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Carmen de la Fuente – Mensajera del amor y la tempestad

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No conozco personalmente a la poetisa mejicana Carmen de la Puente, pero me unen a ella, desde mi Colombia distante, sus libros y sus cartas. Muy de veras lamenté no haberla saludado durante mi viaje a Méjico en 1988, cuando fui tras la huella de Germán Pardo García, para rematar, poco después, la obra que titulé Biografía de una angustia. En aquella oportunidad me vi, en el mundo intelectual –aparte del poeta del cosmos–, con su ángel tutelar, el colombiano Aristomeno Porras; con la poetisa Laura Victoria –mi ilustre paisana– y con el poeta ecuatoriano Henry Kronfle.

Conozco de vieja data la devoción de Carmen de la Fuente por la figura de Pardo García. Fue una de sus colaboradoras más cercanas en la revista Nivel, y ha sido pregonera de su trascendencia literaria. En sus cartas siempre hay alguna referencia hacia él. Con la siguiente dedicatoria acabo de recibir  uno de sus libros: «Para un hermano en el arte, Gustavo Páez Escobar, y con la luz estelar de Germán Pardo García».

Mi entrañable amiga colombiana que vive en Méjico hace 24 años, Diana López de Zumaya, me envió en mayo pasado el recorte del periódico Excelsior donde se registró el grandioso homenaje tributado a la poetisa de la Fuente con motivo de sus 80 años de vida. Todo esto pone de presente la cercanía cada vez más estrecha con que hoy llego, a través de este comentario, a su obra poética.

Ella nació para la poesía y respira con la poesía. Hizo del canto un alimento del espíritu. Buscó los paisajes exteriores para armonizar su mundo interior, el cual, a lo largo de su obra extensa y refinada, se ha recreado en los eternos temas amor, la nostalgia, la ternura, el combate, la soledad, el dolor y la alegría. Su palabra es enamorada.

También es elemento de lucha y protesta. La llama sedienta –título de uno de sus libros– que duerme en el fondo de su ser, la mantiene en constante combustión espiritual. El amor se confunde con el paisaje y la nutre de fuentes vitalizantes. Y exclama: ¡Estoy enamorada!, más que nunca amorosa, enardecida de una pasión tan honda que el corazón me nace rosas de lava y fuego… ¡Él llevará en su carne la rosa de mis besos! ¡Yo llevaré en mis venas la lumbre de su espada!

Andando el tiempo, ya en la edad de las evocaciones y las elegías, surge la presencia de la madre que le arrulló el alma y se evaporó como una lágrima silenciosa; y de la infancia que pierde en la lejanía; y de los rostros que no volverán; y de la casa sepultada en el derrumbe de los años; y del amigo que cayó en las horas del crepúsculo…

Esta poetisa testimonial, a quien le duele el desamparo del hombre y la patria desdichada, se vuelve tempestad cuando se trata de denunciar los problemas sociales. Entonces, su verbo huracanado desenmascara la injusticia, fustiga a los torturadores de la sociedad, clama por la suerte de los desheredados. Y lanza esta advertencia y esta voz de esperanza a los vientos de Méjico, que es lo mismo que esparcirlas por los pueblos de América, nuestra patria grande y vilipendiada: No lograréis parar a un pueblo que camina batallones del hambre, jornadas de suicidas, iremos uno a uno construyendo la casa de justicia para el hombre.

Carmen de la Fuente ha cumplido múltiples jornadas en la vida de Méjico y se ha caracterizado por su criterio libre y el temple de su carácter. Ha sido gran exponente de la cultura nacional y ha enriquecido, con su legado lírico y su presencia en los puestos de combate, el significado de un país con tantas raíces históricas y perturbado –como mi patria colombiana– por tanto conflicto social.

Habrá que decir que la poesía se hizo para dignificar la vida, embellecer la naturaleza y redimir a la humanidad de sus miserias. Nunca el hombre ha sido libre ni feliz, y siempre ha sufrido oprobios y soledades. El poeta aprende, por ventura, a volar sobre las adversidades propias y extrañas para que el planeta conserve la última esperanza de salvación.

