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Dos libros con alma quindiana

jueves, 21 de julio de 2016 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La escritora, periodista y educadora Gloria Chávez Vásquez, oriunda del Quindío, cumple 46 años de residencia en Estados Unidos. Allí ha publicado la mayoría de sus libros y de sus artículos de prensa. Ahora sale a la luz su novena obra, que lleva por título El libro de Yodín, y se puede adquirir a través de su página web.

En esta novela me ha despertado especial interés, como morador que fui de Armenia durante 15 años, encontrarme con el despegue del pueblo grande que era, hacia la ciudad moderna que llegaría a ser.

La protagonista repasa su familia, su barrio en formación, la vida social del pueblo, y trata de entender lo que le ha tocado vivir. Regresa a su adolescencia, evoca la naciente sensualidad, asiste al colegio de monjas, se acuerda de los muchachos enamorados, y en ese itinerario surgen veleidades, sueños y frustraciones.

Se construyen otras calles, aparecen personajes singulares, crece la familia, soplan nuevos vientos en el contorno. El pueblo comienza a borrarse, al tiempo que emerge la ciudad. Con la mutación y el progreso, con la irrupción del ruido y la alteración del sosiego, aumenta en Maribel “la necesidad de escapar a otra parte”. Palabras textuales que pintan una etapa de la vida de Gloria Chávez.

Novela de introspección, de vuelta al recuerdo, de arraigos y desarraigos, de buceo en la niebla y en la oscuridad, de apertura de otras dimensiones. Y también de identidad con la familia, ya que el libro está dedicado a sus ocho hermanos. En el éxodo de la patria chica anduvo lacerada la vida del inmigrante, que Gloria sufrió durante largo tiempo, hasta lograr la tranquilidad actual. Tranquilidad relativa en medio de la distancia de sus lares perdidos en las brumas del tiempo.

Leído el libro, me queda el sabor de la soledad que se percibe en Maribel. Para mitigar ese estado del alma, ella dialoga con el mago Yodín, espíritu que le susurra consejos al oído y le dicta sabias enseñanzas de vida.

* * *

En el Quindío ha nacido un nuevo escritor: Josué Carrillo, ingeniero geólogo de la Universidad Nacional y doctorado en la Universidad Técnica de Aachen (Alemania). En dicho país vivió durante largos años, y ha vuelto a su tierra nativa, donde en la edad dorada se revela como autor de tres libros de literatura: Memorias de un estudiante desmemoriado (2014), Un cuyabro en Alemania (2015) y Te acordás hermano qué tiempos aquellos y otras crónicas (2016).

Tuve la oportunidad de descubrir en el último de ellos a un prosista de estilo  ameno, ágil y descriptivo, que se solaza con la Armenia de mitad del siglo pasado y pinta a la maravilla sus modas y costumbres, entreveradas con el transcurrir de personajes singulares que marcaron la época.

Entre esos personajes está Vicente Giraldo, gran promotor del civismo y el progreso regionales. Una de sus empresas era Vigig, dedicada a la fabricación de arietes hidráulicos, trapiches y despulpadoras. Otra, la que elaboraba el champú Caspidosán Vigig, para eliminar la caspa, y el jabón Afeitol Vigig, para ablandar la barba. Sobre el primer producto, una propaganda decía: “Si no le cura la caspa, córtese la cabeza”.

En la Tipografía Vigig publicaron sus primeras obras los escritores quindianos. Y se editó Mi Revista, que bien puede considerarse la mejor del país en los años treinta. Yo conocí la colección completa que guardaba, con el mayor celo, mi amigo Mario Álvarez Maya, y escribí, entre agosto y septiembre de 1980, diez crónicas en La Patria de Manizales con el título La Armenia antigua, las que pueden consultarse en mi página web. Hoy casi nadie conoce la existencia de dicha revista.

