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Archivo para lunes, 4 de abril de 2011

Antología de Beatriz Zuluaga

lunes, 4 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace 30 años, cuando vivía en Armenia, conocí Definiciones, el primer libro que leí de Beatriz Zuluaga, llegado a mis manos por amable gesto de su autora, residente entonces en Manizales. Era la tercera obra de su creación literaria.

Con dicho motivo, dije en artículo publicado en La Patria: “Beatriz busca las palabras, las acaricia y las perfora, con honda insistencia, para que hechas imágenes definan el lenguaje de un alma que quiere comunicarse, que desea ser al mismo tiempo puente y ánfora”. Por aquellos días la poetisa escribía en La Patria la atractiva columna Flash, título muy acorde con su norma de brevedad y precisión, y dirigía el suplemento literario del periódico. En su ciudad nativa fue, además, presidenta de la Casa de la Cultura de Manizales.

Radicada en Bogotá, dirigió la revista Mujer. Se desempeñó como jefe de comunicaciones del Instituto Colombiano de Normas Técnicas, Incontec, y estuvo vinculada a Holguín Asociados Publicidad. Ha sido colaboradora de La Patria, Revista Diners, El Espectador, Revista del Jueves y Gaceta. Por su ejercicio periodístico ha recibido varias preseas.

Fuera del libro atrás citado, sus otras obras son: La ciega esperanza (1961), Este cielo boca abajo (1970), Las vigilias del sueño (1989), Eres Eros (1997), y Por los caminos de Caldas, escrito en asocio de su esposo, Omar Morales Benítez. Se va a completar medio siglo desde que Beatriz editó su primer libro. Breve es su producción, pero es densa por su contenido estético y su ajustado y precioso estilo.

Como laurel para este medio siglo de silenciosa creación lírica, la Universidad de Caldas le ha patrocinado un nuevo libro que recoge sus mejores poemas publicados, fuera de otros inéditos, y que lleva por título Si preguntan por mí. La obra fue presentada en la Fundación Santillana, bajo la presidencia de Belisario Betancur, y con asistencia de un selecto grupo de escritores y amigos.

Diversas facetas comprende la obra de Beatriz Zuluaga, y en todas se aprecia una exquisita sensibilidad hacia los temas que decanta en su tránsito atento por el diario vivir. Con alma receptiva a cuanto gira a su alrededor, y sobre todo a cuanto brota de sus propias corrientes interiores, unas veces enaltece lo sublime; otras, se detiene en lo sórdido o lo prosaico (para dignificar la ruindad humana); más adelante se vuelve crítica social o angustiada espectadora, y siempre hace de la palabra un recurso mágico para abrillantar la existencia.

Poemas de nostalgia, de dolor, de ausencia, de tedio, de melancolía, así como henchidos de delicado sensualismo o ardorosas esperanzas, por ellos cabalga lo mismo el alma dominada por el agobio que enajenada por el alborozo. Dolor y gozo, tal la doble condición siempre presente en el peregrinaje del hombre sobre el planeta. El alma, cofre de asombros y emociones, se manifiesta auténtica en los poemas de Beatriz. Su lira se hizo para cantarle a la naturaleza humana, donde se mueven todos los sentimientos que caben en el corazón del hombre.

Cuando se va por los caminos del erotismo, no teme llamar a los tópicos del placer con su nombre exacto, a veces con desabrochada expresión, huyendo de los eufemismos y de las verdades encubiertas. Pero sabe hacerlo con fina y a veces estremecedora donosura. En esta materia, donde parece evidenciarse la libertad femenina bajo el imperio de los sentidos, Beatriz les enseña a las mujeres la propiedad del amor como don inexcusable de la condición humana.

Poesía romántica y sensual, humana y fulgurante, su obra es trabajada con rigor, con pulcritud, con carácter e imaginación, para producir a la postre, como sucede con esta antología consagratoria, un hecho manifiesto de lo que vale la labor perseverante en el noble empeño lírico.

Por supuesto, Beatriz sabe que le ha cumplido a la poesía. Y deja su mensaje perenne, que parece un testamento: “Si preguntan por mí… / Diles que salí a cobrar la deuda / que tenían conmigo el amor / el fuego, el pan, la sábana y el vino, / que eché llave a la puerta / y no regreso. / ¡Definitivamente diles / que me mudé de casa!”.

Eje 21, Manizales, 8-IX-2010.
El Espectador, Bogotá, 11-IX-2010.

