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Entre cuentos y realidades

martes, 9 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Llevaba dos años trabajando en Armenia como gerente de un banco, cuando un buen día, en mayo de 1971, intoxicado de cifras y abrumado por los ajetreos del cargo, me dio por escribir un cuento durante un fin de semana.

Todos en la ciudad me conocían como banquero, y nadie como escritor, que en realidad no lo era, si bien tenía una novela escrita de afán –y con pasión– en mi época de adolescente en la ciudad de Tunja, obra que durante 18 años mantuve escondida en mis archivos secretos. La gente de Armenia me veía como un ejecutivo eficiente que, llegado a la tierra quindiana con ánimo de servir, se había identificado con la idiosincrasia regional y gozaba por eso de general aprecio.

Pues bien: animado por un concurso de cuento que promovía el Magazín Dominical de El Espectador (en la venturosa época de los Cano Isaza), se me despertó de repente la vena de narrador que se hallaba dormida en mis intimidades. Ese fin de semana elaboré mi primer cuento durante intensas horas de esfuerzo atroz, y luego lo depuré con la máxima severidad de que fui capaz. Ya poseía, por supuesto, mayor dominio de la escritura que 18 años atrás. El lunes siguiente lo despaché por correo, a primera hora, sin darme tregua para el arrepentimiento. Una extraña premonición me indicaba que iba a tener suerte.

Tremenda alegría viví días después, cuando apareció mi cuento en el Magazín Dominical, seleccionado entre infinidad de trabajos que llegaban a esa página –la  más apetecida por los escritores– desde todos los sitios del país. Entraba así por la puerta grande de la literatura. Luego de paladeado el regocijo, sentí indecisión, por no decir que miedo, al verme señalado como cuentista ante el país entero. El triunfo me desestabilizó. ¿Qué dirían en mi banco, cuya materia prima es, como la de todos los bancos, el dinero, cuando supieran que tenían un escritor a bordo? ¿Acaso han convivido en sitio alguno las letras de cambio con las letras del espíritu?

El manejo de las cifras suele ser incompatible con el oficio literario. No es de buen recibo en la banca que el ejecutivo se dedique al mismo tiempo a las letras del espíritu, pues esto hace suponer el descuido de las letras de cambio, idea errónea en muchos casos, pero la banca es la banca, es decir, una máquina de producir billetes. Habrá excepciones, pero yo no podía saber si ese sería mi caso. Ahora bien, ¿cómo iba a renunciar a la literatura, si la sentía arraigada en mi personalidad desde siempre? Y en sentido contrario, ¿cómo iba a renunciar al banco, si de él derivaba el bienestar económico? O era banquero o era escritor, tal parecía el dilema que me había planteado mi primer cuento.

Ya en el despacho bancario, el lunes siguiente, cavilaba en semejante disyuntiva cuando entró a la oficina Alirio Gallego Valencia, prestante elemento de la intelectualidad quindiana, quien, mirándome con ojos de duda jubilosa, me lanzó esta pregunta obvia: “¿Serás tú acaso el autor del cuento publicado en El Espectador?”. Desde luego que era yo.

No quise decirle que al mismo tiempo me consideraba un mártir de la causa literaria, y recibí como premio su efusiva congratulación –que para mi caso parecía un latigazo–, con el comentario que me hizo el buen amigo de que tanto él como Euclides Jaramillo Arango, otro ilustre escritor quindiano, habían encontrado en mi trabajo un legítimo cuento.

¡Por Dios, en qué lío me había metido! De ahí en adelante comenzó a sonar mi nombre de banquero con la connotación del escritor que ya no podría dejar de serlo por el resto de mis días. Pero un escritor no puede ser autor de un solo cuento, o de un solo poema, incluso de un solo libro. Hay que demostrar mayor vuelo, y ese fue el reto que me impuse días después, ya fortalecido con la decisión irrevocable de seguir adelante en mi destino literario, sin desatender la función bancaria.

Poca gente sabe (y supongo que los directivos de mi empresa lo ignoraron) que para ser escritor y seguir siendo banquero al mismo tiempo adopté esta fórmula mágica: todos los días me levantaba a las cuatro de la mañana y me metía en mi oficina casera a leer y a escribir, hasta que llegaba la hora de enfrentarme a los rigores de las cifras.

Ya en el banco, dejaba de ser escritor durante la jornada laboral: entonces la mente solo me funcionaba para las finanzas, los sobregiros, los encajes y los mil intríngulis de esa febril actividad que tantos sofocos me produjo, y que al mismo tiempo me deparó inmensas complacencias al ver que las cifras y las metas, y sobre todo los principios éticos y morales que siempre presidieron mi desempeño, tenían cabal realización. Y, cosa prodigiosa, mi carácter de escritor, que cada vez obtenía nuevos logros y me imprimía mayor respetabilidad, se convirtió en medio para abrir nuevas puertas en el campo de los negocios.

