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Paipa, mi pueblo

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Apenas acababa de regresar de breve recorrido por los caminos de Boyacá cuando recibí el libro Paipa, mi pueblo, de Armando Solano, afortunada edición del Banco de la República dirigida por Hernando Mejía Arias, discreto trabajador cultural, el mismo que asesoró las obras Gotas de tinta, de Luis Tejada, y Poesía y prosa, de José Asunción Silva, excelentes publicaciones de Colcultura.

Decía Solano que «no hay en nuestra raza característica más per­sistente que la melancolía, y esa melancolía hace del tipo que se mueve bajo su influencia, el más apto para un progreso sustantivo e inte­gral». En el boyacense se combinan condiciones poco comunes. En su sencillo porte habitual van escondi­das la malicia, la sinceridad, la cordialidad, la penetración de espí­ritu, la ingeniosidad bromista con que protege su humildad y se defiende contra los zarpazos de la existencia.

Armando Solano se pasó la vida cantándole a su tierra y extrayendo de ella el sabor, la sabiduría y la poesía que permanecen en su obra mesurada y reflexiva. Es él, ante todo, ameno conversador literario —como era su permanente manera de ser—, cuyo mérito principal reside en la autenticidad con que supo captar la pureza del paisaje y la pureza del alma boyacense. Dos condiciones que le dan dimensión a la patria co­lombiana.

Dominó la difícil facilidad de la escritura, y forma, con Eduardo Ca­ballero Calderón, Eduardo Torres Quintero, Eduardo Mendoza Varela, José Mar, José Umaña Bernal y tantos otros, la legión de grandes estilistas boyacenses. ¿Y qué es el estilo sino esa garra del pensamiento que se queda en el tiempo como mojón irremovible del tránsito del hombre sobre la tierra?

Hoy es distinta la Paipa que conoció Armando Sola­no, como lo advierte el prologuista, Próspero Morales Pradilla, otro bo­yacense preclaro. Comenta él que lo más curioso que les ha ocurrido a los boyacenses es el cambio de color. En vida de Solano se vestía de negro. ”Este hecho —dice Próspero Morales— les daba resonancia y, sobre todo, uni­formidad a los escritos de Solano».

Pero vino la época del color: televisor, violencia, siderúrgica, camisetas de los ciclistas… que acabaron con cuatro siglos de luto en Boyacá. ¿Y toda esta barahúnda del color y el progresismo —pregunto yo— no estará terminando también con los escritores? ¿Sí es fácil escri­bir entre el bullicio del transistor endemoniado o la pantalla fulgurante y frívola del televisor que no deja pensar?

Encontré, en mi viaje relámpago por la zona turística de Boyacá, dos lindos pueblos agonizantes: Tibasosa y Nobsa. Se están intoxicando entre la contaminación mortífera de las fá­bricas de cemento. ¡Los está ma­tando la civilización! Y me hallé con otro adefesio: el turismo, a lo gringo, o sea con arrogantes dólares viajeros, hace hoy de Villa de Leiva, Paipa y sus alrededores, antes pueblos acce­sibles al bolsillo, lugares exagera­damente caros.

Regocijémonos, quienes aún lee­mos libros, del reposo de aquella Paipa lejana que se rescata hoy, con la confortante melancolía del alma boyacense, entre el vértigo y la al­garabía infernales de estos tiempos convulsos y confusos que no alcanzó a presentir Solano. Paipa es también emblema de la quieta aldea del ayer que el país se dejó robar. Los pueblos serán siempre reflejo del alma. Carlos Eduardo Vargas Rubiano, celoso vigilante de la heredad, debiera promover una campaña para preservar a Boyacá contra los asaltos deformadores de la falsa civilización.

Una pregunta final: ¿Por qué le suprimieron, en la carátula del libro, la coma a Paipa, mi pueblo? Esto tampoco lo hubiera entendido Solano, esteta del estilo, y es mejor que lo ignore en su descanso eterno. La coma se suda y se goza tanto al colocarla, cuando es correcta, como al suprimirla, cuando es defectuosa. La buena puntuación usurpada o dis­locada se vuelve un atropello contra el ritmo y la donosura del idioma. (Pero si las nuevas generaciones no aprendieron a escribir con sintaxis, menos lo harán con comas y tildes).

