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Álvarez Gardeazábal: literatura y política

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El crítico norteamericano Jonathan Tittler, experto en literatura hispanoamericana y profundo conocedor de la cultura colombiana, gastó 26 años investigando la obra de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Como resultado de ese escrutinio, publicó el ensayo titulado El verbo y el mando (Colección CantaRana, Tuluá), donde realiza un detenido análisis de los libros y la vida del novelista, con la siguiente conclusión: mediante el uso de la palabra, Álvarez Gardeazábal obtuvo, como se proponía, el peso político que llegó a tener.

En el estudio que realiza Tittler de las doce novelas del autor, aparece un cotejo entre los temas descritos en estos libros y los hechos sociales que ocurrían en el Valle del Cauca y sobre todo en Tuluá, patria chica del novelista y escenario detenebrosa época de terror. La  ficción, en este caso, es fiel copia de la realidad: en varios episodios figuran incluso nombres propios de personajes de la comarca, y otros simulados son de fácil identificación.

La novela más representativa de Álvarez Gardeazábal, Cóndores no entierran todos los días (1971), está calificada como uno de los enfoques mejor logrados sobre la violencia que vivió el país en los años 50 del siglo pasado. Acción que en Tuluá estuvo dirigida por León María Lozano, jefe de los ‘pájaros’, apelativo que recibieron los matones políticos de aquellos días y con el que pasaron a la nefasta historia nacional. Este testimonio histórico, plasmado en breve novela de escalofriante dramatismo, consagró al autor como agudo intérprete de la realidad.

Toda su obra es de denuncia y está manejada por la insatisfacción y la rebeldía que nacieron en el escritor por el contacto con la barbarie reinante en su tierra nativa. Desde joven presenció la descomposición social provocada por políticos y hordas criminales que, tanto en Tuluá como en el resto del país, produjeron el flagelo del terrorismo, la tiranía y el menosprecio de la dignidad humana. Como escritor contestatario y dueño de un estilo descarnado y mordaz, que hería a sus enemigos y dejaba hondas cicatrices, sus libros y artículos de prensa se enfocaron a combatir a los gamonales y denunciar los abusos de poder y las corruptelas públicas.

Con el éxito de sus novelas, que tuvieron alta repercusión en los años 70 con seis títulos publicados en esa década, crecía su vocación por la política. Dicho ideal, según lo expone Tittler (a quien hay que creerle), lo llevaba latente desde la juventud. El ejercicio vigoroso de la palabra le permitía trabajar su liderazgo regional. Era un político nato que, apoyado por sus actos y escritos polémicos, robustecía su imagen pública y de paso se convertía en historiador.

En las décadas del 70 y del 80 su fama literaria logró las mejores notas de su carrera. Ayudado por esa condición y por su ejercicio como catedrático universitario, conferencista y periodista pugnaz, labores en que predominaba el ánimo combativo demostrado desde los primeros años, puso en marcha la conquista del poder. Fue concejal de Tuluá y de Cali, diputado a la Asamblea del Valle, primer alcalde por elección popular de su ciudad nativa en 1988 y reelegido en 1992.

Más tarde es elegido gobernador del Valle con 780.000 sufragios, la votación más elevada en toda la historia de Colombia. Le quedó faltando la Presidencia de la República. Al abordar en forma progresiva y fulgurante las citadas posiciones, deberes que asumió con ardentía –y con eficiencia en muchos casos–, reafirmaba su estirpe política. Conquistado el poder, vino un receso forzoso en su producción literaria y más tarde un declive en la calidad de su obra, que ha tratado de enmendar.

Este itinerario de éxitos vino a frustrarse con su vinculación al proceso 8.000, hecho que lo llevó a prisión y le hizo perder la posibilidad de volver a postularse para cargos de elección popular. En otras palabras –¡vaya ironía!–, perdió el poder por el cual había luchado con tanto arrojo e indudable voluntad de servicio a la comunidad. El rigor con que fue condenado por la venta de una estatuilla negociada en siete millones de pesos, que le fue pagada con dineros provenientes del cartel de Cali (hecho ocurrido dos años antes de ponerse en marcha el proceso 8.000), lo sacó de escena y representó el triunfo para sus detractores y sus émulos políticos, quienes de esa manera vieron despejado el camino para la lucha por la Presidencia.

