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Los archivos en el Tolima

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El periódico Prensa Nueva, que dirige en Ibagué el señor José Carbilio Valderrama, denuncia un caso extendido de abandono, robo y saqueos de archivos en varios municipios del Tolima. Son noticias ocultas en la prensa, que llaman la atención. Si un archivo se pierde o es saqueado, no es noticia. Pero si el caso es repetido, sobre todo en la misma región, la situa­ción cambia de aspecto.

El periódico ibaguereño –centinela de la cultura– se refiere en primer lugar al abandono y desprotección en que han permanecido los archivos históricos del departamento. Esta circunstan­cia ha dado lugar al hurto de valiosos documentos públicos por parte de presuntos historiadores o antropó­logos con fácil acceso a anaqueles o depósitos que permanecen sin control. Hay archivos que duermen en cuartos viejos y en sótanos, a las buenas de Dios, y que por eso mismo son comida apetitosa de las ratas y las polillas.

Pero este no es el solo caso del Tolima. Lo mismo sucede en el país. Documentos importantes de los municipios, sobre todo relacionados con su vida histó­rica, se dejan sin protección y sin ningún ordenamiento. Más tarde algún funcionario ligero, encartado con esos legajos que afean las oficinas y reducen el espacio útil de la burocracia, los hace quemar o los entrega a los basureros.

Muchos municipios se quedan sin historia porque ésta desaparece en el basurero público. Los archivos guardan la memoria de los pueblos, pero hay autoridades que sólo se preocupan por el momento actual y no por el futuro histórico. Les parece oneroso gas­tar unos pesos en la conservación de importantes papeles, de libros o periódicos, y prefieren despilfarrar el presupuesto de la entidad en cosas fútiles pero de mayor apariencia.

Prensa Nueva revela casos concretos de esta cadena de descuidos en la tierra tolimense. En la Contraloría Departamental desaparecieron varios tomos de los periódicos El Constituyente y Gaceta del Tolima, de 1863 a 1882. En Natagaima fue arrojada al río Magdalena gran parte del archivo municipal. En Cajamarca desapareció la Biblioteca Municipal José María Rojas Garrido.

En Ibagué se desintegró la Biblioteca José Celestino Mutis que funcionaba en el primer piso de la Gobernación. En la misma ciudad se robaron, pertenecientes al archivo histórico, unos documentos importantes relacionados con un episodio sentimental de Bolívar. En el Instituto Tolimense de Cultura desapa­recieron unas encuestas realizadas en todo el departamento sobre bienes inmuebles, sitios históricos y otros aspectos culturales.

Y hasta las fuerzas de la naturaleza han sido ad­versas en el Tolima, en cuanto a la conservación de archivos se refiere. Un voraz incendio destruyó el archivo municipal de Cajamarca. Y la catástrofe de Armero borró la historia de la población.

El director de Prensa Nueva hace, con la protes­ta sobre esta serie de negligencias y atentados contra la cultura de su tierra grande, valiosa contribución para que las personas encargadas de preservar papeles y archivos históricos lo hagan con responsa­bilidad y los controles necesarios.

*

Prensa Nueva lleva varios años promoviendo la cultura del país. Va a celebrar la edición número 100. Es un periódico mensual que lucha por su supervivencia y que amenaza con clausurarse por falta de apoyo oficial y privado. Su director, José Carbilio Valderrama, es un combatiente solitario en la noble causa de la cultura. No dejar ahogar su empresa debe convertirse en un compromiso de Ibagué.

El Espectador, Bogotá, 7-II-1991.
Periódico Prensa Nueva, Ibagué, febrero de 1991.

