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Un encuentro memorable

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

2 de agosto de 1988, martes.

Un viaje acariciado con Astrid, mi esposa, tiene al fin cumplimiento en esta limpia mañana bogotana en que nos aprestamos a abordar el vuelo de Varig que ha de conducirnos al país azteca. En la instalación aérea de Bogotá todo es efervescencia. La vida de los aeropuertos es común en todas partes: movimientos presurosos de personas que llegan y salen, filas impacientes ante los despachos de pasajes, nerviosismo y ansiedad, adioses y despedidas. Uno de los lugares en donde más se agitan las emociones humanas, unas veces con reflejos de an­siedad y otras al impulso de los encuentros alborozados, es en los aeropuertos. En ellos hay misterio y suspenso, tristeza y felicidad, cercanía y distancia. Se unen allí, en extraña simbiosis, dos extremos de la existencia humana: el principio y el fin.

Ya situados en el confortable aparato de la empresa brasileña, y listos para la partida, escuchamos en varios idiomas la melodiosa voz femenina que nos da el reci­bimiento a bordo y anuncia una travesía de cuatro horas. El mensaje de las azafatas, imprescindible en estos as­censos del hombre a las temibles alturas, es el mayor sedante, por su tono y serenidad, para despegar de la tierra y chocar con las nubes. Consultamos el reloj mien tras el avión corre veloz por la pista: nueve de la maña­na. La hora exacta que figura en el pasaje. Ya teníamos noticia de la puntualidad inglesa de la compañía bra­sileña y por eso buscamos a Varig.

Buen augurio para un viaje de placer —como el que emprendemos para celebrar los 25 años de casados— éste de salir con exactitud y sin contratiempos por los aires de América. Hemos escogido a Méjico como sitio ideal para el turismo y la contemplación cultural. Mé­jico me ha atraído siempre por su historia, su cultura y sus bellezas naturales. Hoy viajo con mi esposa a descu­brir la tierra mítica de Juan Rulfo. Allí nos esperan, por otra parte, dos ansiados encuentros: uno con Laura Vic­toria, la voz lírica de mi pueblo nativo —Soatá—, y otro con Germán Pardo García, el poeta del cosmos.

Esto de poeta del cosmos, cuando el avión es pere­grino de los espacios infinitos y va contagiado de majes­tad, suena imponente. «Y me volví cósmico y soñé con la vida y la muerte en razón de ser astrofísico», señala el poeta en una de sus confesiones. Ahora recuerdo, en este encumbramiento por las regiones siderales, desde donde el mundo se ve borroso y lejano, que Adel López Gómez, escritor que conoció muy de cerca y admiró a Germán Pardo García, lo bautizó el «poeta de la briz­na y el cosmos». Exacta definición para quien como Par­do García plasmó en su obra, con sensibilidad artística, la trascendencia de la vida, desde la pequeñez hasta la inmensidad, y supo unir el átomo con la mole. Nadie sería grande y monumental y cósmico —como lo es Germán Pardo García— si no fuera al propio tiempo emotivo y humilde. Juntar la brizna con el cosmos re­presenta el acierto del hombre capaz de realizar un no­ble destino.

En su poema Sombras acústicas declara Pardo García:

Soy un vagabundo del espacio

y ansío escudriñar si mi espíritu repercute

en el centro de Dios.

Surge de pronto la sensación de hallarnos próximos a nuestro destino. La región más transparente, canta­da por el novelista Carlos Fuentes, está cercana al ha­llazgo. La inmensa capital de Méjico, que en otras épo­cas contaba con cielo claro y hoy se encuentra oculta por espeso manto de niebla, se resiste a aparecer ante nuestros ojos. Es necesario que el avión perfore la densa atmósfera contaminada, que pinta el cielo de gris melancólico, para que se descubra, en toda su magnitud, el imperio de la urbe.

Carlos Fuentes se refiere no sólo a la pureza de la atmósfera sino a la transparencia de la raza mejicana. Esa transparencia, a pesar del smog que atenta hoy contra la propia vida, es un distintivo del pueblo mejicano. Su capital, con veinte millones de ha­bitantes, es la más poblada del mundo. Y comienza a brotar como entre brumas, para luego revelarse en sus maravillosos contornos. Todo un espectáculo de ur­banismo, de belleza y suntuosidad.

