Archivo

Archivo del autor

Mensaje al dios Baco

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

El alcohol vuelve a ser preocu­pación del día. Lo ha sido a lo largo de los siglos y no creo que haya cos­tumbre con mayores adeptos. El dios Baco, contagiado de inmortalidad, se refrescará en su paraíso de uvas con el zumo de las millonarias libaciones que le tributan los borrachitos de todo el mundo.

Hay estadísticas escalofriantes. La última habla de un millón y medio de alcohólicos en Colombia, que afectan el bienestar de nueve millones más. Pero algún suspicaz inquisidor de nuestras tendencias alcohólicas contradice tan precaria afirmación y anota que sólo Bogotá tiene tres millones de bebedores, que van de los llamados dipsómanos sociales a los incontenibles bohemios de toda hora. Según esa hipótesis, los recién naci­dos llegan en Colombia con su botella de aguardiente como biberón.

Nuestro Estado cantinero desoye olímpicamente estas cifras y es po­sible que en sus fruiciones financieras se solace contando botellas vacías. Cerrar o limitar las 20 fábricas de licores que tiene montadas en el país equivaldría a alborotar a los maes­tros y estos no tienen por qué sufrir los descalabros de las rentas etílicas. Líbreme Dios de estar haciendo la apología del licor, pero tampoco me apunto a la lista de los abstemios.

El abstemio absoluto es ele­mento poco grato en la sociedad. Dicen algunos que no es sincero. Al no mostrarse extrovertido, la gente desconfía de su sequedad. El político no consigue votos sin alcohol. Triste realidad, pero de todas maneras rea­lidad.

Se afirma que el trago es factor de primer orden en las relaciones públicas, y se abusa de él en relaciones que no tienen nada de públicas. Con el argumento de que la persona pierde el miedo al entrar en calor, se ha convertido en el mejor tónico contra la timidez. Nos senti­mos valientes, simpáticos, inteligen­tes y hasta millonarios con unos cuantos copetines en la mollera. Vemos entonces pequeño el mundo y ya no nos asustan los nuevos impues­tos de Belisario. Pero al día siguiente, en el guayabo, la dura realidad nos diluye el estómago y nos tortura la mente.

No se concibe un buen promotor que no sepa empinar el codo. Los negocios surgen mejor bajo la inspiración de las copas. Ya se ve que no es sólo cantinero el Estado, sino también la empresa. Es decir, vivimos en una sociedad alcoholizada y nos cuesta trabajo, para subsistir, hacernos al margen de la tradición. Para las alegrías y las frustraciones, para los negocios y las quiebras, para el amor y la impotencia… ¡escúchanos, dios Baco!

Voy a contar una historia. Un colega mío, de esos que seguramente nacen con la botella debajo del brazo, fue bebedor empedernido durante buena parte de su vida. El oficio de viajero fue cómplice de su dipsoma­nía. Y de tanto consumir aguardiente, la nariz se le esponjó, los cachetes se le iluminaron, la mujer se la llevó el vecino, lo botaron de cinco puestos, se volvió neurasténico y se le afectaron el hígado, el corazón, los riñones, el cerebro y la virilidad…

Cualquier día el médico le dio el ultimátum de abandonar el trago o irse camino del manicomio o del cementerio. Prefirió la vida. «Hasta aquí te acompaño», le dijo a Baco, y se volvió el hombre más juicioso del mundo. Al correr de los días estaba totalmente reformado. Hablaba mil maravillas de los «alcohólicos anó­nimos». El hígado y los otros órganos nombrados o sugeridos habían que­dado remozados. La nariz ya no era la breva monstruosa de antaño y los cachetes habían adquirido su normal tonalidad. No me atreví a tocar su virilidad, pero supongo que estaba repuesta.

Cansado de viajar, pidió que lo estabilizaran. Concretamente quería una plaza de gerente y, como de todas maneras suponía que su imagen no estaba por completo recuperada, se conformaría con un pueblo pequeño. Se reunió la junta directiva, se exa­minó en detalle la hoja de servicios, se ponderaron las múltiples ventajas del candidato, y casi se produce el nombramiento. Lo impidió una simple observación de alguien de la junta con­vencido del poder báquico, que con estas palabras frustró la legítima aspiración de nuestro hombre transformado: «Magnífico elemento, pero no nos sirve por abstemio».

Iba a contarles otra historia, pero salgo para un coctel.