¿Será que con la salida de Jaime Duarte French de la Biblioteca Luis Ángel Arango se están colando los diablillos de los tiempos modernos que tratan de desdibujar la época y la obra memorables de Armando Sola­no?

El Espectador, Bogotá, 4-VIII-1983.
Revista Cultura, N° 135, Tunja, diciembre de 1991.

* * *

Comentario:

Buena, pero muy buena, tu nota de hoy en El Espectador sobre el libro de Armando Solano. Inteligente, sabrosa, conceptuosa. Lo de la coma, estupendo. Adel López Gómez, Manizales.

Historia de una Piper Navajo

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

 Artículo publicado en El Espectador el 29 de agosto de 1983 y que adquiere vigencia al salir Carlos Lehder de la prisión donde estuvo recluido 33 años. La irrupción de Lehder en el Quindío comenzó con el regalo de una avioneta al gobernador. Aquí está la historia.

Sobre la pista del aeropuerto El Edén, de Armenia, apareció un día, hace cuatro años, una avioneta abandonada. Traía una tarjeta, o sea un rumbo cierto: de Carlos para Mario. Mario (Gómez) era el gobernador del Quindío. Carlos, el dadivoso remi­tente, venía seguido de un apellido extranjero que sonó curioso y enig­mático: Lehder.

Algún viejo, haciendo memoria, se acordó de un ingeniero Lehder que en lejanas épocas había trabajado en la cons­trucción del ferrocarril de Armenia. Y  corriendo el tiempo, su hijo Carlos, un joven de 27 años, quemado por soles tropicales y oloroso a dólares y otras sustancias, a quien nadie conocía y a quien su propio progenitor vendría a desconocer, hacía noticia en la escasa crónica municipal.

Y es que regalar una avioneta, cuando su precio es de doce millones de pesos, produce impacto en cualquier parte y a cualquier desti­natario. En Armenia, sitio tranquilo —la ciudad de los milagros y las cosas raras—, donde se ignoran, o se ignoraban, presentes de esa magnitud, hubo alboroto parroquial. El gobernador, que al principio su­puso que se trataba de una de las tantas bromas que acostumbran sus paisanos, quedó confundido al ver que la cosa era en serio.

No se trataba de un juguete inofensivo, sino de una avioneta ejecutiva —Piper Navajo—, apta para todos los vientos y aperada para todas las emergencias. Mario no sabía si tocar el extraño aparato o devolverlo. Pero al fin se decidió a abrir el paquete, y ya metido en la grande, o sea en la grande navegadora de rutas insospechadas, descansó o se decep­cionó al notar que el obsequio no era para él, en persona, sino para el gobierno que representaba.

El encarte, no obstante que Mario ya no tendría que recibir las clases de pilotaje que alcanzó a presentir, seguía siendo mayúsculo. Llamó al jefe supremo, y Turbay creyó des­pertar en medio de un guayabo es­pantoso. La noticia pronto irrumpió en el alto Gobierno, y después de muchas cavilaciones y dudas jurídi­cas se aceptó la ofrenda. La ofrenda de un descendiente de alemán que por una historia de ferrocarril había nacido en la hermosa tierra que ahora se proponía agasajar. Y conquistar, como se verá. Agasajar, por lo menos materialmente.

El regalo moral ya es otra cosa, y hoy los quindianos se preguntan si no hubiera sido mejor devolver aquel pájaro exótico que habría de partir en dos la historia de Armenia. Pero como el aparato era de contrabando, el ave se quedó en casa. Un ave con plumas relucientes y pico acerado que pe­netraría en todas partes, hasta en los intersticios más secretos de ciertas conciencias.

