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El derecho y las letras

viernes, 16 de diciembre de 2011

Por: Gustavo Páez Escobar

El jurista Óscar Londoño Pineda, exalcalde de Tuluá y exmagistrado, ha sido escritor toda la vida. Como estudiante de bachillerato en su pueblo natal y más tarde de derecho en la Universidad Na­cional, su vocación literaria era contun­dente. Con esto se prueba que la vena del escritor nace desde la cuna.

A lo largo del tiempo y no obstante su compromiso laboral con las posiciones ocupadas en las ramas ejecu­tiva, legislativa y judicial del poder públi­co, nunca se desvió de su destino de es­critor. Así lo demuestra la firme labor que ha tenido a partir de 1975, cuan­do publicó su primer libro, Los pasos de Egor, que le hizo ganar franca pondera­ción de la crítica.

Hoy, entre cuento, novela, ensayo y poesía, lleva seis libros editados y otros se encuentran en camino. Además, ha escrito artículos en periódicos y revistas y ha dictado conferencias en foros culturales y universitarios, todo lo cual señala un claro itinerario intelec­tual.

Nos sorprende ahora con su última obra, Las palabras necesarias, que mantuvo oculta durante todo el tiempo que lleva haciendo poesía. Desde siem­pre, porque Londoño Pineda nunca ha dejado de cultivar el género poético (y quizá fue esa su primera llama como cultor de la palabra), aunque no se había atrevido a revelarlo en público. Con esta obra re­frenda su calidad lírica, consentida y depurada en horas de reflexión y soliloquio, mientras veía pasar la vida y el alma se le llenaba de embeleso.

La nota predominante de este libro es su hondo romanticismo. Romanticismo que se vuelve deli­cado y ardiente, clamoroso y sensual, sin las estridencias morbosas con que tan­to falso poeta de los tiempos actuales asesina el amor. Es el suyo un fino y emotivo sentimiento, “jadeante como la lla­ma», según sus propias palabras, que recorre los caminos de la emoción y el arrebato. El amor jubilado del poeta grita hoy sus gozos por la amada ideal y por el hijo par­tícipe de callados júbilos.

Librode evocación y silen­cios. De nostalgias y estremecidas interioridades. Libro de presencias y de fu­gas; de travesía por los ríos de la sangre; de retorno al «claro varón de perfeccio­nes» que marcó la existencia; de temblor ante la rosa lejana que «sólo quisiera ser perfume». Libro de luces y sombras,  penetrado de amor, donde el corazón, en últimas, hace florecer el sueño.

La Crónica del Quindío, Armenia, 23-II-1998.

 

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