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El destino trágico de Arias Trujillo

jueves, 17 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Leo ahora, 79 años después de su publicación, los editoriales que escribió Bernardo Arias Trujillo en El Universal, único diario liberal de Caldas en 1930, fundado y dirigido por él con el fin de apoyar el gobierno de Enrique Olaya Herrera, iniciado ese año tras una larga hegemonía conservadora.

Esos editoriales fueron recogidos en 1991 en libro auspiciado por la Biblioteca de Escritores Caldenses, obra prologada por Néstor Gustavo Díaz Bedoya. El diario tuvo una efímera existencia de tres meses, del 3 de julio al 30 de septiembre de 1930, y aunque en la edición final dice el escritor que volverá a imprimirse cuando empiecen las jornadas electorales, nunca más volvió a circular.

En la despedida periodística, Arias Trujillo manifiesta lo siguiente: “Para esos días volveremos nuevamente a la carga, con los mismos ímpetus que han hecho de estas columnas una hoguera constante y con los títulos que hemos obtenido por haber batallado valerosamente y de buena fe a favor de nuestras ideas”. Como se ve, la expresión “a la carga” ya existía en labios del escritor caldense, mucho antes de que Gaitán la pusiera en boga en el panorama nacional.

Quien lea hoy tales editoriales, con la desaprensión con que yo lo hago, hallará una marcada pasión política, con acento sectario, que al tener como mira la defensa del régimen liberal que acababa de instaurarse, atacaba con vehemencia al partido contrario. Por eso, el editorialista define sus columnas como “una hoguera constante”, que en verdad lo fue, y anuncia su regreso a la brega partidista para el tiempo electoral.

Estos hechos reflejan la fiebre política que se vivía en aquellas calendas, y que ya había iniciado la larga y devastadora época de la violencia movida por el morbo del sectarismo, común a los dos partidos. Desde la página editorial del diario manizaleño se atizaban temas pugnaces dentro de la política regional, y en lo nacional sucedía lo mismo, sin dejar de tratar, en forma aislada, algunos asuntos de interés común, como el problema agrario o la carrera administrativa.

Llama la atención que Arias Trujillo, que ya había escrito sus primeras novelas cortas, no dijera ninguna palabra sobre la literatura. Ese no era el propósito de su periódico. De todas maneras, es importante la recolección de dichos editoriales por el carácter testimonial que tienen. Eso es historia.

El fugaz periodista estaba a pocos años de escribir su novela cumbre, Risaralda (1935), obra que lo inmortalizó. Debido a ella, su nombre adquirió alta resonancia nacional, aunque también gracias a su espíritu rebelde y contestatario, muy dado al choque con sus paisanos y con las altas figuras del país. Tradujo, de Óscar Wilde, Balada de la cárcel de Reading, y armó tremendo altercado con el maestro Valencia por la traducción que este hizo del mismo texto, ante lo cual expresó lo siguiente: “Merece más la horca don Guillermo Valencia por haber adulterado tan criminalmente la Balada de Wilde, que el propio soldado Carlos T. Wooldridge ajusticiado en Reading”.

Otro gran alboroto lo produjo el libro En carne viva, crudo análisis de la vida nacional y de célebres personalidades, elaborado con lenguaje fustigante y ácido. Esta obra le hizo ganar el ostracismo. Alejado cada vez más de la gente y víctima de su enorme talento y su punzante inteligencia, se entregó a la vida bohemia y libertina.

Su declarado hedonismo, tan grave en aquellos días, lo volvió un réprobo de la sociedad y la religión. En este terreno se fue lanza en ristre contra las sanas costumbres de la época con el libro Por los caminos de Sodoma, subtitulado Confesiones íntimas de un homosexual, lo mismo que con el poema Roby Nelson. Además, hacía circular entre sus amigos sonetos de encendido erotismo.

Esta agitada existencia no podía causar sino insufrible desajuste emocional. Su rebeldía congénita chocaba con todo y contra todos. Nombrado secretario de la Legación de Colombia en Buenos Aires, el embajador plenipotenciario, José Camacho Carreño, lo pinta con estas palabras el día que lo conoció: “Tras de unos malhumorados aldabonazos, encontré un mozo dejativo y rudo, de franco mirar que sesgábase a veces con cierta cólera oblicua”.

Su existencia fue tan breve y tormentosa como la del huracán que se destroza contra las rocas a poco tiempo de haber nacido. Tenía 34 años cuando la muerte le dio en Manizales, el 4 de marzo de 1938, la estocada final. Sobre la causa de su muerte leo lo siguiente en los datos biográficos anotados al final del libro que guarda sus editoriales: “Derrame cerebral a consecuencia de su fuerte temperamento le originó el deceso, así como la afición que tuvo por un consumo maldito como el de la morfina. No faltaron las versiones comadreras que atribuían la muerte a un posible suicidio tal vez realizado en busca de emociones indescriptibles por parte de nuestro personaje”.

Ignoro quién es el autor de esta ficha biográfica, ni la fecha en que se escribió. Lo cierto es que las “versiones comadreras” de hace siete décadas, cuando ser homosexual representaba una afrenta social que había que ocultar, pueden considerarse el manto piadoso con que se arropó el cadáver del impío homosexual. El sudario con que se cubrió la vergüenza pública.

La verdad es esta: el escritor se suicidó con una sobredosis de morfina. Así lo certifica el médico Jaime Robledo Uribe, su amigo, quien lo atendió en la agonía: “Arias Trujillo se fue por la borda. El golpe lo dio con morfina en una dosis tan maciza que cuando el médico llegó no había posibilidad de hacer nada. Ya había puesto los dos pies en los estribos de la muerte (…) su complejo sexual lo estaba llevando a crueles ángulos de misantropía, por su lado, y de aislamiento, por parte de la sociedad. No le valieron ni consejos, ni súplicas, ni efectivas ayudas morales y materiales. Todo lo veía con criterio de náufrago”.

Si Bernardo Arias Trujillo no hubiera escrito Risaralda, hoy sería un don nadie, un pobre diablo. Lo salvó la literatura.

El Espectador, Bogotá, 20 de noviembre de 2009.
Eje 21, Manizales, 21 de noviembre de 2009.

