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Dos valores boyacenses

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Infatigables luchadores de las letras, registran ponderada labor intelectual. Fernando Soto Aparicio sobresale en el gé­nero de la novela, y Vicente Landínez Castro se ha consagrado como ensayista y estilista. Los dos fueren directores del Ins­tituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá. Y ambos dejan  huella en las letras boyacenses.

EL HOMBRE EN LA CREACIÓN DE

FERNANDO SOTO APARICIO 

No tiene antecedentes en su desconcertante capacidad para elaborar cuartillas, corregir, lanzar libros. Es el novelis­ta más prolífico de Colombia. Le recomienda al escritor la disciplina de escribir todos los días, y todos los días pulir, sin descanso, como la única fórmula para avanzar de trecho en trecho hasta la elaboración de una obra. Y es el único autor que, despreciando conceptos malintencionados, se ha conver­tido en técnico de libretos para la televisión, arte que domina con erudita facilidad y que le permite abarcar el poder completo de la palabra. Además es cuentista, ensayista y delicado cul­tivador de la poesía, y sobre todo del soneto, el que maneja dentro de los moldes clásicos de este género, el más difícil, que ha aprendido a pulsar con musicalidad y elocuente emisión de ideas y metáforas.

Una máquina de libros

Al entrar en circulación un libro suyo, ya la imprenta adelanta el siguiente. Desde la edad de diez años, cuando sus compañeros se entretenían en las sanas diversiones de la épo­ca, Fernando Soto Aparicio escribía dos novelas a la vez, caso de excepcional precocidad literaria que mostraba la vocación de quien no iba a darse tregua en el afán de explotar las profundidades del hombre. Puede decirse que no conoció la niñez e irrumpió en la juventud, casi sin darse cuenta, con la mente moldeada por los escritores franceses, sobre todo, de quienes aprendió el don de criticar a la sociedad entreteniéndola.

El hombre, una brújula social

Es el único escritor que desde su primera obra tomó al hombre como meta de su creación. De ahí no se ha desviado. Soto Aparicio es un buceador permanente de la inteligencia y no se ha conformado con señalar al ser humano como el principio ético más importante del planeta, sino que ha con­vertido su literatura en arma clamorosa contra los desequili­brios y los atropellos sociales.

Agudo observador del medio ambiente que le ha corres­pondido vivir, copia de la realidad cotidiana las angustias, las frustraciones, los anhelos de un mundo en constante con­flicto que clama por la justicia y que pide pan, techo, salud, educación, libertad… un Mundo roto —el título certero de una de sus obras— que es preciso recomponer si se quiere evi­tar la catástrofe social. Soto Aparicio no ha tenido que inven­tar nada. Todo lo ha captado con su fina penetración en el mundo circundante. Ha sentido las desgracias ajenas y las ha recibido como propias, metiéndose en el pellejo de sus per­sonajes, criaturas de barro y con alma noble que transitan por las páginas de sus obras como testimonio y denuncia.

En la temprana edad de quince años, apenas un mozal­bete inexperto, conoce en Santa Rosa de Viterbo a una bella mujer de la cual se enamoraron todos los muchachos del pueblo. De aquel fugaz encuentro sólo le quedó la imagen de la niña boyacense de trenzas ligeras y facciones candorosas, que bien pronto desapareció como una ilusión, dejándole la mente herida. Al correr de los años encontró el novelista un rostro similar, ajeno y desdibujado, en una cárcel de Bogotá, y de allí nació la asimilación de dos semblantes de mujer, dos almas que, girando en sentido contrario, daban aliento a una novela de crítica social. Antes de plasmar su propósito visitó no pocas cárceles en investigación de sistemas que, pretendiendo ser reformadores, mutilan al individuo y lo desadaptan como ser social.

La lente de retratista de los tiempos que hay en Fernando Soto Aparicio ha escudriñado los recovecos del alma para mostrar, en su desnudez, la tragedia del hombre, con sus vicios y virtudes, sus clamores y deseos de redención. Su intención, que va más lejos de los linderos de la patria, descubre al hombre latinoamericano, un segmento de idénticas dimensio­nes, también pisoteado y también desconocido. Dondequiera que esté el hombre, y bajo cualesquiera circunstancias, allí se siente la voz de este escritor que entiende la literatura como combate, más que como simple juego retórico.

La novela como filosofía

Beatriz Espinosa Ramírez, estudiosa de la problemá­tica latinoamericana, dedicó cuatro años de investigación a los escritores más importantes del continente y encontró a Soto Aparicio como el más consagrado e identificado con la causa del hombre latinoamericano. Estudió a fondo la obra, ya monumental, de nuestro escritor, hasta conven­cerse de la esencia humanística de un patrimonio cultural que no todos advierten. Y como consecuencia de ese análisis, nos deja Beatriz Espinosa un libro excelente, Soto Aparicio o la filosofía en la novela, que habrá necesidad de consultar siempre que se quiera entender la personalidad literaria de este escritor infatigable en la búsqueda de su verdad.

