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Juan Rulfo

domingo, 30 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

I – Escritor de misterio

«Vivimos en una tierra en que todo se da, gracias a la Providencia; pero todo se da con acidez. Estamos condenados a eso». Es la frase que en mi concepto define mejor el ambiente de Pedro Páramo, la mi­núscula novela de Rulfo, de apenas cien páginas, que le abrió las puertas de la fama. Hijo de una familia rica que perdió sus bienes en la revolución, quedaría marcado con el estigma de la violencia vivida en su niñez. Estos sucesos definirían el clima de sus textos, el de su única novela y el de su libro de cuentos El llano en llamas.

Sin haber cumplido los quince años se tras­lada a Ciudad de Méjico, donde transcurre el resto de su vida. Puesto al cuidado de su tío, siente el desamparo de la  juventud carente de halagos. Por aquella época se inicia como lector solitario de novelas en el bosque de Chapultepec. «Convivía con la soledad, hablaba con ella, pasaba las noches con mi angustia y mi conciencia», es confesión suya que sirve para reafirmar su temperamento taciturno.

Las impresiones de su niñez tomaron fuerza y en 1954, cuando contaba 36 años de edad, las traslada a un cuaderno escolar hasta reunir, en el curso de cuatro meses, trescientas páginas de lo que sería Pedro Páramo, que luego reduce a la mitad tras suprimir las divagaciones y dejar el relato escueto —dominado por una temperatura onírica y fantástica— del pueblo muerto donde se entrecruzan las voces y los ecos de seres que no se sabe si son reales o fantasmagóricos.

Es ese el encanto de la obra: el de la aldea muerta que adquiere vida a través del manejo penetrante del idioma. Rulfo monta sobre las vivencias de sus primeros años las realidades de un sueño, de una intuición perspicaz. Y no sabe cómo plasmó su novela magistral. Confiesa que un genio oculto, o sea, el duende de la inspiración, le manejaba la mano para volcar en las páginas del cuaderno el torrente de ideas que llevaba acumuladas en el cerebro.

La soledad, el tedio, la angustia del hombre que lucha con sus demonios, he ahí el ritmo del universo rulfiano. Es desconcertante, y además admirable, cómo alguien logra conquistar la inmortalidad en sólo cien páginas de este libro que no llamó la atención de nadie y, por el contrario, provocó rechazos. Su tiraje inicial, salido en marzo de 1955, fue de mil ejemplares, de los cuales la mitad duró cuatro años en venderse y la otra mitad fue regalada por el autor a quienes se atravesaban en su camino.

Hoy, Pedro Páramo está traducido a todos los idiomas del mundo, treinta años después de aquel incierto despegue. Rulfo, que nació para reírse de la humanidad —a pesar de su seriedad exter­na —, demostró que con una sola obra, de la pasmosa brevedad de su novela, se puede llegar a ser uno de los grandes narradores del mundo. Su misterio reside en su simplicidad.

Siempre que se le preguntaba por otra novela, novela que anunció y no cumplió, respondía que todo cuanto tenía que decir ya estaba expresado en Pedro Páramo. Tomó del pelo a sus entrevistadores: a unos les decía que la nueva obra iba en marcha, y más tarde manifestaba que había destruido los originales; y a otros los dejó convencidos —y falta verificar si esto es cierto— de que sólo después de su muerte podría publicarse el libro anunciado.

Hombre solitario, alejado de la popularidad, es­quivo al elogio, cauto con las palabras, se lleva a la tumba el secreto de su existencia prodigiosa. Vivía ensimismado en su lindero fantasmal—mágico, al fin y al cabo — de Comala, el pueblo universal del miedo y la amargura, enmarcado en la Revolución mexicana.

Su misma muerte, que ocurrió a los 67 años de edad, fue una sorpresa. Pocos sabían que se hallaba enfermo. La noticia, mantenida en reserva por él como un desenlace de su espíritu bromista, conmueve al mundo; sólo sus más allegados conocían sus dolencias.