El Espectador, Bogotá, 12-II-1983.

 

 

 

Categories: Humor Tags:

El sexo y el corazón

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

El sexo está de moda. Es tema que las beatas asustadizas rechazan por pecaminoso, como un aliado de los infiernos, y que todos admiten, hasta ellas en sus intimidades, como un elemento inseparable de la condi­ción humana. El mundo gira alrede­dor del sexo. Es quizá el mayor ingrediente de la felicidad, aunque también de la infelicidad. Tratándose de un instinto natural, es necio igno­rarlo.

Por la maldición que cayó en el paraíso terrenal, de allí nació un gran temor a los actos prohibidos. «No comerás de este árbol», le dijo Dios al hombre, y como el hombre había sido creado con apetito, comió. La pareja, sorprendida en desobediencia, o sea, en acto de pecado, fue arrojada del paraíso, para que el mundo en­tendiera lo que es lícito y lo que es ilícito.

Esta noción entre el bien y el mal pasó a las futuras generaciones como el código moral por excelencia que regiría la conducta humana. Desde entonces a la manzana se le llama sexo. Era el primer símbolo sexual que aparecía en el planeta, y Dios, que por algo lo inventaría, se encargó de hacer confuso el lenguaje de las intimidades y sobre todo cohibidas y hasta escabrosas las relaciones pro­piamente dichas.

El tema, por eso, se volvió tabú. A los niños se les despistaba con pa­labras misteriosas para señalar las partes más comunes del cuerpo y principalmente para ocultar algunas de sus funciones elementales, como la reproducción, la más natural de to­das. Hoy los niños nacen sabiendo más que los mayores y les enseñan a éstos a designar por sus nombres de pila, incluso con apelativos ingenio­sos, todos los miembros y actos que antes se consideraban vergonzosos.

Saben, por ejemplo, que no hubo tal manzana sino una física acción sexual. El llamado pecado original, o sea, la piedra de escándalo que desde entonces pesa sobre el mundo, abrió paso a los mayores desenfrenos de las apetencias, aunque no siempre dentro de límites bochornosos, porque con el correr de los tiempos se implantaría el matrimonio como la figura ideal para aliviar la conciencia de los estragos del amor profano.

¿Cuál amor profano?, preguntará alguien que no puede admitir como ilícitas las relaciones del paraíso perdido, sin las cuales no se hubiera multiplicado la especie.

Las nuevas generaciones no con­denan con el rigor de antes aquel encuentro lógico de dos seres que habían nacido para amarse y que, humanos como eran, daban y bus­caban su propia materia. Lo contra­rio seria depresión, y ya los especialistas han demostrado que ésta es perjudicial para la salud mental. Dios le ordenó al hombre conservar su mente sana.

Aparece ahora el doctor Thomas P. Hackett, un sobresaliente siquiatra de los Estados Unidos, recomendando el acto sexual como el mejor tónico para el sistema cardiovascular. Tal vez no descubre nada nuevo, por ser el sexo, desde que la humanidad es humanidad, el mejor amigo del co­razón. Si en el sexo se encuentra una cura insuperable contra las enfer­medades coronarias, la ciencia nos indica ahora cómo evitar la muerte del corazón.

Nadie querrá, desde luego, morir por descuido, teniendo el remedio a la mano. En adelante el infarto será más llevadero, y hasta plácido, cuando se logra un mesurado ejercicio de la actividad sexual, «sin complejos, sin temores y sin urgencias innecesarias».

Lo importante es no desmedirse en la fórmula y aprender a manejar con buen compás las pulsaciones para que la demasiada presión arterial, que en este caso sería presión amo­rosa, no termine de pronto fundiendo la maquinaria por recalentamiento.

Resuelto el caso de conciencia, una lección recibida del paraíso terrenal, cada cual verá si alimenta su corazón o lo deja expirar por falta de ritmo. El amor no tiene fronteras, y esto lo demostraron a las mil maravillas nuestros primeros padres, acaso de­sobedientes, pero infinitamente ro­mánticos.

De ellos aprendimos sus descendientes que el amor es sexo. El sexo también es amor, aunque no siempre. A propósito, ¿qué harían hoy Adán y Eva si sufrieran un infarto, algo desconocido en su tiempo, y de nuevo se les prohibiera probar la fruta de la tentación?

El Espectador, Bogotá, 9-II-1983.