Con este capítulo de la picaresca política se pone en evidencia uno de los dramas más amargos del servicio público. Pocos colombianos, como Álvarez Gardeazábal, han tenido que sufrir un revés tan apabullante e injusto, que significó para él la inhabilitación vitalicia de su nombre para las contiendas electorales. Dice Tittler que en el mundo entero no existe una pena similar. Comentario que entraña dura crítica a muchas de nuestras enrevesadas leyes que, manejadas a veces de afán y con pasión política (vicio muy colombiano), estropean la democracia e inmolan víctimas propicias que se exhiben ante el país entero, aparentando así la aplicación de castigos ejemplares.

El Espectador, Bogotá, 17 de febrero de 2006.
El Nuevo Día, Ibagué, 12 de marzo de 2006.

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Comentarios:

Muchas gracias por tan entrañable artículo sobre el libro del profesor Tittler. Hoy mismo lo he remitido a su correo y al del profesor Bolaños. Gustavo Álvarez Gardeazábal.

Mil gracias por la concienzuda y rigurosa reseña que usted ha hecho de mi libro sobre la vida y obra de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Da gusto entregarse al trabajo cultural cuando los lectores ejercen sus oficios con tanta lucidez como usted ha demostrado en su artículo reciente en El Espectador. Jonathan Tittler, Estados Unidos.

Este artículo tiene para nosotros, los que hemos tenido conocimiento de la labor de Gustavo Álvarez Gardeazábal, un sabor a reivindicación que debemos difundir. Le pido muy cordialmente me dé la posibilidad de publicar este artículo. Para su información, estoy ubicado en Londres y tengo comunicación con las revistas y periódicos del medio. Jorge Luis Puerta, Londres.

A Gardeazábal lo cegó la política. La búsqueda y obtención del poder cambió su verdadero rumbo: la literatura. En este país es imposible no salir manchado de la política porque los intereses particulares siempre terminan primando sobre los de la gente. Gardeazábal se equivocó, pues con la literatura estaba transformando la conciencia de la gente y ejercía como vigilante de la situación social colombiana. Erró al creer que con el poder en la mano podía cambiar el mundo. Creo que si hubiese seguido escribiendo, ya lo hubiera logrado. Gobernar no es la mejor herramienta del hombre para combatir las desigualdades sociales. Nadim Marmolejo Sevilla.

Me gustó mucho tu columna. Le haces justicia a la obra de Gustavo, a quien veía con mucha frecuencia en vida de Euclides Jaramillo. Íbamos a visitarlo a su casa en Tuluá. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

El poeta en La Habana

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace poco vino a Colombia el poeta José Luis Díaz Granados, desde su exilio obligado en La Habana, y se presentó en la Casa de Poesía Silva con nueva cosecha de versos. Allí se reunió con sus viejos amigos de las letras y luego regresó a Cuba, donde reside desde febrero del 2000. Más de cinco años de destierro –a pesar de la buena acogida que ha recibido en aquel país– son el duro precio que ha tenido que pagar  por su fidelidad a sus ideas políticas.

En Bogotá dirigía desde 1992 la Casa Colombiana de Solidaridad con los Pueblos, y a fines de 1999 recibió amenazas por su simpatía con el régimen cubano. Como su vida corría peligro en Colombia, y no contando con garantías para protegerse en su patria, decidió refugiarse en la isla, donde goza de ambiente propicio para adelantar sus actividades literarias. No obstante la distancia de la patria y de los amigos, se siente satisfecho en Cuba  por el clima cultural que lo rodea.

Allí transcurren sus días actuales, rodeado de tranquilidad y dedicado a lo que sabe y siempre ha hecho: el periodismo literario, a través de crónicas que divulga en Agencia Prensa Latina, y el desarrollo de varios planes, entre ellos, el remate de dos novelas, en las que trabaja con ardor espiritual. En el Instituto de Periodismo José Martí preside la cátedra de grandes periodistas latinoamericanos y dicta clases sobre Pablo Neruda y Gabriel García Márquez.