Otro personaje que se airea en las páginas de Josué Carrillo es Euclides Jaramillo Arango, que nació en Pereira, y más tarde se radicó en Armenia, donde cumplió brillante labor como escritor, dirigente cívico y cafetero. Cuando alguien se mostraba indeciso para emprender un acto, Jaramillo Arango le decía, como empujándolo: “Hágalo, no se quede con la gana de hacerlo, que la vida es un quitadero de ganas”.

Sobre Evelio Quintero Villa, residente en Montenegro, dice que “fue una personalidad inclasificable y fascinante”. Era amante de la música y el arte, la poesía y las flores, y muy apasionado por la colección de guaquería que guardaba en su vivienda.

Desfilan actores de la vida pintoresca, como Repollito, que debía su nombre a su estatura de enana y era invitada de honor a las comparsas y las fiestas populares; o el “Conde del Jazmín”, o “Doctor Cuajada”, personaje entre excéntrico y fantástico, con toques de genialidad y locura; o el “Mocho” Jaramillo, que estacionaba su esbelto caballo frente al café “Destapado”, y la gente acudía a leer los anuncios de propiedad raíz que se anunciaban en el pescuezo, las ancas y los ijares del animal.

Y la “Ñata Tulia”, dueña de un renombrado burdel por cuya puerta penetraban con sigilo los notables de la población. Ella era muy complaciente con los jóvenes, a quienes enseñaba con generosidad las artes amatorias. En su honor, Alberto Gutiérrez Jaramillo, célebre por su chispa repentista y picante, escribió este soneto:

Era la «Ñata Tulia” un monumento / sin pedestal en mi ciudad, rescoldo / de un juego juvenil, vaso sin fondo, / lista al amor para cualquier momento. / Nos explicaba el sexto mandamiento, / y en la 50 levantó su toldo. / ¡Qué teatro era aquel! Mondo y lirondo / nadie la superó en sus movimientos. / De acuerdo al feligrés ella cobraba; / la tarifa no obraba en la premura / pues era Tulia la que más gozaba. / Todo Armenia recuerda su dulzura, / puesto que su portal lo traspasaban / ¡el notario, el alcalde y hasta el cura!

El Espectador, Bogotá, 15-VII-2016.
Eje 21, Manizales, 15-VII-2016.

Comentarios

En el meticuloso y acertado análisis de ambas obras, tanto la de Josué como la mía, ofreces a tus lectores lo mejor de nuestras intenciones. Muchas gracias por hacer las cosas tan bien hechas. Como decimos por aquí: haces la tarea. Y la haces a conciencia. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Me parece que se excedió; emplear la palabra escritor, tal vez sea demasiado pretensioso. Sin embargo, no deja de ser muy grato leer sus comentarios; aunque soy modesto, no dejo de recordar el “vanidad de vanidades” que dice el Eclesiastés del rey Salomón, y siento que con las palabras del artículo se ha inflado un poco mi ego. Créame que su opinión es un estímulo y me compromete a mejorar y a superarme en mi nueva ocupación de jubilado. Josué Carrillo, Armenia.

Interesante y provocador el libro del geólogo, no porque trae a recuerdo ese monolito inmarcesible del Quindío que fue, es y deberá ser Euclides Jaramillo Arango, sino porque les deja una huella a esos quindianos de hoy que creen que Vigig no existió poniendo granos de arena para que Armenia fuera lo que es hoy. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Con Josué Carrillo he tenido amistad desde que, siendo yo gerente de Empresas Públicas de Armenia durante el terremoto y la reconstrucción, con Josué ideamos la nueva estación de bombeo para la planta de Regivit y contraté con él los diseños para reforzar en concreto tres de los 21 túneles que traen el agua a Armenia desde la bocatoma, en La Playa (Salento), sobre el río Quindío. (Además de su amena pluma, tiene un verbo cargado de picaresca que resulta definitivamente entretenedor). Extraordinario el soneto del poeta Alberto Gutiérrez, quien fue un hombre excepcional, no sólo por su gran versatilidad para improvisar y su fino humor, sino por su visión como ingeniero. Armando Rodríguez Jaramillo, Armenia.