Se mete él en la conciencia del pueblo latinoamericano y ennoblece el sentido de vivir. Propugna una existencia más digna, lque es negada por los gobiernos despóticos y las leyes anacrónicas que anquilosan y empequeñecen, cuando no embrutecen y destruyen. El hombre contemporáneo, engendro de la «incivilización» que primero supo deformarlo y lo mantiene entre fusilerías y miserias sin fin, se rebela a encontrar escritores no conformistas, como Fernando Soto Aparicio, que atacan la falsificación de la moral y se van contra todo lo que signifique opresión.

El imperio de la palabra

Escribe con originalidad, sencillez e independencia, y adorna sus pasajes con ágiles recursos estilísticos, unas veces en tono reposado, y lírico otras, según lo impongan las cir­cunstancias. Ha hecho de la palabra su razón de ser, su más apropiado canal para llegar a las masas. Así define él mismo su universo: «La palabra pinta, suena, abofetea, enamora, se dispara hacia el infinito o hacia el corazón, que viene a ser lo mismo; la palabra no tiene límites, como no los tiene el hombre, cuando aprende a entenderla […] Por la palabra he entendido personas, injusticias, llamadas de auxilio, convul­siones sociales y plegarias. Yo creo que vivo en función de la palabra; es mi aliada, mi instrumento, mi compañía…»

Este sencillo hombre de provincia que saltó, desde su te­rruño boyacense, a la gran ciudad, lo hizo igualmente desde las novelitas aquellas de sus diez años, que luego destruyó, a la copiosa producción de todos los días, que hoy conforma un hecho notable en la literatura. Sus libros son textos obligados de colegios y universidades. Hombre tacitur­no, recogido en su propio mundo, sabe que el aislamiento del creador, a pesar del bullicio de la gran ciudad que lleva a rastras, significa liberación. Liberándose a sí mismo, le en­seña al hombre los caminos de la emancipación, de la autén­tica dignidad que no todos los escritores saben explorar para luego pregonar.

VICENTE LANDÍNEZ CASTRO,

UN PEDESTAL DE CULTURA

Nació en Villa de Leyva en el año de 1922. Sobre su ciu­dad natal escribió hace muchos años una hermosa página, donde se lee: «Aquí, en esta antañona ciudad, tenemos el pretérito detenido, hierático, fosilizado delante de nuestros ojos: nos es dado oírlo, verlo, sentirlo, olerlo y palparlo por doquier. Por eso encontrarse uno en Villa de Leiva equivale a estar sumergido en lo más profundo de la historia de la patria».

La cultura como blasón

Parece como si Villa de Leiva le hubiera marcado el alma a este boyacense integral que también se encuentra detenido en la historia de Boyacá. Cuando se llega a Tunja y se posee sensibilidad de escrutador, como yo lo he hecho por breve tem­porada en este declinar de 1987, es forzoso preguntar por los forjadores de la cultura regional. Tunja es una ciudad que respira cultura por todos los poros. Surgieron muchos nombres ilustres y siempre se mencionó el de Vicente Landínez Castro como un termómetro espiritual.

También en su caso podría decirse que su rastro se siente, se palpa, se olfatea en cada esquina, en cada recinto de la cultura. Su dedicación a la causa del espíritu ha sido absoluta durante toda su vida de medi­tación, de estudio y creación. Yo lo conocí en los años cincuenta como quijote batallador en medio de una ciudad fría y al mismo tiempo creativa. Pasados los años, muchos años, me postuló como miembro de la Academia Boyacense de Historia y, sin serme posible evadir el honor, le perdoné su generosidad.

El gran ausente

Vicente está hoy ausente de Boyacá. En Tunja dejó es­crito su nombre, nombre que siempre se leerá en letras grandes dentro de los inventarios de la cultura regional, y luego se trasladó, ya en el ocaso de su fecunda existencia, a un departamento vecino. Cuando la vida ha sido productiva, sobre todo en los afanes de la mente, el hombre se encuentra realizado.

El amigo ya no vive en Tunja pero se halla, con el vacío de su ausencia, más cerca de la tierra de sus luchas y sus sueños. Es, por consiguiente, ese pretérito inmóvil, al igual que su cuna natal, que no logrará ya remover el paso del tiempo. Villa de Leyva, que es historia y permanencia, le transmitió genes de perpetuidad. Eso les sucede a los hombres grandes que han vencido los límites de lo caduco para remon­tarse por las regiones de lo imperecedero.

Landínez Castro es hoy habitante contemplativo del bello municipio de Barichara, donde se residenció en plan de si­lencio, de soledad y olvido. Así me lo confiesa en una de sus cartas, mediante esta  sentencia de Enrique Ibsen: «El hombre, cuanto  más solo, más fuerte». Allí pasa sus horas en saludables cavilaciones y hondos reposos. Allí se siente compenetrado con su mundo interior y se regodea morosamente en sus soledades.

Remanso espiritual

En otra célebre página suya, del mismo corte de la dedi­cada a su patria chica, confiesa que Barichara fue el pueblo con el que siempre soñó. Lo llevaba en la mente y en el corazón como se guarda el rostro de la mujer amada. Se refugió en el callado paraje de vuelta de los halagos literarios, pero para rematar su carrera de abundantes frutos intelectuales. Y vive rodeado de paz.