A sus dos novelas en proceso ya les tiene nombres, según lo revela a Ricardo Rondón en reportaje aparecido en la revista Libros y Letras: “Tengo dos novelas –dice–: una sobre las luces y las sombras del exilio, titulada La noche anterior al otoño, y otra sobre mis años de adolescencia en el barrio Palermo de Bogotá, titulada El aprendiz de brujo”. En el género novelístico, ha editado otros dos títulos: Las puertas del infierno y El muro y las palabras, ganadora la última, en 1994, del Premio Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira.

En 1968 fue el ganador del concurso de poesía Carabela, en Barcelona (España), y en 1990 le fue conferido el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. En el campo de la poesía es autor de El laberinto, que ha tenido varias ediciones y ha sido ampliada con el paso del tiempo, y Cantoral, con su producción entre 1988 y 1992. La Universidad del Magdalena publicó en 2003 toda su obra poética en 40 años (1962-2002), bajo el título La fiesta perpetua. Uno de sus cuentos, La metamorfosis del saltimbanqui, fue laureado en concurso de 1980.

Díaz Granados vive en función de la literatura. Es su razón de ser. En Colombia ha colaborado con diversos diarios y revistas y su nombre goza de prestigio. Su fibra romántica –que gana nuevos acentos con su exilio en Cuba– ha plasmado obra valiosa. El amor es la savia de sus sueños. La mujer preside su mundo sensorial, tanto en la creación literaria como en su ámbito cotidiano. “La mujer –dice– es la fuerza motriz de mi alegría y de la totalidad de mi obra literaria”.

Ha sido hombre discreto, sereno y silencioso. Hombre de paz. Su única arma es la inteligencia. Y su haber, su acervo de versos y prosas. ¿Por qué, entonces, se le persigue y obliga a refugiarse en otro país? Cuando alguien me dijo que por sus ideas, trabajo me costó –y me cuesta– admitir que el modo de pensar de este ciudadano sosegado y caballeroso, con derecho a la libre opinión que garantiza la democracia, pueda significarle el destierro, por ironía en un sitio donde la libertad de expresión está restringida.

Al preguntársele en el reportaje atrás citado por su posición frente a la figura de Fidel Castro, respondió: “Es difícil encontrar a alguien de la generación de los 60 que no sienta algún estremecimiento afectivo hacia Fidel o el Che”. Esa circunstancia tiene hoy al poeta lejos de Colombia. Cuando sale al malecón de La Habana y conversa con las mulatas, en plan de averiguar por las honduras de los seres humildes, siente que su alma exorciza los demonios de la soledad. Y se acuerda de Colombia. Evoca la calle 45, la de su tránsito familiar durante tantos años, y el dolor de patria le aflige el recuerdo.

Díaz Granados es amante visceral de su cuna. Su poesía contiene hermosas expresiones de apego a sus lares nativos, la ardiente tierra samaria que le inyectó bríos de poeta. Hoy siente nostalgia por su gente, por los paisajes de Colombia, por los fríos y las lloviznas bogotanas, por las tertulias bohemias bajo el calor de la poesía. Todo esto le tortura el recuerdo. Dice que volverá pronto a Colombia. ¿Cuándo? La patria lo espera. La literatura nacional lo necesita.

El Espectador, Bogotá, 6 de diciembre de 2005.

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Comentarios:

Inmensamente emocionado y conmovido he leído tu hermosa y generosa nota sobre mi exilio cubano. No tengo palabras para expresarte mi infinita gratitud por tan generoso gesto de solidaridad y amistad. José Luis Díaz-Granados, La Habana.

Soy, por fortuna, un viejo amigo de José Luis Díaz Granados. Ahora que estuvo en Colombia lo invitamos a Manizales y estuvimos una larga noche, alrededor de unos rones de la Licorera de Caldas, hablando de literatura y de viejos amigos. Hace unos cuatro años lo visité en La Habana. Carlos Arboleda González, Manizales.

