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Entradas Etiquetadas ‘Temas literarios’

Obras quindianas inéditas

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El Quindío tiene olvidados a sus escritores. No se ha pre­ocupado por rescatar obras valiosas que debería exhibir con orgullo como patrimonio de la región. Son pocos los gobernadores y alcaldes que han mostrado interés por la cultura. Hace buen tiempo se constituyó la Biblioteca de Escritores Quindianos, que lanzó varios títulos como in­signia de una raza creadora. Hoy la Biblioteca está muerta.

El Comité de Cafeteros, también en días remotos apoyó la publicación de varios libros, como la novela Bajo la luna negra, de Eduardo Arias Suárez, una antología de Bau­dilio Montoya y un libro de Euclides Jaramillo Arango. Y no volvió a hacerlo.

Gloria Chávez Vásquez, distinguida escritora y perio­dista quindiana residente en Estados Unidos, había recibido promesa de la Alcaldía para editarle la obra El conde del Jazmín, que iba a obsequiarle a Armenia en el centenario. El alcalde le incumplió la pala­bra. Pasada la efemérides, el libro fue publicado por la Universidad del Quindío, aun­que con fallas de impresión. Ojalá alguien me informe qué títulos han patrocinado en los últimos años el departamento y el municipio de Armenia.

Como un reto para los nuevos gobiernos regionales (y sobre todo para los organis­mos de cultura, que a veces no se sabe qué hacen) voy a citar algunas obras de escritores fal­lecidos, con énfasis en los li­bros inéditos, y con el propósito de que el Quindío recoja la herencia espiritual que le de­jaron insignes autores:

Eduardo Arias Suárez: inédi­tos sus Cuentos heteróclitos; y no volvió a circular su obra cuentística, que tanta pondera­ción recibió en Colombia y en el exterior.

Jaime Buitrago Cardona: inédito un libro de cuentos folclóricos; además, esperan reedición sus tres novelas indigenistas.

Rodolfo Jaramillo Ángel: fuera de dos libros publica­dos, dejó importante material inédito.

Antonio Cardona Ja­ramillo (el célebre Antocar): están inéditos Juanito el soñador y Barbasco. Cor­dillera, su único libro publi­cado, reclama reedición desde hace mucho tiempo.

No cito a escritores muertos en años recientes. Con esta muestra basta y sobra.

La Crónica del Quindío, Armenia, 19-V-1992.

 

El escritor quindiano

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

En días pasados se realizó en Armenia, bajo la coor­dinación de la Corporación de Fomento y Turismo mu­nicipal, el primer encuentro de escritores nacionales, al que se le bautizó con el nombre de Poporo Quimbaya.

Fueron invitados 14 escri­tores, algunos muy renombra­dos en el país, pero varios de ellos no asistieron. Los que concurrie­ron a la cita fueron objeto de cordial hospitalidad y tuvieron la ocasión de apreciar los rasgos atractivos de esta ciudad con gran vocación turística.

De esta manera la oficina organizadora cumplió una de sus funciones básicas, y además facilitó el diálogo provechoso de la juventud es­tudiosa con los escritores asis­tentes. Me extrañó la ausencia de los escritores del Quindío.

Cuando lo lógico es pensar que eran estos los anfitriones, no los vi figurar en las noticias con que se anunció el evento, ni los hallé luego en las fotografías publicadas. Esto da pie para pensar en dos cosas: o que no fueron invita­dos, o que no se dejaron invi­tar. De todas maneras brillaron por su ausencia, por lo menos hasta donde he logrado captar la noticia.

Sea lo que fuere, la litera­tura quindiana es un hecho cierto en el panorama del país. Ha tenido el Quindío, y tiene, figuras sobresalientes en los diferentes campos del arte. En el cuento (y hablemos de la escuela de maestros que surgió a comienzos del siglo con el liderazgo de Eduardo Arias Suárez), los escritores de en­tonces pusieron muy en alto el nombre de la comarca.

No sé si en la reunión se mencionó la obra de este precursor de la cuentística regional, hoy olvidado en su propia tierra, como que no volvieron a editarse sus libros ni existe un monumento que recuerde su memoria. Con él, varios escritores de su gen­eración han quedado sepulta­dos en la amnesia de los nuevos tiempos.