* * *

Comentarios:

Verdaderamente, sin Diccionario de emociones o Risaralda, Bernardo Arias sería lo que tú dices: un don nadie. He ahí la grandeza de la literatura. Iván de J. Guzmán López, Medellín.

He leído la nota sobre Arias Trujillo, ¡qué buena! Quiero contarle que con ocasión de los 75 años de la muerte de Arias Trujillo se está terminando de imprimir una bellísima edición de Risaralda en la cual he colaborado revisando textos, escogiendo fotografías y haciendo la nota de contraportada. Ferretería Electra, propiedad de sus sobrinos los Michaelis Arias, ha asumido todos esos gastos y se encuentran en negociaciones para comprarle a la curia la casa donde Arias se cuadruplicó la dosis de morfina para convertirla en un Museo. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Bello artículo a la memoria de alguien que no alcanzó a tener memoria. Esta referencia a Arias Trujillo es aplicable a millones de anónimos que han ofrendado su existencia a la intolerancia de la sociedad, nombre moderno que se ha dado a la batalla que ha emprendido la mojigatería contra librepensadores, escritores, artistas, políticos y «gente rara». Las víctimas cobradas por esta sociedad solapada, cruel y perversa llegan a una cifra imposible de tabular, solo comparable con la cuantía de actos de atropello, crimen y corrupción que aplaude, sublimiza y enorgullece. Así es la vida en nuestra sociedad colombiana y para el caso de Arias Trujillo, la manizalita. Álvaro Buitrago.

Recio carácter debió de ser este compatriota Arias Trujillo. Habla a favor de su autenticidad el hecho de haber enfrentado la más pacata y troglodita sociedad parroquial de Colombia -después de la medellinense-, la manizalita, que si lo es al máximo hoy, cómo sería hace ochenta años. Al final, esa lucha desigual le hizo pagar el precio impagable, quebrándolo en su segunda juventud, como cita el columnista. Jakemate (correo a El Espectador). 

Es importante este artículo toda vez que Arias Trujillo fue acogido literariamente mas  ignorado por la sociedad azucena que en  esas épocas ya maldecían tanto las preferencias sexuales como aberraciones y los espoleamientos de que se valían los grandes e insignes artistas y poetas para inspirarse o pasar desadvertidos en una sociedad mojigata como la que nos ha tocado sufrir. Ya Baudelaire, Gide, Wilde y acá en Colombia Llanos, Eduardo Castillo sobrellevaron en medio de sus paraísos artificiales, unos de sexo y pasión y otros de desconexión cósmica, la aberrante exclusión de la sociedad. Qué le vamos a hacer, y mientras tanto releamos Diccionario de emociones de Arias Trujillo, su Risaralda, su magistral obra Por los caminos de Sodoma y degustemos de su poesía inspirada en el eterno tabú  la canción Roby Nelson… aquel que «conocí una noche y estaba yo borracho…en  copas de champaña y sorbos de heroína…. Manueljosé Bedoya Escudero (correo a El Espectador). 

Laura Victoria, sensual y mística

viernes, 3 de diciembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Homenaje a Laura Victoria en la Academia Colombiana
de la Lengua, con motivo del centenario de su nacimiento)

Comenzando el siglo XX, en Soatá, pintoresco municipio boyacense con alma agreste y sabor de dátil, nace una poetisa, el 17 de noviembre de 1904. Caso insólito en un país destrozado por las guerras civiles que siguieron al grito de la Independencia, y herido por el morbo de la política sectaria, éste de brotar una flor delicada en medio de asperezas. Colombia era entonces territorio de rústicos caminos y limitados ensueños, con más espacio para el arado y la contienda bélica, que vocación para el cultivo del verso.

Laura Victoria llega al mundo en cuna de noble estirpe, envuelta en edredones y cortejada por voces de sirena. El prestigioso abogado Simón Peñuela, su padre, combatiente de escaramuzas en la hoya del Chicacamocha y al mismo tiempo lector apasionado de los libros de la Revolución Francesa, nunca llega a pensar que su hija será escritora. El canónigo Peñuela inculca en su sobrina el acatamiento rígido de las costumbres imperantes, que él acaudilla como pastor de la Iglesia Católica y vocero de su partido, ambigüedad propia de aquellos tiempos.

Ante los ojos de la niña se levanta un muro insuperable: de una parte está la autoridad eclesiástica de su tío, cuya voz y acción enérgica se hacen sentir en todo el departamento; y de la otra, la figura protectora de su padre, que comulga con las ideas liberales que le llegan de ultramar. Los libros que éste lee están prohibidos por la Iglesia, y su hermano, el canónigo, los censura con furiosos anatemas.

A los cinco años de edad inicia en el pueblo el estudio de las primeras letras. De diez años es matriculada en el Colegio de Hermanas Terciarias de Boavita. Dos años después es matriculada en el Colegio de la Presentación de El Cocuy. Las nieves eternas penetran en su alma con ráfagas de soledad. Apenas es una niña. Su madre, que se ha ido para Bogotá a hacerse practicar una operación quirúrgica, no ha regresado. El crecimiento de la niña, en este vagar de pueblo en pueblo y en este despertar traumático de las primeras emociones, pesará para siempre en el corazón adulto de la poetisa.

El ambiente del hogar y de la comarca trae confusión a la futura cantora del romanticismo. Cuando ella tiene capacidad de pensar, se rebela contra las convenciones y las falsedades sociales. Un día el canónigo pone el grito en el cielo cuando lee el primer verso erótico, y la llama la “loca de la familia”. Démosle la razón, ya que en aquella época la mujer era solo de la casa y le estaba prohibido expresar sus ideas.

En el pueblo se habla de la selecta biblioteca de Simón Peñuela, hombre de letras y de vasta cultura, que induce a su hija a leer los tesoros que guarda en sus archivos. Así despierta la mente de la joven hacia el hallazgo de los grandes maestros de la literatura francesa.

Por último, pasa a estudiar al Colegio de la Presentación de Tunja. Allí queda bajo la protección del canónigo, que goza de prestigio como historiador y polemista y que por sus dotes pedagógicas ha sido nombrado rector del Colegio de Boyacá. La familia Peñuela tiene señalada prestancia tanto en Boyacá como en el país. Otro hermano del religioso, el ingeniero Sotero Peñuela, ocupa el cargo de senador de la República y más tarde será ministro de Obras Públicas. Rómulo, graduado en la Sorbona de París, goza de prestigio como médico y está casado con la marquesa Sara del Castillo.

