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Padres asesinos

miércoles, 28 de enero de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Producen escalofrío los casos que registran las noticias de los últimos días acerca de la muerte de inocentes criaturas a manos de sus padres. La sana razón se niega a admitir que esto pueda suceder en la sociedad. Sin embargo, el hecho se presenta con increíble frecuencia, no solo en Colombia, sino en países de mayor cultura social, como Estados Unidos. Ninguna nación está exenta de esta barbarie.

Son diversas las causas que llevan a los padres a matar a sus hijos. Entre las más notorias están la violencia conyugal y el maltrato infantil, generadores de odios, de resentimientos y de trastornos síquicos, que incubados durante largo tiempo, como suele ocurrir, pueden desencadenar la tragedia en el momento menos pensado. Esta situación corrosiva se agrava cuando la persona está poseída por los celos, la ira, la  depresión, el desespero por la pobreza o la falta de trabajo, el hábito alcohólico o el consumo de narcóticos.

Hay padres que al no poder dispensar bienestar a sus hijos y verlos sufrir por su responsabilidad, prefieren matarlos para que no sufran en el futuro, y después se matan ellos mismos e incluso matan a su esposa. Esto se conoce como filicidio altruista. Siendo noble la calificación, el desenlace es pavoroso para la familia y la sociedad. ¿Cómo aceptar que el creador de la vida de un niño termine siendo su destructor? Esta conducta macabra no la practican los animales, pero sí el hombre.

Otras veces la madre del hijo no deseado produce su muerte apenas el recién nacido llega al mundo. ¿Cuántas veces los despojos desaparecen en las canecas de la basura, las lagunas o los abismos?, ¿y cuántas las conciencias depravadas tienen que sufrir los horrores del crimen por el resto de sus días?

En días pasados, la mamá de Johan Sebastián Rugeles, niño de siete años que fue asesinado en un potrero del sur de Bogotá, confesó su participación en el hecho. Las autoridades descubrieron que otro hijo, de 23 años, que había estado en la cárcel y era consumidor y expendedor de bazuco, fue el autor material del infanticidio. Madre e hijo determinaron la muerte de Johan Sebastián por haber sido testigo de un hecho delictuoso que los vinculaba a los dos, y que el pequeño podía delatar. Mayor grado de salvajismo no se puede concebir.

Hay quienes cometen este tipo de aberraciones sin sufrir ningún trastorno mental y sin ingerir licor. Algunos buscan vengarse del compañero o la compañera y solo esperan la ocasión para hacerlo. Llevan al asesino adentro. No se trata de sicópatas, sino de asesinos redomados que actúan bajo el impulso de la venganza (unas veces por celos, otras por violencia familiar, otras por un disgusto pasajero).

Si el asesino padece alguna enfermedad sicótica, debe ser tratado en un centro de salud. Caso improbable en un país con tantas carencias sanitarias y con tan poco sentido humanitario como el nuestro. Si no es un enfermo mental, debe ser recluido en la cárcel. Lo más grave en este caso –dice Mónica Pérez Trujillo, experta en criminología y violencia interpersonal– es que “las cárceles de Bogotá no cuentan con especialistas que manejen este tipo de delitos de una manera particular desde el área psicosocial”.

“No matarás”, dice el quinto mandamiento de la Ley de Dios. La vida es sagrada y nadie tiene derecho a disponer de ella. Es el mayor tesoro que tenemos. Pero el hombre es carnicero de la humanidad desde tiempos inmemoriales. El filicidio, que según estadísticas produce 500 muertes anuales en Estados Unidos, y no sabemos cuántas en Colombia, está convertido en uno de los grandes dramas de la época.

“No matarás a tus hijos”, habría que agregar al mandato bíblico en estos días de tanto odio, de tanto desastre social y familiar. La sociedad es la más herida, la más avergonzada y la más indefensa cuando son los padres quienes matan a sus propios hijos. ¡Qué horror!

El Espectador, Bogotá, 7-XI-2014.
Eje 21, Manizales, 7-XI-2014.
Mirador del Suroeste, n° 55, Medellín, agosto/2015.