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Escritores de Calarcá

lunes, 4 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con el título Calarcá para leer, Álvaro López Cortés compila en un libro de 362 páginas diversos textos de escritores calarqueños, oriundos de la ciudad o que por su vinculación a ella adquirieron el carácter de hijos adoptivos. La obra fue editada por Optigraf y está embellecida con fotografías de Olga Lucía Jordán y Álvaro Jaime Ospina.

Entre estos autores están reconocidas figuras de los viejos tiempos, como Baudilio Montoya, Luis Vidales, los hermanos Humberto y Rodolfo Jaramillo Ángel; y de los tiempos actuales, Juan Manuel Roca, Esperanza Jaramillo, Jaime Lopera, Elías Alberto Mejía, José Nodier Solórzano, Umberto Senegal, Carlos Alberto Villegas… La lista es larga.

Me causa extrañeza el hecho de que no aparezcan nombres reconocidos como el de Antonio Cardona Jaramillo –Antocar–, uno de los mejores cuentistas que tuvo el país; o el de Héctor Ocampo Marín, cuyo inicio literario se produjo en Calarcá, y se trata de uno de los promotores más constantes de la literatura quindiana (fallecido en agosto pasado); o el de Javier Huérfano, el poeta del dolor, cuyas cenizas fueron inhumadas hace poco en la Casa de la Cultura de Calarcá, su ciudad nativa, al lado de las de su maestro Luis Vidales.

De todas maneras, la muestra que se ofrece presenta un panorama nítido y enaltecedor para la Villa del Cacique sobre la presencia de destacados escritores en el desarrollo espiritual de la ciudad. El libro se convierte, además, en ocasión para rememorar historias y costumbres locales, en la pluma de acuciosos reconstructores del pasado.

Y recoge páginas memorables, como el poema Yo digo Calarcá, escrito en 1958 por Luis Vidales, en Santiago de Chile; o El entierro, poema de Baudilio Montoya; o Fugaz memoria sin retorno, de Orlando Montoya; o Antes que se vuelva hielo la palabra, de Esperanza Jaramillo García; o Las virtudes del regreso, de Jaime Lopera Gutiérrez; o Calarcá en la imaginación histórica de Jaramillo Ángel, excelente pintura del urticante y famoso escritor de la comarca; o Agente de Avianca, de Óscar Jiménez Leal, simpática evocación de un hecho local, donde dice lo siguiente: “Es que el alcalde del municipio cree  que es lo mismo ser Duque en Inglaterra que ser Duque en Calarcá”.

Hay que ponderar nobles empeños como el logrado en estas páginas que buscan recuperar la memoria regional a través de la pluma de sus escritores. Calarcá ha tenido una selecta nómina de trabajadores de la palabra. Su afán cultural es evidente. El principal motor de dicha actividad es su espléndida Casa de la Cultura, donde a lo largo del año se realizan eventos de enorme trascendencia.

Unido al suceso que comento está el libro Postigos: asomos y presencias literarias, de Jaime Lopera Gutiérrez, coedición de la Gobernación y la Universidad del Quindío. En admirable brevedad, el autor reúne una serie de reflexivos ensayos sobre el arte de escribir. Hace manifiesta su pasión por la escritura, con juiciosas divagaciones sobre el arte en general, sobre la política y la sociedad, sobre las letras quindianas, sobre la novela histórica, y sobre otros temas tratados con destreza conceptual. Entre ellos, debo destacar el espacio que le dedica a Vladimir Nabokov, de quien se declara devoto lector y sobre quien presenta novedosas interpretaciones.

El Espectador, Bogotá, 3 de noviembre de 2010.
Eje 21, Manizales, 4 de noviembre de 2010.
La Crónica del Quindío, 6 de noviembre de 2010.

* * *

Comentarios:

Gracias por compartime tu columna en El Espectador sobre la meritoria compilación de Álvaro López Calarcá para Leer. Tu mirada crítica celebra y  justiprecia, sin duda, los nombres de quienes, como en toda antología, han quedado por fuera. Y eso amerita una reedición ampliada y corregida. Además, y como siempre, tu reseña, justa en la demanda y generosa en la exaltación de los participantes, contribuye a valorar la iniciativa en favor de las letras quindianas. Carlos Alberto Villegas Uribe, Madrid (España).

Acabo de leer tu columna, me gustó mucho, además muy apropiadas las referencias que haces a los escritores cuya participación no aparece. Esperanza Jaramillo García, Barranquilla.

