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América india

domingo, 30 de octubre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

A Guillermo Tenorio, el indígena que habló ante el Papa Juan Pablo II a nombre de las tribus de los guambianos y los paeces, se le pre­tendió interrumpir, o sea, censurarle la libertad de expresión, por un sa­cerdote de la diócesis de Popayán que así ignoró las altas calidades de in­teligencia de quien vino a nuestro país a escuchar e identificar los clamores del pueblo.

El representante de los indígenas iba a denunciar, y luego lo hizo por mediación del propio Pontífice, el asesinato de los padres Pedro León Rodríguez y Álvaro Ulcué Chocué, abanderados de la causa de estas tribus marginadas que re­presentan, para los terratenientes y ciertos intereses políticos, un estorbo social. Es extraño que sea un miembro de la Iglesia el que trate de silenciar un hecho que ni siquiera el propio prelado de Roma ignora, dentro del lenguaje universal de muertes violentas y destierros de obispos y sacerdotes.

Pero Guillermo Tenorio pudo ha­blar y su discurso fue más elocuente como consecuencia de la propia in­terrupción. Sus palabras, transmi­tidas al mundo entero, lograron la audiencia necesaria para dejar gra­bada la idea de que América sigue siendo territorio sojuzgado por los poderosos y donde el indígena que los libertadores buscaron redimir permanece ignorado y explotado.

“Cumplimos –dice Tenorio– quinientos años de una historia hecha en el silencio del dolor, del desprecio, de la marginación y el martirio des­conocidos, porque es martirio de indio (…) La música, el canto y la mirada de cada indígena llevan la huella de la tristeza por el despojo de la madre tierra, por la no compren­sión de la organización comunitaria, por la negación de la propia lengua, por el desprecio de la medicina tra­dicional…”

En la bella geografía del Cauca, hoy dominada por las fuerzas revol­tosas y donde los pesados terrate­nientes desconocen los derechos de las comunidades indígenas, el re­presentante de éstas mejor se hizo sentir. El viaje del Papa a Popayán fue previsto con la intención de llevar a los desheredados por el pasado terremoto el consuelo cristiano que tanto necesitan, y propiciar el clima de paz que tanto el Cauca como Co­lombia entera reclaman como requisito fundamental para la vida digna.

Deja hondas reflexiones este mensaje de los indígenas. Han llegado hasta el jerarca de la Iglesia con pies encallecidos y miradas mustias a decirle cuánto les duele que se les trate con crueldad y se les nieguen mínimas condiciones de subsistencia.

Hablan por ellos y en representación de las futuras generaciones, de Colombia y de toda América, donde proliferan las clases humildes explotadas, para recordar que son humanos y por consiguiente requieren de drogas, de alimentos, de vivienda, de educación; y piden que les sea respetada su propia cultura y se les permita el uso de la palabra, del que quiso privárseles en esta magna ocasión.

Les entristece y les enfurece que maten a sus sacerdotes y a sus líderes. Claman por la paz y la jus­ticia como elementos indispensables para el desarrollo de los pueblos. Y anhelan, tal vez entre líneas, una Iglesia de más avanzada, más mo­derna, más comprensible y también más comprensiva de sus dolores.

“En el corazón de la gleba –dice Armando Solano– es donde hay que buscar el sentido de la patria”. Este escritor boyacense, grande entre los grandes de Colombia, nunca negó sus raíces criollas y fue el mayor cantor de la raza indígena. También Gui­llermo Tenorio cantó en Popayán a la América india, joven y bella, según sus palabras, entre la inclemencia de cinco siglos de esclavitud que han transcurrido desde que los conquis­tadores le dieron al continente la presunta libertad que vino a mitigar el Papa. La juventud y la belleza se opacan, en este caso, cuando Amé­rica no ha sido aún libertada.

El Espectador, Bogotá, 21-VII-1986.

 

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Tesoros legendarios

martes, 29 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Una de las pasiones del historiador, ensayista y académico Javier Ocampo López es la del folclor nacional, tema sobre el que ha escrito alrededor de diez obras. Su amplia cultura y sed de descubrimientos lo han llevado a investigar con reflexión, para luego decantar en textos eruditos, el inmenso patrimonio que en el campo de las tradiciones, la leyenda y el mito ofrece la historia colombiana. Muy pegado a esta materia, y ya en el ámbito universal, se ubica su libro Tesoros legendarios de Colombia y el mundo, que hoy, con el sello de Plaza & Janés, ve la luz en este escenario.

Antes de hacer un esbozo sobre esta obra extraordinaria, deseo destacar la personalidad de su autor como fabricante de ideas y trabajador incansable de la Historia, las letras y la cultura nacional. Nacido en el pintoresco municipio de Aguadas, al norte del departamento de Caldas, Ocampo López llega a Tunja hace cerca de medio siglo con el plan de cursar estudios en ciencias sociales en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, y en Boyacá echará hondas raíces.

