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Tarjeta de crédito

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Señor gerente: no resisto la ten­tación de contar a usted la experien­cia que tuve en días pasados al pre­tender hacer una compra en su fábrica y tener que desistir de ella al no haber hallado ni la fórmula ni la persona indicadas para resolver un caso de simple comercio.

El terciopelo que había seleccionado por valor de $16 mil se me quedó en proyecto porque unidas dos tarjetas de Credibanco, la de mi señora y la mía, sólo nos permitían, según expli­cación de la empleada, un máximo de $10 mil. Las otras tarjetas, la Cre­dencial y la Diners, tuvimos que guardarlas casi que con pena porque la empleada las rechazó de plano.

Le sugerí dos fórmulas: que me permitiera ampliar la tarjeta por los $6 mil restantes, explicándole que los cupos de ambas estaban libres hasta $60 mil, o que me aceptaran un cheque sobre Armenia, para lo cual exhibí una serie de documentos que hubieran convencido de mi honorabilidad a otra persona, menos a su empleada, señor gerente, que cumplía «órdenes estrictas» y que no podía excederse en un milímetro.

Pedí, entonces, que un empleado de más categoría me sacara del embro­llo, pero no fue posible. Alguien me insinuó al oído que era preciso hablar con la jefe de ventas, título que me pareció apropiado para salvarme de las «órdenes estrictas». Pero esa se­ñorita se escondió. Quería contarle a ella que, además de poseer las cons­tancias de honorabilidad que no pude hacer valer, era columnista de El Espectador y otros periódicos, y que por otra parte nunca había ingresado a la cárcel por estafador.

Me tocó presenciar con tristeza, como si yo fuera el dueño de la fábrica, que otro señor que ofrecía soluciones parecidas a la de este honorable ciu­dadano que a usted acude, se retiraba del establecimiento porque de nada valían ni sus tarjetas de crédito ni sus súplicas. En Colombia, por desgracia, a todos nos ven cara de estafadores cuando empleados menudos están cumpliendo «órdenes estrictas».

Pasé al negocio siguiente y allí me encontré con la noticia de que no había tarjetas de crédito. Es decir, tendría que regresar a Armenia sin el tercio­pelo. Pero mi sorpresa fue grande cuando el empleado, un señor diná­mico y según se ve sicólogo, me dijo que me aceptaba el cheque.

Casi no encuentro, de puro susto, la chequera. Ante tanta amplitud terminé com­prando el doble de la mercancía pro­yectada. Volé, claro está, al teléfono, para rogarle al gerente del banco, gerente como usted, que me pasara en sobregiro unos pesos que había girado de más, muerto de la emoción. Y le aseguro, señor del alma mía, bajo mi palabra de banquero (también soy en alguna forma colega de usted), que el cheque no resultó chimbo.

*

Regresé, de todas maneras, a su fábrica, una casa de prestigio que me resultaba pintoresca, quizá por la propia torpeza de sus empleadas, las cumplidoras de «órdenes estrictas». Esta vez no habría problema porque la compra, unos metros de peluche, ca­bían en cualquiera de nuestras humildes tarjetas de Credi­banco. Pero la empleada resbaló otra vez. Dijo que si la tarjeta era expedida en Armenia, no valía, porque se nece­sitaba una de Bogotá.

Le expliqué, con mucha paciencia y hasta con humor, que estas tarjetas eran nacionales. Al fin se convenció, señor gerente, des­pués de haber pasado la operación a la jefe de ventas, que seguía escon­dida.

No he resistido las ganas de contarle esta aventura, señor gerente. Creo que me lo va a agradecer. Y es que la imagen de un negocio, por más transacciones millonarias que realice, está en el mostrador. Le pongo algo de humor a estas trastadas para que usted, que debe ser gran empresario (alguien me contó que en ese momento jugaba golf), reciba la noticia con serenidad y no le dé por despedir a las menudas empleadas sin facultades para nada.

*

Posdata: Algo ha sucedido con mi vale de Credibanco, porque no me ha sido cobrado. Ha pasado mucho tiempo… ¿Sería que la señorita ven­dedora lo confundió con un papel de envolver?

El Espectador, Bogotá, 31-I-1982.

* * *

Misiva:

He leído con el mayor detenimiento el artículo publicado por el periódico El Espectador, el pasado 31 de enero y quiero agradecerle su colaboración y al mismo tiempo lamentar los inconvenientes que tuvo para la utilización de su tarjeta Credibanco. Para nosotros sería muy importante que nos diera el nombre del establecimiento donde tuvo problemas con el objeto de poder visitar dicho establecimiento y evitar contratiempos a otros usuarios… Vicente Dávila Suárez, presidente de Ascredibanco, Bogotá, 1-II-1982.

