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Mirar hacia África

jueves, 10 de noviembre de 2011

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El escritor colombiano Gustavo Pérez Ramírez, que por espacio de 16 años fue funcionario de las Naciones Unidas, ha publicado, con prólogo de Otto Morales Benítez, un in­teresante libro, extraño para nuestro medio: Mirar hacia África. La obra sale en coedición de Plaza y Janés con el Servicio Colombiano de Publicaciones y fue impresa por Editora Guadalupe.

Es un ensayo profundo y muy documentado que se realiza después de varios viajes del autor al continente olvidado. El continente humillado por su negrería y su aparente atraso. Como Pérez Ramírez es sociólogo de vasta erudición, consiguió enfoques del mayor interés sobre los anteceden­tes y la proyección de esta parte del mundo que pue­de parecemos remota pero que está ligada con Latinoamé­rica bajo diversos aspectos.

Zona desconocida por la mayoría de colombianos y latinoamericanos. La idea que sobre ella te­nemos es la de un territorio de negros, lleno de desiertos, sequías, hambrunas, enfermeades endémicas y conflictos sociales. Apenas lo recordamos por las aventuras cinemato­gráficas de Tarzán.

Falta mucho conocimiento sobre la rea­lidad africana y este libro se convierte en sorprendente revelación. «África –afirma el autor– es un aliado na­tural de América Latina; somos geológicamente gemelos, antropológicamente hermanos. Nuestra sangre quedó mezclada durante el periodo de la esclavitud y en la actualidad compartimos igual suerte entre las hegemonías políticas, cul­turales, militares y económicas».

Al avanzar en las páginas del libro nos enteramos de una serie de intereses comunes que nos aproximan hacia aquella área: negociaciones del precio internacional del café, defensa de los precios de las materias primas, posición ante la deuda externa. África es tierra subyugada: también lo es Latinoamérica. Lo es Colombia.

El libro es, por otra parte, una deliciosa aventura intelectual. Nos descubre las culturas negras y un amplio horizonte sobre la literatura, la filosofía, las artes, las costumbres, los mitos y leyendas. Es un continente ancestralmente religioso y culturalmente creativo. Con la conquista en 1986 del primer Premio Nóbel de Literatu­ra, Wole Soyinka, se borró la imagen que se tenía sobre un pueblo inculto.

El africano no sólo es religioso sino que defiende va­lores fundamentales como el de la familia y la comunidad. Guarda gran respeto por los antepasados y considera la procreación una forma de afirmar la raza, hasta el extremo de registrar hoy uno de los mayores índices de crecimiento demográfico del mundo.

Con el proverbio «los hijos son mejores que las riquezas», la población, que a comienzos del siglo XIX era de 70 millones, y que en 1950 había llegado a 224 millones, hoy pasa de 600 millo­nes y para el año 2000 está calculada en 872 millones. Allí han fracasado los controles de la natalidad: la gen­te prefiere la fecundidad, así sea entre la pobreza.

Mirar hacia África es también abarcar el ominoso ré­gimen del Apartheid, una de las afrentas más graves que pesan sobre el ser humano. Esta segregación racial, impues­ta por los poderosos, es crimen de lesa humanidad. La supremacía blanca, generada por las transnacionales, ex­cluye a la población africana de las tomas de decisiones y de la participación en la riqueza.

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Dijo Nixon: «Quien controle al África contro­lará al mundo». El libro de Gustavo Pérez Ramírez permite penetrar en el misterioso y perturbador hallazgo de este gi­gante que trata de romper sus cadenas milenarias. Darwin sostiene la teoría de que África es la cuna de la humanidad. Si de allí venimos, es bueno no olvidar el ancestro.

El Espectador, Bogotá, 28-III-1990.

 

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