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Dos libros con alma quindiana

jueves, 21 de julio de 2016 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La escritora, periodista y educadora Gloria Chávez Vásquez, oriunda del Quindío, cumple 46 años de residencia en Estados Unidos. Allí ha publicado la mayoría de sus libros y de sus artículos de prensa. Ahora sale a la luz su novena obra, que lleva por título El libro de Yodín, y se puede adquirir a través de su página web.

En esta novela me ha despertado especial interés, como morador que fui de Armenia durante 15 años, encontrarme con el despegue del pueblo grande que era, hacia la ciudad moderna que llegaría a ser.

La protagonista repasa su familia, su barrio en formación, la vida social del pueblo, y trata de entender lo que le ha tocado vivir. Regresa a su adolescencia, evoca la naciente sensualidad, asiste al colegio de monjas, se acuerda de los muchachos enamorados, y en ese itinerario surgen veleidades, sueños y frustraciones.

Se construyen otras calles, aparecen personajes singulares, crece la familia, soplan nuevos vientos en el contorno. El pueblo comienza a borrarse, al tiempo que emerge la ciudad. Con la mutación y el progreso, con la irrupción del ruido y la alteración del sosiego, aumenta en Maribel “la necesidad de escapar a otra parte”. Palabras textuales que pintan una etapa de la vida de Gloria Chávez.

Novela de introspección, de vuelta al recuerdo, de arraigos y desarraigos, de buceo en la niebla y en la oscuridad, de apertura de otras dimensiones. Y también de identidad con la familia, ya que el libro está dedicado a sus ocho hermanos. En el éxodo de la patria chica anduvo lacerada la vida del inmigrante, que Gloria sufrió durante largo tiempo, hasta lograr la tranquilidad actual. Tranquilidad relativa en medio de la distancia de sus lares perdidos en las brumas del tiempo.

Leído el libro, me queda el sabor de la soledad que se percibe en Maribel. Para mitigar ese estado del alma, ella dialoga con el mago Yodín, espíritu que le susurra consejos al oído y le dicta sabias enseñanzas de vida.

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En el Quindío ha nacido un nuevo escritor: Josué Carrillo, ingeniero geólogo de la Universidad Nacional y doctorado en la Universidad Técnica de Aachen (Alemania). En dicho país vivió durante largos años, y ha vuelto a su tierra nativa, donde en la edad dorada se revela como autor de tres libros de literatura: Memorias de un estudiante desmemoriado (2014), Un cuyabro en Alemania (2015) y Te acordás hermano qué tiempos aquellos y otras crónicas (2016).

Tuve la oportunidad de descubrir en el último de ellos a un prosista de estilo  ameno, ágil y descriptivo, que se solaza con la Armenia de mitad del siglo pasado y pinta a la maravilla sus modas y costumbres, entreveradas con el transcurrir de personajes singulares que marcaron la época.

Entre esos personajes está Vicente Giraldo, gran promotor del civismo y el progreso regionales. Una de sus empresas era Vigig, dedicada a la fabricación de arietes hidráulicos, trapiches y despulpadoras. Otra, la que elaboraba el champú Caspidosán Vigig, para eliminar la caspa, y el jabón Afeitol Vigig, para ablandar la barba. Sobre el primer producto, una propaganda decía: “Si no le cura la caspa, córtese la cabeza”.

En la Tipografía Vigig publicaron sus primeras obras los escritores quindianos. Y se editó Mi Revista, que bien puede considerarse la mejor del país en los años treinta. Yo conocí la colección completa que guardaba, con el mayor celo, mi amigo Mario Álvarez Maya, y escribí, entre agosto y septiembre de 1980, diez crónicas en La Patria de Manizales con el título La Armenia antigua, las que pueden consultarse en mi página web. Hoy casi nadie conoce la existencia de dicha revista.

Otro personaje que se airea en las páginas de Josué Carrillo es Euclides Jaramillo Arango, que nació en Pereira, y más tarde se radicó en Armenia, donde cumplió brillante labor como escritor, dirigente cívico y cafetero. Cuando alguien se mostraba indeciso para emprender un acto, Jaramillo Arango le decía, como empujándolo: “Hágalo, no se quede con la gana de hacerlo, que la vida es un quitadero de ganas”.

Sobre Evelio Quintero Villa, residente en Montenegro, dice que “fue una personalidad inclasificable y fascinante”. Era amante de la música y el arte, la poesía y las flores, y muy apasionado por la colección de guaquería que guardaba en su vivienda.

Desfilan actores de la vida pintoresca, como Repollito, que debía su nombre a su estatura de enana y era invitada de honor a las comparsas y las fiestas populares; o el “Conde del Jazmín”, o “Doctor Cuajada”, personaje entre excéntrico y fantástico, con toques de genialidad y locura; o el “Mocho” Jaramillo, que estacionaba su esbelto caballo frente al café “Destapado”, y la gente acudía a leer los anuncios de propiedad raíz que se anunciaban en el pescuezo, las ancas y los ijares del animal.

