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Los toros matan

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Si un torero mata a un toro, no hay noticia. Esto, por ser de común ocurrencia, ya no constituye novedad. Así nos hemos acostumbrado al cruento sacrificio de las reses de lidia. En cambio, si es el animal el que mata al hombre, esa sí es noticia. Es lo que ha sucedido en el caso del banderillero español Manolo Montoliú, muerto en España en días pasados. El hecho le dio la vuelta al planeta y produjo conmoción en el mundo taurino. Esta vez el toro pasó a la condición de asesino y sobre él cayeron los mayores denuestos.

Cuando en Colombia un toro terminó con la carrera de Pepe Cáceres, explotó un arrebato de ira taurina en el mundo entero. El personaje era demasiado grande, y el toro no podía ser sino un monstruo. Eso mismo ha ocurri­do, y ocurrirá siempre, con los ídolos de las multitudes. Me refie­ro aquí a los toreros, claro está, ya que los infelices toros, por más casta y señorío que posean, no pasarán de ser las eternas vícti­mas del escarnio en los ruedos de la barbarie.

Los taurófilos, legión uni­versal que vive enardecida con la sangre, no pueden perdonar que sea el toro el que se vengue de su verdugo. En esta orgía salvaje están permitidos todos los supli­cios que quieran infligirse al pobre bruto, y mientras más violencia y más dolor produzcan, mayores emociones despiertan en el públi­co. En ningún otro espectáculo existe tanta crueldad humana, tanta bajeza del instinto. Es allí donde el hombre, que se supone dotado de sensibilidad, demues­tra todo lo contrario: complacen­cia con la tortura.

Decir que en las lidias el hom­bre se animaliza, no es suficiente. Los animales tienen mejor com­portamiento que el ser humano y expresan hermosos sentimientos de ternura, de cariño y lealtad. Los animales observan reglas sociales que la humanidad no sabe practi­car. La fiera, fiera de verdad, es escasa. ¿Podrá decirse lo mismo de los hombres? ¿No son más fieras los toreros y sus públicos fanáticos, con su pasión sangui­naria, que el animal indefenso que martirizan para saciar apetitos morbosos? El peor canibalismo moderno es el que se vive en las plazas de toros.

El toro gigante de la corrida de Sevilla, que pesaba cerca de 600 kilos, estaba escogido para hacer la fiesta –con base en su lenta y horrenda agonía– de miles de espectadores ávidos de sangre. Manolo Montoliú, dies­tro en la faena, nunca calculó que aquel animal de los infiernos fue­ra capaz de clavarle los cuernos terribles en el pecho amaestrado para la gloria. Dice la noticia que primero le corneó el cuello y la cara y luego lo enganchó con el pitón derecho hasta causarle destrozos incalculables. La cornada fi­nal le perforó el corazón y le desangró las venas.

Así concluyó este drama mo­numental –en plaza monu­mental– donde la victima cobró esta vez el crimen impune que comete la sociedad contra el pobre toro, que carece de dolientes en todo el mundo.

El Espectador, Bogotá, 13-VIII-1992

 

El espacio público

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El mandato de César Hoyos Salazar como alcalde de Arme­nia deja varios resultados posi­tivos: moralización administra­tiva, saneamiento financiero, ordenamiento municipal.

En este último enunciado, tan extenso como vago, caben muchas definiciones. Cualquier cosa puede enten­derse por ordenamiento mu­nicipal. Voy a referirme en esta nota a un aspecto que me ha llamado la atención en las noticias que me llegan de Armenia y es el relacionado con la recuperación que hizo la Alcaldía –bajo la eficiente gestión del secretario de Gobier­no, Camilo Cano– de zonas invadidas por los vendedores ambulantes.

Uno de los mayores tropie­zos que deben afrontar las ciudades en desarrollo, sobre todo cuando llevan un crecimiento vertiginoso como el de Armenia, es el de las invasiones del espacio público. La instalación de comercios callejeros en sectores céntri­cos, con el natural tras­torno para la circulación de personas y vehículos, se con­vierte por lo general en problema social de difícil solu­ción.

Alrededor de estos conglo­merados humanos se mueven muchas necesidades de las clases pobres y por eso no pueden las autoridades ignorar el derecho de la gente a ganarse la vida en forma honrada. Hay que saber con­ciliar este derecho con la nece­sidad que tienen las pobla­ciones de mantener el orden y la estética como motivos de progreso.

La vía pública es un patri­monio de la comunidad y debe mantenerse como factor de bienestar y ornato urbanístico. Las calles airosas, aseadas y dinámicas, son el semblante amable que atrae al turista y enorgullece al morador.