Boyacá ha perdido a uno de sus hijos más meritorios. El escritor se enclaustró en el solar santandereano y ya poco se le ve por Tunja. Al poco tiempo de andar por las calles em­pedradas que le recuerdan las anchurosas de su Villa de Leiva, se rebelaron en sus intimidades las mismas ansias de explo­ración que le abrieron los veneros de la Tunja colonial y fundó, según me cuentan, un movimiento de cultura. Vi­cente morirá con su eterna sed de investigación y creatividad. Entre artesanías y letras pasa sus horas del solaz vesperal. El hombre culto nunca puede detenerse.

Como catedrático de la universidad tunjana y de impor­tantes colegios de Bogotá, Ibagué y Tunja, deja huellas de su vasta erudición. Es miembro de la Academia Colombiana de la Lengua y de la Academia Colombiana de Historia. Como miembro de la Academia Boyacense de Historia asesoró la edición de obras fundamentales para la investigación de nues­tro pasado glorioso. Fue, durante largos años, director del Fondo de Publicaciones de la Universidad Pedagógica y Tec­nológica de Colombia y allí cumplió extensa labor de di­vulgación de los escritores boyacenses. Su última posición fue la de director de Cultura y Bellas Artes de Boyacá, instituto gigante que promueve, a través de variadas y actividades, el desarrollo espiritual de la comarca.

Orfebre de la palabra

Su obra literaria es valiosa: Testigos del tiempo, Almas de dos mundos, Primera antología de la poesía boyacense, 105 sonetos de la literatura universal, Novelando la historia, El lector boyacense, Estampas.

Vicente Landínez Castro ha entrado ya con suficiente bagaje en la galería de pensadores y escritores boyacenses. Su trayectoria como hombre de cátedra, de academia, de realiza­ción literaria y liderazgo cultural lo sitúa entre los más destacados exponentes de la cultura boyacense. Algún día se levantará un pedestal a su inteligencia. Su prosa es castiza y de cincelado estilo. Ha sido orfebre de la palabra, meti­culoso creador de cuartillas. Se ha ido de Tunja y eso nos duele, pero su nombre vaga por la villa como una luz protec­tora. Está hecho de piedra, de piedra estática y fosilizada. La misma piedra de Villa de Leiva, de Tunja y Barichara le con­torneó el alma, le dio solidez al espíritu. Permanecerá en el tiempo como una estatua del saber y la virtud.

Revista Cultura, N° 135, Tunja, segundo semestre de 1991

Diálogo con Laura Victoria

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Reside en Ciudad de Méjico hace 48 años. Vive solitaria, rodeada de libros, de recuerdos y nostalgias, entranquilo apartamento sobre la avenida Coyocán. Su hija Beatriz la visita todos los días. Humberto y Mario, sus hijos, también están pendientes de ella. Y el calor de sus cinco nietos la mantiene en armonía interior. La poetisa, que siempre ha ardido en amor hacia sus hijos y sus nietos, siente menos la ausencia de la patria bajo el amparo de estos sentimientos vitalizantes.

Laura Victoria, la sensual y tierna poeti­sa de antaño, que en la década del treinta al cuarenta hizo vibrar de romanticismo el corazón de los colombianos, es hoy una dama meditativa que ya pasó la cumbre dorada de los 80 años de su existencia pródiga y radiante. Vive pesarosa de su patria y con deseos permanentes de volver a ella, así sea por breve temporada.

Desde su radicación en Méjico varió su esencia poética y se volvió mística. Durante largos años ha trabajado este género literario y mantiene inédi­ta su producción. Se dedicó, por otra par­te, al estudio profundo de la Biblia y desde el año de 1972 tiene registrado en Méjico el que ella considera su libro más importante, titulado Actualidad de las profe­cías bíblicas, que mereció elevado concepto del sacerdote jesuita Óscar Gonzá­lez Quevedo, doctor en teología y en Sagradas Escrituras y catalogado como el mejor parasicólogo de habla hispana.

Laura Victoria, como ironía, es hoy po­co conocida en Colombia. Sus libros no volvieron a editarse en nuestra patria. Las nuevas generaciones ignoran su grande­za. Ella me anuncia, una vez más, que se halla próxima a realizar el tan ansiado viaje a Colombia. Es un regreso que por diferentes motivos se ha aplazado varias veces durante los últimos dos años.

Le he pedido, mientras tanto, un mensaje para el país, como un anticipo de su veni­da. Y ella ha accedido a res­ponder a mis curiosidades y a comunicar­se con sus compatriotas. Es un retorno espiritual a la patria y a su comarca boyacense.

Hemos tenido en los últimos años estrecho y continuo trato epistolar, que me ha permitido comprender la majestad de su alma. La trascendencia de su po­esía. Nacidos ambos en Soatá, nuestras familias mantuvieron hondas raíces de amistad. «Sólo siento –me dice– que me conozcas al final de mi vida y con tan mala salud, pero mi mente sigue siendo joven».

Este diálogo, que no tiene la solemni­dad del reportaje periodístico, es más bien el amable coloquio entre amigos y paisanos, la conversación despreveni­da y armoniosa entre escritores que coin­ciden en los nobles postulados de las letras y la solidaridad del espíritu.

