colombiana, y me siento fortalecido.

El Espectador, Bogotá, 24-VII-1989.

 

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En Cúcuta la patria es ajena

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

¡Increíble! En Cúcuta, una de las ciudades más impor­tantes del país, no entra la televisión colombiana. Allí estuve en días pasados y me encontré con que ninguno de los canales de Colombia llegaba a la ciudad. Llamé al camarero, suponiendo que no sabía manejar el aparato, y el empleado me manifestó con gran naturalidad que en cambio podía escoger muy buena televisión venezola­na. «Es mejor que la colombiana», subrayó con regocijo.

Luego supe que esta falla no era nueva. De pronto se coge con esfuerzo una de las cadenas bogotanas y al po­co tiempo desaparece la imagen. ¿Qué sucede? Nadie se lo explica. En la ciudad todos saben que hay descuido de Inravisión, y tanto las autoridades como los ciuda­danos protestan de continuo sin lograr que el problema se solucione. Los cucuteños, entre tanto, ya se acos­tumbraron a sentir la patria lejana. Se resignaron a la desprotección oficial.

Se presenta así una peligrosa infiltración extranje­ra que hace desvanecer el sentido de pertenencia a la patria propia, y esto parecen ignorarlo las autorida­des, sobre todo las autoridades de Inravisión. Alguien me comentaba que la torre repetidora carece de mante­nimiento, no de ahora sino de hace mucho tiempo, y agre­gaba que es tanta la desidia, que por simple falta de combustible hay equipos que permanecen paralizados.

Sea lo que fuere, la patria no alcanza para los cucuteños, y cuando llega, se entrega a pedazos, por medias horas, y luego se borra en medio de cuatro cadenas venezolanas que a toda hora muestran la cara nítida del país vecino.

El alcalde de una población cercana a Cúcuta me con­taba que cuando a un muchacho de la escuela se le pregunta el nombre del presidente de Colombia, da el del presidente venezolano. Y si le piden la letra de nues­tro himno nacional, recita el de Venezuela. Estas juven­tudes desorientadas, para quienes la pantalla del tele­visor es el mejor medio de aleccionamiento, no tienen la culpa de equivocarse de patria y de gobernantes, si llevan en el cerebro los sucesos y los símbolos que se les transmiten desde el otro lado de la frontera.

La imagen de Mao se fijaba en la mente de los chinos des­de los primeros años de escuela, de tanto verlo y de tanto escuchar su nombre, y así se creó uno de los mo­numentos más impresionantes de la idolatría idiotizada.

Esto para decir que la televisión, bien o mal emplea­da, puede lo mismo beneficiar que perjudicar el desarro­llo de las mentes jóvenes. También influye en el jui­cio de los adultos, y una muestra es el camarero de ma­rras. La televisión, que es del Estado, debe preocupar­se por ser una cátedra de historia patria, en la que además se destierren los programas de violencia. Debe llegar a todos los rincones de la geografía colombiana, cada vez con mayor técnica.

*

Y cuando se trata de las fronteras, debe extremarse el celo patriótico. Allí, más que en el resto del país, es preciso afirmar el sentido nacionalista. Colombia debe palpitar en el corazón de los ciudadanos y reful­gir en las pantallas de la televisión. Hoy por hoy a Cúcuta –y a vanas poblaciones del Norte de Santander– no les alumbra ninguna señal de televisión.

Este signo de abandono –que se manifiesta en otros hechos, como una carretera deteriorada que incomunica a la región con el resto del   país, o un comercio de sobresaltos fron­terizos que hace azarosa la existencia–, permiten que allí la patria no sólo se sienta lejana sino también ajena.

El Espectador, Bogotá, 15-VII-1989.

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Girardot progresa

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Hasta hace pocos años era un puerto descuidado. Con el auge de Melgar, su vecino turístico –al que le dio repentina vida el general Rojas Pinilla–, Girardot en­tró en lento proceso de deterioro. Los ojos de los bogotanos se pusieron en el pequeño municipio tolimense mecido por las aguas del río pródigo, y sobre todo por el hado del presidente benefactor que allí refres­caba, entre zambullida y zambullida, sus entusiasmos gu­bernamentales, hasta frenar, como consecuencia lógica, el avance del puerto cundinamarqués.

Mientras Melgar progresaba, Girardot retrocedía. Un gran complejo turístico, montado alrededor de la hotelería movida por las cajas de compensación, contribuyó a que el veraneadero del general se convirtiera en sitio preferido para el recreo de los bogotanos.

El puerto se conservaba como un recuerdo en fuga. Poco a poco se extinguía su importancia de otras épocas. Aunque continuaba siendo centro populoso y febril. Tal vez su misma clase dirigente, que antes había ejerci­do pujante liderazgo, permitió la decadencia señalada.

Me he detenido ahora, por espacio de tres días, con mayor análisis, en esta ciudad un poco desdibujada por los efectos comentados. He recorrido sus calles, cono­cido sus barrios y apreciado su progreso. Para decir la verdad, me había acostumbrado a pasar de largo. Y no hacía, desde años atrás, esta parada necesaria. Falta a veces la oportunidad de llegar a los sitios, mirar e indagar. No siempre ponemos el suficiente senti­do de observación.

