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¡Cuidado con su peso, señora!

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

—Mirá, Margarita, lo pispa que se está poniendo la vecina con su trata­miento para adelgazar. Sigo los mis­mos ejercicios y no logro bajar ni una línea.

Margarita la repasa de arriba abajo y piensa: «Esta Amparito definiti­vamente es un tonel».

—Aunque así sea —le interpreta el pensamiento—, has de saber que Toño no me cambia por nadie, con todo y mis carnes. ¡Si vieras lo que gozamos en la intimidad…!

—En la intimidad, como en la co­mida de marrano, no se repara en gordos. Tu Toño te tolera, que es diferente. ¿Qué ha de hacer el pobre si no tiene mejor comida? Seamos sin­ceras, Amparito. Más nos querrían nuestros maridos si tuviéramos otra silueta, como la de la vecina, a quien ya le compraron su Honda…

—¿Y tú qué te crees? No seré una belleza, pero tampoco estoy desfigurada.

—Ponéte de pie, Marga, y te hago unas precisiones. ¿Qué significa esta llanta…? Las llantas, mija, son el primer indicio de gordura. ¿Y esta redondez que pretendes disimular con un brasier que no es de tu talla…? Echáte ahora a caminar y te digo más cosas…

—Caminarás tú, porque lo que es yo no me levanto de esta silla. ¿Insinúas estonces que necesito régimen? ¿Será por eso que el mugroso de Daniel ya no me cuchichea como antes? No seas cruel, Amparito! ¿Será que me he desmedido en los últimos días?

—¿En los últimos días…? —Am­parito ríe con franqueza.

Desde aquella conversación, las dos amigas iniciaron un régimen severo a base de verduras, tostadas, carnes magras… Nada de harinas, ni de chocolates, ni de ajiacos, ni de tocinos… Además, pocos jugos y poca azúcar. Hacían bicicleta a mañana y jugaban tenis tres veces por semana.

* * *

Seis meses después:

–¿Cómo te sientes, Marga? —la telefonea Amparito desde su bicicleta estática, con la respiración entrecor­tada y hecha un mar de sudor.

–¡Ay, mija, esto es horrible! Tengo una debilidad espantosa y el estómago me cruje. ¿Podrás creerme que hoy me he sostenido con un café, una hilacha de carne y un huevo cocido?

–¡Por Dios, Marga! Tampoco es para que hagás disparates. ¿Y cuánto has rebajado?

–Los mismos dos kilos que ya sabes.

–Te sigo ganando en uno. Pero me sobran siete. Estoy a punto de suspender, porque al fin y al cabo Toño sigue diciéndome «gordita», con ca­riño, y esto me encanta.

Quince días después, las cuentas de los kilos habían variado. En este trayecto se presentaron tres cocteles, ¡negocios de los maridos!, para la casada con el gerente de los seguros, y dos comilonas de marrano y gallina para la esposa del finquero. ¡El desastre! Había que comenzar de nuevo.

* * *

Un año después:

—Me preocupa mi mujer. Se me está volviendo flaca e histérica. Ha perdido seis kilos y se empeña en seguir aguantando hambre. A los muchachos los atiende mal, porque no quiere bajarse de la bicicleta…

—La mía es otra calamidad, Toño. Se mantiene donde el médico…

—Y además, la mía vive llena de pastas para los nervios. Parece que el régimen le ha quitado calorías de las otras. Tú me entiendes, Daniel. Guár­dame el secreto: la «gorda» ya no me apasiona…

—Tampoco Marga. Me guardás el secreto…

* * *

Página social: «Ayer falleció doña Amparo de Botero, como consecuencia de una súbita enfermedad que no pudo resistir…»

Rumor de costurero:

—¿Sabías que Toño, el viudo, quiere quitarle la mujer a Nicolás?

—¿La gorda…?

–¿Y también sabías que Daniel anda en coqueteos con la vecina del Honda? Así son los hombres… Pero hay que compadecerlo, si su propia mujer, antes tan atractiva, es ahora un escombro…

El Espectador, Bogotá, 20-III-1981.