Aprecio tus enormes cualidades y condiciones de gran ciudadano y admiro al escritor que se llevó para siempre en su corazón al Quindío. Ojalá entre nuestros coterráneos existiera el sentido de pertenencia, la admiración y el amor que siempre ha demostrado en su obra literaria y sus columnas mi siempre apreciado Gustavo Páez Escobar. Jorge Eliécer Orozco Dávila, Armenia.

Respuesta. Muchas gracias, Jorge Eliécer. El Quindío sigue y seguirá vibrando en mi sentimiento. Gustavo Páez Escobar.

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lunes, 23 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Hace 45 años llegué a Armenia como gerente de un banco. El Quindío iba a cumplir 3 años de su separación de Caldas y había conquistado el título de “Departamento Piloto de Colombia”. El café era el nervio poderoso que movía la economía regional y aportaba una cuota importante para la prosperidad del país.

En los años 1975-1977 tuvo lugar la mayor bonanza cafetera que se haya visto y trajo consigo una lluvia de divisas para el país, con la consiguiente ganancia para los cafeteros. Así mismo, nació una ola de inflación que creó un estado peligroso bajo el impulso del dinero frenético que invadía todos los renglones de la economía.

Después llegó la destorcida del café. Para un territorio que siempre había dependido del café, la caída de su industria básica significó el peor desastre económico de su historia. En 1999 sobrevino el fuerte terremoto que afectó al Eje Cafetero y produjo los peores desastres en el Quindío. Armenia quedó destruida en buena parte. Pero en corto tiempo, y de manera sorprendente, se levantó de las ruinas e hizo surgir una urbe superior.

Mucha agua ha corrido bajo los puentes a partir de 1969, cuando llegué al Quindío. Y a partir de 1983, cuando regresé a Bogotá. De entonces a hoy muchas cosas se han modificado en el ámbito regional: la economía sufrió un enorme deterioro, los problemas sociales se desbordaron, la comunidad fue sacudida con la irrupción de Carlos Lehder y su nefasta época de los narcóticos y la corrupción. La gente lucha hoy por superar esta racha de reveses.

Lo único que no ha cambiado en el Quindío es la calidad de la gente. La amistad, la  hospitalidad y la simpatía son dones congénitos que no han podido desvanecer los tiempos adversos. La amabilidad del quindiano está pegada en el ambiente. Es su mayor presea. Esa fue la atmósfera humana vivida con mi esposa y los hijos durante los 15 años de permanencia en la región.

En estos días estuvimos de nuevo en el Quindío, con la familia ya aumentada, en gratísimo encuentro realizado en la Estación Paraíso, celebrando nuestros 50 años de matrimonio en compañía de un entrañable grupo de amigos quindianos. Pompilio, mi cantante inolvidable, me hizo recordar los viejos tiempos con la bella melodía Los libros. Qué vivificante resulta volver a la región y comprobar que los lazos del afecto están vivos.

Habrá cosas que se han marchitado, menos la amistad. El dinero y los bienes materiales pueden estropearse, mas no el alma. El sentido del retorno: reencontrarse con los rostros amigos, transitar por los antiguos caminos, volver a contemplar el verdor de los campos y el embrujo de los atardeceres, es un regalo que da la vida.

Mientras el avión remontaba las ensoñadoras campiñas, percibía yo, con nostalgia, la voz lejana de Carlos Gardel: Volver, con la frente marchita… / las nieves del tiempo / platearon mi sien. / Sentir que es un soplo la vida, / que veinte años no es nada, / que febril la mirada, / errante en las sombras / te busca y te nombra. / Vivir con el alma aferrada / a un dulce recuerdo / que lloro otra vez…

El Espectador, Bogotá, 15-XI-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 16-XI-2013.
Eje 21, Manizales, 15-XI-2013.

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Comentarios:

Bonita y nostálgica columna que le recuerda a uno que después del trasegar de la vida el balance realmente valioso es la familia, los hijos, los amigos, los buenos recuerdos y aquello en lo que pudimos ser útiles. Sky_Voyager (correo a El Espectador).