Ciudad de Méjico se encuentra tan contaminada, que en los tejados de las casas mueren asfixiados los pajaritos; y mañana serán personas las que terminen con los pul­mones destrozados si no se controla el gigantismo letal de la urbe más colosal del planeta. Tal la marca agobiadora del progreso incomprensible. Estamos, en fin, sobrevolando la metrópoli asombrosa que relampaguea a distancia con su constelación de fosforescencias y vida. La metrópoli se nos mete en el cerebro y en el corazón, luminosa, succionante, estremecedora.

Escucho, rememorando su historia, el grito de las revoluciones que reclaman derechos e imponen libertad. Me llega el eco de las batallas donde el pueblo altivo escribió una de las mayores epopeyas de la raza, entre luchas, rebeliones y grandezas. Y no puedo disociar de esa cadena de combates y sacrificios la leyenda de Pedro Páramo, que recoge y simboliza uno de los capítulos mejor representados de la violencia universal. Es éste el país fabuloso que me ha crecido en la sangre como un torrente incontenible y que ahora fulgura en el aire y me infunde turbación y pasmo.

La ciudad se entrega como la amante frenética que desde siempre ha esperado, y se vuelve sensual con sus líneas hormigueantes que corren por avenidas vertigino­sas y por parajes recónditos. Es la ciudad-monstruo. La de las desmesuras y las pequeñeces entrelazadas, casta y pecadora a la vez. La de los amaneceres piadosos y las noches borrascosas. Centro de culturas milenarias y te­soros sorprendentes. Resplandece la urbe como un sen­dero de pedrerías fantásticas.

Cumplidos los trámites de inmigración, nos dispo­nemos a rescatar las maletas y tomar el taxi al hotel. Estamos en país extraño pero nos sentimos cómodos en él, tal vez por nuestra admiración por el territorio in­cógnito. El aeropuerto hierve de gente y afanes, y noso­tros, insignificantes transeúntes en medio de la multitud, nos protegemos en la mutua compañía. Nos dejamos arrastrar por la marejada humana y buscamos, más con la intención que con los ojos, la forma de sentirnos solos, como si esto fuera posible entre la muchedumbre de los aeropuertos.

Alguien se dirige a mí y menciona mi nombre. Es Aristomeno Porras, ciudadano colombiano residente ha­ce largos años en Méjico, a quien no conozco en persona. La grata sorpresa me abruma. Como estaba enterado de nuestro viaje, ha venido a recibirnos. Y nos dice que en otro ángulo del aeropuerto nos aguarda desde hace dos horas —por mala información sobre el vuelo— Ger­mán Pardo García. Me siento sobrecogido con la noticia. Me apena la cortesía de los dos amigos distantes, a quie­nes sólo he tratado por correspondencia, y me contraría la incomodidad que ha tenido que soportar el maestro, quien acaba de cumplir 86 años.

Y allí, en silenciosa espera, mientras el mundo circu­la rudo y hostil a su lado, divisamos al poeta. En entra­ñable abrazo le expresamos nuestra gratitud, a la vez que nuestro disgusto por el contratiempo.

–¡Bienvenidos a Méjico! –nos manifiesta con ges­to cordial, disimulando la fatiga.

–Maestro, es un privilegio estar con usted –le expreso con emoción.

Y él, sin palabras, deposita en manos de mi esposa una ollita de barro donde va sembrada una flor. Es la flor mejicana de la hospitalidad. Pero sobre todo es la flor poética de la solidaridad, que siempre retoñará en los corazones hermanos.

Es martes, y recuerdo el viejo proverbio: «En mar­tes, ni te cases ni te embarques». La sentencia no tiene sentido y resulta falsa como tantas otras inventadas por la imaginación popular. No sólo ha sido placentero el viaje de la pareja conyugal, sino que este martes da ini­cio al presente libro. Quedo embarcado en la gran aven­tura de descubrir el alma del inmenso poeta colombiano, gloria de la literatura universal, quien con una ollita de barro ha salido a presentarnos su célebre mensaje de «paz y esperanza» en medio del ambiente turbio de los aeropuertos. El barro representa la tierra, y con este co­nocimiento trataré de darle dimensión a la vida.

El cielo mejicano me ha sido propicio.

La Crónica del Quindío, Armenia, 9-VII-1995.

