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Cartas de Gilberto Echeverri Mejía

miércoles, 18 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Marta Inés tenía ocho años cuando conoció a Gilberto Echeverri Mejía, cuya  familia, procedente de Rionegro, se había instalado en Medellín, donde él entró a estudiar en el Colegio San Ignacio y entabló estrecha amistad con un hermano de su futura esposa. Se casaron doce años después, en 1962. La feliz pareja cumplió la parábola del amor ideal, rodeados del cariño de sus hijos y nietos, hasta que el ex ministro y el gobernador de Antioquia cayeron en poder de la guerrilla y fueron acribillados en el monte, de la manera más vil y despiadada. ¿Por qué los mataron? Por ser pregoneros de la paz.

Echeverri Mejía le prestó brillantes servicios a la patria desde importantes posiciones, entre ellas, como ministro de Defensa. Allí se destacó por su ánimo franco y conciliador. Su natural campechanía, fruto del abierto espíritu paisa que se ha convertido en emblema de su tierra, le creaba un talante de llaneza y simpatía que le hacía ganar el aprecio de quienes lo rodeaban. El antioqueño, como hijo de la montaña, es desenvuelto y cordial. En esa misma montaña, y a manos de los insurgentes, fue asesinado con sevicia este hombre de paz.

Su cautiverio se prolongó por trece meses. Durante esos días infinitos, sujeto a toda clase de penalidades, pensaba a cada rato en su familia. El inmenso amor por su esposa y sus hijos le permitía soportar la adversidad con estoicismo. Sacaba fuerzas de donde no las tenía, y con su ejemplo daba valor a sus compañeros en desgracia, víctimas, como él, de esta guerra demencial que se ensaña en las personas de bien y no respeta edades ni clases sociales. Para mitigar la pena y alimentar la ilusión, se dedicó a enviar cartas frecuentes a su esposa. Cartas que al paso de los días brotaban con la llama del amor que no había conocido eclipses en cuarenta años de matrimonio.

Perdido en la montaña, el correo era el único medio que le quedaba para hablar con Marta Inés, bajo el sofoco de las horas cruciales y el acecho de las armas que vigilaban su encierro. Enviaba las cartas por intermedio de sus guardias, las que se convertirían en pruebas de supervivencia que interesaban a sus captores. Marta Inés le confesaba hace poco a Carolina Abad, editora de El Espectador: “Fue un matrimonio feliz, porque era un buen hombre, amoroso, el más querido del mundo entero, muy familiar, una persona brillante que admiré siempre”.

La primera misiva revelaba el cariño profundo hacia su esposa: “Inicio esta carta después de algunos comentarios para decirte una y mil veces que te quiero como a nadie he querido. Me paso todo el tiempo pensando en ti, en la historia de nuestras vidas y en cómo será cuando se produzca nuestro regreso. También sufro mucho al pensar en tu angustia y sufrimiento causados por mi culpa, pero yo conozco tu corazón y tu pensamiento, y sé que en el fondo de tu alma triste me entiendes y perdonas”.

Perdonarlo… ¿por qué? ¿Por ser solidario con el país? ¿Por haberse comprometido en la causa de la paz? Así era él: hombre bueno, de conciencia recta y alma patriótica. Ser romántico que expresaba, como en los mejores días del noviazgo, el amor perenne que ahora truncaba el hado siniestro.

Otra vez le decía: “El vacío que siento al no poder charlar, discutir, mirar, reír con ustedes, es un hueco muy grande, pero tengo que aceptarlo porque tomé un riesgo y perdí. Lo tomé porque tenemos que dar los pasos que sean necesarios para cambiar las cosas de nuestro país por medios no violentos”. Decenas de cartas llenas de ternura y de palabras de consuelo para la amada afligida (la “amada inmóvil” de Amado Nervo), que quizá no volvería a ver nunca más, fueron llenando este fantástico epistolario amoroso, digno de edición.

Ocultaba su amargura interior. La queja estuvo siempre ausente de su vocabulario. En otra misiva le decía: “El sacrificio que yo hago es mínimo al lado del tuyo”. A sus nietos les recomendaba que quisieran a Colombia y nunca se dejaran dominar por el desaliento hacia la patria. Incluso tuvo tiempo de escribir un libro de educación. ¿Cómo lograba serenar la mente en medio del horror? A sus guardias les daba lecciones de coraje, de civismo y amor por la patria, tanto con el ejemplo como con la palabra.

En su última carta, días antes de su muerte, manifestaba: “Si en vez de retención hubiese sido mi muerte lo que hubiera sucedido aquel 21 de abril, mi tema sería asunto del pasado, y ustedes estarían dando a sus vidas otro manejo. Si el llamado acuerdo humanitario requiere unos meses para ser terminado positivamente, se justifica continuar en este estado, pero si el horizonte es de años y de dudas, prefiero pedirle a Dios que me lleve lo más pronto posible (…) Soy católico y dentro de lo que me enseña mi religión, no haré nada contra mi vida y salud, pero sí le ruego a Dios que me permita partir para que mi gente pueda volver a la normalidad (…)”

Marta Inés no recibió ninguna de estas cartas. El Ejército las halló arrumadas en el cambuche donde quedó el cuerpo de Gilberto Echeverri Mejía, perforado por muchas balas y con el fatídico tiro de gracia con que los monstruos rematan a sus víctimas para cerciorarse de que no les queda ningún aliento de vida. Estas cartas son el testamento inmensurable de un hombre valiente, patriota a carta cabal, que hizo del amor la mejor defensa contra el infortunio y la desesperanza. Cartas que se suman a muchas más que acrecientan el monumento de la infamia.

