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Un colegio de provincia

martes, 1 de noviembre de 2011

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Solemos poner los ojos en los grandes planteles educativos si­tuados en Bogotá y en las capitales de departamento y nos olvidamos de los de provincia. La provincia es la cuna de la cultura nacional. Es en los pueblos donde con mayor nitidez se descubre el alma de la patria, con su música, sus danzas, su poesía, sus leyendas y toda esa gama de mani­festaciones folclóricas que repre­sentan la identidad de la nación.

Este preámbulo conduce a destacar un suceso provinciano, sin mucha significación en el conjunto del país, pero que traduce un hecho notable en el itinerario del pueblo. El pueblo será siempre un eslabón de progreso,  una vértebra necesaria para el desarrollo de la patria.

Hablo de Soatá, mi pueblo, la pe­queña provincia boyacense célebre por sus dátiles, y que sólo de tarde en tarde ocupa las páginas de los periódicos. Es la pa­tria chica de la poetisa Laura Victoria, hoy silenciada en Ciudad de Méjico, del canónigo Cayo Leónidas Peñuela, del político y diplomático José María Villarreal, y de otras figuras que han sobresalido en diversos campos de la sociedad.

Hace 50 años se fundó allí, a ins­tancias de su párroco, monseñor Peñuela, que cedió de su propio patrimonio unos lotes para la ini­ciación de la obra, el Colegio de la Presentación, dirigido por religiosas de la misma comunidad. El país atravesaba por las dificul­tades de la crisis económica de los años 30 y padecía aguda época de violencia política, de ingrata recor­dación. El colegio se concibió para encarrilar a las nuevas generaciones dentro de nobles pos­tulados, en momentos de confusión y barbarie colombianas.

Siendo Soatá la capital de la pro­vincia del Norte, recibiría estudian­tes de los pueblos vecinos, incluyendo los limítrofes de los dos Santanderes, y fomentaría la superación espiritual de jóvenes desorientados que se veían amenazados por el morbo del sectarismo. La nación, consciente de este trance atrofiante, se matriculaba en los lineamientos de la llamada Revolución en Marcha mediante el impulso a la escuela primaria, la secundaria, la normalista y la universitaria, y la elevación del nivel académico de los maestros, el aumento de aulas, la creación de bibliotecas públicas.

Las religiosas de la Presentación, grandes educadoras, asumieron desde entonces, como lo hacían por distintos confines de la patria, la dirección de aquel colegio destinado a la formación de señoritas y que además ofrecía un liceo para niños. Al paso de los años amplió sus pénsumes a las áreas comercial y normalista, hasta convertirse en el centro educativo por excelencia del Norte de Boyacá. Su cupo actual es de 700 alumnos de ambos sexos.

El plantel ha pasado por serios problemas económicos y estuvo, in­clusive, a punto de clausurarse. Pero la sociedad soatense lo respaldó y lo convirtió en colegio cooperativo. Más tarde nació una asociación de ex­alumnos, con personería jurídica, que lucha por la supervi­vencia de tan digna causa. Así, flo­ta esta entidad que llega a sus 50 años en medio de apremios financieros pero con recia voluntad de seguir adelante.

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Detrás de esta lucha gigantesca se esconde la figura de una monja ba­talladora, la hermana Sara Ester, rectora admirable, que cumple 22 años de servicios a la comunidad soatense. Tal vez sin ella, que ha  sabido ser fuerte y obstinada en medio de las tempestades, la nave se hubiera hundido.

Un grupo de entusiastas exalumnas (como Myriam Báez Osorio, Clara Escobar Molano, Graciela Páez Escobar, Inés Pinto de Quintero, Dora Cetina de Escobar) lucha por su colegio y su pro­vincia. Esfuerzo colectivo que tiene retribución en esta hora de complacencia ciudadana, en la población tranquila y forjadora de su progreso espiritual: Soatá, la her­mosa tierra de los dátiles.

El Espectador, Bogotá, 31-VIII-1987.

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Comentarios:

Magnifico tu artículo sobre el Colegio de la Presentación de Soatá. No sabes cuánto agradezco el recuerdo que ahí me dedicas. La madre Sara Esther debe estar feliz, pues como bien dices, casi nadie se acuerda de los colegios de provincia; sólo tú eres el vocero de nuestra querida tierra. Laura Victoria, Ciudad de Méjico.

Quiero, haciéndome vocero de la institución, felicitarlo por el artículo tan bueno que usted publicó en El Espectador sobre nuestro colegio. Al agradecerle su interés le manifestamos nuestra complacencia por contarlo entre los exalumnos que dan prestigio no solo al plantel sino también a Soatá.  Hermana Sara Esther, Soatá.

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