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Peripecias del libro

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Si el novel escritor supiera las vueltas que da un libro, tal vez se arrepentiría de continuar publicando. Alrededor del libro ocurren no pocos episodios que por decoro solemos mantener ocultos en ese mundillo de sobresaltos que se conoce como los partos le la inteligencia. Esos partos, al igual que en la mujer, causan espasmos, sofocos, desgarraduras, dolor y arrepentimiento. Júbilos también, pero después de hacer mucha fuerza.

A usted, joven garrapateador de cuartillas, engreído como todos los que  por primera vez nos lanzamos al respetable público, quizá le convenga saber unas cuantas verdades sobre la aventura de «publicarse».

*

Mi primer sinsabor estuvo relacionado con el título de la obra: Destinos cruzados. Duré doce años pensándolo, y al día siguiente de salir el libro se me presentó alguien con este argumento: «Es su primer error, joven. Con ese título fracasará. Destinos, a secas, hubiera sido un éxito de librería». Ya era tarde para borrar la otra palabra y tuve que cargar con la criatura tal y como la había concebido.

*

El primer envío, muy retocado, fue para mi jefe del trabajo, el presidente del Banco. Me sentía grande. Era posible que lo deslumbrara. Presentía la rápida manifestación congratulatoria. ¡Y nada! Ni una exaltación, ni un halago, ni la más mínima palabra. Estuve a punto de renunciar al trabajo y a la literatura. Sólo 25 días después recibí la ansiada carta. Me decía el jefe que le habla llegado equivocado el libro y que había tenido que esperar el regreso del otro destinatario para destrabar los correos. «Esta vez se cruzaron los sobres», me puntualizaba. Me felicitaba, pero todavía me arden las orejas. Y casi le hallo la razón al censor del título.

*

Apareció, al fin, el primer comentario de prensa. Parece que ningún escritor quería comprometerse. Era preciso que alguien hablara de la obra del momento, que me lanzara al gran público. Para eso ya llevaba repartidos 120 ejemplares. ¡Eureka! Me creí levantado a las cumbres de la fama con el primer párrafo de la nota de prensa. Pero acto seguido el comentarista revelaba el número de adverbios terminados en «mente» y de conjunciones «pues» que había subrayado en la lectura. Esas palabrejas eran para él pecados mortales y me regañó solemnemente. Era su manía. Menos mal que no me dejé despistar y continúo en el uso de mi propio vocabulario. ¿Dónde estaba, mientras tanto, la «revelación» de escritor que yo me había forjado?

*

Vendí los primeros ejemplares a una industria de la región. Era diciembre, y la obra de actualidad llegaría a muchas manos como regalo navideño. Todos sabrían del surgimiento del nuevo genio de la literatura. También yo me sorprendí. Con los colorines de diciembre recibí, coquetón y travieso, mi propio libro con una tarjeta expresiva: «Pase usted una feliz Navidad con esta obra amena». Si la secretaria se equivocó en mi caso al enviarme mi propio libro, tomado de la lista de amigos de la empresa, yo me dejé creer del halago.

*

Y como el prestigio debe volar al exterior, despaché la obra a la editorial que me había indicado un amigo. «A lo mejor te publican en España», me animó. A los pocos días me llegó una amable nota agradeciendo el envío y ofreciendo una lectura cuidadosa. Tres días después recibí devuelto el libro, sin ninguna explicación, y una semana más tarde una carta de disculpas con el ruego de que gastara nuevos portes de correo para remitirles otra vez la obra. Quedé viendo un chispero y juré no acudir nunca más a un desconocido.

*

A mi amigo Otto lo acompañé un día a comprar libros, aquí en Armenia. Él buscaba novedades. De pronto alcancé a divisar en un estante mis Destinos cruzados, rodeados de obras famosas. Me sentí avergonzado al verme tan insignificante en medio de tantos escritores ilustres. Con rapidez y habilidad escondí el librejo donde Otto no iba a hallarlo. Y lo esperé en la caja. Allí llegó con los títulos escogidos y, encima de ellos, el de la prohibición. “¡Tu libro!”, me dijo con sonoridad, en medio de una carcajada que todavía no he logrado descifrar.