* * *

Comentario:

La investigación sobre el estado y antecedentes de los archivos históricos del Tolima la realizó la Comisión de Archivos para el Plan de Desarrollo Cultural del Tolima (decreto 1000 de 1990, Gobernación del Tolima). La denuncia pública la realizó el coordinador de la Comisión durante una entrevista realizada por el señor Valderrama y transmitida por la emisora La Voz del Tolima a mediados de noviembre de 1990. El documento escrito reposa en el Instituto Tolimense de Cultura. Es de elemental sentido común dar el respectivo crédito a las fuentes que nos sirven como base para nuestros escritos, y a la Comisión de Archivos no se otorgó. Johnny Ovalle Pineda, fiscal junta de Cultura, Cajamarca.

 

 

 

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Entre pólvora y toros

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El señor Presidente quema pólvora en diciembre y asiste a toros en enero. En ambos casos va del brazo con el pueblo. El Presidente debe aparecer con fre­cuencia en público para conservar su imagen popular, así nos hallemos en Colombia, donde el temor a las bombas y a los atentados terroristas obliga a la gen­te importante a vivir escondida. Untarse de pueblo es buena fórmula para que el gobernante y el político se mantengan en actualidad.

No hay pólvora inofensiva por completo. Esta adver­tencia se hace todos los años en la época navideña. El consejo, esta vez,  fue desoído por el señor Presidente, a quien vimos lanzando voladores en su residencia campestre. Hasta la luz de bengala puede causar lesiones. En todos los diciembres quedan tragedias pavorosas por la explosión de polvorerías y los accidentes producidos por los artefactos que se creían inocuos. ¿Cuántos muertos, mutilados, capitales quemados e infelicidades de por vida podrían evitarse si se escuchara a tiempo la voz de la prudencia? Por fortuna, el Presidente demostró que es diestro en la pirotecnia.

Lo malo de ser Presidente –pensará él– es no poder disfrutar la euforia de los voladores como en sus navidades pereiranas, cuando el país no lo veía. Pero ahora es el Primer Mandatario de la nación y cual­quier acto, incluso el que no se realiza cuando se debe realizar, queda bajo la óptica implacable del país. Ese es el precio de la fama. Con esto se prueba, además, que no hay pólvora intrascendente.

El rico y el pobre, el gerente y el proletario, el aficionado y el curioso, todos asisten a las tempora­das taurinas. Y nadie los ve. Pero si es el Pre­sidente, nadie deja de verlo. Sobre todo ahora, cuando su presencia es más notoria por el encarecimiento de la vida. Este espectáculo de multitudes en nada se diferen­cia, por su brutalidad, del circo romano, por más que nos hallemos en el siglo XX, época de peores atrocidades que las primitivas del sacrificio de los mártires en boca de las fieras.

Pocos escenarios tan salvajes como la plaza de toros. En ella la gente goza con la tortura y explota en fre­nesí cuando la espada se hunde en los pulmones destro­zados del indefenso animal, que más tarde morirá aho­gado en su propia sangre luego de tremenda agonía. Los toros son una de las empresas que más dinero producen, porque están alimentadas por las pasiones enfermizas de la humanidad.

Es atroz la muerte violenta del toro, pero el público la vitorea como trofeo en este mundo que ha per­dido la sensibilidad hacia el dolor. Mientras existan y se toleren tratos vandálicos contra los animales, es imposible aspirar a que haya paz en el mundo. El indi­viduo, cuando se insensibiliza, no distingue entre la sangre del animal y la sangre del hombre.

Al toro, triste rey de la fiesta, se le lleva engalanado a la plaza para que la gente sacie en él sus instintos de exterminio y desfogue sus arrebatos. El hom­bre contemporáneo respira odio. Por eso el planeta, en esta hora de insania universal, está a punto de estallar a merced de la cólera colectiva.

Al toro lo sacrifican con sevicia, alevosía y preme­ditación (los máximos ingredientes del crimen pasio­nal), en medio del júbilo clamoroso de las masas enloque­cidas. Esa es nuestra sociedad: una sociedad que se enar­dece con la sangre y se deleita con la agonía del dolor ajeno. Una sociedad que le grita ¡olés! a la crueldad de los circos y bebe entre manzanillas el tormento de los pobres brutos que sienten, como los humanos, las desgarraduras de los órganos vitales y las asfixias de la muerte. Y a esto pretenden llamarlo arte. ¿Desde cuándo el asesinato es un arte?