Categories: Humor Tags:

Montaña adentro

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Cuento de

Gustavo Páez Escobar

Dale que dale a su hacha indómita, diríase que Roberto Quintero, leñador tostado por muchos soles, vivía en pugna con la naturaleza. En esto de derribar árboles y extraer de ellos el duro sustento, nadie le ganaba. El hacha relumbraba en la espesura del monte como desafío implacable. Herramienta terrible en sus manos encallecidas, descargaba su filo certero contra la naturaleza agresiva que se mostraba obstinada en impedir el avance del hombre.

Era un trabajador convencido de su fortaleza. Cuando el monte le cerraba el paso, más duro respondían sus músculos. La naturaleza era su rival en las hurañas espesuras y su aliada en los mercados abiertos que le permitían subsistir con su mujer y sus tres hijos. Ningún oficio tan bravo como éste, pero él no conocía otro que le dejara mejores ganancias.

Alguna vez que intentó cosa distinta se le rebeló la voluntad. Prefería penetrar por aquellos parajes inhóspitos y proclamarse amo y señor de la victoria diaria de verlos rendidos a sus pies. La fuerza de la montaña, con sus intrincados caminos, era conquistada palmo a palmo por el músculo poderoso del leñador que había aprendido el secreto de las breñas recónditas. Conocedor, además, de los laberintos por donde echaba a rodar los cargamentos de madera, sentía hervirle la montaña alma arriba. La montaña era como una mujer que se anidaba en sus intimidades, lo mecía y le estimulaba las emociones.

Por fortuna, el hijo mayor era útil para el trabajo. Roberto Quintero le enseñaba, a fuerza de sudores, a desbrozar los matorrales de donde provenía el pan azaroso de sus existencias. El hacha sonaba en el corazón del monte como grito perseverante. Relucía bajo los rayos del sol y no se cansaba de pregonar su ímpetu cotidiano. Los árboles indóciles caían vencidos por el afán explorador, uno tras otro, sin tregua ni concesión. Río abajo se impulsaban las maderas en busca de compradores.

No siempre respondía el mercado. En tales momentos era preciso poner a prueba la paciencia para no desfallecer en la jornada siguiente. El viejo leñador incitaba a su hijo a ser hombre. Este, que crecía movido por el ejemplo implacable, poco a poco se familiarizaba con el ambiente y sus complejidades. Era buen discípulo del avezado leñador y bravo exponente de su raza.

–Tomarás algún día mi puesto –le decía, impulsándolo hacia el destino que ya estaba señalado.

–Así será, viejo –le respondía el muchacho, y clavaba otro golpe en la madera.

Descansaban de trecho en trecho y solo por breves minutos, para luego proseguir la jornada con nuevos bríos. El sudor les invadía el cuerpo, y el alma les ardía a golpes incesantes. Conforme descargaban sus impulsos, sentían crecer la gleba que llevaban en el corazón. Era un apego porfiado a la tierra, la tierra de sus sudores y agonías, sangre de su sangre. La querían por buena, por dadivosa, por maternal. Y la sufrían cuando amenazaba irse de sus manos. Era arisca y retadora. Tal vez con el tiempo le sembrarían frutos copiosos, si las maderas lo permitían.

Por ahora seguían despejándola de abrojos y rellenos impenetrables. No la mancillaban, sino que la descubrían. Trabajarla, como lo hacían con vigor indeclinable, con la fiebre de los leñadores audaces, era llegar a sus profundas entrañas.

Apilada buena cantidad de árboles, comenzaba la tarea de recortarlos. Tenían instalada allí mismo, cerca del río donde esperaba la canoa, la sierra elemental, con no muchos utensilios pero con filo suficiente para reducir la proporción de aquellos gigantes derribados. Cada cual tiraba de un extremo, con empeño, con toda la fuerza del hombre, para que los dientes del aparato penetraran con ímpetu en el corazón del monte tendido a sus pies.

Dispuestos los maderos en piezas largas y de similar tamaño, quedaba fácil componer la armadía. Río abajo, se iban directo a los aserraderos organizados, que eran cicateros para los buenos precios. Las gentes de las orillas, al contemplar el tránsito por el río, comentaban:

–Ahí pasa Roberto Quintero.

–Con su hijo –agregaba alguien–, que ya es todo un hombre.

No se entregaban al primer aserradero, sino que seguían en busca de mejor suerte. Era poco lo que subía la cotización, pues aquellos pulpos parecían puestos de acuerdo para tasarles el hambre. Cansados de insistir, terminaban entregándose al que se mostraba menos explotador, con mínimos puntos de diferencia sobre la mejor oferta.

