Archivo

Archivo del autor

El Quindío distante

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Ocho años largos han trans­currido desde mi ausencia del Quindío, después de residir allí por espacio de 15 años. Im­perativos de familia deter­minaron mi regreso a la capital del país, y hoy, jubilado de la vida laboral, recuerdo con emoción mis comienzos en la ciudad de Armenia como ban­quero y promotor cul­tural, actividades que ejercí en forma paralela junto con las de comentarista de prensa y escritor.

Al invitarme La Crónica del Quindío a co­laborar en sus páginas, le manifiesto  al insigne amigo Rodrigo Gómez Jaramillo, su director y exgobernador del departamento, que una manera de retornar es a través de las columnas que hoy se inician. Aquí estoy de nuevo, por consiguiente, en diálogo abierto con la región.

Deseo volver al Quindío con una lección moral, que esa fue la pauta invariable que pre­sidió mi ejercicio bancario y mi vida como sencillo habi­tante de la comarca. Y para el efecto, nada mejor que recordar las palabras con que me des­pedí de los colegas de la banca en el homenaje realizado el 31 de agosto de 1983, en el chalet de Óscar Jaramillo Jaramillo. Con los mismos principios y el mismo sentimiento de entonces renuevo hoy los lazos de amis­tad con el Quindío y su gente, a través de las palabras que pronuncié aquella vez:

«Nada fácil resulta romper raíces con una sociedad que desde el primer momento se convirtió en nuestra propia tierra. Es un momento difícil el de despedirnos hoy de la familia bancaria, con la cual se han compartido gratísimos momentos de sano colegaje y auténtica camaradería. Alrededor de la amistad y siempre con las banderas en alto por una banca mejor, hemos librado memorables jornadas de identidad laboral y regocijo personal.

«El primer objetivo del banquero es el de ser útil a la sociedad. Y la primera obligación, la de ser honorable. Situada hoy la banca nacional entre grandes conflictos de descomposición moral, no podemos admitir que los desvíos ajenos toquen nuestros propios códigos éti­cos. Si somos ejecutivos de las cifras, primero debemos ser profesionales de la pulcritud. Yo aspiro a dejar en Armenia, antes que libros y bonitas cifras, una lección moral. Es el legado que entrego a ustedes después de duras aunque reconfortantes experiencias en mi tránsito por el Quindío. Y sé que ese legado queda en buenas manos.

«Mi esposa y yo, que hemos compartido con ustedes las mejores horas de una franca amistad, sabemos que no nos vamos del todo si aquí queda parte de nuestro corazón. Les dejamos además un hijo quindiano que algún día reclamará su dere­cho a la tierra que lo vio nacer».

La Crónica del Quindío, Armenia, 10-II-1992.

 

Categories: Quindío Tags:

Sabor de dátil

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por Gustavo Páez Escobar

En mi anterior visita a la patria chica, hace 14 meses, encontré un notorio abandono del pueblo, situación que me impulsó a escribir la nota Soatá en  decadencia. En aquella ocasión me llegó un expresivo mensaje firmado por varios ha­bitantes de la población, donde manifestaban su solidaridad por el sentido constructivo de esa crítica, como acicate para buscar el progreso que se había dejado perder.

Regreso ahora a los lares nativos y me encuentro con una sorprendente transformación. En Soatá han cambiado muchas cosas. El pueblo parece que hubiera sido retocado como las quinceañeras primorosas. Las residencias han sido embellecidas, y el cuidado de calles y parques es evidente. Autoridades y vecinos comprenden la importancia de imprimir en el ambiente ese algo de magia que atrae al turista y hace placente­ra su estadía.

A las autoridades les corresponde motivar el ánimo ciudadano para levantar la moral pública. No puede existir buena disposición de los vecinos si se carece de eficientes servicios pú­blicos, de calles pavimentadas y aseadas, de parques reverdeci­dos.

Mi nota de hace 14 meses concluía así: «Lo escuchamos, se­ñor alcalde». Luis Argelio Sepúlveda Archila, el alcalde pró­ximo a finalizar su mandato con el aplauso de la ciudadanía, me dice que su respuesta está a la vista. Y agrega que su mayor preocupación fue rescatar la par­te estética del pueblo. Todo un programa de gobierno. Como el municipio queda sin deudas, ya que la obra del alcantarillado (aco­metida por Camilo Villarreal Már­quez, el alcalde anterior) se llevó a cabo con fondos propios, están abiertas las puertas de Findeter para nuevos programas.