Ese público clama, sin embargo, contra la violencia que en otros escenarios  mutila y asesina y secuestra, también con sevicia, alevosía y premeditación. ¿Qué diferencia hay entre ambos instintos sanguinarios?

Y las plazas de toros continuarán llenándose de multitudes delirantes…

El Espectador, Bogotá, 25-I-1991.

 

 

Yo vi crecer un banco

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El Banco Popular fue fundado en 1950, y cuatro años después ingresé a su servicio, hasta octubre de 1990, cuando pasé a disfrutar de la pensión de jubilación. Comencé como auxiliar de sección en la oficina de Tunja y con el tiempo ocupé la gerencia de distintas sucursa­les, entre ellas la de Armenia, por especio de 15 años. El final de mi carrera transcurrió en Bogotá, en la Di­rección General.

Soy, por consiguiente, a la par que funcionarlo casi de la misma edad laboral de la empresa, testigo cercano de un interesante proceso financiero que partió en dos la historia bancaria del país. Pocos bancos registran en Colombia, e incluso en cualquier lugar del mundo, tanta variedad de acontecimientos, innovaciones, progra­mas audaces y vaivenes institucionales como los que se acumulan en la vida del Banco Popular.

Más que una cuarentena destacada de servicios al país, lo que ahora conmemoramos es el éxito de una idea revo­lucionaria. Si partimos de la base de que el Banco Popu­lar rompió los moldes anquilosados de la banca ortodoxa, que tenía como función primordial atender las altas esferas del capital, tenemos que calificar de revolucionario este Banco de los pobres, como se le denominó en aquellas calendas, que pregonaba, y así lo plasmó con hechos evidentes, la democratización del crédito en Colombia.

Este es el testimonio de un funcionario antiguo que vio crecer la empresa, sufrió sus reveses, aplaudió sus triunfos, perseveró en una causa noble y hoy celebra, con esta efemérides, los esfuerzos, la lealtad, el sacrificio y la cooperación de esa multitud de co­laboradores abnegados y eficientes que en todos los tiempos y desde diferentes posiciones, incluidas las más modestas, han forjado la grandeza de la institución

Distingo tres etapas en la vida del organismo: la que se inicia con su fundación y concluye, 7 años des­pués, en la bancarrota; la de la recuperación y vigoro­so desarrollo ulterior, que se cumple en los 17 anos siguientes, y la del tránsito a la banca moderna, que corresponde a los 16 años finales.

Primera etapa

El doctor Luis Morales Gómez, joven ejecutivo de 33 años de edad, en 1950 ocupa un cargo importante en el Ministerio de Trabajo. Lo caracterizan el tempera­mento inquieto y la acción dinámica. Con estos atribu­tos de su personalidad, concibe la idea del Banco Popular.

La primera puerta que toca es la de la Alcaldía de Bogotá, al frente de la cual se halla el doctor Santiago Trujillo Gómez, funcionario emprendedor a quien le suena la idea de convertir el Montepío Municipal en banco prendario. El burgomaestre se solidariza con el autor de la idea y entre los dos consiguen que el Go­bierno Nacional y el Congreso de la República apoyen la iniciativa.

Con un capital de $ 700.000 (US $ 250.000 de entonces), representado casi en su totalidad en los bienes improductivos del Montepío en liquidación, entre ellos, un edificio en ruinas, el 24 de julio de 1950 nace la nueva entidad. Ese día se conmemora el natalicio del Libertador. El 18 de diciembre del mismo año es inaugurada la sede principal.

