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Entradas Etiquetadas ‘Temas literarios’

El escritor quindiano

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Contra lo que algunos resentidos sociales incrustados en las letras suelen opinar cuando se creen dueños de la verdad, la literatura quindiana es un hecho cierto. Siempre lo ha sido. Hay en el pasado magníficos cuen­tistas, novelistas y poetas que engrandecieron el panorama de la literatura regional. Lo mismo ocurre en el presente.

Sucede, sin embargo, que ciertos especímenes con alma de narcisistas llegan al deplorable límite de la ofuscación mental que no permite reconocer los valores ajenos y en cambio se consideran ellos mismos los dioses del Olimpo.

Soy un creyente de la literatura quindiana. Pienso que a sus escritores les han faltado oportunidades para sobresalir en el panorama nacional. Colcultura, que debiera llegar en forma efectiva a la provincia, se ha convertido en un cenáculo de privilegiados que se reparten el favor de las ediciones sin permitir acceso a las nuevas figuras.

Publicar un libro en nuestro medio es ocasión para encontrar comentarios desabridos, que nacen por lo general de la en­vidia, cuando no de la propia incapacidad para juzgar con desaprensión lo que pueda existir de calidad en los demás. Hay, desde luego, francos reconocimientos, pero aquellos dómines de la literatura que tiran palos de ciego que se vuelven con era ellos mismos, como ocurre con un poetastro de versos cursis y sensibleros, son más dados a la diatriba que a la creatividad. Prefieren destruir, porque su universo es borroso y empequeñecido, y cuando no logran pasar de un sitio estático tiran guijarros para descrestar a los incautos.

Cuando se procede con pasión, todo se ve tortuoso. Per eso hay quienes de una plumada pretenden desconocer la literatura quindiana. Se quiere en ocasiones ser buen literato proclamándose  como tal, y se incurre en el fácil expediente del autoelogio, una postura tan falsa como ridícula a la que llegan algunos para disimular su mediocridad.

En la literatura no podemos decirnos mentiras. Creo más en la labor paciente de las bibliotecas calladas que en los matriculados de última hora que tratan de suplir en una universidad lo que no han podido asimilar en años de frustración. La literatura es una intuición. Ningún arte u oficio podrá desempañarse con eficacia si no existe vocación. A veces se invocan razones científicas para lanzar excomuniones y se olvida que el empirismo es la máxima fuente del conocimiento humano. En las universidades no gradúan escritores ni poetas.

A propósito de estas divagaciones, cabe preguntar qué sucedió con la asociación de escritores quindianos. Supongo que se dejó morir por las rivalidades  que son tan comunes en este campo. El tema da para largo y la pretensión de esta nota es afirmar la existencia del escri­tor quindiano, que otros niegan. Por desgracia, en este terreno tenemos que vernos, con no poca frecuencia, con escritorzuelos y poetastros.

La Patria, Manizales, 11-VI-1981.

Presencia de Bonilla-Naar

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Ha tenido el Banco Popular la feliz idea de publi­car las obras de Alfonso Bonilla-Naar en dos tomos, uno con su producción poética y el otro con su narra­tiva. El prólogo general es de Luis Carlos Adames Santos, el magnífico editor del Banco Popular que en forma silenciosa, afortunada y espléndida ha signa­do otros importantes sucesos, como La convención de Ocaña, de José Joaquín Guerra, o Temas de di­plomacia y de historia, de Diego Uribe Vargas.

A sólo dos años de su muerte logra rescatarse la amplia obra del médico, cuentista, novelista y poeta que sorprendió al público, y sigue sorprendiéndolo, con sus virtudes de eminente científico y admirable fabulador y poeta. No se sabe qué admirar más en él, si al investigador del cáncer cuyos avances despertaron gran interés en el cuerpo médi­co –y que irónicamente habría de terminar víctima del horrible flagelo–, o al narrador espontáneo y fácil, de vigoroso aliento; como también al poeta sentimen­tal, autor de tierna y clara entonación.

Es caso poco frecuente el de quien, al margen de su actividad médica o de cualquier otra actividad, saca tiempo para escribir cuentos y poemas, y además los elabora con fuerza narrativa y acento lírico. La cuentística de Bonilla-Naar está imbuida de ambiente médico y es por eso, sin duda, que se trata de trozos perfilados con exquisito sabor humano, donde no faltan la intriga y la sorpresa. En sus Cuentos impresionantes pone a jugar la imagina­ción en la urdimbre de situaciones insólitas que transportan al lector a difíciles senderos donde no se sabe si está sucediendo la realidad o la ficción.

El médico, por su contacto con el mundo, vive impregnado de temas tristes, o irónicos, o patéticos; y acaso por eso su mente responde mejor a la narrati­va y a la poesía. Este médico polifacético, que no só­lo tuvo tiempo para adelantar investigaciones asombrosas de su ciencia, sino que se convirtió en cuentista tenaz, en novelista disciplinado y en poeta sensible y diáfano, tiene asegurado puesto prominente en la literatura colombiana. Fue, como Chéjov, escrutador del destino humano y no se conformó con auscultar a la humanidad, sino que del contacto con los dolores y las alegrías del hombre extrajo valiosas enseñanzas.

