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Las desventuras de Jorge Isaacs

jueves, 29 de junio de 2017 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La vida de Jorge Isaacs estuvo marcada por el infortunio. La gloria obtenida con María, que cumple 150 años de editada, se vio opacada por una cadena de adversidades que no le permitieron disfrutar a plenitud las mieles de ese suceso extraordinario. María está considerada una de las obras hispanoamericanas más destacadas del siglo XIX.

Sus primeros años los pasa en el campo, y este hecho determina el paisaje de la novela. A los 11 años inicia sus estudios en Bogotá, y 4 años después regresa a Cali. A los 17 años lucha en el Ejército contra la dictadura de José María Melo. En esa época la situación económica de su familia registra grave deterioro.

A los 23 años se enrola en el Ejército del gobierno conservador de Mariano Ospina Rodríguez, contra quien se rebela el general Mosquera. Al año siguiente muere su padre, de quien hereda sus bienes, afectados por deudas onerosas. A los 32 años renuncia al Partido Conservador y se matricula en el radicalismo liberal.

Desempeña importantes cargos en la vida pública: representante al Congreso,  cónsul en Chile, subdirector de Instrucción Pública del Estado Soberano del Cauca, secretario de Gobierno y de Hacienda del mismo Estado, secretario de la Comisión Científica, presidente de la Cámara, director de Instrucción Pública del Tolima.

A los 27 años se vincula a los trabajos del camino de herradura entre Buenaventura y Cali, y es atacado por la malaria, que nunca lo abandonará. En desarrollo de sus expediciones se desplaza por otros sitios inhóspitos y malsanos, como Chocó, la Guajira, la Sierra Nevada de Santa Marta, el golfo de Urabá, las riberas del Magdalena. “Trabajé y luché –dice– hasta caer medio muerto por obra de las fatigantes tareas y del mal clima”.

En Medellín dirige el periódico radical La Nueva Era, que combate a Núñez y a los conservadores. Allí se declara en rebelión y se proclama jefe civil y militar del Estado Soberano de Antioquia, situación que solo dura 2 meses. En el Urabá descubre yacimientos de hulla, y el Gobierno le otorga permiso para explotarlos. Pero no tiene éxito.

Trabaja en 2 novelas: Fania y Alma negra (llamada antes Camilo), en las que pone mucha ilusión, pero quedan inconclusas. Sus últimos años, en Ibagué (1888-1895), enfermo, pobre, cansado y frustrado, son de abandono y tristeza. Dispone que sus cenizas sean enterradas en Medellín. “Mucho amo al Cauca –declara–, aunque es tan ingrato con sus propios hijos”.

Un año antes de morir, le escribe a un amigo: “Usted y Juancho Uribe hablan de mi casa a orillas del Combeima. Ninguna poseo. Desde 1881 mi familia ha vivido en casas pobres y alquiladas, míseras a veces”. Este mismo dolor se manifiesta en su carta inédita que revelé en El Espectador, en 1984, y que me fue confiada por Alfonso Meza Caicedo, director de la Caja de Compensación de Palmira.

Aunque se da como lugar de su nacimiento (1° de abril de 1837) a Cali, no es descartable que pueda ser el Chocó, donde se casaron sus padres. Él no precisó este hecho, y se limitaba a decir que era hijo del Estado Soberano de Cauca, al que pertenecía la provincia del Chocó.

Muere en Ibagué a la edad de 58 años, el 17 de abril de 1895. El 21 de noviembre de 1904 se exhuman sus restos, y llegan a Medellín el 22 de diciembre, donde reposan desde entonces, hace más de un siglo.

El Espectador, Bogotá, 23-VI-2017.
Eje 21, Manizales, 23-VI-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 25-VI-2017.
Mirador del Suroeste, Medellín. n.° 65, julio/2018.

La heroína de Jericó

miércoles, 4 de noviembre de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La telenovela de Caracol sobre la madre Laura me despertó el deseo de conocer con mayor precisión la vida de la primera santa que ha tenido Colombia. Y adquirí su autobiografía, publicada en 2013 por Cuéllar Editores, que da una visión amplia sobre las luchas de esta mujer intrépida. Ella desafía toda clase de obstáculos hasta dejar instituida la congregación misionera que se extiende hoy por varios países de América, Europa y África.

