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La pintora Diana María Ortiz

viernes, 16 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La mayoría de los cuadros se recrean en paisajes y casas coloniales del Quindío, de donde Diana María es oriunda. En el año de 1987 inicia en la Universidad Nacional sus estudios sobre acuarela, que  prosigue al año siguiente en la Universidad Javeriana y más tarde afianza con profesoras privadas. Como sucede con la vocación verdadera, la artista no ha cesado de perfeccionar sus acuarelas, que le han hecho ganar elogios de la crítica en las ocho exposiciones que ha realizado a partir de 1991, tanto en la capital de la república como en otras ciudades del país.

La última exposición tuvo lugar en la sala del Club El Nogal de Bogotá, donde alternó con Manuel de los Ríos, pintor de amplia trayectoria y cuyos cuadros han salido a distintos países. Antes se había presentado en la galería Skandia, otro sitio de renombre capitalino. Esto certifica el nivel profesional a que ha llegado la artista quindiana. Sus acuarelas, que tienen alta cotización en el mercado, han sido adquiridas con predilección por coleccionistas de Colombia y del exterior.

La armonía y vitalidad con que mues­tra la comarca quindiana a través de sus casas fascinantes, sus calles y caminos soñadores, sus horizontes sedosos y cie­los claros, penetrados de embrujo y so­siego, cantan el poema de su tierra y enaltecen los prodigios del arte. Ella na­ció para ser retratista de paisajes e intér­prete de las tradiciones de sus antepasados.

Pinta la realidad del ambiente con pin­celadas de magia. A la vetusta vivienda sostenida entre tablones y guaduas; a la calle empedrada que se niega a desapare­cer; al balcón abandonado que conoció de amores y confidencias, les pone alma y colorido y encanto.

Los macizos porto­nes y contraportones, las chambranas invencibles, los amplios corredores con sus añejas barandas de maderas primiti­vas, las gruesas paredes que han carga­do con varias generaciones, todo parece detenido en el pasado y en el recuerdo para testimoniar la validez de la cultura antioqueña, que es la misma caldense, risaraldense y quindiana.

Por los caminos abiertos del Quindío, que ayer fueron de nutridas arrierías y deleitosas posadas camineras, y hoy son de pavimento, velocidad y modernismo, camina una artista de la propia tierra (que nada tiene que inventarse) detrás del legado arquitectónico que le confiaron los tiempos idos. En sus cuadros cobra vida la arquitectura de la región cafetera –que ha sabido preservarse a pesar de la me­tamorfosis de la convulsa época actual–, y se recupera el ámbito quindiano como una herencia irrenunciable.

Entre luces y contrastes, entre placideces dormidas y realidades placen­teras,  Diana María Ortiz Jaramillo cons­truye y reconstruye, en sus acuarelas de vida y recordación, el hogar de sus mayo­res.

La Crónica del Quindío, Armenia, 26-VI-1996.

 

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Los 100 libros de Villegas Editores

viernes, 16 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Han llegado al primer centenar los libros ilustrados que edita Villegas Editores sobre los más variados temas de la vida colombiana. Obras maravillosas por su alta calidad gráfica y literaria. Esta colección, que nació en forma silenciosa en el año de 1973, recoge el alma del país en múltiples y encantadas imágenes que no sólo deslumbran los ojos y el corazón de los colombianas sino que le dan la vuelta al mundo como mensaje vivo de nuestra idiosincrasia.

Al frente de esta labor colosal, cuando desde otros frentes se empaña y se deshonra el nombre de Colombia, existe un quijote que entiende su vocación artística como compromiso con su patria y se ha dedicado a esparcir a todos los vientos, como manojos de esperanzas, una siem­bra constante de cosechas que recor­darán a las futuras generaciones que el nuestro es un país lindo.

Se trata del arquitecto Benjamín Vi­llegas, consagrado durante 23 años de producción editorial a extraer las raíces de nuestra identidad histórica. Tal vez en sus comienzos no pensaría él que su sueño se tornara centenario, una manera de definir la persistencia y los alcances de los hechos grandes. Benjamín Villegas, desde que inició su empresa editora, no se ha detenido en su em­peño de desentrañar nuevos filones ar­tísticos dentro de su colombianismo in­curable.