* * *

Comentarios:

Es una situación muy dolorosa. Pero me temo que cada uno de estos delincuentes está mostrando el rostro de esa sociedad herida. Creo que es hora de mirar a la Psicología Social, para ver dónde y por qué se están engendrando estas patologías. En alguna forma, vacío existencial en en el sujeto que delinque. Y vacío de sentidos en la sociedad de la que forma parte. Jorge Mora Forero, Weston (USA).

Qué cosa tan macabra que esto esté sucediendo en nuestro país. Qué depravación la que lleva a un ser humano a terminar con la vida de su propio hijo. De verdad que uno queda anonadado al enterarse de estos casos. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

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Padres asesinos

miércoles, 12 de noviembre de 2014 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Producen escalofrío los casos que registran las noticias de los últimos días acerca de la muerte de inocentes criaturas a manos de sus padres. La sana razón se niega a admitir que esto pueda suceder en la sociedad. Sin embargo, el hecho se presenta con increíble frecuencia, no solo en Colombia, sino en países de mayor cultura social, como Estados Unidos. Ninguna nación está exenta de esta barbarie.

Son diversas las causas que llevan a los padres a matar a sus hijos. Entre las más notorias están la violencia conyugal y el maltrato infantil, generadores de odios, de resentimientos y de trastornos síquicos, que incubados durante largo tiempo, como suele ocurrir, pueden desencadenar la tragedia en el momento menos pensado. Esta situación corrosiva se agrava cuando la persona está poseída por los celos, la ira, la  depresión, el desespero por la pobreza o la falta de trabajo, el hábito alcohólico o el consumo de narcóticos.

Hay padres que al no poder dispensar bienestar a sus hijos y verlos sufrir por su responsabilidad, prefieren matarlos para que no sufran en el futuro, y después se matan ellos mismos e incluso matan a su esposa. Esto se conoce como filicidio altruista. Siendo noble la calificación, el desenlace es pavoroso para la familia y la sociedad. ¿Cómo aceptar que el creador de la vida de un niño termine siendo su destructor? Esta conducta macabra no la practican los animales, pero sí el hombre.

Otras veces la madre del hijo no deseado produce su muerte apenas el recién nacido llega al mundo. ¿Cuántas veces los despojos desaparecen en las canecas de la basura, las lagunas o los abismos?, ¿y cuántas las conciencias depravadas tienen que sufrir los horrores del crimen por el resto de sus días?

En días pasados, la mamá de Johan Sebastián Rugeles, niño de siete años que fue asesinado en un potrero del sur de Bogotá, confesó su participación en el hecho. Las autoridades descubrieron que otro hijo, de 23 años, que había estado en la cárcel y era consumidor y expendedor de bazuco, fue el autor material del infanticidio. Madre e hijo determinaron la muerte de Johan Sebastián por haber sido testigo de un hecho delictuoso que los vinculaba a los dos, y que el pequeño podía delatar. Mayor grado de salvajismo no se puede concebir.

Hay quienes cometen este tipo de aberraciones sin sufrir ningún trastorno mental y sin ingerir licor. Algunos buscan vengarse del compañero o la compañera y solo esperan la ocasión para hacerlo. Llevan al asesino adentro. No se trata de sicópatas, sino de asesinos redomados que actúan bajo el impulso de la venganza (unas veces por celos, otras por violencia familiar, otras por un disgusto pasajero).

Si el asesino padece alguna enfermedad sicótica, debe ser tratado en un centro de salud. Caso improbable en un país con tantas carencias sanitarias y con tan poco sentido humanitario como el nuestro. Si no es un enfermo mental, debe ser recluido en la cárcel. Lo más grave en este caso –dice Mónica Pérez Trujillo, experta en criminología y violencia interpersonal– es que “las cárceles de Bogotá no cuentan con especialistas que manejen este tipo de delitos de una manera particular desde el área psicosocial”.

“No matarás”, dice el quinto mandamiento de la Ley de Dios. La vida es sagrada y nadie tiene derecho a disponer de ella. Es el mayor tesoro que tenemos. Pero el hombre es carnicero de la humanidad desde tiempos inmemoriales. El filicidio, que según estadísticas produce 500 muertes anuales en Estados Unidos, y no sabemos cuántas en Colombia, está convertido en uno de los grandes dramas de la época.

“No matarás a tus hijos”, habría que agregar al mandato bíblico en estos días de tanto odio, de tanto desastre social y familiar. La sociedad es la más herida, la más avergonzada y la más indefensa cuando son los padres quienes matan a sus propios hijos. ¡Qué horror!