Silvio (Ceballos), el siguiente gobernador, consideró que para sus despla­zamientos por un territorio reducido y de fácil acceso no necesitaba de águilas imperiales. Legalizado el contrabando, la dádiva (llámese carnada) salió a remate público. Nadie ofreció la base. ¿A quién, que no fuera mafioso o potentado (términos afines), iba a interesarle la Piper Navajo? (En principio se creyó que esta era una vedete internacional, y el símil fue bien logrado).

De todas maneras, doña Piper Na­vajo quedó en poder del público en la tercera sesión del remate. La vedete internacional, que ya muchos habían idealizado, fue conquistada (rematada) por un solitario oferente, a quien más tarde se señalaría como el piloto de Lehder. Harina para el mismo costal. Así, el ave descarriada volvía a casa, ya legalizada y a mitad de precio.

Con el producto de la subasta se hizo una obra social. ¿Dinero calien­te, como ahora han dado en llamarlo? Sea lo que fuere, don Carlos Lehder, hijo de Armenia, con 27 años mal contados (y bien vividos, en su ca­lenturiento mundo de aventuras in­ternacionales), hacía su presentación al pueblo que lo vio nacer. Su nombre, al principio indescifrable, se multi­plicaría de boca en boca, como en la cena de los panes increíbles.

Comenzó comprando tierras. Y pasó a comprar conciencias. Tanto las unas como las otras tienen precio, y para eso la capacidad de nuestro magnate es incalculable. Abundaban, mientras tanto, los donativos generosos a cuanta obra social —eclesiástica o mundana— se le presentaba, y en los entreactos les hacía guiños a los periodistas.

Terminó regalando a los periodistas una significativa contribución eco­nómica, que naturalmente también era publicitaria (a lo Piper Navajo), y estos, bandeja de gratitud en mano, se hicieron retratar, muy sonrientes y muy emocionados, con el nuevo líder de la comunidad. Hoy nadie quiere acordarse de aquella foto histórica.

Entre sonrisas, coqueteos, do­naciones y audacias, o sea, con sutil inteligencia, crecía el personaje. Un Corleone colombiano. Como don Carlos hablaba en dólares, movía tierras y maquinarias, construía pa­rajes turísticos, organizaba actos deportivos, hacía obras de caridad, pagaba los mejores sueldos del país, emocionaba a la juventud y destro­naba a los viejos, le llovían ins­cripciones para sus listas. Señoritos y señoritas, comerciantes, ejecutivos, doctores, poetas, escritores, políticos desubicados, aventureros… fueron subiendo al tren de la alegría.

Lehder, que ya tiene periódico propio y periodistas in­condicionales, fundó su movimiento político. Aspira a llegar a los cuerpos legislativos. Y no tiene empacho en declararse miembro respetable de la mafia internacional. Anota, además, que el país está lleno de pequeños y grandes mafiosos, lo cual no es ningún secreto para nadie. Desde Cayo Norman —su isla de la cocaína— muchos peces se han engordado. Al narcotráfico lo llama “bonanza colombiana”, y esto estimula a los perseguidores de fortuna fácil.

La gente fue llegando. Se habla de comilonas y bacanales, rociadas de extrañas bebidas y frenéticas yerbas. El paraíso de los paganos ha abierto sus puertas en la tierra del café, y todos, chicos y grandes, se empujan para entrar. Algunos quedarán desgarrados de por vida, pero esto ya es otro capítulo. A Mario, el gobernador, le ofreció nombrarlo gerente general de su imperio, con sueldo y prebendas monumentales, pero el elegido no mordió el anzuelo. Lo mordió, en cambio, su joven secretario de Gobierno, hoy otro de los nuevos ricos de la ciudad.

Los políticos tradicionales, puestos por él en jaque, le enrostran los dineros calientes (o sucios, en lenguaje franco) con los que está pervirtiendo la política colombiana. ¿Acaso, pregunta alguien, no son igualmente sucios los desviados au­xilios parlamentarios? ¿Con unos y otros no se está asaltando la concien­cia pública y sobre todo la conciencia privada?

Lehder tiene asustados a los polí­ticos del Quindío y del país entero. Les advierte que sus curules están en peligro. Estos lo acusan de mafioso y él se ríe de ellos en sus dominios ilimitados del poder económico y la provocación desdeñosa.