Y la “Ñata Tulia”, dueña de un renombrado burdel por cuya puerta penetraban con sigilo los notables de la población. Ella era muy complaciente con los jóvenes, a quienes enseñaba con generosidad las artes amatorias. En su honor, Alberto Gutiérrez Jaramillo, célebre por su chispa repentista y picante, escribió este soneto:

Era la «Ñata Tulia” un monumento / sin pedestal en mi ciudad, rescoldo / de un juego juvenil, vaso sin fondo, / lista al amor para cualquier momento. / Nos explicaba el sexto mandamiento, / y en la 50 levantó su toldo. / ¡Qué teatro era aquel! Mondo y lirondo / nadie la superó en sus movimientos. / De acuerdo al feligrés ella cobraba; / la tarifa no obraba en la premura / pues era Tulia la que más gozaba. / Todo Armenia recuerda su dulzura, / puesto que su portal lo traspasaban / ¡el notario, el alcalde y hasta el cura!

El Espectador, Bogotá, 15-VII-2016.
Eje 21, Manizales, 15-VII-2016.

Comentarios

En el meticuloso y acertado análisis de ambas obras, tanto la de Josué como la mía, ofreces a tus lectores lo mejor de nuestras intenciones. Muchas gracias por hacer las cosas tan bien hechas. Como decimos por aquí: haces la tarea. Y la haces a conciencia. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Me parece que se excedió; emplear la palabra escritor, tal vez sea demasiado pretensioso. Sin embargo, no deja de ser muy grato leer sus comentarios; aunque soy modesto, no dejo de recordar el “vanidad de vanidades” que dice el Eclesiastés del rey Salomón, y siento que con las palabras del artículo se ha inflado un poco mi ego. Créame que su opinión es un estímulo y me compromete a mejorar y a superarme en mi nueva ocupación de jubilado. Josué Carrillo, Armenia.

Interesante y provocador el libro del geólogo, no porque trae a recuerdo ese monolito inmarcesible del Quindío que fue, es y deberá ser Euclides Jaramillo Arango, sino porque les deja una huella a esos quindianos de hoy que creen que Vigig no existió poniendo granos de arena para que Armenia fuera lo que es hoy. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Con Josué Carrillo he tenido amistad desde que, siendo yo gerente de Empresas Públicas de Armenia durante el terremoto y la reconstrucción, con Josué ideamos la nueva estación de bombeo para la planta de Regivit y contraté con él los diseños para reforzar en concreto tres de los 21 túneles que traen el agua a Armenia desde la bocatoma, en La Playa (Salento), sobre el río Quindío. (Además de su amena pluma, tiene un verbo cargado de picaresca que resulta definitivamente entretenedor). Extraordinario el soneto del poeta Alberto Gutiérrez, quien fue un hombre excepcional, no sólo por su gran versatilidad para improvisar y su fino humor, sino por su visión como ingeniero. Armando Rodríguez Jaramillo, Armenia.

Aprecio tus enormes cualidades y condiciones de gran ciudadano y admiro al escritor que se llevó para siempre en su corazón al Quindío. Ojalá entre nuestros coterráneos existiera el sentido de pertenencia, la admiración y el amor que siempre ha demostrado en su obra literaria y sus columnas mi siempre apreciado Gustavo Páez Escobar. Jorge Eliécer Orozco Dávila, Armenia.

Respuesta. Muchas gracias, Jorge Eliécer. El Quindío sigue y seguirá vibrando en mi sentimiento. Gustavo Páez Escobar.

La despedida de Eco

miércoles, 9 de marzo de 2016 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

De Umberto Eco había leído su célebre novela El nombre de la rosa (1980), que lo llevó a la fama y se convirtió en sonado suceso bibliográfico, con 50 millones de copias vendidas, la traducción a numerosos idiomas y la versión para el cine en 1986. Con esta obra inició la publicación de sus 7 novelas, a la edad de 48 años. Además, es autor de numerosos libros de ensayos.

Gloria Chávez Vásquez, escritora y periodista quindiana residente en Nueva York, me recomendó a finales de enero el último libro de Eco: Número cero. Me anotó que se trataba de una crítica mordaz sobre el periodismo contemporáneo, materia que a los dos nos interesa, por supuesto, y me pidió que le hiciera conocer mi opinión sobre dicho texto, para intercambiar ideas.

Adquirí el libro y lo leí con mucha atención. El mismo día en que iba a enviarle el mail a mi amiga (19 de febrero), comentándole mis puntos de vista, Umberto Eco moría en Milán (Italia) a los 84 años de edad. Este hecho me impresionó sobremanera. Al coincidir la lectura con la muerte del autor, esto tenía un significado de despedida macabra.