Fue muy significativo para mí el haber tenido la alegría de estar con ustedes en esa celebración tan emotiva y especial. Han estado siempre en mi corazón, razón por la cual comparto con sincera alegría todos sus momentos felices, fruto de los valores que los han mantenido unidos a lo largo de cincuenta años, y que les permitieron formar una familia admirable. Esperanza Jaramillo, Armenia.

Magnífico artículo. Por eso y por mucho más, a ti y a tu distinguida familia los hemos considerado quindianos ejemplares que motivan nuestro orgullo cívico. Óscar Jiménez Leal, Bogotá.

Muy lleno de sentimiento termina uno al leer esta página sobre Armenia y el Quindío. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.  

También siento nostalgia por el Quindío y particularmente por Armenia y por mi querido y centenario Colegio Rufino José Cuervo, donde finalicé bachillerato en 1951. En mis años mozos participé en la fundación del departamento y en la creación de la primera universidad, sucursal de la Gran Colombia. Colaboré con el desaparecido Diario del Quindío. Picapleitos (correo a El Espectador).

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Quindío musical

lunes, 23 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Buen aporte a la cultura del Quindío lo constituye el álbum musical titulado Directo al grano, que recoge veinte canciones del escritor y músico Libaniel Marulanda, oriundo de Calarcá, obra que acaba de ponerse en circulación con el patrocinio de la Gobernación del Quindío, la Secretaría de Cultura y el Fondo Mixto de Cultura del Quindío.

Son canciones que recrean diversos temas del acontecer regional, el paisaje y la  gente, y están interpretadas por Patricia Quiceno, Álvaro León, Carlos Rincón y Simeón Báquiro, bajo la dirección artística de Fernando Baena. Personas dotadas de talento y maestría en el arte musical. En tal carácter, han elaborado, junto con otros nombres vinculados a la confección del álbum, una cara amable de la región.

Propósito primordial de los autores y las entidades que impulsan esta realización es que el mensaje musical penetre, primero que todo, en los municipios de la comarca, como vínculo de identidad y amor por la tierra. La música es eso: alegría, enlace y motivación. No en vano Libaniel Marulanda es un referente de la vida local a través de sus crónicas, sus cuentos y sus artículos de prensa. Autor de las siguientes obras: La luna ladra en Marcelia, Al son que me canten cuento, Crónicas quindianas. Y de numerosas canciones.

Él es, por otra parte, crítico vehemente de vieja data sobre la música que se fabrica en el departamento. Sin dejar de reconocer la excelencia de algunas melodías, hace reparos generales sobre la rutina y la falta de originalidad y esmero de muchos autores que “han caído en clisés, frases copiadas una y otra vez y una precariedad en el ejercicio de la palabra”, según opinión suya. Agrega que buena parte de las canciones están dirigidas al paisaje, los amores campesinos y el costumbrismo, y de ahí no han salido. Son motivos que se repiten una y otra vez, con descuido del rigor literario y el nervio poético que deberían mover estos textos.

El álbum se sale de esa tradición y pone énfasis en el aspecto social. Al enaltecer el paisaje cafetero como un bien cultural de la región, con destellos en el mundo entero, se solidariza con el trabajador campesino, con sus faenas, alegrías y angustias, al tiempo que cuestiona el atropello de la minería y el menoscabo de los recursos naturales. En la canción Directo al grano, el mensaje musical pinta dicho horizonte y formula esta advertencia: “La minería a cielo abierto dará a la tierra muerte y dolor. Directo al grano sin muchas vueltas combatiremos su pretensión”.

Es el Quindío tierra fértil para el canto, el amor, la evocación y la nostalgia. La mujer es el centro musical por excelencia, que mueve el sentimiento de compositores e intérpretes. Muchas canciones adolecen de las fallas que señala el cronista de Calarcá, pero son la expresión de la misma tierra montañera. Recuerdo en Armenia los sitios amables que funcionaban en horas nocturnas, gratos para el calor humano  y la añoranza, donde las tertulias de amigos eran armonizadas con las “canciones de antaño”, las que nunca mueren y siempre se escuchan con emoción.

