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Mesa de redacción

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Luis Tejada, cronista por excelencia, murió en Girardot, víctima de la sífilis y la tuberculosis, el 17 de septiembre de 1924. Todavía no había cumplido 27 años de edad. Sin embargo, era reconocido como el escritor estrella de la prensa colombiana. Hizo célebre en El Espectador su columna Gotas de Tinta. Sus primeras cola­boraciones para este periódico las publica en Medellín, donde se las pagan a sesenta centavos.

En 1920 se vincula al diario de los Cano, que son sus parientes, como redactor de planta de la página Mesa de Redacción. Pronto se destaca por su ingenio, su amenidad y la originalidad de sus ideas. Con notas ági­les y de asombrosa brevedad logra retratos perfectos so­bre el mundo que lo rodea. Se especializa en el juicio certero y en la descripción incisiva, como si la practi­cara con bisturí, sobre los hechos cotidianos que circu­lan a su alrededor. No hay tema, por menudo o insignifi­cante que sea, que no quede transformado y embellecido con su pluma mágica.

«La mesa de redacción –anota José Gers– era para él el centro del universo». Había nacido, en efecto, pre­destinado para el periodismo de ideas. Es una especie de placer voluptuoso que le enardece las venas y le ensancha la visión del mundo. Es experto en la paradoja y con ella vuelve novedosas sus agudas tesis sobre el discurrir del tiempo. Una vez exclama: «Hadas gentiles, bellas ha­das: concededme un tonel amplio y vacío y una buena do­sis del espíritu de contradicción (…) No me negaréis que en el fondo de toda inconformidad hay siempre un ger­men de progreso y liberación».

Utiliza la ironía con discreción y sutileza, como uno de esos finos floretes que deben manejarse con buen pul­so en la esgrima de la inteligencia. Como no sabe odiar, sus frases ignoran la ofensa personal y ennoblecen la dignidad de la vida. Cuando no está de acuerdo con al­guien, como sucede con Guillermo Valencia y Marco Fidel Suárez, a quienes fustiga con vehemencia, lo hace con respeto y altura. Nunca incurre en la ramplonería y sí en el sortilegio de la elegancia.

Nada tan acertado como bautizar con el título de Mesa de Redacción el volumen con que la Universidad de Antioquia y la Biblioteca Pública Piloto de Medellín rescatan, 66 años después de muerto el autor, serie de crónicas que por primera vez se recogen en libro. Esta joya se la debo a Gloria Inés Palomino, la insupe­rable directora de la Biblioteca, que en forma silen­ciosa y desconcertante cumple una de las tareas más po­sitivas de la cultura nacional.

Este libro destellante de Antioquia (y recuérdese que el autor era de Barbosa, donde nació el 7 de febrero de 1898), contiene 164 textos de Tejada, escritos entre 1918 y 1924, año de su muerte. Aparte de las crónicas de prensa hay también dos cuentos y un poema. Si hubiera seguido como cuentista, es posible que hubiera competido con Eduardo Arias Suárez (también de su época, nacido en Armenia un año antes). Por lo que veo, Tejada tenía garra y sensibilidad para la narración breve.

Las entidades patrocinadoras del suceso cultural que aquí se comenta han hecho el milagro de las resurrecciones. No sólo resucita un autor sino su estilo y su época. La recopilación, selección, prólogo y cronología estuvieron a cargo de Miguel Escobar Calle, y el director de la colección es Juan José Hoyos.

Hoy, estos trabajos de Tejada pueden considerarse iné­ditos. Han pasado 72 años desde sus primeros escarceos en 1918. He sido siempre gran admirador de Tejada y lo tengo como maestro de mi periodismo batallador. Hace 12 años largos –en mayo de 1978– escribí en el Magazín Dominical una página de admiración: Al rescate de Luis Tejada, y más tarde la recogí en mi libro Caminos.

Este es otro rescate. Como Tejada es inagotable en su cátedra de cronista magistral, se me hace imprescin­dible dedicarle segundo capítulo a esta primicia bi­bliográfica que la suerte ha traído, como  viento fres­co, a mi asombrada mesa de redacción.