Se inicia la empresa con seis empleados y $ 4.500 en caja. El primer préstamo es de $ 350 para un zorrero. Los viejos banqueros (recordemos los tres poderosos bancos tradicionales de la época: Bogotá, Colombia y Comercial Antioqueño) miran con incredulidad el peque­ño banco prendario que apenas cubre, con notoria estre­chez, el perímetro de la capital. Y le pronostican el fracaso. La nueva empresa, contra ese augurio pesimis­ta, cada día despierta mayor interés en los sectores populares, a los que llega con préstamos fáciles y bara­tos. Años después hace carrera una frase que definirá el comportamiento de las clases sociales de menores re­cursos económicos: «Los pobres pagan».

En octubre de 1951 se abre la primera oficina, la de Manizales. El 17 de diciembre del mismo año (día en que se recuerda la muerte del Padre de la Patria) se nacio­naliza la entidad y recibe el nombre de Banco Popular. Concluido el año de 1952 ya existen 16 oficinas en el país. A los cinco años éstas llegan a 50, habiéndose establecido además filiales en Ecuador, Bolivia, Haití y Estados Unidos. Los seis empleados iniciales se han convertido en tres mil. Y el valor total de los créditos otorgados –que siguieron al de $ 350 del zorrero– pasa de $ 400 millones.

Cuenta, además, con una compañía de seguros, con ca­ja de ahorros, con el Banco Hipotecario Popular, con la Corporación de Ferias y Exposiciones y con el Centro Urbano Antonio Nariño, el primer programa de vivienda co­lectiva que se ensaya en Colombia. La magnitud del banco y de sus servicios es arrolladora. Los escépticos banque­ros que le habían calculado vida efímera, ahora se sor­prenden y se atemorizan. Los sistemas más novedosos son ideados por este organismo gigante que ha revolucionado la banca colombiana.

Ahora todo el mundo tiene acceso a una chequera, pri­vilegio que antes era exclusivo de los ricos. El gobierno del general Rojas Pinilla, que se había iniciado en 1953, impulsa este crecimiento audaz y a través del instituto financiero adelanta muchos de sus planes sociales.

El gigantismo de la empresa produce al propio tiem­po su desbarajuste. Los préstamos comienzan a desviarse a manos inescrupulosas. Políticos aprovechados, por lo general usufructuarios del régimen militar, sacan ta­jada de este ponqué millonario que se reparte a manos llenas. El banco invierte grandes sumas en empresas que luego fracasan. En tal forma se abusa del cheque sin fondos, que en muchos negocios comerciales se coloca este aviso: «No se reciben cheques del Renco Po­pular».

La nueva institución financiera se ha desviado en pleno surgimiento. Se ha salido de órbita. Y no tarda en llegar la bancarrota. El instituto está ahogado. A esto se suma el pánico de la gente, que acude en tropel –tras la caída de la dictadura, el 10 de mayo de 1957– a salvar sus depósitos. Nunca se había visto tan­ta avalancha de personas, por días y días, ante las puertas de un banco. Todavía recuerdo hoy, con desazón, los días amargos en que amanecíamos con la caja liquidada frente a un ejército de cuentahabientes que reclamaban al unísono y con vehemencia la devolución de sus depó­sitos.

Eran verdaderos malabares los que teníamos que hacer para pagar, con los dineros que entraban por una venta­nilla solitaria –donde se recibían consignaciones del sector oficial y de clientes que aún no habían perdido la fe–, el cúmulo de retiros de esas colas del desespero que salían a la calle entre protestas, esperanzas y re­signaciones. El banco había quebrado, ante la ley y ante la moral.

Segunda etapa

La Superintendencia Bancaria venía preocupada por las serias irregularidades que acusaba el instituto crediticio, pero por interferencias del gobierno militar no lograba ejercer a plenitud sus controles. Cuando tras­lada al ministro de Hacienda el proyecto para interve­nir el banco, es nombrado en esta posición el propio Luis Morales Gómez, ex profeso para impedir di­cha medida.

