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La Defensa Civil

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

«Defensa Civil es la parte de la Defensa Nacional que comprende el conjunto de medidas, disposiciones y órdenes no agresivas, tendientes a evitar, anular o disminuir los efectos que la acción del enemigo o de la naturaleza pueden provocar sobre la vida, la moral y bienes del conglomerado social».

Así la define el decreto número 3398 de 1965 por medio del cual se creó este importante organismo que tiene por objeto aglutinar la colaboración de los particulares en los momentos de calamidad pública, como terremotos, incen­dios, inundaciones y toda clase de desastres naturales, y de adelantar campañas cívicas para la for­mación de los ciudadanos en sus deberes con la sociedad.

La Defensa Civil no tiene carácter de autoridad, pero colabora con ella desde diferentes campos de acción, dentro de su lema «Listos en paz o emergencia». Apareció en el mundo como consecuencia de la Primera Guerra, cuando las naciones europeas vieron la necesidad de preparar a la población civil contra los efectos de las fuerzas béli­cas. La guerra provocó el desbarajuste de todos los sistemas organizados, cuya ruptura dejó al hombre dominado por el pánico y afectado en sus bienes, su salud y sus más nobles sentimientos.

En Colombia aparecieron las primeras brigadas de socorro en el año de 1875, con motivo del terremoto de Cúcuta. Un puñado de voluntarios acudió al sitio del desastre a levan­tar el ánimo de sus hermanos en desgracia y recomponer la ciudad devastada.

Son datos que me suministra el doctor Humberto Sabogal Ospina, que está al frente de la Defensa Civil del Quindío desde su fundación, en 1970, cuando con dieciséis vo­luntarios le dio vida al organismo. Hoy se cuenta con seis­cientos voluntarios en todo el departamento y con una tra­yectoria de vigilante servicio y de total compenetración con las urgencias de la comunidad.

Para que la entidad sea eficaz se ha impuesto un abnegado plan de educación ciu­dadana sobre civismo, acatamiento de las autoridades, sentido de la defensa personal y del conglomerado.

Al preguntarle al doctor Sabogal sobre los recursos económicos con que deben atenderse los gastos, me dice que son precarios ya que no reciben auxilios oficiales ni tienen rentas propias. Un grupo de damas y caballeros hacen posible, mediante bingos, rifas y con­tribuciones voluntarias, la atención  de los egresos. A pesar de la falta de apoyo oficial y privado, la entidad construyó y sostiene el Instituto del «niño diferente en el desarrollo», situado en la avenida 19, donde son aten­didos 40 niños y hay capacidad total para 120.

Resulta loable esta solidaridad humana con que por iniciativa privada se vela por las necesidades ajenas, y sería de justicia que las autoridades prestaran más apoyo a una empresa que vive en permanente función de servicio social. Y que la ciudadanía en general entendiera que se necesita su colaboración para que el organismo subsista.

La Patria, Manizales, 23-IX-1981.

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La pobreza absoluta

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Uno de los temas que más interés han causado en los enfoques sociales del doctor Virgilio Barco es el de la pobreza absoluta que azota a grandes núcleos del pueblo. Pro­blema complejo éste que se agrava cada día más conforme crece la po­blación y se reduce la productividad del país. Las fuentes de empleo esca­sean por el deterioro de los mercados, y las empresas, agobiadas de cargas fiscales y sometidas a los vaivenes de una economía incierta y carente de halagos, tienen que licenciar personal e inclusive clausurar operaciones.

Vemos a diario el anuncio de fábri­cas y comercios que se declaran en quiebra o convocan a concordatos, y ya ha dejado de ser escandalosa la noticia sobre firmas de prestigio que se disuelven de repente. A raíz de de la disminución laboral, persistente y dramática, in­finidad de familias que dependían de la empresa en crisis entran a engrosar la población de los desocupados y a empeorar la situación social del país.