Ha muerto uno de los grandes maestros de la literatura. Autor de una sola novela. Maestro del lenguaje lacónico. Castigó, con su ejemplo, a los escritores farragosos. Y parece —otro misterio— que no deja discípulos.

II – El llano en llamas

La edición del Círculo de Lectores (1973) figura con 14 cuentos, y la de Seix Barral (1983) tiene 17. Resulta interesante investigar en qué fechas fueron escritos, o publicados, los tres cuentos de la diferencia: Paso del norte, El día del derrumbe y La herencia de Matilde Arcángel. He aquí el resultado de mis pesquisas:

A simple vista, Rulfo escribió los tres cuentos en el intervalo de diez años entre ambas ediciones. Esto no es así. Tales cuentos son anteriores a 1973, bastante anteriores, y en ese año ya habían sido in­corporados en otras publicaciones de la misma obra. El libro del Círculo de Lectores, por lo tanto, se con­sidera incompleto.

Veamos: Paso del norte figura en la primera edi­ción de El llano en llamas (1953); El día del derrumbe y La herencia de Matilde Arcángel fueron publicados en 1955, en revistas, y con ellos se aumentó en 1970 el volumen del libro, y al mismo tiempo se eliminó, por voluntad del autor, Paso del norte. En 1977 la Biblioteca Ayacucho, de Venezuela, publicó la Obra completa de Juan Rulfo y en ella aparece, corre­gido, el cuento que había retirado siete años atrás. Es bueno señalar que en este trayecto la obra de Rulfo se había reproducido en distintas ediciones, tanto en es­pañol como en otros idiomas.

Sobre Paso del norte, cuento antiimperialista y el único de esa índole que escribió, vale la pena men­cionar la siguiente particularidad: publicado en la primera edición del libro, desapareció en la siguiente, que daría lugar a continuas reimpresiones de la obra (por voluntad del editor, dice Rulfo, y “por ser un cuento muy malo”).

Agrega que no lamentó que se lo hubieran suprimido, pero siempre deseó escribir un buen cuento contra los gringos. Se infiere, entonces, que al darle nueva vida en 1977 mediante las modifica­ciones que le introdujo, quedó satisfecho de su trabajo antiimperialista, logrado en 24 años (de 1953 a 1977), y expresado, como todo lo suyo, con im­presionante brevedad (4 páginas).

El único cuento sobre violencia que dejó por fuera de volumen, y que fue recogido en la obra completa antes citada, es el llamado La vida no es muy seria en sus cosas, el primero que escribió (publicado en 1938). Los relatos de la serie El gallo de oro, de enfo­que diferente y escritos al final de su vida, los consi­dera sin importancia (él siempre le restó trascendencia a toda su producción literaria).

Dedúzcase de todo esto que Rulfo, como la ma­yoría de los escritores de carrera, era un ser insatis­fecho de su obra y que de edición a edición (y mejor de noche a noche, para ser más exactos) algo nuevo hallaba para corregir. Al cuento Nos han dado la tierra lo sometió a más de 50 variaciones y sobre él demostró preferencias, como la de haber dispuesto, en la reordenación de trabajos para la Biblioteca Ayacucho, que pasara a encabezar la serie.

El llano en llamas es un recorrido por los pueblos de la violencia mejicana, dominados por bandoleros, miseria y angustia. La guerra de los cristeros, que influye en toda la obra rulfiana, está presente, mediante toques mágicos, en estas breves narraciones arrancadas al pavor de aquella época conflictiva y fantasmal.

Pedro Páramo no es cosa distinta. Ambas creaciones van entrelazadas y pintan la Revolución mejicana, con sus caciques y sus muertos, y como telón de fondo la tristeza del pueblo deso­lado. Retratando este mundo miserable con la fortuna que logró en estos trabajos, no necesitó nuevos recursos para transmitir su mensaje.