 

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Armenia: urbanismo inalcanzable

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Más que para nosotros los que habitamos de tiempo atrás la ciudad de Armenia, para los turistas o los simples viaje­ros “la niña se volvió grande». Es frecuente escuchar que Armenia es una de las ciudades que mayor cre­cimiento registran en al país. El viajero desprevenido se encuentracon un centro pujante, afanoso, sor­prendente.

Llegó el progreso y nos sacó de madre. La ciudad, la pequeña aldea de antaño, recibió con la creación del departamento un germen extraño a otros lugares: el de volverse adulta a toda prisa, sin detenerse. Hoy Armenia ya no cabe en sus límites. Estos le quedan estrechos.

El urbanismo, esa ansia de extendernos, de crecer, de tumbar casas viejas, de levantar edificios, ha transformado a Armenia. Sin embargo, es una ciudad apurada, en constante déficit de servicios públicos. La ciudad, a medida que crece y crece y crece, adquiere nuevos problemas. Eso lo saben mejor las autoridades, las que a duras penas pueden sostener los precarios servicios de agua, luz y teléfono.

Eso lo sabemos mejor quienes tenemos que sufrir continuas limitaciones. Lo sabemos mejor los que ya encontramos estrecho el espacio para movernos en carro o a pie y que poco a poco estamos llegando a un centro embotellado, asfixiado, próximo al infarto.

El problema de los vehículos es cada vez más alarmante. O mejor, es la falta de vías amplias y veloces que mantengan en circulación el enjambre de automóviles, buses, camiones, motocicletas que no tienen por dónde desplazarse. Los buses intermunicipales y los poderosos camiones pasan resoplando por pleno centro de la ciudad y hacen in­sufrible el ambiente. El tufo denso de los motores, los pitos desaforados que pretenden así ganar terreno, las motos sin silenciador son fenómenos que nos trajo el urba­nismo.

Hay que corregir conceptos. Estamos ante una ciudad lineal que camina en una sola dirección. Es preciso esta­blecer nuevos polos de desarrollo. Es necesario abrir nuevas avenidas. Por encima de todo, hay que remediar el gravísimo reto de los servicios públicos. Sabemos que se trabaja intensamente en varios frentes. Hay ganas de hacer cosas.

Los teléfonos, ahora enredados e insuficientes, un día amanecerán hablando duro. Las calles se están remendando, por más que la operación «tapahuecos» ocasione trastornos. ¿Y el agua, y el alcantarillado, y la luz? Para este y los gobiernos sucesivos, departamentales y municipales, el plan prioritario es Armenia. Necesitamos gente capaz, emprendedora y sin politiquerías.

No permitamos que el urbanismo nos gane la partida. Respondamos con obras de infraestructura, con planeación, con ojo avizor y sobre todo con coraje. Y  digámosle al país entero que el mayor milagro de Armenia es el de crecer armónicamente, a la par con la necesidades, anticipándonos a las sorpresas y los traumas del futuro.

La Patria, Manizales, 30-III-1982.

 

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La Patria ajena

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Porque la Patria, Pacho, es primero que todo nuestra. De todos.  Y Colombia es ajena». Tulio Bayer.

Leo ahora, y mejor releo, en un remanso de vacaciones, el excelente y combativo libro Carta abierta a un analfa­beto político, del médico Tulio Bayer, hoy refugiado en París, desde hace muchos años, como consecuencia de su protesta guerrillera contra el «establecimiento» colombiano. Cuando las noticias diarias de la prensa dan cuenta de la masacre entre colombianos que deja al país salpicado de sangre, cabe meditar, como lo hago con pesar al borde de uno de los límites territoriales, en presencia del mar que por fortuna sigue siendo nuestro, si la Patria –con esa mayúscula sentida que Bayer repite muchas veces en su escrito– es realmente de todos.

El primero en sentirla y añorarla, por tenerla lejos y desfigurada –en el afecto y en el acto físico y moral de su lenta destrucción–, es el mismo Bayer, el patriota que ha podido equivocarse de métodos y de estrategias, pero no de sentimiento nacionalista. Mucho se ha fustigado a este médico audaz que,  cercado y angustiado, reclamó, por medios considerados subversivos, mejores oportunidades para todos, comenzando por él mismo. Se lanzó a la rebelión al cerrársele todas las puertas, y acaso no se considere atrevido afirmar que es uno de los colombianos más valientes, por lo mismo que ha sido de los más combatidos y más sufridos.