* * *

Inicios en la poesía

–Pertenecemos los dos a distintas generaciones, Laura Victoria.  Me propongo en este diálogo, si me ayudas, retroceder sobre el tiempo para situarnos en los ini­cios de tu carrera literaria y averiguar cir­cunstancias de tu vida y tu obra que se­rán de gran utilidad para que las nuevas generaciones conozcan tu grandeza po­ética. Quisiera saber, en primer lugar, cuándo y por qué motivo tomaste el nombre de Laura Victoria.

«Es cierto, Gustavo. Los dos pertene­cemos a distintas generaciones pues yo soy contemporánea de Herminia, tu madre, a quien recuerdo siempre con gra­ta emoción. El seudónimo de Laura Victo­ria lo adopté en vista de que mi nombre ci­vil es muy largo y poco poético; fue por el año de 1933, cuando iba a salir mi primer libro, Llamas azules. Recuerdo que nos reunimos en mi casa un grupo de amigos y entre todos acordamos ese seudónimo. Éramos: Rafael Vásquez, Luis Enrique Osorio, Pablo de la Cruz, Víctor Amaya González, no recuerdo cuál otro, y yo. Después de barajar varios nombres, al fin llegamos a la conclusión de que Laura Victoria era el más apropiado y así se quedó. Desde entonces lo uso no sólo en mis producciones literarias sino en mi vi­da civil».

–¿A qué edad hiciste tu primer poema?

«A los 14 años. Fue publicado en un periódico de provincia que dirigía un sacerdote, pero antes, cuando estaba en el Colegio de la Presentación, en Tunja, les componía acrósticos a mis compañeras, quienes no creían que yo escribiera ver­sos; y para que me creyeran, hacía los acrósticos con sus nombres y apellidos».

Sensualismo poético

–Como ardiente poetisa del amor culti­vaste el género erótico. Le dejas a la literatura bellísimos poemas amorosos (co­mo En secreto y La entrega), movi­dos por delicado sensualismo. Esta pro­ducción la lanzaste en los años treinta, en medio de un país de gazmoñerías y puritanismos. Corrías el peligro de que no se te entendiera. Eras además sobrina del canónigo Peñuela, sacerdote de rigurosas normas.

«Es cierto que yo cultivé el género po­ético amoroso allá por la década de los años treinta a cuarenta. Esos poemas los escribí en medio de un ambiente puritano que era el de entonces, a pesar de lo cual pude triunfar y adquirir un prestigio litera­rio que me abrió el camino para que mi nombre pudiera traspasar las fronteras patrias. Son muchos los recuerdos que guardo de aquella época: homenajes, artículos elogiosos de los mejores escritores de entonces, giras por todo el país reci­tando mis versos, así como por Vene­zuela, Ecuador, Panamá, Estados Unidos, Guatemala y Méjico; todos con teatros llenos y grandes elogios de la prensa.

El escape a Méjico

“Fue una época de éxitos que tuve que in­terrumpir en el año 39, cuando por mis problemas familiares y el conflicto con mi marido para recuperar la patria potestad de mis hijos me vi precisada a retirarme de aquellas giras y de la intensa labor literaria, pues la razón de mi vida era y ha si­do el amor a mis hijos, por quienes dejé todo para radicarme en Méjico, huyendo de la persecución de mi marido. Ya en ese país y sin medios suficientes para sostenerme, me vi obligada a trabajar en periodismo para subsistir y atender a la educación de mis hijos. Fue una lucha dura, pero gracias a la protección divina logré triunfar y salir adelante. No puedo olvidar que Méjico me abrió las puertas y me ayudó en todo, por lo cual me quedé definitivamente en este gran país».

–Fuiste laureada en los Juegos Florales de 1937. ¿Qué recuerdos tienes de ese suceso?

«En 1937 gané en Bogotá la Violeta de Oro, en competencia con Eduardo Carranza, quien obtuvo el Jazmín de Pla­ta. Los recuerdos que guardo de entonces son inolvidables. Aquellos Juegos Flo­rales fueron magníficos, con la corona­ción de la reina y la entrega de los trofeos».

–¿Cuáles son tus libros publicados?

«He publicado tres libros de poesía: Llamas azules, con tres ediciones ago­tadas, Cráter sellado y Cuando flore­ce el llanto, también agotados. En prosa sólo tengo Viaje a Jerusalén, en el que narro las experiencias que viví en ese viaje inolvidable”.

El amor maternal

–De Colombia saliste a Nueva York ha­cia el año de 1935 y sólo has regresado por breves periodos. Más tarde te radi­caste en Méjico. De aquella época son dos de tus mejores poemas, A Beatriz y Elefante de viento, recogidos en las an­tologías como estremecidos cantos de amor maternal. Háblame de tus hijos, qué tanto significan en tu producción literaria, y de las circunstancias para haberte quedado con ellos en el país azteca

«Como dije antes, mis hijos son la razón de mi vida. Gracias a mi esfuerzo y a la protección de Dios logré sacarlos adelante. Humberto, el mayor, es médico con dos especialidades, y Mario, el segundo, es ingeniero civil; ambos terminaron con éxito sus carreras profesionales y se han abierto paso en la vida ocupando altas po­siciones. Mi hija Beatriz, la menor, entró al cine con el nombre de Alicia Caro y logró consolidar una brillante carrera; hi­zo 36 películas como estrella, pero tuvo que retirarse a causa de una molestia en la piel, porque la intensa luz de los reflectores le producía una alergia que no podía evitar. Su última película fue María, de Jorge Isaacs, en donde desempeñó el pa­pel de doña Manuela».