Cuenta él, con aire guasón, que fue su tío Ceferino, borracho fenomenal, quien de rancho en rancho y de mentira en mentira le platicó esas histo­rias. Y como en el oyente había un escritor, las re­produjo. En lugar de El llano en llamas iba a titular la serie Los cuentos del tío Ceferino. A su tío lo asaltaron y lo mataron. Y como no tuvo ya quien le contara nada, no volvió a escribir. Se nos ocurre preguntar: ¿Qué heredó más del tío Ceferino, la chispa cuentera o sus mentiras? Rulfo, no lo dudemos, era bromista genial. Tan fuera de serie, que con su levedad y en tan cortas páginas conquistó la fama universal.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, noviembre-diciembre de 1986.

 

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Armenia en quiebra

jueves, 20 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El alcalde municipal, doctor Alberto Gómez  Mejía, puso de presente en la inauguración del Concejo la crisis financiera que afronta su administración. No es noticia nueva. Bien vale la pena que se tome mayor conciencia del problema y se defina la estrategia necesaria para superar ese estado de quiebra.

Habla el Alcalde de un déficit mensual y crónico de $ 600.000, coyuntura que significa un freno para el ejercicio fiscal, el que, de no solucionarse, continuará desmejorando la buena imagen de esta capital que merece mejor suerte. Nula puede considerarse la función de la entidad  en permanente bancarrota, que escasamente alcanza a cubrir los gastos de la burocracia.

El saqueo de los bienes públicos, que menciona Gómez Mejía en su mensaje al Concejo, es uno de los graves lastres que afectan a la administración desde hace muchos años. Es una afrenta pública sobre la que de vez en cuando alguien se pronuncia, se es­candaliza y hasta intenta medidas correctivas, sin que el cáncer deje de avanzar. Las noticias locales dan cuenta de los desfalcos, los despilfarros, las triquiñuelas de todo orden como funcio­narios inescrupulosos atentan contra los bienes municipales.

A veces se conocen los nom­bres de esas personas, a quienes más tarde vemos encasilladas en otros predios. Se pone el grito en el cielo cuando alguien comete un peculado, pero poco es lo que se hace para prevenir, resguardar y mantener la moral pública.

Tanta culpa puede haber en el acto físico de la pi­ratería como en la tole­rancia que permite el desorden administrativo y contable. A las situaciones de bancarrota, sean financieras o morales, se llega por etapas, nunca de sopetón. Un peculado es el resultado, en no pocas ocasiones, del desgreño imperante en el rodaje de la administración. Bien es sabido que el municipio de Armenia adolece de serios defectos de es­tructuración que entor­pecen los mecanismos necesarios para que los asuntos públicos se manejen con prudencia y eficacia. Aun los propósitos más sanos suelen naufragar en medio de estos laberintos donde la gente no sabe para dón­de camina.

Ha llegado la ciudad a su peor crisis económica. La tesorería ya no responde ni a los bancos ni a los parti­culares, y casi ni a sus fun­cionarios. Es el momento del gran viraje. Se nece­sitan medidas extremas, capaces de darle un vuelco a la oxidada maquinaria. Es indispensable ponerle freno a tanto despropósito, a tanta politiquería, a tanta inmoralidad. Habrá que comenzar por arreglar la casa por dentro.

Conseguir sistemas contables moder­nos, depurar las costum­bres, inyectar técnicas fun­cionales, enseñar a los em­pleados buenas maneras e inculcarles sentido de ser­vicio público son apenas unas maneras de destrabar el rompeca­bezas.

Tenemos una encomiable voluntad en el joven burgomaestre, a quien acompaña una nómina de colaboradores empeñados igualmente en prestarle su servicio a la ciudad. No puede perderse el esfuerzo de este equipo dispuesto a acometer la tarea de reconstrucción del andamiaje carcomido.