Acaudillar causas sociales –y no podrá negarse que Bayer es un hombre que siente las necesidades del pueblo– no es posición cómoda. Muchos, como José Antonio Galán, el sacerdote Camilo Torres y Jorge Eliécer Gaitán, que también recibieron el calificativo de subversivos, pagaron con su vida el amor a sus ideas, el amor a la Patria. Nariño, y Sucre, y Bolívar, y Cristo fueron derrotados por defen­der a los humildes. La Carta de Jamaica, uno de los más importantes documentos políticos de nuestra historia, no es sino un clamor de justicia. En su tiempo provocó furiosas reacciones.

Ahora que la geografía de la Patria se tiñe de sangre a mañana, tarde y noche, en una de las guerras más violentas que haya conocido el país; ahora que la violencia urbana y la violencia rural están acabando con la tranquilidad de los hogares y la riqueza nacional; ahora que se enardecen las pasiones en el fragor de la plaza pública; ahora que el país se divide entre secuestrables y ¡Muerte a los secuestradores…! es cuando resuena la gran verdad de la Patria ajena. Nos matamos entre colombianos, nos zaherimos, desquiciamos la nacionalidad… ¡y aún queremos ser colombianos! Nos distanciamos por colores políticos y nos odiamos, olvidando que, al decir de Gaitán, «el paludismo no es liberal ni conservador, ni el hambre es liberal ni conservadora”.

Bayer pide comprobar «que hay un conglomerado humano hambreado, ignorante, engañado, que constituye la población del país». ¡Qué bien citar estas palabras al oído del candidato, de todos los candidatos que se disputan el favor las urnas!

Una artista colombiana, Feliza Bursztyn, acaba de morir asilada en País por nostalgia de Patria. Tulio Bayer, ausente de Colombia hace dieciocho años, tiene también dolor de Patria. García Márquez abandona apresuradamente nuestro territorio, «su territorio», por no sentirse en su casa. La Patria, entonces, no es de todos. Es un derecho y también una negación. La consigna de Bolívar  de unir a los colombia­nos, de hacerlos más hermanos, está perdida en nuestros días. En lugar de dispersar, de desterrar a los habitantes de es­ta sufrida Colombia, hay que unirlos, hay que atraerlos. La mejor manera de hacer patriotas es no formar apátridas.

Tulio Bayer, por decir y sostener su verdad –y esto es Carta abierta–,  tuvo que irse de Colombia. Vive  convencido de su verdad y no cede ante nada ni nadie. Ha estado a favor del pobre, del necesitado, del opri­mido. Se ha dado lujos poco comunes. El principal de ellos es el de mantenerse fiel a sus principios. Ha sufrido reveses, cárce­les, afrentas, pero nunca se ha doblegado. Le gusta ser así. Colombia no conoce a Tullo Bayer. Sabe, cuando más, de un «locato» que hacía guerrillas.

Antes de combatirlo, de expulsarlo de la sociedad, hay que leerlo. También es colombiano. Y es un colombiano sufrido, nostálgico de su suelo. Quizás nunca regrese a él. La Patria le es ajena, y no debería serlo. «Y para mí –dice– y creo que también para ti, Pacho, montañeros como somos en el origen, los  campesinos también son la Patria…»

El Espectador, Bogotá, 21-I-1982.
Clarín, Montenegro, enero de 1982.

 

 

Vigencia del escritor

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Palabras pronunciadas por el autor en el acto de lanzamiento del libro de cuentos El sapo burlón, en el Museo Arqueológico del Quindío.

*

Muchas veces me he preguntado para qué sirve la literatura en un mundo como el actual tan materializado y tan frívolo. El hombre moderno vive esclavo de los caprichos de la moda y disipado entre las fantasías de esta época que pretende ser fastuosa y hasta tecnificada, pero que se ha olvidado de alimentar el espíritu. Parece que el afán de nuestros días con­siste en desnaturalizar al hombre, en ro­barle su esencia de ser pensante y crea­dor, para convertirlo en robot.

Hoy es más importante la posesión de bienes materiales, el enriquecimiento vo­raz, la locura de la droga, el desenfreno de la conducta, que las reglas del decoro y el ejercicio de la moral.

