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Jorge Eliécer Ruiz

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con la muerte de Jorge Eliécer Ruiz, el pasado 26 de marzo, desaparece el último sobreviviente del estado mayor de la revista Mito. Fundada en 1955 por Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus y Hernando Valencia Goelkel (oriundos de los dos Santanderes y nacidos en los años 20 del siglo pasado), la revista contó con selecta nómina de colaboradores, como Pedro Gómez Valderrama, Jorge Eliécer Ruiz, Fernando Charry Lara, entre otros.

Está considerada como el hecho literario más importante del siglo XX. Fue tan marcado su influjo, que le dio el nombre a toda una generación. Su mayor acento se encaminó a despertar la conciencia del país sobre el viraje que debía darse hacia una posición de izquierda, no en el neto sentido político, sino sobre todo de ruptura del tradicionalismo. Y respetó la presencia en el grupo de algunos importantes adherentes del Partido Conservador. Lo que en realidad interesaba era la liberación del pensamiento.

Mito buscaba como base fundamental romper el marasmo de las ideas tanto en el campo político como en la concepción estética de las letras y el arte. Quería que las vanguardias ignoradas que insurgían en el país encontraran caminos para expresarse. Para lograrlo, era preciso variar los moldes tradicionalistas que no permitían pensar ni obrar con ideas frescas. El maestro Valencia, siendo tan importante en su preciosismo poético, era al propio tiempo un freno para la evolución de las nuevas generaciones.

Este paso adelante lo dio Mito. Su existencia, de solo siete años (1955 a 1962), durante los cuales publicó 42 números, representó una revolución en la literatura colombiana. La revista llegó a su final con la muerte de Jorge Gaitán Durán en accidente de aviación, en 1962, cuando regresaba de París enviaje de vacaciones. Dos años más tarde moría Eduardo Cote Lamus en accidente automovilístico en la carretera entre Pamplona y Cúcuta.

Después fueron desapareciendo los otros integrantes del grupo, que llegaron a ser numerosos. Sobre Jorge Eliécer Ruiz era poco lo que se sabía en los últimos años. Se marginó de toda actividad. Yo llevaba años sin verlo, hasta que me enteré de su muerte por un aviso fúnebre de El Tiempo.

Toda su vida estuvo consagrada a la educación y la cultura. Deja en estos campos una gama de brillantes realizaciones que se quedaron (triste es decirlo) en el pasado nebuloso que crea la amnesia de los tiempos. Su nombre poco le dirá a la época actual. Pero sus actos no pasarán inadvertidos en las memorias universitarias y culturales, que es donde deben permanecer.

Escritor, ensayista, poeta y crítico literario, vivía en función de estudiar, pensar y crear. Estuvo vinculado a las universidades Distrital, Nacional, Jorge Tadeo Lozano y Central, unas veces como directivo y otras como asesor. Fue director de la Biblioteca Nacional, subdirector de Colcultura, secretario general del Ministerio de Educación (cuando no existía el cargo de viceministro), consultor de la Unesco y de las Naciones Unidas, consejero cultural de los presidentes Belisario Betancur y Virgilio Barco.

Autor de los siguientes libros: Sobre los estudiantes y la política, Troksky y la revolución, Cultural policy in Colombia, Memoria de la muerte (1973), Política cultural en Colombia (París, 1976), Sociedad y cultura (1984), Baldomero Sanín Cano (1990), Con los esclavos en la noria y otros ensayos (1992). Es autor del prólogo y efectuó la revisión de La otra raya del tigre, de Pedro Gómez Valderrama, para la Colección Ayacucho de Caracas (1992). En 1995, seleccionó el material y escribió el prólogo para la Antología de Pedro Gómez Valderrama –prosa y poesía– publicada por el Instituto Caro y Cuervo.