Muchos empresarios y terra­tenientes, desestimulados por el bajo rendimiento de los negocios y tenta­dos con el atractivo de mejores ga­nancias en los papeles bursátiles y más todavía en los mercados de la usura, salen de sus propiedades en busca de superiores utilidades, sin tantos riesgos y zozobras. Colombia, que tiene una marcada vocación agrícola, se encuentra hoy con tierras explotadas a medias o abandonadas. Trabajarlas implica en unos casos inseguridad y demasiados sacrificios, y en otros escasa rentabi­lidad.

En esta forma se cierran, en los campos y las ciudades, las oportu­nidades de empleo que buscan an­gustiosamente los colombianos des­protegidos. Crece la inconformidad social y se llega inclusive a la pobreza absoluta, una pobreza mendicante y bochornosa, de que habla el doctor Virgilio Barco. Familias enteras, ex­puestas a intemperies y hambres insaciadas, que vagan de aquí para allá en busca de cualquier medio de sub­sistencia, se convierten en un peligro social al ser incitadas, para poder vivir, por el único camino que parece presentárseles: el del delito

Esa pobreza extrema, que se viste y se disfraza de muchas formas, es una de las mayores realidades de nuestra sociedad y un abismo insondable frente a la indiferencia de los ricos. Es una necesidad apabullante que reta la capacidad de los gobiernos para re­mediar o por lo menos disminuir la angustia de esas masas cercadas por el hambre y el desespero.

Bien es sabido que en los tiempos electorales se agitan temas de esta índole, como para morder la sensibi­lidad del pueblo, y se esbozan pro­gramas y soluciones, sin que luego aparezcan las fórmulas expuestas cuando se iba detrás de los votos Criticar es oficio fácil; lo difícil es resolver problemas. Pero en el caso del doctor Barco, hombre serio y bien intencio­nado, hay que pensar en su rectitud mental, porque además no tiene an­tecedentes demagógicos. Para cual­quier candidato el reto es el mismo y ojalá que también fuera igual el pro­pósito de actuar. Más que enuncia­dos y ofrecimientos se requieren acciones vigorosas para superar los males.

Son múltiples los frentes de trabajo que se abren para quienes aspiran al solio de Bolívar. Este de la pobreza absoluta es apenas uno de nuestros males endémicos. Una nación como Colombia, afectada por el relajamiento de las costumbres y la crisis de los valores, reclama una sabia dirección para detener este progre­sivo deterioro que parece conducirnos a la disolución.

El Espectador, Bogotá, 3-X-1981.

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Las mayorías silenciosas

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Un país abstencionista como Co­lombia, donde el sesenta por ciento de la población hábil permanece ausente de las urnas, no puede representar una auténtica democracia. Mucho se es­pecula con el voto popular, que el candidato ganador proclama haber conquistado en franca lid, pero lo cierto es que las grandes mayorías han perdido la fe en sus dirigentes.

Si por democracia se entiende el gobierno del pueblo, aquí no manda el pueblo. Por encima del querer popular se turna, de cuatro en cuatro años, y ni siquiera se renueva, la clase política que se reparte entre conser­vadores y liberales el favor de los puestos públicos.

Cuando la indisciplina y la falta de postulados es el común denominador de los partidos, las consignas electo­rales no van más allá de estimular el voto  cautivo, el de siempre, pero no penetran en esa otra población apática que murmura entre dientes su insatisfacción. Para ese conglomerado no aparece el líder que encarne la esperanza, y si a veces lo vislumbra, lo deja perder.

Los políticos gastan tiempo y energías despertando el afán partidista y dejan, en cambio, de mover las grandes inquietudes que afligen a la mayoría de los  colombianos.

El pueblo pide con su silencio la renovación de los partidos y sus programas y ha dejado de ser liberal o conservador. Primero le interesa encon­trar el personero de sus angustias y este no existe o no se atreve a ser verdadero caudillo de masas.

Cuando sobre el país nacional se impone el país político, sin que este forcejeo signifique nada nuevo y sí en cambio una frustración, es que la democracia sigue de mal en peor. Es una democracia herida y agonizante que deja escapar las oportunidades que todavía tiene para corregir los errores y conquistar mejores días.

