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Fiesta boyacense-caldense

viernes, 16 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En el templo de San Ignacio, una de las mayores joyas coloniales de Tunja, se celebraron los 92 años de la Academia Boyacense de Historia, presidida por Pedro Gustavo Huertas Ramírez. En el evento, Javier Ocampo López, que dirigió la Academia por largos años, y es uno de los promotores de la cultura boyacense, fue exaltado por sus ejecuciones y recibió el titulo de miembro benemérito de la institución.

Fueron entregadas tres obras que cuentan con el patrocinio de la entidad: Miradas y aproximaciones a la obra múltiple de Otto Morales Benítez, de Vicente Landínez Castro; un libro sobre Carlos Arturo Torres, destacado  escritor boyacense y gloria de las letras nacionales, escrito por Gabriel Salazar Cáceres, y el titulado Las encomiendas de Santiago de las Atalayas (1588-1684), de David Rueda Méndez.

Esta Tunja de antifaz nebuloso y apacible, como en líricas palabras la definió Enrique Medina Flórez, se puso de fiesta -una solemne fiesta del espíritu- para destacar la trayectoria admirable de la Academia Boyacense de Historia; exaltar a Otto Morales Benítez como uno de los colombianos más positivos de la nación, a la par que infatigable cultor de las letras y admirador de las tradiciones y los valores boyacenses, y apoyar el talento de los escritores con la publicación de sus obras.

Medina Flórez, secretario de la entidad, en su emotivo discurso de apertura de la sesión dijo: “Aquí, en esta ciudad con destino espartano y sobrio y casi  ascético, la teoría de la historia es un desfile de figuras que han esculpido la gran leyenda de la patria. Aquí Colombia es carne, hueso y sangre. Tierra para el aula de las ideas. Tierra para el santuario meditativo. Tierra y campos y riscos para las batallas”…

Vicente Landínez Castro, el estilista más brillante con que cuenta hoy Boyacá, sobre quien el maestro Arciniegas dijo que no hay otro colombiano que escriba un castellano más perfecto, expresivo, elegante y jugoso como el suyo, se  encargó de hacer el panegírico sobre la deslumbrante personalidad de Otto  Morales Benítez, demostrada en su obra múltiple como escritor de todas las horas, y en sus vigilias patrióticas como pensador y guía de la conciencia nacional.

El libro de Landínez Castro, pergeñado en sus severos reposos en la villa de Barichara, frente a la obra monumental de Otto Morales Benítez, es un breviario minucioso sobre el tránsito humano y creador de este colombiano excepcional a quien el país, por la ceguera de sus copartidarios, según lo dijo hace poco el expresidente Belisario Betancur en la Fundación Santillana, está en mora de llevar a la presidencia de la República.

La carcajada de Otto es homérica: así la califica Landínez Castro, y agrega que es pieza imprescindible del atuendo de su personalidad. Con esta asombrosa vitalidad de siempre y con esa invencible alegría de vivir (palabras del escritor boyacense), el país notifica su energía y afianza sus esperanzas.

En el encuentro estuvo presente el departamento de Caldas en la persona de Carlos Arboleda González, director del Instituto Caldense de Cultura. Este acto  de presencia fue significativo: si Boyacá exaltaba a dos líderes de la tierra caldense –Morales Benítez y Ocampo López–, Caldas se sentía comprometido. Esta unión boyacense-caldense marca la identidad de dos pueblos cultos que se dan la mano para estrechar la suerte de sus parcelas unidas por las causas supremas del espíritu.

La Patria, Manizales, abril de 1997.
Repertorio Boyacense, N° 334, Tunja, noviembre de 1998.

 

Navidad en libros

viernes, 16 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Generosa cosecha de libros ha entrado por estos días a enriquecer mi biblioteca. Varios de ellos, como los maravillosos de Villegas Editores, los he comentado en otras columnas. Voy a referirme hoy a los libros de cuatro amigos muy allegados con quienes realizo frecuentes tertulias literarias en el ámbito de los hogares, y que parecen haberse puesto de acuerdo para celebrar la Navidad en medio del parto jubiloso de sus propias producciones.