El Espectador, Bogotá, 7-XI-2014.
Eje 21, Manizales, 7-XI-2014.

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Comentarios:

Es una situación muy dolorosa. Pero me temo que cada uno de estos delincuentes está mostrando el rostro de esa sociedad herida. Creo que es hora de mirar a la Psicología Social, para ver dónde y por qué se están engendrando estas patologías. En alguna forma, vacío existencial en  en el sujeto que delinque. Y vacío de sentidos en la sociedad de la que forma parte. Jorge Mora Forero, Weston (USA).

Qué cosa tan macabra que esto esté sucediendo en nuestro país. Qué depravación la que lleva a un ser humano a terminar con la vida de su propio hijo. De verdad que uno queda anonadado al enterarse de estos casos. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

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Una mancha en Inzá

lunes, 23 de diciembre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Apenas comenzaba a clarear. En el monte vecino, los jirones de niebla huían a paso lento conforme penetraban rayos imprecisos de luz. Un vecino se asomó por la ventana y observó la llegada de algunos campesinos con sus productos agrícolas. Era el día del mercado semanal: sábado 7 de diciembre.

Una camioneta que transportaba abundante cantidad de cebolla se detuvo en la entrada del pueblo. Luego se estacionó frente a la estación policial. Allí también está ubicada una unidad de la Brigada Móvil 29 del Ejército. Eran las 5:30 de la mañana. Los campesinos comenzaban a organizar sus bultos en los toldos, optimistas de sacar el mejor provecho en la venta semanal de su sufrida mercancía.

De repente, explotaron varios artefactos lanzados contra la estación de la Policía desde la camioneta cargada de cebolla. Y todo se volvió confusión y terror. La onda explosiva destruyó la estación y causó daños graves a muchas viviendas. Murieron nueve personas (seis uniformados y tres civiles), entre ellas el mayor Alexánder Vargas Castaño, comandante de la zona militar. Y quedaron cincuenta heridos.

Mientras en La Habana proseguían los diálogos con las Farc, una cuadrilla suya perpetraba este atentado horrendo contra la tranquila población que tiene la mala estrella de hallarse situada en territorio montañoso, estratégico para el tránsito de los guerrilleros. La provincia de Silvia, conocida como Tierradentro, es un importante enclave indígena rodeado de hermosos paisajes, encantadoras lagunas y numerosos ríos, cuyas tierras feraces son propicias para la agricultura y también para la siembra de las hierbas prohibidas.

Las Farc dijeron que su propósito no era atacar a los civiles. Declaración absurda, cuando es todo un conglomerado humano el que ha sufrido los estragos del carrobomba. También queda la sospecha de que hay  facciones que no obedecen a la cúpula del grupo subversivo. Y no desean la paz que se discute en La Habana.

Este acto infame contra Inzá se convierte en la mancha de sangre que conturba la Navidad de los colombianos. Es el aguinaldo que nos da la guerra. Esa guerra se anida aún en el alma de mucha gente movida por el rencor, y no solo en el alma de los guerrilleros. ¿Por qué no detenernos, después de medio siglo de violencia, para buscar los caminos de la paz? ¿Por qué no hacer un alto en el camino para frenar el odio, la destrucción y la muerte?

El alcalde de Inzá, Mauricio Castillo, deja esta voz adolorida a nombre de sus paisanos (y también a nombre de Colombia): “Hemos puesto una cuota muy alta de sacrificio. El pueblo nos queda acabado”.

El Espectador, Bogotá, 20-XII-2013.
Eje 21, Manizales, 21-XII-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 21-XII-2013.

* * *

Comentarios:

Conozco Silvia (Cauca) como la palma de mi mano. He pasado allí muchos días con sus noches, y por eso me atrevo a decir que Tierradentro es una cosa y Silvia otra muy diferente. De Silvia se va al resguardo indígena de Guambía –a media hora de Silvia, por una carretera en pésimo estado– y ahí sí comienza el ingreso a Tierradentro, territorio fariano desde hace décadas hasta hoy. Hace 25 años se veía a los guambianos –que cultivaban cebolla y papa– echando quimba desde el resguardo hasta el pueblo, con sus botas Grulla y sus faldas. Hoy, gracias a los cultivos ilícitos ya todos tienen motos DT 175 y Hondas XR. Patecaucho Cibernético (correo a El Espectador).