No era fácil, por supuesto, el manejo simultáneo de los dos frentes. En mi banco me surgían por épocas tropiezos, sinsabores, envidias, intrigas, incomprensión, ¿celos?… (esa, en fin, es la condición humana), pero a la larga triunfó el escritor. Y el banquero coronó su carrera laboral, con 35 años de servicios y el justo derecho al descanso. En la vida cambiante de las empresas, es natural que sucedan estas cosas. La empresa es un monstruo, pero a veces tiene corazón. (Corrijo: la empresa no tiene corazón: lo tienen en ocasiones algunos directivos, como yo tuve la suerte de disfrutarlo, cuando no se dejan deshumanizar).

Si me hubiera detenido después de mi primer cuento en aquel lejano 1971, no contaría hoy con el tesoro inapreciable de 12 libros publicados y cerca de 1.800 artículos de prensa.

Una vez me escribió Tulio Bayer desde París, refiriéndose a esta doble carta que le gané a la vida: “Mirando bien la cosa, sos un jodido, estás avanzando muy bien en dos frentes, de los cuales uno apoya al otro. Imposible saber si detrás del gerente de hoy está un poco ahogado el escritor de siempre”.

El Espectador, Bogotá, 20 de octubre de 2008.
Eje 21, Manizales, 20 de octubre de 2008.

* * *

Comentarios:

Me has hecho soltar una que otra lagrimilla al compás de la lectura. Yo escribí mi primer cuento a los tiernos ocho años, la primera novela a los doce y la segunda a los quince. Todas ellas en los cuadernos de aritmética, historia, álgebra, física… Fui a la universidad (donde me taré bastante en el sentido creativo), pero luego, en mi vida laboral (ya completé treinta y cinco años) escribía o me daba cuenta… Cómo hiciste revivir mi enorme incertidumbre con tu artículo, ¡bellísimo!, por cierto, pero a pesar de que tú sí lograste concluir, yo aún sigo esperando el día en que “no tenga que robarle tiempo a la vida” para escribir. Marta Nalús, Bogotá.

¡Qué historia tan bien contada! Y así hay quien se atreve a decir que los banqueros no tienen alma! Orlando Cadavid Correa, Medellín.

Tu nota me hizo recordar el cordial almuerzo que nos ofreciste con motivo de la presencia de Alfredo Arango en Colombia y en el que tuviste a bien relatarnos tu iniciación en las letras. Guillermo El Mago, Bogotá.

Excelente capítulo de su fascinante biografía de intelectual banquero, combinación singularísima que sólo a un mago alquimista le puede haber sido dado hacer. José Trino Campos, Bogotá.

Grata tu columna sobre tus comienzos de escritor y tu trabajo bancario. Menos mal que el banquero fue recompensado y que, finalmente, el escritor se salvó. Hernando García Mejía, Medellín.

Esta historia de tu primer cuento es también un cuento en sí mismo. Alfredo Arango, Miami.

Qué maravilla de lectura. Me sacó sonrisas y miradas a mi propio pasado de observadora del escritor que es mi esposo y que, como tú, se ha visto obligado a desempeñar otros oficios para procurar el sustento del hogar. Tienes mucha razón en que el escritor no para en un solo trabajo, aunque uno de los poetas malditos paró su obra a los 19 años. Colombia Páez, Miami.

Muy buen artículo. Una de las frases que me llamaron la atención es la de que “la empresa no tiene corazón: lo tienen en ocasiones algunos directivos, como yo tuve la suerte de disfrutarlo, cuando no se dejan deshumanizar”. Mauricio Borja Ávila (alto ejecutivo del Banco Popular), Bogotá.

Me acordé de todo lo que tuvo que hacer mi papá para mantenerse en el banco siendo escritor, ante la mirada envidiosa de algunas personas. Fue toda una maravilla, pues antes que escritor y banquero existía un ser sensible que supo debatirse ante estos dos frentes. Fabiola Páez Silva, Bogotá.

El señor Alfredo Arango, igual que yo, coincidimos en que la historia de tu primer cuento es otro cuento de verdad, y mira a dónde te ha llevado ese primer intento. El que sabe, sabe… Inés Blanco, Bogotá.

Memoria de viejos escritores caldenses

viernes, 5 de noviembre de 2010 Comments off

Carta abierta al poeta de Anserma

Por: Gustavo Páez Escobar

Augusto León: leí la sabrosa crónica que publicas en Eje 21 sobre la irrupción hace 50 años de los poetas nadaístas en Manizales, en los inicios de su organización (o desorganización, dirían ellos) como grupo rebelde dentro de las letras colombianas.

Asimismo, el interesante cruce de correos que has tenido con Eduardo Escobar, de los que me has hecho partícipe. En ambos casos salen a la palestra insignes figuras literarias de tu Manizales del alma, amigos que tuve la suerte de tratar durante mi larga y jugosa estadía en Armenia, en una doble posición, reñida y por lo general incompatible: la de gerente de banco y hombre de letras. Es difícil –casi una proeza– que las letras del espíritu armonicen con las letras de cambio. En mi caso, como te consta, tuve suerte en ambos frentes. Me conoces ahora jubilado de la banca y prendiéndoles luces a los diablejos del espíritu, para manejar una senectud bien iluminada.