–Otro día sacaremos más ganancia –se resignaba Roberto, guardándose los pesos en el bolsillo del pantalón.

–Otro día será –murmuraba su hijo, y se decía para sus adentros que aquellos miserables los mantenían acorralados.

Pero había que sudar la vida, sin desfallecer, con la fe del montañero. De lo contrario morirían de hambre. En el rancho los esperaban Luisa, la mujer de Roberto, y los dos pequeños hijos que aún distaban mucho de poder manejar el hacha. El mayor, que tenía catorce años, era ya otra esperanza. Pero tres o cuatro años más serían demasiado tiempo para las urgencias del padre, que se sentía cansado. Había que continuar. Y así, día tras día, árbol tras árbol, peso tras peso.

Un día se rebeló el hijo mayor, el socio que Roberto llegó a considerar su aliado para el resto de su vida. Se fue del rancho, en secreto, sin dársele nada. Andando suerte, consiguió mujer. Se negó a seguir de leñador y prefirió alquilar sus músculos como peón de caballerizas.

–Tú sigues –le dijo Roberto al de los quince años, que ya los tenía cumplidos y se jactaba de su dudosa hombría.

–¡Listo para la lucha, viejo! –respondió el muchacho.

–¡Más fuerte! –no cesaba de gritar su padre días después, del otro lado de la sierra, a punto de desistir.

Algo se hacía, por supuesto. Era una boca menos, pero el dinero escaseaba. Contrató un leñador profesional y al poco tiempo lo despidió porque los rendimientos se reducían. La montaña le era adversa. Pero seguía queriéndola. Era como una pasión que le chupaba la sangre. En ella estaba su vida, su razón de ser.

Roberto trabajaba ahora más duro, con mayor nervio. De lejos lo espiaba su hijo, que procuraba hacer lo mismo. Era posible que algún día llegara también a ser montañero completo.

El hacha seguía gritando en la espesura. La maraña del bosque se despejaba con golpes decididos, casi que rabiosos. De pronto la herramienta se desvió para hundirse en la pierna derecha del leñador. Quedó la carne viva, como testimonio del trabajo despiadado. Una mueca se dibujó en el rostro. Roberto detuvo la hemorragia y se fue a rastras, sosteniéndose del brazo del muchacho. Se esforzaba por no gritar. «Maldita hacha», fue todo lo que dijo.

Días después, con la pierna amputada, volvió al rancho. El muñón le colgaba como si fuera un árbol derribado. Su hijo ya cortaba la madera con mayor destreza. Había madurado en pocos días. Y Roberto Quintero se dijo, mientras pasaba la cerca, que no era posible retroceder, si la montaña era como una arteria palpitante.

Revista Fabularia, Manizales, 7-II-1982.
La Patria, Revista Dominical, 28-II-1982.
Revista Manizales, enero de 1990.   

 

Categories: Cuento Tags:

Humo

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Cuento de

Gustavo Páez Escobar

El ingeniero contemplaba, orgulloso, la estructura que ascendía en ese momento a 14 pisos y medio y que se erguía como un gigante de acero por entre débiles armazones que, a su lado, parecían muñecos de barro. El poder del hombre no es tan ilimitado como para no ser capaz de fabricar monstruos de 14 cuerpos y medio. Perdón: de 15, porque ya la inmensa pala, que no le tenía miedo al vértigo, acababa de transportar nuevas piezas y las había encajado, formando una figura completa. Tenía pies y brazos y tronco. Solo le faltaba la cabeza.

Cuando el aparato giró de nuevo sobre los absortos tejados, el profesional acarició su vanidad con gesto de suficiencia. Pero luego se disminuyó su arrogancia al verse tan insignificante frente a sus colosales matemáticas.

Sesenta hombres que se movían en todas las direcciones, como diablos sueltos, representan un enjambre alborotado. Carretillas en ascenso, bloques de cemento asomados en el abismo, arterias que palpitan, voces que se reprimen… aquello era la combinación de muchas fuerzas alocadas. Arriba, la pala taladraba la oquedad de la atmósfera; abajo, el hombre escarbaba el vientre de la tierra; y en el agujero, 62 peones en agitación, como ratas atrapadas.

–¡Carajo! –rabió el ingeniero desde la altura.