 

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Alma viajera

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Han corrido 25 años desde el día que escribí la primera línea sobre una ciudad. El descenso por el páramo de La Línea, invadida el alma con el inquieto encanto que producen las alturas y los abismos reunidos en un solo cuadro, en una sola emoción, me conmovió el espíritu. La sensación de inmensidad, y al mismo tiempo de pequeñez, que se experimenta en el punto más elevado de la cordillera, donde el viento sopla con furor y las nubes se estrellan inclementes contra la tierra, se quiebra más adelante y destruye el hechizo, cuando la arisca montaña se vuelve menos empinada y por consiguiente menos excitante.

De pronto irrumpió en una vuelta de la carretera, todavía luchando el viajero contra el vértigo de la bajada, un contorno de verdes tonalidades que le puso otro colorido al paisaje. Y otra temperatura al corazón. Más adelante apareció flotando en el panorama, como seductora silueta femenina, la ciudad presentida.

Era Armenia, iluminada y sugestiva, y clavada en la profundidad como el regazo amoroso de la cordillera. Ese contrate entre luz y sombra, entre cumbre y vacío, entre aridez y fecundidad –rasgos determinantes de la propia condición humana–, me ha llevado a lo largo del tiempo a establecer la perfecta simbiosis que existe entre el hombre y la naturaleza.

Al recoger hoy estas crónicas viajeras para formar un libro y cantar las ciudades y los pueblos de la patria, compruebo con asombro y regocijo que mis recorridos posteriores –unos laborales y otros de descanso, y todos de compenetración con el medio ambiente– cubren gran parte del territorio colombiano. He sido afortunado transeúnte de caminos. Esas andanzas, físicas y literarias, me abrieron la mente y el alma a la comprensión del hombre y al goce de la naturaleza.

Somos pueblos ambulantes

He de confesar que la vida de los pueblos, entendidos éstos como conglomerados humanos –sin considerar su importancia ni su extensión territorial–, me apasiona. Tanto la aldea más remota como la urbe más populosa, con sus pasiones y miserias, sus trabajos y esfuerzos, sus sueños y grandezas, me seducen. Todos los pueblos tienen cuerpo, historia, estilo propio, vida y espíritu. Somos pueblos ambulantes: los llevamos con nosotros mismos. Los paisajes que admiramos, y a veces destruimos, son nuestros mismos paisajes interiores.

Cuando se es capaz de descubrir la poesía del viaje, que la mayoría no logra encontrar, sabemos que viajar es un placer. Para eso se requiere el deseo de explorar y aprender, de captar lo peculiar y entender lo profundo que hay en todas partes. No es necesario abarcarlo todo ni detenerse en todos los pregones municipales, los que muchas veces, en lugar de enriquecer el conocimiento, distorsionan la realidad. Un solo ángulo, una particularidad, un matiz, percibidos con fidelidad, suelen ser superiores a grandes discursos para interpretar el carácter de los pueblos.

Viajar por viajar no tiene sentido. Disminuye el bolsillo, agota las energías y apaga el entusiasmo. No aporta ninguna experiencia vital, que es el mayor tesoro que debemos buscar en cualquier territorio. Con higiene artística es posible el hallazgo gozoso de emociones y alegrías, de personajes típicos y grandes filosofías pueblerinas a través de las cosas simples, incluso en los sitios que suponíamos menos trascendentes.

Dice Hermann Hesse: “La naturaleza es hermosa en todas partes o no lo es en ninguna”. Y agrega: “Se puede aprender del pintor o del poeta, pero también del campesino y del guarda forestal. Y en cada ser humano, por unilateral que sea su formación, dormita una olvidada fraternidad con el sol y la tierra”.

El ocio de los caminos

Para ejercer el romanticismo de los viajes –una cualidad no tanto de los enamorados cuanto de los espíritus sensibles– hay que dejar que el alma vague sin rumbo fijo en búsqueda de sorpresas, de pequeños detalles enriquecedores, y luego vuele por los paisajes como una avecilla de los montes, que es minúscula dentro de las desmesuras del mundo, pero sabe ser feliz. Hay que escaparnos a campos y veredas y aldeas ignotas, a buscar las fuentes de la vida y los misterios del mundo, provistos sólo de inquieta ansia sensual y de la lente elemental del artista.

El método de la contemplación, del diálogo interior, del ocio de los caminos, cuando sabe practicarse, eleva el espíritu y dignifica la existencia. Esto nos evita ser rastreros.