El álbum de Libaniel Marulanda y su gente entra a enriquecer el acervo musical de la comarca. Empeño valioso que encierra un propósito claro: afirmar el alma cafetera y propender por la superación del arte.

El Espectador, Bogotá, 7-XI-2013.
Eje 21, Manizales, 8-XI-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 9-XI-2013.
Festivalito Riotoqueño, No. 332, noviembre de 2013.

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Comentarios:

Muy buena reseña. Libaniel es un artista literario y musical, cuyos productos honran la región. Alpher Rojas, Bogotá.

Gracias por contarnos acerca de esta producción musical, arrancada de la entraña misma de las vivencias y el entorno. Inés Blanco, Bogotá.

Un abrazo de gratitud por esta solidaria nota, que me alienta a seguir ejerciendo un oficio que está herido de muerte por los mercachifles de la seudocultura populachera y envilecedora. Saludos y gracias en nombre de mis compañeros en esta aventura fonográfica. Libaniel Marulanda, Calarcá.

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El colapso del Quindío

sábado, 14 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

El agrólogo quindiano Armando Rodríguez Jaramillo, profundo conocedor de la vida y los problemas de su región, ha elaborado un juicioso y dramático análisis sobre la realidad que vive el Quindío a raíz de una serie de errores que se vienen acentuando desde la última década del siglo pasado y que hoy crean una caótica coyuntura de muy compleja solución.

Leído con toda atención el documento, al que su autor le ha puesto el título de “Algo hicimos mal, algo hacemos mal”, puede deducirse que la crisis que padece el departamento ha sido causada, sobre todo, por los malos gobiernos locales. Cuando existe liderazgo en las altas esferas de la administración pública es posible conjurar los tiempos adversos y enderezar el camino. Pero el camino quindiano, lejos de enderezarse, cada día se ha enredado más, hasta el punto de que han sido las propias estructuras políticas y sociales de la región las que han colapsado y dejado al garete el bienestar de la vida regional.

El estado actual de empobrecimiento del Quindío, el elevado índice de desempleo (que registra una tasa cercana al 18 por ciento, y que en el 2011 fue la más alta del país), el creciente analfabetismo (caso insólito en un departamento que en otra época mostraba lo contrario), la falta de productividad, el deterioro o el retroceso de los factores básicos del desarrollo, señalan hoy el revés de lo que fue una comarca pujante, productora de prosperidad, habitada por gente laboriosa y amable, y la que por todos estos títulos bautizó un día el maestro Valencia como la Ciudad Milagro.

Cómo sorprende que ese milagro se haya evaporado, y que en cambio aparezca un territorio deprimido, sin fuentes de trabajo, carcomido por la pobreza y sumido en la desesperanza. Y como si fuera poco, perturbado por las hordas del narcotráfico y de la delincuencia común. Estos factores negativos, de tan hondas raíces, no se han dado por generación espontánea, sino que se han dejado avanzar poco a poco por la carencia de verdaderos líderes –de la política y del sector empresarial– que hubieran frenado a tiempo la distorsión de los principios y la decadencia de la economía.

Es cierto que el Quindío ha tenido que afrontar serias contingencias, como la caída de la industria cafetera y el terremoto de 1999. En cuanto a la adversidad del grano, Armando Rodríguez dice en su ensayo algo muy atinado: “Por su parte el país hizo la tarea que en el Quindío no hicimos, cual fue la de superar la dependencia del café apoyando otros sectores de la economía”.

En cuanto al terremoto, hay que decir lo contrario: el departamento supo levantarse de esta catástrofe con la reparación rápida de los destrozos causados, y sobre ellos edificó una estructura superior a la que existía. La ciudad de Armenia se levantó de las cenizas como el ave fénix, con perfiles urbanísticos de mayor vuelo. Pero esto no fue suficiente: faltaron respuestas a la parte social, al desempleo y la penuria, y de esta manera crecieron más los problemas.