El título Atavíos corona la meta de estos cien volúmenes de gran formato que se han convertido en una lección constante de Colombia. Este volumen, que cuenta con el patrocinio del Banco de Colombia, otra empresa tan arraigada en la con­ciencia del país, ofrece un panorama pro­vocador sobre lo que pudiera llamarse modas atávicas de los colombianos, pre­sentadas por una corte de modelos que parecen extraídos de la misma entraña de la naturaleza.

Las prendas de vestir, artesanías, joyas y accesorios diversos con que se representa una cultura –o mejor, muchas culturas–  arrancan desde los tiempos prehistóricos y rescatan las raíces indígenas de la na­cionalidad. Es la propia raza colombiana, encarnada por bellas y enigmáticas mujeres que, con su desnudismo lla­meante y exhibiendo prendas singulares, muestran la evolución de los tiempos y el colorido de la riqueza artesanal del país.

No hay libro de Villegas que no lleve implícito un cuadro de costumbres. Cuando el tema se recrea en la flora, o en las mariposas, o en las casas coloniales, o en las fiestas de los pueblos, o en las casas campesinas, en todos se dibuja un espacio de nuestras costumbres y manera de ser.

Portentoso y admirable y embrujado este viaje por cien motivos de la patria ancha y espectacular que un día, hace 23 años, comenzó a rescatar, con lente artística y alma poética, un ena­morado de la tierra, las tradiciones y el alma colombianas.

Benjamín Villegas y su equipo de fo­tógrafos, artistas y asesores saben hacer patria.

El Espectador, Bogotá, 11-XI-1996.
La Crónica del Quindío, 19-XI-1996.

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El arte de Villegas Editores

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Las maravillosas ediciones salidas en los últimos días de Villegas Edi­tores se convierten en mensajes navideños del mejor arte co­lombiano, que envidian los paí­ses más avanzados del mundo. Los libros de esta casa, tanto por la calidad de los textos co­mo por su preciosismo fotográ­fico y maestría editorial, conquistan altas ponderaciones en Colombia y en el exterior.

Son libros que se hicieron pa­ra fascinar los ojos y embrujar el espíritu. El arquitecto e his­toriador Germán Téllez ofrece en Casa Colonial un viaje por las ensoñadoras construccio­nes de los siglos XVI, XVII, XVIII y comienzos del XIX, captadas con lente mágica y analizadas con rigor académico. El editor magnífico, Benjamín Villegas, que también es arquitecto hu­manista, proclama en las pa­labras del prólogo que «más que un espacio en el mundo, una casa es un espacio en el co­razón».

Otro libro que rescata las ve­tustas edificaciones sembradas en todo el país como legado del ayer romántico es Casa Republicana, la bella época en Colombia, con inves­tigación y textos generales del arquitecto Alberto Saldarriaga Roa, y el aporte de Antonio Castañeda Buraglia en la fotografía principal. Es testimonio de la arquitectura y decoración que siguieron a la independen­cia de España en 1819, donde se rompió el período del régimen colonial. Se muestra aquí la capacidad del país para crear originales conceptos de invención cultural.

El libro Fiestas, celebraciones y ritos en Colombia, cuyo texto lo escribe la antropóloga Nina S. de Friedemann, autora de vastas investigaciones, y la fotografía general la elabora el geólogo y reportero gráfico Jeremy Horner, es un recorrido por los carnavales y fiestas de que son tan ricas las regiones colombianas. Los ritos, cele­braciones e imaginerías locales obtienen la vistosidad del arte que sabe plasmar los dis­fraces, las máscaras, las danzas y expresiones de un pueblo que ríe, se contorsiona y reza en vibrante canto a la vida.

Observando la multitud de oficiantes del jolgorio, que unas veces es sagrado y otras pro­fano, parecen escucharse los sonidos de guabinas, bundes, vallenatos y músicas negras que salen de lo más profundo de la entraña popular. Este libro recoge una muestra alegre de legítimo folclor.