El caso Lehder es un grito en la conciencia, un reto a la moral pública del país. Que no se contrarrestará con estériles reproches ni tontos lamentos. Es una ficha floja en la conducta de gobernantes y políticos, de padres y educadores, de capitalistas y empresarios, de eclesiásticos y ciudadanos rasos. Nunca el fariseísmo, tan de moda en estos días, ha remediado los problemas sociales ni los problemas de familia.

Obsérvese bien y se verá que los males no llegan solos, por generación espontánea. El episodio Lehder, si se quiere, es un episodio moralizador. Hay tratamientos médicos que se aplican con éxito amputando miembros atrofiados.

Y todo comenzó con una Piper Navajo —de Carlos para Mario–,   abandonada un día en el aeropuerto de Armenia, naturalmente con carta de navegación…

El Espectador, Bogotá, 29-VII-1983 y 27-VI-2020.
Eje 21, Manizales, 23-VI-2020.

Comentarios
(junio/2020)

Yo era secretario privado del gobernador; en efecto, un día que abrí la correspondencia del despacho, apareció una carta de Carlos Lehder en inglés. Inmediatamente se la llevé al gobernador Mario Gómez, quien alertado por el ofrecimiento que ella contenía –no para él sino para el departamento– llamó al ministro de gobierno de la época, Germán Zea Hernández, y desde luego al presidente. Lo demás se conoce, y después llegó la famosa avioneta, no antes. Gabriel Echeverri González, Armenia.

Maloliente pasaje protagonizado por Carlos Lehder y una estúpida sociedad. Gustavo Valencia García, Armenia.

Excelente anécdota histórica de hace 37 años. Dejaste para el futuro la narración de uno de los episodios iniciales de esta funesta feria de narcotráfico que ha vuelto patas arriba a nuestra querida Colombia. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Recordé momentos vividos por aquellas calendas, y aunque son otros los protagonistas sin avionetas de por medio, hoy hay personas de dudosa reputación rondando los pasillo palaciegos y entregando dádivas para merecer favores. La política no ha cambiado, se ha envilecido, y las mafias continúan merodeando alrededor del poder local. Armando Rodríguez Jaramillo, Armenia.

 

 

 

 

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Morirse por cooperativa

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Mi párroco, Miguel Duque Zuluaga, un paisa auténtico, o sea empujador y progresista, nos tiene sudando las mieses del Evangelio. Su lema cons­tante es que hay que sembrar para recoger, y como el quindiano, agricultor por excelencia, es de alma generosa y de bolsillo elástico, la siembra ha sido pródiga.

Sacerdote moderno, que sabe darle a todo un sentido práctico y que huye de gaz­moñerías y de excesos religiosos, difunde la palabra sencilla y cultiva la acción edificante. Como la beatería ha quedado desterrada de mi parro­quia, hay menos afectación y más autenticidad, menos chismorreo y más cooperación, menos avaricia y más caridad. En síntesis, menos ruido y más nueces.

Antiguamente, cuando fallaban las finanzas parroquiales, la fórmula mágica consistía en iniciar la cons­trucción del templo. Eran obras mo­numentales de nunca terminar, y como los feligreses, a base de diez­mos y primicias, salvaban el alma, consumían toda la vida aportando ladrillos y cementos que no se veían progresar.

Hoy es menos exigente aquella regla redentora y ya se puede salvar el alma sin tantos materiales de construcción. El padre Duque ha levantado un templo en volandas, sin asustar la conciencia. Hizo en dos años lo que en los viejos tiempos se hubiera hecho en veinte, y además armó una hermosa capilla en el sitio más florido de la capital quindiana, para que el espíritu viva fresco.

Mi párroco es un mago para con­seguir dinero. Para la comunidad, claro está, porque él vive sobrado en la pobreza jubilosa de su magisterio ejemplar, que le envidian los millo­narios. Si fuera ministro de Hacienda otra sería la suerte de este descapita­lizado territorio del Sagrado Corazón de Jesús. Los ricos a veces se resien­ten cuando les toca el bolsillo, pero responden a su llamado cuando los convence de que pueden hacer obras sociales sin necesidad de sacrificar el viaje a Europa.