Así lo ha entendido mi noble amiga mejicana, cuya poesía perdurará por los aires de América como semilla del amor y la tempestad, signos perennes  del hombre.

Bogotá, 12-X-1995

 

Hernando García Mejía

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Escritor polifacético: poeta, cuentista, novelista, ensayista, periodista, editor, antólogo. Su obra, conformada por unos veinte libros, si es que ya no los pasó, ha crecido en los últi­mos tiempos de mane­ra sorprendente. No sé cómo hace para repro­ducirse con la veloci­dad que registran sus perseverantes correos bibliográficos, que en el caso mío tocan en mi puerta con alborozada in­sistencia.

Y no es que ser prolífico en las letras sea, por sí solo, signo de calidad. Por el contrario, se corre el riesgo de la ligereza, la repetición o la infecundidad (esto, aunque suene extra­ño). En cuanto se relaciona con Hernando García Mejía, puede decirse que sus trabajos los perfila con dedicación admirable. Los piensa y repiensa antes de entregarlos al pú­blico. Como vive consagrado a la literatura, esto le permite producir más, pero también corregir con mayor esmero.

Es uno de los escritores más exigentes con el idioma y las reglas del bien decir, a la par que reflexivo en la creación artística y respetuoso con ese personaje oculto –por lo ge­neral ignorado y pisoteado– que es el lector.

Hace ya largos años me conocí con Hernando en la ciudad de Armenia. Ya su obra era representativa y mostraba el vigor de lo que se ejecuta no tanto con el ritmo de la emoción –que también es importante–, sino sobre todo con la firmeza y el regocijo de la convicción.

Cantor del amor y de la mujer, sus Inicia­les poemas líricos revelaban la fibra sensible del romántico que él ha sido por excelencia. En Los cuerpos enlazados –un opúsculo de­licioso– fluyen finas gotas de sensualidad que proclaman el eterno hechizo femenino. También era en aquellos días manifiesta su afición por la narrativa infantil, una vena creciente que a lo largo de los años le ha hecho estructurar una de las obras de este género no sólo más constantes sino mejor logradas en el país.

Profundo conocedor del alma del niño, forma con sus fábulas universos de fantasía donde la realidad se confunde con la magia de los sueños. Ha adquirido el raro poder de educar jugando. El mundo infantil, seducido por los personajes que vuelan por las novelas y cuentos ideados por este maestro de la fic­ción, se deja llevar de la mano por entre el en­jambre de aventuras, sorpresas, miedos cosquilleantes y suspensos encantados, a tiempo que el narrador desgrana las semillas que enseñan al pequeño lector a formar la mente y ennoblecer el alma. «Conduce bien a un niño y harás un hombre», dijo Kennedy.

Me surgen estas líneas al darle vuelta a la última página de la remesa recibida del ami­go: Cuentos de asombro y humor, Cuen­tos de hoy con espantos de ayer y Todo por el fútbol. El niño grande que es Hernando García Mejía ha aprendido con sus invencio­nes a mantener fresco el corazón y lubricada la existencia. Esto justifica, con creces, la razón de ser escritor.

Prensa Nueva Cultural, Ibagué, noviembre de 1995.
Dominical, El Colombiano, 28-I-1996.

Hechos culturales

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En mi reciente viaje al Quindío me encontré con algunos signos culturales que vale la pena resaltar. No conocía la biblioteca formada en la Sociedad de Mejoras Públicas para servicio de la co­munidad, y fui a visitarla. Lía Giraldo Soto, la directora, me puso en antecedentes del impulso que ha tenido la actividad cultural en los últimos años, lo mismo que del interés existente para acometer otros programas.

Grata impresión recibí con la colección de libros de autores quindianos que protege la Sociedad de Mejoras Públicas como patrimonio de la ciudad. Iniciativa que se debe al exalcalde César Hoyos Salazar, hoy consejero de Estado, cuyo paso por la administración municipal dejó honda huella.

Óscar Jaramillo García, director del Comité de Cafeteros, me hizo entrega del libro Husos, sellos y rodillos, que la en­tidad acaba de publicarle a Jesús Arango Cano. Magnífico que esto ocurra por cuen­ta de la entidad más comprometida con la región.