Muchas felicitaciones por su artículo sobre el poeta José Luis Díaz Granados, exiliado en Cuba. Es un hombre sencillo, valiente y honesto. Me gustaría referirle que no es el único poeta en el exilio (cita el caso Armando Rodríguez Ballesteros, refugiado en Costa Rica). Andrés de la Hoz.

García Márquez, ¿plagiario?

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Germán López Velásquez, director de la revista Mefisto, escribe un vehemente ensayo donde sostiene que Memoria de mis putas tristes, la última obra de  Gabriel García Márquez, es un plagio de la novela La casa de las bellas durmientes, del japonés Yasunari Kawabata, premio nóbel 1968. Y formula graves afirmaciones, como las siguientes:

“García Márquez, con Memoria de mis putas tristes, estafa conciencias literarias. Muy bueno que se diera el dato de las utilidades de esa estafa por parte de la Editorial Norma. El libro es un hijo bastardo de Gabo… El argumento de Memoria de mis putas tristes es exactamente el mismo de La casa de las bellas durmientes”.

Leí el ensayo con interés y desazón. Frente a la inquietud que despierta la  acusación de López Velásquez, lo indicado es conocer la obra del japonés para confrontarla con la del colombiano. Sin embargo, aplacé la compra del libro por ser hoy exagerado su precio: por el breve volumen de 150 páginas, publicado en España, las librerías están cobrando $ 53.000. Si la edición fuera colombiana, no valdría más de $ 15.000.

Por supuesto, quedé estupefacto ante la posibilidad de que García Márquez pudiera incurrir en el exabrupto del plagio. De todos modos, la controversia es interesante y merece que se ventile en centros académicos y foros literarios. Para contribuir a dicho propósito, retransmití a varios de mis amigos el ensayo de marras, y algunos me expresaron valiosas opiniones.

Desde Medellín, el escritor y periodista Hernando García Mejía, gran lector de literatura colombiana y mundial, dice: “Lo de la última novela de Gabo es cuento viejo. Desde el principio se sabía que se inspiró en La casa de las bellas durmientes del japonés. Lo de plagio es excesivo y, personalmente, no le doy ninguna trascendencia a ese debate trasnochado.

“Lo que sí me parece es que Yasunari Kawabata, a quien leo desde la juventud, es superior a Gabo como escritor. Gabo es hojarasca efectista y retórica, y Kawabata, esencialidad trascendida en profundidad. Yo plantearía la discusión desde el estilo, aunque tampoco parece admisible, habida cuenta de que, como reza el aforismo, ‘El estilo es el hombre’. Y un hombre que escribió El coronel no tiene quien le escriba –¡qué envidia, por Dios!– merece respeto”.

Jorge Consuegra, reconocido crítico literario y promotor cultural, manifiesta: “Siempre he creído en la opción de la crítica, y el reclamo, el comentario, son válidos en todos los campos. Y creo que García Márquez no ha plagiado. Él, antes de Cien años de soledad, lo dijo: ‘Me encanta La casa de las bellas durmientes y me gustaría hacerle un homenaje’. Y lo hizo”.

Desde Armenia, Carlos Fernando Gutiérrez, columnista de La Crónica del Quindío y literato, dice: “Pienso que hay que leer la novela del nobel japonés, para hacerse un criterio más personal y menos apasionado que el escrito por el director de Mefisto. Algunos han planteado que la mejor literatura son reescrituras”.

Por su parte, Borges recomienda evitar “la confección de novelas cuya trama argumental recuerde la de otro libro. Por ejemplo, el Ulises de Joyce y la Odisea de Homero”.

Hernando García Mejía tuvo la gentileza de facilitarme una novela exquisita de Kawabata: Lo bello y lo triste –edición de Ultramar Editores, Barcelona, 1985–. Obra que, junto con País de nieve –que leí hace mucho tiempo–, me permiten corroborar el concepto de que el autor es un enorme novelista, tal vez el más representativo de Japón.