El Espectador, Bogotá, 14 de octubre de 2004.

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Medellín, ciudad prodigio

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Trece años llevaba sin visitar a Medellín -falla que me reprocho como imperdonable-, y ahora, en asocio de mi esposa, regreso a la ciudad con el mismo asombro y la misma fascinación que experimenté cuando la conocí. Esta distancia de trece años ocurrida desde mi anterior visita sirve para hacer algunas comparaciones valiosas entre la urbe violenta de entonces, sometida  por la ley de la bala, y la actual, que no sólo ha derrotado la negra noche que le decretó el narcotráfico, sino que marcha por caminos de franca recuperación y positivo progreso.

Una demostración admirable sobre el valor de los antioqueños para encarar las adversidades lo constituye el hecho de que El Tesoro, que en enero del año 2001 sufrió grave atentado dinamitero -con la destrucción de 180 vehículos y 30 locales comerciales-, sólo duró dos días cerrado y hoy funciona como si nada hubiera sucedido. Es, además, uno de los centros comerciales más hermosos de la capital, a la altura de los mejores de Estados Unidos.

Retrocediendo al mes de agosto de 1990 -cuando escribí en estas mismas páginas el artículo Una ciudad perpleja-, me encuentro con la urbe agonizante que se recogía en los hogares antes de las siete de la noche, miedosa de las tropelías que ejecutaba la mafia en horas nocturnas. Era la época en que Pablo Escobar pagaba una retribución económica por cada policía muerto, y en que El Espectador había dejado de circular en Antioquia tras los bárbaros atentados de que se le hizo víctima por combatir el terrorismo y el dinero corrupto de las mafias.

Hace trece años las obras del metro estaban paralizadas por falta de recursos. Hoy es un servicio en pleno funcionamiento, convertido en eje fundamental del desarrollo vertiginoso que registra la metrópoli. Da gusto observar el sentido de pulcritud, estética y aseo que se exhibe en los vagones, y es placentero disfrutar  de la eficiencia y la comodidad de los viajes. El metro marcó otra cultura ciudadana y le da ejemplo al país sobre lo que significa el espíritu emprendedor de la raza paisa.

La estructura vial es básica para el florecimiento urbanístico y el bienestar de la gente. Este aspecto lo ha cuidado Medellín con celo riguroso, lo que le permite mantener sus calles en óptimas condiciones, tan distinto al caso que se vive hoy en Bogotá, donde los huecos -verdaderos cánceres del espacio público- son desesperantes. Si bien la congestión vehicular en la capital antioqueña es manifiesta, las avenidas periféricas y los puentes elevados ayudan a desenredar el tráfico. Pero falta más por hacer.

El tradicional desfile de los silleteros, que tuvimos oportunidad de presenciar en todo su esplendor, esparce sobre la urbe una lluvia de colorido y fantasía. La magia de las flores acaricia el alma antioqueña como un beso de la naturaleza.

Pocas ciudades tan floridas, arborizadas y fascinantes como Medellín. Las vías por Las Palmas y por barrios espléndidos como El Poblado, fuera de embellecer el paisaje con sus frondosas arboledas, muestran el apego a la montaña como sustancia de la vida. La montaña se anida en el corazón de los antioqueños y es parte de su idiosincrasia.

Hace trece años no existía el Museo Botero y no se vislumbraba que este legado fantástico pudiera llegar algún día. Las gordas -y los gordos- del genial artista se quedarán para siempre como la expresión viva de esta tierra culta, junto con los mensajes perennes de otros maestros antioqueños, en todos los géneros del arte.

Con el escritor Fernando García Mejía visitamos el centro histórico y cultural y nos detenemos, claro está, en las librerías, nuestra pasión irrenunciable. Allí adquiero el libro titulado El Uñilargo, de Alberto Donadío, editado en Medellín por la editorial Hombre Nuevo, texto que recoge la documentada historia sobre la quiebra fraudulenta del Banco Popular en manos de su gerente y fundador, Luis Morales Gómez. El subtítulo de la obra revela su contenido: “La corrupción en el régimen de Rojas Pinilla”.

En otro recorrido, el industrial Manuel Vélez me señala este detalle curioso en sectores deprimidos: las casas se van ampliando con nuevos pisos a medida que crecen las familias, lo que se cumple utilizando las varillas de hierro que se dejan al descubierto en el último tramo construido, para continuar el crecimiento demográfico. Esta circunstancia tendría dos significados: el sentido de unidad familiar, y la previsión para albergar la numerosa descendencia que el antioqueño -con su bien ganada fama de prolífico- avizora en el futuro.

De aquella Medellín de 1770, definida como un pueblito con buenas corrientes de agua y cuatro caminos, se ha saltado a la soberbia metrópoli de hoy, cruzada por veloces avenidas y adornada con suntuosos edificios, airosas residencias, florecientes centros comerciales y encantadoras zonas verdes. Posee la mejor  estructura urbanística y los servicios públicos más eficientes del país. Su  empuje empresarial la sitúa como un emporio en constante progreso.

El paisa, nacido para el diálogo y el trabajo creativo, lleva en la sangre el porte montañero de la franca amistad y la simpatía espontánea, dones que representan su mayor identidad ante la vida.

El Espectador, 21 de agosto de 2003.
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