El Quindío descuidó los resortes de la economía, de la planeación y del avance social. En estas “dos décadas perdidas” ha elaborado 102 programas de planeación que se han quedado en el aire por falta de cumplimiento, o por tratarse de trabajos desarticulados. Parecen piezas oxidadas por su falta de conexión con una obra fundamental de largo plazo. Aquí es donde ha faltado gobierno.

Los gobernadores y sus equipos asesores llegan y se van, sin mayores ejecuciones. Son títeres de la politiquería reinante que los llevó al poder. No hay compromiso. No hay grandeza. Ahora mismo, la gobernadora y la alcaldesa de Armenia están trenzadas en una riña incomprensible, mientras sus despachos dejan de realizar las verdaderas obras que reclama la comunidad.

Por todo esto, el Quindío colapsó. Se quedó a la zaga de Caldas y Risaralda. En sus días de prosperidad era el “Departamento Piloto de Colombia”. Este título lo perdió hace varias décadas. Mientras tanto, el llamado Eje Cafetero, que debería ser un nervio regional de la nación, ha perdido vigor con la atrofia del Quindío. Esto nos duele.

El Quindío debe superar esta catástrofe devastadora. Ojalá el diagnóstico crítico y constructivo de Armando Rodríguez incite a la reflexión de los dirigentes quindianos en procura de soluciones prontas y contundentes, como el caso lo reclama, para cambiar de rumbo, fortalecer el presente y mirar confiados al futuro.

Eje 21 (editorial), Manizales, 17-II-2013.

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Comentario:

El hecho de que el café dejara de ser el producto de exportación más importante del país dio comienzo a la decadencia del departamento, no se buscó combinarlo con otros cultivos, no se buscaron sustitutos para ese único cultivo y los mandatarios no se preocuparon sino por enriquecerse, unos, y otros por hacer política. He visto los índices de desocupación y siempre está el departamento entre el primero o el segundo lugar, y Armenia con un desempleo aterrador.  Todo esto es preocupante porque la calidad de vida se desmejora y esa población que siempre fue luchadora y potente se viene abajo y no hay un líder que cambie la situación. Casi tengo que decir con tristeza que escuché a alguien decir que Armenia ya no es la Ciudad Milagro, sino la ciudad que por un milagro existe. Amparo E. López Jaramillo, colombiana (del Quindío) residente en Estados Unidos.

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De Armenia a París

viernes, 13 de diciembre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Me encanta la gente sencilla que triunfa en la lucha de la vida. Los caminos del triunfo están abiertos a todos, pero el éxito verdadero solo se consigue con el esfuerzo cotidiano, el sacrificio a veces desgarrador y una gran paciencia. Son luchadores secretos que no se arredran ante las dificultades y prosiguen la marcha a pesar de las caídas y las inequidades del destino.

Esta es la historia de Álvaro Pérez Franco, un colombiano residente en París hace 24 años. Cuando yo era gerente del Banco Popular en Armenia, Álvaro ingresó a la institución con el cargo de mensajero, como debían hacerlo los empleados nuevos, quienes además debían ser bachilleres. Se trataba de un muchacho despierto, analítico y con excelente ánimo laboral.

De entrada demostró idoneidad, y más adelante obtuvo el primer ascenso. Gracias al rendimiento que ofrecía, en poco tiempo llegó a niveles superiores. Un día se salió del montón y ocupó su primera jefatura de sección. Hallándome ya en Bogotá, supe que el eficiente colaborador se había retirado de la entidad, con cerca de 20 años de servicios, y se había vinculado con una empresa de Pereira.

Hace un año vine a conocer su ubicación en París. Él mismo me escribió a raíz de un artículo mío que leyó en El Espectador, y por él supe de la serie de penalidades que había tenido que sufrir para lograr su residencia en Francia. Pienso que el antiguo empleado de la banca habría escalado posiciones más importantes si no le hubiera puesto fin a su carrera. Lo hizo en busca de mejores horizontes. A esto se sumaba su separación conyugal, que le abatió el ánimo.