Caída la dictadura, Morales Gómez viaja al exterior y desaparece del panorama nacional. El público, agolpado ante las ventanillas de pago, hubiera terminado con la vida del moribundo si la Junta Militar que sucedió al general Rojas no garantiza que el Gobierno respondía por los depósitos y entraría a estudiar fórmulas para salvar la institución.

El primero de agosto de 1957 ingresa como jefe del Departamento Jurídico un abogado de prestigio y limpios antecedentes, el doctor Eduardo Nieto Calderón, y un año después es designado gerente general. Con él se inicia un periodo de saneamiento financiero y moraliza­ción institucional que durará 17 años.

El ente estatal yace entre las cenizas del hundimiento moral y económico. No existe un peso de reservas. La cartera vencida es apabullante. El desprestigio de la entidad frena la labor de rescate. No se sabe por dónde empezar, ya que la catástrofe ha dejado averiado el barco por todas partes.

¿Qué hacer? Por lo pronto, nombrar un equipo competente de colaboradores. Nieto Calderón, que no había sido banquero, tiene en cambio agudo olfato para dilucidar problemas y distinguir a la gente. En corto tiempo ya está rodeado de fichas claves para iniciar la batalla. Con banqueros veteranos forma un escuadrón compac­to que acomete la tarea colosal de dominar el desastre.

A medida que el banco se reconstruye por dentro, en lo externo se va restableciendo la confianza del pú­blico. La chequera del Banco Popular reconquista su se­riedad luego de severos correctivos. Varios años durará esta operación de limpieza y elevación de las cos­tumbres.

El equipo de trabajo se refuerza más tarde con la llegada de un mago de las finanzas –como es reconocido en toda la banca–, el doctor Francisco Prieto Vargas. Sus fórmulas sabias y simples a la vez consiguen robuste­cer las cifras debilitadas, cada día con mayor firmeza, hasta llegar a ser, años después, uno de los bancos más pujantes y respetables del país.Alrededor de las nuevas políticas, y comprensivos de la dura época de austeridad y ajuste impuesta por las circunstancias, los servidores de la institución –a todo nivel– se comprometen en el sacrificio colectivo de sacar adelante una causa grande.

Los gastos se reducen al máximo y los incrementos sa­lariales llegan con cuentagotas. Nunca un equipo humano ha trabajado, en ninguna empresa, con tanta abnegación, mística y denuedo. Por aquellas épocas hace carrera en todo el sistema bancario la fama del empleado del Banco Popular como sinónimo de eficiencia, moralidad y profesionalismo.

Con «sigilo y sencillez», como lo anota el doctor Nieto Calderón en su carta de despedida, fechada el 17 de diciembre de 1974 (otro aniversario de la muerte de Bolívar), se logra corregir los viejos vicios y avanzar con paso firme en medio de un vigoroso desarrollo, has­ta colocarse la entidad a la vanguardia de la banca na­cional.

Es el Popular el banco de mayor sensibilidad social y autor de numerosas estrategias que contribuyen al progre­so de la nación. Las políticas populares sobre las que está montada la institución –y que arrancan desde los propios orígenes de 1950– se incrementan ahora para afian­zarlas como la razón fundamental de su existencia.

Y el banco sigue creciendo. Se crean nuevas dependen­cias: la Corporación Financiera Popular, Corpavi, la Almacenadora Popular, el Fondo de Promoción de la Cultura, el Servicio Jurídico Popular, el Martillo, la Sección Prendaria.

El aspecto cultural adquiere, bajo los auspicios del doctor Nieto Calderón, hombre de hondas raíces humanistas, especial significación. La Bibliote­ca Banco Popular y el Museo Arqueológico, obras suyas, son orgullo para la cultura nacional. El Banco Popular ha resucitado. Ha superado el caos. Ahora, sólido y purificado, queda listo para el reto de la tecnología y de la banca moderna.