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Una buena gobernación

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Silvio Ceballos Restrepo ha hecho una buena gestión administrativa. La gente esperaba menos, sabiéndolo político profesional. Valga la verdad anotarlo, ahora que concluye su período y cuando su obra queda a consideración de la opinión pública. Nue­ve meses es plazo demasiado estrecho para adelantar obras, pero puede ser muy largo para resistir un mal gobierno.

Su desempeño, serio, reflexivo. No se dejó lle­var por el arrebato ni tentar por la vanidad. Con­quistó, sin duda, el buen juicio ciudadano. Se le vio presente y entusiasta en todos los sucesos re­gionales y se advirtió su deseo de acertar. Es di­fícil lograr mayores resultados en tiempo tan bre­ve, y sin embargo, quedan perfiladas algunas ini­ciativas importantes.

Quizás por ser experto en política, no se de­jó enredar en ella. Se le atacó con dureza desde al­gunos frentes y él se mantuvo sereno en las horas de prueba. Flotar sobre un ambiente de pequeñas hostilidades, que a veces se tornan desastrosas para el buen éxito de cualquier gestión, es ya de por sí una proeza en este departamento tan dado a la politiquería. Cuando el gobernante cuente con campo de acción y no tenga que plegarse a las presiones que lo acosan, conseguirá mejores resulta­dos. No es posible que un gobernador o un alcal­de se conviertan en simples dispensadores de ser­vicios particulares, cuando la comunidad reclama obras de verdadero empuje.

Silvio Ceballos Restrepo, contra tantas limita­ciones y tanto forcejeo de sus tradicionales o even­tuales contendores políticos, pudo concluir un buen balance. Lástima que el tiempo haya sido tan reducido. Puede decirse que resultó sorpresiva su actuación. Mu­chos calculaban que no llegaría a ser siquiera un funcionario de oficina, y lo cierto es que se le vio consagrado a los asuntos de su cargo. Se enteró de las mayores dificultades de los municipios quindianos y trató de remediarlas con medidas concretas.

La cultura, sobre todo, obtuvo su mayor inte­rés. En este campo sobresalió como intérpre­te cabal de lo que significa el desarrollo cultural para el progreso de los pueblos. El gobernante debería comenzar por estimular las expresiones vernáculas, si quiere llegar al al­ma del pueblo.

El dinero que se invierta cu biblio­tecas, en publicación de obras literarias, en el fo­mento de las artes en general, jamás será perdido. Cuando en este caso se otorga un auxilio impor­tante para que tome vida el Conservatorio de Mú­sica, y se gira otra partida de significación para la Casa de la Cultura de Calarcá, y se estimula a los escritores y a los artistas, es que existe preocupa­ción por el progreso intelectual de la región. Este sólo aspecto significa un acierto.

La Patria, Manizales, 14-III-1981.

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Bonanza y reveses

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La economía colombiana, enfrentada en los últimos tiempos a los sobresaltos del café, producto decisivo para hacer flotar al país, ha perdido estabilidad y no puede así mostrar derroteros fijos. Es una economía endeble, sin mayores proyecciones. El país, que es esencialmente agrícola y que como tal de­bería llevar trazados programas firmes de producción rural, ha mermado su rendimiento y de exportador de varios artículos ha pasado a importador, con ostensibles desventajas. Si el campo no produce como antes es porque hacen falta estímulos y mayor orientación de las políticas agrarias.

Los cafeteros, que años atrás amanecieron con una bonanza inesperada, se deslumbraron con ella y no previeron las épocas de la destorcida. Evaporados aquellos días de prosperidad, hoy la realidad en los campos es difícil, por no decir que dramática.

Los propietarios de fincas, cada vez más afectados por el encarecimiento de los insumos, por la lucha del mercadeo, ya que la Federación ha disminuido las compras, y por el precio interno del producto, miran con angustia el porvenir y se sienten desalentados para hacer mayores inversiones.