Cuando viajo por Colombia o por otros países, en mi maleta no puede faltar la libreta de apuntes. Me gusta mirar, preguntar, indagar. Y sobre todo, observar. El chofer de taxi, el vendedor de dulces, el lustrador de calzado, la humilde aseadora del hotel, en quienes reside la filosofía popular, han sido siempre mis mejores informantes. El clima de las poblaciones lo he medido a través de estos menudos personajes de la vida corriente.

Ellos son los autores de la mayoría de estas páginas. Además, en varios casos figuran como protagonistas reales de episodios memorables para mí, que yo quisiera que también lo fueran para el lector. Son moldes sociales que vale la pena exaltar.

El alma de Colombia

Estas crónicas, escritas algunas con leves dosis de humor y en tono coloquial y juguetón, persiguen una finalidad precisa: retratar a Colombia. No son pesados cuadros de costumbres ni profundos ensayos de sociología. Pinceladas, apenas, sobre el alma de la patria, con algunos rasgos humanos –en el dolor y el alborozo– de ese sinfín de personajes y sucesos que giran en torno nuestro y no siempre sabemos captarlos.

Si no soy un pintor afortunado, aspiro por lo menos a dejar constancia de mi ánimo indagador. No deseo, además, que mi pretensión vagabunda sea recriminada con las palabras de Fernando González en su libro Viaje a pie: “El hombre es un animal que suda, que digiere, que elimina toxinas, que desea la mujer ajena y todo lo ajeno, y que apenas por instantes piensa”.

Estos trabajos ocasionales, publicados casi todos en El Espectador como colaboraciones literarias, adquieren otra dimensión cuando se ponen en fila para encadenar una idea. Sin ser del todo necesario, les he dado algún orden para que mi viaje por Colombia no resulte tan emborronado como mi libreta de apuntes.

Comienzo el recorrido por las comarcas más pegadas al afecto: Boyacá, que me dio la sangre y me modeló el alma; y el Quindío, que a partir de aquel descenso por su cordillera soberana me brindó cariño y me acogió como hijo adoptivo.

Fue preciso, y lo lamento, para no hacer tediosa esta lectura que de todas maneras muchos abandonarán por insulsa, sacrificar otros escritos no menos entusiastas dentro de mi vocación andariega. Lo importante para el autor es saber que su misión de retratista de paisajes, de hombres y de estados del alma la ha desempeñado con amor. Amor por la humanidad y por el oficio de escribir. Acaso así se gane las indulgencias de los lectores benevolentes.

La Crónica del Quindío, Armenia, 14-I-1996.

* * *

Explicación necesaria:

Como habrá podido notar el lector de estas líneas, en ellas se anuncia la publicación de un libro. Así es. Pero el libro no se publicó. Un día me puso a correr el rector de la Universidad del Quindío, Henry Valencia Naranjo, al apremiarme con la oferta de un libro que deseaba publicarme en breve tiempo, sin que yo se lo hubiera pedido. Armé una obra de crónicas viajeras, sacadas de mis correrías por la geografía colombiana. Pasado el tiempo, noté que el rector (que había sido político) echaba al olvido su palabra. La vida de los libros está marcada por esta clase de percances. Ser escritor es un honor que cuesta. Cuando me convencí de la realidad, opté por echarle tierra al asunto. Sin amargura. El libro no se publicó, pero se rescatan las palabras de introducción escritas para aquella ocasión. Y también las crónicas viajeras, que quedan a salvo en este recinto seguro de la página web. GPE

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Ana Frank en el camino

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

De paso por la ciudad de Ámsterdam, en viaje por varios países europeos, me acordé de Ana Frank, la niña prodigio que a la edad de 14 años había escrito uno de los testimonios más estremecedores so­bre las atrocidades cometidas por el régimen nazi en la Segunda Guerra Mundial.

De tantas cosas importantes que hay que conocer en el itinerario por Europa, para mí era de primer or­den la visita a la casa donde Ana Frank escribió su diario clandestino, traducido a unos 60 idiomas y cuyas ventas superan los 20 millo­nes de ejemplares. Cuando la guía anunció que nos encontrábamos frente a la casa legendaria, en una calle sosegada que no hace presen­tir la dimensión del drama que allí se vivió hace medio siglo, el espíritu del viajero no pudo menos de sentir­se conmovido.

La sola idea de que en aquel refu­gio, en el llamado «Anexo Secreto», hubieran permanecido encerrados ocho judíos por más de dos años, mientras sobre su raza se desataba la más implacable persecución de Hitler, y una niña volcaba sus mie­dos y emociones en rústico cua­derno escolar, era seducto­ra para penetrar en este recinto de la historia.