Esta larga permanencia en la tierra boyacense solo se ha visto interrumpida con motivo de su doctorado en Historia y su especialización en Historia de las ideas en América Latina, títulos obtenidos en el Colegio de Méjico y en la Universidad Autónoma de Méjico. Allí tuvo el privilegio de ser alumno del filósofo José Gaos, discípulo de Ortega y Gasset. En Tunja, ciudad de sus querencias y sus realizaciones, ha cumplido tesonera labor en torno a la idiosincrasia del pueblo boyacense, sobre todo en lo que tiene que ver con sus valores humanos y culturales, sus costumbres y creencias, su proceso histórico y sus raíces terrígenas.

Su obra literaria es caudalosa, y no se sabe de dónde saca tiempo para ser a la vez profesor universitario, presidente de la Academia Boyacense de Historia, miembro asiduo de la Academia Colombiana de Historia, de la Academia de la Lengua y de otras instituciones, y como si fuera poco, fecundo y atildado escritor. Sus libros sobre Boyacá, de tan variados enfoques y ricos escrutinios, han penetrado en lo más hondo del alma boyacense, que él ha explorado con insomne devoción y ha magnificado con su noble estilo.

Ocampo López recibió el primer germen cultural en su Aguadas natal, población que sobresale en Caldas por la abundancia y eficiencia de sus planteles educativos, y lo explayó en Tunja, ciudad espiritual por excelencia, que lo acogió como hijo adoptivo por su identidad con las causas regionales y su desempeño ejemplar en la vida cívica y cultural.

Tesoros legendario de Colombia y el mundo ha de convertirse en una obra clásica por la pormenorizada indagación que presenta sobre los grandes tesoros –muchos de ellos convertidos en mitos y leyendas– de que es rico el planeta, y en forma particular, Colombia. Para elaborar este inventario histórico, el autor se ha basado en extensa bibliografía que entró a enriquecer su sabiduría sobre la materia. Con datos y análisis rigurosos, cada capítulo de este recorrido se convierte en una real incursión por los caminos de la fantasía, que en muchos trechos hacen surgir los misterios encantados de Las mil y una noches.

Con un telón de fondo, cual es el de la riqueza mágica, cada tesoro escrutado adquiere cierto enigma de embrujo que gira entre la verdad oculta y la quimera fascinante. Los pueblos, desde sus más remotos orígenes, crearon sus propias versiones alrededor de las riquezas escondidas, y el habla popular se ha encargado de transmitir esas creencias de generación en generación, hasta crear verdaderos paraísos de ensueño. Todos, alguna vez en la vida, hemos soñado con un tesoro. De ahí a poseerlo hay mucha distancia, lo que no se opone a que en ocasiones nos sintamos ricos y poderosos con solo husmear las páginas de la Historia.

No es que Javier Ocampo nos pinte mundos irreales, ya que la mayoría de esas fortunas existieron y existen, sino que valiéndose de las artes del ensayista y del historiador toca en los baluartes de la antigüedad para buscar la realidad encerrada entre los murallones del tiempo. Por tesoro se entiende una colección de monedas, artículos de oro, piedras preciosas y otros objetos de gran valor guardados en cofres, arcas, baúles y recipientes diversos. Lo mismo pueden estar enterrados en las cimas de las montañas que en las llanuras o en las riberas de los ríos. Algunos yacen en la profundidad del mar, como sucede con los galeones hundidos, o reposan en una isla desierta o en alguna brecha incógnita.

En su búsqueda, el hombre ha gastado miles de años; ha librado cruentas batallas; ha destruido su sosiego y salud, y casi nunca los ha encontrado. El afán de oro corroe el alma humana desde los propios inicios del mundo y la vuelve víctima de la codicia. Grandes riquezas, gran esclavitud, dijo Séneca. Pero el hombre, ambicioso por naturaleza, no se detiene. El oro, que es el mayor elemento de poder, belleza, fulgor y fortuna, lo deslumbra y lo obnubila.

Ocampo López describe en su obra 53 tesoros legendarios: 41 de Colombia y 12 de otros lugares del mundo. Con estilo ameno, intenso y certero, conduce al lector por estos episodios fantásticos en los que el apetito de riqueza y poderío ha erigido monumentos al becerro de oro, representado en diferentes formas y siempre con el común denominador de la fortuna fabulosa.

Un pasaje de la Biblia narra la escena en que Moisés, al descender del monte Sinaí para hacer entrega del decálogo, encontró a los israelitas en acto de adoración del becerro de oro. Desde entonces, el hombre no ha hecho otra cosa que inclinarse ante la riqueza. Ambiciones, guerras entre familias y entre pueblos, tragedias, sangre, esplendor y ruina se deslizan por las páginas del libro que hoy entra en circulación, todo lo cual resulta un calco de la condición humana.

En el plano internacional, resaltan los tesoros de los reyes Salomón, Creso y Midas, y los de las culturas maya y azteca, entre otras riquezas asombrosas. Y en el ámbito nacional, el itinerario abarca todo el mapa de la patria. Aquí están representadas la Orinoquia y la Amazonia, con tesoros como lo del Metha, Manoa o Caribabare, con Furatena, el Venado de Oro, el Pozo de Donato, Suamox o la Cueva de Cachalú; el Occidente, con Pipintá, Nutibara, Ingrumá, la Cultura Quimbaya o la Montaña de Oro; la Costa Atlántica y el Caribe, con el pirata Morgan, el corsario Drake, Castilla de Oro o la Montaña de Murrucucú.