Prescindiendo de esa circunstancia acaso fantasmagórica, podría decirse que la novela Número cero representa, en efecto, la despedida del mundo con que el autor concluye su carrera literaria y deja un rotundo mensaje a los poderosos, los políticos,  los gobernantes y los periodistas sobre los flagrantes sistemas de corrupción que invaden al mundo entero.

El misterio con que el escritor se va del planeta (pocos conocían la noticia del cáncer) parece corresponder al clima policíaco que puso en varias de sus novelas. El nombre de la rosa se mueve en una abadía medieval, y en esa historia gravita el espíritu policíaco, el mismo que se siente en el último libro.

El aire monacal que se percibe en varias escenas de los dos libros (los monjes de la abadía de los Apeninos, en el primero, y el ámbito religioso de la Argentina y el Vaticano, en el segundo) es recurrente en la obra de Eco.

Los novelistas se contagian en tal forma con el carácter de sus criaturas y sus ambientes, que sin darse cuenta terminan ellos mismos impregnados de esas atmósferas y pareciéndose a sus personajes. Esto fue lo que estableció Flaubert con su famosa frase: “Madame Bovary soy yo”.

Si nos ubicamos en otro aspecto de la creación de Umberto Eco, los 35.000 volúmenes de su biblioteca son los mismos volúmenes de la abadía plasmada en su novela. Nada nuevo se descubre aquí, y no sobra advertir que el novelista solo debe escribir sobre lo que conoce y lo que vive. Sin notarlo muchas veces, él es el mejor biógrafo de sí mismo.

Lo más relevante en Número cero es la fuerza histriónica con que el novelista recrea la vida imaginaria del periódico y encierra en él al grupo trenzado en diversas labores y maniobras de un periódico real, bajo la oculta dirección del magnate que se mueve en la sombra y convierte su empresa en instrumento corruptor de la política y el capital.

A través de esta parodia manejada con buenas dosis de humor, gracia y sarcasmo,  Umberto Eco, agudo conocedor de los intríngulis y las zonas oscuras del periodismo (que comprenden, claro, los hilos peligrosos de internet con sus mensajes apócrifos y la manipulación de los hechos reales), deja una lección impactante para reflexión de la época actual.

El Espectador, Bogotá, 4-III-2016.
Eje 21, Manizales, 4-III-2016.
Mirador del Suroeste, n.° 59, Medellín, diciembre/2016.

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Comentarios

Gran homenaje a un escritor que le hará falta al mundo, no solo por su calidad narrativa, sino por el contenido filosófico que introducía a sus producciones. Eduardo Durán Gómez, Bogotá.

Eco era un intelectual a carta cabal. José Nodier Solórzano Castaño, Armenia.

He leído atentamente la columna por más que nunca tuve interés en leer a Eco. De hecho, de él sólo he leído un texto que encontré cuando preparaba mi conferencia sobre Mafalda, un texto que escribió para presentar la traducción de las tiras de Mafalda, y era tan superficial que no fue difícil rebatirlo frase a frase. Ricardo Bada, Colonia (Alemania).

Excelente artículo sobre Umberto Eco. Bien remarca usted sobre «los hilos peligrosos de internet con sus mensajes apócrifos y la manipulación de los hechos reales». Si bien internet ha sido un gran paso para la humanidad, en el cual podemos encontrar casi toda la información que necesitamos y nos ayuda a enriquecer nuestros conocimientos, también sabemos que por la facilidad que se tiene de subir a la red toda clase de información, hay mucha que es falsa y apócrifa, como lo es la carta dirigida al presidente de la República que circula a nombre del periodista Juan Gossaín Abdala, quien acaba de decir que es falsa, que no fue él quien la escribió. Alvaro Pérez León, París.
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En nuestro idioma, por usos y costumbres en el español nuestro, no en el de España, se nombra Humberto con H y allá, en Italia, se dice: «mío caro Umberto, per favore Umberto, andiamo». Virruaco (correo a El Espectador).

Curioso el comentario de Virruaco respecto a que en Colombia debe escribirse Humberto (con h), y en Italia, Umberto (sin h). Voy a contarle una simpática anécdota sobre este caso. El escritor calarqueño Humberto Senegal escribía su nombre con h, y desde hace varios años optó por suprimirle la h, y ahora es Umberto Senegal. Vaya uno a saber por qué hizo esta modificación, que de todas maneras es contraria a lo que usted predica. La escritura de los nombres es muy caprichosa y por lo general no obedece a reglas gramaticales, sino a la real voluntad de sus portadores. Gustavo Páez Escobar.
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El atardecer de Soto Aparicio

martes, 15 de diciembre de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

“Para un hombre que ha cumplido sus deberes naturales, la muerte es tan natural y bienvenida como el sueño”, dice Santayana. Estas palabras parecen escritas para Fernando Soto Aparicio, que penetrado por la idea de la muerte a raíz del cáncer gástrico que lo aqueja, se despide de sus lectores, con poética valentía, en el libro Bitácora del agonizante (Panamericana Editorial, noviembre de 2015).