Mi vinculación por aquellas calendas como columnista de La Patria, de la que fuiste director eminente, me permitió conocerte de cerca, tomarnos unos buenos alcoholes por los caminos del Gran Caldas, torear a los dioses del parnaso y estrechar –lo más importante– una amistad que se ha mantenido incólume a lo largo de los años.

Recuerdo una grata tertulia contigo y con Hernando Salazar Patiño, por aquellos días director del suplemento literario de La Paria: el irreverente Hernando de siempre, a quien me encontré el año pasado en la Feria del Libro, embestido por una serie de infartos cardíacos, de los que se reía, quisquilloso y rebelde, y por otra parte autor de dos libros críticos y muy bien escritos: Herejías y Manizales bajo el volcán (entre otros). Este último fue presentado en Bogotá, en el Club Caldas, por Fernando Londoño Hoyos. Allí estuve.

Cuando publiqué en Armenia mi primera novela, Destinos cruzados, Iván Cocherín escribió en La Patria una nota elogiosa, que me sorprendió y me asustó. Días después mordió mi vanidad con una halagadora venta del libro. Yo seguí sus instrucciones al pie de la letra: empaqué los primeros 23 ejemplares (no me cupieron más en la caja) a nombre de la persona que él me indicó, residente en Bogotá; formulé una cuenta de cobro con generoso descuento, como me había sugerido para hacer más atractivo el negocio; hice el despacho por Velotax, y quedé a la espera del giro que debía recibir, sin falta, en un par de semanas. Dos meses después, mi vendedor estrella no había vuelto a tomarse su café acostumbrado en mi oficina, ni había vuelto a llamarme, razones suficientes para darme por notificado del ingenioso “robo literario”.

En esos días supe por alguien que ese era el sistema con que Cocherín se hacía presente ante los escritores primíparos, quizá para dejarles un recuerdo imperecedero, como sucedió en mi caso. Ante tamaña realidad, afilé la espuela y le envié a La Patria este telegrama con visos de seriedad: “23 destinos fugitivos punto Apremiado salúdolo, Gustavo Páez”. Su respuesta fue inmediata y contundente: “Semana entrante esa punto Nunca creí banqueros apremiáranse punto Saludos, Cocherín”. Ni a la semana siguiente, ni en semana alguna posterior, el novelista de Barbacoa volvió a asomar su respetable nariz por mi recinto de las cifras ajenas, donde se ofrecía muy buen tinto y se brindaba amplia amistad.

Volví a verlo, tiempo después, cuando me condecoraron en Calarcá con la medalla Eduardo Arias Suárez. Se presentó de repente al escenario y pronunció, por fuera de programa, una solemne oración animada por las copas de aguardiente que llevaba entre pecho y espalda, discurso emotivo –¡para mí, pichón de escritor!– donde me calificó, con mis Destinos cruzados que se cargó el viento, como una “revelación literaria”.

¡Ojalá Dios te hubiera escuchado, Cocherín! Cuando quise llegar hasta ti para darte las gracias por tu proclamación jubilosa y gozar con tu exquisita picardía, ya te habías esfumado, como un fantasma, de la sala cultural. Nunca más volví a verte. Pero siempre te he recordado con simpatía, créeme. Incluso con agradecimiento, por haberme abierto los ojos ante las mentiras de la literatura. Te fuiste debiéndome no unos libros efímeros, sino el aguardiente que me habías prometido para el segundo despacho…

Me produce mucha gracia la descripción que presenta Eduardo Escobar sobre Ebel Botero. Yo conocí a Ebel en Armenia, cuando él era profesor de la Universidad del Quindío. Nos hicimos buenos amigos alrededor de la literatura, por la época en que los escritores de la región teníamos nuestra cosecha de libros en Quingráficas, editorial de gratísima recordación. ¿Te acuerdas, Augusto León?

Ebel Botero, apabullado por su sodomía traumática, me contó que iba a superar su dolorosa condición mediante una novela que había escrito sobre el homosexualismo y que ya había entregado a Javier Londoño, el propietario de Quingráficas. Pensaba que al ventilar su caso por ese medio superaría su trauma, que no lo dejaba vivir en paz. Días después me dijo, más perturbado que antes, que había ido a Quingráficas a recoger la obra, que ya estaba impresa, y allí mismo, luego de pagar el saldo pendiente, la había incinerado sin salvar un solo ejemplar, por considerar que Colombia no estaba preparada en esos momentos para sacar a los homosexuales del clóset. Con su novela, me confesó, crecería su angustia.

Se fue para Medellín y tiempo después publicó Homofilia y homofobia, texto con fondo científico. Y se me perdió de vista. Pregunté por él a mucha gente, y nadie me daba razón. Hace poco descubrí en la internet que se había tomado un veneno en el hotel donde residía. Un amigo que llegó en ese momento lo encontró boqueando y logró prestarle ayuda. No murió de inmediato, sino seis meses después, en Manizales –donde residía el hermano suyo sacerdote–, de una hepatitis causada por el envenenamiento. Una vida desventurada y trágica. Brillante crítico literario que tuvo gran desempeño en el Magazín Dominical de El Espectador durante una época extensa, y que terminó destrozado por las garras de su angustia existencial.