Laura Montoya Upegui nació en Jericó (Antioquia). Tenía muy corta edad cuando su padre fue asesinado, y saqueados sus bienes, dentro de las convulsiones de la época. La familia se sostiene, en medio de enorme pobreza, con lo poco que gana la mamá como maestra. A Laura le confían en su edad adolescente el manejo de una casa de locos en Medellín, hecho que pone de manifiesto su capacidad directiva y su sensibilidad humana. Más tarde sigue el mismo camino de su mamá e inicia su peregrinaje escolar por distintos pueblos de la región.

Un día siente el primer llamado a la vocación misionera. Conoce el estado de miseria  en que viven los indígenas de Dabeiba, y deseosa de ayudarlos, convence a varias amigas para viajar a dicho territorio con el fin de hacer contacto con ellos. La tarea es azarosa, pero la suerte de los necesitados conquista sus entusiasmos.

Deben enfrentar grandes dificultades en la travesía, pero no desisten de su empresa.   Laura alienta a sus compañeras para que no se dejen vencer por los escollos, entre los que se encuentran el peligro de las selvas, el ataque de las fieras y de las endemias tropicales, la falta de recursos e incluso el rechazo de los indígenas.

A su paso por los caseríos tropiezan con la aversión de la gente y de las autoridades. Nadie entiende el sentido de esas mujeres solas que predican la solidaridad humana.  Son, quizás, brujas o chifladas, que ambos calificativos les caben. El mayor tropiezo lo ofrecen los propios sacerdotes asentados en la región, que se niegan a apoyarlas.

Su vida posterior será un choque constante con sacerdotes y jerarcas de la Iglesia católica, quién lo creyera. Cuando trata de fundar sus casas y explicar su evangelio, se interponen estorbos inauditos, enredos mayúsculos, mala voluntad, en suma, para dejarla actuar. Se defiende como una tigresa, pero en ocasiones le flaquean las fuerzas. Varias veces se agrava su salud, pero luego se levanta y sigue adelante.

Debe tenerse en cuenta que su ciclo vital (1874-1949) se movió dentro de una de las épocas más violentas de la vida colombiana, marcada por el sectarismo partidista y clerical que desencadenó continuas guerras civiles durante el siglo XIX. Y produjo días turbulentos, como la guerra de los Mil Días, que dejó una cifra cercana a los cien mil muertos.

Desde el púlpito, la Iglesia ejercía militancia en alianza con los conservadores y en contra, claro está, de los liberales. Eran los días en que los clérigos afirmaban que el liberalismo era pecado. Al margen de la cuestión política, era empecinada la oposición de miembros de la Iglesia para el avance de las misioneras, quizás porque existía mayor interés en la expansión de los carmelitas y los eudistas.

Desde Santa Rosa de Osos el obispo Miguel Ángel Builes dejaba sentir su voz tonante. Él se consideraba tutor de la jerarquía eclesiástica.  Y fue el mayor enemigo de Laura. Frenaba sus proyectos y ponía en duda su apostolado. No le permitía un minuto de paz. Incluso, quiso sacarla de la comunidad. En sus memorias, Laura comenta la crueldad con que el obispo empujaba a las religiosas hacia la destrucción de su obra.

Aun así, la monja infatigable no se detiene. Visita numerosos sitios, sobre todo los ubicados en zonas habitadas por las etnias indígenas. En 1924 pasa por Soatá, mi pueblo natal, pernocta en Tipacoque y llega al páramo del Almorzadero, desde donde divisa las tierras inhóspitas del Sarare, el destino final de esta correría. En 1930 llega al Quindío, en ruta hacia Buenaventura, donde tomará el barco que ha de llevarla a Roma. Allí acredita toda la documentación sobre su comunidad.

Corrido el tiempo, le solicita una audiencia al obispo Builes para pedirle perdón, si acaso lo ha ofendido, y él le responde (en palabras textuales tomadas de la autobiografía): “¡Eso nunca! Jamás le perdonaré ni olvidaré lo que tengo que sentir de usted” (…) “¡No le perdono! –me repitió– y le aseguro que usted todavía no ha comenzado a experimentar los efectos de mi indignación, espérelo porque seré inexorable. ¡No le perdono! ¡No! –me dijo con un acento de verdadero furor–”.