* * *

El Instituto Colombiano de Cultura publica de Luis Tejada, en 1977, bajo el titulo Gotas de Tinta, una co­lección de crónicas recopiladas por Hernando Mejía Arias. Esta edición reproduce el material del Libro de Cróni­cas,  publicado el mismo año de la muerte del autor, y agrega 80 escritos más, tomados de El Espectador y El Sol (trabajos que, según el prologuista de la obra de Colcultura, señor Cobo Borda, corresponden a los años de 1921 a 1924).

El señor Borda anota lo siguiente: «En esta prehis­toria de Tejada (se refiere a la producción anterior a 1921), que bien vale la pena olvidar, no asoma por nin­gún lado el futuro cronista”. Concepto equivocado, ya que 15 de las 47 crónicas que componen el libro edita­do en 1924 (año de la muerte de Tejada) corresponden a 1920.

Ahora, con el rescate que hacen la Biblioteca Pública Piloto y la Universidad de Antioquia en el libro Mesa de Redacción, se recogen escritos anteriores a la época de fama de Tejada y se adicionan otras páginas desconocidas de años posteriores, hasta su muerte. La llamada “prehistoria” del au­tor, que Cobo descalifica con el comentario de que es mejor olvidarla, es tan valiosa para la literatura como la que años después lo consagra como periodista estrella del país. En esta “prehistoria” se sitúan páginas magis­trales que ahora divulgan las dos entidades atrás seña­ladas.

Tejada es escritor polifacético. Escribe sobre cuanto tema aparece en su camino de observador perspi­caz y filósofo de la vida cotidiana. Y lo hace en distintos medios de comunicación, momo El Espectador (de Medellín y Bogotá), El Correo Liberal (Medellín), El Sol (Bogotá), El Gráfico (Bogotá), Sábado (Medellín), Cromos (Bogotá), Universidad (Bogotá).

Se dice que sus últimas crónicas fueron de carácter político, por ha­llarse comprometido en vigorosas campañas de tipo so­cial. Si bien militó con entusiasmo en las ideas socialistas que venían de ultramar, debe rectificarse la noticia de que sólo hubiera escrito sobre tesis políticas en su última época, ya que a ese período corres­ponden grandes crónicas literarias que vieron la luz en la revista Cromos. Sobre todo esto hace precisión Miguel Escobar Calle en el prólogo de Mesa de Redacción.

La capacidad de trabajo de Luis Tejada era asombro­sa. Escribía hasta cuatro crónicas en un día, y luego las sometía a severa labor de depuración hasta moldearlas –con sentido perfeccionista, a lo Flaubert– en los filtros de la autocrítica y la artesanía creadoras. La propensión a la ligereza, tan común en el periodismo veloz, fue rechazada por este cro­nista profundo.

Por eso, su nombre ha resistido la pá­tina del tiempo destructor. Supo apartarse del afán intrascendente de la hora. Su periodismo es razonador. Ya a los 11 años devoraba las novelas de Arthur Conan Doyle, y años después sería lector apasionado de los grandes maestros de la literatura universal. Con se­mejante bagaje intelectual no podía producir naderías, y sin él no hubiera llegado hasta los tiempos actuales.

Este Tejada de los inicios y de la fama, que hoy re­sucita 66 años después de su muerte gracias al aporte antioqueño, es el modelo perfecto del periodismo de ideas matizado de gracia y erudición que tanto se echa de menos en nuestros días. Hay que volver a Tejada, y además descubrir en él las pautas señeras de su cátedra inextinguible.

El Espectador, Bogotá, 3 y 11-I-1991.

 

 

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Mi Thesaurus 1990

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El cronista, que a final de año gusta repasar sus propios escritos, entresaca como homenaje a sus lecto­res algunas frases que definen hechos especiales o ex­presan pensamientos y emociones entrañables. El espacio de periódico es tierra abonada para sembrar ideas y fo­mentar la comunicación humana. Con un brindis de felicidad por el nuevo año, Salpicón aguzará la mente para re­dondear en 1991, dentro de este diálogo motivador con los lectores, nuevas cuartillas de esperanza en la suerte de Colombia.