Muy estimulante el comentario por la excelencia humana y la autoridad intelectual y literaria de quien lo suscribe. Óscar Jiménez Leal,  Bogotá.

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El fin del silencio

lunes, 4 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Regla fundamental para leer un libro con provecho y juicio sereno es hacer abstracción de la simpatía o antipatía que despierte el nombre del autor en el ánimo del lector. El libro vale por sí mismo. Si se llega a él con prejuicio, se cierra la puerta del disfrute y de la  independencia mental.

No he entendido algunas voces que, en señal de protesta por la demanda que Íngrid Betancourt intentó entablar contra el Estado, anunciaron que no leerían el libro No hay silencio que no termine, donde ella narra su vida de cautiverio en poder de las Farc. Por el contrario, la mejor manera de enterarnos de los métodos de tortura empleados por el grupo guerrillero es leyendo esta obra de espeluznante patetismo.

Libro conmovedor, de la primera a la última página. A medida que avanzaba en las 710 páginas que contiene el relato (formado por capítulos breves y frases ágiles), cada vez me convencía más de la gran capacidad de narradora –con talento de novelista e impresionante poder de reflexión y análisis– que Íngrid Betancourt pone en evidencia en su obra magistral. El libro le salió del alma, y por eso está escrito con alto grado de realismo, espontaneidad y sinceridad, e incluso de nobleza frente a los vejámenes de que fue víctima.

Le puso como condición a la editorial que ella lo escribiría sola, sin necesidad de un asesor profesional. Durante largo tiempo se refugió en un sitio solitario,  donde aislada de interferencias se impuso un régimen riguroso de disciplinas. Serenó el espíritu para poder pensar. Al frente le quedaba la nieve, buscada por ella misma como cortina mágica para alejar el verde de la naturaleza que le recordaría a la selva, para de esa manera purificar el alma y hacer fluir el pensamiento.

Paso a paso y valiéndose de su portentosa memoria e imaginación, en el libro recorre trochas, ríos, campamentos, lugares atroces y nauseabundos. Abre para el país la verdad que se esconde en las profundidades de las selvas vírgenes convertidas en cárceles infamantes, donde a merced del oprobio, la humillación y los actos de fuerza, los prisioneros pierden la dignidad humana y son tratados peor que animales. Leyendo estas páginas, pensaba yo en los campos nazis de concentración y en el diario de Ana Frank.

El alma poética que existe en Íngrid Betancourt dibuja los paisajes de la jungla con fascinantes pinceladas que por momentos alejan al lector del horizonte de crueldad que allí se vive, y hasta le crean la ficción de hallarse en la selva embrujada de La vorágine. La propia descripción de las culebras, las fieras, los cocodrilos, las tarántulas e infinidad de alimañas salvajes está hecha con mano maestra. Tal vez la autora está fugada de la literatura. Cambiar hoy la política por la literatura sería un destino ideal.

Es inaudito que las fieras humanas que han mantenido en prisión a tantos colombianos inocentes, y se han ensañado con el suplicio hasta límites impensables, no recapaciten en que deben frenar su odio contra la sociedad. Quizá los testimonios de quienes salen a la libertad formen al fin en ellos la conciencia de que por las armas y el tráfico de drogas nada conseguirán, fuera del repudio de los colombianos.

Íngrid no solo ha escrito un libro asombroso, que se lee como una novela, sino la memoria exacta de uno de los capítulos más aberrantes de la violencia colombiana. Como en las novelas, se pinta la condición humana, con las envidias, intrigas, rencores, avaricias, peleas, egoísmos que son comunes en cualquier parte, y con mayor razón en estos grupos de presos sometidos a toda clase de presiones y salvajismos.

Me impresionó el hecho de que, no obstante la barbarie con que fue maltratada, Íngrid conservó siempre la dignidad inculcada por su padre, y su esencia femenina. Su obsesión por la libertad, que varias veces la llevó a intentar la fuga, y que nunca dejó decaer, le hizo recuperar la vida.

De hecho, era una muerta viviente. Alcanza en la historia el carácter de heroína. Se salvó con fe y religiosidad. Y escribió su testimonio estremecedor.

El Espectador, Bogotá, 19 de octubre de 2010.
Eje 21, Manizales, 20 de octubre de 2010.
La Crónica del Quindío, Armenia, 23 de octubre de w2010.

* * *

Comentarios:

Tiene usted razón: es un magnífico libro. Su estilo es magnífico, ágil, reflexivo. Ojalá Íngrid continuara una carrera literaria. Elías Mejía, Calarcá.