Como ejerce su apostolado con alegría y sabe matizar sus sermones con gracia y chispa paisa, más abundantes son las co­sechas del Evangelio. En la pa­rroquia del Espíritu Santo estamos contagiados de optimismo para llegar al cielo por los caminos llanos de la jovialidad y la confraternidad.

Pero lo que quería contar es que este sacerdote dinámico y original acaba de anunciarnos la fundación de una gran cooperativa para abaratar el costo de la muerte. En plenas instalaciones parroquiales quedará la sala de velación, y no será ésta la más lujosa de Armenia pero sí la más confortable. El lujo debería reñir con la muerte, pero la vanidad nos ha enseñado a estimularlo.

Si la idea prospera (¿y por qué no habrá de prosperar?), todos los servicios funerarios, incluido el ataúd, el ele­mento de mayor explotación, los prestará la parroquia a costo redu­cido. Los familiares no competirán en adelante por la vanagloria del féretro ostentoso, sino que el difunto, al único que no consultan, quedará muy bien acomodado en una caja sencilla y al propio tiempo elegante (para no herir susceptibilidades).

El mismo tipo de ataúd se empleará en todos los casos. Con esta ceremo­nia igualitaria se borrarán, por lo menos en el último trance de la vida, las diferencias entre ricos y pobres. Y se eliminarán las carreras y las pompas sin sentido, que tanto dinero producen a las agencias de entierros. Desaparecerán los absurdos derro­ches estimulados por la vanidad y disfrutados por los comerciantes de la muerte, que ahora, como se ve, van a quedar de muerte.

Ya pronto el acto de morirse no producirá a los deudos desgarraduras económicas. Pasar hoy a la otra vida, en Armenia, vale alrededor de cien mil pesos, sin incluir el terreno sacrosanto, otra arandela inútil que con el tiempo la suprimirán los hornos crematorios, con un costo mínimo.

Por lo pronto, en el «negocio» de almas del padre Miguel Duque Zuluaga las tarifas funerarias van a descender de cien mil a veinte mil pesos. Los competidores están ira­cundos con el líder revolucionario y algunos anuncian cambio de activi­dad. Dicen que ya no será gracia vivir de los muertos. Como es difícil luchar contra una comunidad en pleno, dis­puesta a terminar con los explotado­res, nuestra cooperativa de la muer­te, que sin duda abrirá muchas agen­cias en el país, tendrá vida eterna.

El Espectador, Bogotá, 20-VII-1983.

 

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El sexo en serio

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Una reciente humorada de esta columna hizo creer a doña María Carrizosa de Umaña que ando en discordia con el sexo. Quise criticar la mojigatería de las beatas asustadizas que lo rechazan por pecaminoso y parece que salí también expulsado del paraíso terrenal. Doña María, que es firme defensora de los temas bíblicos, combate la mala interpretación de los sucesos que nos dieron la vida.

Entendámonos. No estoy distorsionando la escena del paraíso y menos, líbreme Dios, metiéndome con el Creador que en sus misterios insondables formó la pareja primigenia y acto seguido le insufló un soplo sexual. «Creced y multiplicaos”, fue la bendición para el acto lícito, el más lícito de todos cuando no tiene intención perversa, y que sin embargo sigue escandalizando a las beatas que usted y yo conocemos, admirada doña María.

De ahí que el tema, por espinoso y confuso, se volviera tabú. Sólo ahora, en esta era de Acuario que tiene entre sus características más importantes la liberación sexual, la humanidad está adquiriendo otros conceptos sobre las relaciones físicas, y naturalmente espirituales, de la pareja. La noción de pecado, que es algo subjetivo y ambiental, ha variado con los tiempos.