En el Concejo ocupan puesto cuatro ex ­gobernadores: Ancízar López, Jorge Arango Mejía, Jesús Antonio Niño Díaz y Rogelio Gon­zález Ceballos. Son personas de altos atributos cívicos y conocedoras de las dolencias de la ciudad capital. A ellos debe dolerles esta postración de Armenia. Su ubicación en el Concejo, más que un honor, que de todas ma­neras lo es, y que un rótulo político, debe entenderse como el reto que les presenta la ciudad para que no dilapiden esta hora his­tórica que reclama gran­des capacidades de ser­vicio publico.

Satanás, Armenia, 22-IV-1977.

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La inestabilidad municipal

jueves, 20 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Uno de los principales problemas que afronta la ciu­dad de Armenia y en general el municipio colombiano, cuyo mayor defecto es el de la improvisación, consiste en la poca estabilidad de sus funcionarios. ¿Qué obra podrá cumplir un alcalde en un año de gestión? Se ha­bla de un año, pero muchas veces el período es inferior. El actual Alcalde, por ejemplo, lleva apenas cuatro meses y ya se encuentra en plan de retirada porque el Gobernador renunciará en enero para no inhabilitarse políticamente.

No se entiende con qué criterio se nombraron unos cuantos gobernadores, parlamentarios en ejercicio, si de antemano se sabía que necesitaban retirarse a los pocos meses para no perder sus escaños en el Senado o en la Cámara. Pocos gobernadores lle­gan a los dos años de labor, unos por fricciones con los directorios, otros por ineficacia personal o por simple desgaste. Con el relevo de un gobernador viene el cambio de la nómina directiva del departamento. Así se van desmoronando los programas más ambiciosos de trabajo, si es que en realidad alguien llega con ese propósito a la vida pú­blica, sabiendo que la brevedad del tiempo no le permi­tirá desarrollar mayores iniciativas.

En el caso de Armenia, acosada de dificultades por todas partes, es obvio que no exista planeación si los al­caldes, de mucho tiempo atrás, apenas consiguen defenderse, y mal, de las intrigas de los políticos. Si en dos años y medio que lleva el actual Gobierno de la nación ya hemos tenido tres alcaldes, habrá que aceptar por simple lógica que somos un pueblo mal tratado.

Se necesita que se piense más en función del servicio público. Un alcalde de Armenia resulta un simple accesorio de las circunstancias, sin facilidades para trabajar. Si fuera de la cortedad de su mandato, la mayor parte del tiempo debe dedicarla a solucionar menudos enredos de la burocracia, no vemos cómo podrá responder a los apremios de una urbe necesitada de grandes so­luciones.

Hay que buscar mayor estabilidad. Y pedirles a los políticos que dejen trabajar a los alcaldes. El exceso de trabajo que se ve sobre el escritorio de cualquiera de nuestros alcaldes no significa exceso de programas. Es la burocracia disfrazada de papeles y enredos. El alcalde no logra respirar en un ambiente congestionado de intrigas y menos tendrá mente reposada e independiente para estructurar la ciudad que necesitamos.

Lo ideal es que haya un alcalde con autoridad y tiem­po para forjar una ciudad distinta. Un alcalde sin agen­da de trabajo serio no es ninguna garantía. La ciudad se deteriora porque no hay funcionarios de largo alcance. Dentro de esas condiciones, menos habrá proyección ni hechos de verdadero significado social.

La Patria, Manizales, 7-XII-1980.

 

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Morales Benítez y el pueblo

miércoles, 19 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Ha venido insistiendo el doctor Otto Morales Benítez en que su eventual candidatura presidencial, de la que ya se habla con entusiasmo en distintos núcleos de la opinión publica, solo será posible si el pueblo la de­sea. Considera que ser candidato de su partido es un acto que depende de la voluntad expresa del pueblo. Así volvió a corroborarlo en el homenaje que un grupo de intelectuales de todos los sitios del país le tributó en días pasados en la ciudad de Pereira.