Diríase que la furia del monstruo que arrasaba ciudades, tor­turaba a millones de judíos y luego los conducía a la muerte atroz no lograba penetrar las cuatro paredes de aquel encierro hermético, de donde brotaría, como una luz poderosa en medio de las tinieblas aquel legajo de hojas manuscritas por la niña precoz que ha sido, sin duda, una de las mayo­res cronistas de la crueldad huma­na.

De aquel lugar se sale sobrecogido y a uno se le antoja pensar en un suceso inverosímil, para el que no existe explicación va­ledera. Allí todo es fugaz e inasible –por más fijo que se halle en el cere­bro del mundo–, y  está penetrado de misterio. El amo de Alemania, que todo lo podía y todo lo aniquilaba, no fue capaz de destruir el fiel testi­monio de Ana Frank, tal vez el ma­yor enjuiciamiento sobre la brutali­dad del hombre en todos los tiem­pos.

Si aquel holocausto se compara con lo que acontece en tierra colombiana, donde la sangre de miles de vícti­mas se derrama en sordos episodios de ferocidad, vemos que la sevicia es la mayor aberración del hombre. Hitler no ha muerto. Lo tenemos vivo en la selva, en la ciudad, en las carreteras, en los ríos, dondequiera que exista un germen de vida, una mues­tra de civilización. Y sobre todo está vivo en la conciencia colectiva, alimentada de odios, de pasiones, de ansias destructoras.

Los trenes silenciosos que Hitler empujaba a Treblinka o Auschwitz son los mismos, en otro sentido, que recorren los campos de la guerrilla colombiana, con sus desfiles de ataúdes y sus cargas de mi­seria. Al pasar por la casa de Ana Frank escuché un grito lejano y des­garrador, como si saliera de las pro­pias entrañas de mi patria.

La Crónica del Quindío, Bogotá, 12-XII-1998.

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Cancún, ejemplo para imitar

viernes, 16 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

La isla de Cancún tiene 300.000 habitantes y es conocida como la joven de Méjico. Hace apenas 20 años se proyectó como sitio de atracción para fortalecer la economía de la península de Yucatán, y hoy es un paraíso del turismo internacional. Méjico, que ha hecho del turismo una de sus rentas más importantes, recibe por Cancún la quinta parte de la cifra total que por dicho concepto ingresa al presupuesto de la nación.

En reciente visita a la isla, la que se encuentra rodeada de una naturaleza prodigiosa y está favorecida con los servicios de una estructura turística de primera calidad, me hice la siguiente reflexión: ¿Por qué en Colombia no sucede lo mismo? Tenemos maravillosos encantos naturales, climas para todos los gustos, dos mares, gente amable, sitios exclusivos, y sin embargo… Este sin embargo es el que nos distancia de países desarrollados en turismo como Méjico.

Nos han faltado visión y audacia para explotar las riquezas de que disponemos. No hemos tenido ni el presidente ni el ministro de Hacienda que hayan concebido el turismo como uno de los recursos más sólidos para robustecer las debilitadas finanzas. En Colombia los gobernantes lo resuelven todo con impuestos.

La hotelería de Cancún, que ofrece alrededor de 20.000 habitaciones, se halla entre las más avanzadas del mundo. Esto no hubiera sido posible de no contar con las ventajas de la ciudad construida con los mayores sistemas de planeación, y con visión futurista, donde todo está calculado para el crecimiento estable. Primero se pensó en la estructura de los servicios públicos, en el diseño del casco urbano, en la adecuación de las playas y los sitios de interés público, en la construcción de las vías (en las que no se encuentra un sólo bache en cualquier recorrido que realice) y en la formación de la conciencia turística.

Sobre esas bases vino el desarrollo de lo que es hoy el centro dinámico y fascinante, visitado por viajeros de todas las nacionalidades, el que cada día progresa más y conquista mayores divisas para el progreso de la nación. ¿Podrá decirse lo mismo de Cartagena, Santa Marta o San Andrés?

Hay que admitir, con dolor patria, que en Colombia carecemos de vocación turística. Los gobiernos no se han preocupado por estimular esa vena dormida, y por eso los colombianos se van al exterior en busca del turismo seguro y confortable.