*

Si usted supone que por novato no se tiene compradores, se equívoca. El viejo escritor de la zona cafetera me indicó el sistema: debía despachar por Velotax, a Bogotá, la remesa de libros que él había vendido, a nombre del comprador que me indicaba. En ocho días tendría el giro, me aseguró. Por supuesto, una gran venta para cualquiera y sobre todo para un principiante. Ese día volví a sentirme genio.

Pasaron los días y los días… Al fin me resolví a enviar un mensaje urgente al escritor manizaleño, el intermediario de la venta prodigiosa: “Apremiado espero giro”, le decía. Y él me contestó al instante: «Semana entrante ésa. Nunca creí banqueros apremiáranse”. Desde entonces, hace diez años, no veo a mi vendedor estrella.

*

La estafa anterior, que siempre me ha parecido ingeniosa y digna de memoria, me ayudó en adelante a no ser tan ingenuo. Supe después que era la manera de dejar huella aquel escritor en los recién iniciados.

Tuve que regalar la mitad de la edición. Es la fórmula corriente. La otra mitad se pone en consignación en las librerías, o a crédito entre amigos, y nunca se recupera. Recuerdo que meses más tarde me acerqué a liquidar cuentas en una librería por los 10 libros que le he había entregado, y encontré 12. Tengo más  historias, pero me volvería pesado con estas cojeras de la literatura.

Si a pesar de todo esto insiste en ser escritor,  ¡allá usted!

El Espectador, Bogotá, 2-III-1982.

 

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Bonanza cafetera en tres actos

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Características: Heladas en el Brasil. Copiosa producción de los cafetales en el Quindío. Mucha plata en los bolsillos, mucho carro nuevo, mucho viaje internacional… La cuadra de tierra sube de $ 60 mil a $ 350 mil. Una casa en Armenia aumenta de $ 700 mil a $ 3 millones. Por las calles: locos, bobos, marihuaneros, atracadores.  En los prostíbulos: orgías, billetes desbordados, bailes de la pluma, lucro  alocado de la carne, arrebatos, muerte… Armenia se vuelve la ciudad más cara del país. Para este cronista, que no tiene café, la bonanza es distinta. Veámosla.

1

…Una tarde marcho con mi mujer y mi hija mayor rumbo a la casa. Mientras mi  hija compra el pan, los esposos permanecen en el carro, cavilando bajo el esplendor de una tarde que se muestra apacible pero que va a tener sorpresas. Un muchacho de unos 20 años desciende trotando por la avenida con dirección al carro. Algo le fascina: es el cuello de mi esposa, que relampaguea. En el momento menos esperado, el muchacho se lanza como un canguro. Aprieta y  aprieta. Comienza a faltar la respiración de la garganta asaltada. Los puños del marido no son suficientes: parecen caricias en la cara del atracador. Tampoco hacen nada las uñas de la esposa: apenas le producen cosquillas.

Finalmente, el atracador cede. Echa mano a una gargantjlla y a un reloj. Emprende la fuga, con los ojos extraviados. El marido corre en persecución del pillo. Son actos de valor que de vez en cuando a uno le nacen, por absurdos que sean. La­mentablemente los cementerios están llenos de esta clase de ímpetus. Me deslizo por una calle empinada, como un huracán. El malhechor me reta con la mirada… De pronto el mundo se me viene encima, o mejor, yo me estrello contra el mundo. Para proteger la cabeza, saco el hombro. Todo el organismo cruje. Más tarde hay intervención quirúrgica…

La policía le encuentra al asaltante estos “detalles” en una rápida requisa: indocumentado, marihuanero, un cuchillo hechizo, de pelar marranos (el marrano era yo, por supuesto), reclusión carcelaria en la cárcel de Pereira por lesiones personales… Su nombre: Fernando, hijo de Teófilo y Alicia. Nacido en Salónica (Valle). ¿En dónde queda Salónica? ¿Un corregimiento, una vereda? Sigamos. No hay tiempo que perder. Población trashumante…