En las calles está reflejada el alma de los pueblos y por consiguiente identifican el grado de cultura o de incivilización que allí se vive. Las calles son espejos socia­les. En Armenia ha sabido darse un paso adelante al despejar algunas vías colmadas de tenderetes y mercancías, sin lesionar los intereses de los pequeños y sufridos prota­gonistas del comercio informal. Primero, como es lo correcto, se les instaló en un sitio dotado de las condiciones básicas, para tratarlos como personas y no como estorbos públicos. Han ganado ellos y ha ga­nado Armenia.

La Crónica del Quindío, Armenia, 25-V-1992.

 

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El imperio de las mujeres

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

En el Quindío entran a man­dar las mujeres. Allí resol­vieron cambiar los bigotes por las faldas, y el látigo por el colorete. (El látigo –herencia de los tiempos de la arriería– es símbolo del trabajo y también de la dureza. El colorete, que se inventó para enamorar y dulcifi­car la vida, se convierte ahora en atributo del poder). En el departa­mento las mujeres impusieron su predominio al obtener siete de las doce alcaldías que conforman la región. Con esta ventaja del 58% han destronado al hombre en un departamento machista por tradi­ción. Parece que es la derrota más estruendosa que han tenido los quindianos.

Este resultado es aún más significativo (e incluso escalofriante): la victoria femenina lle­ga en realidad al 70%, si se tiene en cuenta el número de habitantes que ellas van a gobernar. De esta manera, los hombres queda­ron reducidos a una apabullante minoría. La sola alcaldesa de Armenia conquista el 40% de la población general. Dicen que Alba Stella Buitrago se ganó el puesto construyendo vivienda popular, mientras los hombres andaban por los clubes chismoseando y perdiendo el tiempo.

Como tres de las alcaldesas son solteras y una viuda, se logra cierta igualdad, de puertas para adentro; no completa, ya que el que manda, manda. La menor del grupo tiene 23 años y la mayor, 50. El promedio de edad es de 38 años, lo que supone una buena dosis de madurez. Bajo este as­pecto, pueden dormir tranquilos los varones –sobre todo si se trata de los esposos–, ya que a los 38 años ya no se es reina de belleza. Sin embargo, a cualquier edad se puede ser veleidoso, y ojalá esto no ocurra aquí, ya que el Quindío necesita seriedad y firmeza admi­nistrativa.

Todas tienen en común el ser líderes del progreso regional, en­tusiastas, sencillas, descomplicadas. No las asusta el mando, y van a demostrar que ellas tam­bién pueden. Martha Lucía Be­doya, la más joven, entra a dirigir el municipio más viejo: Salento. Isabel Pava, la de Montenegro (la tierra del cacique Ancízar López), dice que tuvo que luchar «como una leona contra la maquinaria política». Rubiela Nichols, la de Buenavista, es líder del pueble hace 20 años. Gloria Helena Giraldo había perdido en 1990 la alcaldía de Finlandia por sólo 23 votos. Como en juego largo hay desquite, insistió y ganó.

El matriarcado fijará una nueva moda en las costumbres regionales. Al quedar abolidos los alcaldes barrigones y aguardentosos, ya no habrá disculpa para tantas ausencias del despacho y tanto sancocho de gallina por los campos. Ellas llevarán en adelante los pantalones, muy bien puestos. Como se trata de demostrar igualdad de los sexos, algunas añorarán el bigote masculino (y nunca el femenino) como emblema de fuerza.

En fin, en el Quindío se han trastocado los papeles. Falta ver si a la larga también cambian las costumbres políticas en esta tierra progresista que necesita un toque femenino contra los vicios y las corruptelas. A estas damas luchadoras hay que desearles buena suerte y buenos resultados.

El Espectador, Bogotá, 6-VI-1992.

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El designado ideal

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Otto Morales Benítez ha debido ser presidente de Colombia hace muchos años. Pienso que su propio par­tido, al que ha servido con dedicación, desvelo y brillo ejemplares, no le ha correspondido con largueza lo que él le ha entregado en lealtad y eficiencia. Luchador de las ideas liberales, ha estado siem­pre comprometido –desde los cargos de representación popular, los ministerios y demás ges­tiones que ha desempeñado– con la suerte de su colectividad y el progreso de la patria.

Algunos de sus copartidarios, movi­dos por afanes menores, no enrienden ni entenderán el sentido de este intelectual e ideólogo que concibe al Estado como el supremo generador del bienes­tar social y la moral pública, y que combate, por consiguiente, la corrupción y los vicios políti­cos como pecados nefandos de la democracia.