Por el lado materno, uno de los antecesores de su madre es Sebastián de Eslava, virrey de Nueva Granada, que se hizo famoso por haber causado la derrota de los ingleses en el ataque a Cartagena en 1741. A esta rama pertenece también la familia Villarreal, que contará con figuras notables, como la de Camilo Villarreal, jefe político de Soatá, y la de José María Villarreal, gobernador del departamento, ministro y diplomático.

Laura Victoria nace a la vida del verso cuando las mujeres en Colombia no hacían versos. A los 14 años escribe en Tunja su primer poema amoroso en el colegio de monjas, y esto escandaliza a sus compañeras. El siguiente poema, para sacarlas de la duda, es un acróstico dedicado a la más escéptica.

Su vida se volverá una novela. Novela apasionante, manejada por el triunfo y el fracaso, el aplauso y el olvido, la disipación y el recogimiento. Su figuración en la poesía y en la sociedad es sorprendente. Investigando estos entresijos, aparecieron para el biógrafo episodios ocultos de una fantástica leyenda de amor -que es la vida toda de la poetisa-, hitos que hay que saber buscar en su obra literaria.

Esta biografía es, además, un libro de reconocimientos. Un libro-testimonio. Escritores y personalidades que rozaron la vida de la poetisa contribuyen a marcar el perfil de los tiempos idos. Esas personas resurgen hoy para darle vivacidad a la historia. El personaje más importante para ella es su hija Beatriz -la célebre Alicia Caro del cine mejicano, protagonista estelar de La vorágine-, su compañera y confidente de todas las horas.

Luego de varios romances, aparece en su vida el ingeniero Eduardo Segura Archila, integrante de una comisión que va a trazar la carretera entre Soatá y Boavita. Tras un año de idilio, se casan. Y comienzan a llegar los hijos. Su amor por ellos se vuelve la luz cenital de su existencia, y a través de tiernos poemas maternales expresa los más puros afectos de su corazón.

Establecida la familia en Bogotá, se inicia para la soatense una larga cadena de sucesos. Su vocación literaria, hasta entonces desconocida y titubeante, encuentra en la capital del país el escenario preciso para levantar vuelo por los cielos de la poesía. En la casa silenciosa que ocupa en la carrera 13 con calle 62 comienza a relacionarse con destacadas figuras de las letras. Sus primeros versos despiertan interés en los círculos literarios, donde se habla de una revelación. Se trata de una fina entonación lírica con acento sensual, que ennoblece el sentimiento humano como nunca antes lo había hecho otra mujer, y de paso provoca una revolución en la literatura colombiana.

Ella ha descubierto el territorio libre de las emociones. Sabe que por encima de su ilustre apellido y de la censura social o eclesiástica está su derecho a ser escritora. Ese es su destino. Vino al mundo para pulsar en su lira la pasión amorosa, connatural al hombre como lo es el agua a la sed. Su corazón de fuego es receptivo a lo más sagrado que tiene el ser humano: el amor.

Despega en un escenario grande, pero debe luchar contra las críticas de la gente retrógrada, si bien son muchas las personas que aplauden su osadía y su fibra romántica. Esta mujer inesperada escandaliza con sus poemas a la pacata sociedad, por expresar el lenguaje ardiente del amor. Colombia no estaba preparada para este acontecimiento. A Laura Victoria hay que considerarla, sin duda alguna, como la abanderada de la emancipación femenina en Colombia.

La salida de su primer libro, Llamas azules, constituye en 1933 todo un suceso editorial. Libro que se agota en ocho días. Se reedita y vuelve a agotarse. El éxito es arrollador. El país se pone de pie para escuchar la palabra iluminada. Las correrías líricas se suceden unas tras otras en ciudades diversas, tanto de Colombia como del exterior. Juan Lozano y Lozano escribe en la revista Política: A la poesía femenina de la América Latina ha aportado Laura Victoria muchas notas originales: un hondo acento de pasión, una versificación fluyente y cristalina, extraordinarios acentos de expresión y una delicadeza magistral de gran dama.

La pasión que corre por sus venas viene de ella misma. Emana de la mujer, porque Dios creó el género humano con alma y sentimientos. Algunos censores despistados confunden el “divino soplo de la sangre”, de que habla Rafael Ortiz González, con la acción pecaminosa. Vuelven obsceno lo que es diáfano. En la serena capital de trescientas mil almas que es Bogotá por los días en que Laura Victoria inicia su carrera literaria, el poema En secreto repercute como una explosión en el ambiente recoleto de la urbe.

A partir de 1933 su fama vuela como un meteoro. Y recibe los aplausos más calurosos de su carrera. Es la mujer fulgurante que vive en los jardines del elogio y en los cielos de la fascinación. Eduardo Segura Archila, introvertido y suspicaz, termina hastiado de la vida huidiza de su consorte. Un día le dice que debe alejarse de los poetas y abandonar las tertulias y los recitales. Pero ella no puede renunciar a la poesía. Es su razón de ser. Las grietas del desamor comienzan a horadar la relación conyugal.

Numerosos amigos y simpatizantes surgen en sus días gloriosos. Todos quieren conocerla, tenerla cerca, obtener algún miramiento suyo. Grandes personajes de las letras, la sociedad y la política integran la nómina egregia. Se le denomina la “amada ideal” de la poesía colombiana. Guillermo Valencia declara: “En su manera de escribir no hay artificio, ni rebuscamiento, ni alarde ni falsía, ni engañosos brillo, ni tortura de formas: es el libre fluir de la vena poética”.

La cadena de triunfos termina en 1938. Este año le propina serios reveses. Representa el final de sus giras y le da fuerte viraje a su existencia. Varios golpes la derrumban: la separación conyugal, la lucha por sus hijos, la muerte de su madre, la huida a Méjico. El destino ha destrozado su gloria. El recuerdo de su marido se vuelve glacial, estremecedor. Desde el barco contempla el mar rugiente, y a lo lejos una gaviota se pierde en la inmensidad. El mar y la gaviota: dos símbolos para el poema que no ha escrito. Más tarde ese poema dibujará el estado de su alma herida por la soledad y la ventisca.