2

…Veinte días después un amigo se conduele de mi retiro. El matrimonio sale para Pereira. Hay euforia, solidaridad, buen apetito. El almuerzo, estupendo. La conversación, maravillosa. El hombro, regular. Ya de regreso por la carretera entre Pereira y Armenia, un fuerte impacto  trastorna por completo la alegre marcha. Un loco, cuya diversión era tirar piedra a los carros, hace blanco en la cabeza del escritor. ¡Pobre cabeza, al fin localizada! Los pañuelos no son suficientes para detener la sangría. La ma­teria gris sale a torrentes. Se desintegran las ideas. Hay angustia y confusión.

A grandes velocidades volvemos a Armenia, la tierra prometida, tierra de bonanzas y espejismos. El herido exhala primero un lamento, hace luego una mueca y finalmente se dobla como una billetera. Entra en convulsiones. En medio de ellas, aunque no se crea, se acuerda de Luis Vargas Tejada, el de Las convulsiones literarias. El loco se le desdibuja entre tinieblas. En Armenia, hay alarma médica y ciudadana. El cráneo está perforado. La imaginación vuela entre ca­fetales. Alguien redacta mentalmente el mensaje de condolen­cia.

El loquito –mejor, el locazo: 1.90 de estatura y fuer­zas de gigante– continúa jugando a las pedradas. A nadie más le acierta. Ya es bastante con el escritor, ahora manco, tuerto y mudo… Pero éste va volviendo en sí al cabo de las horas, aunque con los cables cruzados. Los rostros le bailan en la retina. Ve fantasmas y habla cosas absurdas. Le duele el café, perdón, el cerebro. Cuando los cirujanos se aprestan a trepanar, la esposa se rebela. Prefiere el “coco” sellado. El lesionado patalea y no se deja. Se da incluso el lujo de pensar, lo que desconcierta a los médicos Uno de ellos guarda rápido el martillo y el serrucho.

Días después hay vuelta al hogar –¡dulce hogar!– con el cerebro aporreado, el brazo fracturado, la cara amoratada, el cuerpo desnutrido, las ideas delgadas, pero con la mente limpia y el corazón contento…

3

Destorcida: El precio de la cuadra cafetera vuelve a descender  También el de las casas. Pero no hay compradores. Se reducen los viajes al exterior. Y otra vez el endeudamiento, y la especulación, y las peleas con el ministro, y el sobregiro en el banco… El costo de la vida se queda donde había llegado, y sigue trepando.

Como el escritor-periodista no tiene finca cafetera, debe estar quebrado. La lógica no puede fallar. ¿O qué creen ustedes? Vuelve, de todas maneras, a pensar. Años después siente bien conectados los cables. No tiene una mata de ca­fé, pero sí un grato aroma para los drogados y los tirapiedra. ¡Manes del destino!

No se ha logrado que desaparezcan los locos, los bobos, los marihuaneros, los atracadores… Hay permanente intercam­bio de estos especímenes, por las noches, con las ciudades ve­cinas. Pero al día siguiente amanece aumentada  la población de Armenia por obra de las mayores remesas de locos que llegan a la ciudad. Hay un bobo simpático e inofensivo, con vértigo de velocidad, que a todo momento recorre la avenida a toda prisa. A otro le gusta el desnudismo. Un loquito goza manoseando a las damas, y no debe estar tan loco si no hace lo mismo con los hombres.

La bonaza se fue, se evaporó. Sólo quedan recuerdos. Creo que hubo más aporreados que beneficiados. Cada cual la pasó como pudo. Este cronista vivió intensamente el «furor» de aquellos días y ha sobrevivido, gracias a Dios –y por fortuna sin necesidad del serrucho y el martillo del médico– para escribir su propia versión. Queda con cicatrices, pero también con meda­llas invisibles en el alma.