Nació en Osaka en 1899 y se suicidó en Zushi en 1972, en el pequeño apartamento que poseía frente al mar. Cuatro años antes de su muerte había obtenido el Premio Nóbel de Literatura. Antes de los 15 años de edad murieron, en forma sucesiva, sus padres, su única hermana y sus abuelos. A raíz de su juventud desolada, fue un ser solitario e introvertido.

Su estilo se caracteriza por la sutileza con que maneja las historias, la agilidad de los relatos, la técnica de los diálogos, las dosis de sicología con que actúan los personajes. Y como aspecto fundamental de la buena novela, la trama excitante de los argumentos, urdidos con habilidad y delicadeza, para que el suceso atrape al lector y lo mantenga en suspenso hasta la última página.

Artífice de la “novela miniatura”, es un placer leerlo. La brevedad y dinámica de sus relatos es todo un monumento en las letras japonesas. Aprendió que el vigor de la acción narrativa se consigue con ahorro de palabras innecesarias, por más bellas que suenen al oído (lo cual es más propio de la poesía), y con precisión y gallardía del estilo. Para Kawabata, la hojarasca literaria no existe. Ahí está su gloria.

El Espectador, Bogotá, 6 de septiembre de 2005.

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Comentarios:

Muy buena tu columna. Yo tengo las bellas durmientes y aunque el tema es el mismo, no puede considerarse un plagio. Y eso que a mí García Márquez, como persona, no me gusta. Carlos Arboleda González, Manizales.

Plenamente sensato y pertinente tu artículo sobre Gabo y sus tristísimos putas tristes. Como tú sabes, los idólatras de Gabo son muchos, pero sospecho que la gran mayoría ni siquiera lo han leído como se merece. Espero no haber sido  demasiado injusto con él, pero, qué diablos, eso es lo que pienso después del deslumbramiento de El coronel no tiene quien le escriba. Hernando García Mejía, Medellín.

Desde un principio supe que no todo el mundo iba a estar de acuerdo. Eso es normal. De todas maneras, lo importante es continuar un análisis, una evaluación. Borges dijo que una cosa es recrear una historia literaria y una muy distinta calcar. Decía que un escritor nunca debía calcar a otro, que el escritor surgía de su propio interior. Sostengo que García Márquez calcó. Su escrito enriquece sobremanera el debate. Germán López Velásquez, director de la revista Mefisto, Pereira.

La verdad, me encanta García Márquez, pero esta novela en particular me decepcionó. Además, considero que el título no tiene nada que ver con el contenido. Creo que las palabras grotescas le encantan a mucha gente hoy en día: quizá se trató de una alternativa publicitaria para llegar a muchísimas personas. Para mí su obra cumbre por excelencia, conmovedora, es El amor en los tiempos del cólera. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

El leopardo mártir

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En Bucaramanga, de donde era oriundo el personaje, adquirí hace varios años el libro José Camacho Carreño, el leopardo mártir, título que recuerda una época ya desdibujada en nuestros días: la de los Leopardos, aguerrido grupo de políticos e intelectuales que se hicieron famosos en el país en la segunda y tercera décadas del siglo pasado.

 Otto Morales Benítez me facilitó dos viejos textos de José Camacho Carreño, básicos  para comprender el pensamiento del ilustre santandereano: el prólogo de las Memorias de Florentino González (1933) y el libro Bocetos y paisajes (1937), trabajos que encierran un acervo de riqueza intelectual. También leí el  vehemente ensayo de Horacio Gómez Aristizábal, escrito en los inicios de su profesión de penalista y su carrera literaria, donde sostiene que Camacho Carreño fue un espíritu atormentado toda la vida.

En la selecta biblioteca de Vicente Pérez Silva descubrí un tesoro invaluable: el álbum de recortes de prensa que él viene elaborando desde hace largos años y que hoy supera las 240 páginas, en tamaño oficio y color azul purísimo (enseña política de los Leopardos). Allí reposa la historia completa de este grupo legendario, decantada por las plumas de eminentes escritores del pasado. Todo este material, diverso en sus apuntaciones históricas y en sus enfoques críticos, me ha permitido abrir un horizonte amplio sobre el fulgurante leopardo.