Viraje al misticismo

–Años más tarde diste un viraje a la po­esía mística. Este género lo has cultivado con vigor en los últimos años y de él tienes un libro inédito. ¿Cómo explicas el tránsito de la poesía erótica a la mística?

«El viraje de la poesía romántica sen­sual a la poesía mística se debió a las hondas raíces religiosas que siempre he tenido y al estudio constante de las Sagradas Escrituras, estudio que me ha conducido al conocimiento profundo de Jesucristo y de su doctrina, lo que ha ori­ginado mi acercamiento a la vida mística; por eso mi poesía de los últimos años es­tá impregnada de amor a Dios.

«Tengo un libro inédito titulado Actualidad de las profecías bíblicas, en el que hago un es­tudio pormenorizado de cada profeta bíblico, tanto de los cuatro mayores como de los menores. En escribirlo gasté tres años, pues tuve que profundizar en los grandes exegetas tanto judíos como cris­tianos. El famoso jesuita Oscar González Quevedo dice:

‘El suyo es un libro admi­rable, un estudio completo de los diversos profetas a quienes cataloga perfectamen­te dentro de la Biblia, destacando la im­portancia de cada una de sus profecías. Usted resume admirablemente la historia del pueblo judío y de su pluma brota pal­maria, evidente, diáfana, una visión tras­cendente de esa historia. En su pluma los hechos tienen sentido, finalidad, conse­cuencia desde un punto diferente de la mera historia; en otro plano, así lo vería Dios. He leído muchos libros sobre las profecías bíblicas, escritos por sabios te­ólogos y exegetas, libros llenos de notas eruditas, de interpretaciones muy compli­cadas, difusas, sin compromisos, espe­cialmente para las profecías que habrán de cumplirse. Pero su libro es claro, es diáfano. Con asombrosa claridad desvenda usted el futuro. No parece un libro de interpretación de profecías. Parece un libro de historia’.

“Pero este libro, escrito en prosa, desde hace diez años tiene fuerzas negativas que han impedido su edición. Algo extraño pasa con él, pues cuantas veces lo he querido editar surgen problemas que impiden su publicación. Ahora mismo, cuando tú estás interesado en hacerlo llegar al gobernador de Boyacá, quien generosamente lo quiere sacar a la luz, el libro, que te lo mandé certificado y por vía aérea, lleva más de un mes demorado en el correo.

–En tu Canto a un veterano, publicado recientemente en la revista Nivel que dirige en Méjico Germán Pardo García –hermoso poema que se hallaba inédito–, encuentro la misma vena romántica de la Laura Victoria de otras épocas.

“En mi Canto a un veterano, escrito en 1968, existe el mismo estilo de otras épocas, pero eso se debe al motivo que lo inspiró. Sin embargo, mi mente sigue siendo joven, a pesar de la edad y de la poca salud».

Méjico, su segunda patria

–En Méjico te han rendido varios homenajes, uno de ellos con la presencia del presidente de la República. Eres amiga cercana de nuestro poeta Germán Pardo García, y él te considera la mayor poetisa de Colombia y una de las más ilustres de América. Pero en Colombia, querida amiga, los nuevos tiempos te han olvidado. Tu poesía, sin embargo, es inmortal. ¿Será que en Méjico existe un terreno más fecundo que en Colombia para el escritor y el poeta?

“En Méjico me han tributado algunos homenajes y cuando el presidente López Portillo viajó a Colombia me invitó para que lo acompañara y fui con él en su avión presidencial, en compañía de seis de sus ministros; fue un honor muy grande.

«Soy muy amiga del poeta Germán Pardo García; diariamente hablamos por teléfono y él viene siempre a traerme su revista Nivel; yo lo quiero y aprecio mucho, es una amistad de largos años, desde la juventud. Como tú dices, Pardo García tiene un alto concepto de mi po­esía, situándome en un lugar privilegiado no sólo en la literatura colombiana sino en la continental. Este concepto es para mí de extraordinario valor porque Germán Pardo García está considerado como el mayor poeta vivo de habla española.

«Me preguntas si en Méjico existe un terreno más fecundo que en Colombia pa­ra la poesía y yo te contesto que de nin­gún modo, pues el pueblo mejicano no posee para la poesía el mismo grado de sensibilidad que tiene Colombia. Lo que pasa es que como Méjico es tan naciona­lista, cuando surge un verdadero poeta lo apoya aunque no viva aquí. Lo importante es que sea mejicano.

“Al contrario de Colombia, México sí ama a sus escritores y los tiene presentes a toda hora. En Co­lombia el poeta no es apreciado en lo que vale y tiene que estar intrigando para que lo admitan en la Academia de la Lengua, cosa que yo no he hecho nunca y por eso no figuro en ella como otras escritoras».

–Eres hermana en la poesía de Gabriela Mistral, Rosario Sansores, Juana Ibarbourou, Alfonsina Storni y Delmira Agustini. Es decir, es­tás consagrada entre las grandes poeti­sas de América por libros escritos antes de los 30 años de edad. ¿Querría decir que por ese motivo diste por concluida tu poesía romántica, tu poesía sensual?