El mes de febrero de 1939, cuando desembarca en Acapulco, significa el comienzo de una nueva vida. Huyendo de su marido, llega a Méjico con un objetivo claro: proteger y educar a sus hijos. Ha logrado un puesto diplomático gracias al cual podrá subsistir. Luego se vincula al periodismo, labor a la que se dedica por más de veinte años. Cuando desea regresar a Colombia, ya no es posible. Ha echado tan hondas raíces en el suelo azteca, que no le resulta fácil alzar el vuelo. Su arraigo allí es poderoso, pero su alma gira alrededor de su tierra colombiana.

La dama refulgente, que tanto había amado con sus versos de fuego, un día se detiene cual otro Alberto Ángel Montoya y se encuentra con Cristo. Cual otra Teresa de Jesús, o Juana de la Cruz, o Francisca Josefa del Castillo, se va detrás de la vida contemplativa y se sumerge en los temas bíblicos. ¿Desde cuándo siente la vocación mística? Desde el momento en que se desencanta del mundo y sus vanidades. La “cortesana”, como ella misma se nombra en sus versos, se detiene y se va detrás del Salvador de almas. La pecadora queda embelesada cuando oye el toque de la oración, y se dice que sus caminos están desviados.

En 1963, el doctor Guillermo León Valencia, presidente de Colombia, la nombra agregada cultural en Italia, misión que se prolonga por tres años, hasta febrero de 1966, cuando regresa a Méjico. Valencia, captando la fibra mística de su amiga, sabe que llevarla a Roma es el galardón preciso que la hará sentir en el corazón de la cristiandad.

Su palabra febril recorre todos los senderos de la poesía, desde el soneto hasta el verso libre. Su obra está manejada por la armonía de la expresión y la fulguración de las metáforas, y sus cantos son aromas que excitan el deseo y fortalecen el alma. Su biografía, que hoy tengo el honor de presentar en la Academia Colombia de la Lengua, es un tratado de los sentimientos. Cuando me propuse escribirla, la primera idea que me brotó, aparte de rescatar del olvido a esta mujer admirable, fue la de incursionar en las experiencias que ofrece su vida en el plano sentimental, para extraer temas de reflexión sobre el amor.

Es una vida tan rica en sucesos, que se vuelve inabarcable. Vida que posee ingredientes de aventura y suspenso, pasión y entrega, dolor y desengaño. El amor enriquece la existencia del personaje y vuelve fascinante su obra. El amor es inevitable, porque el hombre nació para amar. Perder el amor, o degradarlo, o ajarlo, es lo mismo que envilecer la dignidad humana. “Ama y haz lo que quieras”, dijo San Agustín. Es decir, ama y engrandécete, ama y conquista el mundo, ama y encuéntrate con Dios. El amor une, el desamor destruye.

En España, Montaner y Simón le edita en 1960 el libro Cuando florece el llanto. Hermosa edición, tanto por la maestría editorial como por el contenido poético. Han pasado 22 años desde el último poemario. Ahora sus cantos son melancólicos y expresan acentos de soledad y olvido. Con Crepúsculo (1989) finaliza su obra poética. El título lo dice todo: crepúsculo es el tiempo en que el sol se oculta y comienzan a entrar las sombras de la noche.

Y es, en la vida de Laura Victoria, el período donde aumenta la tristeza con ráfagas de frío. Ya su nombre no se menciona en Colombia, y a los pontífices de las letras no se les ocurre difundirlo. Admitamos esta cruel realidad: los 65 años de ausencia de la patria han borrado sus rastros.

La Academia Colombiana de la Lengua la eligió académica correspondiente en la sesión del primero de junio de 1998, atendiendo la solicitud presentada por Dora Castellanos. Y aprovechando un viaje de Maruja Vieira a Méjico, la entidad la comisionó para hacerle entrega del respectivo título, acto que se realizó en el apartamento de la poetisa, donde su familia le celebraba los 95 años de vida.

Deseo contar cómo se llevó a cabo la escritura y edición de la biografía que sobre ella escribí, que lleva por título Laura Victoria, sensual y mística. El primer contacto que tuve con la poetisa ocurrió en 1985, por medio de una carta donde le expresaba mi admiración por su obra y la extrañeza porque su nombre se hubiera silenciado en el país.

Ella me contestó con una sentida manifestación de pesar por su lejanía de la patria y por la dificultad, casi insalvable, de su regreso, dadas las hondas raíces que ya había echado en Méjico. Añoraba su propia tierra, sus paisajes, su gente. Recordaba su época de gloria en los años 30, cuando revolucionó la literatura colombiana con su poesía erótica. Y evocaba a Soatá, nuestro pueblo.

De pronto aparecía yo como un eco lejano de Soatá y de Colombia, y esta circunstancia le produjo al mismo tiempo sorpresa y regocijo. Le entusiasmaba, por supuesto, que en mi carácter de escritor, y no obstante la diferencia de años que nos separaba, me ocupara de su nombre y de su poesía, cuando sus propios coterráneos la habían relegado al olvido y apenas quedaba un pequeño círculo de amigos que hablaban de ella de tarde en tarde.

Nada fácil resultaba escribir su biografía, tanto por la distancia con los sucesos que la llevaron a la celebridad, como por la falta de documentos o referencias que facilitaran dicho propósito. Después de leer todos sus libros y obtener datos dispersos sobre su itinerario humano, me impuse la tarea de escudriñar mayores testimonios que ampliaran mi visión sobre esta vida extraordinaria.

Como parte de la investigación, le hice un reportaje extenso, que fue publicado en un periódico bogotano. En 1988 viajé a Méjico en compañía de Astrid, mi esposa, y durante 15 días tuve con la escritora amplias tertulias sobre el objetivo que perseguía. Cuando años después le manifesté, de manera formal, que quería escribir su biografía y le pedí que me facilitara el mayor acopio posible de documentos, cartas, fotografías y recortes de prensa, accedió gustosa a mi deseo.