El exmagistrado y poeta Homero Villamil Peralta publica su sexta obra: Mi canta por Boyacá. Poema folclórico en 227 páginas, que se recrea por todos los pueblos del departamento y enaltece las virtudes más acendradas de la raza. Con grato tono costumbrista, a la altura de los grandes intérpretes del lenguaje popular, la emoción lírica de Villamil, llena de gracia y sabor picante, pinta el alma boyacense y hace el inventario de las riquezas de la tierra nativa a través de los paisajes, los accidentes geográficos, las tradiciones, la cultura y los hombres. Su libro conquista sitio de honor en la bibliografía regional, como referencia auténtica del alma de su pueblo.

Inés Blanco, alma tierna y romántica, sabe que el amor, la ausencia y el recuerdo se beben con fulgores de luna. El sólo título de su nuevo libro sugiere poesía: Piel de luna. Poetisa sensible, en plena maduración como las mieles de las campiñas, se embriaga con las delicias del amor y sufre con las penas del olvido y la distancia. Traduce la emoción humana. Su obra es un canto a los más nobles sentimientos de la vida. Fina poesía de ensoñación y arrebato, de carne y delirio, de evocación y luna. En breves versos llenos de melodía y metáforas hace surgir el encanto del amor hechizado que hincha las venas y estremece las estrellas.

Hace apenas cuatro años se reveló una gran escritora de literatura infantil, y ya lleva tres libros publicados. Se trata de la historiadora boyacense Merce­des Medina de Pacheco, cuya vena literaria se mantenía oculta y sale ahora a relucir en espléndidas ediciones llenas de originalidad, ternura y colori­do. Sus fantasías vuelan sobre la realidad de la historia colombiana y consiguen, con soplos mágicos, inflamar la mente de los niños. Su nueva obra, El palomar del príncipe, es el deambular fascinan­te por el mundo infantil de José Asunción Silva, autor, entre otros bellos poemas, de Los maderos de San Juan. El poeta lúgubre y trágico adquiere en el libro de Mercedes Medina de Pacheco, para que lo disfruten chicos y grandes, el alma pura que un día se descargó el tiro mortal en mitad del cora­zón.

Óscar Londoño Pineda, exmagistrado y exal­calde de Tuluá, su patria chica, vive enamorado de las letras. Nunca ha dejado de hacer literatura. Es su pasión creadora. Con reconocido éxito ha incursionado en los géneros del cuento, la novela y el ensayo. Tras su retiro de la magistratura, y como  testimonio fresco de sus vivencias judiciales, recoge en doce cuentos el mundo escondido de la tra­gedia humana que se ventila, y por lo general se asfixia, en el ambiente sórdido de la justicia.

Londoño Pineda, agudo observador de la hu­manidad, capta los menudos y tremendos dramas del ser anodino que a duras penas logra hacerse sentir. Y como los jueces ni lo escuchan ni lo entienden, lo hace el cuentista –cual otro Chéjov– en el volumen que titula La justicia no sonríe. Libro duro y de protesta, escrito con ágil estilo y amasado con el real nervio del cuento, ese que crea tensión y le traslada al lector la solución que debe hallarse como consecuencia del relato.

La Crónica del Quindío, Armenia, 17-XII-1996

 

Rincón del libro (7)

viernes, 16 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Mi canta por Boyacá

Poema folclórico de Homero ViIIamil Peralta. Es un recorrido fes­tivo por todos los pueblos de Boyacá. El autor, con lenguaje costumbrista picado de gracia y picardía, pinta paisajes, tradiciones y particularidades de la región. Hace un repaso de los hombres, valores y virtudes de la raza boyacense y se recrea en la sosegada parcela campesina, a donde el poeta deja escapar con frecuencia su espíritu desde la caótica urbe bogotana.

Piel de luna

La fina poetisa Inés Blanco, silenciosa y reflexiva en el avance de su obra,  entrega, con este título sugestivo, su segundo libro: Piel de luna. Es la suya una tierna poesía intimista llena de sensibilidad, me­táforas y recordación, donde el amor se vuelve clamoroso. Enamorada de la poesía y del alma humana, sus versos son un canto a la vida, a la ilusión y a la esperanza.