Otto Morales Benítez invocó al pueblo como el soberano dispensador de la democracia. «El pueblo –dijo– tiene su desdén y su protesta; guarda silencio, no aplaude, no rodea a quien lo quiere someter. Y cuando se trata de decidir, no vota».

En este homenaje, que contó con la presencia del pueblo y además con la participación de distinguidas personalidades del país, como el doctor Lleras Restrepo, y un brillante grupo de periodistas y escritores, fueron destacadas las virtudes cívicas e intelectuales de este denodado batallador de la democracia y la inteligencia convertido hoy en una de las esperanzas más positivas del país.

Analizó Morales Benítez el deterioro de la moral y re­clamó mayor participación de las masas para no permitir que el país continúe precipitándose hacia su disolución. Es un país resignado que todos los días se encuentra con nuevas frustraciones, y que sin embargo no reacciona ante tanto atropello a que está sometido. Dominado hoy por las mafias y los gamonales de todas las denominaciones, parece un ente sin voluntad para recuperarse.

La moral pública está pisoteada y se ha perdido la noción de la decencia porque no entendemos que es preciso rebelarnos contra los malos dirigentes que conducen a su acomodo los destinos de este país adormecido.

«De allí que se necesite de una batalla nacional para impedir que siga progresando esta manera de pervertir la vida», agregó Morales Benítez, y reclamó «una insurgencia del común contra los sistemas de intimidación”. Esa movilización social que parece tardía, pero que debe reactivarse, será la que ha de imponer en el futuro inmediato un rumbo diferente.

Resultó estimulante para quienes creemos en la existencia de hombres con capacidad de dirigir grandes movimientos de opinión pública y de reivindicación social, ver a Morales Benítez pregonando con voz sonora y decidida estos principios que buscan rehabilitar nuestro perdido nacionalismo.

Ojalá, como él lo pide con vehemencia, se forme una conciencia de masas, de crítica y de suficiente análisis, y sobre todo resuelta a no dejarse atropellar, que mire por encima de los afanes burocráticos y la politiquería para salvar a la patria del derrumbe a que está llegando.

La Patria, Manizales, 6-XII-1980.

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Burbujas

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Cuento de

Gustavo Páez Escobar

Tenía la garganta reseca. Los jugos que saltaban ante sus ojos le producían mayor tentación. Y no llevaba un céntimo en el bolsillo. Las frutas maduras se atropellaban entre espléndidos colores, estimulando todavía más la sed contenida. Varias empleadas, expertas en exprimir hasta la última gota el líquido de aquel mundo fascinador, convertían en tajadas el alma de los mangos, de las naranjas, de las guanábanas y de las curubas, y luego las ponían a girar a grandes velocidades en los recipientes donde entre trozos de hielo adquirían su deliciosa transformación.

Los aparatos eléctricos emulaban en rapidez para responder a la clientela creciente. Todos los ojos seguían con apetencia aquel proceso febril que permitía calmar la sed entre espumosas y seductoras sustancias.

Un menudo visitante, a quien en la calle se conocía como Chiqui, no podía darse el lujo de pedir un refresco. Su bolsillo estaba vacío. En cambio, otros niños de su misma edad, para quienes la vida era generosa, según su resignada deducción, circulaban a sus anchas por el negocio. Chiqui los envidiaba. El gamín permanecía en el rincón, ignorado por todos, y con la mirada pretendía indicar que también tenía sed.

Las máquinas giraban sin cesar y transmitían una sensación de vida. La mañana era sofocante, pero la brisa grata de los ventiladores prodigaba a Chiqui extraño privilegio.

–¡Muévase! –lo empujó el dueño del establecimiento y lo puso a caminar. Y agregó: –entre gamines y pordioseros se me daña el negocio.