En el sitio que presento como modelo de turismo –y que me perdonen las comparaciones odiosas– existen otros dos factores fundamentales que hacen sentir cómoda a la gente, en los que vale la pena meditar. El primero, el de la amabilidad que se dispensa al visitante en cualquier lugar a donde llegue. El ambiente de hospitalidad está regado por toda la isla. Por eso, se regresa de allí con un sentimiento grato. Y el otro, el de la seguridad. Los sistemas de vigilancia en la isla, y sobre todo la noción de respeto al turista que allí se ha inculcado, permiten disfrutar de absoluta tranquilidad. Y quedan deseos de volver.

El Espectador, Bogotá, 7-VI-1997.

 

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Caminos de Boyacá

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Estas cuartillas intentan pintar, reconstruyendo una travesía caminera, ciertos matices de la Boyacá privilegiada de postrimerías del siglo XX, comarca que ha logrado mantenerse tranquila, con contadas excepciones, en medio del país perturbado por agudos conflictos públicos. Época nacional de profundas crisis sociales enmarcada en ríos de sangre y horizontes de pavura. La inseguridad carcome hoy la paz de los hogares y pretende borrar del alma y de los paisajes los semilleros de poesía y encanto que nos ha regalado la mano de Dios.

Ideal, como terapia, este escape de cuatro días por una de las comarcas más fascinantes de la geografía patria. Territorio abrupto y rústico en muchos de sus parajes, que se mantiene todavía incontaminado de falsas civilizaciones y por eso ofrece paraísos de sosiego y panoramas de ensoñación. Mientras en Bogotá y en la mayoría de las ciudades y provincias colombianas, lo mismo que en los campos azotados por la violencia, la patria se desangra en un mar de horrores, todavía, por fortuna, nos queda Boyacá.

Hoy los caminos de la paz conducen a mi  tierra. Y hacia ella vamos, lector amable. Puede que en algunos sectores sean senderos lentos y escarpados, estrechos y polvorientos, pero son, en cambio, apacibles y seguros, poéticos y sedantes. Invitan a la paz de la conciencia.

El territorio boyacense es reposado como la naturaleza que lo circunda. Allí no se ha atrevido a penetrar el perverso hombre contemporáneo que altera el reposo de otros lugares, tal vez porque le infunde respeto, o quizá confusión, la densidad de la tierra silenciosa. El  silencio no es bueno para la guerra. El fantasma de la violencia, que cabalga por Colombia y el mundo entero como un anticipo del Apocalipsis, si es que en realidad ya no estamos en el Apocalipsis, se ha detenido ante Boyacá.

Un acordeón hecho hombre

Carlos Eduardo Vargas Rubiano es un hombre de leyenda. Bueno como el pan de las mesas campesinas. Su fama de hombre recto, afable y sencillo le da vuelta a Colombia. El país sabe de su carácter jovial y descomplicado. Carlos Eduardo personifica al boyacense en su más pura expresión. Su personalidad está amasada de trigo y viento fresco. Se confunde con el paisaje y se vuelve canción.

Su acordeón es célebre en el país. En él revientan las primeras notas de las campiñas musicales, en territorio de torbellinos y guabinas, y declinan, con vibración de arreboles y letargos telúricos, las melancolías del atardecer. Nunca un acordeón se ha pegado tanto al alma de su amo. Nunca el hombre ha estado más cerca de la entraña de un acordeón.

Carlóse, como cariñosamente se le conoce y se le nombra, fue quien nos invitó a este viaje por la provincia lejana. Ocupaba el cargo de gobernador del departamento. Y la cita era en Soatá. Allí nos reuniríamos con una nómina selecta de colaboradores suyos, de académicos y otras personalidades.

Entre palmeras y poesía

Soatá es la capital de la provincia del Norte. Mi pueblo es célebre en el  país por sus exquisitos dátiles. Con ellos se han hecho famosas y hacen las delicias de los viajeros una serie de golosinas autóctonas: limones rellenos, toronjas en arequipe, besitos azucarados, masaticos de arroz… Soatá es un pueblo dulce. Se le conoce como la Ciudad del Dátil.

Es el único sitio de Colombia donde pegó la palma y fecundó su fruto. Por raro capricho de la naturaleza, sólo en las palmeras de mi pueblo coexisten flores masculinas y femeninas que, entrelazadas al igual que en el reino de los hombres, se atraen sexualmente y producen vida. El polen penetra en las flores femeninas y prolonga, a través de copiosas cosechas, la conservación de la especie.