El nombre de Luis Vidales ocupa sitio destacado en la poesía. Me dicen que sus cenizas fueron llevadas al Quindío y han recibido los honores que merecen. Entre las personas vivas hay que exaltar a Camelina Soto, gloria de la poesía regional, con resonancia internacional. Me gustaría saber que ella estuvo alternando con los ilustres huéspedes de la ciudad, a quienes les sobraron elogios en los comentarios de prensa.

En cambio, no vi ninguna referencia sobre los escritores regionales, y sería interesante conocer qué sucedió con el producto de la tierra anfitriona en este encuentro cultural.

La Crónica del Quindío, Armenia, 8-IV-1992

* * *

Comentario:

Respecto a su comentario sobre el reciente foro de escritores, le manifiesto que ningún escritor quindiano fue invitado, de ahí nuestra ausencia. Jesús Arango Cano, Armenia.

 

Rincón del libro (4)

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Cristóbal Colón y el encuentro de dos mundos

La Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia rinde homenaje al historiador Juan Friede —muerto en Bogotá en 1990— con la publicación del título número 14 de la serie Nuevas lecturas de Historia, donde se recogen importantes textos suyos que giran alrededor del Descu­brimiento de América y la raza indígena. Friede había nacido en Wlawa (Rusia) en 1901 y se residenció en nuestro país desde 1927, donde obtuvo la nacionalidad colombiana.

Siempre el amor

Beatriz Castelblanco de Castro, autora de varios textos ya decantados a través del tiempo, presentó en la pasada Feria Internacional del Libro este poemario de tiernos acentos amorosos y profundas añoranzas. La escritora boyacense ha publicado además los siguientes títulos: Ensueño lírico (1954), Poemas de amor en llamarada (1978), Los niños buscan una lámpara (1979), y otros sobre Derecho. (Editorial Publicitaria, Bogotá).

Dios en Cortelandia

El escritor caldense Jaime Maldonado Garay ha hecho del humor un recurso literario de buena ley. Trae a Dios a la tierra y lo deja por unos días en Colombia como testigo de nuestros desajustes y vicios crónicos, y maneja al personaje con delicadeza y sin caer en blasfemias. Su libro recuerda la picaresca española que supo pintar, con fina ironía, cuadros de costumbres y ambientes sociales, con su fondo de aventureros, bribones y clérigos sueltos. (Tipografía Hispana, Bogotá).

El conde del Jazmín

Gloria Chávez Vásquez, es­critora y periodista quindiana que vive hace varios años en Estados Unidos, logró al fin darle vida a este personaje tí­pico que ella quiso resucitar para los 100 años de Armenia, pero la Alcaldía le incumplió la palabra de edición del libro; el que sale ahora, como homenaje aplazado para la Ciudad Milagro, con el patro­cinio de la Universidad del Quindío.

Historia de la sangre

En Aguasabrosa, su pe­queña finca ubicada en el municipio de Buga, Óscar Echeverri Mejía ve pasar la vida. Allí alterna, rodeado de sosiego y encantos naturales, las faenas del campo con las faenas del espíritu. El poeta lleva 24 libros publicados, cuatro de los cuales han salido de su retiro campestre. Historia de la sangre es el lazo que es­tablece Echeverri Mejía entre sus antepasados y su descen­dencia para afirmar el sentido de la familia y dejar un canto de amor a la posteridad. Poeta, académico, ensayista, cate­drático, ha cumplido prolífera labor como bardo ro­mántico de tierna entonación, cuya fina sensibilidad deja a la literatura colombiana sonetos extraordinarios y hermosos poemas traducidos a varios idiomas, llenos de transpa­rencia y profundidad. (Edición de Industria de Variedades Textiles, Medellín).

Vida y muerte de Satán Fuego

Defensor endiablado de Riosucio, Arcesio Zapata Vinasco recoge en este libro muchos perfiles del folclor carnavalesco de su pueblo. Entusiasma la ardentía con que el autor se entrega a la causa del patrono de los riosuceños, el mitológico Diablo que le ha enseñado a una po­blación —y al país entero— a reír con el alma y a desterrar las tristezas y los afanes coti­dianos. (Talleres de Impresos Jaber).