No resisto la tentación de transcribir para mis lectores las palabras de Pérez Silva anotadas al comienzo de su preciado archivo (tal vez único en el país), como abreboca del suculento manjar que en sus páginas he degustado durante varios días: “Del acopio de escritos que recoge este álbum de recortes surge omnipresente la imagen de José Camacho Carreño, santo de mi devoción, al igual que la de los otros compañeros de generación que integraron el famoso grupo de los Leopardos. Este álbum hace parte de mi propia vida”.

En este legajo secreto, custodiado con tanto celo por el acucioso investigador, encontré la carta que Manuel Serrano Blanco le dirigió en 1952 a propósito de la noticia anunciada por Pérez Silva sobre el libro que en aquellos días –¡hace medio siglo!– había comenzado a preparar sobre el “santo de su devoción”. Conocida la confidencia, el reto para él no es otro que el de publicar cuanto antes dicha obra, de indudable valor, que el dilecto amigo le debe a la literatura colombiana.

Camacho Carreño nació en Bucaramanga el 18 de marzo de 1903 y murió en Puerto Colombia el 2 de junio de 1940. Itinerario demasiado fugaz, que sin embargo le permitió realizar rutilante labor en diversas actividades. En cualquier campo donde actuó –como político, parlamentario, diplomático, orador, ensayista, crítico o periodista–, dejó rastros de su inteligencia luminosa.

Desde temprana edad se adentró en la lectura de los clásicos y cultivó las disciplinas del lenguaje castizo, la oratoria refulgente y la dialéctica acrisolada. Su verbo subyugante, su ademán airoso, su fogosa elocuencia, su estampa varonil agitaban multitudes. Un coloso de la oratoria. Era el tribuno auténtico, huracanado y demoledor, que hacía vibrar el alma nacional con el poder de la palabra y el ímpetu y donaire de su talento. Sus defensas penales son de antología y sólo vienen a encontrar equivalencia en las de Jorge Eliécer Gaitán, de su misma generación.

A los 26 años llegó a la Cámara de Representantes, de la que fue dos veces presidente. Allí libró memorables duelos oratorios con prohombres de la talla de Antonio José Restrepo. Fue embajador en Argentina y Uruguay. En el campo del periodismo, su primera vinculación la hizo con El Nuevo Tiempo, donde alternaba con figuras consagradas, como Marco Fidel Suárez y Guillermo Valencia. Luego fue columnista asiduo de El Tiempo y allí divulgó sus mejores páginas sobre política, literatura y diferentes temas del acontecer nacional.

Los Leopardos aparecieron en el año 1924 como protesta contra el sistema político imperante y los dignatarios de su propio partido, que no permitían el surgimiento de nuevos dirigentes. El grupo lo formaban cinco jóvenes rebeldes y locuaces, nacidos entre 1900 y 1903, con similares ideas, temperamento y garra combativa: Augusto Ramírez Moreno, José Camacho Carreño, Silvio Villegas, Eliseo Arango y Joaquín Fidalgo Hermida (que se separó al poco tiempo y no dejó mayores huellas sobre sus actos posteriores).

Ramírez Moreno, al bautizar el grupo en honor de los leopardos pertenecientes a un circo que pasaba por Bogotá, recomendó “adoptar un nombre de guerra, algo que dé la sensación de agilidad, de fiereza, algo carnicero como los leopardos”. Con dicha impronta, los bizarros gladiadores de la inteligencia marcaron toda una época de la historia política y literaria del país. Desde la tribuna pública, la academia y los periódicos se lanzaron como una tromba contra las castas privilegiadas.

Derrocaron ministros, fustigaron a Laureano Gómez (que no era poca cosa) y atacaron el abuso y la sinrazón. Nunca se había conocido fuerza colectiva tan arrolladora. Dotados de delirante elocuencia, dejaron páginas magistrales que hoy enaltecen las letras colombianas. Sus estilos fueron clasificados de la siguiente manera: Eliseo Arango, el sustantivo; Silvio Villegas, el adjetivo; Camacho Carreño, el verbo, y Ramírez Moreno, la interjección.