Soatá está situada a menos de 300 kilómetros de Bogotá. Hoy se emplean seis horas en la travesía. Una carretera de nunca terminar, que lleva un siglo en plan de rectificación y pavimentación, ha reducido la distancia y ya promete, faltándole sólo 17 kilómetros para llegar a mi  pueblo, continuar su destino sufrido. El general Rafael Reyes la adelantó, siendo presidente de la República, hasta Santa Rosa de Viterbo, su cuna natal. Y allí pareció congelarse por infinitos años. Toda una eternidad para la paciencia de quienes recorren, de Bogotá a Cúcuta, estas latitudes resignadas.

La hacienda legendaria

Tipacoque está a trece kilómetros de Soatá. Es un pueblo dormido sobre su duro lecho de piedra. Se llega a él por entre compactas montañas que descubren el alma endurecida de la roca, como si ésta quisiera precipitarse sobre la carretera y cobrar la aventura del viaje por aquellos desfiladeros asombrosos.

La naturaleza petrificada, con sus imponentes crestas de arbustos carcomidos por los soles caniculares, parece el blasón del pueblo que Eduardo Caballero  Calderón, deseando hacerlo más suyo, lo proclamó un día como municipio independiente. Y lo gobernó como su primer alcalde.

Tipacoque es más un sueño que una realidad. La quietud de sus calles es alucinante. Algún vecino lo observa a uno desde el portón de su casa y no se sabe, en realidad, si aquella es una visión humana o fantasmal. Juan Rulfo nunca estuvo en Tipacoque. Pero ese hubiera sido el escenario exacto para su  Pedro Páramo.

Si usted, amable lector, ha soñado con estar en Comala, la villa mejicana de las almas errantes, vaya a Tipacoque. Le aseguro que hay momentos en que se ignora si se está hablando con seres vivos o con seres fantásticos. Y es que en Tipacoque o en Comala el tiempo está inmóvil. «Lo que pasa con estos muertos viejos es que en cuanto les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan». Son esos, según Rulfo, los espíritus que vagan y vagarán por su comarca inerte. Tipacoque es también pueblo de sombras y de vapores oníricos. Es otra aldea inmóvil.

La hizo inmortal Caballero Calderón. Lo que uno encuentra por las calles son personajes de novela escapados de los libros del cronista del pueblo. Esta recóndita aldea, cuyos moradores viven ajenos a su propia importancia, es el mayor símbolo de la literatura colombiana. La tierra dura, pedregosa y sufrida, enmarca el dolor campesino tan bellamente cantado en las novelas del genio boyacense.

Cuando uno vuelve a Tipacoque, y lo hace con los ojos del espíritu, salen a recibirlo siervos sin tierra que merodean por las trochas como eternos peones de la comedia humana. Cuando uno vuelve a Tipacoque mirará asombrado cómo se mueven, huidizos y como pasajeros del cosmos, las escasas almas  que desfilan por las calles del silencio como hebras imantadas.

Con Carlos Eduardo llegamos a la hacienda legendaria. El perro nos ladró, y la  buena mujer y su solícito marido, los cuidanderos irremplazables, nos dieron la bienvenida. El ilustre escritor, ausente en Bogotá, llena con su presencia de libros y vestigios múltiples la augusta soledad de la mansión. En el corredor grande se recuerda que el gobierno del doctor Carlos Lleras Restrepo la declaró monumento nacional.

La hacienda, que fue convento de los frailes dominicos, pasó a manos de los Caballero en el año de 1580. La vieja casona, cuya conservación demanda considerable esfuerzo económico, parece un castillo feudal. La hacienda fue repartiéndose entre los trabajadores y hoy sólo conserva, como un trofeo o como un baluarte de la historia, este reducto del corazón y de la inteligencia. Por los corredores y los salones han pasado siglos de historia patria. La casona huele a tradición, a literatura. Bolívar dejó en ella su rastro de caminante pertinaz.

A orillas del Chicamocha

La caravana partió con rumbo a Güicán. Nos detuvimos en Puente Pinzón, a corta distancia de Soatá, una de las referencias imprescindibles de mi pueblo.  El río Chicamocha, escondido en profundidades medrosas, gime sus pesares entre aguas turbulentas. Parece escarbar en las entrañas de la tierra en busca de mayores abismos. Murmura, incontenible, su esclavitud milenaria. Alguna chicharra, que salta por entre piedras y cactos, no se concede tregua en su andar nervioso y pide con sus silbos un minuto de sosiego.