El Espectador, Bogotá, 19-IX-1991

Los siguientes libros publi­cados por Plaza y Janés, firma que mantiene estre­chos vínculos con la literatura colombiana, llegaron a mis ma­nos por gentileza del jefe de relaciones públicas de la casa editora, señor Fabio Castro Cruz.

¡Los muertos no se cuentan así!

Es la primera novela que pu­blica Mary Daza Orozco, co­rresponsal de El Espectador en Valledupar, que alterna su oficio periodístico con el cultivo de las letras a través de cuentos, ensayos y novelas. La lectura de esta breve obra me ha permitido apreciar la capacidad de narrar que tiene la autora, quien pre­senta en lenguaje llano y con acento romántico en algunos pasajes, un relato conmovedor sobre el drama de los muertos y desaparecidos que se vive en Colombia. Denuncia des­carnada que se agrega a los impresionantes testimonios que hacen crecer a diario, tal vez como una memoria lacerada pa­ra los tiempos futuros, la litera­tura de la violencia colombiana.

Todo es mío en el sentido en que nada me pertenece

En septiembre pasado se cum­plieron 15 años del accidente de tránsito que en Tocancipá le costó la vida a Gonzalo Arango. En este tomo se reúnen, con prólogo de Angelita, los tres últimos libros del fundador del nadaísmo: Providencia, Fuego en el altar y Adangelios. Gonzalo Arango, con su rebeldía social y su visión profética, constituye un caso extraño en la poesía de protesta, cuyo movimiento se enterró con él. El tono desespe­rado de sus primeros poemas fue sustituido, en la etapa de madurez, por un misticismo acen­drado que buscaba a Dios en todas partes. En su producción final, ésta que ahora se recopila como testimonio vivificante del rebelde con causa, el Profeta –como se le llama– condena el odio, la droga, la codicia del dinero, el materialismo, los vi­cios, la violencia en todas sus dimensiones. Parece que estu­viera viviendo la disolución de los tiempos actuales. Y defiende el amor como el camino de la vida: «El amor –dice– da alas… Si la libertad no existiera, el amor la habría inventado».

Lucha de ambiciones

Lufér Musal, seudónimo de un peruano que hace 12 años vive en Colombia, y que es alto direc­tivo de los laboratorios Specia, ha sido gran amante de los libros. Ahora publica su propio libro, y desde ya anuncia la salida de su próxima novela, titulada La mentira. La novela que aquí se comenta tiene la originalidad de venir en un ál­bum (sistema denominado novela/video-book-), gracias al cual se obtiene una idea del contenido y mensaje de la obra. La historia gira en el mundo del poder y el dinero, y con ella quiere mostrar el autor que hay ambiciones buenas y malas. Novela de la vida real, escri­ta en lenguaje sencillo, para el autor representa, ante todo, la perseverancia en el ideal de ser escritor. Y ya lo es, para bien o para mal.

E. E., 15-I-1992

Una permanente lluvia de libros enriquece mi mesa de estudio. Anima saber que  Colombia es país de escritores. El escritor, por más ignorado que sea, es el soporte de toda sociedad culta.

Huella

A Diana López de Zumaya, residente en Méjico y que estuvo hace poco en Colombia, le debo un regalo magnífico: el libro póstumo de Adel López Gómez, su padre, que él mismo alcanzó a bautizar con el certero nombre de Huella. Es una selección de cuentos pu­blicada por la Gobernación de Caldas, que recoge la trayectoria del escritor y queda como testimonio de su itinerario pleno de realizaciones.

Lumbres secretas

José Antonio Vergel, escritor tolimense que residió largos años en Rusia, publica, de regreso a la patria, el bello poemario Lum­bres secretas. La vena romántica de Vergel, que vibra de amor ante los dones de la vida y se conturba ante los hechos adver­sos del destino, transforma en poesía las emociones del alma.

Memorias del mestizaje

Óscar Piedrahíta González, es­tudioso de la obra de Otto Morales Benítez, divulga el ensayo Memorias del mestizaje: libro esen­cial en el continente. El trabajo de Piedrahíta se convierte en guía para rastrear la tesis que el escritor caldense ha explayado sobre nuestra esencia indoamericana.