Tercera etapa

El doctor Alfonso López Michelsen había adelantado su campaña presidencial con el ofrecimiento de la descentralización del país. Al llegar al poder en 1974 encuentra que el Banco Popular tiene en Cali un edi­ficio listo para modernizar sus oficinas. Esta coyuntu­ra se convierte en ocasión propicia para iniciar (en realidad este es el único instituto movilizado a la pro­vincia durante su gobierno) el plan de descentralización. La sede principal es trasladada a Cali, y en Bogotá queda otra organización paralela para atender los asuntos de la capital.

Por aquellos días el banco preparaba el inicio de la sistematización, con una computadora instalada en Bogotá. Es nombrado nuevo presidente de la institución el doctor Alberto León Betancourt, exrector de la Universidad del Valle y especializado en Estados Unidos en las modernas técnicas de la sistematización. Dos años después publica­rá un interesante texto sobre la materia, titulado La cibernetización, una conquista silenciosa.

A partir de 1975, y hasta la fecha, el Banco Popular ha emprendido la que puede llamarse la batalla de los sistemas. Varios presidentes de la entidad, y una pre­sidenta, la doctora Florángela Gómez Ordóñez, experta en matemáticas, han trabajado por la modernización y el acoplamiento de las técnicas que hoy gobiernan la activi­dad bancaria en todo el mundo. Banco que no se modernice está perdido. Esto ha abarcado la ampliación hacia otros desafíos de la hora, como el mercadeo y la fiduciaria.

De aquel banco que conocí en mis comienzos de 1954 queda poco. La propia evolución de la vida, pero sobre todo el sentido de transformación que se impone en cualquier empresa humana o industrial, han determinado la renovación de las personas y la llegada de nuevos sis­temas y estilos. También ha cambiado el país. Cuando me inicié en la banca, el interés bancario era del 12% anual –y una tasa más reducida para las operaciones populares de mi banco–, mientras ahora es tres veces superior.

El crecimiento de la entidad es vertiginoso. Las ci­fras son astronómicas. De los seis empleados iniciales se ha pasado a cerca de seis mil. Las oficinas llegan a 200. Aquella banca elemental del comienzo de mi carre­ra, cuando las consignaciones de la clientela y los li­bros de contabilidad se llevaban a mano, hoy sería in­concebible. Ya es una época borrada, incrustada apenas en el recuerdo. Pero una época hermosa para quienes la vivimos con entusiasmo y decoro.

Así, en los 16 años finales, el Banco Popular ha dado el gran salto a la banca moderna. Florece como una de las instituciones de mayor empuje y de más promisorio porvenir en la vida colombiana.

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Imposible dejar de rendirle homenaje al fundador del Banco Popular, doctor Luis Morales Gómez, a cuya visión y dinamismo, y no obstante los desvíos analizados, se debe hoy la supervivencia de una idea revolucionaria. El otro gran líder de la empresa, doctor Eduardo Nieto Calderón, realizó el milagro de la resurrección para que sus sucesores continuaran esta obra grande que ya no dará marcha atrás.

El Espectador, Bogotá, 26, 29 y 31-VII-1991.

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La mujer doble

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Próspero Morales Pradilla vino a descubrir con sus dos últimas novelas de tipo erótico, ya al final de su vida, la industria del best seller. Desde temprana edad cultivó las letras y se destacó como cuentista con los títulos Una muchacha discutible, Cianuro y otras bebidas y El último macho. Es además autor de otros libros de distinto género. También sobresalió como co­laborador de periódicos y revistas, entre ellos, El Es­pectador y El Tiempo.

La verdadera nombradía como  escritor la obtiene con Los pecados de Inés de Hinojosa (1986), novela de enorme éxito editorial, llevada luego a la televisión con el mismo resultado. La muerte lo sorprendió, en septiembre de 1990, sin permitirle disfrutar del que será su segundo best seller: La mujer doble, su obra póstuma, que, concluida el 24 de diciembre de 1989, acaba de poner en circulación la firma Plaza y Janés.