Se dice que una finca cafetera ya no es rentable. Muchos se quejan de pérdi­das. Hay quienes prefieren vender sus parcelas para conseguir superiores estímulos al capital, dejándolo ocioso en una corporación o en el mercado extrabancario, el mayor pulpo para apoderarse de la capacidad creadora.

¿Para qué tanto esfuerzo con obreros, con compra de fertilizantes, con impuestos, con sobregiros en el banco, cuando el capital rinde más en otra parte? Es una reflexión que motiva a muchos a la pereza. Las propiedades rurales se venden sin el apego que antes despertaban y su producto pasa a engrosar esa legión de capi­tales improductivos que buscan mejor remuneración. Esto, desde luego, es atentado de lesa patria, pero es que la gente aprende más la técnica de la defensa que los sentimientos nacionalistas.

Aquí habría que hacer un alto para impedir este éxodo que disminuye la producción nacional. El campo, nuestro mayor pa­trimonio, no puede dilapidarse. Es preciso buscarle nuevos alicientes. La gente lo abandona porque ya no es atractivo como en otros tiempos, cuando representaba una razón de ser.

El bajo rendimiento del país nace del campo y de allí se extiende a las demás actividades. El comercio y la industria, azotados con quiebras constantes y de azaroso desafío, son hoy renglones que a duras penas consiguen subsistir. Los costos financieros asfixian no pocos esfuerzos El contrabando, otro flagelo del momento, atenta contra la estabilidad de los mercados lícitos y menoscaba las fuerzas de la gente honrada.

Muchos aspectos más de este inventario de reveses podrían tocarse. Basta por hoy se­ñalar que para producir con largueza, como lo necesita y pide Colombia, país que está perdiendo su vocación agrícola para irse tras la vida fácil, es urgente poner a funcionar todo un engranaje de incentivos y de controles para que haya en realidad una patria abundante para todos los colombianos.

La República, Bogotá, 14-III-1981.

 

 

Las razones de Voltaire

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

–¿Hay algo más respetable que una tradición antigua?

–La razón es más antigua.

(Voltaire, en Zadig)

*  *  *

Fue el escritor más ágil y valiente de su tiempo. Con su pluma, elemento de acción, mordaz y de­vastador, ayudó a tumbar la frívola y artificial corte de Francia y contribuyó a afianzar la libertad de una nación imbuida por el despotismo de la monarquía y la intransigencia religiosa. Espíritu inquieto y de fuerza inagotable, estaba armado de desconcertante don de supervivencia que le permitía sufrir, sin desmayos, cárceles y destierros. En ocasiones discurría entre monarcas y lisonjas, tentado por la pasión del mando y sus veleidades, para verse más tarde sometido a encierros penitenciarios, a huidas de la justicia y a escarnios implacables.

Lograba superar las adversidades, sin abando­nar su estilo demoledor y menos el ímpetu de sus lu­chas, y se crecía ante la opinión pública como un monstruo que amenazaba derrumbar aquella podero­sa maquinaria de privilegiados que mancillaban el sentimiento popular. Cuando era recluido en la Bastilla para reprimir su permanente actitud crítica, o eran quemados sus libros para evitar la propaga­ción de sus ideas, o se le desterraba para alejarlo del teatro de los acontecimientos, más se henchía su in­conformidad y arremetía entonces con mayor vehe­mencia contra la iniquidad y el absolutismo reinantes en Francia.

Una pluma peligrosa

Unas veces sus libros eran retirados de la circulación por orden del Gobierno y otras, prohibidos por la Iglesia. Sus cartas filosóficas, que obtuvieron éxito resonante, fueron condenados por el Parlamento de París y quemada la edición. Po­demos preguntarnos qué sería de la literatura y el pensamiento, y en general del mundo, si los regíme­nes dictatoriales, que tanto miedo tienen a los escri­tores por considerarlos su principal amenaza, logra­ran silenciarlos. El legado intelectual de Voltaire se salvó por fortuna de la voracidad de las llamas y del afán destructor de los soberanos de la época, y constituye hoy una de las conquistas más valiosas de la humanidad.