El sol cae vertical, como una saeta en el vacío. Rebaños de cabras, hechas a los rigores de las estériles laderas, buscan afanosas su merienda de espinas y romeros, en composición mágica de durezas y estímulos aromáticos. Y se tiran, con el estómago colmado, en plena carretera, ajenas a la proximidad de nuestro vehículo. Ignoran, las pobres, que engordando sus carnes servirán de suculento festín para los apetitos voraces.

En la plaza de Güicán

De Soatá a Güicán gastamos tres horas. No llevamos prisa, y tampoco la carretera, vía angosta que serpentea en el ascenso con fatigas de páramo, facilita la velocidad. Hay sitios tan estrechos que no permiten pasar a otro vehículo.

Estos pueblitos montañeros que contemplamos engalanados y pintorescos, con sus policromías de iglesias pesarosas y sus plazas somnolientas, simulan un pesebre pegado a la cordillera. Es preciso hacer continuas paradas para  contemplar los farallones tocados de nieve y lejanía. Un día luminoso, que parece alejar la cercanía de la nieve, irradia fulgor y placidez sobre los riscos soberbios. Estos contrastes de sol y páramo, alturas y precipicios, majestad y pequeñez, alborotan el ánimo.

Boavita, La Uvita, San Mateo, El Cocuy, Guacamayas, El Espino, Panqueba y Güicán nos salen al encuentro. En los alrededores, Chita, Chiscas y La Salina miran el avance de la caravana. La Sierra Nevada es uno de los espectáculos más seductores de la geografía colombiana. Su manto de nieves perpetuas flota en el infinito entre ráfagas deslumbrantes. Los rayos del sol perforan el alma de las nubes y hacen resplandecer los peñascos más elevados, que se pierden en lontananza y sugieren una hilera interminable de atalayas marciales.

En la plaza de Güicán, frente al Peñón de los Muertos, se escucha la voz vibrante de los oradores. Sus palabras se repliegan por los contornos con ecos patrióticos. El poeta Pedro Medina Avendaño invoca a la Morenita de Güicán, la legendaria imagen de la Virgen cuya presencia entre los tunebos se remonta a más de dos siglos, y cuyo color, según la leyenda, obedeció a ser alumbrada con cera de laurel y trementina de frailejón.

El historiador Gabriel Camargo Pérez exalta el acto heroico de los aborígenes, que prefirieron suicidarse en alianza colectiva, tirándose al vacío desde lo que hoy se conoce como el Peñón de los Muertos –o el Peñón de la Gloria–,  antes que entregarse a los españoles. Esta epopeya parece diluirse entre los abismos del nevado.

Un hada en el camino

Con Astrid, mi esposa, he recorrido muchos caminos. Sin ella sería menor el conocimiento de la geografía colombiana. Gozamos de los paisajes, de las emociones del campo, de la simplicidad de la provincia. Nos gusta fugarnos sin complicaciones por pueblos y veredas, más allá de los confines transitados por el común de la gente. Nos identificamos con el pequeño mundo maravilloso que se manifiesta en seres y objetos menudos, insignificante para otras personas, y que contiene ocultos embrujos.

Un viaje debe convertirse en experiencia enriquecedora, en oportunidad de fortalecer la visión del mundo y ampliar los límites del corazón. El alma, cuando está ligada con la naturaleza, conserva su capacidad de asombro y de poesía ante la belleza.

Saber mirar lo auténtico por encima de lo superficial; encontrar en la escondida provincia o en el camino perdido la seducción de la quimera; extasiarse ante la comarca desprovista de arrogancia y sembrada de candidez; nutrirse de paisajes, de ríos y alboradas; vibrar con la mañana que se incendia de luces tonificantes y reposar con la tarde que declina entre eclipses encantados y suspensos mágicos… he ahí el secreto para poseer los dones portentosos de la naturaleza.

Regreso con mi esposa de esta aventura caminera. Traemos el alma henchida de hálitos absorbentes. La vida se justifica para el hombre cuando está movida por un aliento femenino. No todos saben encontrar la inspiración de esa dulce complicidad para la alegría y el dolor que es la mujer.

La mía, que es el hada de todos mis caminos, se queda en esta crónica como una vaporosa deidad de la campiña boyacense, transplantada de su campiña santandereana. Y permanecerá aquí como una afirmación de la belleza, como un suspiro de mi viento boyacense.

Bogotá, 5 de mayo de 1993.

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