El gamín, acostumbrado a las incomodidades y los atropellos, le había obedecido. Ahora se hallaba en la puerta, listo para la carrera si el poderoso señor volvía a intimidarlo. Desde su nueva posición miraba con recelo la figura solemne del dueño, quien manipulaba la caja de caudales y sonreía al público con afectación. Se notaba satisfecho de la concurrencia y calculaba que ya había dinero suficiente para el nuevo depósito en el banco.

Otra remesa de frutas llegó al negocio. El minúsculo holgazán se sintió más reducido en medio de aquella montaña de vitaminas. Era una policromía desconcertante para su paladar resentido. Una burbuja le rebotó en el estómago. Llevaba mucho tiempo sin comida, pero en ese momento no le interesaba comer. En cambio, lo apuraba la sed. Volvió a entristecerse con su miseria y se acordó de su madre inválida, que tal vez ya tenía reunidos unos pesos en la esquina donde imploraba la caridad pública, para comprarse él una bebida reconfortante.

Mientras el carro de las frutas avanzaba, le puso el dedo al mango. Era su comida favorita. Palpó su carne jugosa y tuvo intención de apoderarse de él. No lo hizo, sin embargo, porque los ojos del cargador se movieron como linces. El pequeño se conformó con saber que aún había frutas en el mundo. Miró al sol, que hacía insoportable la atmósfera de la calle, y no entendió tanto calor para tan poco refrigerio.

El niño burgués le sonrió. Era la primera persona que le sonreía en esa mañana de desamparo. A Chiqui le brillaron los ojos. No era tanto por el relumbrante taco de galletas, como por encontrarse con alguien que no lo despreciaba. El dueño no lo dejaba siquiera envidiar la suerte de los ricos. Para Chiqui todo el mundo era rico desde que tuviera un billete para comprarse el jugo de mango. La empleada batía una copa más, y lo hacía con deleite. La espuma se movía a borbotones en el recipiente de la provocación, y al gamín se le agitaban las emociones, los ojos y el corazón. El niño burgués le pasó una de sus galletas, y por compasión o por simpatía volvió a sonreírle.

–Tengo sed –exclamó el pequeño mientras devoraba la galleta.

–Yo también –repuso su ocasional compañero, y prosiguió la marcha.

De nuevo en la calle, esperó al primer transeúnte, en busca del objeto que pudiera remediarle su apuro. Allí venía la dama elegante. Y calculó: el reloj, o la pulsera, o los aretes… El collar de perlas se movía con brillos refulgentes mientras ella avanzaba exhibiendo sus aderezos y su belleza. Todo sería cuestión de un instante de habilidad. No era mucho lo que el gamín lograba en sus largos días de mariposeos callejeros. El público vivía más prevenido desde que en la ciudad aumentaban los pillos. La corta estatura de Chiqui y la inseguridad de sus movimientos no le permitían, por otra parte, mayores utilidades.

Cuando birlaba el reloj o la cadena, el reducidor le salía con cualquier cosa. Por pequeño, su mercancía se cotizaba menos que la de los grandulones que por ahí vagaban. Se había habituado a recorrer calles, porque ignoraba los oficios decentes. Una vez lo pusieron a limpiar baños en el cafetín y se le rebeló el estómago. Más tarde ascendió a cargador de mercados, y pronto, por enclenque, perdió el puesto.

Contra las prohibiciones y los cercos de las autoridades, había que subsistir. A su madre ya casi no le llegaba dinero para el diario. La competencia había crecido, y la generosidad era cada vez más escasa. Ante ella cruzaba de afán un mundo indiferente, engreído, metido en sus propios problemas y en sus insondables egoísmos.

Chiqui se imaginó con el collar de perlas en las manos y negociándolo con el reducidor por buen precio, superior al que acostumbraba reconocerle aquel miserable explotador que carecía de sensibilidad hacia los que en verdad trabajaban las mercancías callejeras. Después volaría el gamín a remojarse la garganta.