La cultura también está de plácemes. Nacho Báez, in­quieto promotor de la vida mu­nicipal, organizó con excelente gusto el Museo de Artes, Cos­tumbres y Tradiciones del Norte de Boyacá. En él se coleccionan elementos antiguos que llaman la atención por su novedad y por el toque artístico con que han sido restaurados. A la casa de cultura que lleva el nombre de la poetisa Laura Vic­toria se trasladaron numerosos tomos con las escrituras nota­riales que en el siglo pasado de­terminaron la compra de tierras y marcaron otros hechos impor­tantes de la localidad.

Me entero, además, de la labor de publicaciones que cumple la Alcaldía desde tiempo atrás. El último libro es del poeta Enrique Ordóñez Sampayo, oriundo de Majagual y residente hace varios años en Soatá, obra que lleva el nombre de Lluvia sobre silencios. El poeta, que se ha compenetrado de la idiosincrasia lugareña, le canta a las costum­bres, la tierra, las cuitas y ale­grías del amor, con hondo senti­miento. Soatá ha dado un paso adelante: en progreso local, en espíritu cívico, en cultura, en poesía de la palabra y de la natu­raleza. Mi pueblo vuelve a tener sabor de dátil.

El Espectador, Bogotá, 1-II-1992.

Categories: Boyacá Tags:

Poeta del dolor

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

En la muerte de Germán Pardo García

Por: Gustavo Páez Escobar

La pena marcó la existencia y la vasta e inspirada obra poética de Pardo García, fallecido en Méjico a los 89 años, el 23 de agosto, donde vivía desde mediados del siglo. El siguiente boceto de su vida atormentada es parte de Biografía de una angustia, libro que publicará el Instituto Caro y Cuervo.

Germán Pardo García nace el 19 de julio de 1902, en Ibagué. El niño recibe el nombre completo de Germán Vicente Pardo García Esponda. Son sus padres el jurisconsulto Germán D. Pardo, natural de Choachí, y la dama Ju­lia García Esponda, nacida en Ibagué. Choachí —o Chiguachía, en lenguaje muisca, que significa «Ven­tana a la luna”— ejercerá enorme influencia en la personalidad del infante.

Germán tiene dificultades de salud a los pocos días de nacido. Le aparece fuerte dolencia en la columna vertebral, a consecuencia de la cual queda paralizado. Los médicos conocen esta enfermedad con el nombre de mielopatía. (Muchos años después los neurólogos llegan a pensar que el niño en reali­dad nació paralizado y hablan de una lesión congénita). Sus padres se alarman. Consultan médicos y curanderos. La angustia de los progenitores, y sobre todo de doña Julia —que tal vez se siente culpable por haber traído al mundo un ser paralítico— es po­sible que se transmita al cerebro de la criatura. Los primeros años son decisivos para formar la persona­lidad, y en ellos se incuban, cuando hay anormalida­des, traumas que a veces no logran extirparse en el resto de la vida.

El año 1903 es de constante tribulación. El niño, lejos de mejorar, muestra signos de franco retroce­so. Sigue paralizado y cada vez su salud es más pre­caria. La medicina de la época es rudimentaria y no consigue mayores adelantos. Se aplican puntos de fuego en la columna vertebral, sistema de tortura que el pequeño debe soportar ante el desespero de sus padres; pero no hay recurso más avanzado y con él se practica la mayor ciencia médica del mo­mento.

Agotadas todas las posibilidades sin que el niño reaccione, su muerte parece próxima. El padre com­pra una cajita mortuoria. Ya todos se han hecho a la idea del deceso inminente, que es la mejor fórmu­la para que el sufrimiento termine. Y entonces se presenta el milagro. Germán exterioriza un movimiento. Luego sus padres observan, con infinito regocijo, que ha movido un dedo de la mano derecha. A los pocos días su cuerpo tiene mayor acción.

El futuro poeta se ha salvado. Ha regresado de la cajita mortuoria, que ya estaba engalanada con sedas angelicales, a la luz. Apenas cuenta un año de vida. Rodando el tiempo, visita en 1928 su pueblo natal —por primera y única vez— y se encuentra con algo terrorífico que le muestran sus familiares: el pequeño féretro. Lo han conservado durante 25 años, por extraño capricho que nada tiene de sentimental, y ahora lo descubren, como una aparición fantasmal, ante quien estuvo a punto de utilizarlo. El poeta no puede contener las lágrimas.

De por vida

Desde entonces, Germán Pardo García no vuelve a Ibagué. La ciudad le pone su nombre a un colegio y él pide que lo retiren. No lo hace por desaire contra su patria chica sino por considerarse indigno de ese honor. Siempre ha huido de los honores. De to­das maneras, el colegio sigue hoy llevando su nombre.