En aquel capítulo del Génesis que usted cita, apareció una serpiente, el más astuto de todos los animales, tentando a la mujer con el árbol que Dios le había prohibido. Como el fruto era tan deleitable, la mujer se dejó seducir y comió. Acto seguido dio de comer a su compañero, y Adán, que era glotón, participó del banquete, hasta el hartazgo, creo yo.

Dice en seguida el Génesis: «Luego se les abrieron a entrambos los ojos; y como echasen de ver que estaban desnudos, cosieron o acomodáronse unas hojas de higuera, y se hicieron unos delantales o ceñidores». Fue hasta ese momento cuando la pareja se vio desnuda y se sintió avergon­zada. ¿Por qué esto no había ocurrido antes? De ahí nace la idea, puede que errónea, pero de todas maneras afín, sobre la realización del acto sexual, y lo más importante, sobre el temor que desde entonces subsiste acerca del sexo como acto prohibido.

La interpretación de la Biblia es muy extensa y se presta, como libro sabio que es, para variadas diva­gaciones. Aquel árbol de la tentación simboliza el principio del bien y del mal, el mayor código moral del mundo, y es válida la tesis de que Dios no lanzó a nuestros primeros padres por la unión sexual, sino por desobedecerle. El sexo, que es un instinto, aunque usted se empeña en atacar este concepto, también es racional. Debe ser racional y así la mente andará sana. Pero el sexo es instintivo, ¡válgame Dios! Es un impulso, o sea, una tendencia natural.

Por ahí pesco al vuelo, de Marañón, el gran médico y ensayista que tanto aportó en el campo de la endocrino­logía, esta frase: «La tragedia de muchos es una de­sarmonía entre el instinto sexual y la realización de este instinto». Usted dice que el instinto es lo propio de los animales. Pregunto yo: «¿Y acaso el hombre, si no racionaliza sus pasio­nes, no es el animal más grande de la creación? ¿No vemos fieras «huma­nas» que atropellan el orden social y se vuelven lobos de sus propios her­manos?

En materia sexual ocurre lo mismo: hay hombres, y desde luego mujeres, que son salvajes. Merecen la expulsión del paraíso terrenal. Afortunadamente usted y yo, doña María, en materia de sexo estamos civilizados. Nos hemos liberado de prejuicios y necedades y por eso podemos hablar, sin sonrojo, de este tema que todavía es tabú para mu­chos.

Concluyo: la actividad sexual no está prohibida por Dios. No puede estarlo, si es el principio de la vida. El abuso del sexo, es decir, su degradación, lo mismo que su ignorancia (escú­chenme, beatas asustadas), fue la humorada que usted no me entendió. O no supe expresarla. Hoy, por for­tuna, en colegios, en universidades, en el hogar y en los periódicos, como acontece con la bibliófila de doña María y este humorista de malas, ya se enseña sexo

Vivimos en una sociedad represiva. El sicoanálisis lucha por integrar al sexo, como un todo, en la vida del individuo. El sexo, que es una mani­festación de amor, es el mayor puente de comunicación afectiva. El amor es un intercambio. ¿Habré pasado la lección, doña María?

Y muchas gra­cias por haber saboreado mi Ven­dedor de dulces, como un paliativo para las parrafadas sexuales que me debate con su característica gracia. El humor me resultó flojo, y ahora, más en serio, procuro reconciliarme con sus tesis, que también son las mías. (Por algo dicen que el humor es la cosa más seria del mundo).

El Espectador, Bogotá, 10-III-1983.

 

 

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Hay novelistas pero no hay novela

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Carta de Gustavo Páez Escobar a Horacio Gómez Aristizábal

He leído con mucha reflexión tus comentarios sobre mi novela en proyecto. Son referencias honrosas y estimulantes. Expresas además importantes puntos de vista sobre la trayectoria novelística del país. Al enjuiciar la ausencia de la novela colombiana, como un hecho repre­sentativo del testimonio cultural del pueblo, haces ver uno de los vacíos de los tiempos actuales.

Hay novelistas pero no hay novela. Hay ganadores de concur­sos pero no existe una conciencia continuada, seria, realmente valedera.