Se había encaramado allí para medir mejor su talento. El hombre se siente más hombre cuando está subido sobre algo.

La hormiguita, que había desviado su camino mientras la fila de compañeras detenía la marcha, descendió veloz por la pantorrilla del ingeniero. El palmotazo llegó tardío y el insecto alcanzó a ponerse a salvo. Y riéndose de la picardía, entabló con su vecina el siguiente diálogo:

–Es necesario distraerlo: nos obstruye el paso.

–Debemos proseguir la marcha –agregó la compañera.

–El hombre es vanidoso. Se cree importante, casi un dios, si levanta 15 pisos. Pero se vale para armarlos de potentes maquinarias, mientras nosotras cargamos varias veces nuestro peso. Si tuviéramos su misma estatura moveríamos este edificio.

–Y oye cómo grita para que le obedezcan. Las hormigas trabajamos en silencio y producimos más que el hombre, sin tanto aparato ni ostentación. Hacemos caminos y túneles y puentes.

–Y construimos palacios en los árboles. Pero el hombre es destructor: tumba nuestras moradas y nos extermina. Vivimos socialmente. En cambio, él es disociador.

–¡Hagamos la revolución!

–¡Hagamos la revolución! –apoyó la compañera.

–¡Carajo! –gritó otra vez el ingeniero–. ¡Templen ese cable! ¡Sostengan la columna! ¡Muévanse, idiotas!

–¿Lo oyes? Grita, maldice, siembra odio. Llama idiotas a sus semejantes, mientras en nuestra sociedad somos hermanos. Tú eres mi hermana. Yo soy tu hermana. Pero él no podrá ser nunca nuestro hermano, porque no llegará a ser hombre-hormiga.

Dejó el hombre de vociferar, y pensó: «Soy poderoso. Nadie me gana en fuerza. Y estos bichos rastreros pretenden enseñarme ingeniería entrelazando los desperdicios de la madera. Si quisiera los aplastaría a todos de un pisotón. Es tanto mi talento, que puedo convertir el edificio en una escalera al cielo».

Respaldó su jactancia con un golpe en el tablado. La hormiga apenas pudo esconder medio cuerpo entre la ranura de la madera. El taconazo trituró a varias de las compañeras.

Si el hombre experimenta desolación ante el desastre, también el animal. El hombre y el animal no se diferencian en sus instintos primarios. Presa la hormiga de intenso dolor ante la caravana diezmada, sintió arderle la venganza. Era una venganza sorda, furiosa. El grito de ¡revolución! se había apagado con un solo impulso bajo el pie del hombre. Pero la hormiga no desistió y con rabia empujó al pelotón de relevo, que ya trepaba por la pared y coronaba la altura. Volvió a subir por la pantorrilla y picó más fuerte. Y de nuevo el manotazo se volvió colérico, pero otra vez el animal saltaba a tiempo. Era una manera de provocar al enemigo, de responder al ataque.

Mal podía el hombre entender que aquello era un reto, y menos admitir que los seres minúsculos que se movían a sus pies fueran tan laboriosos como él que hacía hervir las entrañas del socavón con solo accionar aparatos y barajar matemáticas; que cruzaba hierros y columnas como si armara figuras de cartón; que levantaba gigantes en el aire como si inflara bombas de caucho.

Los obreros, pequeños danzarines del espacio, se columpiaban entre andamios y trepaban por las paredes como títeres movidos por hilos invisibles. Y allí, en la cúspide, elevado como un dios, el ingeniero podía pavonearse en su orgullo y embriagarse con la gloria, si –como lo pensaba con orgullo– estaba levantando una nueva Torre de Babel para llegar al cielo y –soñador al fin– engarzaría una estrella para que le alumbrara el camino. La bóveda celeste, tersa y majestuosa, flotaba en el espacio a cortísima distancia. Alguna nube pasajera rozaba la techumbre y entonces más se contagiaba el hombre de altura e inmensidad.

La caravana se había detenido. Con dificultad había llegado hasta allí, con su cargamento de maderas, para fabricar, también en la cumbre, una morada. Pero no una morada cualquiera. Sería un mirador al cielo. Mas en la cumbre había confusión. El viento soplaba fuerte. Y allí estaba el hombre, su eterno enemigo, que le cerraba el paso.