Hay razón en apartar todo juicio que tenga uno contra el autor para poder disfrutar, entender y sacar provecho de lo que  él nos quiere hacer ver. Mauricio Guerrero, Miami.

Es un gran libro y ella, considero, es una gran mujer. Infortunadamente y como suele suceder, por alguna actuación -que podemos compartir o no, o lo que es más, entender o no-, la gran prensa, los grandes medios, se hacen voceros de no sé quién y estigmatizan de tal modo que el rebaño termina repitiendo sin que medie reflexión alguna. Así han destruido o anulado a tantos. María Cristina Laverde Toscano, Bogotá.

La columna es una reivindicación de la que al final el autor llama sin tapujos: una heroína. Yo no he leído su libro, pero por este comentario, será digno de leerse, a pesar del odio injusto que se ha desencadenado contra Íngrid Betancourt. Ramiro Lagos, Greensbore (USA).

En Cartagena estuve leyendo el libro que escribió Juan Carlos Lecompte, el segundo marido de Ingrid Betancourt, sobre sus sentimientos para con ella y su tristeza cuando se sintió desplazado, y eso junto con otras noticias en la prensa hace que uno se quede sin saber qué pensar sobre Íngrid. Hace poco estuvo ella en Holanda, y al escucharla hablar por televisión, vi que habla con esmero, matiz, pensando lo que dice, y por ello estaba pensando en comprar su libro. Esta columna dio el empujón que hacía falta y lo compré hoy. Loretta van Iterson, Ámsterdam (Holanda).

Después de leer este interesante análisis sobre la obra de IÍgrid, es necesario leerla. En el pasado conocí una presentación que ella hizo sobre un libro de Javier Huérfano, y me impactó la belleza de ese texto completamente poético. Esperanza Jaramillo, Calarcá.

Comparto completamente la conclusión de esta columna, que Íngrid debería contemplar: “Cambiar hoy la política por la literatura sería un destino ideal”. Luz Adriana Rojas, Bogotá.

Leí el 19 de septiembre en El País Semanal el interesante reportaje que Héctor Abad Faciolince le hizo a Íngrid sobre No hay silencio que no termine, y tú complementas estupendamente esas opiniones. Y me pareció muy oportuno, necesario en mi caso, que nos recordaras que uno tiene que hacer abstracción de la simpatía o antipatía que le produce el escritor. Y si alguien me ha motivado a comprar y leer ese libro eres tú sin duda. Diana López de Zumaya, Ciudad de Méjico.

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Cafeto de Oro

lunes, 4 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El 14 de este mes cumple la ciudad de Armenia (Quindío) 121 años de vida. Para conmemorar el aniversario, la administración municipal ha programado diversos actos de tipo popular y cultural. Y otorga la condecoración conocida con el nombre de Cafeteo de Oro, con la que estimula el mérito de personas que hayan sobresalido en diferentes campos de la creación artística.

Este año tuve la sorpresa y el inmenso honor de ser distinguido con el Cafeto de Oro en la categoría de Literatura. Ante la imposibilidad que se me ha presentado para viajar al Quindío a recibir el preciado galardón, he dirigido al director de la Corporación de Cultura y Turismo, señor Manuel Gonzalo Sabogal Restrepo, la siguiente comunicación que deseo hacer pública como homenaje a la ciudad de Armenia:

«Acabo de enterarme, por su amable carta, del alto honor que me confiere la Alcaldía de Armenia al otorgarme la condecoración Cafeto de Oro en la categoría de Literatura. Qué grato me sería  concurrir en persona, el 11 de este mes, a recibir la presea en la ceremonia que se llevará a cabo en la antigua Estación del Ferrocarril, convertida en floreciente centro cultural. Deploro, con hondo pesar, que no me sea posible cumplir dicho propósito, en razón de un compromiso ineludible que tengo contraído para la misma fecha.

«Pidiéndole disculpar mi ausencia del acto, le ruego transmitir mi sentida gratitud a la señora alcaldesa, doctora Ana María Arango de Londoño, y a la Junta Directiva de la Corporación, por escoger mi nombre para tan señalado honor.

«Me siento muy honrado por esta distinción, al provenir de una ciudad y de una región tan ligadas a mis afectos. Esta deferencia tiene mucho más significado por el hecho de mi actual distancia geográfica, luego de 15 años de residencia en la región.