*

° El hombre, que nunca se sacia, ha cambiado el pla­cer de la vida por la persecución del dinero. Vivir es más difícil que conseguir capital.

° La esclavitud del café es una victoria sobre la tierra. Y la pasión del café, como toda pasión, conmue­ve y estremece.

* (Sobre Alberto Lleras): Sin boato, sin cámaras ardien­tes –y majestuoso en medio de su pobreza regocijante–, ha llegado a una sencilla tumba, por él mismo diseñada, este coloso de América que le enseñó a Colombia el cami­no de la grandeza.

° Los grandes jefes colombianos del narcoterrorismo, que sobresalen en el mundo entero como los fabricantes más hábiles y más veloces de incalculables tesoros mal habidos, no cuentan con un metro de tierra de tranqui­lidad.

° Esta vitalidad asombrosa con que Germán Arciniegas arriba a la edad nonagenaria, como uno de esos bajeles de la conquista americana, se la otorga, y con creces, su espíritu joven.

° El escritor es animal de resistencia y de fuerzas increíbles, y tal vez su mejor comparación es con el buey, modelo de paciencia y mansedumbre, que entre pa­los y maltratos resiste sufridas jornadas y transporta pesados cargamentos.

• Termina el banquero y sigue el escritor, el que, por fortuna, no se dejó deshumanizar entre la frialdad y la seducción de las cifras. Esto es garantía de supervivencia.

° Medellín toca a duelo. La ciudad es una solemne ple­garia que se repliega por las noches silenciosas, sólo alteradas por el fragor de las metralletas, pidiendo que vuelva la sensatez.

• Los pueblos sólo se desarrollarán y hallarán progre­so si existe el sentido de la cooperación y la equidad.

• El furor de las multitudes, pero furor de paz, ha proclamado que Colombia rechaza la guerra y vibra con la alegría de un auténtico motivo de unión.

• De tanto repetir alcobas fugaces y mujeres livia­nas sin hallar el amor, el hombre –este azotacalles de los centros urbanos– se encontrará solitario.

• En Armenia todo se hace armónico, estructurado, sin vacilaciones. Su raza es de brío y visión. No conoz­co elemento más desprendido y generoso que el quindiano.

• No creo que exista arma más poderosa que la palabra. En ella está concentrada la mayor dosis de invención de que es capaz el hombre.

• Las discriminaciones sociales, las injusticias y los atropellos son los mayores causantes del malestar público. En muchos sectores parece que se viviera todavía en épocas de esclavitud.

* Hoy por hoy la sonrisa Hommes es sinónimo de acidez.

° La ética es virtud que ya no se practica. Y la moral, menos. De ahí nacen todos los problemas.

° El boyacense es por naturaleza un ser creativo, pero no se le estimula para crear empresa grande. Es necesario que pase de los hilados manuales a las fá­bricas  tecnificadas.

° El país anda por las nubes. Con estas alzas progre­sivas el pueblo se resiente ante las medidas bruscas del Gobierno que se inicia. Comienza el malestar.

El Espectador, Bogotá, 19-XII-1990.

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Calificando servicios

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Una de las mayores torturas del habitante bogotano es la de acudir a una oficina pública a realizar cualquier trámite, por simple que sea. Mientras en provin­cia todo es fácil, aquí todo se complica. Vivimos enre­dados por la tramitomanía, enfermedad hasta ahora incurable. Las trabas, la descortesía de los empleados, la agresión de los neuróticos, las multitu­des, todo atenta contra el sufrido ciudadano.