Contra los dos poderes desbordados de la Fran­cia frenética del siglo dieciocho, el trono y el altar, aquel hombre férreo e incisivo, que no se detenía en temores y que acaudillaba la insatisfacción de los dé­biles, disparó sin tregua y con buena puntería sus dardos venenosos. Era peligrosa su pluma, porque estaba empuñada por el escritor fieramente comba­tivo, por el pensador contumaz y desdeñoso, por el polemista genial. Sus mayores armas eran la agude­za, la mordacidad, el espíritu crítico, y contra ellas es muy difícil que nadie resista.

Fue el más brillante escritor del Siglo de las Luces y uno de los fenómenos más extra­ños que haya conocido el mundo. Los intelectuales lo proclamaron como director de la Academia Francesa a su regreso triunfal al país, entre vítores y desagra­vios, después de uno de sus destierros. Su casa de Ferney, donde pasó sus últimos años, fue el lugar de cita de los grandes literatos de Europa.

El genio burlón

Pocos, como él, han provocado tal cantidad de sentimientos y han dado lugar a tantas apasionadas controversias. Este «déspota ilustrado», como lo define uno de sus biógrafos, poseía una inteligencia superior, capaz de transformar cuanto estuviera a su alcance. Todo lo dominaba: la poesía, la filosofía, la literatura. Y  además, el alto mundo, ya que no ignoraba los perfumes y las intrigas de los sa­lones palaciegos y sabía desenvolverse en ellos con destreza. Los círculos influyentes unas veces lo hala­gaban y otras lo rechazaban. Era, sin duda, un temor respetuoso.

Su maliciosa sonrisa, que se esparcía en el am­biente como sustancia corrosiva, la administraba a conciencia para aplastar al adversario o por lo menos prevenirlo contra sus efectos. Houdon, el magistral escultor que supo captar la expresión de célebres figuras de la época, ejecutó para la posteridad la exacta ironía de este Voltaire de mirada fogosa y penetrante, enjuiciador desde su fortaleza espiritual de los desvíos de su generación.

Este genio burlón hizo del sarcas­mo arma contundente con la que ganaba batallas y purificaba las costumbres. Con su obra contribuyó a desalojar los vicios del sistema opresor, y si no vivió la Revolución Francesa en su pleno desa­rrollo, sucedida once años después de su muerte, fue su precursor más señalado.

La vida de Voltaire, apasionada y apasionante, se ha estudiado y siempre se estudiará con intenso interés. Su presencia en el mundo determina hondas reflexiones. No es el diablo anticlerical que quisie­ron mostrarnos en otros tiempos más prevenidos, y que incluso puede todavía subsistir en mentes ligeras, sino el crítico audaz y temible del fanatismo religioso. Era creyente, pero se oponía a la intolerancia religiosa. No sólo de su Iglesia, la católica, sino de todas las religiones.

Su poder: la razón

Había estudiado en un colegio de jesuitas, que abandonó al darse cuenta de que carecía de vo­cación clerical. Tampoco la tenía para las leyes, co­mo lo buscaba su padre. Prefería ser escritor. Desde temprana edad ensayó sus primeros trabajos litera­rios y bien pronto conquistó celebridad. Sus poesías y obras teatrales le abrieron las puertas de París, puertas que nunca se cerraron, ni siquiera en los períodos de sus destierros, cuando, con mayor insistencia, el pueblo reclamaba su regreso. De los je­suitas, a los que fustigó en duras páginas, aprendió a ser astuto. Con Cándido satirizó el optimismo de Leibniz.