En 1939, el presidente Eduardo Santos la condecora con la Cruz de Boyacá. En el 2012, el papa la declara santa. No es, por supuesto, la misma Iglesia del obispo Builes. Por otra parte, es escritora amena y prolífica (¿de dónde sacó tanto tiempo?), con cerca de veinte libros publicados. Y es una de las grandes heroínas de la vida colombiana.

El Espectador, Bogotá, 30-X-2015.
Eje 21, Manizales, 30-X-2015.
Mirador del Suroeste, n.° 57, Medellín, mayo de 2016.
Aristos Internacional, n.° 17, España, 15-III-2019.

* * *

Comentarios

Yo también vi la telenovela y me pareció muy buena, en parte porque desconocía todo sobre el personaje. Algo inaudito es la actitud anticristiana del monseñor ese, un godo retrógrado a quien buena parte de los paisas casi veneraban. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Mi condición de librepensador me permite aceptar o no las decisiones de la religión que profeso. Mis santos preferidos son san Francisco de Asís, san Pedro Claver y ahora la madre Laura, por su humildad y sincera vocación de servicio a los más desvalidos. Falta la canonización de la madre Teresa de Calcuta, otro ser excepcional. Históricamente se dieron casos de elevación a los altares de personajes cuyos méritos son discutibles, como Juana de Arco, Luis XV y, más recientemente, monseñor Escrivá de Balaguer. Y, para «cuadrar el círculo», la godarria antioqueña anda tramitando la santidad de monseñor Builes, para quien la madre Laura era una «solterona socialista». José Jaramillo Mejía, Manizales.

Me alegra leer sus comentarios verídicos sobre quien, para mí, es una persona “iluminada”. Todas sus actitudes la pintan con una comunicación tan directa con Dios, una interpretación tan pura de los Evangelios, que muy pocos las han tenido, incluyendo religiosos, obispos y hasta papas. Aníbal Peláez Arango, ingeniero forestal.

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La vida amorosa de Bolívar

lunes, 10 de agosto de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Eduardo Lozano Torres, autor del libro Bolívar, mujeriego empedernido, editado por Intermedio Editores, se apasionó desde muy joven por la vida del Libertador. En el bachillerato de Tunja los jesuitas le enseñaron muy poco sobre él y dejaron de lado importantes aspectos sobre sus vivencias guerreras, políticas y humanas.

Ya en la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá, donde estudió Biología, se le despertó el ansia de leer cuanto texto le fuera posible acerca del prócer, al que muchos elogiaban y otros detractaban. Y notó que los historiadores omitían referirse a sus ardientes episodios amorosos, quizás para no desmitificar al héroe y hacerlo aparecer como un ser frívolo. Ese era un Bolívar incompleto.

A Eduardo Lozano, por el contrario, le interesó el Bolívar humano, dotado de alma romántica y sensual y lleno de pasiones, flaquezas y delirios, que no solo soñaba con la libertad, y para conseguirla acometía inauditas acciones bélicas, sino que hacía de la mujer el mayor estímulo de sus andanzas mundanas.

Desde entonces el estudioso de Bolívar se dedicó a descubrir sucesos ocultos en las páginas de historia y a indagar aventuras recónditas que solo podrían dilucidarse tras paciente escrutinio. El biógrafo gastó año y medio en la confección final de su libro, pero en realidad la obra es producto de toda una vida de compenetración con la figura mayor de la Independencia y el rastreo de su personalidad erótica.

De manera seria y documentada, Cornelio Hispano devela secretos parciales del Libertador en el libro Historia secreta de Bolívar, su gloria y sus amores, publicado por primera vez en la década del 40, y reeditado por Editorial Bedout en 1976. El mismo autor había publicado en París, en 1912, el Diario de Bucaramanga, de Luis Perú de Lacroix, el testimonio más auténtico que existe sobre el Libertador.

Con un enfoque hacia su progenie, aspecto que los historiadores no se atrevían a tocar en forma franca y precisa, en 1992 publica Antonio Cacua Prada el libro Los hijos secretos de Bolívar, que se convirtió en novedad bibliográfica por algunas revelaciones ignoradas que salían al aire. Ahora llega el texto de Eduardo Lozano que amplía la historia.