Estos canallas que propugnan la impunidad para su brazo armado siguen llamando guerra a masacrar personas humildes e inermes, y arrasan poblaciones humildes. Morenoelesceptico (correo a El Espectador).

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Las muñecas de la mafia

viernes, 20 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

El morbo de los televidentes se alimenta con series dramatizadas como la que Caracol Televisión pasó hace pocos años con el título de esta columna. Dicha escenificación obtuvo excelente rating, toda vez que el público goza con la frivolidad, las extravagancias, las ambiciones, los apetitos de comodidades y de sexo en que se mueven las bellas mujeres que cambian la vida sencilla para volverse compañeras sentimentales de los narcotraficantes.

Los reinados de belleza constituyeron uno de los motivos más genuinos de regocijo y emoción del país, como que en ellos se rendía homenaje a la mujer colombiana dotada de virtudes y radiante de encantos y se ponía a competir a las regiones en busca del trofeo nacional. A lo largo de los años, estos eventos fueron cambiando su esencia y se desviaron hacia la belleza artificial y los atributos ficticios. De pronto, el dinero corrupto hizo su aparición en estas fiestas del donaire y la gracia femenina y trocó la autenticidad por la artimaña.

Más adelante se sabría que narcos poderosos entraban a comprar reinas. El arma más efectiva para lograrlo era la seducción del dinero. El primer caso conocido fue el de Martha Lucía Echeverri, señorita Colombia 1974, que cayó en las redes de Miguel Rodríguez Orejuela, capo del cartel de Cali.

María Teresa Gómez Fajardo, señorita Colombia 1981, se casó con el rejoneador Dayro Chica, antiguo peón de la familia Ochoa, la que obsequió a la pareja un ajedrez de oro con la siguiente leyenda: “Para que usted vea cómo un peón se puede comer a una reina”. Más clara no puede ser la entrega de la mujer frágil, de la mujer fatua, a quien el mafioso seduce con el aroma de su fortuna. Ya lo dijo Jardiel Poncela: “Es más fácil detener un tren que detener una mujer, cuando ambos están decididos a descarrilar”.

Uno de los hechos más sonados en la crónica nacional es el de Maribel Gutiérrez Tinoco, señorita Colombia 1990, que renunció al título para casarse con Jairo Durán –alias el ‘Mico’–, su fuerte financiador en el mundo de la belleza. Ella se dejó deslumbrar por el derroche que surgía a su alrededor. La danza de los millones se hacía sentir también en las pasarelas. A pesar de que el nombre de la candidata tenía bajo perfil, resultó la ganadora. Y el concurso quedó desprestigiado. Dos años después, el ‘Mico’ caía abatido en una vendetta entre mafias.

Otro hecho que impresiona es el de la atractiva presentadora de televisión Virginia Vallejo, famosa en los años 70 y 80, que un día cambia su mundo de éxitos para unirse a Pablo Escobar. Muerto el capo, y cuando ella pasaba por serias dificultades económicas, publicó en el año 2007 el libro Amando a Pablo, odiando a Escobar, que se convirtió en Estados Unidos en el best seller número uno en español. La sombra de Pablo la ayudó a enderezar las cifras, pero no la honra.

Natalia París se casó a los 22 años con el narco Andrés David Mejía –alias ‘Julio Ferro’– y a los pocos años se produjo el asesinato de su esposo. Hoy dice en la revista Bocas que no se arrepiente de ese episodio, pues de dicha relación nació su hija Mariana. Y agrega: “Fue un capítulo en mi vida de niña rebelde y necia (…) Solo me importaba estar con el chico de moda, el guapito”. Desde entonces la persigue el fantasma de aquel suceso sombrío, por más que pretenda ignorarlo.

La lista es interminable y no se detiene. ¿Qué queda de todo esto? Un horizonte de ruinas morales y materiales y una Colombia desvertebrada. Falta preguntar en qué sociedad vivimos, cuando resulta tan fácil cambiar las normas de la compostura, del recto proceder y del camino correcto por el dinero fácil y la vida arrebatada, que solo dejan pesares y desgracias.