En estos días padecí el calvario de los maltratos capitalinos. Conmigo lo sufrieron –y lo sufren a toda hora– ejércitos de usuarios. Con todo, ocurrieron al­gunas excepciones del pésimo servicio que es común en los despachos públicos. He aquí el resultado del fati­gante, del tortuoso itinerario (con la correspondiente calificación del servicio, de 1 a 10):

*

DATT. – A pesar de la guerra contra los intermediarios, los trámites ante esta oficina siguen siendo extenuan­tes. Las citas para renovar la licencia de conductor se dan por teléfono para los 10 o 15 días siguientes. El pago de los impuestos se hace dentro de la dependencia. Pero como mi turno era a las 5 de la tarde, ya no funcio­naba el banco, y esto no lo habían advertido. Al día si­guiente llegué de primero al turno de las 8 de la mañana. Esto, pesar de haber sabido de la casa a las 6, en día de lluvia, de trancones y de huecos agazapados, no me sirvió de nada, ya que la fila la forman por una lista ya establecida. El peregrinaje por diferentes sitios de la entidad es absurdo. En estas vueltas se me fue toda la mañana.

Calificación: 3.

*

NOTARÍA 31. – Congestiones típicas de toda notaría. Los usuarios se agolpan ante las ventanillas para au­tenticar firmas y documentos. ¿Cuándo dejarán de pedir que hasta el más simple papel se autentique en notaría? Poca amabilidad de los empleados. Uno, que a toda hora vive rodeado de público, ni siquiera mira a la gente. Sin embargo, me cumplieron los plazos.

Calificación: 7.

*

NOTARIADO Y REGISTRO. – La entidad fue sectorizada pa­ra descongestionar la oficina del centro. Pero la técni­ca no avanza. Las casillas permanecen atestadas de públi­co. Fijan plazos de 10 días para la entrega de documentos y no los cumplen. Tuve que volver tres veces por el cer­tificado de tradición. En una de ellas gasté dos horas.

Calificación: 3.

*

BENEFICENCIA. – Hoy existe mayor orden, en comparación con el caos de otras épocas. Hay orden pero no eficien­cia. Se pasa por cuatro casillas para tramitar el documento. La gente protesta por los sistemas obsoletos y las demoras desesperantes. En las paredes hay avisos pa­ra que se cuiden los bolsillos: por allí pululan los ra­teros, más ágiles que los empleados. Dos horas largas se me fueron en la diligencia.

Calificación: 5.

*

TESORERÍA DISTRITAL. – El trámite de obtener el paz y salvo notarial, que supuse el más demorado, resultó el más expedito. Años atrás tuve que enfrentarme a toda una batalla campal para conseguir el documento. Esta vez rea­licé la diligencia en cinco minutos. Esto suena inverosí­mil. Parece que no se estuviera en Bogotá, o que la gestión correspondiera a la empresa privada. ¡Eureka!

Calificación: 10.

*

TAXIS. – Un taxi puede asimilarse a una oficina públi­ca. En este medio de transporte realicé casi todas las diligencias anteriores. Conseguir un taxi en Bogotá se ha convertido en una proeza. La mayoría de los conduc­tores son personas agrias y olímpicas. Transportan al usuario si va en su misma dirección. Unas veces bajan al pasajero porque la carrera es corta; otras porque es larga. La tarifa la aproximan a su favor: si el ta­xímetro ha marcado $ 415, cobran $ 500. Este servicio debiera ser, como en Medellín, una cara amable de la ciudad.

Calificación: 1.

*

Bogotá no pasó la prueba. Se rajó en los exámenes. Su promedio de calificación fue de 4.8. A la capital la está ahogando la tramitomanía y es víctima del mal ge­nio, las complicaciones y la ineficiencia de que adole­cen los despachos públicos.

El Espectador, Bogotá, 11-XII-1990.

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Soatá en decadencia

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Tres años hacía que no visitaba mi pueblo. Vuelvo ahora y lo encuentro en lamentable estado. Desde que se pisa la primera calle se observan signos de abandono. En realidad, esta decadencia viene desde hace más de tres años, pero es en los últimos tiempos cuando más se ha acentuado la crisis. Las preguntas brotan espontáneas: ¿Por qué las autoridades han permi­tido que la Ciudad del Dátil se desmejore? ¿Por qué los vecinos no han protestado contra la desidia oficial y la falta de acción de los políticos locales?

Los pueblos, que son el alma de la nación, deben lu­char por su existencia. Un pueblo es una asociación de ciudadanos que se unen para defender sus costumbres, crear medios decorosos de vida y hacer florecer la loca­lidad. Son los vecinos, más que los gobernantes, los que imponen las reglas del progreso. Cuando éstos fallan, hay que cambiarlos. De lo contrario los pueblos se desintegran, como ahora lo compruebo, con pena y tristeza, en el caso de Soatá.