Cordial sugerencia: es preciso ree­ditar la obra indigenista de Jaime Buitrago Cardona, una gloria de las letras quindianas. Siendo Hernán Palacios Ja­ramillo presidente del Comité, dirigí la publicación de la novela Bajo la luna ne­gra, de Eduardo Arias Suárez, que per­manecía inédita hacía 50 años. Ojalá el rescate de otros libros valiosos, ya olvida­dos o desconocidos, sea inquietud permanente del Comité.

Quise hablar con el rector de la Uni­versidad del Quindío para observar el desarrollo de la institución y enterarme de sus planes, pero no fue posible llevar a cabo dicha entrevista. En mis épocas quindianas mantuve estrechos vínculos con el Alma Máter, sobre todo en las rectorías de Fabio Arias Vélez y Horacio Montoya, y conservo con mucho aprecio la moción con que me honró el Consejo Académico en el momento de mi partida.

Grandiosa obra la del Parque del Café. Se halla a la altura de los mejores parques del mundo. A Diego Arango Mora, realizador de la idea, le repito mi sorpresa y admiración. La cultura del café ha lo­grado el mayor monumento que pudiera levantársele.

La Crónica del Quindío, Armenia, 24-IX-1995

 

Concursos desiertos

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando se declara desierto un concurso literario, co­mo hace poco sucedió con el de novela patrocinado por Colcultura, en el mundo de las letras se ventilan diversas opiniones a favor y en contra de la medida, dentro del recurrente propósito de debatir la cultura nacional. En este tipo de controversia nunca han faltado quie­nes critican la arrogancia del jura­do idealista o demasiado exigente. Como yo no participaba en el certa­men, puedo hablar sin amargura ni pasión sobre el tema.

Los miembros del jurado (Femando Cruz Kronfly, Ger­mán Espinosa y Sergio Ramírez) determinaron en su sabiduría que ninguna de las obras participan­tes reunía mérito suficiente para ser galardonada. La narrativa na­cional sale mal librada en el juicio de estos escritores –uno de ellos nicaragüense– que no hallaron nin­guna novela digna de ponderación, entre más de cien sometidas a su examen. No es aventurado pensar que varias de esas obras pertenecen a autores consagrados, tenien­do en cuenta la nombradía que otorga el concurso de Colcultura y el estímulo económico de que está dotado.

No creo que en virtud de este fallo deba considerarse desolador el pa­norama narrativo de Colombia, tierra pródiga en novelistas y cuentis­tas. Hay que dudar, por el contrario, de la capacidad para leer y apreciar un centenar de obras (alrededor de 25.000 páginas) en el término de breves días. Lo que a veces no se sabe es buscar y valorar. Recuérde­se que una de las novelas iniciales de García Márquez (cuando era feliz e indocumentado) no pasó la prueba de un eminente crítico de Buenos Ares, que le aconsejó rasgar las cuartillas y cambiar de oficio. Ese libro está hoy entre sus obras maestras.

Es oportuno traer a cuento el dato curioso de uno de los jurados de marras, el señor Cruz Kronfly, que en los comienzos de su carre­ra presentó a concurso su novela Cámara ardiente, y luego, sin ha­berse fallado el anterior certamen,  la envió a otro con el título de Falleba. En uno, la obra no obtuvo ninguna mención, y en el otro fue la ganadora. Aquí resulta válida la sabia sentencia de Campoamor: “En este mundo traidor nada es verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira».

Aduce Germán Espinosa que mu­chas de las novelas concursantes eran más crónicas periodísticas que invenciones literarias. Esto nada significa. No morirás, la novela de Germán Santamaría que acaba de ganar en Chile el primer premio en el Concurso Iberoamericano de Pri­meras Novelas, es una crónica sobre la tragedia de Armero, con ingredientes periodísticos.

A sangre fría y Música para camaleones, las celebradas obras de Truman Capote, se mueven también en el género del periodismo novelado. Lo mismo sucede con varias de las novelas de Oriana Fallaci. Capote se impuso esta meta ejemplar: «Demostrar una vez por todas que el periodis­mo, sin importar el tema, es capaz de alcanzar un nivel artístico igual al de la ficción más superior».