El Espectador, Bogotá, 22-VI-2013.
Eje 21,
Manizales, 21-VI-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 22-VI-2013,

* * *

Comentarios:

Se trata de esas mujeres que seguramente quedaron con dinero pero señaladas socialmente, con amistades derivadas de su relación de pareja. Creo que se convirtieron en mujeres superficiales, acostumbradas a vivir en mundos irreales «que solo dejan pesares y desgracias».  Amparo E. López, colombiana residente en Estados Unidos.

El Quindío actualmente pasa por esta terrible situación porque el narcotráfico no sólo ha contaminado a sus mujeres sino también a un amplio grupo de nuestra sociedad, la cual, ávida de riquezas fáciles, se entrega a los lavadores de turno. Raquel Martínez Aguirre, Armenia.

Ante  estas letras, el tema bien tratado y el mensaje bien logrado, solamente puedo decir: “de todo hay en la viña del Señor”. Pero el alma femenina  no deja de estremecerse ante una realidad tan cruda, que logra ilustrar semejante realidad. Marta Nalús Feres, Bogotá.

Qué recorrido tan triste el de esas bellas mujeres. Cada vez que me entero de desaciertos por parte del género femenino me siento casi que avergonzada, y en cualquier área que se presente: en los cargos públicos, en la banca, etc. Es indignante que la mujer actual no valore los sacrificios, humillaciones y falta de reconocimiento que padecieron millones de mujeres en el mundo, aun nuestras abuelas, y no hagan uso correcto de las inmensas posibilidades que hoy en día tenemos. Tantas mujeres que tuvieron, y algunas aún tienen, como únicas fronteras la cocina de sus hogares. ¡Da pena! Esperanza Jaramillo García, Armenia.

Siempre he creído en el trabajo honesto de una mujer, y siempre me han asqueado estas niñas modificadas a bisturí que se venden como ganado en feria, pero cada quien elige su vida. Le escribo también para decirle que le faltaron las mises de aquí de Venezuela que se han vendido a capos colombianos, y que luego se hacen las víctimas y los familiares salen llorando por tv. Lic. Dayana Castillo M., Venezuela.

Fácil es criticar a estas niñas cuya única salida de una vida de pobreza es su atractivo físico, ¿pero qué hay de banqueros, constructores, comerciantes, colegios, universidades, iglesias que se están enriqueciendo lavando los activos de los narcos? Ar mareo (correo a El Espectador).

Lo tremendamente triste es que los medios transmiten, a través de esas telenovelas, la idea de que esa es la ruta del éxito. La dignidad, la honestidad, la cultura, la rectitud, como dice el columnista, no quedan ni de últimos. El atajo es el camino, como ya se impuso también en el ejercicio de la política. ali cates (correo a El Espectador).

Al ver una reinita de turno sabemos que no ganó por su belleza y menos por su inteligencia, sino por el padrino o politiquero o mafioso que le compró el título. Las pobres niñas de este país quieren ser ricas y vivir entre lujos por la vía fácil. Los niños quieren ser lo más fácil, o policía o traqueto, o peor, futbolista, nada que tenga que ver con estudio y sacrificio. antónimo (correo a La Crónica del Quindío).

Con razón las llaman “chicas CDT” (carne de traqueto). Pablo Mejía Arango, Manizales.

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Los destrozos de la selva

lunes, 28 de octubre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando en julio de 2008 fue rescatada Íngrid Betancourt de su prisión en la selva después de permanecer seis años en poder de las Farc, dijo que lo que allí hubiera podido ocurrir en el terreno sentimental, allí se quedaba. A partir de ese momento iniciaba una nueva vida. Esto equivale al borrón y cuenta nueva que en determinadas ocasiones es preciso ejecutar para olvidar los actos, disgustos o errores del pasado, y seguir camino adelante como si nunca hubieran existido.

No sé hasta dónde sea posible lavar la mente y la psique para prescindir de los recuerdos incómodos que en el presente caso giran alrededor de las experiencias selváticas que vivió la protagonista. Lo que sí sé es que la selva no es un mundo común, sino un mundo lejano y misterioso, a veces fantástico y otras tétrico, que solo pueden definirlo las personas que allí han morado. Cuando esas personas han estado sometidas a los vejámenes y las torturas de que fueron víctimas Íngrid y sus compañeros de cautiverio, la situación toma contornos mucho más dramáticos.