La lesión de la columna vertebral, que parece cu­rada por completo, le deja delicadas consecuencias para toda la vida. Es una enfermedad recurrente que lo ataca por épocas y le produce serios desajustes. Víctima del vértigo de Meniére, su organismo queda alterado por alto grado de sensibilización que no le permite soportar ruidos persistentes ni compañías continuas. Esta irritabilidad lo hace alejarse de la gente para calmar en la soledad el desespero de su desgracia. Su desequilibrio es crónico. La parálisis lo embiste cuando menos lo espera y es posible que entonces se acuerde de la cajita mortuoria que ha debido ocupar.

En Etiología y síndrome de una angustia anota lo siguiente, refiriéndose a él mismo: “Y aunque se volvió consumado gimnasta, su locomoción se perturba con  frecuencia. Es así como ha escrito su obra: con la precipitación de los sobreexcitados, en el clima del quebranto y de la angustia. Esta es la causa de su segregación enorme y su encerrado mutismo”.

Y en carta del 3 de octubre de 1986, presa de inmenso dolor, me confiesa: «Mi salud se está agravando lentamente. La mielopatía que padecí al nacer, y que jamás se me curó y permaneció oculta durante 84 años, ha vuelto a atacarme y me paraliza sin que haya modo de obtener gracia del cielo o del infierno para que yo no sufra más».

El 5 de junio de 1905 muere su madre al dar a luz a Julia. A la niña se le pone el mismo nombre de la mamá. Germán queda huérfano de madre cuando todavía no ha cumplido los tres años de vida. Dice que no conserva recuerdo alguno sobre ella. En reportaje que le hago en 1986 le pido que me dé una definición sobre su madre, y me respon­de a secas: “No la conocí”. El mismo concepto le so­licito sobre su nodriza y su madrastra, que han de­bido convertirse en madres sustitutas, y las califica de la siguiente manera: “Mi nodriza: una bruja de la Noche de Walpurgis. Mi madrastra: la esposa de Sa­tán».

Hecho poeta, y cuando ya han corrido muchas aguas turbias bajo sus puentes, en 1954 publica su Teoría de la noche americana —recogida en el libro U.Z. llama al espacio—, en la cual proclama su tre­menda orfandad y declara que la noche de América es su única madre.

Motor poético

Su mayor estigma ha sido el dolor. En la antigüe­dad, a los esclavos se les hacía una señal con un hie­rro candente. Así quedaban condenados a la esclavi­tud. Cuando el punzón se aplica en el alma, ya na­die lo borra. Por eso, casi toda la poesía de Pardo García está signada por la angustia. Sin el dolor, na­cido de la tragedia íntima del poeta, no hubiera lle­gado a elaborar una de las poesías más bellas que se hayan escrito sobre la tierra. El sufrimiento ha sido el cristal que le ha permitido ver y manifestar la ancha realidad del ser humano.

Adel López Gómez me anota lo siguiente en carta de febrero de 1986: “Germán Pardo García, el poeta del dolor, que cualquiera podría confundir con un espíritu en pena eterna, es uno de esos genios que le hacen falta a la humanidad para escribir la di­mensión de la vida».

Acudí al escritor de Manizales, que en sus crónicas de La Patria se había ocupado de la vida y la obra de Pardo García, en demanda de datos para elaborar el presente esbozo biográfico. Adel no sólo había leído su obra completa sino que lo había visitado en su domicilio mejicano. Y por toda respuesta me remitió la clave que necesitaba: Etiología y síndrome de una angustia.

Desde entonces no he hecho sino profundizar en este documento dantesco. He mantenido intensa co­rrespondencia con el maestro, hablé con él en Méji­co, le hice un reportaje que causó impresión, he pre­guntado por él a quienes lo conocen y lo admiran —e incluso a quienes no lo admiran, porque de todo hay en la viña del Señor—, y siempre ha surgido, ní­tido, el mayor signo de su tragedia: el dolor. La an­gustia, en definitiva, es el motor de su excelsa pro­ducción poética. Sin esa angustia existencial el pla­neta se hubiera perdido de un genio.

Confesión final

La poesía de Germán Pardo García tiene múlti­ples y maravillosas facetas —de amor por los seres, de amor por la naturaleza, de misticismo, de viajes por las regiones del asombro, de temblor fascinado frente a los arcanos de la ciencia y el misterio—, y siempre, de principio a fin, está movida por el is­mo sentimiento: la angustia. Al hombre hay que pin­tarlo con veracidad. En Pardo García la angustia es su entraña más íntima. Sacarlo de ella sería desdi­bujarlo. El autor de estas líneas, por más que ha in­tentado verlo de otra forma —acaso para suavizar el tono lúgubre de su trabajo— sólo ha hallado en él un hombre afligido. La angustia, sin embargo, es su mayor grandeza. Siendo su terrible epopeya perso­nal, con ella ha plasmado en el arte la tragedia hu­mana. Sin ella sería un ser opaco.