Creo que la mayor parte de la obra de Jorge Eliécer Ruiz está dispersa en periódicos y revistas. Por otra parte, sería importante averiguar por el material que dejó inédito. Era cuentista, pero no publicó ningún libro de este género. Conozco un excelente cuento suyo, Retrato de una mujer madura de provincia, publicado el 15 de septiembre de 1974 en Lecturas Dominicales de El Tiempo, y sé de otro, titulado El viaje.

El poemario Memoria de la muerte, que dedica en 1973 a Teresa Correal, su primera esposa recién fallecida, es una obra que refleja honda desolación. Ahí está dibujada la angustia existencial que siempre lo acompañó. Dice lo siguiente en los versos finales, como anticipándose –38 años atrás– al encuentro con la parca: “Nada quiero saber. Del tiempo nada / quiero tomar en préstamo ilusorio. / Una candela tengo preparada / para encender las ascuas del velorio,  / cuando apartado del mundo transitorio / pueda besar la luz de su mirada”. Se me ocurre pensar, releyendo estos poemas de miedo, dolor y agonía, que Jorge Eliécer es el perfecto oficiante de la muerte.

Sobresalen hoy en los mismos campos de la cultura y el arte sus hijos Pedro Ruiz Correal, considerado uno de los mejores maestros de artes plásticas del país, y Clarisa Ruiz Correal, escritora, comunicadora social y filósofa, directora de teatro y gran impulsora de actividades culturales de la capital.

Jorge Eliécer Ruiz fue intelectual nato, lector impenitente y realizador de hechos destacables y escritos eminentes que enriquecen el patrimonio culto de la patria.

El Espectador, Bogotá, 6-IV-2011.
Eje 21, Manizales, 6-IV-2011.
La Crónica del Quindío, Armenia, 9-IV-2011.

* * *

Comentarios:

Lamento profundamente la muerte de mi gran amigo de los años cincuenta con quien fundamos un nuevo pensamiento hacia la luz del cambio radical, llamado la R. N., sigla de la Revolución Nacional, grupo al cual estaban vinculados José Galat, Ramón Pérez Mantilla y Antonio Gaitán (sobrino del caudillo), y otros más. Tu columna es la más completa que yo he leído sobre Jorge Eliécer Ruiz, por cierto autor de una antología del ensayo colombiano, siendo él uno de los más sobresalientes. Vinculado por muchos años a los círculos académicos de la capital, creo que poco se sabe en su tierra, Santander, de este santandereano eminente. Ahora creo que con tu columna hemos rescatado para la tierra de su amigo Pedro Gómez Valderrama a un brillante valor santandereano, gran ensayista y poeta que merece estudiarse en el campus universitario a nivel departamental y nacional. Ramiro Lagos, Greensbore (Estados Unidos).

Tuve la oportunidad de aproximarme, primero, a su obra escrita en la que sobresalía el esteta sobrio que apoyaba sus juicios en un agudo talento histórico, luego, a sus tertulias intelectuales de café en el centro de Bogotá. Lo tuve en gran estima y, todo indica, que a él le interesaba mi trabajo académico en ciencias sociales, sobre cuyos resultados solíamos hacer interesantes debates en los años 90. Tenía una memoria literaria y poética poco comparable. Y siempre presidiendo sus paliques un humor extraordinario. Tú artículo no sólo rememora con justicia a una de las cumbres intelectuales de Colombia, sino que lo hace con argumentos de fondo que bien podrían ser el comienzo de una biografía que rescate todo lo que en el campo de la reflexión intelectual fue e hizo Jorge Eliécer Ruiz  Alpher Rojas, Bogotá.

Fui amigo de Jorge Eliécer en las tertulias de Mito en la calle 18, y lo vi otras veces por los lados de la educación. Muy carnal de Pedro Gómez, Affan Buitrago y del gordo Hanssen. Pero desconocía todo ese bagaje de hechos que recuerdas, muchos nuevos para mí. Jaime Lopera, Armenia.