Antes de caer en poder de las Farc, Íngrid llevaba un matrimonio feliz con su esposo Juan Carlos Lecompte. Así lo sostiene ella en la declaración que dio a la revista Bocas, en la edición de febrero. Pero el amor se acabó en la selva. Diversos factores se interpusieron para que la armonía conyugal se hubiera deshecho en corto tiempo. “Yo lo quería mucho. Él era mi llave”, exclama Íngrid, y revela que un día su ídolo se vino al suelo cuando supo que andaba de novio. Mientras tanto, ella padecía los suplicios de la selva.

Por su parte, Juan Carlos le atribuye una posible infidelidad conyugal durante el cautiverio. La misma Íngrid narra –en su libro testimonial No hay silencio que no termine– algunos vínculos suyos, que podrían considerarse sentimentales, con amigos en desgracia surgidos bajo la tremenda soledad y el implacable desamparo de la manigua. El país recuerda el momento en que los esposos se encontraron después de los seis años de la separación, donde se les vio fríos y distantes.

El amor intenso de sus días felices se lo llevó el viento de la selva. Ante eso, no quedó otra fórmula que el divorcio, que se formalizó en noviembre pasado. Hoy están enfrentados por asuntos económicos, y no de poca monta, ya que Juan Carlos no solo busca el 50 por ciento de los bienes adquiridos durante el matrimonio, sino la misma proporción por las regalías que han reportado los dos libros famosos de su exesposa. Regalías que representan una cifra considerable, ya que por el último de los libros la autora ha recibido más de seis millones de dólares.

Ella, por su parte, rechaza semejante pretensión con el argumento de las capitulaciones que firmaron antes de casarse. “Lo de él es lo de él y lo mío es lo mío”, le dice Íngrid a la revista Bocas. Sea como fuere, lo cierto y deplorable es que el epílogo del romance haya llegado al vulgar terreno de la plata. Como el pleito lo mueven expertos abogados, la reyerta es seria. Y amarga, claro está.

Extinguida la unión conyugal, los destrozos de la selva son evidentes. Esa selva cantada por José Eustasio Rivera –“esposa del silencio, madre de la soledad y la neblina”– produce en este caso y en otros conocidos, o que se mantienen en silencio, graves desgarros en el alma de las parejas. Cada secuestrado arrastra un drama a veces catastrófico. Las secuelas del secuestro, que suelen quedar en el secreto de los hogares, no respetan siquiera los dominios del amor. Aquí se prueba que el amor no es eterno, por lo mismo que el corazón es incierto e impredecible.

El Espectador, Bogotá, 1-III-2012.
Eje 21, Manizales, 2-III-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 3-III-2012.

* * *

Comentarios:

Su columna me pareció muy bien escrita, como corresponde a un escritor y periodista de su trayectoria. El tema no fue de mi agrado. Ya leímos el libro de doña Íngrid y ya conocimos detalles suficientes del término de su relación con don Juan Carlos. La parte mezquina, y un poco miserable, de las ambiciones de ambos, para mí, carecen de importancia y considero que no son ni noticia ni tema de interés. Gustavo Valencia Garcóa, Armenia.

Eso pasa cuando estas relaciones están pegadas con babas: con la primera dificultad, se rompen, y cada quien le tira la culpa al otro, siendo todos, los culpables de este rompimiento; y si hay dinero o protagonismo de por medio, los dos, o cualquiera de ellos, se sienten con más derecho a opinar o a reclamar, y en ese orden de ideas, le echamos la culpa a la selva, mas no a nuestra relación salvaje. Pachopacho (correo a El Espectador).

Habrá que estar en la ropa de un secuestrado para saber lo que se siente. Por eso yo le perdonaría a Íngrid, pero no esa imagen de subestimación de su pareja. Aunque él reciba mucho dinero, creo que le falta carácter. Tenemos que respetar a las mujeres, pero también a los hombres. Marmota Perezosa (correo a El Espectador).

Creo que las condiciones que se viven como secuestrado en la selva son excepcionales y se debe relativizar cualquier acto o palabra dicha durante este lapso. Dalilo (correo a El Espectador).

Solo agregar la enseñanza bíblica: «El que esté libre de culpa que tire la primera piedra” Rodrigo Otálora Bueno (correo a El Espectador).

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