Desde que se presentaron los primeros indicios sobre el grave deterioro de su salud, me comuniqué con él para expresarle mi voz de solidaridad. Cuando el mal fue confirmado por los médicos, la noticia, no por presentida, dejó de serme traumática. Así define Fernando su sufrimiento: “Me ha tocado (no en suerte; tampoco sé si en desgracia) una de esas enfermedades irreversibles y perversas (un cáncer agresivo y cruel). Pero voy a vivir hasta el último instante, hasta el aliento final, hasta el postrer destello”.

En medio del dolor, mantiene la serenidad. Esta fortaleza espiritual trasciende a su libro del adiós, compuesto por 36 poemas (que él llama salmos) escritos durante los días de la atroz contingencia. Pocas personas tienen el valor de hacer pública esta embestida del destino, y los propios parientes suelen eludir la palabra “cáncer” como causa del deceso del ser querido, y acuden al rodeo de “la penosa enfermedad”. Prurito social que no cabe en el carácter del escritor boyacense.

Soto Aparicio vio la luz en Socha (Boyacá) el 11 de octubre de 1933, pero a los pocos meses sus padres se trasladaron a Santa Rosa de Viterbo, considerada su verdadera patria chica, donde estudió las primeras letras, comenzó a trabajar, se casó e inició su carrera literaria.

Nació con el don de la palabra. Desde muy corta edad ya era lector y escritor. De 10 años escribió 2 novelas a la vez, que más adelante destruyó. Su primera poesía, Himno a la patria, fue  publicada en 1950 (a los 17 años de edad) por el suplemento literario de El Siglo. Hacia la misma época escribió Oración personal a Jesucristo, obra que en 1954 llenó la totalidad de la página literaria de La República, y lo mismo ocurrió en 1964 con el Magazín Dominical de El Espectador.

A los 28 años escribió su novela más nombrada, La rebelión de las ratas, que resultó ganadora del premio Selecciones Lengua Española de Plaza & Janés. De ahí en adelante arrancó su carrera ininterrumpida en todos los géneros literarios. Es de los autores más prolíficos y más brillantes del país. Su obra llega a 70 volúmenes. Ha sido además guionista y libretista para cine y televisión. En el gobierno de Belisario Betancur estuvo vinculado a la diplomacia, como representante de Colombia ante la Unesco, y en los últimos años ha sido asesor de la Universidad Militar Nueva Granada.

“Tengo que escribir para sentirme vivo”, confiesa en reciente entrevista con Marco A. Valencia Calle, escritor payanés (El Tiempo, 8 de diciembre). Y agrega: “Mi rutina es trabajar en un libro e ir investigando sobre el próximo. Algunos críticos dicen que escribo mucho, pero es mi manera de ser, y mi manera de contribuir a que la literatura nos haga entender un poco más de la vida. Ellos que opinen, que yo hago mi trabajo: escribir”.

Ese es Fernando Soto Aparicio: escritor empedernido y obsesivo que desde el día que tuvo consciencia de la función literaria no ha hecho otra cosa que llenar cuartilla tras cuartilla, en irrenunciable alianza con las causas del hombre. De hecho, la temática de sus novelas está dirigida a los asuntos sociales. En 1982, Beatriz Espinosa Ramírez elaboró un sesudo ensayo sobre la calidad de Soto Aparicio en este campo, y lo definió como el novelista más consagrado y el más identificado con la causa del hombre latinoamericano.

Se nace para morir. Nada más cierto que la muerte. Pero la muerte no es igual para todos. No todos merecen morir en paz con la vida. Esto lo sabe muy bien mi infatigable compañero de luchas y realizaciones que, ante la cruda realidad de la parca que acecha, tiene el coraje de afrontar esta verdad inexorable. Quedan los personajes de sus novelas como testimonio perenne de su tránsito por el mundo.

El Espectador, Bogotá, 11-XII-2015.
Eje 21, Manizales, 11-XII-2015.

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Comentarios

No sabía del grave estado de salud de Fernando Soto Aparicio, que lamento de veras. De Fernando sé desde la época de sus libretos para televisión cuando yo era niño. Le agradezco por darme tan mala noticia, pues la aprovecharé «por el lado amable», como decía Chespirito, y memoraré varias de sus lecturas (las que hice de él), empezando por repasar la vida de Rudecindo Cristancho y su entorno familiar y campesino invadido, usurpado. Sebastián Felipe (correo a El Espectador).