Salomón, rey de Israel, fue dueño de inmenso capital formado con piedras preciosas transportadas desde el Ganges y el Cáucaso. Estos depósitos eran monumentales, y cada vez crecían más con nuevos cargamentos traídos del Oriente. Cuentan las crónicas que los escudos de la corte estaban cubiertos de oro, y el vino lo bebía en copas del mismo material. Un día fue a visitarlo la reina de Saba, atraída por la sabiduría y la fama del monarca, y de regalo le llevó tres toneladas de oro y piedras preciosas. Salomón, durante sus cuarenta años de mandato, atesoró una de las riquezas más desmesuradas de todos los tiempos, y acaso su fortuna fue superior a su sabiduría.

Creso, rey de Lidia, fue otro de los magnates más renombrados de su tiempo. Su reino estaba constituido por ricas minas de oro y por las rutas comerciales hacia los puertos egeos. A él se debe la primera acuñación de monedas en la economía mundial, las que hizo elaborar para la realización de los negocios. Su gobierno trajo el mayor esplendor a Lidia y su nombre pasó a la posteridad como sinónimo de potentado en el más alto sentido del término.

Es bien conocida la leyenda que se atribuye el rey Midas sobre la facultad que le otorgó Dionisio para convertir en oro  todo lo que tocara. Se dice que un día el rey desgajó la rama de un árbol, y otra vez tocó unas espigas, objetos que de inmediato se volvieron de oro. Cuando se llevó las manos a la cabeza, esta también se convirtió en oro. Como esto parecía más una maldición que un privilegio, rogó a su protector que lo librara de dicho poder, ante lo cual Dionisio le manifestó que debía sumergir la cabeza en las aguas del río Pactolo. Hecho lo cual, perdió el hechizo, pero desde entonces las arenas del río fueron de oro.

El tesoro de Tutankamón, encontrado en 1922, es, como los anteriores, otro de los más colosales de la historia mundial. A este tesoro podemos aplicarle el epíteto de faraónico, por asociación con el título de faraón que se daba a los antiguos reyes de Egipto, quienes fueron célebres por el derroche de lujos y riquezas, lo que dio lugar a que el término faraónico llegara a adquirir el significado de “grandioso, suntuoso”. Los sarcófagos que guardaban los restos descubiertos de Tutankamón y otros faraones estaban revestidos en oro con incrustaciones de piedras preciosas, y en piezas adyacentes aparecieron infinidad de objetos de valor incalculable, entre ellos un sarcófago antropomorfo de dos metros de longitud y cien kilos de oro macizo, al que se encadenaban otros sarcófagos con las mismas características.

En América, con la llegada de los conquistadores se cometieron los mayores despojos de las riquezas que poseían los indígenas a lo largo y ancho del continente. Ellos relacionaban el oro con los destellos del sol, y con ese espíritu religioso fabricaban sus figuras artísticas y elementos caseros personales de gran magnificencia. Luego, al comenzar el pillaje voraz, los escondieron en cuevas y otros lugares estratégicos, sobre todo en las guacas o sepulturas depositadas bajo tierra.

Verdaderos artesanos en el arte de la orfebrería, armaron una de las fortunas más valiosas del mundo. Eran amos y señores de sus minas de oro y otros minerales, hasta que llegó el invasor e implantó la época del saqueo y la muerte. Con el patrimonio indígena se llenaban en Europa las arcas reales y crecía la bolsa personal de conquistadores y piratas.

En suelo colombiano, los españoles arrebataron a los nativos sus objetos de oro y sus piedras preciosas, quemando sus templos y saqueando sus guacas. Terreno fértil para la riqueza aurífera, las minas se extienden por gran parte de nuestra geografía y han causado innumerables conflictos entre pobladores y mercenarios.

Lo mismo sucede con las esmeraldas, en el occidente de Boyacá (drama decantado por Fernando Soto Aparicio en su novela estelar (La rebelión de las ratas), o con las perlas, en el mar Caribe.

En Aguadas, pueblo montañoso situado a 126 kilómetros de Manizales, se levanta el monumento a Pipintá, cacique de los indios armas, que eran famosos por sus grandes posesiones de oro. Estaban considerados como los nativos más ricos del occidente colombiano. Al ser perseguidos por los españoles, ocultaron sus riquezas en las cuevas, los desfiladeros, los abismos de las montañas o las orillas de los ríos, y el enemigo no pudo localizarlas. Ante esa situación, los españoles utilizaron el recurso bárbaro de la mutilación, que no les dio ningún resultado y, por el contrario, enardeció más el ánimo guerrero de los indígenas.

Mientras más los destruían, más resistencia presentaban, hasta que a la postre la tribu quedó extinguida, y la inmensa fortuna –bautizada por los españoles como el Tesoro de Pipintá– nunca apareció. Se esfumó como por arte de magia. Dice la leyenda que el tesoro fue escondido en tierras del Quindío, donde, al iniciarse la colonización antioqueña en mitad del siglo XIX, los colonos comenzaron a encontrar grandes sepulturas de oro y piedras preciosas.

Toda una epopeya se oculta en esta página del ayer legendario de Colombia. Maravillosa historia sobre la fulguración y la defensa del oro en el territorio conformado por los departamentos de Caldas, Risaralda y Quindío, lo mismo que sobre la heroicidad de un pueblo que prefirió la muerte a la entrega de sus joyas sagradas.

Se me ocurre pensar que Javier Ocampo López recibió de su ilustre coterráneo el cacique Pipintá, corajudo combatiente contra la usurpación española, el primer soplo de inspiración para lanzarse a la búsqueda de los tesoros legendarios que hace resplandecer en esta fantástica antología del oro universal.

17ª Feria Internacional del Libro
Bogotá, 24 de abril de 2004.

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Miradas a Boyacá

miércoles, 2 de diciembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Boyacá y su academia

En el Ciclorama del Puente de Boyacá, el pasado 9 de abril, la Academia Boyacense de Historia se reunió en sesión solemne para celebrar sus cien años de vida. No ha podido escogerse mejor escenario para esta efeméride: allí palpita el corazón de la patria en medio de los símbolos que recuerdan la derrota de la opresión española y el nacimiento de la libertad. A partir de ese momento se iniciaba la historia grande de un pueblo que rompía las cadenas de la esclavitud y se volvía soberano.

La Academia Boyacense de Historia fue fundada el 9 de abril de 1905 con el nombre de Centro de Historia de Tunja (que llevó hasta 1946), por Cayetano Vásquez Elizalde, y su primer presidente fue el canónigo Aquilino Niño Camacho. A través de los años, la entidad se ha encargado de mantener prendida la llama del nacionalismo y el culto a las tradiciones, comenzando por afirmar los episodios históricos de la propia región. Pocas zonas del país aglutinaron en los días de la Independencia tanta variedad de personajes y de sucesos heroicos como los ocurridos en esta tierra de epopeyas y oraciones. Y pocas poseen en los días actuales su misma esencia cultural.

El segundo presidente fue el canónigo Cayo Leonidas Peñuela Quintero, tío de la poetisa Laura Victoria, célebre historiador y polemista que en 1912 fundó el Repertorio Boyacense, órgano oficial de la Academia, que acaba de llegar a 341 ediciones. Se trata de la revista más antigua de las academias regionales de Historia y del departamento de Boyacá, por cuyas páginas han desfilado egregios escritores dedicados a destacar los valores de la comarca, decantar la historia, fortalecer la cultura y afianzar el sentido de pertenencia a la patria. Publicación de lujo y de sólido contenido, en la que se ventilan los temas más variados y profundos que hacen relación con el campo académico, siempre con la mira puesta en Boyacá y en Colombia.

Quince presidentes ha tenido la entidad en su siglo de existencia. Seis de ellos provienen del ámbito eclesiástico, lo que refrenda una de las características más propias de Boyacá: el espíritu religioso que se respira en todas partes. Y dos secretarios perpetuos: Ramón C. Correa Samudio, que estuvo al frente del cargo, con ejemplar entrega y maravillosa labor productiva, durante 68 años, y Enrique Medina Flórez, insigne personaje de las letras y la docencia, que lo remplazó en 1991 y acaba de recibir, en la ceremonia del Puente de Boyacá, la exaltación como miembro benemérito. El presidente actual, que ha ocupado la posición en dos ocasiones, es Javier Ocampo López, maestro de Historia y gran promotor de la cultura boyacense.

En el centro académico se ha dado cita, a través de todas las épocas, lo más granado de la inteligencia boyacense: literatos de amplio prestigio, historiadores de vasta cultura, prestigiosos sacerdotes, profesores e investigadores, dedicados todos a la causa común de escudriñar la historia y difundirla en conferencias, libros y otros medios de comunicación. Son ellos, sin duda, una de las fuerzas vivas con que cuenta el departamento para mantenerse como modelo cultural del país.

Hay varias actividades institucionales que merecen especial mención: una es la Cátedra de Boyacá, dirigida a maestros y estudiantes, programa que se desplaza por los municipios con seminarios sobre la Historia, las letras, el arte y la arquitectura, entre otros aspectos, y que busca la identidad local y regional; otra, el equipo de las “guardias cívicas”, conformadas por grupos juveniles que impulsan el civismo y preservan el patrimonio histórico en toda la comarca; la tercera, la administración del Archivo Histórico Regional de Boyacá, donde se protege la memoria documental que viene desde la conquista y colonización del país; y por último, la estupenda labor bibliográfica que, estimulada por la Gobernación de Boyacá, ha hecho posible la publicación de 135 libros hasta el momento, sobre diferentes asuntos históricos y culturales.

El paisaje y el espíritu son en Boyacá las insignias mayores de una raza legendaria, a la que tanto le cantó Armando Solano en páginas memorables. No en vano los actuales directivos de la corporación prosiguen en el empeño que animó al fundador y a sus colaboradores: recoger e interpretar el alma boyacense en los innumerables estudios realizados por parte de las mentes eruditas que engrandecen la vida regional.

La Cardeñosa

En julio de 1537, cuando los españoles buscaban el camino para llegar a los Llanos Orientales y descubrir el tesoro de El Dorado, encontraron a los indios teguas, que moraban en el actual municipio boyacense de Campohermoso y poseían grandes conocimientos medicinales extraídos de las yerbas. Eran famosos por sus sorprendentes poderes curativos y puede decirse que de allí nació la ciencia médica en Colombia. De ellos se derivó el término “tegua”, con el que más tarde se denominaría a la persona que ejerce la medicina sin poseer título profesional.

Estos indios valerosos se opusieron al conquistador español y lucharon con desespero por proteger sus valiosas riquezas, representadas en oro y esmeraldas, que guardaron con sigilo en profundas guacas diseminadas en sus tierras montañosas. De ellos se dice que eran formidables constructores de acueductos y puentes colgantes. Además se distinguían por su amor a la naturaleza y su organización comunitaria. A lo largo del tiempo, los guaqueros se apoderaron en forma gradual de la fortuna escondida en los montes, hasta hacer desaparecer toda huella de la comunidad teguana, que se extinguió durante el siglo XX, en forma silenciosa y en medio del olvido de los nuevos tiempos.

De aquella cultura emerge la imagen fulgurante de la Cardeñosa, india de extraordinaria belleza, rescatada como prototipo de la mujer teguana y, por extensión, de la mujer boyacense. El ilustre escritor de la comarca Pedro Gustavo Huertas Ramírez, expresidente de la Academia Boyacense de Historia y catedrático de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, es autor de una serie de investigaciones sobre este personaje legendario, y a través de los años se ha convertido en el mayor pregonero de sus atributos y su trascendencia histórica.

La primera noticia que tuve sobre la Cardeñosa fue en el libro Guerreros, beldades y curanderos. El enigma de los indios teguas, que el citado escritor publicó en 1995. Ahora, de su misma autoría, sale la obra Boyacá: perfiles de identidad regional y nacional, donde, con el rigor histórico con que Huertas Ramírez elabora sus trabajos, ofrece distintos enfoques sobre la idiosincrasia boyacense y sus símbolos regionales. Entre ellos está el de la preciosa nativa, que esta vez adquiere mayor relevancia gracias al reconocimiento público que ha recibido tanto de los medios culturales como del sector oficial.

¿Quién era la Cardeñosa? La mujer más bella que los españoles hallaron en tierras colombianas, ante quien se sintieron deslumbrados como si el hechizo proviniera de una deidad mágica. Todos pretendían conquistar sus favores, pero ella, recatada y huidiza como el viento, esquivaba los asedios y mantenía su reputación impoluta. Juan de Castellanos dice que era “una india que doquiera pudiera ser juzgada por hermosa, gentil disposición y rostro grave”. Fray Pedro Simón afirma que “era tan hermosa, modesta y grave, que podía competir con la española más adornada de estas prendas”. El obispo Lucas Fernández de Piedrahíta la describe como “una india que en cualquier parte del mundo pudiera señalarse en hermosura”. Todos los documentos de la época coinciden en el mismo concepto.

Las crónicas no revelan el verdadero nombre de la india, pero se sabe que se le dio el apelativo de Cardeñosa por su semejanza con una española dotada también de singulares encantos que los conquistadores habían conocido en la ciudad de Santa Marta, fundada doce años antes. A su turno, la dama española debía su nombre al hecho de ser oriunda del municipio de Cardeñosa, circunstancia ignorada en la época actual y que vino a descubrir el historiador Huertas Ramírez. Con ese motivo viajó en agosto de 2004 a aquella distante localidad española y se entrevistó con sus autoridades para hacerles conocer la existencia de otra Cardeñosa: no un pueblo, sino una india colombiana convertida en mito.

El municipio de Campohermoso, donde se han confeccionado diferentes obras artísticas para exaltar a su diosa aborigen, creó además el galardón bautizado como la Cardeñosa de Oro, estatuilla con que se premia cada dos años a los ganadores del Festival Regional del Folclor Llanero. Así, el fervor popular conserva la memoria de aquella etapa histórica iluminada con el embrujo de esta mujer fabulosa.

 Los demonios de Vargas Vila

Ningún escritor tan odiado y tan admirado como José María Vargas Vila. Mientras muchos lo denostaban por sus escritos urticantes, otros lo aplaudían por su estilo desenfadado y su verbo demoledor. Fue el censor implacable de las tiranías tropicales, bien desde sus artículos en periódicos y revistas, bien desde sus libros, unos y otros huracanados. Nunca cedió en su posición crítica, por más persecuciones que se desataron en su contra. Su furioso anticlericalismo le valió el veto de la Iglesia Católica y la prohibición para los fieles, bajo advertencia de excomunión, de que leyeran sus obras.

No necesitó mucho tiempo para ingresar a la lista de los escritores “malditos”. Con él se inicia en el país esa histórica clasificación, nacida en Francia con Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Mallarmé, los cuatro principales poetas del simbolismo, que marcaron toda una época por su genialidad y rebeldía. Sin ser bohemio como ellos, Vargas Vila se convirtió en el mayor espíritu enjuiciador de la sociedad y los gobernantes y, al igual que los poetas franceses, dio muestras de acendrada independencia y temible capacidad de combate y sarcasmo,  hasta el punto de ser catalogado como monstruo luciferino.

El escritor boyacense Eduardo Torres Quintero lo denominó el “gigantesco paranoico” y con esas palabras definió el ambiente que en parte de la sociedad  irradiaba Vargas Vila por su arrogancia y su carácter panfletario. En el otro extremo de la opinión pública, el poeta Valencia lo calificó como el “divino”, y así pasaría a la historia. Título apropiado para este ser salido de lo común, que parecía irreal y causaba arrebato en la multitud. Arrebato que lo mismo podía provenir de su instinto diabólico que de sus destellos fulgurantes. Personaje casi indefinible, que puede situarse entre ángel y demonio.

Mario H. Perico Ramírez es autor de la estupenda biografía de Vargas Vila titulada “¿Las uñas de Satanás?”, que lleva tres ediciones y ha entrado en nueva circulación en estos días. Dentro de su peculiar estilo de presentar a sus biografiados en primera persona, con la técnica del monólogo interior y el recurso de toques originales (como lo ha hecho, entre otros, con Bolívar, Santander, Núñez, Reyes, Mosquera y Manuelita Sáenz), Perico Ramírez se mete en el alma y en el cuero de sus personajes y los pone a actuar en su momento y sus circunstancias con exactitud histórica.

Su intuitiva facultad de interpretar el carácter de la gente, apoyado por hondas lecturas y su fecunda imaginación, permite al escritor boyacense elaborar novedosos estudios críticos sobre etapas de la vida colombiana que giran alrededor de los protagonistas de la Historia. Se aparta de la regla académica de ofrecer los relatos con la engorrosa enumeración de fechas y circunstancias triviales que poco o nada aportan para el conocimiento genuino de las personas, y emplea la penetración sicológica para definir los hechos y las épocas y desentrañar los rasgos individuales.

A Vargas Vila lo analiza como un ser angustiado desde la niñez, que queda huérfano de padre a los cuatro años y debe soportar la estrechez económica a que se ve sometida su madre, quien con grandes dificultades sobrevive con una pensión insuficiente. Los estudios del futuro libelista son precarios, pero su vocación autodidacta le permitirá obtener sólidos conocimientos. Apenas adolescente, se enrola en la milicia y se compromete con afanes partidistas que dejarán un rastro perturbador en su espíritu, en medio de las grandes conmociones públicas que afectan la vida nacional.

Luego ejerce como maestro de escuela en diferentes pueblos. Suspende esa actividad cuando estalla la revolución de 1885 y toma partido en uno de los bandos en conflicto. Derrotado su ejército, se refugia en los Llanos y caen sobre él duros tiempos de persecución. Su vida queda marcada por una borrascosa época de agitación política y de enormes sinsabores, que incidirá en el carácter rebelde que nunca lo abandonará.

Viaja por distintos países, ejerce el periodismo, funda revistas. Arremete contra los tiranos de Colombia y Venezuela y cada vez sus luchas se vuelven más radicales y más intransigentes. Ingresa a la diplomacia, y su nombre, ya célebre por el éxito y el escándalo de sus libros, resuena con estrépito y admiración en todas partes. Adquiere destreza impresionante para escribir libros de choque ideológico y de pasiones sentimentales, que causan revuelo en el continente e incluso en España, a donde ha llegado su prestigio y donde reside por largos años, hasta su muerte.

Cada obra suya suscita polémica, rechazo, protesta, adhesión, delirio. Son sentimientos encontrados que crean el mito. Los públicos, que unas veces lo aplauden y otras lo detestan, lo proclaman, de todas maneras, como el “divino Vargas Vila”, rótulo en el que va incluida la imagen del ángel perverso. Sí: Vargas Vila es Lucifer, el príncipe de los ángeles rebeldes. Destruye reputaciones con fulminante poder de condena y así mismo despedaza los ídolos de barro. Su ímpetu jupiterino no tolera los abusos de poder ni la injusticia social. Por eso se le idolatra, se le respeta y se le teme.

Perico Ramírez, otro rebelde de las letras y polémico con sus escritos, diseña a la perfección la figura controvertida de Vargas Vila. Sabe dibujarlo en la distancia de los años y lo trae a nuestros días con cierta duda (que asiste a la mayoría de escritores) sobre la verdadera esencia del personaje. De ahí el título de su libro: “¿Las uñas de Satanás?”. Sobre lo que no existe duda es sobre la trascendencia histórica y literaria de este panfletario de difícil repetición.

Julio Flórez, poeta esencial

En el año 1909, bajo el sofoco de tórrida temperatura superior a los 30 grados, avanza Julio Flórez por la vía polvorienta que va de Barranquilla a Usiacurí. Se dirige a este caserío en busca de una cura medicinal para el cáncer que le ha aparecido en el rostro, del que espera curarse en las aguas azufradas, famosas en el país, de que es rico el lugar. Además, el desengaño del mundo y sus vanidades que ha seguido a sus resonantes días de gloria y a sus bohemias memorables, lo lleva en secreto a buscar refugio seguro en aquel pueblo oculto de la Costa Atlántica. “Ya poco o nada de mi gloria queda”, confiesa.

Tiene 42 años de edad, y morirá en cercanía de los 56, el 7 de febrero de 1923, en la misma estrecha aldea (hoy de 8.000 habitantes) escogida como residencia bucólica para el resto de sus días, después de haber probado el alboroto y la embriaguez de las ciudades. Había nacido en Chiquinquirá el 22 de mayo de 1867. Su época dorada la vivió en Bogotá, en largas noches de bohemia, de tristeza y soledad, si bien allí se le confundía con un alma alegre, por ser el centro y la chispa mayor de la Gruta Simbólica. Había viajado por Guatemala, Méjico, España, París, en aparentes excursiones de placer. Pero su mundo era Colombia. Su gente lo esperaba en los bares de la capital.

Compra en Usiacurí una pequeña tierra poblada de frondosa vegetación tropical y se dedica, con amoroso empeño, a reparar la casita rústica que habrá de compartir con su esposa y sus hijos. En los alrededores florecen las matas de florón, los mamoncillos, los olivos, las ceibas y los árboles cargados de frutos generosos, donde escucha desde las primeras horas del día los arpegios de las aves congregadas en torno al santuario de la poesía. Feliz en la vida pastoril, alterna sus horas entre el laboreo agrícola y el cultivo poético. Tanta es su identidad  con su nuevo hábitat, que un día exclama: “Oculta entre los árboles mi casa / bajo denso ramaje florecido / aparece a los ojos del que pasa / como un fragante y delicioso nido”. 

Julio Flórez está catalogado como el más representativo de nuestros poetas. Poeta esencial e íntegro. O, como lo define Jorge Rojas, “poeta de la cabeza a los pies”. Era uno de esos trovadores espontáneos que, al igual que en la época medieval, iba por los caminos derramando su cosecha de versos. Sin mayores años de escolaridad (se dice que apenas adelantó estudios mínimos en una escuela o colegio de Puente Nacional), el lenguaje le fluía como de un manantial puro, lleno de murmullos y resonancias.

Como nació con alma romántica, al igual que Byron, la inspiración le venía por soplos mágicos, algo indescifrable para los profanos, y que sólo conocen las almas predestinadas para tan noble quehacer. Julio Flórez no era gramático, ni poseía grandes conocimientos literarios, pero tenía alma sensitiva. Eso es el poeta: caja de vibración de los amores y pesares del ser humano. La sensibilidad, por encima de los cánones académicos, es la que determina el arte lírico.

Y era gran lector. Desde joven se apasionó por los poetas franceses, y de 16 años le hizo una oda a Víctor Hugo, su ídolo mayor. ¿Qué importa que no fuera culto? ¡Era poeta! Uno de los poetas más populares que ha tenido Colombia. Su genialidad se manifestó en lenguaje sencillo y tierno, sentimental y melancólico, que supo interpretar las alegrías y pesares del pueblo. Por eso estremecía el corazón de las multitudes. Sus cantos movían el amor y el desencanto, la tristeza y la añoranza, la sinceridad y la humildad, el dolor y la nostalgia. La poesía era para él rito sagrado, donde el poeta actúa como ser divino.

Guillermo Valencia, en reportaje a Martín Pomala, en 1928, anota: “Respecto de Flórez le diré que lo he admirado siempre por su inspiración sin igual. Julio fue a mis ojos el poeta por esencia”. Otras figuras destacadas han expresado elogiosos conceptos sobre este personaje bohemio (el legítimo bohemio intelectual de comienzos del siglo XX), que permanece en el tiempo como una leyenda romántica y acaso fantasmal.

Se dice de él que acostumbraba irse con sus compañeros de libaciones a darles serenatas a los muertos (serenatas a él mismo) en el Cementerio Central. Su inclinación a la tristeza y las sombras se advierte en buena parte de su obra, y de ello han quedado claros rastros en poemas como Mis flores negras, Todo nos llega tarde, Boda negra, Resurrecciones. Sus versos son el reflejo de un alma desolada y sombría que deambulaba por las calles bogotanas en medio de dolores y amarguras. Fue a dar a Usiacurí para seguir con su sombra a cuestas.

El 14 de enero de 1923, días antes de su muerte, fue coronado poeta nacional en su propio terruño. Todo el país volvió los ojos hacia el escondido refugio sentimental que el ilustre boyacense había elegido como su última morada en la tierra. Con él desapareció el último de los poetas románticos. Años después, la humilde vivienda sería declarada patrimonio cultural de la nación. Y hoy, según dan cuenta las noticias de prensa, está a punto de derrumbarse por falta de recursos para sostenerla. Mientras tanto, por los contornos sigue vibrando la voz pesarosa del poeta: “Todos nos llega tarde, hasta la muerte…”

Bogotá, 2005.

La marcha indígena

martes, 24 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El 14 de septiembre, bajo una temperatura superior a los treinta grados, salió de Santander de Quilichao, con rumbo a Cali, una gigantesca caminata de sesenta mil indígenas del Cauca, Antioquia, Chocó, Valle, Caquetá, Huila, Cesar y Nariño, que llevaba como lema: “Marcha por la justicia, la alegría, la dignidad y la libertad de los pueblos”. Hacía mucho tiempo que no se veía en Colombia una manifestación de tal magnitud, ni tan ordenada y pacífica,

El Gobierno, claro, se preparó para controlar este peligroso despliegue que podría causar graves problemas de orden público en la carretera Panamericana y a su paso por los municipios. Pensó que vendría un bloqueo de la vía, con lanzamiento de piedra, quema de vehículos y muertos, como es de común ocurrencia en estos movimientos. Y resulta que no se presentó el menor incidente en los tres días que duró la marcha. El país miraba por la televisión el avance disciplinado de los indígenas y leía con interés las notas de prensa que se producían sobre la  insólita movilización.

Era natural que surgiera la perplejidad ante un hecho sin precedentes en mucho tiempo. Incrédulo como es el colombiano cuando ve cosas ordenadas, las preguntas eran obvias: ¿Qué habrá en el fondo de todo esto? ¿Serán ciertos los propósitos que se pregonan? ¿Qué políticos acaudillan la protesta? ¿Qué persiguen en verdad los indígenas, y qué van a obtener, con un acto tan pacífico? Sospechas que cabían en la imaginación lógica de un pueblo habituado al conflicto.

Estamos acostumbrados a que los problemas, incluso los más sencillos y de fácil solución, se resuelvan con tiros, pedreas y muertos. La ley del garrote acompaña la vida cotidiana. Somos unos bárbaros. Si no es con violencia, piensan los promotores de los mítines, no se conseguirá nada. Pero esta vez falló la rutina. Las comunidades indígenas, que no lograban hacerse escuchar de las autoridades, resolvieron llamar la atención del país por medio de esta correría de indudable impacto público. Y transmitieron muy bien el mensaje que necesitaban divulgar.

Querían protestar por la violación de los derechos humanos y pedir garantías para sus vidas, dignidad y convivencia en sus territorios. Querían que el Presidente conociera la aspiración a un país sin guerra, sin muertes, con agua, con disfrute de la naturaleza y con igualdad para todos. Querían que se respetara la milenaria cultura indígena y que no se les siguiera exterminando como colombianos desechables. Querían pronunciarse sobre temas de actualidad, como el Tratado de Libre Comercio, las reformas constitucionales, el estatuto antiterrorista, la política de seguridad social, y la reelección, a la cual se oponen. Querían, en fin, hacer acto de presencia en la vida democrática para no seguir relegados al ostracismo e ignorados por la indolencia de gobernantes y políticos.

Y se hicieron sentir. El país y el Gobierno aprendieron de su conducta admirable cuál es el camino para presentar los reclamos, sin acudir a procedimientos extremos y con la fuerza de la razón. Lo que vio Colombia fue una gran lección de civismo, dada, quién lo creyera, por los ciudadanos más marginados de la sociedad, a quienes autoridades y terratenientes miran con indiferencia y tratan con brutalidad.

La organización de la marcha no pudo ser mejor estructurada ni más positiva. Movilizar sesenta mil personas implica el hecho de que al frente de ella deben actuar líderes capacitados para no generar mayor violencia que la que se pide eliminar. La primera medida fue la creación de un cuerpo de 14.000 guardias indígenas encargados de vigilar el desarrollo de la caminata en paz. La Fuerza Pública, ante este desfile de rechazo social (en el que se cantaba y se reía), nada tuvo que hacer. Sobraba.

El transporte de toneladas de alimentos en 800 comiones; la instalación de carpas y cambuches en los potreros; la presencia de 130 enfermeras provistas de medicamentos de primera necesidad; el suministro de agua; el control de vendedores ambulantes y de personas extrañas; el aseo en los campamentos y la salida ordenada de ellos… todo estaba previsto. Y todo se cumplió con rigor admirable. Entre vítores, los marchantes entraron por las calles céntricas de Cali y terminaron la gira en el Coliseo del Pueblo.

No hubo ni un disturbio, ni un choque con la policía, ni un herido, ni un muerto. Tampoco discursos altisonantes. El verdadero discurso fue el elocuente mensaje de cultura ciudadana lanzado a todos los vientos. Ha sido un acto multitudinario que rompe los moldes anteriores y que guarda similitud con la aplastante marcha del silencio organizada por Gaitán en la plaza de Bolívar de Bogotá, en  protesta contra la ola de violencia desatada en el gobierno de Ospina Pérez.

Esta clara advertencia liderada por el organizado pueblo indígena del Cauca lleva a reflexionar sobre lo que sería el crecimiento de la inconformidad  manejada con la fuerza de los indígenas de Bolivia, Ecuador o Perú, quienes en ocasiones ponen a tambalear a los gobiernos. Entre nosotros ha brotado, con esta ejemplar manifestación pacífica, un inquietante grito de protesta surgido de una población golpeada por la indiferencia social a lo largo de los siglos.

Protesta que ojalá no caiga en saco roto. El colombiano olvida que lleva sangre india. Una vez dijo Gabriela Mistral, la mamá grande de los humildes de América: “Por el ímpetu de la herencia y por una lealtad elemental, mi defensa del indígena americano durará lo que dure mi vida”.

El Espectador, Bogotá, 30 de septiembre de 2004.

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