En el libro El leopardo mártir se estremece la sensibilidad al enterarnos de la defensa que Camacho Carreño hizo de sí mismo dentro del proceso judicial en que se vio envuelto tras la agresión recibida de un hermano de su señora, en la despedida del año 1938. Por tal hecho, que significó grave ofensa a su dignidad y su hombría, se vio compelido a asesinarlo. El drama, ocurrido en la cumbre de su gloria, conmocionó al país entero y asimismo destruyó su vida

El 2 de junio de 1940, José Camacho Carreño, que sufría severo estado depresivo a raíz de la terrible desgracia (desde la cuna llevaba inoculado el brote de la ciclotimia), murió ahogado en Puerto Colombia, donde aquel sábado departía con unos amigos frente al mar. Luego del almuerzo y tras intensas libaciones, abrumado por la tórrida temperatura que le quemaba el cuerpo y el alma, se tiró al mar en busca de refresco. Y no regresó con vida. El mar ahogó su pena, y las olas –poéticas y trágicas– rugieron con resonancias de inmortalidad.

Han pasado 65 años. Días después de la tragedia, Augusto Ramírez Moreno, su acongojado compañero de la elocuencia, a quien le temblaba el alma y se le enmudeció la voz, decía lo siguiente en carta enviada a la madre del mártir:

“José era un genio, señora. Su cabeza fue un mundo sideral y las hebras de su pelo eran estrellas. Intuía y analizaba con igual empuje y con idéntica eficacia. Como tribuno jamás oí nada semejante: su palabra era líquida llama unas veces y en ocasiones un bastión. La inteligencia en Colombia se estremece porque la muerte de José la sacude como un terremoto”.

El Espectador, Bogotá, 23 de agosto de 2005.

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Comentarios:

Felicitaciones sobre tu artículo sobre Camacho Carreño. Impecable. Me encantó. Hernando García Mejía, Medellín.

Con profunda emoción y regocijo he leído su excelente artículo sobre Camacho Carreño. Vine a Caracas a realizar mi especialización en neurocirugía, la cual termino en diciembre de 2005. Siempre había querido leer el libro del leopardo mártir, el cual conseguí en uno de mis viajes a la bella Bucaramanga y devoré en mis noches de turnos del hospital. Usted nos resume un acontecer que no puede olvidarse. Jairo Enrique Contreras, Caracas.

Esta página tan conmovedora resume y deja una huella de dolor en el corazón de quienes no sabíamos de Camacho Carreño. Qué bien por la historia que reposa en manos de nuestro común amigo Vicente Pérez Silva. Inés Blanco, Bogotá.

Pedro Páramo, 50 años después

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con Pedro Páramo nacía en 1955 la novela más representativa de Méjico y una de las más destacadas de la literatura latinoamericana. Sin embargo, los críticos del país, salvo contadas excepciones, expresaron comentarios adversos sobre la obra y ésta pasó inadvertida para el público en general. Se le enjuiciaba por la falta de trama y de personajes claros, por la difícil comprensión de los tiempos y por no parecer una novela sino un enredado poema en prosa.

De los 2.000 ejemplares de la edición, 1.000 gastaron cuatro años en venderse y el resto los regaló el autor a las personas que le mostraban algún interés por su libro fracasado. Hoy es una de las novelas más difundidas en el mundo entero, y Juan Rulfo se convirtió en uno de los escritores más enigmáticos y asombrosos de todas las épocas.

Entre los pocos que creyeron en la obra está el también novelista mejicano Carlos Fuentes, que en el momento de su aparición la recibió con aplausos y más tarde la catalogó como la mejor novela escrita jamás en su país. También se cuenta el crítico español Carlos Blanco Aguinaga, que en el mismo año 55 elaboró un brillante ensayo de 40 páginas donde resaltaba la trascendencia de este libro monumental –de sólo 100 páginas–, que no había sido comprendido y que estaba llamado a perdurar en las futuras generaciones.