–¡Cuidado! –le advirtió el policía, levantándolo por el cuello–. ¡Te conozco, pillo!

Nuevo fracaso. Chiqui no lograba entender cómo los policías eran capaces de adivinarle el pensamiento: casi siempre se anticipaban a sus escaramuzas en los mercados de las calles. La enjoyada dama, que había penetrado en las intenciones del raterillo, lo miró con rabia y desprecio. Y éste, vencido sin haber siquiera actuado, se fue en busca de las monedas que otra vez le negaría su madre.

–Es para el jugo –explicó el muchacho.

Ella contó los ingresos que nunca alcanzaban. Entendiendo la frustración de su hijo, le levantó la moral con estas palabras de frágil consuelo:

–Ya pronto saldrán los empleados públicos.

Regresó a la frutería. Quizá ahora sí alguien lo interpretara y le calmara la sed. Iba dispuesto a hacer notar más su penuria. Allí estaba el mismo público entusiasmado de todos los días, inmerso en sus complacencias e indiferente a las angustias ajenas.

De nuevo brillaron ante los ojos del rapazuelo las guanábanas, las mandarinas, las peras, los melocotones. Y otra vez, tentándolo y torturándolo, el sonrosado mango. Eran colores y fragancias que se mezclaban para fascinar la vista y excitar el gusto. Todos los placeres cabían en esos manjares suculentos.

Alcanzó a sentir la lágrima que rodaba por su mejilla y luego comprendió que no era lícito llorar cuando había que vivir. «Hay que vivir», se dijo con desespero y con remota esperanza. El prepotente señor contaba en ese momento el dinero que se iba para el banco.

Chiqui tuvo al fin en sus manos la fruta de la tentación. Alguien había dejado el vaso a medio consumir. Ya esto no sería robar, porque se trataba de un desecho. Pensaba que el robo era para él un acto de defensa, y por lo tanto, su alma quedaba limpia de culpa al saber que no se apoderaría del bien ajeno sino de la sobra que se botaría a la basura.

Bebió, y bebió hasta la saciedad. La lágrima terminó evaporándola el viento de los ventiladores. Un susurro le acarició el alma. En ese momento tuvo intención de ser bueno. Creía, sin embargo, que no era malo del todo. Su madre no podía extinguírsele en medio de la crueldad de las calles. Tal vez ser bueno consistía en vencer la repugnancia por los cafetines y coger fuerzas de cargador.

De pronto, sintió el estrujón y la bofetada contundente. El dueño del negocio le cobraba la mercancía.

–¡Rata asquerosa! –no cesaba de gritarle, y repetía los golpes con mayor intensidad.

El público, en un segundo, se hizo solidario con el propietario. Era la fácil respuesta a la inseguridad que se vivía en calles y negocios. Alguien más ayudó a castigar la fechoría que el comerciante denunciaba. El niño burgués se arrepintió de la galleta regalada. En su interior, alguna persona se compadeció del gamín, pero guardó silencio.

–Bien merecido el castigo –dijo la dama acicalada, y se acarició su cadena de oro.

Chiqui, atontado, percibía en forma vaga las miradas escrutadoras y, esta vez sin entusiasmo, escuchaba el ruido sordo de las máquinas que fabricaban refrescos. Era un ambiente borroso, pero cierto. El nuevo golpe en el estómago le hizo devolver el jugo de mango.

–¡Hasta la última gota! –trinaba el dueño.

El estómago estaba otra vez vacío. Hasta la última gota… Ese era el estado normal del trotador de calles, y es posible que, hecho a los rigores de su suerte, se le hubiera endurecido la piel contra los maltratos y las vejaciones. Aunque no se sentía tan herido, si ya había saboreado la bebida de los dioses.

Por el piso rodaba el jugo de mango, y el gamín se preguntó si era justo aquel desperdicio.

Y el mundo siguió girando.

Aleph, Manizales, junio de 1985.

 

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