Tomás Carrasquilla: autobiográfico y polémico

Notable aporte bibliográfico hace el Instituto Caro y Cuervo al patrocinar el libro Tomás Carras­quilla: autobiográfico y polémico, de Vicente Pérez Silva. En los documentos que aquí se recopi­lan, fruto de severos escrutinios, fulgura la efigie de Carrasquilla como autor de famosas controver­sias literarias, hoy olvidadas.

Alberto Gómez Moreno 

En nueva entrega de Hojas Universitarias, la Universidad Cen­tral rinde homenaje póstumo a Alberto Gómez Moreno, miembro fundador y vicerrector adminis­trativo del centro docente, muerto el año pasado en sensible acci­dente de tránsito. En las habitua­les secciones de la revista (respetable libro de 386 páginas) se repasa el acontecer culto del país.

Papeles para la paz

En Papeles para la paz, Otto Morales Benítez reúne diversos escritos y reportajes alrededor del orden público cuando presidió la Comisión de Paz en el gobierno del presidente Betancur. Queda aquí, para estudio de quienes se preo­cupan por los fenómenos sociales, una autorizada fuente de informa­ción sobre la violencia colombia­na.

Cantares y poemas y

Poemas para leer en el bus

El Departamento de Publica­ciones de la Universidad de Antioquia, cuyo director es Jorge Pérez Restrepo, cumple excelente labor cultural. Dos nuevos libros han sido entregados al público: Cantares y poemas, de San Juan de la Cruz, en el que se recoge, con motivo del cuarto centenario de la muerte del poeta místico, su mejor producción; y Poemas para leer en el bus, de Rubén Darío Lotero, obra ganadora del último Premio Nacional de Poesía patroci­nado por la misma Universidad.

E. E., 23-IV-1992

Momentos de la literatura colombiana

El Instituto Caro y Cuervo acoge en la serie La Granada Entreabierta este libro de Otto Morales Benítez. Este escu­driñador del quehacer literario del país ha permanecido pen­diente, a lo largo de su  vida de estudio y producción, de las diversas corrientes del pen­samiento nacional. Con los ensayos recogidos en esta obra, el autor enriquece el acer­vo intelectual de la patria.

Los juegos de Merlina

Femando Soto Aparicio, profun­do conocedor del alma de la mujer, sigue la misma línea de sus últimas novelas e incursiona en el campo erótico. Al crear esta Merlina –cual otra Nana, otra Cloe u otra Eloísa–, ofrece recetas sobre el arte de amar. La pasión se tra­duce en imágenes, fantasías, frustraciones y anhelos alrede­dor de una pareja, los únicos personajes de la historia.

El iluso

Roberto Urdaneta Gómez aparece como narra­dor ágil, ameno, fino humorista. El  tema lo maneja con gracia y suspenso, toques sensuales y a veces con ciertas escenas crudas que hubieran podido li­marse para mantener el erotis­mo auténtico. Entre mujeres, yerba y sexo se pinta el clima de los vacíos que no dejan vivir al hombre en paz. En medio de este ambiente, un escritor (que puede ser el mismo novelista), siempre con el cigarrillo en los labios, inquieto, nervioso, lucha por preservar su alma. El libro resulta una declaración de fide­lidad al oficio de escribir.

La historia del señor Sommer

Patrick Süskind –el autor de El perfume– escribe ahora un tierno relato en La historia del señor Sommer. Este extraño persona­je, que se sube a los árboles y vaga por los caminos como sombra misteriosa, no se sabe si es cierto o fantástico. La magia de la obra permite verlo como una persona viva que con su largo bastón o montado en su bicicleta veloz recorre las pági­nas encantadas del libro. El breve relato suscita variadas di­vagaciones sobre el misterio de la vida, alrededor de un protago­nista indescifrable. Verda­dera obra de arte.

De los Barrera de Sogamoso

El médico Reynaldo Valderrama Barrera, ntegrante de este apellido, re­coge viejos papeles que encontró olvidados en su ciudad natal, entre ellos el testamento que el sargento Jacinto de la Barrera firmó en 1734. A través de los trámites de la herencia se pue­den apreciar las características sociales de aquellos tiempos, dos siglos y medio anteriores al momento actual. En el curioso libro, con ribetes de lujo, cuyo prólogo es de Gabriel Camargo Pérez, se entreveran, junto con los papeles de la época, bellas fotografías de pueblos y paisajes boyacenses.