Desde hace 15 años se menciona el nombre del político y escritor caldense para presidente de Colombia. Desde Manizales, en artículo de La Patria aparecido en octubre de 1976, Adel López Gómez propuso esta candidatura como un anhelo racional. Cuatro años más tar­de, en noviembre de 1980, el diario manizaleño –de clara estirpe conservadora– proclamó el nombre de su coterráneo como una esperanza sentida en el país. Otros diarios han mirado con simpa­tía esta posibi­lidad que por épocas ha vuelto a contemplarse.

El Espectador tomó causa, en el mismo año 80, con la bandera moral que representa­ba, como lo representa hoy, la presencia del colombiano ilus­tre en el debate de los temas nacionales. Desde Pereira arran­có un movimiento dirigido por prestantes intelec­tuales (como Carlos Lleras Restrepo y Pedro Gómez Valderrama), líderes cívicos y políticos de todas las regiones, escritores, periodistas y ciuda­danos comunes, todos compro­metidos con una campaña dig­na.

Quienes seguíamos con entu­siasmo aquella perspectiva, que cada vez ganaba mayor fuerza popular, lamentamos después que el propio candidato retirara su nombre como consecuencia de los apetitos e intrigas con que los conocidos saboteadores de las causas grandes volvían tor­tuoso el proceso democrático. Cuando en aquel momento se trataba de purificar de impure­zas el ambiente político, los tra­moyistas de siempre fraguaban oscuras maniobras para impe­dir el triunfo de este hombre recto. Pasados los años, consi­dero hoy que si Otto Morales Benítez se hubiera mantenido en la lu­cha, a la postre habría resultado triunfante. La victoria es obra de la resistencia.

El mismo deplorable episodio se ha repetido varias veces en años posteriores. El caso es irónico, por no decir que penoso: mientras Morales Benítez es admirado en diversos países –donde se le conoce y reconoce como notable escritor y estadista–, en su propia patria y desde su propio partido se le cierra el paso. Así se frustra una espe­ranza nacional. La misma histo­ria ocurrió en 1946 con otra brillante figura liberal, que hubiera sido uno de los grandes presidentes de Colom­bia: Gabriel Turbay.

Pocos colombianos poseen tanto conocimiento del país como Otto Morales Benítez. Es una reserva desaprovechada que buena falta le hace a Colombia, por su formación intelectual, su ética, su experiencia en el manejo de los asuntos públicos, su equilibrio y probada capacidad de estadista. El país necesita gente madura. Es preciso buscar hombres de calidad, verdaderos veteranos que nos ayuden a salir de la encrucijada.

El Espectador, Bogotá, 28-V-1992.

Obras quindianas inéditas

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El Quindío tiene olvidados a sus escritores. No se ha pre­ocupado por rescatar obras valiosas que debería exhibir con orgullo como patrimonio de la región. Son pocos los gobernadores y alcaldes que han mostrado interés por la cultura. Hace buen tiempo se constituyó la Biblioteca de Escritores Quindianos, que lanzó varios títulos como in­signia de una raza creadora. Hoy la Biblioteca está muerta.

El Comité de Cafeteros, también en días remotos apoyó la publicación de varios libros, como la novela Bajo la luna negra, de Eduardo Arias Suárez, una antología de Bau­dilio Montoya y un libro de Euclides Jaramillo Arango. Y no volvió a hacerlo.

Gloria Chávez Vásquez, distinguida escritora y perio­dista quindiana residente en Estados Unidos, había recibido promesa de la Alcaldía para editarle la obra El conde del Jazmín, que iba a obsequiarle a Armenia en el centenario. El alcalde le incumplió la pala­bra. Pasada la efemérides, el libro fue publicado por la Universidad del Quindío, aun­que con fallas de impresión. Ojalá alguien me informe qué títulos han patrocinado en los últimos años el departamento y el municipio de Armenia.

Como un reto para los nuevos gobiernos regionales (y sobre todo para los organis­mos de cultura, que a veces no se sabe qué hacen) voy a citar algunas obras de escritores fal­lecidos, con énfasis en los li­bros inéditos, y con el propósito de que el Quindío recoja la herencia espiritual que le de­jaron insignes autores:

Eduardo Arias Suárez: inédi­tos sus Cuentos heteróclitos; y no volvió a circular su obra cuentística, que tanta pondera­ción recibió en Colombia y en el exterior.

Jaime Buitrago Cardona: inédito un libro de cuentos folclóricos; además, esperan reedición sus tres novelas indigenistas.

Rodolfo Jaramillo Ángel: fuera de dos libros publica­dos, dejó importante material inédito.

Antonio Cardona Ja­ramillo (el célebre Antocar): están inéditos Juanito el soñador y Barbasco. Cor­dillera, su único libro publi­cado, reclama reedición desde hace mucho tiempo.

No cito a escritores muertos en años recientes. Con esta muestra basta y sobra.

La Crónica del Quindío, Armenia, 19-V-1992.