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Juan Castillo Muñoz

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Me enteré de la muerte de Juan Castillo Muñoz por la caricatura de Osuna publicada el 11 de diciembre. El caricaturista de El Espectador, periódico donde Castillo Muñoz tuvo alta figuración en tiempos pasados, da esta información que al mismo tiempo implica una duda: “Murió don Juan Castillo, ¿no lo sabían?”.

En el fondo de la caricatura se pintan unos rostros entre sorprendidos y conmovidos, y en el grupo aparece el propio Osuna cerca a Fidel Cano, director de El Espectador. Estas palabras rematan la deplorable noticia: “Quiso que sus cenizas se esparcieran en un salto de agua… ¡Se diluyó el gran colega y amigo!”.

Osuna, que también es clarividente, sabía que la muerte del periodista y escritor boyacense iba a pasar inadvertida. En el momento de escribir esta nota han pasado once días desde la fecha del deceso, y Castillo Muñoz, colaborador que fue de El Espectador, El Siglo, La Patria, El Tiempo, El Colombiano, La República… no ha recibido los honores que merece.

Retrocediendo en el tiempo, este personaje de las letras, el periodismo y la historia fue director general de noticias de Radio Cadena Nacional, redactor del noticiero Todelar de Bogotá, director de información de la Presidencia de la República, jefe de prensa de Telecom, libretista de Colombia Viva, entre otras posiciones.

Es autor de varios libros de diferente género, como El extraño, Solitario en la sombra, Peregrino inútil, Motivos de Eros, Perfil del hombre, Palabras del hombre sin estirpe, Primera antología de la poesía boyacense, Un pueblo cualquiera, El sueño de la montaña. El poeta antioqueño Jorge Montoya Toro calificó la obra general de Castillo Muñoz con estas palabras certeras: “Canción desde la tierra, título de uno de los poemas de Juan Castillo, nos da la tónica del ámbito poético de toda su obra, signada por la inquietud existencial y cercana a los más palpitantes problemas humanos”.

Fue miembro de varias organizaciones de periodismo y concurrió a diversos encuentros internacionales del gremio. En el campo académico, perteneció a la Academia Boyacense de Historia y a la Sociedad Bolivariana del Magdalena. Deja una silenciosa obra inédita que ojalá se encarguen de recuperar el municipio de Moniquirá y la Gobernación de Boyacá.

Juan Castillo Muñoz era hombre discreto. Huía de la vana ponderación y se recogía en su ancho universo creativo, distante de las vanidades mundanas. Cuando yo residía en Armenia, me hizo llegar, tiempos ha (agosto de 1978), dos de sus libros, que he vuelto a repasar con hondo aprecio. Sobre Motivos de Eros me dice lo siguiente: “Le incluyo un ejemplar de un librillo que publiqué en 1974 y que estaba destinado a mejor suerte editorial, que fracasó por razones económicas. Sin embargo, así, humilde y desnudo, mereció comentarios muy favorables aquí y en el exterior”.

Hay una faceta que pocos conocen sobre este escritor boyacense que se menciona como nacido en Moniquirá. En realidad, su cuna nativa es el municipio caucano de Inzá, de donde emigró muy joven. Dando vueltas por distintas latitudes del país (fue además viajero internacional por muchos países), llegó a Moniquirá y allí estableció sus reales. Se enamoró de la tierra boyacense. En Moniquirá lideraba una intensa actividad cultural, entre la que estaba el tradicional “Encuentro de la palabra y la música”.

Dispuso que sus cenizas se esparcieran, como supongo que ya ocurrió, por el Salto de Pómeca, situado a cinco kilómetros de Moniquirá. Es una hermosa cascada que tiene una altura de 17 metros y cae en un pozo cristalino. Allí se mezcla el esplendor del paisaje con el misterio de los símbolos indígenas de Boyacá. Y allí reposará para siempre el alma de este gran hombre, bondadoso, andariego y productivo, sobre quien Osuna llamó la atención al acompañarlo en su viaje infinito con la caricatura efusiva, con sabor crítico, que se recoge en esta nota.