Muy bonita y sentida columna. En el boletín de la Academia Colombiana de la Lengua, segundo semestre de 2015, saldrá un extenso artículo mío: De vuelta sobre Soto Aparicio. Hernán Alejandro Olano García, Bogotá.

Pero la muerte no es igual para todos. No todos merecen morir en paz con la vida. Me temo que esa frase con que encabezo y que es la usada para terminar el bellísimo texto sobre Fernando, días antes de emprender el viaje final, no pega en este país. No entendemos la muerte y, a veces, cuando alcanzamos a estar listos para irnos, nos hemos dado cuenta de que no entendimos todo lo que vivimos. Por el amigo que se está yendo, un abrazo estrecho de gratitud. Gustavo Alvarez Gardeazábal, Tuluá.

Qué triste debe ser escribir una nota para despedir a un amigo, pero también satisfactorio tiene que ser hacerle el reconocimiento público de los méritos cuando está aún vivo. Y lo digo porque en la mayoría de los casos ese reconocimiento es póstumo, y aunque válido, no deja de ser extemporáneo. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Esta columna en honor a Fernando Soto Aparicio es el mejor homenaje al connotado escritor boyacense. Lo mejor de sus expresiones es que con ellas se está interpretando fielmente lo que dice el famoso poema: «En vida, hermano, en vida…» Jorge Enrique Giraldo, Íquira (Huila).

Fernando es una persona entrañable para mí; hace diez años lo invité a Medellín y recorrimos diez bibliotecas hablando de su obra. Nos escribimos por un tiempo y nos veíamos en las ferias del libro de Bogotá. Iván de J. Guzmán López, Medellín.

Leí tu artículo, lo imprimí y descendí al primer piso para leérselo a mi esposa Luz Irlanda. Con voz entrecortada, pues bien sabes del infinito aprecio que guardamos por nuestro compadre Fernando, di lectura a tan bello y sincero comentario. Qué grato y satisfactorio confirmar una vez más el valor y sencillez con que aludes a circunstancia tan difícil, como real y absoluta, por la que está viviendo, porque aún vive y «vivirá hasta el postrer destello», nuestro común amigo. Carlos Martínez Vargas, Fusagasugá.

Carlos: Sé del hondo aprecio que has sentido por él y recuerdo tu campaña por el Premio Nóbel que le quedan debiendo (escribo Nóbel con tilde, contra el querer de los académicos, como lo pronuncia la gente en español). Gustavo Páez Escobar.

Maravillosa descripción de la vida de Fernando Soto sobre su paso por la vida. Solo Dios sabe cuándo se acaba el tiempo acá, y esperemos que Fernando pueda seguir haciendo lo que más le gusta que es escribir. Son dones especiales que solo quienes los tienen conocen su importancia. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Colombia debe darse cuenta de que se está extinguiendo la vida de un ser humano extraordinario, que nunca buscó la gloria literaria. Pero sus libros serán una guía para millones de colombianos que, como nosotros dos, supimos valorar el contenido social de su obra en conjunto. Ya empiezan a sentirse los homenajes a su vida. La página que le dedicó El Tiempo, dos días antes de publicar mi artículo, fue un bello homenaje a un escritor que ha estado marginado de las páginas de los grandes diarios. José Miguel Alzate, Manizales.

Nacemos para morir. Lo que pasa es que entre uno y otro hecho corre mucha agua bajo los puentes, pero de lo que sí estoy seguro es que con el prolífico escritor se cumple el poema En paz, de Amado Nervo. Por encontrarse en paz y no deberle nada a la vida, tiene esa visión y esas profundas convicciones que le permiten esperar con serenidad el momento final, dando inmenso ejemplo de grandeza y riqueza espiritual. Luis Carlos Gómez Jaramillo, Cali.

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En paz

(…) Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas…
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
Amado Nervo
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Qué artículo tan lindo. Qué triste es saber que Fernando Soto puede irse pronto. ¡Que Dios lo proteja! Fabiola Páez Silva, Bogotá.

Despides bellamente a un ser humano muy valioso y valiente. Además, a un escritor que honra las letras de nuestro país. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

Valientes somos quienes enfrentamos el realismo absoluto. Honor a nuestro querido amigo Fernando. Seguimos transitando este hermoso camino de la vida hasta cuando «la siempre inoportuna» parca se aparece. Eduardo Malagón Bravo, Tunja.

Los grandes escritores jamás mueren. Sus ideas, sus pensamientos, sus obras, sus nombres quedarán en sus libros. La partida del escritor Fernando Soto Aparicio dejará una estela perenne de hombre de bien. De persona impoluta, intachable. De gran colombiano que dedicó su vida a enriquecernos con sus libros. El primer libro de literatura que leí fue Mientras llueve, que conservo en París y que he vuelto a leer dos veces más. Alvaro Pérez Franco, París.