Esto significa que en el arte, ciencia de tan complejos lineamien­tos, no pueden existir fallos acadé­micos ni juicios definitivos. Lo que hoy es mediocre, mañana puede ser excelente. Y también a la inversa. Muchas obras ganadoras de con­cursos –incluyendo los Premios Nó­bel– no volvieron a tener figuración, y otras, perdedoras, alcanzaron la fama.

El Espectador, Bogotá, 2-I-1994

Rincón del libro (6)

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

La eternidad y el olvido

Pri­mera novela del poeta Víctor Paz Otero, publicada por Pla­za y Janés. Relato lírico donde el autor, valiéndose de símbolos, sugerencias e imágenes, penetra en su propia alma para presentar un mundo movido por el erotismo, la alucinación y los conflictos religio­sos de nuestro tiempo. La historia ocurre en una ciudad mítica –Popayán– y se confunde con la misma historia del narrador, quien también se estremece, como la patria chica arrasada por el cataclis­mo, con la arremetida de las pasiones.

El novelista mezcla en su relato el amor y el odio, la ternura y la piedad, la inocencia y la perver­sión. En este juego de luces y sombras, como es en sí la aventura humana, se traza la silueta de Popayán la religiosa y la impía, que ambas cosas es a la vez. En esta simbiosis sale a flote el mundo interno del autor, mundo ensimismado, sensitivo, poético, con­fuso en medio de emociones versátiles. Lucha el escritor por la conquis­ta de la palabra, y lo hace con ardentía y pasión, hasta darle a su obra la temperatura ideal para que se escuche su mensaje. El novelista se encuentra consigo mismo.

La ciudad y los sueños

Algo parecido, en género literario distinto, es lo que realiza Enrique Medina Flórez en este libro de ensayos. El humanista boyacense decanta en su obra, con virtuosismo idiomático, el alma pu­ra –e impura, como nos la transmi­tió Inés de Hinojosa– de su Tunja maternal, a través de leyendas, mitos, personajes, diablos y llo­ronas. Y pone a volar su espíritu por el propio espíritu de la historia. Este escritor silencioso –poeta, his­toriador y prosista de alto vuelo–, enclaustrado en su recinto de pie­dra milenaria bajo el sopor de paisajes taciturnos, es el intérprete cabal de una ciudad gloriosa que ha sabido conservar sus tradiciones en medio del turbión de los tiempos modernos.

Periplos y

Diez burritos y algo más

De Méjico recibo este par de libros en­cantadores que me remite su autor, el colombiano Aristomeno Porras, columnista del periódico Excelsior y el principal colaborador que tuvo la revista Nivel de Germán Pardo García. En el primero, como consecuencia de los viajes del escri­tor por el mundo, capta imágenes diversas que transmite saturadas de apuntes y pensamientos alrede­dor de los lugares visitados. Y en el segundo ofrece, con sutil y grato humor, una antología sobre los apacibles jumentos inmortalizados en muchas páginas de la historia. Al mismo tiempo se detiene en hechos simples de la vida cotidiana para estructurar, con gracia y maes­tría, crónicas ejemplares por su brevedad y su técnica expresiva.

El Espectador, Bogotá, 7-XII-1993

Diccionario del desahogo

He conocido el siguiente comentario que sobre el libro Dicciona­rio del desahogo, del escritor santandereano Jaime Álvarez Gutié­rrez, obra que ha pasado inadvertida en Colombia, y que fue mencionada por esta columna en días pasados, escribió en España, en Diario 16, Camilo José Cela,  nóbel de Literatura:

«Álvarez Gutiérrez, apoyándose en una cumplida bibliografía y aco­piando lectura tras lectura, nos brinda un curioso repertorio de voces no siempre admitidas en sociedad, aunque sí en la prosa de muy ilustres autores. Ahora que la gente habla mal, en los muchos sentidos que esto de hablar mal pudiere tener, es saludable repasar los elegantes usos, los airosos es­guinces y los graciosos últimos significados que nuestros padres y abuelos literarios acertaron a dar a este prolijo vocabulario. Insisto en recalcar el valor de estos estudios sobre las palabras desterradas no más que por la ñoñería y la pudibundez”.