«Yo pertenezco a la época de Gabriela Mistral, Juana Ibarbourou, Alfonsina Storni, Delmira Agustini y Rosario Sansores, que me citas. Tanto de Gabriela como de Rosario fui amiga personal y con las otras sostuve correspondencia. Sus conceptos sobre mi poesía los conservo como pre­ciadas joyas pues son muy elogiosos y fi­guran en los libros que he publicado».

–Cuando florece el llanto, publicado en  España en 1960, es un libro de profun­do contenido sentimental. ¿Pertenece a tu época juvenil?

«Pertenece a mi época de madurez, no a la juvenil. Actualmente tengo recopila­dos varios poemas que no cupieron en ese libro y los pienso publicar junto con mi poesía mística”.

Canto a Colombia

–Tienes una vena poética muy acen­tuada hacia la patria, la tierra, los paisa­jes, la naturaleza en general. Tu Canto a Colombia es extraordinario. A Soatá, nuestra tierra natal, la recuerdas con nos­talgia y emoción. ¿No tendrás en mente, con tales manifestaciones, regresar defi­nitivamente a Colombia?

«Es cierto, tengo una vena poética muy acentuada hacia la patria. Mi vida en Méjico me ha acercado más a la tierra que me vio nacer. No hay día que no recuerde a Colombia. A medida que pasan los años me siento más vinculada a ella. Extraño sus paisajes, su clima, sus costumbres y su gente. Nunca me he podido adaptar del todo a Méjico, a pesar de que aquí me han tratado muy bien. El recuerdo de la patria me lacera y cada día lo siento más profundo. A Soatá, nuestra tierra natal, la llevo en el alma y añoro sus calles, su par­que, la casa paterna, sus bellos paisajes; por eso mi poesía está impregnada de esos recuerdos.

«Pero no puedo regresar a vivir del to­do en mi patria; no podría, tengo dema­siadas raíces en Méjico. Son 47 años de vida en este país. Aquí han nacido mis cinco nietos, que aman a Méjico como su patria que es; sería imposible arrancarlos de ella, lo mismo que a mis tres hijos que han crecido en esta tierra y en ella han establecido sus hogares. Así pues, aquí me tocará morir porque estoy muy unida a Méjico con vínculos indisolubles, pero mi corazón y mi mente están en Colombia».

Dominical de La República, Bogotá, 12-II-1989.
Occidente, Cali, 25-VI-1989.

Rastros de una generación

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

En las páginas de Genera­ción, suplemento Dominical de El Colombiano, dirigido de 1939 a 1942 por Otto MoraIes Benítez y Miguel Arbeláez Sarmiento, quedó consignada una muestra valiosa de la vida intelectual y artística del país durante el presente siglo. Quienes por aquellos días surgían en el mundo de las letras alrededor de este cuaderno abierto a todas las expresiones del espíritu, en su mayoría eran jóvenes estudiantes que iban a ejercer puestos de liderazgo en la literatura, la política, las artes y ­las ciencias a partir de su presentación en la gaceta dominical.

Morales Benítez, que al asumir el cargo de codirector no había cumplido aún 19 años de edad, hablaba del muchacho Rodrigo Arenas Betancourt, un año mayor que él. Otro de los jóvenes de esta generación era Belisario Betancur, de 16 años. Esta tripleta, en la que se confunden el intelectual, el político, el escritor, el estadista, el periodista y el artista, y que desde entonces marcharían mancomunados por los caminos de la vida y del espíritu, identifica la esencia común de quienes arribaron a Generación con ideas jóvenes y ánimo batallador.

Irrumpía el grupo –nacido en Medellín pero conformado por escritores de todos los departamentos– dentro del fragor de la Segunda Guerra Mundial, hecho que suscitaba la especial manera de sentir y de proyectar el mundo. En el aspecto doméstico, en este país que se ha inventado los ismos como rótulo de supervivencia, a estos jóvenes les correspondió una lucha denodada en medio de tres generaciones: la del Centenario, la de los Nuevos y la de los Piedracielistas.

Y para que no quedara duda sobre la misión que debía cumplir, el suplemento trazó esta pauta: «Su pretensión es hacer sentir los problemas del espíritu a través de las nuevas maneras de expresión. Tratar, sencillamente, de formar un clima intelectual diferente al que hemos heredado».

Hoy, transcurrido medio si­glo desde el inicio memorable, y cuando buena parte de aque­llos muchachos están muertos y la mayoría cumplió brillantes desempeños en la vida colom­biana, nos encontramos con este gran hallazgo: el rescate de una generación. Esto significa, en efecto, el libro coeditado por El Colombiano y la Biblioteca Pú­blica Piloto de Medellín. Esta obra le hacía falta a la literatura nacional, y por eso se convierte en joya bi­bliográfica. La selección y el prólogo son de Otto Morales Benítez, y el diseño gráfico de Vicente Stamato. Como coor­dinadora de la edición ha actuado Gloria Inés Palomi­no Londoño, directora de la Biblioteca Piloto.

Fueron seleccionados 99 au­tores, la mayoría de ellos pres­tantes figuras de las letras. Apa­recen 22 escritores para mí desconocidos, quienes en notas reveladoras dejaron su testimo­nio para que otros entendieran su época; algunos de esos tra­bajos son excelentes, como el de Roque Casas sobre Óscar Wilde; o el de Eduardo Arias Robledo –con el tiempo gerente gene­ral del Banco de la República– sobre Goya.