Qué valentía la de Fernando Soto Aparicio. Coger al toro por los cuernos. Examinar el dolor mientras se sufre. Eso para mí es heroísmo. Todo un referente para cuando llegue lo nuestro. Dios lo bendiga y le guarde un sitio de privilegio en su seno. Rezo para que el dolor no se ensañe en él. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Aflige saber la dolencia del maestro, prolífico escritor de la tierra y de la sociedad colombiana, como usted bien lo caracteriza, con total compromiso hacia la literatura. Hugo Hernán Aparicio Reyes, Armenia.

Me alegra que escribas sobre uno de nuestros importantes autores. Fue uno de los primeros que leí en el colegio. Álister Ramírez Márquez, Estados Unidos.

Muchos colombianos crecimos, en nuestra adolescencia, con los personajes creados por Fernando Soto; muchos colombianos, millares, conocimos que la literatura estaba en los libros cuando leímos sus novelas, duras y melancólicas, pero todas muy cercanas a lo que era nuestro país. José Nodier Solórzano Castaño, Armenia.

Dolorosa la noticia y admirable la valentía de Fernando para enfrentar lo irremediable. Está dándole la cara con el arma que mejor conoce: la literatura. Lástima que la muerte no haga excepciones, pues personas tan valiosas, en este mundo plagado de tanto malandro, son las que nos alegran la vida y nos hacen conservar la esperanza. William Piedrahíta González, Estados Unidos.

Tuve la oportunidad de leer el artículo sobre Fernando Soto Aparicio y causa pena saber de la enfermedad que lo aqueja. Quiera Dios que el sufrimiento que el cáncer conlleva lo siga soportando con valentía. Ligia González, Bogotá.

Conmovedor, sentido y casi poético el diálogo entre tú y Fernando Soto Aparicio a quien no tengo el gusto de conocer personalmente, pero sí de admirar a plenitud. Hazle llegar mi mensaje de solidaridad, no de pesar, porque la muerte es una realidad para todos, pero la valentía para ser consciente sobre su ineluctable ocurrencia es cualidad de mentes brillantes. La frase de tu hija me conmovió. Luis Fernando Jaramillo Arias, Bogotá.

Siento mucho los graves quebrantos de salud de Fernando Soto, figura grande de nuestro país, escritor y hombre de calidades relevantes. Ojalá encuentre mejoría y permanezca con el ánimo que lo ha sostenido. Elvira Lozano Torres, Tunja.

Qué humana columna sobre Soto Aparicio. Se lee y se relee, y mientras se hace, más se aprecia la pluma de Fernando. Armando Rodríguez Jaramillo, Armenia.

Libros quindianos

miércoles, 17 de junio de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

 La Biblioteca de Autores Quindianos cumple ponderada labor en la difusión de las letras regionales. Después de algún receso, esta serie llega a 25 títulos publicados bajo el auspicio de la Gobernación y la Universidad del Quindío. Comento 5 libros de autores quindianos que me han llegado en estos días, los que he leído con interés y agrado.

 Antología de cuentos, de Gloria Chávez Vásquez

 Cumple la autora 45 años de vivir en Estados Unidos. El mayor campo donde se ha desempeñado es el del cuento. Su primera incursión en este género data de 1971, con Sor Orfelina, que le hizo ganar puesto de honor en un concurso del Magazín Dominical de El Espectador. En 1978 aparece su primer volumen de cuentos, Las termitas, al que le siguen Cuentos del Quindío, Akum, la magia de los sueños, Opus americanus, Depredadores de almas y Crónicas del juicio final.

En 1990 es la ganadora del premio Emma en Estados Unidos. Es la primera vez que una hispana obtiene dicho galardón. Ha actuado además en el periodismo, el ensayo, la crónica social y el profesorado. Su narrativa contiene enfoques agudos  sobre los hechos cotidianos, que maneja con buenas gotas de sicología, y recoge sus propias vivencias como espectadora del mundo conflictivo que le ha tocado vivir.

Tiempo del escarabajo, de Esperanza Jaramillo (Editorial Oveja Negra)

En 1979 inicia su carrera literaria con el libro de prosa poética Caminos de la vida. Le siguen, en el mismo género, Testimonio de la ilusión y Abecedario del tiempo. Autora de la novela El brazalete de las ausencias y los sueños (2002). Adelanta la escritura del poemario De mis sentidos hacia adentro. Su obra tiene aliento romántico, vena que le viene de sus abuelos, los célebres poetas Juan Bautista Jaramillo y Blanca Isaza.