Los norteamericanos son expertos en esta industria del éxito en librerías. Ya existen hasta escuelas para fabricar best sellers bajo la firma de un autor coti­zado. Para esto no importa, literariamente hablando, que el libro sea bueno o malo, sino que se venda. Hay dos filones que los norteamericanos explotan con resul­tados sorprendentes: el sexo y la violencia. Un amigo me contaba en Orlando (Florida) que al estadinense sólo le interesa lo que produzca utilidad. Estos temas, tan antiguos como la humanidad, han sido tratados por los novelistas de todos los tiempos. Pero en las épocas actua­les se les dan ciertos toques obscenos o sangrientos, según el caso, para incitar las pasiones del hombre con­temporáneo.

Próspero Morales Pradilla, gran sicólogo del alma fe­menina y de la pasión humana, conquista con sus dos últimas obras el misterio de la fama. Le da un viraje a su literatura y halla las técnicas para hacer sugesti­vos sus temas. El público le ha respondido, yo diría que con delirio. Por eso, su carrera de escritor ha al­canzado altas cumbres en los mercados del libro, pro­piciadas por la casa profesional en ventas gigantescas

La mujer doble es novela de acción e indudable interés, cuyo desarrollo gira en elmarco histórico de la Inquisición, y pinta una turbulen­ta época de piratas y suplicios, de brujas y sexo, de aventuras e intrigas. El lector penetra poco a poco en los teatros del aquelarre, siempre bajo la seduc­ción del sexo, y en los dominios oprobiosos que ejercen tanto la Inquisición, bajo el mando eclesiástico, como el poder civil, tan siniestro como aquélla.

Carma, el sitio de los acontecimientos, es un pueblo amurallado, a orillas del mar. A lo largo de la narra­ción se siente la incursión de los piratas y se va con ellos a las tabernas y los prostíbulos, mientras en otro ángulo se mueve la alta sociedad entre privilegios y maquinaciones. El novelista consigue el escenario perfecto de La Habana inquisitorial. Usa el vocablo apropiado, crudo en algunas escenas, y salpica el rela­to con finas dosis de humor. Tal vez hubiera podido morigerar cierto lenguaje de burdel, a lo García Már­quez, pero es posible que así hubiera disminuido las ventas.

Mujeres sensuales como Pita Candela, Perla Yamurí, Carmita de Figueroa o la Trastienda son la permanente provocación de los hombres del pueblo, y lo son también del lector excitado. Y como se trata de descubrir en este grupo de mujeres compuesto por pecadoras y santas, como en todo pueblo del orbe, a la mujer de doble carácter sexual, el lector no cesa de darle cuerda a la fantasía. Al final aparece, como parte del mensaje enjuiciador del novelista, la locura lujuriosa de sor Catalina, vibrante personaje que no se sabe si pertenece a Dios o al Diablo.

Próspero Morales Pradilla entrega, a los tres meses de muerto, esta gran novela, retrato de una época tenebrosa, de persecuciones, lujurias, diablos y brujas. Lástima que la muerte le hubiera impedido gozar de su fama en ascenso, que ahora crecerá con el nuevo best seller, al que le auguramos larga vida.

El Espectador, Bogotá, 15-I-1991
Revista Cultura, Tunja, junio de 1991

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Comentario:

Felicito al ágil periodista Gustavo Páez Escobar por su artículo acerca de la obra brillante del desaparecido escritor Próspero Morales Pradilla, libro que ya disfruté y recomiendo a la vez por ser la obra representativa de la narrativa actual. Dagoberto Rodríguez Alemán, Mompox.  

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Turismo sin agua

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

En El Rodadero comenzó a escasear el agua a medida que crecía la época de turismo y se aproximaba el final del año. Cuando en el edificio donde residía con mi fa­milia apareció un aviso informando que sólo se suminis­traría agua durante tres turnos diarios, supusimos que la medida era temporal y no afectaría nuestro descanso. Dos días después el aviso se cambió por otro que reducía a dos breves horarios el disfrute del preciado elemento.