«Recuerdo con emoción que en el Quindío inicié mi carrera de escritor y periodista en los años 70 del siglo pasado, y allí publiqué los primeros cuatro libros de mi obra literaria. Numerosos artículos publicados en aquella época en los diarios El Espectador y La Patria, que están en proceso de inclusión en mi página web, dan cuenta de mi fervor por la comarca quindiana y su gente.

«Años más tarde, ya distante del Quindío, publiqué en Bogotá la novela La noche de Zamira, una estampa sobre el café y los reveses sociales causados por las bonanzas del grano en años críticos que nadie olvida. En 1998, esta novela fue presentada en la Universidad del Quindío por Laura Victoria Gallego, directora del Instituto de Bellas Artes del centro universitario.

«Con esto quiero significar que mis nexos espirituales con la región se han mantenido intactos a lo largo del tiempo. Ahora mismo, publico frecuentes columnas en La Crónica del Quindío.

«Nada tan grato y enaltecedor para mi familia y para mí que recibir la expresión de aprecio y reconocimiento que nos tributa la ciudad de Armenia en su fecha aniversaria. Mil y mil gracias por su generosidad».

El Espectador, Bogotá, 8 de octubre de 2010.
Crónica del Quindío, Armenia, 9 de octubre de 2010.
Eje 21, Manizales, 9 de octubre de 2010.

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Comentarios:

Con satisfacción leí, en la época de tu estadía en Armenia, varios de tus formidables escritos en El Espectador y en La Patria. Luego tus libros Destinos Cruzados, El sapo burlón y otros.  También, hace pocos años, aquí en Bogotá, disfruté la lectura de La  noche de Zamira. El Cafeto de Oro es, por tanto, un justo homenaje a tu vida de escritor, que enorgullece al Quindío. Bien sabes que allá te apreciamos como un gran valor de la quindianidad, y que dejaste honda e imborrable huella en nuestra región. César Hoyos Salazar, Bogotá.

Nada más justo que la condecoración que te ha sido  otorgada. Te conocí en Armenia y desde esos ya lejanos tiempos has sido un campanero intelectual de agudos timbres, siempre atento al discurrir de tu tierra adoptiva, el Quindío. Pero yo creo que no solo se exalta al querendón de esa tierra, sino al veterano e incansable escritor y columnista, que con castigado estilo ha obtenido un sitial de honor en las letras colombianas. Augusto León Restrepo, Bogotá.

Me congratulo sinceramente con esa distinción que es un reconocimiento a tu sentido de pertenencia, durante el tiempo de duración en una tierra que te vio crecer en las letras. Jaime Lopera Gutiérrez, Armenia.

Es un honor muy grande esa condecoración y tú te la mereces por todo el trabajo que has venido realizando en nombre de la literatura colombiana y de todos sus escritores. Milcíades Arévalo, Revista Puesto de Combate, Bogotá.

Muy justa y merecida la condecoración, pues nadie como tú ha querido y escrito tanto sobre tu tierruca adoptiva. Hernando García Mejía, Medellín.

Cuando comencé a leer tu nota empecé a prepararme para ir a acompañarte a Armenia, pero más adelante dijiste que no podrías asistir a recibir el galardón literario, por compromisos previos. De todas maneras, mil felicitaciones y un abrazo. José Jaramillo Mejía, Manizales.

No creo que haya un escritor en Armenia con esa obra tan prolífica, donde se cubren tantos temas, y donde el estilo y la manera de manejar el idioma hacen la lectura muy agradable. Fabiola Páez Silva, Bogotá.

Hace muchos años me contaron la historia de una carga de paquetes de café que se  había regalado a un colombiano, aquí en Holanda. Como nadie se puede beber toda una carga de café, la persona procedió a regalar paqueticos a quien se apareciera. Luego de un tiempo, el donante preguntó por lo del café, y recibió esta respuesta: “Muy rico, muchas gracias”. Pero el donante insistió: «¿No encontró nada especial en él?». “Muy bueno, sabroso, el mejor café del mundo”, contestó el otro. Entonces el donante le contó que en la carga de café había un grano de café de oro. Ahora, a usted no le regalaron un grano de café, sino todo un Cafeto de Oro. Loretta van Iterson, Ámsterdam.

Sigo leyendo tus columnas con deleite intelectual. Tu estilo y reflexiones son de fecunda pluma brillante. De ahí que no me sorprendió que te hubieran  dado el Cafeto de Oro. Te lo mereces. Admiro  tus libros sobre Laura Victoria y Germán Pardo García.  Ramiro Lagos, Greensbore –USA–.