Terminada la obra, resaltó ante mis propios ojos el perfil cabal de la gran dama que deseaba rescatar del olvido. En este trabajo ha quedado retratada en cuerpo y alma, así lo espero, la mujer valerosa y la brillante poetisa que se fue contra las hipocresías sociales y la esclavitud femenina de su época, y que con sus poemas ardorosos estremeció el sentimiento de los colombianos y llevó en alto el nombre de Colombia por toda América.

El libro fue puesto en manos de la Academia Boyacense de Historia. Su edición quedaba sujeta a la provisión de recursos por parte del gobierno departamental. Meses después, Javier Ocampo López, presidente de la Academia, me llamó con urgencia para contarme que la noche anterior se había soñado con Laura Victoria, y que ése era un signo para apresurar la publicación de la obra.

Desde entonces la idea del libro se convirtió en una obsesión para el patrocinador y, desde luego, en dulce esperanza para el escritor resignado al calvario de las ediciones. Días después, ¡oh milagro!, el acariciado proyecto veía la luz en la editorial ABC de esta ciudad.

Y cinco meses después, Laura Victoria fallecía en Méjico, faltándole medio año para cumplir el centenario de vida. Murió con la dicha de haber saboreado, en amorosas y detenidas lecturas que le hacía su hija Beatriz, las páginas de su propia vida, forjadas con empeño y afecto por su paisano y amigo, como tributo a su mérito.  Puede decirse que Laura Victoria murió leyendo el libro que hoy se presenta en este homenaje. Homenaje entrañable a la gran poetisa de antaño, donde de paso se evocan nuestras propias raíces vernáculas y se exaltan los valores de la cultura nacional.

En el justo reconocimiento que le tributan a Laura Victoria la Academia Colombiana de la Lengua y la Academia Boyacense de Historia, nos hemos reunido este grupo de amigos de la cultura; de escritores, académicos, poetas y periodistas; de representantes de Soatá y Boyacá, para conmemorar el centenario de su nacimiento, ocurrido el día de ayer, y refrendar nuestra admiración hacia la poetisa más famosa que tuvo Colombia en los años treinta del siglo pasado. Figura ilustre de las letras nacionales, de las letras boyacenses y soatenses, cuyo nombre merece los honores de la patria.

Bogotá, 18 de noviembre de 2004.

Laura Victoria

jueves, 2 de diciembre de 2010 Comments off

(Texto elaborado para el XXX Encuentro Internacional de Escritores de Chiquinquirá, Fundación Jetón Ferro)

Por: Gustavo Páez Escobar

Laura Victoria nace en Soatá el 17 de noviembre de 1904. Al año siguiente, la familia se traslada a Bucaramanga, donde su padre se posesiona como magistrado del Tribunal Superior. Tres años después, regresan a Soatá. A los cinco años de edad, la niña inicia el estudio de las primeras letras. Los estudios secundarios los concluye en el Colegio de la Presentación de Tunja.

A los 14 años escribe su primer poema amoroso, y esto escandaliza a sus compañeras. El siguiente poema, para sacarlas de la duda, es un acróstico dedicado a la más escéptica. Laura Victoria nace a la vida del verso cuando las mujeres en Colombia no hacían versos.

En Soatá se habla de la selecta biblioteca de su padre. Es él hombre de vasta cultura. Y descubre en su hija una mente accesible a las ideas progresistas. Con esta certidumbre, le abre las puertas de la inteligencia francesa, y Laura Victoria aprende a pensar.

Ya casada, se establece en la capital del país. El primer literato en llegar a la escritora es Nicolás Bayona Posada, que goza de amplio prestigio como poeta, ensayista y crítico, y quien escribe un sugestivo artículo sobre esta poesía encantada. De inmediato el nombre de la autora salta al primer plano de la popularidad. La revista Cromos publica su poema más audaz, titulado En secreto, rebosante de fino erotismo, que sacude el alma de los enamorados y a ella le significa el ingreso a la fama.

Aún no ha cumplido los treinta años cuando aparece Llamas azules, que Rafael Maya considera “el mejor libro poético publicado por mujer alguna en Colombia”. La poetisa viaja por los escenarios de América, donde recibe calurosos aplausos de los públicos delirantes. Se trata de una fina entonación lírica con acento sensual que ennoblece el sentimiento humano, como nunca antes lo había hecho otra mujer, y de paso provoca una revolución en la literatura colombiana.

Laura Victoria ha descubierto el territorio libre de las emociones. Sabe que por encima de su ilustre apellido y de la censura social o eclesiástica está su derecho a ser escritora. La cadena de triunfos termina en 1938, año que le produce serios reveses. Representa el final de sus giras. Con Cráter sellado, publicado ese año, concluye su poesía sensorial.

En Méjico ocupa el cargo de agregada cultural de la embajada colombiana. Y se vincula al periodismo, labor que desempeña por más de veinte años. Allí escribirá el resto de su obra, compuesta por siete títulos, y su vida dará un viraje al misticismo y a los temas bíblicos, en los que se vuelve erudita.

Nunca conoce el amor ideal. Los hombres se sienten seducidos por la diosa de la poesía y la asedian con pasión. Muchos se imaginan que lo que dicen sus versos es lo que ella practica en la intimidad de su propia vida. Pasado el tiempo, un periodista le pregunta si ha encontrado el amor verdadero, y ella responde: “Desgraciadamente no. Me consagré entonces al estudio bíblico para lograr el conocimiento de Dios. Y ese amor verdadero lo encontré al fin en Cristo”.

En España se edita, en 1960, el libro Cuando florece el llanto. Ahora sus poemas son melancólicos y expresan acentos de soledad y olvido. Con Crepúsculo (1989) finaliza su obra poética.

El primer contacto que tuve con Laura Victoria ocurrió en agosto de 1985. En aquella ocasión le envié una carta a Méjico, donde residía desde su viaje de Colombia, 45 años atrás, cuando por insuperables problemas conyugales y buscando la custodia de sus hijos, se radicó en el país azteca. Allí permaneció por el resto de sus días, apenas con un receso de tres años, correspondiente a su desempeño como agregada cultural de la embajada de Colombia en Roma.