Muer­te profunda más allá de la ilusión

Publicado por la Universidad San Francisco de Quito, en la que es catedrático Iván Ulchur Collazos, natural de nuestro de­partamento de Cauca, ha salido este  libro de microcuentos. El autor, egre­sado de la Universidad de Popayán y con doctorado de la Universidad de Texas, sobresale en los medios intelectuales del Ecuador. En estas microhistorias se pinta con palabras expresivas y tono poético y evocador el sabor de la vida que se mueve entre miedos, violen­cia, tristezas, nieblas. Es una sociedad de máscaras y ficcio­nes donde el escritor, aplicando su lente social, logra du­ros retratos, algunos con gotas de humor lacerante, sobre la tragedia del hombre.

E. E., 7-VII-1992

Cita con Boyacá

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar

Palabras iniciales del libro Cita con Boyacá, en vía de publicación por la Academia Boyacense de Historia (libro que al fin no se publicó).

Todos los caminos de este libro conducen a Boyacá. Son escritos ocasionales que han surgido en diferentes épocas, con emotividad y en tono coloquial, sobre hechos, personas y paisajes de mi tierra. Estos temas mantienen una intención, una identidad: mi amor por Boyacá. Es la atracción mágica que ha brotado en quien entiende el vínculo con la tierra como la afirmación del carácter. Y siente el llamado telúrico como un compromiso de la sangre, como un sello de la raza, como un honor irrenunciable.

Cuando se me pidió un libro sobre Bo­yacá, pensé de inmediato en mis notas dispersas por periódicos y revistas como la respuesta apropiada para demostrar que ya estaba escrito. Javier Ocampo López, presidente de la Academia Boyacense de  Historia y pro­motor de la cultura regional, sabe que un libro es la suma de múltiples emociones, de permanentes esfuerzos. Agregándole otros capítulos a esta obra que entrego a Boyacá, como lo he hecho para reforzar una idea, y no para llenar espacio, cumplo con la ilusión del escritor que celebra su propio regocijo. Volver a la parcela natal por los hilos del afecto y la retrospección del alma es nacer de nuevo. Es la manera auténtica de encontrarse con uno mismo y hallar la explicación de su propia existen­cia.

El hombre será siempre eco de su provincia. No podrá prescindirse de la marca de la tierra, como tampoco puede romperse, aunque se quisiera, el li­gamento de la estirpe. Se nace y se muere en función de tierra. Es un sino inevitable. La patria chica da personalidad y crea res­ponsabilidades.

No se piense descubrir en estos escritos nada diferente a un acto de presencia en la vida de mi departamento. Soy, por naturaleza y formación, enemigo de los textos pesados. Y más de los tonos doctora­les, que suelen fatigar y volverse pedan­tes. Prefiero la crónica ligera, desprovis­ta de artificios y elaborada con sutileza y amenidad.

Reúno aquí variados enfoques sobre el acontecer literario, histórico y humano de mi tierra, de esta Boyacá de sacrificios y epopeyas, de resignaciones y glorias, de recatos y virtudes, de mujeres castas y hombres virtuosos. Boyacá, la de los labriegos y los pensadores, la de los políti­cos y los militares, la de los eclesiásticos y las gentes de bien, la de los horizontes turísticos y la despensa agrícola, es territorio fértil para la libertad y la inteligen­cia. El país sabe que en Boyacá hay una brújula tendida hacia la patria.

Este libro es un canto a mi raza boyacense. Es la respuesta del viajero de muchos cami­nos que hoy se detiene a la vera de sus propios escritos para rendirle home­naje a su rincón telúrico. Y vuelve, como en el caso de los amantes seguros, a cumplir su cita con Boyacá.

Revista La Crónica del Oriente, Tunja, agosto de 1989

Dos valores boyacenses

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Infatigables luchadores de las letras, registran ponderada labor intelectual. Fernando Soto Aparicio sobresale en el gé­nero de la novela, y Vicente Landínez Castro se ha consagrado como ensayista y estilista. Los dos fueren directores del Ins­tituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá. Y ambos dejan  huella en las letras boyacenses.