Inyéctale ánimos a Omar Morales Benítez para que publique cuanto antes –y sin esperar el patrocinador que nunca llega– el valioso libro de cuentos que tiene maduro desde hace varios años. Omar tuvo la gentileza de hacérmelo conocer. Yo le expresé mi modesta opinión favorable, y le presenté esta disyuntiva: o lo publicas, o lo dejas inédito para que se lo coman las ratas. ¿Y Beatriz Zuluaga, su esposa? Gran poetisa, que se ha detenido en su producción y que requiere un empujón tuyo. ¿Y tú? ¿Cuántas veces te he dicho que nos has dejado con las ganas de seguir degustando tu fina poesía erótica?

Otras caras amigas de la nómina manizaleña que citas, con las que compartí afanes intelectuales y que han desaparecido de la escena en medio de la adversidad, son: Mario Escobar Ortiz, notable columnista de La Patria, y además pintor, muerto en una madrugada bohemia, aplastado por un vehículo; Jorge Santander Arias, gran pensador y maestro del idioma, consumido por un cáncer; Rodrigo Ramírez Cardona, el famoso “Gaspar”, que “se nos murió de soledad”, según dices. Él me brindó gran estímulo para mis primeros cuentos desde su columna Laberinto, de La Patria. Aquí tengo a la mano su voz ya lejana: “Páez parece confesar, según sus cuentos, el concepto de que el hombre asiste a una realidad trunca, en falencia; una realidad incompleta como un muñón, lo que excluye, de suyo, el final feliz”.

Sobre tu primo William Ramírez Tobón, connotado politólogo, hablamos en nuestra última tertulia con Jorge Mario Eastman. Con él les abriste las puertas de Manizales, hace medio siglo, a Gonzalo Arango, Jotamario Arbeláez, Eduardo Escobar y su gente, que escandalizaron a la ortodoxa y sacrosanta escuela de los grecolatinos: Fernando Londoño, Gilberto Alzate Avendaño, Silvio Villegas, Bernardo Arias Trujillo…

Bien está que hagas esta evocación como una constancia de fidelidad al movimiento nadaísta en sus 50 años de vida. Y que recuerdes, además, las entusiastas conferencias pronunciadas en honor del grupo insurgente por el futuro vicepresidente de Colombia, Humberto de la Calle Lombana. ¡Loor para todos!

En fin, poeta ilustre Augusto León Restrepo: tu memoria nadaísta me ha dado ocasión para volver sobre mis pasos por el Gran Caldas, cuando la vida era amable y veíamos sonreír a la luna. Y me has dado motivo para acordarme de los vivos y los muertos. ¿Cuándo almorzamos?

Eje 21, Manizales, 22 de septiembre de 2008.
El Espectador, Bogotá, septiembre de 2008. (Se le cambió el título: Carta abierta al poeta de Anserma).

* * *

Me alegra que el artículo te hubiera dado la oportunidad de añorar esa tierra, que fue y es tuya, y el valioso aporte que le diste en las letras literarias y en las letras de los pagarés y cambiarias. En ambas ramas, fui testigo, contribuiste al reconocimiento cultural y financiero, especialmente del Quindío. Augusto León Restrepo, Bogotá.

Muy bella. Pensaba si en Manizales abundaba tanto la inteligencia, o se notaba mucho en la pequeña aldea de entonces. Mis amigos todavía se asustan cuando les digo que en los sesenta la mejor página de opinión la tenía La Patria. Un montón de señores mucho más viejos que nosotros, godos, pero algunos proustianos, cultos y con unas prosas muy inteligentes las más de las veces. Recuerdo también esa tristeza del diablo que andaba junto a Fernando Mejía y Mejía. Y que a Baudilio Montoya me lo presentaron como diez mil veces, como una figura de museo, que nunca se acordaba de haberme visto. Eduardo Escobar (nadaísta), San Francisco (Cundinamarca).

Tu recordación aparece tan vívida con el ropaje de tu castiza prosa, que hasta yo (¡ay de mí!) siento nostalgia de lo vivido por ti. Iván de J. Guzmán López, Medellín.

Excelente recordatorio. A muchos de los caldenses los leía yo en La Patria, que compraba en una esquina exclusiva de Bogotá donde llegaba con interrupciones. Haber vivido 38 años en la capital me privó de estar más cerca de la cruzada literaria de los caldenses, que agrupaba a los de Pereira y Armenia. Además, me picaba el gusanillo de la política y aquellos menesteres poéticos estaban lejos, excepto cuando Otto me actualizaba en las tertulias de Oma, en la calle 82, con alguna noticia de la comarca. Jaime Lopera Gutiérrez, Armenia.

Ese era Cocherín, de quien también fui su amigo y su blanco. Carlos Arboleda González, Manizales.

Me hiciste sentir como si te estuviera escuchando en una grata tertulia. ¡Qué interesantes todos tus comentarios! Desde los trágicos hasta los picarescos, como el ingenioso robo de tus 23 ejemplares, como para abrir bien los ojos. Sigue produciendo y participándonos de esa riqueza a tus amigos, no pares nunca porque se acabaría un filón de los que quedan pocos en la literatura. Mercedes Medina, Bogotá.