Hay hechos curiosos, como el relacionado con Locura, cuento desolado de Humberto Jaramillo Ángel que revela sus obse­siones e interpreta su manera de ser. En este breve relato hay 17 adverbios terminados en men­te, vicio, según Jaramillo Ángel, que a lo largo del tiempo él fustigaría en otros escritores. Belisario Betancur escribe una nota sobre música –sorprenden­te en el muchacho que acababa de dejar los lares agrestes de Amagá– y muestra sus iniciales garrapateos, entonces sin el des­parpajo de hoy en día, como precursores de su vocación literaria.

La generación de mitad de siglo, como se le podría definir, ya le cumplió a Colombia. En este libro se recoge en buena hora el mensaje de unas men­tes inquietas que contribuye­ron, y siguen contribuyendo, al progreso cultural de la patria.

El Espectador, Bogotá, 22-I-1992

El sainete del salario mínimo

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace un año el ministro Hommes, que por aque­lla época impulsaba sus implacables fórmulas fiscalistas, sacrificó, con el argumento de que debía detener la inflación a como diera lugar, a dos secto­res desprotegidos: el de quienes sólo cuentan con el salario míni­mo, y el de los jubilados, que no tienen sindicato que los defien­da.

Mientras el índice de infla­ción de 1990 fue del 32%, el salario mínimo sólo fue reajus­tado en el 26%. Los 6 puntos de pérdida (para mantener la pre­sunta actualización del dinero) les duelen hoy a miles de colom­bianos castigados por la férula del señor Hommes, quienes tuvieron que sufrir en 1991, bajo los rigores de los impuestos desbordados y el inalcanzable costo de la vida, el año más duro de los últimos tiempos.

A pesar de la prohibición ofi­cial de aumentar los salarios por encima del 24% (anuncio simi­lar al de este año), hubo entida­des del sector oficial que en 1990 superaron el 32% en la negociación de los pliegos de peticiones. En Colombia, como se dice con expresión gráfica, la ley es para los de ruana. Parece que el ministro necesitaba para fines más lucrativos los 6 pun­tos que les quitó a los margina­dos.

A las centrales obreras les ofreció, como premio de conso­lación, que este año el salario mínimo sería reajustado dos pun­tos por encima del índice de inflación. Y las centrales, en señal de protesta –como siempre lo hacen en este sainete decembrino– se retiraron de la mesa de negociación. Una aparente me­sa de negociación donde sólo se impone la voluntad del Gobier­no. Veremos si la misma escena se repite en los próximos días.

Y resulta, a la hora de la verdad, que los dos puntos del ministro no eran por encima de la inflación sino por debajo de ella. En efecto, el Pastorcito Men­tiroso, como lo llama un comen­tarista de prensa, sólo ofrece el 25% para el salario mínimo.

Mientras tanto, por iniciativa del Gobierno se piensa aumentar el sueldo de los parlamentarios de $700.000 a $2’000.000 (186%), mientras ellos sólo buscaban $1’200.000 (71%). Estos facto­res dejan en pañales el porcen­taje que con el conocido sistema del cuentagotas ofrece el minis­tro para quienes carecen de in­fluencias. Pero es que a los parlamentarios se les apareció su Pastorcito Bueno.

No quedaría difícil buscar una fórmula equitativa si en realidad existe ánimo de concertación. Esta palabra, tan de moda, y que adquirió mayor resonancia en labios del Primer Mandatario cuando en días pasados inaugu­raba las cámaras legislativas, se presta para el uso y el abuso. De todas maneras, el término tiene fuerza constitucional.

Dice el artículo 48 de la Car­ta: «La ley definirá los medios para que los recursos destina­dos a pensiones mantengan su valor adquisitivo constante». Co­mo éstas, en virtud de la ley 71 de 1988, se reajustan con el mismo porcentaje del salario mínimo, deben obtener, para que no continúen devaluándose, un incremento superior al 27%, res­tituyéndoles lo que el año pasa­do quedó debiendo el ministro.

Se espera del ministro de Tra­bajo, quien preside el Consejo Nacional Laboral, su decidida actuación como vocero de las angustias de las clases trabaja­doras. Y ojalá las centrales obre­ras resistan completa la nueva sesión del sainete. Si se logra la anhelada concertación –palabra presidencial–, el ministro Hom­mes dejará de ser el Pastorcito Mentiroso.

El Espectador, Bogotá, 19.XII-1991.

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Crueldad con los caballos

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Lo que ha sucedido en Bogotá, y que da lugar a la presente crónica, puede ocurrir en cualquier lugar del mundo. La capital de Colombia, una de las ciudades más hermosas de América, sobrepasa hoy los seis millones de habitantes y registra un crecimiento, tanto en población como en progreso urbanístico, que torna difícil el manejo de los palpitantes problemas que causa el gigantismo arrollador. Por eso, no se ha podido poner remedio, desde hace mucho tiempo, a la proliferación de los mataderos clandestinos, en los que se sacrifican caballos, burros e incluso bovinos que no cumplen con los requisitos de control veterinario.