Es irónica la situación. La carretera que une a Bogo­tá con Cúcuta y que lleva en construcción lo que va del presente siglo, ya se encuentra cerca a Soatá. Faltan treinta kilómetros. Lo ejecutado hasta cercanías de Susacón es aceptable. De Tunja en adelante la carretera ofrece buenas condiciones, pero faltan signos de señalización y el mantenimiento en algunos sectores de rápido deterioro.

La llamada calle real de Colombia, por donde Bolívar y sus ejércitos transitaron con las armas de la liber­tad, ha logrado, al fin, afianzarse en estas tierras bravías. Allí Bolívar lanzó esta proclama patriótica:

«Habitantes de Soatá: vuestra municipalidad me representó algunos meses ha contra vuestro pastor. Yo seguí entonces la voz de la prudencia y lo amonesté en lugar de perseguirlo. Ahora, alejándome quizás por mucho tiem­po de vuestra villa, quiero ofreceros mi protección espe­cial contra cualquiera que os persiga, porque el primer deber del Gobierno es defender los pueblos contra los malvados».

Soatá tiene como enemigo destructor la inercia. Por ella se acaban las poblaciones. Ni siquiera el avance de la carretera ha conseguido despertar el marasmo que está deteniendo el progreso. Todavía, sin embargo, faltan re­cursos por mil millones para que la vía pavimentada llegue a Soatá; y de cuatro mil millones para que lo haga hasta Capitanejo.

Mientras la carretera avanza, Soatá retrocede. Siento dejar esta nota de sorpresa y desencanto, pero es preciso reaccionar ante este doloroso hundimiento de la pa­tria chica. Sus calles están destapadas como consecuencia de la obra del acueducto y el alcantarillado, ejecutada hace ya buen tiempo. Programa prioritario del alcalde actual debe ser la pavimentación de calles, la reparación de casas que se están cayendo y el remozamiento general de la población.

Soatá no es hoy el sitio pintoresco que surgía en el camino como un oasis en mitad de la polvareda de aquellos parajes abruptos. ¡Mi pueblo está desdibujado! No hay fuen­tes de ocupación. Y hasta dejaron ir al Banco de Colombia, la entidad colaboradora que se conquistó en otras épocas para impulsar el desarrollo local. Ojalá se preserve el Hotel Turístico, sitio confortable que hace grata la permanencia en la tierra cálida.

*

Esta nota no es destructiva ni pesimista. Busca, por el contrario, crear conciencia cívica. Es preciso que se aprecien estos destrozos para edificar el futuro. Soatá, por fortuna, sigue siendo dulce. Sus dátiles, toronjas y limones cubiertos, besitos azucarados y demás manjares autóctonos hacen las delicias del caminante. Ojalá con este sabor se reconstruya el pueblo. Lo escuchamos, señor alcalde.

El Espectador, Bogotá, 30-XI-1990

* * *

Misiva:

Su famoso Salpicón que aparece en El Espectador de hoy es un toque de alerta  a las diferentes colonias soatenses residentes en otras ciudades y más para los que vivimos en esta localidad. Realmente muestro Soatá perdió el liderazgo en todos los aspectos que en otras épocas mantuvo. Sin embargo, el  actual  alcalde  está traba­jando en todos los frentes para que en un futuro próximo, con la colaboración de los buenos hijos, sea el pueblo más lindo de Boyacá.  La Divina Providencia lo siga  iluminando para que su muy leída columna haga como el tábano: picar hasta que despertemos y nos demos cuenta de la situación en que estamos. Jaime Medina F., Luis Bonilla Mojica, Aura de Botía, Guillermo García Díaz y demás amigos, Soatá.  

 

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Don Manuel y el café

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El Fondo Cultural Cafetero ha puesto en circulación el libro Historias económicas del café y de don Manuel, del que es autor Otto Morales Benítez. Es un detenido estudio sobre los antecedentes y el desarrollo de la historia del café alrededor de un personaje de leyen­da, a quien se conoció en el mundo internacional del grano como Mister Coffee, don Manuel Mejía.