El médico, como también ocurre en nuestra pa­tria con César Uribe Piedrahíta, ha honrado a la lite­ratura con obras famosas en el mundo entero. Su profesión lo hace propenso al humanismo. Cuando Bonilla-Naar se va por los sucesos ordinarios de la vida y fabrica escenas comunes, coge de la ma­no a su personaje y lo pone a recorrer senderos tran­sitados por todos, pero lo hace con gracia y con inge­nio.

Casi todas sus obras obtuvieron galardones, o sea, que fue un agraciado de la fama. Ahora, dos años después de su muerte, se recopilan sus obras y se entregan al país como demostración de lo que vale la literatura cuando va unida a una noble profe­sión.

La Patria, Manizales, 11-XI-1981.
Mensajero, Banco Popular, diciembre de 1981.

 

 

 

 

Palizas en la literatura

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Produce enojada hilaridad el espectáculo de dos escrito­res, atrincherado cada cual en su columna periodística, que en las últimas semanas han descendido a la ofensa personal con poca consideración para con el público lector. Cuando hay pasión, como acontece con este par de literatos, se pierde el interés por lo que se escribe. Cada uno de ellos, con denuestos inconcebibles, quiere, en síntesis, proclamarse mejor escritor que el otro.

Mientras el uno, con arrogan­te actitud, descalifica a los letrados del Quindío y se autoelogia como una de las figuras cimeras del país (¿quién se lo estaba preguntando?), el otro, que nunca se ha resignado a los términos medios y que también se supone en igual nicho, se viene lanza en ristre contra quien pretende des­conocerle su sitial en las letras.

Es una lucha estéril y pueril que nadie entien­de. ¿Le hará esto bien a la literatura o por lo menos con­seguirá dilucidar la posición encontrada de los dos energú­menos? ¿Que el uno es mejor literato que el otro? ¿Y esto a quién le interesa? Es bien sabido que los celos en la li­teratura corroen y destruyen. Y bien claro está que, tratán­dose de un pugilato personal, el par de rivales se deja ob­cecar por la envidia. Cada uno recela de la eventual preben­da de su vecino, porque además son colindantes en un espacio periodístico.

A falta de mayor entretención se han dedicado a destruir­se mutuamente. Y pretenden que esto tiene interés para los sufridos lectores. Son semanas enteras propinándose garrote, como si la literatura no tuviera nobles propósitos. A verdaderos trancazos defienden sus posiciones, sin ceder un milímetro y sobre todo creyéndose, cada cual, el dueño de la verdad.

La literatura no se merece estos arrebatos. Los conflictos personales deben ventilarse por fuera de las columnas que los directores de los periódicos ceden  para tratar asuntos de interés común. El público pide respeto. Que el uno sea mejor escritor que el otro y acaso el non plus ultra de la literatura regional no lo determinará, por cierto, un punto de vista egoísta, sino el gusto del público. Jugar al narcisismo no le hace bien al hombre. Las preferen­cias de la gente son ajenas a la soberbia del individuo.

En este enfrentamiento salta a la vista el sentido parro­quial con que se busca destrabar una reyerta entre dos hom­bres de letras, cada uno olímpico en su propia consideración. Tiran palos de ciego y aspiran a quedar intactos. Para que cada uno permanezca contento, lo mejor sería que continúe sintiéndose lo mejor de la literatura, sin dar explicacio­nes. Si las da, se presta a que no se le crea, ya que no hay nada tan antipático y negativo como hablar en loa propia.

La literatura, lo sostendré hasta el cansancio, es un semillero de envidias y rivalidades. Y la envidia es el mayor pecado de la humanidad.

El Quindiano, Armenia, 23-V-1981.

 

Dos discípulos aprovechados

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Adel López Gómez y Ovidio Rincón Peláez acaban de recibir de la Univer­sidad de Caldas los títulos de docto­res honoris causa en Filosofía y Le­tras. Es el reconocimiento que hace el centro universitario de las cali­dades de estos brillantes exponentes de la literatura y el periodismo, que han cumplido fértiles jornadas, casi paralelas, en las nobles justas de la inteligencia.

Ambos, dentro de diferentes estilos pero semejantes propósitos, tienen iguales méritos para acceder a la más alta distinción que otorga una universidad. Han sido forjadores de una época y sus nombres ya se encuen­tran incrustados en la historia del Antiguo Caldas y del país entero, que los quiere y los admira. Luchadores incansables de las ideas y buen decir, no se han detenido en la senda del humanismo, del cual son discípulos aprovechados, en reto abierto a la indiferencia de los tiempos que se dejan llevar por el materialismo y no quieren encontrar el puerto seguro de la vida espiritual.

Ovidio Rincón Peláez, acaso el pe­riodista más prolífico del país, para quien se acabaron los secretos del ofi­cio pero no la vena de la inspiración, lleva en la sangre el alboroto creador que no le permite permanecer ocioso. Escribe a todo momento, ardoro­samente, y su palabra se desliza como un manantial.