El poemario actual, con prólogo de Gonzalo Mallarino Flórez, nace en el sosiego de su predio Puerto Claro en el Quindío y es un camino por la zona de los sentidos. Poemas de dolor y alegría, de nostalgia y añoranza, de ensueño y soledad. Poesía breve y sutil, cuyo eco suena casi insinuado, y a veces parece un silbido. Un silbido melodioso. En diálogo con la naturaleza, exclama: “Abandoné mis pasos / al borde de la soledad / Ahora regreso a la sombra de las montañas” (…) “En vano intentaré cruzar / el lindero de mi luz congelada”.

Memorias del día a día, de Ángel Castaño Guzmán

Esta recopilación de artículos periodísticos abarca el periodo 1950-2000. La tarea fue ardua debido a los pocos y precarios archivos existentes en la región. De muchas publicaciones no ha quedado huella. Con todo, el autor, buscando aquí y allá, logra rescatar piezas significativas que dibujan el perfil de los tiempos idos. Los artículos fueron tomados solo de periódicos locales, y quedan por fuera numerosas páginas de otros medios de comunicación a los que el investigador no tuvo acceso.

No figuran, por ejemplo, las notas en La Patria de Manizales, que por mucho tiempo ejerció el papel de periódico local. Durante mis 15 años de estadía en el Quindío publiqué abundantes artículos en El Espectador y La Patria. Este material está recogido en mi página web y representa, así lo espero, una memoria histórica de la región. Ahora mismo, fueron publicadas en el blog de la Academia de Historia del Quindío, bajo el título La Armenia antigua, 10 crónicas que escribí en La Patria en agosto y septiembre de 1980.

Castaño Guzmán, destacado escritor y periodista y gran promotor de la cultura regional, ofrece en su trabajo una visión amplia sobre el discurrir del Quindío en el medio siglo reseñado.

Cuento contigo, de Carlos Alberto Villegas Uribe

Diversas facetas de la conducta humana contempla el autor en este libro de cuentos, donde alternan la tragedia con la alegría, el desencanto con la gracia, la desesperanza con la ironía, la sordidez de los prostíbulos con las situaciones oníricas. Se sienten atmósferas de humo, alcohol y vicio, y por allí transitan seres oscuros y geniales, salidos de la realidad y pisoteados por el mundo. De pronto surgen ambientes surrealistas, llenos de alegorías, y el lector se tropieza con intelectuales, con libros y títulos que ambientan las escenas. Son pequeñas dosis de la comedia humana.

Villegas, escritor y gestor cultural, versado en Comunicación Educativa, en Lengua y Literatura, entre otros títulos, obtuvo un doctorado en la Universidad Complutense de Madrid con la tesis “Psicogénesis de la risa. La risa como construcción de cultura”. Ocupó la Secretaría de Cultura de la Gobernación del Quindío, y a los pocos días renunció por no acomodarse con la estructura del cargo. Y protestó por el deterioro del paisaje cultural cafetero que se veía expuesto por el tractor de la minería impulsado por el presidente Santos, y que en palabras del escritor “solo dejará un Quindío lleno de famélicos quindianos tiznados de hollín”. Resultó profeta en su propia tierra.

La Secreta, de José Nodier Solórzano Castaño (Editorial Torre de Palabras, Calarcá)

Esta novela recibió un accésit en el Concurso Cáceres de Novela Corta, en España. El eje de la obra es el Parque de La Secreta, desde donde se otea la vida de Armenia y Calarcá, y todo repercute allí. En el parque se rememora la vida del fundador de Armenia, el Tigrero, y se siente la presencia perenne de un tigre frente a la puerta de la casa. Por la historia deambula Raigoza, personaje enigmático, que habla de riquezas, de juegos de azar, de loterías, de cosas misteriosas, y con su labia se abre campo en muchos ambientes. Huye del pasado, pero no se deja descubrir.

Es una historia alucinante que se desliza por diversos escenarios (licor, prostitutas, fútbol…) y encierra los lugares comunes de todas partes, bajo una narración manejada con picardía, humor, gracia y sentido erótico. Posee nervio policiaco, que en ocasiones hace pensar en el novelista chileno Roberto Ampuero y en su detective privado Cayetano Brulé.

Solórzano es licenciado en Lingüística y Literatura. Ganador en varios concursos de cuento. Editor y columnista de revistas y periódicos. Promotor del Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, en Calarcá.

El Espectador, Bogotá, 13-VI-2015.
Eje 21, Manizales, 12-VI-2015.

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Comentarios:

Los quindianos siempre hemos encontrado en tus palabras y en tu tribuna nacional un aliento a nuestro trabajo. Carlos A. Villegas Uribe, Medellín.

Muy importante que se dé a conocer lo que se hace en la provincia en el ámbito cultural. Tú y yo sabemos de las dificultades para escribir y para editar. Augusto León Restrepo, Bogotá.

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Lectura tardía

lunes, 25 de mayo de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Lo primero que leí de Óscar Collazos fue una serie de cuentos publicados en los famosos bolsilibros del Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura), de los que era lector impenitente. Esos cuentos me causaron impacto por la destreza del autor para crear ambientes de tensión y críticos estados sociales.