Los pasos de Egor

Óscar Londoño Pineda, libre ya de los compromisos de la magistra­tura, dedica su tiempo de reposo al oficio de escribir que siempre ha cultivado. Lleva publicados cuatro li­bros en los géneros del cuento, la novela y el ensayo, y varios más hacen turno para próxima edición. Los cuentos reunidos en Los pasos de Egor, que obtuvieron en su pri­mera salida, hace 21 años, amplios elogios de la crítica, vuelven ahora al público en reedición de Montoya Candamil Editores.

El duende de la petaca

Precioso y singular el libro que la escritora boyacense Mercedes Medina de Pacheco, experta en literatura infan­til, bautiza con el nom­bre de El duende de la petaca. La petaca es un arca o baúl (en este caso de caña) que se uti­liza en las residencias como una antigüedad para guardar cosas íntimas. El libro, que tiene la misma forma de la pe­taca, esconde un duende travieso y erudito que, llevando de la mano a dos amiguitos del hogar, se escapa hacia regiones fantásticas y hace las delicias de niños y adultos.

La escritura como pasión

Es el nue­vo libro de José Chalarca, que recoge seis ensayos sobre distintos aspectos literarios y en todos ellos cam­pea su mente lúcida que sabe ahondar en los temas para crear motivos de reflexión. Chalarca, que además es pintor, avanza en ambos frentes del arte con hondura y firmeza. Ahora trabaja en una novela y en el libro El biblionauta.

Altamar

Este poemario escrito por Óscar Echeverri Mejía entre los años 1990-1993, y publicado por la Gobernación del Valle del Cauca, se convierte en una corona para el poeta al cumplirse 50 años de la edición de su primer libro, Destino de la voz. La obra, de profundo tono romántico, navega hoy por los oleajes del alma otoñal que no cesa de latir en función de poesía en su refugio campestre de Buga. El escritor mantiene marcada predilección por las aguas –de los ríos, los mares, los campos–, y con Altamar refrenda su pasión subyugante.

Camino de versos

Un poeta nuevo de provincia, y viejo en su inclinación a los versos, surge en la ciudad de Tuluá. Se tra­ta de Jorge Penilla Moriones, alma sensible a los temas del amor, la tie­rra y la violencia, que sorprende en su primera salida con esta obra madura: Camino de versos. Dos de los poemas, de sentido so­cial, reflejan alta estirpe poética: Queja de una madre india y El muerto de la calle.

Prensa Nueva Cultural, Ibagué, diciembre de 1996

Antología de Gómez Valderrama

viernes, 16 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Jorge Eliécer Ruiz, uno de los amigos más cercanos de Pedro Gómez Valderrama, ha recogido en este libro, publicado por el Instituto Caro y Cuervo, importantes pá­ginas del eminente escritor santandereano fallecido en abril de 1992. Su obra, que logra alta figuración en los géneros del cuento, la novela y el ensayo, arranca en 1938, cuando el escritor tenía 15 años de vida, desde el campo de la poesía.

En este terreno permanece hasta 1946, y de allí en adelante no volverá a escribir más poemas. Dos testimonios aislados de esta cosecha son los libros Norma para lo efímero y Biografía de la campana. Sin embargo, tal vez la caracte­rística más acentuada de su produc­ción, sobre todo en los géneros de la nove­la y el cuento, es el tono poético. Por sus cuentos de misterio, suspen­so y erotismo, imbuidos de diablos, brujas y amores hechizados, se desliza auténtica poesía.

La otra raya del tigre, su novela este­lar, es un canto poético a la epopeya santandereana de la conquista de tierras. El alemán Geo Von Lengerke, siendo un ser real, se vuelve mito gracias a la fecunda creati­vidad del novelista. Pedro Gómez Valderrama recorre en esta obra, entre el fragor de las guerras y la frondosidad de la selva, la propia historia de su comarca durante el siglo XIX.

Y demuestra que la poesía es necesa­ria en la elaboración de la novela. Esto lo conocía muy bien, y así lo manifiesta en una conferencia dictada en 1981 en la Universidad Javeriana: «La poe­sía es la indiscutible madre de las literatu­ras, y a través de ella, y por su causa, se llega a otros aspectos, a otros géneros lite­rarios, todos los cuales están contenidos, irremediablemente, en la poesía».