El Espectador, Bogotá, 16-II-1982.

 

 

 

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Cuentos del amanecer

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Otro éxito dentro del género de la literatura infantil se apunta Hernando García Mejía con esta hermosa obra, pu­blicada por la editorial Bedout en su serie de bolsilibros. Pocos son los autores que en el país cultivan el cuento para niños, y sobre todo que saben llegar a ellos con la delicadeza, el lenguaje apropiado, la fábula sencilla y formadora que exige esta literatura. La mente del niño, que es un libro abierto donde por lo general no se escribe adecuadamente, necesita motivos aleccionadores para recorrer sin deformaciones la etapa peligrosa de los primeros años, en la que el mundo penetra desbordado y crea traumas o moldea la personalidad.

En este campo, Hernando García Mejía avanza con pulso firme y exhibe trabajos afortunados que lo consagran como uno de los fabulistas con más acceso al mundo de la niñez. Antes fueron Cuento para soñar, Rosa  de Navidad y La estrella deseada, los cuales, junto con éste que ha llegado como regalo navideño, se integran al propósito muy identificado en él de divertir a los niños despertándoles la mente. Sus cuentos dejan enseñanzas, por lo general filosóficas.

Sus narraciones tienen algo en común y es el final alegre con que las remata. Si de pronto se hallan tristezas, bien clara se ve su intención de mover el sentimiento para que el niño (y también el adulto, que se vuelve niño cuando posee alma sensible) establezcan normas de comportamiento.

Hernando, que también es poeta con obra que lo respalda, maneja cuerdas sutiles que imprimen en sus personajes tonos mágicos de belleza. Le gusta crear figuras de animales,  sin duda convencido de que el perro, o el caballo, o el gorrión, o el pez, representan atractivos magnéticos, por lo humanos y  simbólicos, en la comunión del hombre con el mundo externo.

En la misma forma exalta seres de la vida corriente, como el jardinero, Pedro Rotos, Vitalino Carramplones, el espantapájaros (la mejor narración de esta serie), dándole contornos ideales al rutinario existir.

Diríase, después de leer sus libros con entusiasmo, como lo he hecho, que hay en este autor caldense (de Arma) el propósito fijo de llegar incluso a pasajes de aparente ingenuidad, con tal de que el niño viva el momento, el ambiente de sus emociones. No es, por cierto, ingenuidad de los temas, sino que se ejecuta esa complicada técnica de forjar con simplicidad el mundo de cada cual.

Si vivimos rodeados de asperezas, de mediocridades, de crisis de las limpias maneras que hacen hermosa la existencia, podríamos, quienes somos responsables de pequeños seres expectantes, procurar para ellos una juventud más gozosa y más sana. Estas incursiones de Hernando son caminos para hallar alegrías y esperanzas, para formar el espíritu y señalar derroteros, para despertar, en fin, el interés por los hermosos valores del diario discurrir por este planeta de locos.

Tal es lo que, alejado de vanas pretensiones y esquivo a las torceduras de la publicidad, realiza silenciosamente Hernando García Mejía. Ese es su mundo mágico, su sentido de ser. Es una joven vocación que ya ha plasmado obra sustantiva y que llegará mucho más lejos, impulsado por su exigente norma de lector y escritor perseverante.

La Patria, Revista Dominical, Manizales, 28-II-1982.

 

 

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Alfonso llega a casa

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

¡Tilín…tilín… tilín…!

El ángel, el más chiquitín del coro, juguetón y travie­so, se arregla un ala que se le ha enredado entre los rejos del campanario y despierta con el último tilín al adormila­do vigilante. Pedro ha pasado una mala noche, y no por haber recibido demasiada gente, sino porque muchos quisieron colarse.

–¿No será otro que también se equivoca de puerta? –pre­gunta Pedro sin abrir los ojos, frotándose la panza.