El Espectador, Bogotá, 16-XII-2010.
Eje 21, Manizales, 17-XII-2010.
La Crónica del Quindío, Armenia, 18-XII-2010.

* * *

Comentarios:

Gracias por hacernos saber quién fue Juan Castillo. Tal vez ningún medio publicó el obituario. Al no haber estado envuelto en algún escándalo, nadie lo conocía. Paz en su tumba. Robin Hood (correo a El Espectador). 

Bien por agregarse esta columna a la voz de Osuna en memoria del periodista y escritor fallecido a los 81 años. Pienso que su obra completa debe ser publicada por alguna entidad. Espero que aparezcan más artículos acerca de Juan Castillo Muñoz y de otros que andan en el olvido. José Antonio Vergel, Ibagué.

La última vez que vi a Juan Castillo Muñoz y charlé con él fue en el Pasaje Santander, centro de Bogotá, hace unos cinco años. Me encantaba la tertulia con él. Fui su amigo por mucho tiempo. Y compartíamos los ritmos de la lira. Poco se le había valorado como lo haces tú. Ramiro Lagos, Greensbore (Estados Unidos).  

Se fue Mario H.

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A principios de enero pasado, como salutación de año nuevo, visité a Mario H. Perico Ramírez en su casa de Villa de Leiva, donde también yo pasaba con mi familia una temporada de descanso. A corto tiempo del encuentro anterior, en el cual Mario H. mostraba signos de admirable vitalidad, noté esta vez que su estado de salud no era bueno.

Pero me abstuve de formular pregunta alguna a su esposa Yolanda y a Ricardo, su hijo médico, presentes en la reunión. En el sofá situado a la entrada de la casa, vi extendido el libro Operación Jaque, crónica donde Juan Carlos Torres describe el rescate legendario por la Fuerza Pública de quince prisioneros en poder de las Farc. La obra, editada días antes, le servía a Mario H. de interesante material de lectura en aquellos días de evasión del ajetreo bogotano.

Nos trasladamos al quiosco casero y allí estuve un buen rato hablando con él sobre diversos aspectos, entre ellos, el relacionado con la publicación de un nuevo libro suyo con el sello de la Academia Boyacense de Historia. Estaba feliz con este programa, por tratarse de difundir su palabra en la comarca nativa, a la que tanto fervor le consagró.

Menos de tres meses después, en los funerales del dilecto amigo en la capital del país, supe por Javier Ocampo López que con la aparición de dicha obra, prevista para fecha próxima, la Academia Boyacense de Historia le rendirá homenaje póstumo. «Lástima que ese homenaje no se le hubiera tributado en vida», anotó alguien.

Se rescatarán en este libro viejas piezas literarias escritas por Mario H. dentro del entorno boyacense, hoy olvidadas y dignas de nueva impresión. Se me ocurre pensar que algunos de estos textos saldrán de sus obras Andanzas y retablos, La palabra y la tierra, De la entraña a la piel, Prólogos de impaciencia, Diálogos irreverentes, Diario de un recluta, Al borde de tus sueños» (poemas), entre otras. Tales títulos, ya distantes en el tiempo, nacieron bajo el impulso de la vocación lírica del autor, imbuida de sueños, devoción por la tierra, afirmación de los valores boyacenses y divagaciones diversas, con que hizo vibrar su pluma en aras de lo terrígeno, la autenticidad regional y el amor por Colombia.

Faceta sobresaliente de su labor creativa es su incursión en la historia colombiana mediante el escrutinio sicológico de grandes actores de la vida nacional, como Bolívar, Santander, Núñez, Reyes, Mosquera, Manuelita Sáenz, de cuyas personalidades se apropia para ponerlos a desempeñar los actos ejercidos o presentidos, dentro del torrente de sucesos de las épocas que vivieron.

Los libros de historia de Mario Perico Ramírez, elaborados con portentosa imaginación y lenguaje vigoroso, punzante, desenfadado, y en ocasiones crudo e irreverente, y que discurren con los recursos de la novela histórica, son necesarios para interpretar el alma de los personajes, a la vez que el nervio de los sucesos. Su estilo no tiene par en la historia colombiana. Lo que otros escritores tapan, disimulan o ignoran, él lo descubre, lo denuncia y lo clarifica.