Es preciso anotar que sobre esta materia han surgido a través del tiempo diversas especulaciones y datos vagos o inciertos. Algunos sucesos relatados, a pesar de que se presentan como reales, resultan dudosos por falta de pruebas contundentes. De todas maneras, se han rescatado no pocos capítulos de la intimidad de este seductor y amante frenético, muchas veces temerario por los riesgos que encaraba.

Esta fibra le imprimía vitalidad para el quehacer cotidiano, fuerza para el combate, ánimo para la lucha y la conquista, incitación para el ensueño y el ideal. Como dice Eduardo Lozano, Bolívar siempre tenía una mujer a su lado. Sin ella, le hubiera sido intolerable la existencia. Apenas en edad adolescente, se casa, muy enamorado, con María Teresa Rodríguez del Toro, 2 años mayor que él. Fue un matrimonio efímero, que solo duró 8 meses. Viudo y decepcionado cuando apenas comenzaba a vivir y gozaba de plena felicidad, prometió no volver a casarse. Y lo cumplió.

Desde entonces vendría la cadena de mujeres fugaces, la mayoría poseedoras de grandes encantos, a quienes seducía con el poder de su talante viril y concupiscente, y luego abandonaba. No sentía amor, sino placer físico, y eso le bastaba. Su verbo galante y su estampa sugestiva eran armas poderosas para la conquista fulminante. Algunos romances tenían mayor duración, e incluso le dejaron bellos recuerdos, pero bien sabía él que en su alma estaba clausurado el amor duradero.

Su vida entera estuvo marcada por el fulgor y la resonancia del relámpago, que nace para estremecer y muere para aquietar. Es la línea vertiginosa que va de la perturbación a la quietud. La quietud también es permanencia. Ese es Bolívar: un resplandor, en medio de la tempestad, que se quedó en el tiempo.

Manuelita Sáenz fue la amante más extensa y más trascendente, más sensual y más leal, a la vez que más controvertida, de las muchas mujeres que compartieron la pasión amorosa de Bolívar. También fue su aliada valerosa en las epopeyas bélicas –como que ella misma era una guerrera y una estratega frente a los enemigos implacables del Libertador–, y esto contribuyó, sin duda, a afianzar –y asimismo inmortalizar– la relación afectiva.

Buen aporte el de Eduardo Lozano a la historia bolivariana. La investigación histórica lo apasiona, y esto se traduce en otros dos textos valiosos, también de Intermedio Editores: La caja de Pandora y el Diccionario de mitología griega y romana.

El Espectador, Bogotá, 7-VIII-2015.
Eje 21, Manizales, 7-VIII-2015.
Mirador del Suroeste, Medellín, N.° 56, diciembre de 2015.

Comentarios:

Regresan a la memoria los madrugones sabatinos a las maravillosas clases universitarias de Historia de Colombia del profesor Alberto Miramón, de la Academia. Fue la primera vez que escuché sobre “Bolívar apasionado”, y el profesor terminaba el tema hablando de Manuelita, la más importante, por supuesto, con tres etcétera, etcétera, etcétera… y las llamó “las 3 etcéteras de Bolívar”. Marta Nalús Feres, Bogotá.

¿Será real o producto de la chismografía de la época la historia de que la rivalidad entre Bolívar y Santander se inició con los romances que los dos sostenían con las hermanas Nicolasa y Bernardina Ibáñez, que Bolívar no respetó y le echó los perros a su cuñada? Otro correo de las brujas asegura que Sucre, que era apolíneo, le arrastraba el ala a Manuelita y que ella no le era indiferente. Comentadoj(correo a El Espectador.com). Respuesta. Dice el autor de la obra que comento: «Hay quienes sostienen que la enemistad de Bolívar y Santander tuvo su comienzo en los celos de este último con el Libertador por Nicolasa». El otro caso, el de Sucre con Manuelita, parece estar en el campo de la especulación. GPE

Habrá que leer el libro sobre Bolívar. Al fin y al cabo todos somos humanos y como bien lo dijo el papa Francisco: «Quién soy yo para juzgar a mi prójimo». Luis Quijano (colombiano residente en Estados Unidos).

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Pinceladas

miércoles, 12 de noviembre de 2014 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar

 El último cargo eclesiástico ejercido por monseñor Fabián Marulanda López, oriundo de Marulanda (Caldas), fue el de secretario general de la Conferencia Episcopal Colombiana (2002-2009). Antes había sido párroco en Ibagué, profesor del Colegio Tolimense y del Seminario Mayor de Ibagué, obispo en Florencia (1989-2002). Hizo sus estudios religiosos en el Seminario de Ibagué, y de especialización en catequesis pastoral en Santiago de Chile, Universidad Javeriana de Bogotá, París y Roma.