E. E., 2-I-1994

El diablo que ríe

A Hernando García Mejía le bullía en corazón y cere­bro el diablillo fiestero a quien Riosucio tributa un culto que se volvió mítico. En El diablo que ríe, obra publicada por Plaza y Janés, crea un universo de carcaja­das para que el país aprenda la lección de este diablo bueno que recorre las calles y penetra en los hogares con su varita mágica de la simpatía y la risa a flor de labios. Novela fresca y retozona en la que el lector siente al diablo hacién­dole cosquillas y provocándolo para que coma del fruto no prohibido: el fruto de la alegría y la confraterni­dad.

Sólo el silencio grita

La nueva novela de Fernando Soto Aparicio, publicada por Editorial Grijalbo, presenta un cuadro caricaturesco sobre la realidad latinoamericana que hace víctima al hombre de atropellos, despojos, desaparicio­nes, impuestos sin medida, tortu­ras y toda clase de violaciones de los derechos humanos. Hay algo novedoso en esta obra y es que los documentos (papeles oficiales, pastorales, manifiestos, artículos de prensa), convertidos en personajes de novela, hablan como protagonis­tas de la gran farsa social que denuncia el novelista. El humor incisivo campea por las páginas del relato y desazona el ánimo ante tanta injusticia con que gobiernos y políticos, de Colombia y de toda América, azotan al indefenso ciudadano. Es preciso aplaudir la labor que cumple Editorial Grijalbo al brindar, entre su acredi­tada bibliografía empresarial y sico­lógica, espacio relevante para el escritor colombiano.

Secretos de escritores

En esta obra de Jaime Montoya Candamil publica­da en su serie El pulso de los tiempos, el autor recoge diversas entrevistas con escritores y poetas publicadas en el diario El Siglo, las que en 1984 le merecieron, dentro del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, la medalla al mejor trabajo cultural en prensa. Libro llamado a permanecer en las bibliotecas por los testimonios que dejan los entrevistados, por las lecciones que siembran y por la variedad de estilos, matices y opi­niones que se presentan en el mundo de las letras.

La creación literaria,

asedios y tentaciones

Afín al libro anterior, e integrante de la misma serie bibliográfica, se encuentra esta obra de Óscar Londoño Pineda, batallador de la cultura nacional. Se trata de una selección de breves y ágiles ensayos elabo­rados sobre aspectos referentes al oficio de escribir, lo mismo que de discursos pronunciados en la presentación de libros. En este material se halla el observa­dor atento y el analista certero del quehacer literario, que ofrece, como guías para el escritor, ideas novedosas bajo el impulso de una prosa castiza.

Un hombre destinado a mentir

Ramón Molinares Sarmiento lan­za esta novela singular con el sello de Plaza y Janés. El actor principal es un impostor que pierde su identi­dad y se mete en pellejo ajeno para desvertebrar su propia existencia. Con el cambio de piel no consigue, empero, acallar su alma en perenne vigilia. Por el contrario, la tortura más. Novela que entre misterios y toques sensuales des­pierta interés e intriga desde las primeras páginas, y así se va hasta el final.

Memorias de un médico anda­riego

También de Plaza y Janés. Judith Porto de González elabora una serie de relatos que giran en el mundo de la medicina y pintan la cotidianidad del hombre en su aven­tura por amar y vivir. Mundo dibujado con gracia y maestría en medio de veloces rasgos sicológicos, algunos llenos de fantasía,  de personajes que se mueven entre la vida y la muerte, el dolor y la alegría, el amor y la frustración.

La manzana del Edén

Ignacio Chaves Cuevas y Vicente Pérez Silva sorprendieron a sus amigos, como lírico regalo navideño, y en edición numerada, con la reimpresión de La manzana del Edén, de Miguel Rasch Isla, hermo­sa obra que había visto la luz en 1926, en edición privada de cien ejemplares. Rasch Isla, que en fe­cha reciente obtuvo el premio a la mejor poesía erótica, es recibido con júbilo entre las bellas páginas revividas por este par de quijotes modernos, en las que se admi­ran además las dotes artísticas de José Eduardo Jiménez y Martha Patricia Jiménez como director de la edición y autora de la portada.