En aquella carta le expresaba mi admiración por su obra y la extrañeza porque su nombre se hubiera silenciado en el país. Ella me contestó con una sentida manifestación de pesar por su lejanía del suelo patrio y por la dificultad casi insalvable de su regreso. Añoraba su propia tierra, sus paisajes y su gente.

Desde entonces comenzó a perfilarse en mi mente el libro que 18 años después vería la luz bajo el auspicio de la Academia Boyacense de Historia, y que lleva por título Laura Victoria, sensual y mística. Es la única biografía que se ha escrito sobre la sublime cantora del amor, a quien el maestro Valencia calificó como una revelación de la poesía colombiana.

Nada fácil resultaba escribir la biografía de Laura Victoria, tanto por la distancia con los sucesos como por la falta de documentos que facilitaran dicho propósito. Luego de leer todos sus libros y obtener datos dispersos sobre su itinerario humano, me impuse la tarea de buscar mayores testimonios que ampliaran mi visión sobre su vida extraordinaria. A medida que lograba nuevos avances, comprendía que la existencia de la poetisa, por lo batalladora, ardorosa y liberada de prejuicios, era apasionante. Y descubrí que allí se escondía una verdadera novela.

Como parte de la investigación, le hice un reportaje extenso que fue publicado en un diario bogotano. En 1988 viajé a Méjico con mi esposa, y durante 15 días tuve con la escritora amplias tertulias sobre el objetivo que perseguía. Al año siguiente, ella nos visitó en compañía de su hija Beatriz –la célebre Alicia Caro del cine mejicano–. Fue esta de 1989, hace 20 años, su última visita a Colombia.

Creo que la biografía que elaboré sobre su existencia humana y poética presenta el perfil cabal de esta gran protagonista de su tiempo, que rompió los moldes obsoletos de la sociedad puritana y le abrió a la mujer horizontes de libertad. En mi libro está retratada en cuerpo y alma, así lo espero, la mujer valerosa y la brillante poetisa que se fue contra las hipocresías sociales y la esclavitud femenina, y que con sus poemas ardientes estremeció el sentimiento de los colombianos y llevó en alto el nombre de Colombia por los aires de América.

Poesía que no brote del alma no es poesía. Para escribir sobre el amor hay que vivir el amor. No hay poesía sin carne, sin sangre, sin desgarro interior. “Escribe con sangre y verás que la sangre es espíritu”, dijo Nietzsche. La expresividad de la obra erótica de Laura Victoria nace del fuego que calienta su corazón. El mundo de los sentidos se derrama en sus versos, porque ella es el calor.

Vive las emociones. Es la suya una obra de latido, de resonancia interior. Expresa los sentimientos de manera natural y los embellece con deslumbrantes metáforas. Es arrullo y cadencia y delirio. Dice Neruda: “¡Ay del poeta que no responde con su canto a los tiernos y furiosos llamados del corazón!”.

Para que el poeta se conecte con el mundo tiene que ser realista. Tiene que impregnar su obra con su llama interior. Si no la tiene, no es poeta. Hay que escribir poesía humana. El poder de la poesía consiste en traducir la realidad y volverla emoción estética.

El erotismo –metáfora y filosofía del sexo– es un pedestal de la vida y del arte. Con esa llama es posible avivar el espíritu y derrotar la tristeza. Laura Victoria, apasionada y romántica, convierte el amor erótico en el eje de sus versos. Su vida está llena de pasión y coquetería, como arma eficaz contra el hastío. En su obra crepitan los sentimientos. Por eso es poesía humana: se hizo para conmover.

Laura Victoria muere en Ciudad de Méjico, el 15 de mayo de 2004, faltándole seis meses para cumplir cien años de vida. La Academia de la Lengua, de la que era miembro, le rinde un homenaje con motivo del centenario de su nacimiento. Allí se presenta mi libro biográfico, como tributo a su memoria.

Fue la poetisa más famosa del país en los años 20 y 30 del siglo pasado. Olvidada en Colombia en los últimos tiempos debido a su estadía de 65 años en Méjico, su muerte ha hecho revaluar su nombre como una de las figuras ilustres de las letras nacionales. Orgullo para Boyacá, su comarca grande, y para Soatá, su patria chica.

Eje 21, Manizales, 17 de septiembre de 2009.
El Espectador, Bogotá, 22 de septiembre de 2009.

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Comentarios:

Qué hermosa sorpresa encontrar tu artículo sobre mamá. Hacía días estaba pensando en ti, por lo que se me ocurrió entrar a El Espectador y fui directo al mismo. Lo leí con mucha atención y emoción.  ¿Lo presentí de alguna forma? Me parece magnífico,  escrito con maestría y se siente el vínculo, la amistad, la profunda relación que hubo entre mamá y tú. Abarcas toda la vida de mi madre siempre amada, siempre viva en mí. Vas paso a paso por su vida, resaltando su poesía, su personalidad, su desarrollo literario, su vida -etapa por etapa-, al tiempo que muestras cómo y en qué circunstancias surgió a la fama; su recorrido ya triunfante por varios países y finalmente su llegada a México. Paso a paso vas resaltando sus valores como poetisa, su lucha y su fuerza ante la vida. Con gran inteligencia defines, exaltas y afirmas los valores profundos de su poesía,  y mi corazón se conmueve ante ti, Gustavo, por tu fidelidad ante la obra de mamá. Desde muy dentro, mi gratitud. Un largo y entrañable abrazo, Beatriz Segura de Martínez de Hoyos, Ciudad de Méjico, 27-IX-2009.

Fernando Soto Aparicio

jueves, 2 de diciembre de 2010 Comments off

(Palabras en el XXX Encuentro Internacional de Escritores de Chiquinquirá, Fundación Jetón Ferro)

Por: Gustavo Páez Escobar

Para hablar de Fernando Soto Aparicio tengo que retroceder al día ya lejano en que él creyó en mi literatura e hizo posible la llegada a la televisión de mi primera novela, Destinos cruzados. Novela de juventud que había escrito en el silencio recoleto de Tunja, a la edad de 17 años, y que 18 años después publicaría en el sosiego bucólico de la campiña quindiana.