Cáustico unas veces y susurrante otras, expresa juicios certeros, de buen recibo e indudable efecto moralizador. Vapulea las costumbres que se desvían de su cauce natural y pre­gona el sentido ético en todas las ma­nifestaciones del hombre, como la su­prema meta de la humanidad.

Su aldea empinada y solariega le imprimió la melancolía y la digna po­sición en la existencia. Lleva en su al­ma cantares campesinos y le duele que los tonos verdes de la patria se desdibujen en el turbión de los odios. Se parece mucho a los viejos poetas anclados al borde de los caminos y las cordilleras, para quienes el mundo, por extenso que sea, está circunscrito a unos metros de terreno: la aldea.

Adel López Gómez es otro producto de la tierra, del paisaje y la comarca.

Afortunado cantor del alma campesi­na, supo crear motivos auténticos en sus cuentos y en sus divagaciones de soñador y de poeta. La montaña le fue penetrando como una invasión que no puede rechazarse cuando el alma se vuelve permeable a los sonidos de la naturaleza. Después de sesenta años de hacer literatura, se quedó pa­ra siempre adherido al paisaje.

Es otro periodista de dimensiones des­concertantes, reflexivo y depurador de su prosa, para quien el lenguaje perdió sus misterios Con la misma propiedad y la misma vehemencia es­cribe una ficción que un comentario crítico. Encontró el punto exacto de la dicción y ya no tiene riendas para fre­nar su torrente interior.

Estos pioneros de la literatura y el periodismo, inconformes consigo mismos como si no fuera suficiente haber cumplido una vida de absoluta y magnífica realización, llegan a las cumbres del honor apoyados en sus obra, como reto para estos tiempos desprovistos de motiva­ción y de horizontes seguros.

La Patria, Manizales, 19-XII-1980.

 

Escribir de carrera

martes, 11 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Quien sepa lo que significa devanarse los sesos para hacer brotar ideas, comprenderá el calvario que tiene que recorrer el pobre columnista enfrentado al comen­tario continuo en el periódico. Es tarea agobiante, porque el solo hecho de crear supone considera­ble esfuerzo de la mente. Y crear es, desde luego, distinto a llenar de cualquier forma una columna, sólo por cumplir con el compromiso del espacio. Pronto se descubre el sistema del relleno, también llamado de la hojarasca, consistente en enfilar palabras sin decir nada.

No es lo mismo, por supuesto, escribir de carrera que escribir con descuido. Hay quienes agrupan en el artículo toda una retahíla de idioteces o cursilerías que, lejos de atraer interés, fatigan al lector y terminan des­terrándolo de sus predios. Oímos con frecuencia que un autor goza de preferencias entre los lectores por el estilo con que maneja los temas, y que otro, por lo fati­goso o rebuscado, no cuenta con audiencia. Unos pre­sentan sus puntos de vista con objetividad y amena ex­presión, y otros se van por las ramas, muchas veces con tono doctoral y aislante, sin lograr conquistar ningún interés.

Comunicarse con el público es uno de los compromisos más difíciles del escritor. El periodista debe ser escritor, pero no siempre se preocupa por serlo. Muchos son apenas garrapateadores de periódicos, por­que no obligan la mente a pensar y se quedan, sin pena ni gloria, esclavos de la nota efímera.

Aun dentro del proceso de fabricar artícu­los en serie podría salvarse aunque fuera una frase que no termine pulverizada por el viento. La mente disciplinada se acostumbra a pensar con pro­fundidad incluso dentro de la velocidad del diarismo. Proteger un renglón, una idea, un sustan­tivo bien adjetivado ya sería bastante, pero ni siquiera eso logra salvarse muchas veces del naufragio general.  ¡Pobres los periodistas que mueren con la lectura del periódico diario!

El articulista debe atemperar sus emociones para no sacrificar al público. Es diferente escribir con emoción, con nervio, con sensibilidad, que con exaltación.  Los lectores no gustan de las cátedras rebuscadas. Prefieren las exposiciones sencillas, sin afectación, las que con un simple esbozo ponen la mente a trabajar. Los tonos encumbrados y las poses solemnes están llamados a recoger. El periodismo, antes que todo, debe ser tribuna didáctica donde se ventilan ideas, y jamás potro de tormento.

Si escribiéramos la columna del periódico pensando en dejar por lo menos un esquema, no sería perdida la lucha contra el reloj. El artículo debiera ser un pequeño ensayo. Por supuesto, no es fácil huir siempre al comentario fugaz, pero es imperdonable incurrir de continuo en lo insubstancial. Al articulista veloz no se le pueden exigir reflexiones de mucha pro­fundidad, pero sí que no se enrede en cuestiones prosai­cas y que sea respetuoso de su lector. Si no es justificable el atropello de las reglas básicas de la buena escritura, tampoco es concebible abusar de la pa­ciencia del público.

La Patria, Manizales, 28-X-1980.