Morales Benítez, que tanto ha profundizado en los hechos y en los hombres notables que forjaron la gloria del Gran Caldas, repasa ahora esta extraña personalidad, de difícil repetición en los tiempos actuales, que du­rante 20 años protagonizó, como gerente de la Federación Nacional de Cafeteros, uno de los liderazgos más prolon­gados y más auténticos del país, con resonancia en el resto de naciones cafeteras. Era considerado  el líder de mayor prestigio en el ramo, y tanta era su autoridad, que los mercados del mundo se movían con sus fórmulas maestras. Se le respetaba y se le temía al propio tiempo.

Huérfano de padre a los dos años, crece al lado de su abuelo José María Mejía, pionero de la industria cafete­ra en Caldas, uno de esos robles de antaño que había apren­dido de la vida práctica a hacer empresa grande y a irra­diar en los suyos las virtudes del bien y del progreso. El viejo leía cada ocho días, al calor de la armonía hogareña, el que había bautizado como «Re­glamento para el gobierno doméstico de la familia de la casa», toda una constitución que inculcaba principios, imponía deberes y formaba a los miembros del clan con las reglas del buen ciudadano. Una de esas normas acon­sejaba como hora propicia para acostarse la de las nue­ve de la noche, y para levantarse la de las cinco y me­dia de la mañana, en el caso de las mujeres; y para los hombres un sueño más breve.

Don Manuel, apelativo de respeto y cariño que adquirió para toda la vida, aprendió de su abuelo el or­den y la disciplina que más tarde implantaría en su carrera de negocios, lo mismo que el dominio del ca­rácter y la templanza de la voluntad. Cuando en 1916 es nombrado gerente del Banco del Ruiz, cargo que desem­peña hasta 1925, ostenta condiciones sobresalientes de moralidad, imaginación y buenas maneras; con estos dones manejaría años después los complicados hilos del mercado cafetero del país.

Antes de llegar a tan alto designio había quebra­do dos veces en sus negocios particulares. Primero co­mo exportador de café en Manizales y luego como comerciante en Bogotá. La crisis de los años 30 le deja serias desgarraduras. Viaja a Honda, a la edad de 43 años, abatido y solitario, y allí se recupera, de nuevo en la actividad del café. Alfonso López Pumarejo, que lo ha­bía conocido en Manizales siendo los dos negociantes del grano, y que ahora es presidente de la República, lo escoge de la terna –con cierta oposición del gremio cafetero– pera ser el gerente de la entidad. Así se inicia este liderazgo de 20 años, hasta que la muerte lo fulmina el 10 de febrero de 1958, en su propio escrito­rio, de un paro cardíaco.

Había recibido la Federación sin recursos y con pre­cios deprimidos en los mercados internacionales. Con este reto se lanza a la empresa audaz de rehabilitar un organismo postrado, tarea que cumple en forma asombrosa hasta situar a Colombia como modelo mundial de produc­ción. Al país le crea conciencia cafetera. Del silencio y la discreción hace sus armas más poderosas para ganar todas las batallas, incluso las de superación de sus quiebras enriquecedoras.

Nacen bajo su administración el Fondo Nacional del Café, la Flota Mercante Grancolombiana, el Banco Cafetero y la Compañía Agrícola de Seguros. Amplía los Almacenes Generales de Depósito y los llena, como en un cuento fantástico, con los granos multiplicadores de la rique­za colombiana. «Necesitamos un fantasma como don Ma­nuel», gritan en el Brasil. Lleras Restrepo, que como ministro de Hacienda en 1939 había librado con él gran­des combates –entre ellos, el del Pacto de Cuotas–, lo llama «hombre sin tacha, discreto, afectivo y efectivo, buen amigo».

Este libro de Otto Morales Benítez cumple dos obje­tivos primordiales: honrar la memoria de un caldense y un colombiano ilustre y enriquecer la bibliografía ca­fetera.

El Espectador, Bogotá, 12-XII-1990.