EL HOMBRE EN LA CREACIÓN DE

FERNANDO SOTO APARICIO 

No tiene antecedentes en su desconcertante capacidad para elaborar cuartillas, corregir, lanzar libros. Es el novelis­ta más prolífico de Colombia. Le recomienda al escritor la disciplina de escribir todos los días, y todos los días pulir, sin descanso, como la única fórmula para avanzar de trecho en trecho hasta la elaboración de una obra. Y es el único autor que, despreciando conceptos malintencionados, se ha conver­tido en técnico de libretos para la televisión, arte que domina con erudita facilidad y que le permite abarcar el poder completo de la palabra. Además es cuentista, ensayista y delicado cul­tivador de la poesía, y sobre todo del soneto, el que maneja dentro de los moldes clásicos de este género, el más difícil, que ha aprendido a pulsar con musicalidad y elocuente emisión de ideas y metáforas.

Una máquina de libros

Al entrar en circulación un libro suyo, ya la imprenta adelanta el siguiente. Desde la edad de diez años, cuando sus compañeros se entretenían en las sanas diversiones de la épo­ca, Fernando Soto Aparicio escribía dos novelas a la vez, caso de excepcional precocidad literaria que mostraba la vocación de quien no iba a darse tregua en el afán de explotar las profundidades del hombre. Puede decirse que no conoció la niñez e irrumpió en la juventud, casi sin darse cuenta, con la mente moldeada por los escritores franceses, sobre todo, de quienes aprendió el don de criticar a la sociedad entreteniéndola.

El hombre, una brújula social

Es el único escritor que desde su primera obra tomó al hombre como meta de su creación. De ahí no se ha desviado. Soto Aparicio es un buceador permanente de la inteligencia y no se ha conformado con señalar al ser humano como el principio ético más importante del planeta, sino que ha con­vertido su literatura en arma clamorosa contra los desequili­brios y los atropellos sociales.

Agudo observador del medio ambiente que le ha corres­pondido vivir, copia de la realidad cotidiana las angustias, las frustraciones, los anhelos de un mundo en constante con­flicto que clama por la justicia y que pide pan, techo, salud, educación, libertad… un Mundo roto —el título certero de una de sus obras— que es preciso recomponer si se quiere evi­tar la catástrofe social. Soto Aparicio no ha tenido que inven­tar nada. Todo lo ha captado con su fina penetración en el mundo circundante. Ha sentido las desgracias ajenas y las ha recibido como propias, metiéndose en el pellejo de sus per­sonajes, criaturas de barro y con alma noble que transitan por las páginas de sus obras como testimonio y denuncia.

En la temprana edad de quince años, apenas un mozal­bete inexperto, conoce en Santa Rosa de Viterbo a una bella mujer de la cual se enamoraron todos los muchachos del pueblo. De aquel fugaz encuentro sólo le quedó la imagen de la niña boyacense de trenzas ligeras y facciones candorosas, que bien pronto desapareció como una ilusión, dejándole la mente herida. Al correr de los años encontró el novelista un rostro similar, ajeno y desdibujado, en una cárcel de Bogotá, y de allí nació la asimilación de dos semblantes de mujer, dos almas que, girando en sentido contrario, daban aliento a una novela de crítica social. Antes de plasmar su propósito visitó no pocas cárceles en investigación de sistemas que, pretendiendo ser reformadores, mutilan al individuo y lo desadaptan como ser social.

La lente de retratista de los tiempos que hay en Fernando Soto Aparicio ha escudriñado los recovecos del alma para mostrar, en su desnudez, la tragedia del hombre, con sus vicios y virtudes, sus clamores y deseos de redención. Su intención, que va más lejos de los linderos de la patria, descubre al hombre latinoamericano, un segmento de idénticas dimensio­nes, también pisoteado y también desconocido. Dondequiera que esté el hombre, y bajo cualesquiera circunstancias, allí se siente la voz de este escritor que entiende la literatura como combate, más que como simple juego retórico.