En estas obras no hace cosa distinta que diseccionar el cuerpo de la patria para ofrecer la realidad como él la percibe (discutible para muchos, como son las tesis controversiales) y dibujar a los héroes como seres de carne y hueso, propensos a las bajas pasiones de la condición humana, lo mismo que a las cumbres de las causas superiores. Y no se detiene en Colombia, sino que se va por otras latitudes en busca de la verdad que se esconde detrás de los caudillos.

En El gran Capagatos plasma la biografía del dictador Juan Vicente Gómez; en Francisco Franco Bahamonde, ¿de Luzbel a Lucifer? traza el carácter del dictador español; en Evita y yo, Perón se adentra en las entrañas del dictador argentino. El caudillismo es para él idea subyugante, que en ocasiones lo vigoriza y otras veces lo enardece.

Vida útil y laboriosa la suya. Deja vasta obra signada por el ímpetu del estilo regido por el precepto gramatical, donde campean el lenguaje castizo, la bella expresión, la idea fulgurante, la inventiva lexicográfica. Es implacable en el juicio mordaz, certero en el análisis sicológico, justo en el reconocimiento. Caminando por la historia novelada, penetra en el espíritu de los protagonistas y los pone a hablar en primera persona, con la fuerza del monólogo interior.

Quizá los hechos del pasado son ya incontrovertibles, pero en ellos busca filones ocultos para rehabilitar una conducta o desentrañar una acción engañosa, cuando no toda una vida falseada a lo largo del tiempo. Pienso que este escritor de agudos combates ideológicos fue iconoclasta irrefrenable. A la vez, faro de la historia.

Volviendo a nuestro encuentro en Villa de Leiva, vislumbré en el color verde que refulgía en su mirada como signo de gallardía, un rasgo opaco que comenzaba a presagiar la marcha final. Mario H. se fue desvaneciendo en silencioso tormento, tal vez con la ilusión de ver publicado su último libro. Yolanda, su afligida esposa, con 56 años de unión inmejorable, queda, en unión de sus hijos, con la misión de salvaguardar esta obra de largo alcance.

El Espectador, Bogotá, 4-IV-2009.

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Comentarios:

Me duele esta noticia, lo recuerdo con simpatía en un encuentro de Academias de Historia en Tunja hace unos tres años. Jaime Lopera. Armenia.

Al leer su columna, no pude menos que impresionarme frente al relato de su visita a su buen amigo, en su casa de Villa de Leiva, cuando cuenta que «en un sofá situado a la entrada de la casa, vi extendido el libro Operación Jaque, crónica donde Juan Carlos Torres describe el rescate legendario por  la Fuerza Pública de quince prisioneros en poder de las Farc», y añade que «la obra, editada días antes, le servía a Mario H. de interesante material de lectura en aquellos días de evasión del ajetreo bogotano «.

Para mí es un honor que un hombre de sus quilates intelectuales y trayectoria académica estuviera leyendo mi libro, pero la coincidencia va más allá. Si usted revisa mi pequeña biografía en la contrasolapa, verá que está anotado que soy ganador del Primer Concurso Nacional de Cuento «Fernando Soto Aparicio». Pues bien, asaltado por una repentina inquietud, casi certeza, acudí a mis archivos y revisé el acta de adjudicación del concurso, en la que pude ver el nombre y la firma del doctor Mario H. Perico Ramírez, al lado de la de Juan Castillo Muñoz, como jurado de dicho premio, en un acta de fecha 10 de octubre de 1989, hace ya más de 19 años (…) Juan Carlos Torres Cuéllar, Bogotá.