Nos movemos en un mundo ligero y frenético donde los valores se derrumban y los principios se desprecian. El hombre ya no piensa, y menos investiga ni crea. Vive dominado por el televisor y sedu­cido por los placeres fáciles. Poco a poco vamos llegando al peor materialismo, y en realidad ya estamos en él.

Ante tanta disolución es que me pre­gunto para qué sirve la literatura. ¿Sí valdrá la pena escribir libros? Seamos sinceros. El escritor se está quedando sin lectores. En esa misma forma la mente se atrofia. Las nuevas generaciones no nacieron para pensar. Se aburren entre los clásicos. Lo quieren todo prefabrica­do y no hacen ningún esfuerzo por descubrir las maravillas del espíritu.

Quiero decir, sin embargo, que el li­bro no ha muerto, ni morirá jamás. To­davía hay lectores silenciosos que luchan por la supervivencia del hombre. Toda­vía hay quijotes de la literatura que no quieren dejar acabar este planeta. Y es preciso entender que el mundo sólo se salvará con humanismo. Aquí es donde la respuesta al interrogante que he plan­teado me indica que la literatura es el arma contra la mediocridad. Con ella derrotaremos la decadencia de los nuevos tiempos.

Entonces vale la pena ser escritor. No importa que el escritor sea un ser solitario entre el bullicio del mundo, si él está ayu­dando a redimir al hombre, a dignificar la vida.

La reunión de esta noche comprueba que el libro no ha muerto. Aún hay quienes lo escriben y quienes lo leen. Yo vengo a este escenario a hacer un acto de fe en la vigencia de las letras; a sostener, además, que sin espíritu no podremos salvarnos del desastre. Y habrá que seguir proclamando a todos los vien­tos que es necesario acogernos, para no naufragar, al último vestigio que encon­tremos de humanismo.

Me siento muy a gusto en la sede del Museo Arqueológico del Quindío recibiendo el generoso homenaje que ustedes han que­rido dispensarme con mo­tivo de la publicación de mi último libro. Si la obra es modesta, atestigua de todas maneras que todavía existe interés por la cultura.

Este Museo del Quindío, convertido en la referencia cultural de este pueblo, es también demostración de civismo. El Banco Popular tuvo la feliz idea de engrandecer el patrimonio que hoy admiramos en este recinto y de contri­buir así a la defensa del arte.

Quiero re­cordar que el presidente de la Junta Directiva del Banco Popular era el doctor Hugo Palacios Mejía, aquí presente, promotor entusiasta de esta realización. Reci­bo sus palabras estimulantes con emoción y como reto para proseguir la marcha.

El ambiente, por lo tanto, no puede ser más propicio para celebrar la aparición del nuevo libro, este sencillo libro escrito en el Quindío en los entreactos de mi ofi­cio agobiante, y editado por el Banco Popular dentro de sus conocidos propósitos culturales.

La Patria, Manizales, 26-I-1982.
Mensajero, Banco Popular, abril de 1982.
Revista Aristos Internacional,
Alicante (España), nov/2020

Palabras de Hugo Palacios Mejía

Aunque ando metido de político, no sé mucho de cuentos. Por eso, quizás, no debía aceptar el encargo de hablar esta noche. Si finalmente me lancé al ruedo fue apenas por tener la oportunidad de hacer pública mi admiración y mi aprecio por Gustavo Páez Escobar. Gustavo es un quindiano por adopción. Él vino de otras tierras hace algún tiempo y se ha quedado entre nosotros dejando aquí muchas cosas muy buenas. Este Museo, por ejemplo, que rescata para Armenia piezas valiosas de nuestra cultura aborigen. De no ser por Gustavo y el Banco Popu­lar, el Museo estaría más hundido que la avenida 19.

Esta, que hoy presentamos en sociedad, es la cuarta obra suya, y todos hemos tenido oportunidad de leerlo en El Espectador y La Patria. Su voz es una de las pocas voces del Quindío que reciben audiencia ante el país. No soy yo persona capaz de hacer un análisis literario de la obra de Páez, sobre todo después del que hizo en el prólogo Otto Morales Benítez, y después del análisis que debieron hacer los directores del Fondo de Publicaciones del Banco Popular, que decidieron incorporar este libro a una colección que goza de bien merecida fama en el país y en el exterior. Creo, sí, que puedo destacar la perseverancia creadora de Gustavo.