Ahora, en la época de retiro forzoso, ha publicado el libro Pinceladas de ayer y de hoy. Lo leí en un par de días. Excelente obra. Comienzo por la carátula: el árbol frondoso, de flores amarillas, tronco fuerte y ladeado sobre el paisaje, se me ocurre que muestra un atardecer reposado y poético. El atardecer de la vida. Buen símbolo para representar el propio atardecer del autor, que en esta etapa de su florida existencia se detiene a escribir unas pinceladas sobre su tránsito familiar y sacerdotal, y a meditar sobre diversos temas, de índole religiosa y social.

Tengo algunas cosas para resaltar de mi detenida lectura del libro. En primer lugar, la sencilla y amena descripción que hace del entorno familiar, que se movió en un ambiente de sanas costumbres y firmes principios cristianos. Maravillan el esfuerzo y el empeño de sus antepasados por formar una familia laboriosa, ejemplar, útil para la sociedad. En las palabras de monseñor hay claridad, firmeza y convicción. En algunos pasajes aflora la gracia del estilo, incluso el fino humor.

Trata los temas sociales con pensamiento abierto hacia la evolución de estos tiempos caóticos y la crudeza de los problemas en boga, tan agudos en esta era de distorsión moral. A la Iglesia la sitúa como la barca fuerte que resiste tempestades y debe, a la vez, aportar soluciones para las angustias del hombre contemporáneo.

Me agrada el consejo que le hace al padre Llano en el sentido de no poner en tela de juicio asuntos dogmáticos de la religión, a la vez que no comparte la censura (grave castigo, en el caso del lúcido y penetrante escritor) que ejercieron los superiores del jesuita al prohibirle continuar escribiendo su columna periodística. Esto es un atentado contra la libertad de expresión.

En los varios artículos sobre el papa Francisco sabe dibujarlo de cuerpo entero. En ellos está al vivo la personalidad modesta y trascendente de este gran timonel de la Iglesia, cuyas pautas sobre los asuntos más corrientes del comportamiento humano dejan lecciones de gran significado. Se destaca la manera auténtica, independiente y valerosa como el autor enfrenta algunos dilemas del mundo actual.

Son escritos para meditar. Varios de ellos están manejados por la sensibilidad y la ternura, como el de la niña de diez años que viaja sola, en la silla de un avión, hacia Estados Unidos, y por la novedad y la filosofía, como los que dedica a la sombra y a la cometa. Esto me hace recordar al estupendo cronista Luis Tejada. La parte fotográfica, maravillosa, tanto por recoger estampas certeras de los pueblos por los que transitó, como por la nitidez de la impresión. Crónicas que representan valioso legado para la familia y los amigos.

La Crónica del Quindío, Armenia, 9-VIII-2014.
El Espectador, Bogotá, 16-VIII-2014.

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Por los caminos de Dios y del mundo

viernes, 7 de noviembre de 2014 Comments off

En enero de 1962, recién concluido su bachillerato en Bucaramanga, Gloria Ortiz Rangel inició su carrera como terciaria capuchina. Y 10 años después se retiró de la vida religiosa. Los 2 primeros años corresponden a su formación para el apostolado elegido, y los restantes transcurrieron en los siguientes sitios: 1 en Armenia (Quindío), 2 en Manaure (Guajira) y 5 en Vaupés y Guaviare.

Los 7 años de servicio misional los pasó en contacto estrecho con las comunidades indígenas que pueblan los tres últimos territorios citados. Su mayor estadía fue en Villa Fátima (Vaupés), pequeño poblado perdido en lo más profundo de la selva, distante 4 horas por vía fluvial de Mitú, la capital, y 3 de la frontera con Brasil.

En esta zona tan alejada de la civilización y olvidada de la acción oficial, se lee en el letrero fijado en uno de sus aeropuertos, al darle la bienvenida al forastero: “Está usted en el lugar de la recreación de la sabiduría ancestral”.