Se trataba, claro, de una obra precoz, y por consiguiente inmadura, en la que el maestro encontró, sin embargo, un tema interesante movido por la espontaneidad, la fluidez y la emoción puras de la época adolescente. Elementos valiosos para realizar, como lo hizo Fernando con el brillo que le es proverbial, los libretos que la convirtieron en la primera telenovela nacional de RCN. Con mi gratitud infinita hacia el colega hasta entonces distante, desde ese día nació entre ambos la fraterna cercanía que ha unido nuestros destinos de escritores.

En Armenia, donde ocupé por largos años la gerencia de un banco, y al mismo tiempo inicié en 1971 mi carrera literaria y periodística, había leído varias de las novelas ejemplares del escritor estrella de mi tierra boyacense, cuyo prestigio traspasaba las fronteras patrias. Hoy, cuatro décadas después, me jacto en afirmar que poseo un conocimiento amplio de toda su obra, que al asimilarla con admiración y sindéresis, la he tomado como la guía y el reto procedentes de este trabajador incansable de las letras que enseña a los escritores a no detenerse en la búsqueda del arte y la belleza.

Cuartillas a toda marcha, libros en constante elaboración, artículos, ensayos y conferencias que no dan espera, asesorías universitarias, lecturas impenitentes, todo afinado por un cerebro inquieto y dirigido por la vocación imparable del artista, componen su mundo cotidiano. Apenas cumplidos los diez años de edad, Fernando inicia la escritura de  dos novelas a la vez, que guarda en secreto durante algún tiempo, y destruye más tarde, sin consulta con nadie, ante el temor de que su tierna edad no le haya permitido captar mejor su pequeño entorno.

Años después, huyendo del mundanal ruido, se interna en un monasterio abandonado y escribe, cual un ermitaño detenido en la Edad Media, una novela en dos semanas. Ese es Fernando Soto Aparicio: mente laboriosa, reflexiva, insatisfecha por conseguir el esmero literario, y que nunca ha sabido lo que es el ocio improductivo, ni se ha conformado con la mediocridad.

Para recuperar las dos obras infantiles sacrificadas en aras del rigor literario, se propuso volverse, como novelista, historiador del tiempo. Con todo, no comienza como novelista sino como poeta. A los 17 años publica Himno a la patria, y a los 20, Oración personal a Jesucristo, poemas promisorios con los que se asoma con unción al panorama nacional.

Y vendrían, con el correr del tiempo, poemarios de sublime belleza con los que consolida su patrimonio lírico. Son ellos: Diámetro del corazón, Palabras a una muchacha, Sonetos en forma de mujer, Lección de amor, Motivos para Mariángela, Las fronteras del alma, Alba de otoño. Con la música y el don de la belleza que lleva en el alma ha trabajado su producción poética. Sus cuentos y novelas poseen también altas dosis de poesía. Como orfebre de la palabra, nunca se ha conformado con las medias tintas, sino que impregna sus versos y sus prosas de emoción, contenido y melodía. Poeta total, en suma.

De verso en verso, de rigor en rigor, de libro en libro, ha coronado una de las carreras más prominentes de la poesía colombiana. Y lo ha hecho en silencio y con humildad, calibrando cada vocablo y cada frase, y dándole a la expresión el ritmo y la magia que solo consiguen los maestros de la creación estética. Sus sonetos son dechado de perfección y están a la altura de las mejores joyas de la lírica castellana.

Su vena romántica es connatural a su sentido idealista de la vida. Desde siempre comprendió que el ejercicio de vivir es, o debe ser, un acto de amor. Por eso, la mujer en su vida y en su obra es el faro que ilumina todos sus pasos. No existe poema ni libro suyo que no estén imbuidos de amor. Amor hacia la mujer y hacia todo lo noble y lo hermoso que rodea el tránsito del hombre por el planeta. La medianía está desterrada de sus códigos de escritor. En cambio, la grandeza de alma y la galanura de su pluma se elevan sobre el sinsentido de la ruda existencia.

En el campo de la novela, Fernando Soto Aparicio ha cumplido uno de los itinerarios más extensos y exitosos de la narrativa colombiana. Hace medio siglo –en 1960– publica su primera novela, Los bienaventurados. Dos años después aparece La rebelión de las ratas, que se convierte en la obra cumbre de su carrera. Apenas con 29 años de edad ya le sonreía la fama.

A partir de ese momento, su carrera vuela como un meteoro por los escenarios del aplauso. Trabajador infatigable y dueño de mente privilegiada para contar historias, sus obras se propagan en las librerías y se vuelven materia obligada en los colegios. Llega a ser el novelista más prolífico del país. Bedout, la famosa editorial de Medellín que instituye en Colombia el bolsilibro, lanza al mercado continuos tirajes que ofrecen al gran público todos los textos de esta obra en permanente ascenso.

Se decía por aquellos días que Soto Aparicio se contaba entre los dos o tres escritores que podían vivir de sus libros. Cosa insólita en este país donde el oficio de escribir, aparte de ser mirado con desdén por el Estado y la clase burguesa, nunca ha producido medios decentes de subsistencia. El escritor en Colombia es un huérfano de los gobiernos y de las editoriales.

Vino luego la piratería del libro, a cuya sombra se amasan grandes fortunas usurpadoras de los derechos de autor. Y nada se hace por exterminar esta plaga maldita que destroza las energías del “pobrecito escribidor” de que hablaba Larra. Soto Aparicio ha sido una de las mayores víctimas de este vil atropello. Pero su nombre ya se ha ganado, con creces, el beneplácito de la gente. Esto, contra el sentimiento de muchos envidiosos de las letras que no toleran el triunfo de los demás. Es la envidia una alimaña con patas invisibles que se agazapa en los predios de la literatura y carcome el mérito ajeno.

En sus novelas toma al hombre como factor esencial de su creación. En ellas se agita el llanto de las clases desvalidas que claman justicia en medio de la prepotencia de los poderosos. El trabajador de las minas, la mujer abandonada, el huérfano sin esperanza, el recolector trashumante de las cosechas, la obrera ultrajada por el patrono… son actores de la comedia humana que el novelista ha buscado redimir de la ignominia con estremecida sensibilidad.