E. E., 16-II-1994

Chiquinquirá y el humanismo boyacense

Horacio Bejarano Díaz, se­cretario de la Academia Colombiana de la Lengua, recopila en este libro sustancio­sos ensayos sobre escritores de Boyacá (José Joaquín Ortiz, José Joaquín Casas, Joaquín González Camargo, Carlos Arturo Torres y otros), en cuya obra ha profundiza­do a través de hondas lecturas. El libro está patrocinado por el municipio de Chiquinquirá, enti­dad que es hoy la mayor promotora de cultura boyacense con su reco­nocida serie bibliográfica.

Correspondencia de Rufino José Cuervo

El Instituto Caro y Cuervo publica la segunda parte de la correspondencia de Rufino J. y Ángel Cuervo con corresponsales colombianos. Este seguimiento que hacen investigadores acuciosos de la entidad –esta vez Angelina Araújo  Vélez– no sólo penetra en la intimi­dad de los personajes sino que a través de notas marginales explica ciertos hechos de la historia nacio­nal que coexistieron con la vida estudiada.

Corrientes interiores

Con el mismo sello del Instituto Caro y Cuervo ha salido a circula­ción la obra Corrientes interiores y otros poemas, de Roberto Uribe Pinto, con prólogo de Eduardo Carranza, que dice so­bre el autor: «Así como camina, con ese paso ondulante de felicidad como el de los colegiales formales cuando van a recibir un premio, avanza con su poesía frutal, rebo­sante de efluvios vegetales, sin sombra, porque hasta la noche le rinde su cosecha de estrellas».

El equilibrio del poder

El general en retiro Fernando Landazábal Reyes hace en este libro, publicado por Plaza y Janés, un estudio sobre las relaciones político-militares y ofrece fórmulas de interés, con ánimo polémico –como lo sugiere el alacrán pintado en la carátula–, sobre los caminos de la paz. Landa­zábal Reyes, autor de varios libros, personifica la evolución en los últi­mos años de las Fuerzas Armadas, preocupadas no sólo por dominar la estrategia militar dentro de un mun­do cada vez más conflictivo, sino por contar entre sus hombres de mando a personas con pre­paración intelectual. 

Tiempo frágil

La Universidad Central, que no cesa en su labor de estimular el talento colombiano, ha editado este libro de Fernando Lleras de la Fuente, con prólogo de Ignacio Cha­ves Cuevas. Este poemario se suma al publicado en 1989 con el título El corazón suspenso, y corrobora la vocación lírica del autor. Es la suya poesía romántica –melancólica en muchos pasajes– e imbuida de ritmo y resonan­cias intimistas, que transmiten mú­sica y ensoñación.

India, un universo fascinante

Hermoso libro, tanto en su diseño como en su contenido, publicado por el arquitecto y escritor Germán Puyana García con la mar­ca de Plaza y Janés. Viajero perti­naz de mundos y culturas diversas, el autor ha sido un enamorado de los países legendarios de Oriente, entre ellos la India. Su sentido de aventura y observación lo llevó a plasmar en este libro las andanzas que hoy presenta con novedad y ameno estilo.

Libros de la Universidad del Quindío

La Universidad del Quindío cumple, bajo el liderazgo de Henry Valencia Naranjo, destacada labor en el campo cultural. En sus talle­res gráficos edita no sólo la revista institucional y textos de los profesores, sino que apoya a los escritores quindianos. Tres libros que enaltecen las letras de la región son Huellas de rebeldía, de Iván López Botero; Historias de un pueblo rebelde, de Alberto Bermúdez, y un en­sayo sobre la posmodernidad, de Nodier Botero. El mismo rector Valencia Naranjo cultiva la poesía, don que mantenía oculto. En 1989 dio a luz su primer libro lírico, Evasiones y soledades, que le mereció elogios de la crítica, y ahora prepara su segunda salida en el mismo género.

E. E., 11-VI-1994