Carne de caballo

Debe saberse que en Colombia no estaba permitida la carne de caballo para el consumo humano, y sólo hace poco se expidió la correspondiente autorización; pero como la construcción de mataderos particulares exige fuerte inversión económica para obedecer las normas sanitarias y técnicas, los empresarios de la clandestinidad prefirieron continuar con su oscura actividad, que les reporta copiosas ganancias.

Concurren aquí varias fallas sobresalientes: a) los animales (y sobre todo los caballos, las mayores víctimas del tráfico ilegal) son sometidos a intensas torturas desde que se transportan hasta que mueren; b) se presenta serio peligro para la salud de los consumidores, ya que las autoridades no logran controlar el sacrificio de reses con graves enfermedades transmisibles al hombre; c) a esto se agrega el hecho de que en Colombia no existe raza equina apta para el sacrificio.

Desde diferentes sitios del país, todos los días entran a Bogotá camiones cargados de caballos que con la ley del soborno pasan sin dificultad por todos los retenes. Son en su mayoría animales viejos y agotados que han tenido que soportar largas travesías bajo los rigores del hambre y la sed, en medio de tremenda opresión dentro de los vehículos. Muchos llegan muertos, lo que no se convierte en obstáculo para vender la carne en descompo­sición. Otros se reciben moribun­dos. Los demás son sacrificados en forma bárbara, a machetazo limpio, a manos de fieras humanas que no nacieron para entender el dolor aje­no y que, conforme hoy matan ani­males, mañana podrían asesinar hombres a sangre fría.

Un cuadro vergonzoso

Hace poco fueron decomisados por la policía, en importante sector de la capital, unos camiones que ha­bían burlado las reglas de control establecidas. A pesar de saberse en los retenes que el destino del trans­porte eran los mataderos clandestinos, nada se hizo, ya que las ge­nerosas dádivas adormecían las conciencias. El cuadro en el interior de los vehículos era impresionante: burros y caballos unos encima de otros, casi asfixiados, y además cin­co animales muertos y diez más en estado agónico.

En un matadero de Bosa (población vecina de Bogotá, que constituye con otros municipios el área metropolitana de la capital) son destazadas las reses en las peo­res condiciones de higiene y luego tirada la carne al suelo, donde vís­ceras, cabezas, patas y sangre pro­ducen un olor nauseabundo que se esparce por los alrededores como ver­dadera amenaza pública. Sin em­bargo, el dueño del establecimien­to, que ha ido muchas veces a la cár­cel y cuyo negocio ha sido cerrado 14 veces, ha vuelto siempre a las an­dadas, en más de 20 años que lleva ejerciendo su oficio sucio, porque con dinero mantiene amordazada la ley. Las autoridades manifiestan que esta vez el negocio ha sido ce­rrado en forma definitiva, y ojalá así fuera.

Con todo, como en Bogotá y sus alrededores funcionan 20 matade­ros ilegales, donde se sacrifican hasta perros, y que como en el caso del situado en Bosa se abren y se reabren gracias al poder del dinero corruptor, la gente duda de la palabra oficial. Los vecinos del ma­tadero citado (donde se mataban entre 60 y 100 caballos diarios) co­nocían de sobra los perjuicios reci­bidos, pero guardaban silencio, pri­mero por temor y luego porque el matarife les vendía barata la carne. La carne mala, como se ve. Los des­perdicios se destinaban —y por lo visto puede pensarse que continúan destinándose— para la fabricación de salchichones y embutidos; comida que va a dar a expendios populares y que se convierte en veneno para la salud del pueblo.

Antesala del infierno

Fuera de lo que representa la falta de control sanitario, es preciso condenar la brutalidad que se ejercita sobre los parias de esta historia. Venidos éstos desde lejanos confines, pasan hasta cuatro días encerrados en el camión, sin aire, sin comida y sin agua, y por lógica llegan desnutridos, algunos ciegos, otros con serias laceraciones. Nadie se conduele de su suerte (suerte de perro, iba a decir, pero también es de caballo, de asno, de cerdo, de ¡pobre animal!…) Los bajan del camión mediante una argolla o nariguera, que les produce enorme sangría; y al caer al suelo, sin que se les dispense el menor cuidado en la bajada, la mayoría se fracturan. El camión es un centro de tortura; y el sitio del sacrificio, la antesala del infierno.

Duele que esto suceda en Bogotá, bella ciudad en creciente esplendor, cuna de nobles tradiciones. La Asociación Defensor de Animales y del Ambiente (ADA), de  Bogotá, denunció el caso con valor y con la decidida solidaridad que practica hacia los animales. La prensa escuchó el clamor y penetró en las tinieblas de la explotación. Las autoridades actuaron con energía, se lavaron las manos. Y todo  volvió a quedar en silencio. Es el silencio de los animales, que no tienen palabras para defenderse y expresar su dolor.

Este capítulo no se considera clausurado. La historia de los mataderos clandestinos puede repetirse en Bogotá, y de hecho sucede –bajo diferentes estilos de crueldad– en cualquier confín del universo. En estos episodios sale a flote la ferocidad del hombre cuando sólo se guía por la voracidad del dinero y olvida elementales normas de comportamiento social y sensibilidad humana.

Revista ADDA Defiende los Animales, Barcelona (España), marzo de 1992