Premio Aplauso a Fernando Soto Aparicio

jueves, 4 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Juan Goytisolo dejó en su libro “Cuaderno de Sarajevo” (El País/Aguilar, 1993) un testimonio estremecedor sobre la devastación de la capital de Bosnia-Herzegovina por parte de las fuerzas comandadas por Radovan Karadzic, líder de la entidad territorial llamada Republika Srpska, quien por esos hechos pasaría a la historia con el mote de “carnicero de Sarajevo”.

Desintegrada la República Federal de Yugoslavia a partir de 1991, el flagelo de la guerra ha cubierto de sangre la península balcánica y sembrado el terror entre los habitantes. Al proclamar su independencia los nuevos Estados que surgieron de la desmembración de Yugoslavia, vino el enfrentamiento con Serbia, la cual, por tener importantes sectores de población en la mayoría de las regiones yugoslavas, buscaba su predominio en toda la península.

Esta situación se tornó más dramática en Bosnia-Herzegovina debido al choque religioso, y desencadenaría las acciones bélicas de Karadzic animadas por el  propósito de exterminio de los musulmanes. El principal objetivo: Sarajevo, la capital, una ciudad de más de medio millón de habitantes, donde se iniciaron intensos combates en abril de 1992.

Juan Goytisolo se hizo presente en dicha ciudad como corresponsal de prensa y allí se encontró con la escritora neoyorquina y directora de teatro Susan Sontag, gran defensora de los derechos humanos, empeñada en montar en Sarajevo –como en efecto lo hizo, en un teatro bombardeado y a la luz de las velas– la tragicomedia “Esperando a Godot”.

La limpieza étnica adelantada por Karadzic y sus secuaces representó, durante los 43 meses que permaneció sitiada Sarajevo, una de las masacres más sangrientas ejecutadas en Europa después de finalizada la Segunda Guerra Mundial. En esta operación perdieron la vida 12.000 personas y se vivieron los peores extremos de la ferocidad humana: violaciones masivas, torturas, campos de concentración, hambre, desalojos y otros crímenes de lesa humanidad.

El “Cuaderno de Sarajevo” describe, con patético realismo, los cuadros cotidianos de una población sometida por la crueldad demencial del tirano y expuesta a todo momento a perder la vida en medio de los bombardeos incesantes y los más salvajes sistemas de destrucción, que hicieron revivir la época de Hitler. La ciudad quedó convertida en un espacio humeante, tétrico, lleno de muertos y de heridos, sin agua,  luz ni gas y con ausencia absoluta de cualquier clase de protección.

Por todas partes saltaban las vísceras, las cabezas, las piernas y los brazos cercenados y se escuchaban los gemidos infinitos de la gente que agonizaba bajo la bota militar de un monstruo suelto, insaciable en su fanatismo religioso y en su instinto demoledor, que buscaba no dejar piedra sobre piedra, acaso para sentirse más déspota y más perverso. Se vieron escenas dantescas como la de aplastar a los niños bajo las orugas de los tanques, para causar mayor pánico en la población civil.

Edificios enteros se habían venido al suelo, y los que permanecían en pie estaban perforados por las descargas de los bombardeos y mostraban una decadencia de años, como si la ciudad se hubiera envejecido en contados minutos. Los tranvías, los buses y los automóviles yacían calcinados en plazas, calles y avenidas, mientras los osados habitantes que transportaban en bidones el agua escasa existente en algún sitio remoto, hacían verdaderas acrobacias para circular por entre los escombros y protegerse de las lluvias de proyectiles, que podrían dejarlos quietos a cualquier momento y en cualquier lugar.

Los postes del alumbrado público se habían doblado como en una oración conjunta que imploraba piedad para una ciudad devastada y huérfana. De algunos cables brotaban aisladas chispas eléctricas como constancia de una tecnología agonizante que duraría años en volver a restablecerse. Sarajevo era un mapa de ruina y desolación. Era una ciudad fantasma, cadavérica, pisoteada por la insania de una de esas bestias apocalípticas de las que el mundo no podrá librarse jamás.

¿Qué solución podían dar los hospitales, sin agua y sin luz y carentes de sitio para atender a miles de enfermos moribundos? ¿De dónde saldrían los médicos y las enfermeras en número suficiente para manejar semejante calamidad? En los centros de salud, lo mismo que en las funerarias, los cadáveres iban copando todos los espacios y luego se amontonaban en las aceras.

La saña de los fundamentalistas panserbios no respetaba siquiera el transporte de los muertos al cementerio, pues convertían los desfiles fúnebres en blanco fácil de las balas y cobraban de esa manera nuevas vidas humanas. Por lo tanto, estos actos tenían que hacerse bajo las sombras de la tarde o de la noche, y ni aun así podía confiarse en la supervivencia. No solo en Sarajevo, sino en toda la geografía de Bosnia, los habitantes tuvieron que vivir en físicas ratoneras humanas y rodeados de angustia y precariedad, huecos que perforaban por todas partes para lograr proteger la vida.