El antólogo le da énfasis a esta circuns­tancia al volver a los pasos iniciales del escritor y situarlo años después en el ámbito de la revista Mito, al lado de Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lemus, Hernando Valencia Goelkel y el propio Jor­ge Eliécer Ruiz, promotores los cinco del movimiento cultural que giró alrededor de la revista mítica y marcó un hecho memo­rable en las letras colombianas.

Gómez Valderrama, que también fue político, hombre de Estado y diplomático, tuvo que luchar por el predominio del es­critor sobre las tentaciones de la vida pú­blica. No permitió nunca que se frenara, y menos que se ahogara, su vocación lite­raria, a pesar de agobiantes compromisos que tuvo que asumir en posiciones oficia­les. Fue brillante ministro de Gobierno y de Educación, y luego embajador en Ru­sia y España, cargos que le aportaron grandes experiencias para sus cosechas de escritor.

Su obra, ya decantada por la crítica, ocupa puesto notable en las letras del país. Además, trasciende los linderos patrios. La antología que ofrece Jorge Eliécer Ruiz, de prosa y poesía, es justo home­naje a este creador ilustre.

La Crónica del Quindío, Bogotá, 1-X-1996.
Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, N° 66, enero-diciembre/1996.

 

Hernán Palacio Jaramillo

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Pocos sabíamos en el Quindío, hace 20 años, que Hernán Palacio Ja­ramillo tenía inquietudes intelectuales. Esta faceta la mantenía oculta. La gente se había acostumbrado a verlo bajo otros aspectos: médico, líder cívico y cafetero, alcalde de Armenia en dos ocasiones, gobernador del Quindío. Fue uno de los promotores de la creación del departamento y ejerció la presidencia del Comité de Cafeteros por espacio de 20 años.

Descubrí su vena culta cuando ocupaba la presidencia de esta última entidad. Un día fue a mi oficina y me preguntó por los libros que el Banco Popular le había editado a Alberto Ángel Montoya. Mientras el empleado encargado de su venta me los traía, Hernán recitaba, con emoción, varios de aquellos poemas famosos. Este suceso me permitió ver un hombre distinto al que veía el común de la gente.

Tiempo después me comentó que el Comité de Cafeteros tenía interés en  rescatar la novela inédita de Eduardo Arias Suárez, Bajo la luna negra, y me pidió que dirigiera la edición, como en efecto lo hice. La entidad cafetera, bajo la orientación de Palacio Jaramillo, había apoyado a través del tiempo la obra de otros escritores de la región. Varias veces hablamos de diversos ­proyectos, como el de la edición de las novelas indigenistas de Jaime Buitrago Cardona, plan que se habría realizado si el amigo no se hubiera retirado del Comité.

Era un diletante secreto de la poesía. No la producía, pero la paladeaba. Uno de sus autores favoritos era León de Greiff. Alguna vez, en su casa campestre de la represa del Prado, se entusiasmó cuando tres contertulios ocasionales debatían en la mesa vecina, al calor de unos vasos de whisky, los po­deres musicales de la poesía greiffiana. Les pidió permiso de pasar a su mesa, y con ellos formó un foro prolongado, de amplia erudición, sobre la obra del poeta.

Después de mi venida del Quindío supe que se había de­dicado a escribir. Esto no podía tomarme de sorpresa: era uno de los testigos, casi secretos, de esa afición que apenas dejaba entrever en ocasiones especia­les. Radicado yo en Bogotá, con frecuencia leía los sesudos ar­tículos que Hernán publicaba en El Informador Socio-Econó­mico del Quindío, la revista de Ernesto Acero Cadena, lo mis­mo que en La Crónica y La Pa­tria, lo que confirmaba más aún sus dotes de escritor.

Creo que al sentirse enfermo se refugió en la literatura, de tiempo completo, como fórmula ideal para alimentar el espíritu. Y produjo los tres libros que enriquecen las letras quindianas: Quindío, territorio invadi­do, El tesoro de los quimbayas y La fabulosa vida de don Se­bastián de Belalcázar.

Supe, desde aquella tarde le­jana en que Hernán Palacio Jaramillo recorría mi despacho bancario recitando los poemas de Alberto Ángel Montoya, que el hombre público era también hombre de versos. Promotor y hacedor de cultura. Este testimonio –digno homenaje a su memoria– me brota al saber la infausta noticia de su muerte.

El Espectador, Bogotá, 19-III-1996