La novela como filosofía

Beatriz Espinosa Ramírez, estudiosa de la problemá­tica latinoamericana, dedicó cuatro años de investigación a los escritores más importantes del continente y encontró a Soto Aparicio como el más consagrado e identificado con la causa del hombre latinoamericano. Estudió a fondo la obra, ya monumental, de nuestro escritor, hasta conven­cerse de la esencia humanística de un patrimonio cultural que no todos advierten. Y como consecuencia de ese análisis, nos deja Beatriz Espinosa un libro excelente, Soto Aparicio o la filosofía en la novela, que habrá necesidad de consultar siempre que se quiera entender la personalidad literaria de este escritor infatigable en la búsqueda de su verdad.

Se mete él en la conciencia del pueblo latinoamericano y ennoblece el sentido de vivir. Propugna una existencia más digna, lque es negada por los gobiernos despóticos y las leyes anacrónicas que anquilosan y empequeñecen, cuando no embrutecen y destruyen. El hombre contemporáneo, engendro de la «incivilización» que primero supo deformarlo y lo mantiene entre fusilerías y miserias sin fin, se rebela a encontrar escritores no conformistas, como Fernando Soto Aparicio, que atacan la falsificación de la moral y se van contra todo lo que signifique opresión.

El imperio de la palabra

Escribe con originalidad, sencillez e independencia, y adorna sus pasajes con ágiles recursos estilísticos, unas veces en tono reposado, y lírico otras, según lo impongan las cir­cunstancias. Ha hecho de la palabra su razón de ser, su más apropiado canal para llegar a las masas. Así define él mismo su universo: «La palabra pinta, suena, abofetea, enamora, se dispara hacia el infinito o hacia el corazón, que viene a ser lo mismo; la palabra no tiene límites, como no los tiene el hombre, cuando aprende a entenderla […] Por la palabra he entendido personas, injusticias, llamadas de auxilio, convul­siones sociales y plegarias. Yo creo que vivo en función de la palabra; es mi aliada, mi instrumento, mi compañía…»

Este sencillo hombre de provincia que saltó, desde su te­rruño boyacense, a la gran ciudad, lo hizo igualmente desde las novelitas aquellas de sus diez años, que luego destruyó, a la copiosa producción de todos los días, que hoy conforma un hecho notable en la literatura. Sus libros son textos obligados de colegios y universidades. Hombre tacitur­no, recogido en su propio mundo, sabe que el aislamiento del creador, a pesar del bullicio de la gran ciudad que lleva a rastras, significa liberación. Liberándose a sí mismo, le en­seña al hombre los caminos de la emancipación, de la autén­tica dignidad que no todos los escritores saben explorar para luego pregonar.

VICENTE LANDÍNEZ CASTRO,

UN PEDESTAL DE CULTURA

Nació en Villa de Leyva en el año de 1922. Sobre su ciu­dad natal escribió hace muchos años una hermosa página, donde se lee: «Aquí, en esta antañona ciudad, tenemos el pretérito detenido, hierático, fosilizado delante de nuestros ojos: nos es dado oírlo, verlo, sentirlo, olerlo y palparlo por doquier. Por eso encontrarse uno en Villa de Leiva equivale a estar sumergido en lo más profundo de la historia de la patria».

La cultura como blasón

Parece como si Villa de Leiva le hubiera marcado el alma a este boyacense integral que también se encuentra detenido en la historia de Boyacá. Cuando se llega a Tunja y se posee sensibilidad de escrutador, como yo lo he hecho por breve tem­porada en este declinar de 1987, es forzoso preguntar por los forjadores de la cultura regional. Tunja es una ciudad que respira cultura por todos los poros. Surgieron muchos nombres ilustres y siempre se mencionó el de Vicente Landínez Castro como un termómetro espiritual.

También en su caso podría decirse que su rastro se siente, se palpa, se olfatea en cada esquina, en cada recinto de la cultura. Su dedicación a la causa del espíritu ha sido absoluta durante toda su vida de medi­tación, de estudio y creación. Yo lo conocí en los años cincuenta como quijote batallador en medio de una ciudad fría y al mismo tiempo creativa. Pasados los años, muchos años, me postuló como miembro de la Academia Boyacense de Historia y, sin serme posible evadir el honor, le perdoné su generosidad.