Se echó al bolsillo algunos ahorros y se embarcó para París. Siempre había soñado con la Ciudad Luz y creyó que llegaba el momento de conocerla y forjarse allí su porvenir. Propósito atrevido y azaroso, si ignoraba el idioma, carecía de amistades y no tenía ningún vínculo laboral en aquel país. Para ganarse la vida, tuvo que lavar platos en restaurantes, asear oficinas y desempeñar otros oficios menores.

Esto no lo atemorizó. Lo importante era comenzar. Se decía que algún día triunfaría. Allanó la barrera del idioma con un diccionario de francés debajo del brazo, en incesantes jornadas por las calles parisienses, donde consultaba cuanta palabra leía en los avisos comerciales. Por las noches, se dormía escuchando la radio: así afinó el oído hacia la lengua extraña. Después hizo un curso de francés.

 Progresaba a marchas forzadas, pero sus compañeros de labores le decían que no conseguiría un cargo administrativo, ya que estos estaban reservados para los franceses, y le aconsejaban que aprendiera a pintar casas, pegar ladrillos y levantar muros, como fórmula para salir de los oficios humildes que desempeñaba y ganar más dinero. Pero él no había nacido para ser maestro de construcción.

Pasaron los años de la lucha más atroz que había conocido jamás, y un día logró la primera oportunidad para acceder a un cargo administrativo. Alguien se fijó en sus capacidades y le facilitó la llegada a la vida empresarial. Ese día se emocionó con lágrimas de alegría, al saber que su meta iba a realizarse. El círculo de sus amigos había crecido, se había vuelto lector infatigable, escribía artículos para las redes virtuales. Y en secreto elaboraba poemas, que algún día recogerá en un libro.

Mi antiguo colaborador de la banca se desempeña, desde hace diez años, como agente administrativo en el hospital de Montreuil, en la zona metropolitana de París. Historia edificante la suya. Dio el gran salto que pocos dan –de Armenia a París–, y así coronó su sueño ideal. Hoy, a sus 64 años, vive feliz en la urbe fantástica. En poco tiempo saldrá jubilado de la vida laboral francesa. Como cruel ironía, no ha conseguido que el Seguro Social de Colombia le reconozca la pensión de jubilación por más de 20 años trabajados en el país, ya que no aparece registro de sus cotizaciones, la gran mayoría efectuadas por conducto del Banco Popular. Esto no lo entiendo.

 “Tuve que buscar la superación –me confiesa–, y gracias a mi sentido de lucha personal he saboreado innumerables satisfacciones”.

El Espectador, Bogotá, 7-XII-2012.
Eje 21, Manizales, 8-XII-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 8-XII-2012.
El Velero, Cooperativa del Banco Popular, edición 35, junio/2014.

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Comentarios:

Buena nota sobre Álvaro, persona que conocí en Armenia. Su perfomance parece la de un personaje de la novela de Santiago Gamboa: «El síndrome de Ulises», que retrata la vida de colombianos en los años sesenta en París. Alpher Rojas, Bogotá.

Conmovedora e ilustrativa vida de Álvaro Pérez Franco. Mis más sinceras felicitaciones a su pluma, sensible escritor. Esteban Quiroz, Perú.

Maravilloso sentido de superación, y mejor aún es la divulgación de esa vida admirable. Eso es lo que debe hacerse conocer. Humberto Escobar Molano, Villa de Leiva.

Es admirable la lucha de este colombiano, y lo más lindo es el reconocimiento que le hace la columna. Estas personas son héroes de la vida, de la lucha diaria que se triplica cuando se va a otro país, con otra lengua y otras costumbres. Cuando se tiene que volver a empezar de cero. Héroes, porque no botan la toalla y se devuelven, porque tienen casta y se enfrentan al toro que es ese otro mundo, esa otra cultura, esa otra gente. Colombia Páez, columnista de El Nuevo Herald, Miami.

 

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