El Quindío, por ejemplo, no tiene historia escrita porque nadie se ha atrevido a escribir una novela de verdadera profundidad histórica. Los fenómenos sociales de esta tierra son dignos de ser amasados con los in­gredientes del buen novelista para dejar la constancia de una época. El mejor historiador debiera ser el nove­lista. La historia no se escribe con unas cuantas apun­taciones, más o menos minuciosas, como suministrando fechas, pero carentes de densidad humana. La marca de los tiempos es algo muy diferente al relato simple de sucesos, sin tono ni temperatura. Al novelista le corres­ponde tomarle el pulso al tiempo. Crear el ambiente.

Para entender hoy la guerra de Cartago hay que leer Salambó. Flaubert no hubiera logrado interpretar el dramatismo bélico de no haber escudriñado archivos, realizado profundas investigaciones y a la postre haberse situado en el mismo escenario de los hechos a oler la propia historia. Su obra es gigante  porgue le puso el calor humano que no todo novelista encuentra o es capaz de crear.

El Quindío carece, lo repito, de historia escrita. Falta la novela que rescate para la historia la trascendencia de este pueblo forjador de grandes sucesos. La bonanza cafetera es todo un venero de sociología que daría lugar, con buen ojo crítico, para enmarcar la sociedad quindiana dentro de tiempos conflictivos en el desarrollo económico y humano de la región.

El río corre hacia atrás, de Benjamín Baena Hoyos, que ha pasado inadvertida como formidable novela quindiana, pinta la colonización y se convierte en referencia del despegue histórico de una generación de hombres productores de trabajo.

Colombia, por otra parte, que tiene novelistas ocultos, sin estímulos para ser rescatados del anonimato, es dada a la vana ponderación. Le gusta vivir de ficciones. Nuestros escritores, que por naturaleza son narcisistas, pugnan por conquistar la fama efímera, la de los elogios mutuos, donde el humo no permite el florecimiento de la verdadera obra que reclamas. Esa obra puede escribirse en pocos libros, a veces en un solo libro, pero de dimensiones tales que se consiga traspasar la mediocridad. Rulfo, con su Pedro Páramo, se inmor­talizó. No necesita de más libros para ganar la gloria.

En nuestro medio se malgasta el tiempo entre falsas pedrerías que a nadie consagran. Estos basto­nazos de viejo que dan muchos de nuestros escritores, a veces llenos de pasiones y de inútiles poses de intelec­tuales, son frustrantes. Sigue, entonces, el vacío que acentúas en tu carta.

El novelista colombiano, que vive desconcertado y camina con miedo, quiere tomar a García Márquez como brújula. Grandísimo error. Hay que crear el estilo propio, individual, dentro de dimensiones diferentes a las del escritor macondiano que ya se apropió de su terreno. Hay que ser auténticos. Si nos dejamos falsificar, estaremos perdidos.

Vemos, sin embargo, aparecer algunas muestras aisladas que indican el esfuerzo de estos tiempos por retratar nuestra época traumatizada. De pronto surge el verdadero testimonio que se echa de menos.

Tus enfoques son certeros. Creas preocupación. Respecto a este modesto escritor, retas mi calendario cuando dices: «Gustavo Páez Escobar está en la edad cenital en que la vida empieza a sazonar sus mieles y el espíritu sus más sabios silencios». Veré qué sigo haciendo. Por lo pronto, trabajar con tesón y tratar de superar los escollos de mi oficio bancario, una barrera en ocasiones  esterilizante. Y además no dejarme des­orientar. Entre lecturas sólidas y sabias directrices huyo de los falsos apóstoles de la litera­tura.

Peleo contra el tiempo para poder leer, escribir, producir. Ese es mi problema. También mi reto. No se debe vivir sin retos ni metas. Confiemos, Horacio, en la tenacidad, que es arma poderosa. Es la mejor herramienta de los escritores. El mundo de las letras, de tan enredados caminos, es posible conquistarlo con disciplina y tenacidad. Y es imposible avanzar sin tales pertrechos.

La Patria, Revista Dominical, Manizales, 13-II-1983.