Escribir es un oficio que demanda mucho tiempo y paciencia y que, por regla general, no produce sino satisfacciones personales. El escritor, sin embargo, presta un gran servicio a la comunidad. Su vocación es eminentemente social.  El oficio de escritor supone, necesariamente, un afán de comunicarse, de compartir, que es el signo distintivo de todo el progreso humano. Gracias al escritor las experiencias y las percepciones individuales pasan de unos lugares a otros y de unas generaciones a las sucesivas, formando, así, la herencia de la especie. El escritor merece siempre el aprecio de sus conciudadanos.

A Gustavo lo buscamos las más de las veces para pedirle préstamos y sobregiros. Era justo que nos reuniéramos esta tarde alrededor suyo para darle las gracias por lo que él ha hecho por nuestra ciudad y nuestro departamento. Para darle las gracias por su perseverancia en la creación literaria y por los buenos ratos que nos depara la lectura de sus artículos y de sus cuentos.

El modelo japonés

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace 36 años Mac Arthur avanzaba por el Pacífico ocupando posiciones estratégicas para dominar a los ja­poneses, que parecían invencibles. Los Aliados luchaban desesperadamente contra un enemigo tenaz que no se mostraba dispuesto a rendirse y que, por el contrario, miraba con arrogan­cia los avances de los americanos.

Cuando el gobierno japonés recibió el ultimátum, lejos de entregarse hizo mofa del enemigo porque no suponía que ya estaba lista la bomba atómica que destruiría, aquel fatídico 5 de agosto de 1945, la ciudad de Hiroshi­ma, y tres días después desolaría a Nagasaki.

La guerra se había ganado con la fuerza nuclear. El Japón, con dos millones de muertos, arrasada la población, destruida su industria y esterilizada su agricultura, era un pueblo agonizante. Sus fortalezas fí­sicas y morales caían abatidas por un enemigo superior. En esas condiciones firmó la rendición incondicional, se­llando el término de la Segunda Guerra Mundial, guerra pavorosa que dejó mutilada a la humanidad, aunque no parece que experimentada, ya que su afán armamentista, y ahora neutrónico, la arrastra a peores desastres.

Pero aquel pueblo agotado aprendió de esa lección incendiaria a levantarse sobre las ruinas. Reducidos los japo­neses a la miseria absoluta, desnudos y hambrientos, iniciaron la etapa de la reconstrucción física y moral. Del martirio de Hiroshima y Nagasaki salió la fuerza creadora. Era preciso sacar de la destrucción el aliento necesario para demostrarle al mundo que no se había perdido la última batalla: la del espíritu.

Las fábricas comenzaron a organi­zarse, las ciudades a reconstruirse, la agricultura a tecnificarse, y la vo­luntad, el arma más poderosa, a vencer el cerco que parecía invenci­ble. Se dice hoy que el mayor atributo de los japoneses ha sido su inteli­gencia. Se propusieron aprender a ser sabios, y lo lograron. Fueron recepti­vos a todas las enseñanzas y, siempre en plan de adquirir nuevos cono­cimientos, dominaron la tecnología moderna que ellos exportan exportan al mundo entero.

A los norteamericanos los mantie­nen en jaque. Los descubrimientos japoneses invaden todos los mercados del planeta. Son los mejores fabri­cantes de automóviles y camperos, de aparatos de televisión, de computa­dores, de mecanismos electrónicos. Marcas tan famosas como Sony, Honda, Toyota, Nissan, Mazda, Hi­tachi, Toshiba… demuestran lo que vale esta nación poderosa.

Es el Japón campeón del mundo. Sus habitantes son lectores apasionados y hacen de cualquier medio de información un canal de enseñanza. Les gusta asistir a conferencias y toda clase de actos culturales, porque saben que el cerebro humano es portentoso. Se ex­plica así que sea un país de científicos.

Este modelo de superación reta hoy al mundo con su técnica. Aprendió a ser grande en medio del desastre. ¡Qué lejos estamos nosotros de copiar, siquiera en mínima parte, a este gigante del desarrollo!

Tenemos en nuestro suelo colombiano todo lo contrario de lo que nos enseña el modelo japonés: pereza para producir, desgano para leer, incapacidad para crear, desidia para progresar… Nos sobran malos dirigentes, porque ni siquiera sabemos escogerlos, y nos asfixia la corrupción en todos los estamentos de la sociedad. El males­tar social atenta contra la seguridad pública y la estabilidad económica.

Sin embargo —¡quién lo creyera!—, se nos ha prometido volvernos el Japón de Suramérica. ¿No será un sueño fantástico? El molde, como se ve, se buscó demasiado exigente.

El Espectador, Bogotá, 7-X-1981.