Mostrando la miseria de los humildes, pone el dedo en la llaga de una sociedad indolente que crea injusticias y desequilibrios y pretende al mismo tiempo liderar las causas populares, como con desvergonzada prevalencia ocurre, y siempre ha ocurrido, con las clases dirigentes del país. Echemos una mirada al panorama actual de la nación para concluir que las novelas de protesta social de Fernando Soto Aparicio conservan la misma vigencia y la misma razón que tuvieron hace 40 o 50 años. Esa es Colombia, Sancho.

En sus narraciones predomina el amor como la única sustancia capaz de redimir al hombre. “El amor –lo dije hace un año al serle concedido a Fernando el Premio Aplauso, y lo reitero en esta solemne ocasión– es el impulso vital que mueve toda la obra de este escritor silencioso en su vida cotidiana, a la par que elocuente en sus libros, en sus conferencias, en sus talleres literarios y en sus artículos de prensa, que ya conquistó, para honra de Boyacá y de Colombia, los lauros de la gloria imperecedera”.

El Espectador, Bogotá, 15 de septiembre de 2009.
Eje 21, Manizales, 15 de septiembre de 2009.

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Comentarios:

Leyendo la prensa y buscando sobre elementos de la literatura encontré su columna sobre Fernando Soto Aparicio. Este autor es para mí un genio y me alegra en decirle, con toda modestia, que he leído casi el 80% de la obra de este mago de la literatura y nunca puedo olvidar sus textos, en especial cinco novelas que para mí marcaron una parte de mi vida: Los funerales de América Latina, Hermano hombre, Camilo el cura guerrillero (cómo olvidar el poema del hombre de fusil), La demonia, La cuerda loca. Le cuento que hace aproximadamente tres años, cuando aún era estudiante, realicé una ponencia sobre Soto Aparicio, la cual llamé “Fernando Soto Aparicio, un pensador poco pensado”. Mauricio Albeiro Montoya Vásquez.

Varios libros he leído del maestro: Los funerales de América Latina, La rebelión de las ratas. Y el que considero el mejor de todos: Y el hombre creó a Dios. Andrés Granada, psicólogo.

 

El arte de la brevedad

jueves, 2 de diciembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Son pocos los escritores y los periodistas que dominan la técnica de la escritura breve y comprenden que el lector de la época busca digerir los temas de un soplo, como si se tratara de infusiones milagrosas. El mundo moderno viene en píldoras. Han pasado los tiempos de la lectura reposada que conocieron nuestros abuelos, y hoy se carece de sistemas, de calma y de capacidad reflexiva para detenerse en tratados extensos. Los cien cuentos de El Decamerón (repetidos y fatigantes) resultan impotables para esta época. Bocaccio no calculó la abreviatura de los mundos por venir.

El lector de moda se ha vuelto exigente al máximo y sólo se acomoda con la síntesis. Pretende dominar el planeta al vuelo, de un vistazo, y captar en pocas palabras y sin esfuerzo mental el medio ambiente que no siempre sabe interpretar. Es un simple glotón de sucesos. Los comentaristas de periódicos, que cuentan con un público más sumiso que los autores de libros, parecen ignorar, con todo, que se trata de una adhesión superficial, y tan movediza que desaparece con la misma rapidez con que se evapora la entretención de cada día.

Escribir corto, si se quiere despertar por lo menos un inicial interés en los ojeadores de noticias, sería el primer requisito para dar el paso siguiente que es el de la amenidad, sin la que es imposible conquistar simpatizantes. Siendo la concisión y el estilo ingredientes mágicos del buen articulista, no se entiende por qué se desbordan los límites tolerables y se utilizan tonos doctorales y melindrosos que ahuyentan posibles seguidores.

El momento actual lo quiere todo compensado, rápido y ojalá instantáneo. Al público lo fatigan los libros, lo duermen las conferencias, lo aburren los discursos. Se apunta al sermón más corto y al político menos verboso y más expresivo. Un secreto para que los sacerdotes y los políticos consigan adeptos es que hablen menos. Admitamos que las ideas tienen que ser comprimidas para que sean duraderas.

Eduardo Caballero Calderón, maestro de la brevedad, nos enseña en sus libros y en sus artículos de prensa el arte de expresar más pensamientos con menos palabras. Otros, en cambio, que incurren en la frondosidad lingüística, enredan tanto la mente entre hojarasca y falsa pedrería que terminan sin decir nada. Lo bueno, si breve, dos veces bueno, dijo Gracián.

Y es que escribir corto y sustancioso (todo un ejercicio mental de disciplina, autocrítica y correcciones a granel) necesita tiempo y sacrificio. Lo largo, en cambio, es por lo general consecuencia de la improvisación y el afán. Flaubert podía tomarse una semana entera puliendo una página hasta darle la densidad deseada, y por eso su obra es inmortal. Margarita Yourcenar gastó 27 años concibiendo, madurando y reformando sus Memorias de Adriano hasta conseguir un texto maestro que es ejemplo de ajustada sabiduría. Ella les da a los escritores este consejo: “Esforzarse en lo mejor. Volver a escribir. Retocar, siquiera imperfectamente, alguna corrección”.

Luis Tejada, en nuestro medio colombiano, supo transmitir su pensamiento en mínimas y talladas frases y nos entregó notas de periódico, de aparente fugacidad, que se conservan como modelo de cátedra insuperable. Juan Rulfo alcanzó, con un solo libro que escasamente pasa de cien páginas, la gloria que otros no han logrado con veinte pesados volúmenes. Un escritor famoso de la época confesaba, ya al final de su carrera, que los libros suyos que más satisfacciones le dejaban eran los breves, pero que en los extensos había puesto sus mayores pretensiones (y puede pensarse que no sus mayores esfuerzos).

¿Por qué, entonces, se abusa de la palabra oral y escrita? ¿No se dan cuenta los escritores y los periodistas farragosos del desperdicio de papel y de la inutilidad de su producto? La velocidad del mundo contemporáneo no permite demasiado tiempo para la lectura, y quienes todavía leen pertenecen a una escasa minoría –por fortuna, minoría selecta–, mientras que el montón vive en otros planetas.

Contra todos estos obstáculos aún nos empeñamos en fabricar kilométricas obras que nadie lee. Y menos leerá mañana, en un futuro medroso que se avizora más frenético y menos diletante.

El Espectador, Bogotá, 27 de julio de 1984.
6Columnas, Santiago (Chile), octubre de 2009.