–¿Yo qué voy a saberlo? –responde el querube, que revolo­tea a sus anchas, ya con el ala en acción–. En la cuesta hay niebla y no se distingue bien la figura. Es un viejo como tú, según parece.

–¿Por qué lo dices?

–Camina despacio y también tiene panza.

–¡Cáspita! ¿Trae equipaje?

–Unos libracos y una máquina de escribir. Además, mucho papel. Parece que fuera escritor o algo por el estilo.

–Nos pondremos en guardia porque puede ser un farsante. ¿Para qué diablos (¡perdóname la expresión, Dios mío!) una máquina de escribir donde sólo queremos arpas y música ce­lestial? Examina bien los libros y trata de descubrir los títulos, porque al cielo no puede entrar basura.

–Difícil identificarlos a la distancia. Pero ya va pasando por el puente y ahora camina más rápido. Parece que tuviera frío porque se frota las manos. ¡A ver… a ver…! Co… Coc… ¡Coctelera, Pedrito!

–Es un borracho. Despídelo al momento y evítame tener que tirarle la puerta en las narices. Aquí no queremos ni borrachos, ni marihuaneros, ni mafiosos, ni prostitutas.

–¿Y no dices que el reino de los cielos es para todos? De pronto es un borracho simpático, de pronto un poeta romántico, de pronto un escritor varado, de pronto un perio­dista sin título…

–No riman bien tus cosas, pequeño. Por hoy ya recibimos el cupo. Además, tengo mucho sueño. Dile que se marche con sus cuartillas a otra parte. Con don Gabrielito, y doña Inesita, y el chistosísimo del Klim, que mantiene alborotadas a las once mil vírgenes, basta. ¡Basta…!

*

–…pero él insiste en hablarte, Pedrito. Hace dos horas que trato de convencerlo, y él dice que para el limbo ¡ni por el carajo! Son sus palabras. Lo mandé al infierno y se me volvió disparado. Una llama alcanzó a dañarle la pasta del otro libro, un tal Diccionario Zurdo, y con él me dio en la cabeza.

–¿Diccionario Zurdo? Déjame pensar. Me suena… Me sigue sonando… ¡Ya! ¡Es un comunista! Dile que ¡ni por el carajo! (con sus mismas palabras). Tendríamos revueltas. Para eso está la Tierra, donde pueden hacer paros.

–¿Y acaso esa tal Feliza, la de los fierros, que te con­quistó con una sonrisa…?

–¿Qué insinúas, querube? No confundas los términos, pequeño revoltoso. Entre comunista, marxista y socialista hay diferencias. Además, era una artista y tenía el alma limpia. ¿En­tiendes? Y no vuelvas con el cuentico ese de que me dejo en­redar de las mujeres…

–¡Pero te gustan, Perucho! ¿O te olvidaste ya de la historia aquella de la Magdalena, por la que casi pierdes la cabeza?

–En el cielo cambian las cosas. Tú estás muy pequeño para entender estos lances. Ocúpate mejor del comunista ese que quiere echar la puerta al suelo.

–Ahora se ríe a carcajadas, ¿lo oyes, Pedrito? Parece que viene de un coctel porque lo noto medio achispado. Insiste en entrar.

–Está bien: lo interrogaré. Consígueme un querube armado por si de pronto le da por agredirme. ¿Dices que es colombiano?

*

–¡Déjame abrazarte! –se le va encima el peregrino y lo estrecha con efusión–.  Ya entré y de aquí no me saca nadie

–Primero hay que revisar el expediente –dice Pedro–. ¿Cómo te llamas?

–Alfonso.

–¿Alfonso qué?

–Unos me llamaban Coctelero, otros Zurdo, otros Alkanotas. Para muchos era sencillamente Leovigildo.

–¿Y cuál era tu ocupación?

–Hacía reír a la gente.

–Extraño oficio, por cierto. Ya hemos recibido a varios, pero la mayoría han resultado puros charlatanes.