Este capítulo de Bosnia entraña un drama pavoroso para la humanidad. Fue un pueblo que se quedó solo y se desangró ante los ojos del mundo entero. Fueron ineficaces las medidas de la ONU, de Estados Unidos y de los países europeos. El tirano actuó a sus anchas, como si estuviera en el solar de su casa. Y luego desapareció.

Doce años después de cometido uno de los mayores genocidios de la humanidad, acaban de encontrarlo en Belgrado, capital de Serbia, país que gobernó como amo omnipotente. Estaba camuflado bajo la apariencia bonachona de un monje de barba blanca y figura inofensiva, que fingía ser un médico alternativo. Salía a la calle, viajaba en bus, hablaba con los vecinos, y nadie se había percatado de que se trataba de Karadzic. ¡Ni siquiera la policía secreta!, que a la postre lo capturó.

Impune, gozaba de la aparente vida pacífica de sus 63 años de edad, bajo la sombra protectora del imperio destructor del que se fugó cuando se sintió perdido. ¿Por qué no había sido descubierto? Es la pregunta obvia que aflora en la opinión mundial. Ahora falta que se localice al general Ratko Mladic, su mano derecha en estas atrocidades –el “carnicero de Srebrenica”, donde fueron asesinados bajo su mando cerca de 8.000 musulmanes en 1995–.

Dos carniceros del género humano, que merecen un castigo ejemplar. Y que aprendan la lección los gobernantes sanguinarios del mundo. Más aún: todos los gobernantes que atropellan los derechos humanos.

El Espectador, Bogotá, 28 de julio de 2008.

* * *

Comentarios:

Excelente columna. Goytisolo junto con Jean-Luc Godard hacen una excelente visión en el documental de este último, “Nuestra música”. Camilo Perozzo R., Bogotá.

Excelente tu artículo sobre el monstruo de Sarajevo. Jorge Mario Eastman, Bogotá.

Conmovedora tu columna acerca de la carnicería de Sarajevo y estos villanos que, como tantos otros, arruinan la condición humana con sus peores armas. ¡Qué horror! ¿Hombres o monstruos? Inés Blanco, Bogotá.

Impresionante la crónica de Sarajevo. El Carnicero las pagará. Me pareció increíble que posteriormente aparecieran simpatizantes en su patria tan vejada. Luis Eduardo Gallego Valencia, Bogotá.

Las guerras de Oriana Fallaci

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Comenzando la adolescencia, Oriana Fallaci conoció la guerra. Esto sucedía en el régimen fascista de Mussolini. Su padre, activo combatiente de la resistencia contra el nazismo, influyó en el pensamiento de la joven bajo los postulados de la libertad. Oriana se vinculó al movimiento armado que luchaba contra la ocupación nazi en Toscana, su región natal. De ahí en adelante su vida estuvo marcada por la guerra.

A los 17 años se inició en el diario Corriere della Sera, donde escribió innumerables artículos a lo largo de su vida. Como corresponsal de guerra estuvo presente en grandes conflagraciones, como la guerra del Vietnam en los años 60 y la del Golfo Pérsico en los 90. En 1968, cuando adelantaba su labor de prensa dentro del conflicto estudiantil que se cumplía en la Plaza de las Tres Culturas de Méjico, fue herida de gravedad y tuvo que abandonar el trabajo durante varios meses.

Cubriendo los sucesos bélicos en numerosos lugares del planeta, se acrecentó su sensibilidad hacia todo lo que significara tortura y oprobio para el hombre. Los actos de tiranía los censuraba con su palabra encendida, virulenta a veces, en la que no cabían términos medios para condenar la maldad y reclamar la justicia. Oriana Fallaci no transigía frente a sus principios. Con esa bandera se hizo conocer en el mundo y temer de los poderosos.

Disparó sus mayores dardos contra los gobernantes transgresores de los derechos humanos. Se volvió maestra del reportaje, desempeñado con altura y mordacidad crítica. Con esta facultad llegó a grandes líderes del mundo, que sabían de antemano que la reportera no tenía inhibición para formular preguntas desenfadadas y audaces, que solían poner en calzas prietas a los entrevistados, o dicho de otro modo, ponerlos contra la pared.

En Entrevista con la historia, publicado en 1974, recoge reportajes realizados a gente célebre, como Henry Kissinger, Golda Meir, el ayatola Jomeini, el sha de Persia, Gadafi, Yacer Arafat, Indira Gandhi, Mao Tse Tung, Federico Fellini, Robert Kennedy, entre otros. Al ayatola Jomeini lo tildó de tirano y en señal de protesta, que también era irrespeto y provocación, se quitó el chador (velo que cubre la cabeza), con el qque había sido obligada a realizar la entrevista. Kissinger, fustigado con las preguntas, manifestó después del reportaje: “Jamás entenderé por qué acepté”.

Con la siguiente frase, alguien dibuja la actitud crítica de la reportera: “Las preguntas de Oriana eran arañazos en el rostro de la mentira para descubrir la verdad”. Su posición incisiva y beligerante le acarreó oprobios y enemistades, y al mismo tiempo le hizo ganar alto prestigio mundial. Un analista la califica como “guerrillera del mejor periodismo del siglo XX, casi siempre frente al poder”.