Gloria Ortiz, compenetrada con su misión de ayudar a los seres más desprotegidos, encontró en su tránsito por estos lugares marginados, donde las miserias humanas adquieren signos en verdad dramáticos, el mejor camino para cumplir su vocación humanitaria. Entregada al servicio de Dios, entendió que allí se le llamaba como un bálsamo para aliviar los inmensos problemas y las tristezas sin fin de esta población condenada al abandono y el olvido.

Estaba en la tierra mítica del misterio, la inmensidad y la belleza, la misma que hizo exclamar a José Eustasio Rivera al escribir La vorágine: “¡Oh selva, esposa del silencio, madre de la soledad y la neblina!”. Y estaba en el territorio de gentes anémicas, carcomidas por el hambre y las enfermedades, y apartadas del ámbito civilizado por la ignorancia y la ausencia de la vida digna.

La misionera se dedicó en cuerpo y alma a proteger a los humildes que Dios ponía a su paso. Para hacerlo, empezó por comprender su cultura, su idiosincrasia, sus leyendas, creencias y mitos. Aprendizaje elemental para poder penetrar en el alma de los afligidos. Se volvió una indígena más, que todo lo compartía y lo captaba, que asumía riesgos y desafiaba tempestades, que montaba a caballo y cruzaba como ángel bienhechor por ríos y llanuras. Consumía las mismas comidas de los aborígenes y ejecutaba sus propias costumbres.

Con notable aptitud de liderazgo, lo mismo ante los pobladores de aquellas riberas castigadas por el infortunio, que ante sus superiores y compañeros de religión que admiraban su energía y capacidad de servicio, el nombre de esta monja laboriosa y entusiasta dejó su impronta en la selva. Conforme avanzaba en su labor social, vivía nuevas experiencias y más se familiarizaba con los ritos y tradiciones ancestrales, hasta el punto de que el hábitat selvático, con todo lo rudo y sufrido que puede ser, se tornó para ella amable y hospitalario.

Gloria había conocido en Bogotá al sacerdote Jesús Ortiz Bolívar, antes de embarcarse ambos hacia aquellas latitudes medrosas, y con él trabajó hombro a hombro por la redención de los nativos. Fue la suya una alianza perfecta bajo los postulados cristianos.

Ya los dos en la vida seglar, un día tomaron la decisión de casarse y proseguir en sus postulados de trabajo en bien de la humanidad. No quisiera yo preguntar a Gloria cuándo nació en ellos la llama del amor, si en la selva o de regreso al entorno ciudadano. Básteme proclamar que “el amor mueve el sol y las estrellas”, como lo afirmó Dante Alighieri.

Cualesquiera que hayan sido las características de su unión conyugal, es pertinente aseverar ante el lector de estos renglones que Gloria y Jesús constituyeron en la vida civil una pareja de total entrega a la misma causa social que habían ejercido en su actividad religiosa.

Jesús Ortiz sufrió dos percances mayores que afectaron su tranquilidad: uno, el robo de una cooperativa que había fundado para los pobres, y el otro, el secuestro de que se le hizo víctima en carreteras del Norte de Santander. Fue liberado a los 23 días, pero este hecho le produjo fuerte depresión, le afectó el corazón y es posible que le haya causado la muerte.

En 1995, 23 años después de haber dejado el convento, Gloria fundó en Bucaramanga el Hogar Geriátrico Plenitud, dedicado a la protección de la gente mayor. “Los abuelos son mi vida y mi razón de existir”, me confiesa. Obra admirable, en la que colaboraba el antiguo sacerdote con prácticas religiosas y el manejo contable, que ha soportado no pocas penurias, pero que subsiste gracias a la voluntad inquebrantable de su creadora. Y es Dama Gris de la Cruz Roja desde hace 28 años.

En este libro-testimonio, donde Gloria ha querido contar sus memorias de la selva en lenguaje llano, espontáneo y descriptivo, recoge además algunas reflexiones sobre la vida, el amor, el mundo y el pecado, el bien y el mal, que dejó escritas su esposo como legado de su recto obrar y pensar por los caminos de Dios y del mundo. Ambos recorrieron los mismos caminos y ahora van mancomunados en estas páginas como tributo a los principios rectores de sus vidas.

Y además, para que se cumpla una frase ingeniosa que Jesús Ortiz solía repetir como invitación al diálogo inteligente: “Hablemos para que conversemos”.

 Bogotá, 19-V-2014.

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