–Te veo muy serio, hombre Pedro. ¿Es que aquí no circula El Espectador? Te  traigo el último número, que escribí antes de venirme,

–¿El Espectador, dices? Aquí ya funciona un periódico con el mismo nombre. Y es colombiano. Una familia Cano ha venido trayendo poco a poco su gente y ahora se anuncia una ampliación en el tiraje. Ya hay editorialistas, armadores, consejeros sentimentales, y hasta humorista…

El visitante pasó a Pedro, a escondidas del ángel, una botella. Al segundo trago Pedro soltó la carcajada. Se cogía la panza a dos manos y exclamaba con los ojos pegados al periódico:

–¡Lo que nos faltaba! ¡Qué cosas se te ocurren! Klim se va a poner celoso cuando sepa de tu llegada. ¿Conque vecinos de página? Entre todos le cambiaremos el ambiente al cielo, que a veces es jartísimo entre tanta beata y tanto viejo estirado. Te presentaré en sociedad.

–¡Uno más de la rosca! –el huésped no se dejó presentar–. A todos los conozco. ¿No ves que son mis colegas, Pedrito?

–Y buena falta que nos hacías –lo abrazó el ángel Gabriel, acosado por Luis, por Fidel, por Lucas, por Inesita (y muchos más esperaban turno).

*

Ese día el periódico salió con uno que otro error. Se le echó la culpa a la emoción. Hubo tres días de jolgorio.

¡Tilín… tilín… tilín…! (no cesaba de repicar la campana el ángel juguetón).

En adelante se negó el recibo de más humoristas porque éstos habían revolucionado el cielo. Klim continuó escribiendo nuevas notas sobre la Handel y las enviaba en secreto a sus amigos de la  Tierra. Les manifestaba que con ellas impediría el acceso de días funestos.

–¿Y qué tal si nos traemos a otros? –le preguntó un día a Pedro, en un coctel.

–¿Entonces has vuelto a los cocteles, Alfonso? –exclamó Pedro por toda respuesta.

–¿Nos traemos a otro, Pedrito?

–¡Menos ambición, hombre! Colombia necesita un periódico fuerte para combatir los vicios y los atropellos, y no vamos a desmantelárselo con nuevos robos de gente. Sigue con tu humor, que es saludable y alegre.

*

Hubo guayabo terciario. Era algo desconocido en aquellos espacios. En la Tierra seguía el otro guayabo, pero el periódico continuaba circulando.

–¿Cómo curarme –preguntó Pedro– de estas visiones de vírgenes, de magdalenas, de querubines zumbones?

–Haz como yo –repuso Alfonso–, que necesito curarme de este guayabo atroz: miel de abejas con ecuanil…

El Espectador, Bogotá, 8-II-1982.

 

 

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Un rostro en la multitud

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Duré tres cuartos de hora esperando taxi en un sitio concurrido y fácil de Bogotá: calle 45, antes de la Caracas. Era un día cualquiera, no había paro de trans­portadores y no era la hora pico. Los taxis pasa­ban ocupados. Otros ignoraban mis ruegos. Corrí a coger el que bajaba libre al otro lado de la vía, y el chofer, tan acostumbrado a estas carreras, me indicó con sarcasmo que llevaba otra ruta. Me quedé con la puerta en la mano y sentí la burla grotesca que quemaba mi impaciencia. Luego, por poco me precipito en un carro particular, pero me detuve, aunque tarde, cuando el señorito del volante me recrimina­ba: “fíjese, idiota».

Idiota que es uno cuando es provinciano. Camina tor­pemente y se deja atropellar de todo el mundo. Llegaba otra vez a Bogotá, deshabituado como siempre a sus carreras y su indolencia. Entrando a la ciudad al mando de mi propio vehículo, había gastado una hora entre las fábricas del sur y el primer puente elevado, todo porque un volquete se había varado y obstruía la mitad de la calzada, provocando un lento y endemoniado infarto en el tránsito. Todos se miraban al cruzarse, se desafiaban, se repasaban los rostros agrios e incluso se condolían de la común desgracia de tener que avanzar a paso de tortuga entre pitos y protestas inútiles.