El momento es de confusión y caos. En esta batahola de las am­biciones políticas donde se lucha por la supremacía de las personas y no por el imperio de las ideas, la opinión pública no logra hacerse sentir en medio del desbarajuste. De tumbo en tumbo llegamos a la crisis de las instituciones y al relajamiento de las conciencias.

Nadie se resigna a perder y todos quieren proclamarse abande­rados de las mejores causas. Hoy medio país está pendiente del tema esterilizante de la reelección o la no reelección, y el otro medio, que se supone matriculado al partido con­trario, teme que lo mismo ocurrirá en sus predios. ¿Dónde, en cambio, está el genuino líder popular que despierte el interés de las mayorías silenciosas?

El país entero, sea en forma pasiva o vociferante, pide que cesen las inútiles confrontaciones y los hábiles manipuleos para que surja la persona capaz de enderezarle la pata coja a esta estropeada democracia.

Es el sombrío panorama que tene­mos a la vista, con el que nos hemos acostumbrado a convivir y que no nos atrevemos a modificar. Se necesita una democracia participante que no se conforme con el continuismo y que influya en este país despotri­cado. La patria es en teoría de todos, pero más parece ser sólo de unos pocos: los que manejan la mansedumbre del pueblo adorme­cido.

El Espectador, Bogotá, 17-IX-1981.

Crítica radiográfica

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El reciente documento suscrito por los jerarcas de la Iglesia colombiana es un dramático llamado a la reflexión del país. Allí se enjuicia la democracia que nos rige y se condena a los partidos, a los gobernantes, a los grupos económicos y a las institucio­nes por inoperantes. El hombre común, que siente en carne propia la garra de una sociedad que hace más ricos a los ricos y aleja a los pobres de las oportunidades  elementales de la vida decorosa, mira atemorizado e impotente esta división de clases que está creando abismos de impredecible gravedad.

No puede haber democracia cuando falta la participación de todos los ciudadanos en la conducción del Es­tado, y de la masa sólo se acuerdan los políticos en los tiempos electorales, como ahora comienza a ocurrir. El elector primario, al que se busca y se persigue con ofrecimientos que no se cumplen, permanece olvidado. Su voto, sin embargo, que es un voto necesario para sostener la falsa democracia que no aporta soluciones tangibles, ayuda a  prolongar el desequilibrio social.

Las ambiciones que se apoderan de los puestos públicos y buscan la riqueza rá­pida, con su secuela de corrupciones e inmoralidades, encuentran camino fácil cuando la impunidad y la liviandad de los funcionarios, de los jueces y de las mismas leyes (que se vuelven obsoletas o no se cumplen) permiten la descomposición admi­nistrativa tanto en la empresa pública como en la privada.

Esta burocracia voraz, contra la que clama el documento del episcopado, es uno de los mayores flagelos de nuestros tiempos y poco se hace por combatirla. Al revés, se consiente y se estimula por ser una de las preferidas de los políticos para alimentar sus afanes electorales y conquistar futuros dividendos. La gran masa de votantes se abstiene de concurrir a las urnas por frustradas y apáticas, y sin darse cuenta son res­ponsables de los desvíos públicos.

El imperio del dinero desencadena la institución de las mafias y los monopolios. Poderosos grupos fi­nancieros, alimentados con el ahorro de los contribuyentes, combinan a sus anchas fabulosas operaciones e incrementan su fuerza reduciendo a los competidores débiles y sacrifi­cando pequeños capitales que no saben para quién trabajan. En este acapa­ramiento de bienes y de poder econó­mico se juega tranquilamente, como en el poder político, con la ilusión de los ingenuos.

Crecen así los desniveles sociales y la crisis moral invade todos los rin­cones de la vida colombiana. Y se produce, como lo recuerdan los obis­pos en este recorrido por las cos­tumbres del país, la desilusión hacia los gobernantes y los políticos, tan manifiesta en estos momentos de incertidumbre y repudio.

Ambos par­tidos, temerosos ante el sombrío fu­turo inmediato, fabrican es­trategias de calculados efectos elec­torales y posponen, por desgracia, las verdaderas necesidades de una sociedad azotada por la carestía, la inseguridad, la violencia, el de­sempleo, el miedo cotidiano…

Los jefes políticos emulan en sus apetitos de mando, y el pueblo, que no encuentra auténticos líderes, se re­signa a una suerte pasiva que nada arregla.