Si la hormiga es artesana y construye caminos y túneles y puentes, olvida a veces que su reino no está en las alturas, sino en los subterráneos. Pero, vanidosa también, pretendía avanzar a empellones. Su osadía era tanta al querer posesionarse de la cima para arrojar al hombre al vacío, como la de éste pretender enlazar estrellas. El bicho incitaba a la revolución, olvidando que las batallas no se ganan a picotazos en la era de los cohetes y las metralletas. Y cada vez picaba con mayor ardor, sin importarle que la furia del hombre siguiera diezmando la insurrección. ¿Por qué desistir, si venían próximos otros refuerzos, y después llegarían más, y muchos más?

–Ningún Vietnam se ha ganado en un día –argumentó la hormiga.

Por el listón ascendía una hilera compacta, más nutrida que las anteriores. Llegaba el momento definitivo. La proclama de la hormiga líder fue vehemente:

–¡Adelante, compañeras! Debemos luchar contra el hombre, debemos dominarlo. Ya ha exterminado parte de nuestro ejército, pero nos vengaremos. Moveremos entre todos el tablado y lo lanzaremos al abismo. Y pondremos aquí nuestro trono. ¡Abajo el hombre!

–¡Abajooo…!

–¡Empujen todas!

Las fuerzas reunidas hicieron prodigios: el tablado se movió.

–¡Más fuerza, compañeras!

A la tercera embestida la tabla crujió. Despavorido, el hombre se llevó una mano a la cabeza. Sintió que el mundo se movía a sus pies, y lo trastornó el vértigo. Las brigadas enemigas no cesaban en su empeño y arremetían cada vez con más brío. La venganza estaba próxima. No había duda. Con un nuevo impulso el hombre perdería el equilibrio y se destrozaría el cráneo entre las murallas de hierro y cemento por él mismo fabricadas.

–¡Ánimo, compañeras!

Multitudes frenéticas irrumpieron por todas partes y cercaron al hombre. Mientras unas bamboleaban la tabla, otras lo habían invadido en brutal arremetida, produciendo en sus carnes escozor y desespero. Eran legiones inmensas, interminables.

Una hormiga furiosa se expresaba así:

–El hombre, que fabrica edificios y cohetes y computadores; que arma guerras y mutila y asesina; que invade el espacio y se sumerge en los mares; que se envanece, en fin, con una mole de 15 pisos, es un cobarde. ¡Un verdadero cobarde! Un simple cosquilleo lo incomoda. El piquete de un insecto lo atormenta. Un hormigueo lo desespera.

No: el hombre, entre más herido, más violento. Volvían a chocar los instintos primarios del hombre y del animal. Aquellos bichos caían a centenares con solo palmotearse el cuerpo. Y morían, también a montones, a cada pisotón.

La tabla se partió en dos. El edificio se sacudió. La hormiga vio ganada la batalla, pero luego se horrorizó: sus brigadas desaparecían entre el estremecimiento del terremoto. No era la fuerza animal la que había movido la estructura: era la arremetida del cataclismo. También el hombre se erizó. Una grieta se abrió y se tragó a tres obreros en un segundo. Otra sacudida violenta, bramante, aplastó a cinco peones más. Se desmoronó una viga. Un andamio hirió el espacio con su fardo de ayes ahogados. Los escombros aullaban como jauría hambrienta. Tronó la tierra y los cables se reventaron como hilachas, mientras el cemento crujía, y las vigas, las columnas y las monstruosas matemáticas se arrodillaban. El grito angustiado, la arteria despedazada, el estruendo incontenible, todo se asfixió entre humo y cenizas.

¡Iluso el hombre que, en el último desconcierto, pretendió agarrarse de la estrella para no irse a la profundidad! ¡Ilusa la hormiga que aún intentaba clavar una morada en la altura!

Tinieblas-silencio-humo-muerte…

Tendido de bruces como había quedado el hombre en el fondo de la caverna, aún tuvo fuerzas para voltearse. Y antes de entrar en la total inconsciencia, percibió sobre el rostro el leve paso de la hormiga. Y –fantasía o no– de los ojos descomunales del animal vio desprenderse lagrimones espesos.

Una estrella se había colado por entre los hierros retorcidos: el fulgor de las estrellas se parece a las lágrimas.

El Tiempo, Lecturas Dominicales, Bogotá, 26-XII-1982.
Eje 21, Manizales, 17-IV-2020.