El Rodadero, mientras tanto, se llenaba de miles de turistas. Desde el balcón de mi apartamento contemplaba yo cómo las playas se poblaban desde las primeras horas del día. Ya a las cinco de la mañana había personas trotando frente al mar y respirando a pleno pulmón las brisas que invaden este paraíso de la Costa Atlántica. Lugar privilegiado para la belleza y el sosiego espiri­tual. En él se botan las fatigas del año y se olvidan, así sea por días fugaces, la dictadura de la vida cara, los sofocos de la capital y los horrores de la violencia.

Ante la majestad del mar y el encanto de la naturaleza, dos elementos que transmiten paz y fascinación, uno se reconcilia con el alma. El espíritu perturbado con que se llega desde la fría y convulsionada metrópoli, o desde la aldea remota, se tonifica en las aguas tibias del Caribe y bajo los ardores del trópico sensual.

¿Pero saben ustedes lo que es una temporada sin agua? Ya a estas alturas de mi crónica el líquido se ha ido por completo. Lo que se suponía que eran racionamientos parciales mientras se solucionaba alguna avería en las redes de distribución, fue, desde el principio, una pará­lisis total del sistema. El acueducto local, pasada la Navidad, dejó de funcionar. Y nos tocó recibir el Año Nuevo sin una gota de agua. Cuando falta el agua, falta la vida. Los carrotanques que estuvieron circu­lando por la ciudad y que en parte ayudaron a sobrellevar el contratiempo, se esfumaron como por arte de magia.

Se nos había ido la gota de la vida y así tuvimos que aguantarnos todo el primero de enero. Mientras unos ve­cinos protestaban por la negligencia de la administra­ción del edificio, ésta descargaba su responsabilidad con otro argumento: los choferes de los carrotanques se habían embriagado (pero no de mar y paisaje sino de aguardiente). Como ellos también tenían derecho a des­pedir el año con euforia, habían dejado a la ciudad sin agua. Cambiaron el líquido potable por el líquido embriagante.

Nadie se explica que esto suceda en El Rodadero, uno de los lugares más turísticos del país. Son las autoridades las que deben responder por esta grave irre­gularidad. Diez días sin agua (y no sé cuánto tiempo más se prolongaría la sequía después del regreso a Bogotá) significan un atentado contra el turismo nacio­nal. Muchas familias tuvieron que suspender las vacacio­nes y dudarán en adelante en escoger a El Rodadero como sede de próximos descansos. Primero debe borrarse este lunar.

Pero hay algo más. En la población comentan que la falta de agua se ha vuelto rutinaria en las épocas de temporada turística. En forma sorpresiva se presenta la escasez en plena afluencia de turistas. En la calle se insinúa que algo sospechoso está sucediendo. Al sus­penderse el acueducto, el suministro en carrotanques se vuelve negocio. Ojalá las autoridades aclaren es­ta versión para despejar suspicacias.

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El turismo nacional necesita una estructura sólida. Cada sitio turístico debe esmerarse en incrementar sus motivos de atracción y sistemas de comodidad. El turista satisfecho es un multiplicador de publicidad. Lo que ha sucedido en El Rodadero, y que aquí se saca a la luz pública para que se busquen correctivos, seria inconce­bible, por ejemplo, en las playas de Miami. Allí el sen­tido turístico, una de las mayores fuentes de riqueza de los norteamericanos, es cada día más eficiente.

Fomentar el turismo nacional debe ser programa de orden prioritario. La Corporación Nacional de Turis­mo deja mucho que desear en este sentido. Esta industria clave en otros países no ha sabido explotarse aquí con el empuje, la seriedad y la sensatez que se re­quieren para producirle ingresos significativos a la nación.

Algún día volveremos a El Rodadero por ser uno de los lugares más bellos y sugestivos de Colombia. Espero escribir para entonces, con un brindis por el progreso de la patria, una crónica con agua.

El Espectador, Bogotá, 9-I-1991.

 

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