Libró encarnizado combate contra el fundamentalismo islámico, con motivo de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. A raíz de sus críticas implacables contra ese movimiento, recibió agravios y fue involucrada en procesos judiciales. Pero nunca se intimidó ni dejó de decir su verdad.

En sus libros La rabia y el orgullo (2002) y La fuerza de la razón (2004) arremete contra el radicalismo islámico, considerado por ella el mayor peligro para la paz del planeta. En el primer libro analiza la intención del Islam de quebrar el equilibrio de Europa para luego dominar el mundo. Y denuncia un proceso de islamización de Occidente, temor que le hizo crear el término Eurabia, con el cual llama la atención a las democracias del mundo a fin de que sus dirigentes, sobre todo los de las grandes potencias, adopten políticas eficaces para frenar la ola de violencia que se vive desde el atentado a las Torres Gemelas. En el libro Oriana Fallaci entrevista a Oriana Fallaci, editado en agosto de 2004, que es su último reportaje, hace serias advertencias sobre el “cáncer moral que devora a Occidente”.

Durante años fue la periodista más amada y odiada del mundo. Su estilo fogoso y sus escritos polémicos provocaron reacciones encontradas. Pero ganó la periodista de garra, la valiente reportera, la escritora de prestigio, que por encima de todo defendía la dignidad del ser humano y combatía el despotismo. Sus obras fueron traducidas en numerosos países y tuvieron ventas formidables.

La guerra fue un fantasma que la persiguió hasta el último momento. Siempre estuvo en plan de combate. Su última guerra fue contra “El otro” (como denominaba al cáncer). Descubierta la enfermedad en 1991, la manejó con amplias dosis de filosofía por espacio de quince años. Manifestaba que no le tenía miedo a la muerte, pero que no podía evitar “una cierta sensación de melancolía. Me desagrada morir, sí, porque la vida es bella, incluso cuando es fea”.

Al presentir que llegaba su hora final,  en forma discreta se trasladó de Nueva York a Florencia, su solar nativo, donde buscó y encontró el descanso eterno. Murió con la  bandera en alto y satisfecha de sus convicciones. Vivió la guerra y la escribió para la historia. En Carta a un niño que no nació (1975) existe un párrafo de impacto que pinta la descomposición humana que ella trató de remediar:

“En cualquier sistema que nazcas, bajo cualquier ideología, siempre hay un fulano que limpia la alfombra de otro, hay siempre una niña humillada por un deseo de bombones. Nunca encontrarás un sistema, una ideología, que pueda cambiar el corazón de los hombres y borrar de él la maldad”.

El Espectador, Bogotá, 25 de septiembre de 2005.

 * * *

Comentarios:

Desaparece así la encarnación de la rebeldía romántica e inteligente, de la cual deberían aprender los actuales periodistas nacionales, salvo contadas excepciones. Jairo Fernando Castillo González.

Lo que tal vez Oriana supo y no contó fue que el sistema sin amor no era vida, así la ideología y los fulanos que limpien alfombras o las niñas que se humillaron por los bombones no lo conocieran. Pero al conocerlo y vivirlo se encuentra el verdadero sistema de vida. Muy buen artículo. Juan Carlos Campuzano, Bogotá.

La estrella trágica de García Lorca

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace setenta años fue asesinado Federico García Lorca. Su renombre, lejos de opacarse, como suele ocurrir, se ha intensificado con el correr del tiempo. Nació el 5 de junio de 1898 en Fuente Vaqueros y murió en la madrugada del 19 de agosto de 1936 en un barranco de Víznar, en las afueras de Granada, frente a un pelotón de fusilamiento. Aquel barranco pasó a convertirse en símbolo de la infamia y en lugar siniestro para las letras. Hoy existe allí un parque en memoria de las víctimas de la Guerra Civil Española.

La orden de ejecutar al poeta la impartió el general Gonzalo Queipo del Llano, uno de los principales lugartenientes de Franco y organizador del movimiento militar en Sevilla. Queipo hizo por la radio esta declaración escalofriante: “Por cada  uno de los nuestros que muera, yo fusilaré por lo menos diez. Los sacaré de bajo tierra, si es preciso, y si ya están muertos, los volveré a matar”. Palabras atroces que pintan el ambiente de terror que se vivía en aquellos días.

A García Lorca, el poeta más popular de España, se le calificaba de comunista, sin serlo, y con ese rótulo quedó en la mira de las armas insurgentes. El hecho de pertenecer a la izquierda, respaldar el Frente Popular y ser amigo cercano de Fernando de los Ríos, diputado socialista por Granada, eran razones de peso para declararlo objetivo militar.

No era militante político, como Miguel Hernández, Rafael Alberti o Antonio Machado, sino revolucionario en la literatura. Defendía a los marginados, y de este modo representaba con su voz clamorosa a quienes vivían situaciones de miseria e injusticia social. Su poesía y piezas teatrales agitaban el sentimiento popular. Por aquellos días estaban en boga el Poema del cante jondo, Romancero gitano, Bodas de sangre y Yerma, obras de hondo contenido dramático que repercutían en todo el ámbito nacional. Sus audaces metáforas producían llamaradas.