Los países andinos desde el satélite, cuyos textos son de L. Enrique García, Gustavo Wilches-Cháux y Olivier Bernard, es obra fantástica, que por lo mismo parece irreal. Es el primer trabajo de esta índole que se publica en el mundo. Tamaña tarea la de captar a 830 kilómetros de la superficie de la Tierra, a través del satélite Spot francés, los países que componen la región andina. La realidad visual de los Andes aparece en imágenes curiosas, pero con medidas exactas –gra­cias a los modernos sistemas de computación– y permitirá a los científicos adentrarse cada vez más en el globo terráqueo y aportar nuevas ideas para la interpretación de los fenóme­nos geográficos.

A Benjamín Villegas le debe Colombia estos pasos audaces que presentan una dimensión diferente del arte editorial.

El Espectador, Bogotá, 29-XI-1995.

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Una jornada en Macondo

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El fotógrafo alemán Hannes Wallrafen, de 44 años de edad, no cuenta en el libro de fotografías que acaba de publicar –con el patrocinio de Gavicafé y el sello editorial de Villegas Editores– cómo nació su pasión por la obra de Gabriel García Márquez. Sólo sabemos que como fotógrafo documental se lanzó en 1976 a recorrer el mundo, llevado por su arte y su imaginación, y que entre  1988 y 1991 realizó tres viajes a nuestro país que aprovechó para entender el clima mítico de los pueblos macondianos y plasmar escenas que pudieran traducir los pasajes que más lo habían impactado de los libros leídos.

Habrá que deducir que desde su lejana geografía se sentía seducido por el enjambre fantástico de mariposas amarillas en eterna proliferación; de seres increíbles con cola de cerdo; de mujeres huidizas en perfecta levitación; de buques fantasmas y soledades milenarias; de coroneles silenciados y patriarcas inmortales; de fijodalgos adúlteros y plebeyas pecadoras, en medio de la explosión de Úrsulas, Amarantas, Arcadios, Ferminas… y Buendías de múltiples generaciones.

Hannes le tomó la temperatura al ambiente caribeño después de entrar por las tierras sedientas de Aracataca, Ciénaga, Mompox, la Guajira y Cartagena, sitios ideales para seguir los duendes de la creación hechizada que buscaba desentrañar.

Bien sabía el fotógrafo que Macondo no era un pueblo sino una ficción. Una alegoría, un territorio onírico, y no un lugar geográfico sujeto a deformaciones y mentiras. Macondo era un estado del alma, y por consiguiente no se podía fotografiar con placas comunes y corrientes.  A la lente había que ponerle poesía y sor­tilegio para que captara la atmósfera alucinada. Y lo consiguió.

Cuando el novelista vio las imágenes fotográficas creyó hallarse ante una de las recónditas fantasías. Así describe su sorpresa: «Sufrí una rara con­moción cuando Hannes me las mostró, bajo el sopor de los calores de marzo, en una destartalada oficina de Cartagena de Indias. No encontré ninguna imagen igual a las que sustentan de algún modo mis novelas, y sin embargo, el clima poético era el mismo».

Al universo literario de Gabriel García Márquez le resultó, sin que él lo hubiera buscado ni presentido, un retratista de almas. Era lo que le faltaba al realismo mágico patentado en su obra. Quizá, ahora sí, se anime el escritor a permitir una versión de Cien años de soledad para el cine, aventura que no ha querido correr por la dificultad de que alguien, que no sea él mismo, sepa inter­pretar los personajes. Si un fotógrafo lo hace, también lo haría un experto director del arte cinematográfico.

Las espléndidas fotografías que pre­senta Hannes Wallrafen valen por sí so­las. Y compaginadas con textos de los libros, adquieren otra personalidad. Sea­mos precisos: se volvieron macondianas, es decir, intemporales.

La Crónica del Quindío, Bogotá, 12-XI-1995.
Prensa Nueva Cultural, Ibagué, octubre de 1995.