Quienes criticaron, e incluso todavía critican, la confusión de los tiempos novelados, tal vez tienen razón, aunque habría que reclamarles la parvedad de su juicio: en Pedro Páramo el tiempo está detenido y no es acertado buscar pasados ni presentes, ya que en Comala el tiempo es mítico e inmutable, por tratarse de una historia donde todos se encuentran muertos y se levantan de sus huesos para ofrecer una visión fantasmagórica de la existencia.

En esta aldea de ánimas en pena, que se confunden con seres reales, es fácil perderse entre los laberintos del absurdo e incluso en medio de comicidades macabras, y habría que preguntarnos si esos caminos subterráneos acaso no personifican los espectros que llevamos en el subconsciente.

Todo en Pedro Páramo es desconcertante, fantasmal y perturbador, y también deslumbrante y mágico. Es una historia de muertos-vivos, y de vivos-muertos, que suele ser la misma cosa. La eterna historia de la humanidad, en la que  se alternan la vida y la muerte, con su horizonte de violencia y de escasos sosiegos.

A los cuatro o cinco años, Juan Rulfo quedó huérfano de padre, el que fue asesinado dentro de las luchas cristeras, suceso que le dejó marca indeleble para el resto de sus días. Después pasó a un orfanato y allí la soledad fue pavorosa. De Sayula, donde había nacido en 1918, se trasladó a San Gabriel, paraje rural que lo estremeció por las supersticiones y el culto que rendía a los muertos. De ese mundo desolado y violento surgió la temperatura del libro. Idea que el escritor maduró por varios años y que al fin se decidió a realizar, entre abril y agosto de 1954, en 300 páginas de cuadernos escolares. Vino luego una exigente labor de depuración, y la obra fue reducida a la mitad.

Antes, en 1953, había publicado los quince cuentos que conforman El llano en llamas, que le sirvieron de preámbulo para adentrarse en el universo de los campesinos que habitaban aquellas latitudes azotadas por la crueldad y el miedo, cuyo escenario mayor vino a plasmarse, con ráfagas de misterio y de  hechizo, en Pedro Páramo. En la baraja de los títulos de libros, duda que siempre acompaña al autor, Rulfo había considerado otros tres nombres para su novela: Los desiertos de la Tierra, Una estrella junto a la luna y Los murmullos.

El narrador, que fuera de escuchar en su juventud una serie de relatos espeluznantes de labios de su tío bohemio y andariego, había vivido en carne viva la dureza de las tierras devastadas, se sintió liberado cuando pudo contar la verdad: su verdad onírica y obsesiva. Cuando escribí Pedro Páramo –revelaría 30 años después de publicada la obra– sólo pensé en salir de una gran ansiedad. Porque para escribir se sufre en serio”.

Y se encaminó a la tierra mítica, que lo aguardaba desde muchos años atrás y que él iba a descubrir para la literatura universal. Con estas palabras comienza a cumplir su cometido: “Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo…”  

Penetra en el territorio desierto, sólo habitado por fantasmas, ecos sepulcrales y sombras huidizas y se tropieza con las almas insepultas, que tienen capacidad de hablar, reír y llorar, y que terminan reconstruyendo los hechos del pueblo. Sabe entonces que la historia está viva, y él la rescata con palabras alucinantes que brotan de los labios de los muertos. La aldea resucita y le da vida a una de las novelas de mayor belleza, vigor y embrujo que se hayan producido en tierras americanas. Duras tierras las nuestras que, cincuenta años después, no han cambiado en absoluto su rostro de miseria y barbarie.

Rulfo, que conquistó la inmortalidad con sólo dos libros de brevedad fantástica, da ejemplo a los escritores farragosos que piensan perpetuarse, sin que puedan lograrlo, con monumentos al desperdicio de la palabra. Además, enseña con su modestia y lejanía de los círculos del poder y la fama que la valía del escritor está por encima de los reinos artificiales.

El Espectador, Bogotá, 31 de marzo de 2005.