En 1935 escribió su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, dedicado al valiente torero, muy amigo suyo, que murió como consecuencia de una cornada en la plaza de Manzanares. Elegía de impresionante belleza trágica. Con La casa de Bernarda Alba, publicada poco antes de su muerte, y con la que llega a la cumbre de su fuerza lírica, concluye su carrera. Para qué dudarlo: la identidad de García Lorca con el alma colectiva fue la causa de su desgracia.

Sus encarnizados enemigos carecían de capacidad, y por lo tanto de sensibilidad, para apreciar el arte plasmado en aquellas producciones magistrales. Les sobraba, en cambio, ferocidad para embestir contra la libertad de expresión y contra el mundo de los escritores. Sobre todo, contra los escritores de la Generación del 27, que huyeron de España después del asesinato del poeta.

Como García Lorca percibía en el aire negros nubarrones, se trasladó de Madrid a Granada a fin de protegerse contra las agresiones. “Soy amigo de todos –declaró– y lo único que deseo es que todo el mundo trabaje y coma. Me voy a mi pueblo para apartarme de la lucha de las banderías y las salvajadas”. Pero en su pueblo encontró el aire envenado.

El 20 de julio fue cercado por los insurgentes y amenazado de muerte. Buscó asilo en la casa del poeta Luis Rosales, y esperó lo peor. El 16 de agosto, un pelotón militar lo sacó de su refugio y lo entregó a los rebeldes, quienes le formularon el cargo de ser “rojo y maricón”. El poeta se acordaría entonces de las ofertas de asilo político recibidas de Colombia y de Méjico, ocasión en que pronunció esta frase precursora de su destino implacable: “Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo”.

Bajo las sombras del amanecer fue trasladado, junto con un maestro de escuela y dos jóvenes anarquistas, en un camión que los condujo al barranco de Víznar. Minutos después, los ecos de la fusilería erizaban la piel de España. El mundo entero se horrorizó. Se dice que a García Lorca, que no murió de los primeros disparos, lo remataron de un pistoletazo en la nuca. Y enterraron los restos en fosa común de la que no han sido rescatados en los setenta años siguientes a la tragedia, la que parece sacada de sus obras de teatro.

El paraje se volvió inmenso cementerio, donde quedaron sepultados 3.000 cadáveres. García Lorca, en frase premonitoria pronunciada en 1921, había dibujado su destino final: “Mi corazón reposa junto a la fuente fría”. Alegoría de poeta. Con el estallido de la guerra, se iniciaba la era de Franco, que hundiría a España, durante cuatro décadas, en una noche oscurantista. Son diversas las conjeturas que corren desde entonces en torno a su muerte inicua, y todas coinciden en que fue asesinado por el movimiento de Franco, que tuvo su origen durante la Guerra Civil de 1936-1939. Estos tres años ensangrentaron a España.

El asesinato fue premeditado, no cabe duda, pero no todas las versiones dan como causa el hecho político. Hace muchos años se dijo que entre los guardianes que lo condujeron al suplicio se encontraban parientes suyos que pasaron a ser sus homicidas. También se adujo la condición homosexual: era preciso borrarlo de la sociedad, como se limpia una mancha. En aquella sociedad manejada por normas farisaicas, la sodomía significaba deshonra pública. Otros argumentaron el crimen político, pero con la adición de rivalidades familiares movidas por intereses económicos.

Ahora, en julio pasado, se presentó en Buenos Aires un film dirigido por Emilio Ruiz Borrachina en el que se sostiene, con fundamento en pruebas que se anuncian evidentes, que el crimen fue instigado por primos de la rama Roldán, que consiguieron el rápido fusilamiento. Entre ambas familias, según dicho documental, existían viejas rencillas por la posesión de tierras, lo que degeneró en conflicto insuperable. Agrega esa fuente que la situación se agravó con La casa de Bernarda Alba, que atizó el fuego de los resquemores.

Sea como fuere, el misterio rodea la muerte de García Lorca, ocurrida a sus 38 años de edad. Enigma hasta ahora inextricable, que acrecienta el mito del escritor eliminado en su propia tierra por el terrorismo demencial. Poeta grande entre los grandes, de España y del mundo. Se mató al hombre, pero se salvó la poesía.

El Espectador, Bogotá, 4 de septiembre de 2006.
Revista Aristos Internacional, n.° 20, España, junio de 2019.

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Comentarios:

Gracias por este artículo tan maravilloso e ilustrativo. Por fin alguien se acordó de la fecha de su muerte y le dedica unas letras. Llama la atención que al director de las Lecturas de Fin de Semana de El Tiempo, el señor Roberto Posada García Peña, su universal sabiduría e inteligencia no le alcanzó para referirse a este ilustre poeta. ¿Será porque lo catalogaban de maricón? Óscar Rojas M.

Magnífica síntesis de la existencia y muerte de García Lorca, el nunca bien ponderado poeta español que pervive por sobre el tiempo y el olvido. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.