Ahora seguía esperando taxi en la calle 45, antes de la Caracas. Era posible que el amigo con que me había puesto la cita en Chapinero estuviera todavía pendiente de mi aparición. Finalmente atrapé un carro des­vencijado, humoso, de color mugre, que acababa de dejar a la señora de la tienda con sus bultos y sus canastos.

El chofer me hizo una especie de verónica cuando pasé a bordo. Me midió por el espejo y arrancó. Iba despacio, parsimonioso, indiferente a mis afanes. No intenté urgirlo, porque entendí que su temperamento no estaba para carreras, y tampoco su vehículo. Me contó, sin preguntárselo, que no llevaba placas. Tampoco taxímetro. Apenas la llanta de de repuesto y dos herramientas.

Hicimos amistad en un minuto. Pronto cambié el concepto sobre el despotismo de los bogotanos. Sonrió, sin que fuera necesario. Y me hallé con un personaje simpá­tico, buen conversador y mejor comentador de su miseria. No llevaba placas, porque la «caracha», como la llamaba, adquirida de buena fe, le había resultado con un expediente por contrabando. Le aconsejé que legalizara la situación y él argumentó que le era difícil conseguir los $ 30 mil para atender la serie de trámites inabordables. Tampoco podía esconder el carro porque la familia se morirla de hambre. Era preciso, entonces, exponerse a los riesgos de las calles bogotanas.

Sólo una vez había tenido problemas y había salido de ellos con un billete. “¿Y si le quitan el carro?”, le pregunté. «Entonces me volveré delincuente para poder subsistir», me respondió. Yo pensaba para mis adentros que, de viejo y destartalado, aquel armatoste no llamaba la atención y podía seguir transitando en su trabajo honrado. Seguiría con franquicia para socorrer a provincianos ignorantes de les enredos de la gran capital, la de los puentes elevados, los soberbios edificios y las miserias subterráneas.

Por fin llegué a mi destino. Pagué sin taxímetro, o sea, con generosidad. El amigo que me había citado en el restaurante no se resignó a mi demora. Perdí la cita y el almuerzo, pero quedé contento con haberme tropezado con un ser distinto a la mayoría, capaz de hacer una verónica en pleno tráfago bogotano, y también de reírse y participar sus cuitas,

Este humilde chofer contradice el mal genio de los bo­gotanos. Es un rostro que se pierde en la multitud y se convierte en referencia amable, humana, dentro de los laberintos de la ciudad que anda de prisa, con­gestionada y neurótica (¡pero te queremos, Bogotá…!) Este monstruo de la civilización ha  aprendido el vértigo de la vida moderna pero se olvida de los menudos e insonda­bles abismos del ser insignificante que deambula en una «caracha” sin  placas, sin taxímetro, sin esperanzas, y luchando a brazo partido, casi con la ley encima, para no dejarse morir de hambre.

El Espectador, Bogotá, 23-II-1982.

* * *

Comentario:

Tengo que contradecir lo que afirma Gustavo Páez Escobar en su columna. Él asegura que sólo hay un rostro amable entre los choferes de los taxis de Bogotá.

Yo tomo taxi con frecuencia y puedo asegurar que es grande la amabilidad de los choferes. Al entrar, saludo y doy las gracias por haber parado para recogerme. Y pronto empezamos a dialogar. Pre­gunto cuántos «pelaos» tiene y si el negocio está bueno. Hablamos de política y por quién va a votar. He sabido con mucho agrado que el mayor interés de estos padres de familia es la educación de sus hijos. La inmensa mayoría tiene sus hijos en el colegio, y otros  ya  están  ejerciendo un oficio. Del negocio dicen que no es muy bueno, pero les da para vivir. Son muy escépticos respecto a la política y a nuestros hombres públicos. La mayoría no vota nunca. Pero ese es otro problema. Emilia de Gutiérrez, Bogotá.

(¿Entendería doña Emilia mi artículo? GPE)

 

 

 

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