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Gabriel Betancourt Mejía

domingo, 29 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En su libro La rabia en el corazón, Íngrid Betancourt recoge las siguientes  palabras de su padre, el exministro y exdiplomático Gabriel Betancourt Mejía, pronunciadas al final de su vida: «Cuando escucho a papá decirme: ‘Ahora ya no me presentan como el ministro, sino como el papá de Íngrid’, siento su orgullo de papá, claro, pero siento sobre todo la fuerza de un hombre que a los 83 años sigue creyendo en su país».

Protagonistas los dos de notables sucesos de la vida nacional, conocieron a Colombia desde diferentes ángulos –él, más creador de empresas; ella, más combativa– y coincidieron en su firme vocación por las causas sociales.

Íngrid, mujer valerosa y retadora de peligros, fue secuestrada por las Farc el pasado 23 de febrero y no logró, a pesar del clamor escuchado en toda Colombia y en diferentes sitios del mundo, obtener la libertad para asistir a los funerales de su padre, muerto al mes exacto del secuestro. El corazón operado de Gabriel Betancourt Mejía le hubiera permitido superar la enfermedad física, pero el secuestro de Íngrid sobrepasó los límites de la resistencia moral.

El corazón sangrante de este ilustre colombiano no conmovió a los subversivos –pues el corazón de éstos parece hecho de roca– y se detuvo en proximidades de la Semana Santa, representando el mayor drama de estos días de pasión, junto al asesinato del arzobispo de Cali, monseñor Isaías Duarte Cancino. Pasión religiosa que se celebra en el mundo cristiano y recuerda los oprobios de la humanidad con el mártir del Gólgota. Y pasión nacional, la nuestra, la de todos los días, que se ensaña a lo largo y ancho del país con las miles de víctimas sacrificadas por la demencia guerrillera.

Gabriel Betancourt Mejía fue ciudadano ejemplar. Su paso por el sector público deja hondas huellas como ministro de Educación de Rojas Pinilla y Lleras Restrepo, fundador del Icetex y la Esap e inspirador de otras entidades de largo alcance, como Coldeportes, Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, Colcultura y Colciencias.

Fue embajador ante la Unesco, subdirector del mismo organismo, nombrado por las Naciones Unidas, y presidente del Comité para la Educación de la OEA. Hasta tal grado había llegado su carrera pública, que su nombre se mencionó por aquellos días como posible presidente de Colombia.

Nunca dejó de preocuparse por la suerte del país, y al final de su proba y callada existencia se dolía de la disolución moral de la patria por culpa de los malos gobernantes y los políticos ineptos y corruptos. Condenaba la guerra del terrorismo insaciable que se lucra del desgreño social de los últimos tiempos.

Nunca supo por qué habían secuestrado a su hija, si ella encarnaba la causa de los hombres buenos, del ciudadano que clama por una patria digna y busca la rectificación de tantos horrores. Esta causa, acaudillada por Íngrid con desbordado arrojo y temeridad, llenaba de orgullo al desconcertado patriarca, y al mismo tiempo lo atemorizaba.

En viaje de regreso a Colombia, cuando su hija tenía 29 años, le dijo en el barco estas palabras que parecen un acicate para lo que ella llegaría a ser: «Todas las oportunidades que tuviste de niña hacen que hoy tengas una deuda con Colombia. No lo olvides». Cuando Íngrid toma los caminos de la política, el entendimiento entre padre e hija se convierte en estrecha relación espiritual. Colombia, para los dos, es la patria grande que debe rescatarse de la indignidad.

Yo veía con frecuencia a Gabriel Betancourt Mejía en la misa dominical de nuestro barrio. Varias veces hablé con él, y siempre lo encontré animado de fortaleza y optimismo, en medio de las desgracias nacionales. Era un ser solitario y pensativo, alejado de pompas y vanidades, que concurría con unción al rito religioso y se enorgullecía de su hija luchadora, su último trofeo, retenida hoy por las fuerzas extremistas que se dicen abanderadas de la justicia social, y autoras de tantas infamias.