 

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La pintora Graciela Gómez

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

La exposición de pintura de Graciela Gómez –en el Sena­do de la República, que fina­lizó en días pasados– me hizo descubrir la obra maravillosa de esta colombiana a quien su propia tierra ha dejado de brindarle el reconoci­miento que merece por su tesonera y brillante labor, mientras en dis­tintos países de América y de Euro­pa su nombre despierta hondas simpatías. Esto demuestra, una vez más, que no sabemos valorar ni estimular el talento colombiano, y además somos sordos a los aplau­sos que en otras latitudes se tributan a nuestros artistas.

Graciela Gómez ha visitado 24 países en función de su arte, ha presentado 62 exposiciones individuales y ha participado en 30 colectivas. El 15 de febrero próximo asistirá en Hungría, por espacio de un mes, al simposio de artistas europeos que se llevará a cabo en Debrecen (región de Hortobagy), donde es la única invitada de América. En septiembre atenderá otro compromiso similar en la capital de Bélgica.

He tenido la suerte no sólo de admirar su producción de los últimos años, sino de enterarme, a través del exquisito libro que le publicó Italgraf en 1984, de los inicios de su carrera, de sus primeras luchas y de su irrevocable vocación artística. Leyendo estas páginas me he encontrado con la sorprendente niña prodigio que a los 11 años de edad se ganó una beca para estudiar pintura, que no pudo aceptar por ser apenas una niña; y que a los 14 años hacía su primera exposición en La Biblioteca Nacional ante un público incrédulo.

La presentó el poeta Hugo Salazar Valdés, que halló en ella, a pesar de su corta edad, «el verbo de su paleta, la diafanidad de su pulso, la verdad del mundo de sus sueños». Y pro­clamó que se trataba de un gran talento.

Desde entonces –y han corrido 40 años– Graciela Gómez no se ha detenido en su mundo creador, hasta consolidar una obra inmensa, siempre en permanente combustión, aplaudi­da en los escenarios mundiales de la fama. Ella misma, en uno de los tantos pensamientos elaborados en sus momentos íntimos, y que ador­nan (porque además tiene innega­bles dotes de escritora y poetisa) las páginas del libro atrás citado, define así la fuerza de su espíritu: «Dame un mundo y os daré formas, dame un cielo y os daré nubes, pero dame ilusiones y os entregaré la vida en un perenne juego de luces».

En los trazos vigorosos de sus figuras, y sobre todo en los rostros y la anatomía con que pinta las mujeres de su universo alucinado, hay algo que cautiva y son las líneas inconfundibles de su estilo. Ella ha implantado, al igual que Armando Villegas, el sello peculiar que hace distinguir su pintura de cualquiera otra. En esos rostros desmayados, donde lo irreal juega con lo sensual, y lo corpóreo con lo espiritual, se sorprenden hilos misteriosos de nostalgia y arrobamiento, de soledad y tristeza, de abandono y al propio tiempo de serenidad, de ritmos voluptuosos y recónditas cargas emocionales. En sus mujeres hay presencias y lejanías, dolor y ensueño, tragedia y misticismo.

La pureza del alma alterna con la voluptuosidad de la carne, y crea en los ojos y en la imaginación del espectador un enjambre de líneas sinuosas, de arabescos en fuga, de volutas im­precisas, donde en definitiva es la mujer plena quien emerge, con la poesía del color y el lirismo surrea­lista, por entre las luces del sublime arte pictórico.

*

Me detengo en las formas femeni­nas por ser la mujer el tema preferi­do, y en el que más se realiza, de esta maestra de lo subjetivo que ha sabido mover su alma entre tonos vibrantes y emanaciones febriles. La mujer es para ella flor y fruta, aire y paisaje, pasión y éxtasis. Su arte (la mujer así concebida) se derrama en la naturaleza y crea flores exuberantes y sugestivos con­tornos ecológicos. Una vez, ansiosa de la patria en lejano país, suspiró por Colombia en esta anotación que refleja la ansiedad del retorno: «Ne­cesité del paisaje de mi tierra y del tiempo detenido en las tapias de los pueblos; necesité del cielo gris y del verdor de la sabana».

Y aquí vuela, de temporada en temporada, para seguir consumida en su arte, en su perenne sinfonía inconclusa. Ojalá los colombianos descubran que ella es nuestra.

El Espectador, Bogotá, 24-XII-1993

 

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