En agosto de 1978 adquirí su novela Los días de la paciencia, editada por el Círculo de Lectores, le eché un vistazo, vislumbré su contenido y la ingresé con placer y honra a mi biblioteca. Pasaría mucho tiempo, demasiado tiempo para leerla, lo confieso hoy con franqueza.

Lo que nos sucede a los coleccionistas de libros es que la vida no nos alcanza para abarcar tantos temas, tanta literatura apasionante, que a veces se estacionan durante largos años en los anaqueles. Sucede en ocasiones que buena parte de la biblioteca se queda sin leer. Esto nos ocurre a la mayoría de los escritores.

Cabe agregar que una manera de proteger y consentir los libros –aunque no se lean pronto, o nunca se lean– es conservarlos bajo el cobijo y el cariño de las bibliotecas. Por mi parte, debo confesar el nexo afectuoso que nace en mí desde que las obras llegan a mi poder, consistente en acariciar a menudo los lomos, repasar los títulos, limpiarles el polvo del olvido, leer alguna frase escondida. En síntesis, conversar con el autor. Este diálogo silencioso crea lazos nutritivos.

A Óscar Collazos lo seguí en su literatura de combate, reveladora de su compromiso social, y en sus artículos de prensa, atentos siempre a los problemas palpitantes del país. Sobre todo desde su columna de El Tiempo, que escribía desde 1997, no había desviación pública que escapara a su ojo vigilante y a su crítica severa.

Acostumbrado a leer su columna semanal para apreciar su libre opinión sobre los grandes asuntos de la vida nacional, encontré, con alarmante desconcierto, la carta abierta que dirigió el pasado 4 de febrero al neurólogo Rodolfo Llinás, donde le pedía, como dato de interés general, su concepto acerca de la grave y poco común enfermedad que lo aquejaba: la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), que le producía la pérdida de masa muscular, el debilitamiento del aparato respiratorio, dificultades de movilidad, de deglución y del habla, aunque mantenía lúcida su capacidad mental.

Y decía que avanzaba en la escritura de una nueva novela. Su obra novelística se acerca a los veinte títulos. Esa circunstancia me llevó a consultar la lista de libros  suyos que estaban en mi poder, y descubrí que habían transcurrido ¡37 años! desde que adquirí su primera novela: Los días de la paciencia. Y aún no la había leído. Hacerlo ahora, como lo he hecho con la fiebre del lector tardío, se convirtió en el mejor homenaje a esta vida meritoria que declinaba en las garras de una enfermedad trágica.

Era la primera novela que ventilaba el drama de Buenaventura, flagelada desde entonces por la violencia, el contrabando, la prostitución, el hambre, los hampones y las bandas criminales. Salido desde muy niño de su pueblo natal, Bahía Solano (Chocó), llega al puerto del Pacífico a los siete años de edad y allí pasa su niñez y su juventud. En la sangre lleva la semilla del escritor, y con esa óptica capta aquel panorama de barbarie y ruindad que se agiganta a su alrededor.

Sabe interpretar la tragedia del hombre. En sus cuentos y novelas no hace otra cosa que repetir, en distintos escenarios y bajo el mismo detonante social, la miseria, la injusticia y la corrupción que destrozan al país. Y muere en paz con su destino de escritor, a los 72 años de edad, luego de coronar una de las carreras más sólidas de la literatura.

El Espectador, Bogotá, 22-V-2015.
Eje 21, Manizales, 22-V-2015.
NTC, Cali, 24-V-2015.

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Comentarios:

Por qué será que tenemos que esperar a que mueran los escritores para leerlos. Lo mismo me pasó a mí con Óscar Collazos. Solo leí un libro suyo, sobre García Márquez, que me pareció muy bueno. Pero nunca leí al novelista.  Solamente leí un cuento de sus primeros años, donde se descubre a un magnífico narrador. José Miguel Alzate, Manizales.

Su Quinta Columna en el diario El Tiempo fue muchas veces soporte de inquietudes mías sobre la vida de nuestro país, pues encontraba coincidencias de criterio con las suyas. Precisamente en estos días pensé en adquirir alguna de sus novelas (aparte de sus columnas, no he leído nada de él), y la leeré de inmediato. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Significativos reconocimientos y homenaje a Óscar Collazos. Incluimos la columna en la compilación que hacemos sobre el escritor. NTCGRA, Cali.

Tuve una excelente relación de amistad y de intercambios de producción bibliográfica con Óscar. Cada vez que vino a Bogotá me llamó para darles marcha a estupendos paliques literarios e históricos. Gracias por esta columna que hace justo homenaje a un buen escritor. Alpher Rojas, Bogotá.

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