Este caos lleva al país hacia la ruina moral y econó­mica. Y es el mensaje diario de los periódicos y la comidilla de las tertu­lias. El clamor persistente, que cada vez se hace más angustiado, encuentra ahora eco en la voz de la Iglesia colombiana, que lanza este llamado de alarma para que gobernantes, empresarios, dirigentes políticos y sindicales busquen fórmu­las de salvación.

Es preciso leer con atención el apabullante enjuiciamiento que hacen los jerarcas sobre los problemas del país, para encontrar luces y defensas, si realmente quieren buscarse, en esta hora de tinieblas.

El Espectador, Bogotá, 9-IX-1981.

 

 

 

Urgencia de la paz

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Colombia pide paz. Es como si sus hijos rogaran clemencia. Es la aspi­ración natural de un país que busca superar el estado de inconsciencia a que lo conducen los odios y las luchas de clases. Esta guerra no declarada, pero cierta, que mantiene en conmo­ción la vida de los colombianos, se alborota con el reto de la subversión armada que pretende implantar el terrorismo para apode­rarse de las instituciones.

Es un constante enfrentamiento entre las autoridades y las fuerzas rebeldes, trenzadas en cruentas batallas, que hoy ponen cinco o diez muertos, de un lado, y al día siguiente son cobra­dos, del otro, con el doble o el triple.

Los movimientos sediciosos, que invocan causas sociales para justifi­car sus incursiones destructoras, mantienen al país atemorizado y le recuerdan que estar al margen de la ley, como se les sitúa, no es ser enemigos del hombre. Por el contrario, pregonan a los cua­tros vientos, lo mismo por los canales de la emisora que han hecho suya, que utilizando voceros de amplia audiencia, sus tesis socialistas y sus propósitos de trastocar el orden establecido para dispensar superiores garantías.

El pueblo, que sufre necesidades y se encuentra acorralado entre estre­checes,  hambres y menosprecios, es impresionable por estas arengas que le prometen todo lo contrario de lo que el Gobierno no ha podido darle.

Vivimos a merced de estas fuerzas de choque y contemplamos descon­certados la destrucción de un país que, privilegiado por sus riquezas natura­les, todos los días produce menos y se desintegra más. Los atentados contra la vida, honra y bienes de los ciudadanos son síntomas de descomposición social y ponen de presente la inseguridad que se vive cuando aumenta el de­sempleo y escasean los medios de subsistencia para las clases más necesitadas de la población. Si la ley no alcanza a reprimir el delito y por el contrario este se intensifica y adquiere más escabrosas manifestaciones, es que el alma social del país está cancerosa.

No le echemos toda la culpa del vandalismo de las calles y de la zozobra de los campos a la delincuen­cia común. Perforemos más hondo para descubrir que detrás de ella hay necesidades que no dan tregua y que desencadenan consecuencias pertur­badoras, en las más de las veces catastróficas, para la sociedad. Igno­rar en nuestro país las enormes dife­rencias de clases es tanto como cerrar los ojos a problemas inocultables.

Dialogar sobre la paz, como lo piden voces respetables de colombianos angustiados, no será ceder en las pautas rectoras del Derecho. Es pre­ciso oír también el clamor de los extremistas y sobre todo determinar si ellos tienen razón en muchos de sus enfoques. Habrá que descender a las profundidades de nuestros males para explicar la causa de tanto atentado, de tanto muerto, de tanta inseguridad. No es lícito transigir con el delito, pero es sabio de los gobiernos aminorar las causas para que no haya delincuentes.

Si vivimos bajo los efectos de una guerra soterrada donde la vida no vale nada, es el momento de hacer un alto en el camino y hallar las fórmulas para no seguir despedazando entre todos este país que todavía podemos recomponer. El grito de paz que se viene escuchando en los últimos días explota como sentimiento unánime en busca de una patria mejor. Es el propio corazón de Colombia el que se desangra en medio de la insensatez.

El Espectador, Bogotá, 22-VIII-1981.