 

 

Categories: Cuento Tags:

Se vende urbanidad

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Desde que la Lotería del Quindío introdujo en su propaganda unas frases de urbanidad le han crecido las ventas. La urbanidad se le ha con­vertido en buen negocio. El lotero es amigo de todo el mundo y se trata, por lo general, de un personaje sim­pático, resistidor y sagaz. Siempre nos ofrece el premio mayor, y como en asuntos de suerte los colombianos somos tan cándidos, se lo compramos. Ahora en el Quindío los loteros au­mentan utilidades practicando unas sencillas reglas de cortesía, que a la vez hacen cumplir a los demás. La urbanidad se volvió contagiosa.

Si la campaña se trasladara al país desaparecería el mal genio nacional y se curarían las úlce­ras. La lotería puede lograr el milagro. La del Quindío está ahora empeñada en enseñar buenos moda­les. Es una inteligente explotación que tiene en desventaja a sus compe­tidoras, que todavía no saben por qué han descendido sus ventas. Yo, tan reacio a las fan­tasías, hoy no compro sino ilusiones quindianas, por más pajaritos de oro que me pinten en otras latitudes, desde que mis loteros aprendieron lo fácil que es decir…

*

Buenos días… Varios loteros sa­ludan mi aparición en el recorrido hacia mi trabajo. Lo hacen sin in­cómodos acosamientos. También, según parece, se acostumbraron a que no les compre nada, al primer intento. En su cartilla figura que algún día seré millonario.

Muchas gracias… La segunda regla es la consideración que me dispensan cuando les pido paciencia. Les ofrezco buscarlos más tarde, cuando pague las matrículas universitarias. Sin ser tan explícito, de todas maneras me dan las gracias por escuchar sus fantásticas suposi­ciones.

A sus órdenes… No obstante mis rechazos, ellos se empeñan en estar a mis órdenes. Así día tras día. Por supuesto, acabo adquiriendo, por física pena y a veces por un raro presentimiento de millones de­saprovechados, el magnético boleto de la felicidad, con el que vuelvo a perder. Pero no importa perder en medio de tanta delicadeza.

Con su permiso… Me piden per­miso para retirarse, y esto es encantador. Por  mi parte, le pido al cliente incumplido de mi banco per­miso para embargarlo o cancelarle la cuenta corriente. Puede que las pa­labras no sean tan rituales, pero en los casos extremos algo llevo grabado del código de los loteros.

Tenga la bondad… Es una dulzura que conquista a cualquiera. El otro día me sorprendió con ella el notificador de impuestos. Y lo hizo con sonrisa cruel,  mien­tras yo guardaba en el bolsillo el pedazo de lotería. Después dejó en mis manos, con gesto de comprensión, la comunicación donde no aceptaban mis resignadas exenciones y me ponían a sufrir. Pero lo hizo con gracia y con una venia, algo insólito en el mundo de los fusilamientos. La cortesía desarma al más bravo.

Excúseme, me equivoqué… La cuenta de servicios públicos, a pesar del congelamiento de tarifas, me llegó quintuplicada. Mi electricista revisó de nuevo todos los aparatos en busca de misteriosos escapes, y en consejo de familia volvimos a en­contrarnos como los ciudadanos más ahorradores. Días después, el computador de las Empresas Públi­cas me salvó del apremio al decirme: «Excúseme, me equivoqué”. Quedé perplejo ante el poder de estos códigos que han sido capaces de volver decentes a las máquinas.

Con mucho gusto… Es expresión que toda la ciudad repite. «Con mucho gusto le perdono los intere­ses». «Con mucho gusto lo espero seis meses más». «Con mucho gusto le bajo el arrendamiento». «Con mucho gusto me divorcio». Todo se hace con buen ánimo, con indulgencia, sin molestar a nadie. Los favores salen a pedir de boca.

*

Ahora se comprenderá por qué es grato vivir en el Quindío. Los publicistas de mi lotería, los últimos técnicos en hacernos gratos los rigores y soportables las carestías, recuerdan en su lema final que «los demás cooperan cuando usted los trata con amabilidad».

Son cuñas fáciles de relacio­nes humanas. Los loteros ya se las saben de memoria y se convencieron de su eficacia. Se están llenando de plata. De la plata que ellos mismos nos succionan hábilmente y con suavidad. Las otras loterías están preocupadas por las ventas. La ur­banidad tiene esta ventaja: que no pelea con nadie y a todos nos vuelve ricos.

El Espectador, Bogotá, 14-XII-1982.

 

Categories: Humor Tags: