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Rastros de una generación

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

En las páginas de Genera­ción, suplemento Dominical de El Colombiano, dirigido de 1939 a 1942 por Otto MoraIes Benítez y Miguel Arbeláez Sarmiento, quedó consignada una muestra valiosa de la vida intelectual y artística del país durante el presente siglo. Quienes por aquellos días surgían en el mundo de las letras alrededor de este cuaderno abierto a todas las expresiones del espíritu, en su mayoría eran jóvenes estudiantes que iban a ejercer puestos de liderazgo en la literatura, la política, las artes y ­las ciencias a partir de su presentación en la gaceta dominical.

Morales Benítez, que al asumir el cargo de codirector no había cumplido aún 19 años de edad, hablaba del muchacho Rodrigo Arenas Betancourt, un año mayor que él. Otro de los jóvenes de esta generación era Belisario Betancur, de 16 años. Esta tripleta, en la que se confunden el intelectual, el político, el escritor, el estadista, el periodista y el artista, y que desde entonces marcharían mancomunados por los caminos de la vida y del espíritu, identifica la esencia común de quienes arribaron a Generación con ideas jóvenes y ánimo batallador.

Irrumpía el grupo –nacido en Medellín pero conformado por escritores de todos los departamentos– dentro del fragor de la Segunda Guerra Mundial, hecho que suscitaba la especial manera de sentir y de proyectar el mundo. En el aspecto doméstico, en este país que se ha inventado los ismos como rótulo de supervivencia, a estos jóvenes les correspondió una lucha denodada en medio de tres generaciones: la del Centenario, la de los Nuevos y la de los Piedracielistas.

Y para que no quedara duda sobre la misión que debía cumplir, el suplemento trazó esta pauta: «Su pretensión es hacer sentir los problemas del espíritu a través de las nuevas maneras de expresión. Tratar, sencillamente, de formar un clima intelectual diferente al que hemos heredado».

Hoy, transcurrido medio si­glo desde el inicio memorable, y cuando buena parte de aque­llos muchachos están muertos y la mayoría cumplió brillantes desempeños en la vida colom­biana, nos encontramos con este gran hallazgo: el rescate de una generación. Esto significa, en efecto, el libro coeditado por El Colombiano y la Biblioteca Pú­blica Piloto de Medellín. Esta obra le hacía falta a la literatura nacional, y por eso se convierte en joya bi­bliográfica. La selección y el prólogo son de Otto Morales Benítez, y el diseño gráfico de Vicente Stamato. Como coor­dinadora de la edición ha actuado Gloria Inés Palomi­no Londoño, directora de la Biblioteca Piloto.

Fueron seleccionados 99 au­tores, la mayoría de ellos pres­tantes figuras de las letras. Apa­recen 22 escritores para mí desconocidos, quienes en notas reveladoras dejaron su testimo­nio para que otros entendieran su época; algunos de esos tra­bajos son excelentes, como el de Roque Casas sobre Óscar Wilde; o el de Eduardo Arias Robledo –con el tiempo gerente gene­ral del Banco de la República– sobre Goya.

Hay hechos curiosos, como el relacionado con Locura, cuento desolado de Humberto Jaramillo Ángel que revela sus obse­siones e interpreta su manera de ser. En este breve relato hay 17 adverbios terminados en men­te, vicio, según Jaramillo Ángel, que a lo largo del tiempo él fustigaría en otros escritores. Belisario Betancur escribe una nota sobre música –sorprenden­te en el muchacho que acababa de dejar los lares agrestes de Amagá– y muestra sus iniciales garrapateos, entonces sin el des­parpajo de hoy en día, como precursores de su vocación literaria.

La generación de mitad de siglo, como se le podría definir, ya le cumplió a Colombia. En este libro se recoge en buena hora el mensaje de unas men­tes inquietas que contribuye­ron, y siguen contribuyendo, al progreso cultural de la patria.

El Espectador, Bogotá, 22-I-1992

Libros de la Biblioteca Piloto

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Excelente labor desarrolla Gloria Inés Palomino al frente la Biblioteca Pública Piloto Medellín, donde  cumple uno de los papeles más positivos para la cultura nacional, no sólo por la utilidad pública de esta biblioteca admirable, sino por el afán con que se patrocina la literatura colombiana. Con los 6 nuevos títulos que acaban de aparecer, sobre los que voy a hacer rápida reseña, se completan en corto tiempo 43 libros de autores colombianos. Esto merece este franco reconocimiento.

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Elkin Restrepo, profesor de Literatura en la Universidad de Antioquia, entrega su nuevo libro de poemas: La dádiva. Este bardo de la soledad, la angustia y la muerte, perteneciente al grupo de la llamada “Generación sin nombre», dice al comienzo de la obra: «Sin un descenso a los infiernos, cualquier noción de la belleza, el amor, la divinidad, parece incompleta». Esta premisa gobierna toda su producción poética.

Mario Escobar Velásquez, que dirige el taller de escritores de la Universidad de Antioquia, obtuvo en 1979, con la novela Cuando pase el ánima sola, el premio Vivencias que se realizaba en la ciudad de Cali. Es autor de varios libros. Ahora recoge 12 cuentos en el título Con sabor a fierro. Antioquia es tierra de cuentistas, desde lejanos días, y esta tradición sigue firme en la época actual.

El mismo Escobar Velásquez es coautor, con Reinaldo Spitaletta Hoyos —columnista del periódico El Colombiano— de otro de los libros que aquí se comentan: Reportajes a la li­teratura colombiana. Once escritores de carrera (Adel López Gómez, Carlos Castro Saavedra, Manuel Mejía Vallejo, Fernando Cruz Kronfly, entre otros) cuentan sus ex­periencias, métodos de trabajo, conflictos y espe­ranzas, bajo esta pregunta de fondo: ¿por qué escribe usted? Guía valiosa para el mis­terioso arte de la escritura.

Para un final de siglo es el título que le asigna Óscar Co­llazos a breves ensayos escritos durante tres años para la agencia EFE, y que ahora ingresan a la bi­bliografía de la Piloto. Sobre estos trabajos anota el escritor: «En su conjunto, estas notas son la expresión de aquello que ha obsesionado al autor en los últimos diez años. Obsesión que no excluye fragmentos de una autobiografía».

Jaime Espinel, cofundador del movimiento nadaísta, tiene su cuarta salida editorial con Alba negra. Libro de cuentos, y ya se sabe que Antioquia es territorio de cuentistas.  Luis  María Sánchez López —en su Diccionario de escritores colombianos– califica así el estilo de Espinel: «Prosista imaginativo, con un tanto de barroco; usa de un léxico vulgar como para tono con la generación del verraquismo». Esta constante —que es distintiv del dadaísmo— se halla vigente en estos cuentos de protesta social.

Poetas  en  Antioquia (1966-1826) es la selección que hace Luis Iván —poeta, profesor universitario y actual director del Departamento de Bibliotecas de la Universidad de Antioquia– de poemas antioqueños pertenecientes a escritores nacidos entre las dos fechas citadas, con las respectivas fichas bibliográficas. En total, 80 poetas de diferentes generaciones y estilos. Como quien dice, el convite es para todos los gustos.

El Espectador, Bogotá, 10-X-1991.

Colombianistas norteamericanos

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Acaba do realizarse en Ibagué, entre el 11 y el 15 de agosto, el VII congreso de la Asociación de Colombianistas Norteamericanos, bajo la presidencia de Seymour Menton, experto en literatura colombiana. Es admirable el sentido de exactitud y altura que imprimen a estos encuentros los amigos norteamericanos que a partir de 1984 promueven grandes debates sobre nuestras letras, unas veces en Colombia y otras en Estados Unidos.

La cita de Ibagué constituyó completo éxito. Su organización comenzó al día siguiente de concluido el foro anterior, y aquí se demuestra el criterio de planeación con que se han dirigido estas reuniones. El comité organizador de Ibagué estuvo conformado por Carlos Orlando Pardo, su director ejecutivo; Augusto Trujillo Muñoz, presidente de la Cámara de Comercio; Andrés Rocha Bermúdez, rector de la Universidad del Tolima; Mario Echeverry Trujillo, director del Sena; Polidoro Villa Hernández, gerente del Banco de la República, y Carmen Inés Cruz, rectora de Coruniversitaria. Como enlace nacional actuó Otto Morales Benítez, uno de los principales animadores de estos encuentros.

Es importante señalar que entre los profesores visitantes también asistieron varios colombianos que se destacan en aquel país en la actividad universitaria, como Carmenza Kline, Lucía Ortiz, Isabel Rodríguez y Ramiro Lagos. Me comentaba Carmenza Kline, catedrática de James Madison University –y de origen cundiboyacense– que la literatura colombiana despierta interés en las universidades norteamericanas, y que ellas mismas –nuestras compatriotas– no abarcan la evolución que aquí se presenta en los diversos campos de las humanidades.

El tema central de la reunión fue el del regionalismo cultural, y esto permitió hacer una radiografía de las letras colombianas dentro de sus variadas vertientes geográficas. El profesor Kurt Levy, gran amigos de Colombia y experto en Tomás Carrasquilla, disertó sobre el regionalismo antioqueño. Eduardo Pachón Padilla habló sobre «El cuento de la Costa». Álvaro Pineda Botero hizo un estudio sobre «La novela autoconsciente en Colombia». Otto Morales Benítez preparó un ensayo sobre Darío Echandía. La variedad de los temas dará lugar a un valioso documento sobre nuestra realidad literaria de ayer y de hoy.

Se rindió homenaje a Germán Pardo García, nuestro gran poeta residente en Méjico. James J. Alstrum, de Illinois State University, tituló su ponencia «Germán Pardo García y el olvidado arte de escribir sonetos». James Robb, de George Washington University, disertó sobre «Los ángeles y los astronautas» en la obra pardogarciana. El trabajo mío giró sobre Biografía de una angustia, libro que terminé este año sobre el poeta del cosmos, hoy al borde de la tumba en su destierro mejicano.

A Ibagué fuimos en pos de nuestras identidades literarias. Y descubrimos una ciudad con ambiente cultural y adecuada estructura para esta clase de eventos, alrededor del cual se reunió considerable número de profesores universitarios –de Estados Unidos, Canadá, Puerto Rico y Colombia–, escritores, académicos y en general personas amantes de las letras. Tuvimos ocasión, además, de aplaudir las  actuaciones de las Danzas de Ingrumá y del Conservatorio del Tolima, entidades que pusieron en alto el folclor y el arte musical de la patria.

El Espectador, Bogotá, 26-VIII-1991

 

 

 

 

Carrera del escritor

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

En respuesta a carta recibida del escritor Humberto Seneqal le expreso las siuientes consideraciones en torno a la carrera literaria:

Usted y yo, que hacemos literatura, sabernos lo que representa producir un libro. No hay libro, por malo que sea, que no tenga algo bueno. Los libros son los escalones que hacen subir al escritor por el estrecho sendero de su destino, y si de su itinerario se suprimieran títulos que puedan considerarse inferiores a la categoría ganada, el autor quedaría mutilado. Si se cortan los primeros tramos, la escalera se va al suelo.

Es necesario apoyarse en los libros primerizos, que por lo general son inmaduros (aunque en otros casos, como sucedió con Rimbaud, son éstos su mejor producción),  para definir el significado y el valor de la carrera literaria.

El libro nunca muere. Los que morimos somos los escritores. Y a veces –¡cosa sorprendente!– con el paso de los años, y por lo general de muchos años, libros que habían sido considerados insignificantes llegan a convertirse en obras maestras. Aunque también, en sentido contrario, obras que habían causado mucho ruido (aquí se clasifican los best sellers sostenidos por los artificios de la publicidad) se desvanecen devorados por su propia intrascendencia.

Son ideas que suscitan en mí la lectura de su interesante carta acerca de Ventisca. Separa usted al “titubeante autor de alguno de los primeros libros” para calificarlo ahora como el “narrador maduro, directo, seguro de sus herramientas”. Esta definición corresponde a un proceso en la carrera siempre cambiante del escritor, como también a usted le sucede. En cuanto a mí respecta, tengo que reconocer en usted al agudo observador y fino crítico de un recorrido que, iniciado hace 20 años en el Quindío, hoy, por lógica y porque así me lo impuse con seriedad y disciplina, ha coronado otras alturas.

Sin embargo, a medida que progresa la obra del narrador, suele uno lamentarse, y no sé si a usted le pasa lo mismo, de la disminución de la naturalidad. La fluidez, uno de los dones más preciados, se va perdiendo conforme se avanza en reglas gramaticales y se persigue la madurez. Lo que vio Soto Aparicio en Destinos cruzados (mi novela de juventud, publicada muchos años después en el Quindío) fue la espontaneidad que la obra tiene en la descripción de ambientes y personajes; por eso, él la llevó a la televisión. Si el escritor pierde la emoción está terminado.

Advierto en usted un atento escrutador del mundo íntimo que se desliza por las páginas de Ventisca. Ha sabido interpretar la temperatura sicológica de la novela. Me sorprenden sus conceptos –que enaltecen mi lucha creadora– por revelar un minucioso buceo por las regiones del intra-mundo, que fue lo que más trabajé en varios años de batallar con mis propios fantasmas, valiéndome de los símbolos manejados en la obra.

No muchos han hallado en mi novela las facetas que usted analiza. Bien sabe usted que la crítica es cicatera y la generosidad, tímida. Hay escritores que han leído la obra y se abstienen, sin embargo, de emitir ninguna opinión, ni en público ni en privado, para no comprometerse. Otros apenas han mirado la modelo de la portada y leído los datos de la contraportada. ¡El libro nunca muere! Algún día cae en buenas manos y lo abordan mentes abiertas. Como la de usted.

El Espectador, Bogotá, 17-V-1991

 

Rincón del libro (3)

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Estampas

Ensayos de Vicente Landínez Castro. Ha llegado el autor a la serena cumbre de la maestría idiomática. Este estilista boyacense es discípulo aprovechado de ese otro gran escritor del mismo departamento, Eduardo Torres Quintero. Encuentro ahora en Estam­pas que su manera de pensar y de escribir coincide con el estilo de su maestro. La prosa de Vicente es cere­bral, melodiosa, llena de movimiento y gracia. Posee otro atributo: la originalidad. No necesita descubrir nada, pero a todo le pone el color de la emoción, y es­te es un gran descubrimiento. Huye de los lugares comu­nes y arma sus escrutinios con novedad y lozanía.

Maravilloso acopio de ensayos el que ahora entrega la Academia Boyacense de Historia, editora del li­bro. Vicente exalta en su obra los valores boyacenses, define el paisaje de la tierra, retrata el alma de los personajes. Su libro es una permanente sinfonía. Hay un profundo tratado sobre el arte de escribir biografías. El lenguaje, el ritmo, la claridad, las ideas, todo ha­ce de esta obra un placer para el espíritu.

De puerta en puerta

Poemario de Hugo Cuevas-Mohr, residente en Cali. El autor es hombre de negocios. Este es, que yo sepa, su primer libro. Me ha sorprendido esta aparición poética por varios motivos. Su mensaje es sensible, armonioso, lleno de imágenes y sugerencias. La poesía moderna ha perdido la emoción. Ya hasta el soneto –la belleza que debe buscar todo poeta– poco se usa. Se prefiere el verso libre, el que por sí solo no es descartable, pero se trata en la mayoría de los casos de producciones sin ritmo, entrecortadas, sin grandeza, sin contenido. Sobre este libro de Cuevas dice Enrique Medina Flórez, el pro­loguista: «Está bien estructurado, tiene un hálito de intimidad lírica real».

La factura de la obra es original. El diseño grá­fico, excelente. Puertas entreabiertas, en el recorri­do del libro, hechas con papel y arte, parecen de verdad. Cada puerta se abre para brindarle al lector ternura y pesares. Y son sugestivas: la puerta de la calle, la puerta del silencio, la puerta del amor, la puerta de la magia, la puerta del lector. En el túnel del amor, el poeta dice: «Era mi casa de puertas y ventanas cerra­das, de bosque en silencio, de árboles y miedo, pasajes claroscuros de calma y dolor». (Lluvia Editores, aparta­do 10488, Cali).

Los amores de Piringo

Tercer libro de provincia que hoy destaco. El escritor e historiador Guillermo Vargas Villamizar, nortesantandereano, es autor de cinco títulos. Tal vez po­cas personas, fuera del propio terruño cucuteño, conocen su producción. Esa es la triste realidad del libro de provincia: no salir de un círculo estrecho. Es la suerte del libro colombiano en general. Esta falta de difusión y estímulo, tanto de las rotati­vas oficiales como de las casas editoras particulares, frena la carrera del escritor.

Vargas Villamizar se ha dedicado en sus últimas en­tregas a contar la historia dentro del marco de la novela. Ya van tres novelas basadas en hechos históri­cos, y en ellas ha logrado estructurar con buena for­tuna la personalidad de los personajes. En la última, que aquí se reseña, saca del terremoto de Cúcuta hechos y actores que hicieron la historia. Maneja con acierto la ficción para encarnar seres reales. Dándoles vida, rescata episodios de la fosa del olvido. (Corporación Educativa del Oriente, avenida 4a. No. 15-88, Cúcuta).

El Espectador, Bogotá, 21-VIII-1990.

El yajé

Al magistrado y escritor Óscar Londoño Pineda debo la lectura de este pequeño libro de cuentos, El yajé, cuyo autor es Germán Cardona Cruz, muerto hace varios años. Renombrado profesor de literatura que se quedó como mito en la historia de Tuluá. Jamás publicó li­bro alguno. Escribía cuentos para su propio deleite, y solía leerlos a sus alumnos sin ningún alarde de maes­tro. Un día tomó sus bártulos y se marchó a las selvas del Caquetá. Allí escribió una serie de narraciones so­bre los embrujos y los misterios indígenas, algunas de las cuales logró recoger Enrique Uribe White en su revista Pan.

Cuando Cardona Cruz se hallaba próximo a la muerte, llamó a sus amigos y en presencia de ellos entregó al fuego sus papeles literarios. Por fortuna su esposa, Emma Perdomo, salvó de la hoguera los cuentos que ahora ponen en circulación los tulueños en el libro que aquí comento. Estos relatos saben a manigua. En El empaujilao, anota: «…Y ese verde perenne, som­brío, opaco, es como un reactivo permanente que aviva el sabor de una tragedia deleitosa y fantástica, que llena el espíritu de emociones absurdas».

Es oportuno aplaudir, como corolario de este suceso regional, el entusiasmo con que un grupo de tulueños la­bora hoy la literatura de su tierra, impulsados por Omar Ortiz alrededor de la revista Nueva Luna.

Edad sin tiempo

Rogelio Echavarría nació poeta. Testimonio de ello es su poemario germinal Edad sin tiempo, que publica en 1948, cuando apenas cuenta 22 años de edad. Ahora lo reedita Arango Editores. En estos cantos iniciales se ad­vierte, de manera inequívoca, hondo lirismo amoroso, desprovisto de vanas retóricas e imbuido de autentici­dad, que luego se refrendaría en El transeúnte (escrito entre 1945 y 1952). En el libro que reseño me llama la atención, en forma sorprendente, el comentario de José Constante Bolaño en 1948, cuando advierte con tono profético: «Edad sin tiempo sitúa ya al autor, a su corta edad cronológica, entre los más logrados líricos de la última generación poética en Colombia».

Rogelio Echavarría es hoy, a sus 64 años de edad, uno de los poetas más reconocidos de la literatura colombia­na. No ha necesitado escribir muchos libros para llegar a esta cumbre lírica. Es un «economista del lenguaje», como lo definió hace muchos años Ebel Botero. (A pro­pósito: ¿qué se ha hecho Ebel Botero?). Y además, maes­tro de la «autenticidad de la palabra», otra ponderación que le hace Fernando Mejía Mejía.

Un viaje a Europa en primavera

Rodolfo Barajas, oriundo de Málaga (Santander), no ha publicado libros. Pero los ha escrito. Ha sido lector de literatura y temas diversos, y esto le ha permitido adiestrar la pluma del escritor; que lo es, en efecto, como lo noto por esta crónica que regala a sus amigos, en circulación cerrada, como resultado de su viaje suyo a Europa. Viaje en primavera, que hace avivar las luces del atardecer.

Rodolfo Barajas muestra en su trabajo naturalidad y gracia al narrar su aventura viajera. Sabe pintar am­bientes y paisajes. En Amsterdam visitó, como buen lati­noamericano, la Calle del Pecado, y de ella extrae esta escena: «Las envitrinadas generalmente están desnudas o vistiendo diminutas prendas transparentes que resaltan su lamentable estado físico o decrepitud otoñal y que lejos de producir excitación despiertan un sentimiento no definido de pesar o repugnancia, y la incontenible determinación de no tocarlas…»

El autor de la obra, hoy en uso de buen retiro de la vida laboral, dedica buena parte de su tiempo a leer y escribir. Formidable ejemplo para quienes no saben cómo llenar los días del otoño.

E. E., 8-X-1990

Bernardo Arias Trujillo: el drama del talento cautivo

El escritor caldense Jaime Mejía Duque analiza en este ensayo cuatro libros de otro escritor eminente de su tierra: Bernardo Arias Trujillo. Tales libros son: Por los caminos de Sodoma, En carne viva, Risaralda y Diccionario de emociones. Es propósito del ensayista demostrar lo que él denomina «frustración del talento sofocado por ciertos mitos personales». Arias Trujillo, vida relámpago de sólo 34 años, se suicidó el 4 de marzo de 1938, ahogado por sus conflictos. Tanto su exis­tencia como su obra quedaron inconclusas. Los cuatro li­bros en mención fueron producidos, con temperatura deli­rante, apenas pocos años antes de su muerte. El ojo cri­tico de Mejía Duque penetra en este itinerario creativo y presenta interesantes revelaciones sobre la caótica personalidad del escritor de Manzanares, cuya obra con­tiene valiosos enfoques sociales. (Editorial Papiro, Manizales).

La especulación iusfilosófica en Grecia antigua

El notario tercero de Bogotá, Hernán A. Ortiz Rivas, ha escrito este libro para dilucidar los conceptos de justicia y de ley desde Homero hasta Platón. Con esta inmersión en la cultura helénica, el autor, que es profe­sor universitario de Filosofía del Derecho, demuestra am­plio conocimiento sobre el proceso histórico de los temas que trata, como bases de la civilización. (Editorial Temis).

Notas para una historia del Liberalismo en Caldas

La Biblioteca de Escritores Caldenses entrega otro li­bro, esta vez de Bonel Patiño Noreña, autor de estos títulos: Textos elementales (1982) y Mito y realidad en la colonización antioqueña (1989. El pre­sente trabajo representa una investigación seria sobre la trayectoria del Liberalismo en la tierra caldense y entra a enriquecer el acervo cultural que los estudiosos han entregado a la comarca nativa. El ensayo resultó ganador de un concurso promovido por la Fundación Popular y la Escuela de Estudios Políticos y Sociales, de Manizales.

La inmigración alemana al Estado Sobe­rano de Santander en ex siglo XIX

Horacio Rodríguez Plata, oriundo de Socorro y falle­cido en Bogotá el mes de agosto de 1987, fue  fecundo historiador que a lo largo de su vida de estudio dejó obra ponderada, sobre todo dirigida a hechos históricos de su comarca nativa. Ahora la Gobernación de Santander reedita esta obra que había visto la luz ha­ce varios años, al comienzo de la cual aparece esta cons­tancia del autor: «Rindo tributo de admiración a un deno­dado grupo de inmigrantes alemanes y en especial a Geo von Lengerke, cuya obra contribuyó extraordinariamente al progreso del pueblo santandereano y a la transforma­ción de sus costumbres». Este personaje de leyenda , el alemán Geo von Lengerke, toca las fronteras del mito y se quedó en la tierra santandereana como pilar de un pro­ceso histórico. Pedro Gómez Valderrama escribió sobre él la vigorosa novela La otra raya del tigre. Y Rodrí­guez Plata, con la linterna del historiador, precisa en su ensayo las dimensiones de aquella hazaña.

E. E., 18-XII-1990

Papeles y razones

Trece escritores del Quindío reúnen trabajos literarios, tanto en prosa como en verso, en este libro financiado con recursos propios de los autores, en demostración de independencia frente al desinterés oficial y privado hacia la cultura regional. Esfuerzo colectivo que vale la pena aplaudir. Estos escritores hacen parte del Taller Literario del Quindío, entidad dedicada a alentar y formar vocaciones en esta tierra de conocidos antecedentes culturales. (Publicaciones Literarias Kanora).

A la sombra del ángel

La Biblioteca Pública Piloto de Medellín, dirigida por Gloria Inés Palomino, cumple ponderada labor en la difu­sión del libro colombiano. Ahora nos entrega, con el apoyo de Colcultura, este poemario de Darío Ruiz Gómez, poeta, cuentista, novelista y profesor universitario, cu­ya obra intelectual alcanza nota destacada en el pano­rama cultural del país, con cerca de diez libros publica­dos. Es, además, critico literario, terreno en el que ha sobresalido con densos ensayos.

Derrumbe moral

Horacio Gómez Aristizábal, crítico de los desajustes morales del país, reúne en este libro varios textos sobre la descomposición de las costumbres y los vicios crónicos del pueblo colombiano. En cual­quier parte por donde se abra el libro se hallarán enjuiciamientos sociales, como éste sobre los niños genocidas: «El 40% de los niños proviene de familias destruidas, de ambientes pervertidos, degenerados, prostíbulos, casas de lenocinio, inquilinatos en que imperan el hacinamiento, la suciedad y la deprava­ción». (Editorial Milla Batres).

Teatro colombiano

Juan Zapata Olivella presenta en este volumen dos obras de teatro: El grito de Cartagena de Indias y La bruja de Pontezuela, esta última montada en el Teatro Colón de Bogotá y en varios países de Amé­rica, como Guatemala, Méjico y Uruguay. Los episodios que concluyeron en la independencia de Cartagena y que escribieron para la historia colombiana páginas de audacia y valentía, renacen en la pluma vigorosa del escritor bolivarense que acredita brillante carrera en diversos géneros literarios. (Lito Susa Edi­tores).

Ventanas al nirvana

Humberto Senegal (seudónimo de Humberto Jaramillo Restrepo) es gran promotor de la cultura quindiana. Con su esposa Gloria Inés dirige en Calarcá la revis­ta Kanora, que registra un itinerario de lucha audaz por el rescate de los valores culturales de la región. Senegal, que adoptó el seudónimo para diferen­ciarse de Humberto Jaramillo Ángel, su padre, es una in­teligencia inquieta que ha despertado interés por sus ideas novedosas y su producción en ascenso. Poeta y cuen­tista, su voz rebelde se ha hecho escuchar en diversos escenarios de la cultura y hoy consolida mé­ritos para conquistar nuevos peldaños en su carrera. Este libro de poesía muestra, como los anterio­res del mismo género, su peculiar estilo de cantarle a la vida en breves píldoras de dolor y ensueño, como ésta: «No muevas la rama, jilguero. Creerá la hormiga que no cesa la lluvia». (Publicación de Cámara de Representantes).

E. E., 23-I-1991

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Misiva:

Querido escritor: Compartimos esta alegría con usted, que ha sabido, primero que otros, valorar la literatura de nuestro departamento. Un abrazo y muchas gracias por las referencias a nuestro trabajo en su columna que muchos seguimos con asiduidad aquí en el Quindío. Humberto Senegal, Calarcá.