Ha surgido de pronto, en este viaje escrutador, una población distinta. Encuentro, en oposición al lugar desaliñado que llevaba forjado en la mente, la ciu­dad transformada. Óigase este dato sorprendente: en Girardot no hay huecos. Si existen, se escondie­ron. Hoy sus calles están bien pavimentadas y resplan­decientes. Lo primero que salta a la vista es el aseo. Como en todo puerto, no es fácil preservar este requi­sito de las ciudades pulcras.

Da la impresión de que se hubiera impuesto una nueva regla para remozarle la cara a Girardot. Sus autorida­des tienen entre manos, para el futuro próximo, una fuer­te inyección crediticia dentro de los programas del Fon­do de Desarrollo Urbano, para ampliar los equipos de aseo, seguir la pavimentación de calles y construir una nueva plaza de mercado.

Otro lado oculto, que ahora sobresale a pesar de que siempre ha existido, es el de sus magníficos edificios bancarios. Aquí las instalaciones financieras compiten en espacio, elegancia y confort. Son construcciones añejas en su mayoría, que han sabido conservarse como patrimonio histórico; y las modernas, con nuevos diseños, no desentonan y, por el contrario, le dan ritmo novedoso a la evolución de los tiempos.

En el palacio municipal, sobrio y esplendoroso a la vez, se admiran el orden y el buen engranaje de sus de­pendencias. Paseando por el recinto urbanístico, surgen aquí y allá, en palpitante actividad, comercios, fábri­cas, heladerías, pequeños y medianos hoteles. Y existen hoteles de mayores dimensiones, como El Peñón, Tocarema y Bachué, que brindan esmerados servicios.

*

Buena noticia ésta de que la provincia consiga nuevos rumbos de progreso. Girardot podría hoy conquistar el puesto de capital de Cundinamarca, para descongestionar, como es lo deseable, la vida bogotana. Si se lo permite Zipaquirá, la tenaz competidora.

El Espectador, Bogotá, 2-VIII-1989.

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Defensa de Cartagena

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Asistí en Cartagena, dentro del marco del XII Hábitat Mundial, a la  conferencia dictada por Rafael Martínez Fernández, gerente de la Empresa de Desarrollo Urbano de Bolívar –Edurbe–, sobre los problemas de contaminación y salubridad que afectan, en grado peligroso, a la Ciudad Heroica.

Representantes de numerosas naciones del mundo debatieron los serios riesgos que ace­chan a la humanidad por falta de mayor conciencia sobre los medios de protección que deben adoptarse. Y se reu­nieron en una ciudad esplendorosa, reliquia arquitectónica admirada por cuanto visitante llega a sus murallas, pero atacada por el enemigo común que es el de la superpoblación del planeta.

El modernismo, que ha traído consigo falsos moldes de progreso, está acabando con la vida de los pueblos. Con la vida del hombre. Cuando el mundo era menos poblado, se respiraba más aire puro y se disfrutaba con mayor placer de los recursos naturales. Al paso de las innovaciones tecnológicas se impuso la monstruosa época industrial que todo lo ha revolucionado, y por culpa de ella el hom­bre, cada vez más reducido en su medio ambiente, pierde el mayor atractivo que Dios nos concedió: el disfrute de la vida.

Situados en Cartagena, vemos que la ciudad ya no es la de antes, la que se desarrollaba sin mayores amenazas bajo las brisas salutíferas del mar y el embrujo de su arquitectura colonial, sino que se viene degradando en sus aspectos de vida, hasta extremos peligrosos. La ba­hía, según estudios del Inderena, tiene el 70% de su área en las peores condiciones sanitarias, con tres puntos críticos de contaminación: a) el Canal del Dique (brazo del río Magdalena que desemboca en ella); b) la indus­tria pesada y la liviana del bosque; y c) el alcantari­llado de Cartagena, que vierte el 40% de las aguas ne­gras en la bahía.

Estudiantes de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, seccional del Caribe, elaboraron para este congreso un valioso trabajo titulado El clima, la vivienda y el es­pacio público en Cartagena de Indias, que permite una visión amplia, en breves y estructuradas páginas, sobre el proceso ecológico y urbanístico de la ciudad. Vemos, entre otras cosas, cómo a medida que Cartagena crece, sus necesidades se desbordan por el deterioro paulatino de sus recursos naturales, por la mutilación de sus joyas arquitectónicas y la invasión desmedida del espacio público.

Como consecuencia de la ampliación de la pista del aeropuerto, la Ciénaga de la Virgen quedó aislada del mar y con aguas estancadas, que hoy representan un grave foco de infección. La invasión de terrenos, con habitantes que viven rodeados de aguas negras y carentes de sistemas mínimos de higiene, se ha convertido en un dolor de cabe­za para las autoridades, tanto por el hacinamiento de la población como por la ausencia de los servicios públicos indispensables. El fenómeno de los tugurios, que se manifiesta sobre todo en los márgenes de la Ciénaga de la Virgen y en las estribaciones del Cerro de la Popa, es uno de los engendros del modernismo.

«La ciudad, en estos momentos –dice el estudio de la Universidad Jorge Tadeo Lozano–, está pasando por un pe­ríodo de contradicciones y desconocimientos manifiestos». Escuché de diversos labios la crítica acentuada sobre la falta de un líder grande –que no tiene Cartagena desde hace mucho tiempo– que sea capaz de recti­ficar la actual descomposición. Edurbe viene repicando en estos puntos críticos. Ojalá se le escuche.

El Espectador, Bogotá, 11-V-1989.

 

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