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Violencia y literatura en Colombia

jueves, 10 de noviembre de 2011

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El nombre de Jonathan Tittler, ciudadano norteamerica­no, se ha vuelto familiar para los escritores colombianos. Desde hace varios años, tanto desde su cátedra de litera­tura hispanoamericana en la Universidad de Cornell (Ithaca, Nueva York), como a través de sus viajes a Colombia, más se aproxima a la cultura del país.

La mala prensa que en ocasiones enloda la fama de Co­lombia en el exterior tiene una rectificación, en el ca­so de Tittler, con sus enfoques constructivos y su constante afán por exaltar nuestra categoría intelectual. Aho­ra ha puesto en circulación, con el sello de la editorial Orígenes, de España, la obra Violencia y litera­tura en Colombia, de venta en nuestras librerías. En ella recoge diversos tratados alrededor de la violencia y la creación literaria, expuestos en el cuarto simposio de la Asociación de Colombianistas Norteamericanos que en abril de 1987 se realizó en los Estados Unidos.

El tema de la violencia ha trascendido, y no puede ser de otra manera, en las obras de los escritores contempo­ráneos. Buena parte de nuestros cuentos y novelas de los últimos tiempos gira alrededor de este tema. Como lo comenta Marino Troncoso, de la Universidad Javeriana, en un concurso de cuento promovido por El Tiempo en 1959 se presentaron 515 trabajos y los tres ganadores (de Jorge Gaitán Durán, Manuel Mejía Vallejo y Gonzalo Arango) fue­ron relatos sobre la violencia.

Raymond L. Williams, otro gran amigo de nuestro país, se va más lejos al señalar la novela Manuela, de Eugenio Díaz, aparecida en 1858, como la precursora del género de la violencia. En los tiempos modernos, fue Hernando Téllez el primer crítico que acuñó el término «novela de la violencia» a comienzos de la década del 50. Entrába­mos en época crucial que determinaría el nacimiento de novelas como El día señalado,  de Mejía Vallejo, El Cristo de espaldas,  de Caballero Calderón, La casa gran­de, de Cepeda Samudio, La otra raya del tigre, de Gómez Valderrama, Cien años de soledad, de García Márquez. Hoy la lista es numerosa, casi incontable, porque el morbo se volvió común.

Este foro de intelectuales se explaya por distintas manifestaciones de nuestro país. Eduardo Caballero Calde­rón, visto por Kurt L. Levy, es valorado en cuanto vale como escritor de primer orden. Sus obras –anota– no se leen hoy con la frecuencia y el aprecio que merecen debi­do al exagerado impacto del boom. En efecto, el mito de Tipacoque es tan importante como el de Macondo, pero el destello de García Márquez ha opacado otros valores.

El bibliotecario David Block analiza las tendencias con­temporáneas del mercado de libros colombianos. Aden Hayes, John Benson, Randolph D. Pope, Juan Manuel Marcos, Gloria Bautista y William L. Siemens se ocupan de diversas face­tas de la obra de García Márquez. Yolanda Forero Villegas enfoca La otra raya del tigre como punto de referencia de la raza santandereana. James J. Alstrum señala la función iconoclasta del lenguaje coloquial en la poesía de María Mercedes Carranza y Anabel Torres. Rafael Escandón llega a la poesía de José Asunción Silva bajo los conceptos del tiempo, la vida y la muerte.

Mientras George Woodyard se refiere a Enrique Buenaven­tura como pionero del teatro, el propio Buenaventura ex­pone su pensamiento, novedoso y polémico, sobre el campo teatral. Colombia: un país de telenovelas le sirve de título a Azriel Bibliowicz para profundizar en el terreno, común a toda América, de la diversión de masas incitadas por las telenovelas. Fernando Hinestrosa, exministro de Justicia, diserta sobre el com­plejo tema de la administración de justicia en nuestra patria. Germán Vargas hace un cuadro humano sobre Álvaro Cepeda Samudio, su compañero de oficio y amigo de bohemias.

Y Otto Morales Benítez, tan conocedor del país, rema­ta el capítulo de la violencia con un recuento de los hechos que en su concepto la han desencadenado hasta llegar al fenómeno actual del narcotráfico. La decaden­cia del pueblo colombiano la define en una frase impre­sionante: «Asistimos a una crisis múltiple: económica, política, cultural, moral».

El Espectador, Bogotá, 29-I-1990.

 

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