El gran ausente

Vicente está hoy ausente de Boyacá. En Tunja dejó es­crito su nombre, nombre que siempre se leerá en letras grandes dentro de los inventarios de la cultura regional, y luego se trasladó, ya en el ocaso de su fecunda existencia, a un departamento vecino. Cuando la vida ha sido productiva, sobre todo en los afanes de la mente, el hombre se encuentra realizado.

El amigo ya no vive en Tunja pero se halla, con el vacío de su ausencia, más cerca de la tierra de sus luchas y sus sueños. Es, por consiguiente, ese pretérito inmóvil, al igual que su cuna natal, que no logrará ya remover el paso del tiempo. Villa de Leyva, que es historia y permanencia, le transmitió genes de perpetuidad. Eso les sucede a los hombres grandes que han vencido los límites de lo caduco para remon­tarse por las regiones de lo imperecedero.

Landínez Castro es hoy habitante contemplativo del bello municipio de Barichara, donde se residenció en plan de si­lencio, de soledad y olvido. Así me lo confiesa en una de sus cartas, mediante esta  sentencia de Enrique Ibsen: «El hombre, cuanto  más solo, más fuerte». Allí pasa sus horas en saludables cavilaciones y hondos reposos. Allí se siente compenetrado con su mundo interior y se regodea morosamente en sus soledades.

Remanso espiritual

En otra célebre página suya, del mismo corte de la dedi­cada a su patria chica, confiesa que Barichara fue el pueblo con el que siempre soñó. Lo llevaba en la mente y en el corazón como se guarda el rostro de la mujer amada. Se refugió en el callado paraje de vuelta de los halagos literarios, pero para rematar su carrera de abundantes frutos intelectuales. Y vive rodeado de paz.

Boyacá ha perdido a uno de sus hijos más meritorios. El escritor se enclaustró en el solar santandereano y ya poco se le ve por Tunja. Al poco tiempo de andar por las calles em­pedradas que le recuerdan las anchurosas de su Villa de Leiva, se rebelaron en sus intimidades las mismas ansias de explo­ración que le abrieron los veneros de la Tunja colonial y fundó, según me cuentan, un movimiento de cultura. Vi­cente morirá con su eterna sed de investigación y creatividad. Entre artesanías y letras pasa sus horas del solaz vesperal. El hombre culto nunca puede detenerse.

Como catedrático de la universidad tunjana y de impor­tantes colegios de Bogotá, Ibagué y Tunja, deja huellas de su vasta erudición. Es miembro de la Academia Colombiana de la Lengua y de la Academia Colombiana de Historia. Como miembro de la Academia Boyacense de Historia asesoró la edición de obras fundamentales para la investigación de nues­tro pasado glorioso. Fue, durante largos años, director del Fondo de Publicaciones de la Universidad Pedagógica y Tec­nológica de Colombia y allí cumplió extensa labor de di­vulgación de los escritores boyacenses. Su última posición fue la de director de Cultura y Bellas Artes de Boyacá, instituto gigante que promueve, a través de variadas y actividades, el desarrollo espiritual de la comarca.

Orfebre de la palabra

Su obra literaria es valiosa: Testigos del tiempo, Almas de dos mundos, Primera antología de la poesía boyacense, 105 sonetos de la literatura universal, Novelando la historia, El lector boyacense, Estampas.

Vicente Landínez Castro ha entrado ya con suficiente bagaje en la galería de pensadores y escritores boyacenses. Su trayectoria como hombre de cátedra, de academia, de realiza­ción literaria y liderazgo cultural lo sitúa entre los más destacados exponentes de la cultura boyacense. Algún día se levantará un pedestal a su inteligencia. Su prosa es castiza y de cincelado estilo. Ha sido orfebre de la palabra, meti­culoso creador de cuartillas. Se ha ido de Tunja y eso nos duele, pero su nombre vaga por la villa como una luz protec­tora. Está hecho de piedra, de piedra estática y fosilizada. La misma piedra de Villa de Leiva, de Tunja y Barichara le con­torneó el alma, le dio solidez al espíritu. Permanecerá en el tiempo como una estatua del saber y la virtud.

Revista Cultura, N° 135, Tunja, segundo semestre de 1991