Se rebeló contra lo que se opusiera a la ley natu­ral y de ahí se deriva toda su inconformidad. Lo mis­mo que no comulgaba con los gustos de los jesuitas, rechazaba el derroche de la corte y los desmanes de los reyes y sus ministros. En la razón y en la natura­leza apoyó todas sus tesis filosóficas y mantuvo su fe encendida en la supervivencia del planeta mediante las luces del hombre culto y virtuoso. Confiaba en los sistemas prácticos, desprovistos de misterios sobrenaturales, como camino seguro para hallar la ver­dad, y rechazaba las fórmulas metafísicas y arcaicas. Su moral es elemental. No era lógico para él sino el hombre pensante que supiera guiarse por la razón.

«Todos los hombres están de acuerdo con la ver­dad si ésta es demostrable, pero tratándose de ver­dades oscuras, se hallan muy divididos», es la sen­tencia que pone en boca de uno de sus personajes. Esta posición no rechazaba la fe del espíritu que bus­ca apoyarse en un principio divino, «necesario, eter­no, supremo, inteligente».

Voltaire, que también tuvo miserias humanas, que practicó amores incestuosos y fue soberbio y am­bicioso, es primero que todo un genio de la humanidad. No estaría completo el hombre si no tuviera debilidades. La Iglesia, con la que nunca se reconcilió, le negó se­pultura eclesiástica. Pero su sobrino Mignot, titular de la abadía de Schéleres, lo inhumó contrariando la orden de sus superiores.

Años más tarde, la Revolu­ción, ejerciendo una justicia indudable, trasladó sus restos al Panteón de París, donde el mundo entero se inclina ante un genio  excepcional.

El Colombiano, Medellín, 21-XI-1982.
Revista Nivel, Ciudad de Méjico, febrero de 1987.

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La ausencia presidencial

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Entramos a la etapa final del actual gobierno de la nación y el Quindío ha estado excluido de las giras presidenciales. Diríase que es un departamento minoritario no sólo por su extensión territo­rial sino por el poco interés que despierta en las altas esferas del gobierno. Valdría la pena que recapacitaran nuestros polí­ticos sobre si la culpa es de ellos por no haber logrado conquistar las simpatías hacia una región que, si escasa en kilómetros, es influ­yente en su cuota económica a la prosperidad del país.

Para decirlo de manera fran­ca, ponemos la plata pero no ob­tenemos la utilidad. En otros si­tios, menos representativos y más audaces, existe mayor «imán» para la atención del pre­sidente, sus ministros y altos fun­cionarios del Estado. Vemos con frecuencia los desplazamientos que éstos realizan hacia diferen­tes lugares, y observamos que tales giras dejan bene­ficios regionales. El Presi­dente nunca viaja con los bolsillos vacíos.

Es preciso ha­cer notar una vez más el despro­pósito cometido en pasada oca­sión cuando, ya programada la visita presidencial, se intercepta­ron menudos enredos políticos que hicieron suspender aquella gira. Varios políticos se unieron para pedirle al doctor Turbay que aplazara su viaje porque el clima de conviven­cia no era el más propicio para re­cibirlo.

Aplazar un programa significa casi lo mismo que cance­larlo. Sin contar el acto de descor­tesía hacia el Presidente, aquella intervención era, cuando menos, una inconsecuencia. Pri­mero se le había invitado y ahora se le pedía que no viniera….

Y el Presidente no vino. Es posible que tampoco lo haga en el resto de su mandato. Si la situación se analiza con el necesa­rio escrutinio, habrá que concluir que el doctor Turbay quedó indispuesto con el Quindío. Ojalá ha­ya hechos posteriores que se en­carguen de desmentir esta supo­sición que no puede ser más lógi­ca.

Recuérdese que en el suceso de marras no sólo se le solicitó que dejara de visitarnos, sino ade­más se le pidió la cabeza del Gobernador. Pero el Presiden­te, que ante todo es político profesional, debió de calcular que se trataba de arrebatos pa­rroquiales, de esos que levantan demasiado polvo y no dejan ningún provecho.

La Patria, Manizales, 8-III-1981.

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