Íngrid sentiría, ante la partida cruel de su padre y maestro, en medio de la desesperación y la impotencia del secuestrado, esa «rabia en el corazón» que le estremece el sentimiento. Colombia es solidaria con este drama familiar, convertido en dolor de patria.

El Espectador, Bogotá, 11-IV-2002.

 

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Álvaro Orduz León

sábado, 28 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con la muerte de Álvaro Orduz León, a los 89 años de edad, desapare­ce un abanderado de la publicidad en Colombia. En la década de los años treinta estableció en Bogotá una de las primeras agencias de este ramo, que cumpliría exitoso recorrido de 60 años, hasta enero de 1997, cuando en carta a El Espectador, periódico con el que tuvo estrecha relación, anunció al público su retiro para gozar de merecido descanso. Descanso que sólo se prolongó por po­co tiempo, con el agravante de haberse visto afectado durante los dos años finales por serias limitaciones físi­cas, aunque gozando de admirable lu­cidez mental.

Además de publicista, tuvo bri­llante desempeño en otras activida­des: fue escritor, poeta, pintor, crítico de arte, orador, y en todas ellas deja huella por su vasta erudición y su cla­ro talento. En el campo del arte es au­tor del vigoroso estudio crítico que lleva por título El arte asesinado, obra publicada dos décadas atrás, que produjo fuertes polémicas y elo­giosos comentarios.

Su pasión era el arte. Su casa es un museo privado de pintura, y su fami­lia queda depositaria de formidables óleos que él trabajaba con infinita delectación y riguroso profesionalismo. En el mismo campo del arte hay que señalar su refinado gusto por la poe­sía, no sólo como lector y catador de las mejores obras universales, sino como realizador discreto de su propia inspiración.

Finalizando 1999 nos regaló a sus amigos el hermoso poemario de su autoría Mis hojas de otoño, donde recoge el encanto y la filosofía de sus años do­rados. En 1992 obtuvo en Méjico un premio internacional por su soneto La cruz y la rosa, dedicado a don Quijote, obra que para gloria de Colombia quedó esculpida en la plazo­leta del Instituto de la Nutrición, en Ciudad de Méjico.

Poseía, además, el arte de la orato­ria. En los foros intelectuales su voz era privilegiada para transmitir emociones en el torrente de sus ideas. Antes de morir, presintiendo sin dud­a el desenlace final, a varios de sus amigos nos hizo destinatarios de un casete grabado con su propia voz que recoge varios de sus textos selectos; entre ellos, el dedicado a la casa donde nació Bolívar y sus últimos días en Santa Marta.

En abril de 2000 nos reunimos un grupo de amigos alrededor de Álvaro Orduz León, convocados por sus hijas, en gratísima tertulia que se convertiría en la despedida final. De ese grupo hacía parte Pedro Felipe Valencia, el hidalgo de Popayán, muerto cuatro meses después. La parca impredecible se lleva así de fá­cil a los amigos. Queda, empero, en el caso de Álvaro y de Pedro Felipe, la sa­tisfacción de saber que cumplieron su parábola vital con absoluta fidelidad a los mejores cánones sociales y hogareños.

En cercanías de la Semana Santa de 2000 recibí de Álvaro preciosa carta donde me envía su soneto Acto de fe, donde patentiza su fe cristiana cuando se sentía codeándose con la muerte:

Dadme, Señor, la fuerza de tu muerte

para sufrir paciente mi agonía;

aparta a los demonios de mi vía

que sólo junto a Ti me siento fuerte.

Como a Dimas, mi Dios, dadme la suerte

de morir en tu santa compañía,

pidiéndote perdón con valentía

y al pie de mi alma, hasta el final, tenerte.

Ser feliz es sentir que tu presencia

ocupe la totalidad de mi existen­cia.

Me sobra lo demás…: el mundo en­tero.

Con sus riquezas, ciencias y ale­gría

todo eso y más, sin duda, cambia­ría

por la fe elemental del carbonero.

El Espectador, Bogotá, 5-I-2001.
Revista Manizales, febrero/2001.

 

 

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