Sin el dolor no habría ciencia, ni poesía, ni escri­tores, ni arte. Es el mayor crisol que existe para fun­dir el espíritu y generar las ideas. El dolor hace in­dagar al hombre por los orígenes de las cosas, pro­duce desacomodo, y con él, inquietud y búsqueda, caminos que llevan al descubrimiento. La sensibili­dad se estimula con el dolor y se atrofia con la moli­cie. Lo grave del dolor es no saber soportarlo, ni encauzarlo para que sea productivo. Gracias al sufri­miento el hombre se levanta de la tierra y busca so­luciones en las alturas. Todo lo contrario de lo que causa la comodidad: quietud y letargo.

Esta dimensión de la angustia escrutadora de mundos —que puede desgarrar al hombre sin que por eso renuncie a ella el artista— resulta manifies­ta en una frase de Germán Pardo García: «Yo no soy sino un alma enamorada de la angustia «. Es una confesión que hace al final de sus días, cuando ya todo está consumado. Cuando está escrita su obra cumbre.

(Pardo García fue colaborador asiduo de este suplemento, donde pu­blicó muchos de sus poemas. El siguiente soneto —inédito— lo envió hace poco especialmente para L.D.)

Flores enfermas

Esa rosa se muere de hermosura.

Aquel lirio, de azules soledades,

y en un mar de doradas tempestades

el laurel se deshoja de amargura.

 En todo altar padece la figura

del jazmín del amor sin igualdades,

un nardo sobre el pecho les supura.

 El trébol en las sombras se marchita.

La angustia de una flor es infinita.

¡Oh clavos del Dolor, que ya se han visto

en todo cuando nace a la Belleza

y envía, cual la dalia, su tristeza

al huerto en que padece Jesucristo!

Germán Pardo García

El Tiempo, Lecturas Dominicales, Bogotá, 1-IX-1991

* * *

Comentarios:

De repente alguien penetraba en aquellos recintos misteriosos, que él le abría sin recelo quizá porque encontrara interlocutor idóneo a sus confidencias. Lo hizo con Gustavo Páez Escobar, en un reportaje terrorífico en que Pardo narró de su propia voz, con lenguaje descarnado, los acontecimientos que revelara de soslayo en la autobiografía introductora de su Apolo Pankrátor de 1.400 páginas, en el cual recogiera en 1977 su obra entre los años de 1915 a 1975. Belisario Betancur (palabras tomadas de su artículo Memoria de Pardo García, El Colombiano, Medellín, 30-VIII-1991).

Quizá la característica más pronunciada de la personalidad de Germán Pardo García fue la autenticidad. Poeta inmenso, conocedor insondable de la lengua castellana, artista del verso en sus más depuradas formas estéticas, por más de 60 años Pardo García ocupó un lugar de vanguardia como insomne creador de belleza, el más consagrado forjado de imágenes poéticas en el vasto panorama de la literatura hispanoamericana contemporánea. En representación de ésta, muchas veces surgió su nombre en los círculos intelectuales como el más digno de ser consagrado con el Premio Nobel. El Tiempo, Bogotá, 25-VIII-1991.

Compartimos tu honda pesadumbre por la muerte del genial poeta Germán Pardo García, quien seguirá viviendo en el presente y en el porvenir, gracias a la biografía que le escribiste. Lástima grande que el maestro no hubiera alcanzado a mirarse en ese fiel reflejo. Vicente Landínez Castro, Laurita, Barichara.

Congratulaciones por elogiosos artículos sobre el gran vate cósmico cuya poesía tiene soplo de eternidad. Jorge Franco Vélez, Medellín.

  

 

 

 

Cita con Boyacá

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar

Palabras iniciales del libro Cita con Boyacá, en vía de publicación por la Academia Boyacense de Historia (libro que al fin no se publicó).

Todos los caminos de este libro conducen a Boyacá. Son escritos ocasionales que han surgido en diferentes épocas, con emotividad y en tono coloquial, sobre hechos, personas y paisajes de mi tierra. Estos temas mantienen una intención, una identidad: mi amor por Boyacá. Es la atracción mágica que ha brotado en quien entiende el vínculo con la tierra como la afirmación del carácter. Y siente el llamado telúrico como un compromiso de la sangre, como un sello de la raza, como un honor irrenunciable.

Cuando se me pidió un libro sobre Bo­yacá, pensé de inmediato en mis notas dispersas por periódicos y revistas como la respuesta apropiada para demostrar que ya estaba escrito. Javier Ocampo López, presidente de la Academia Boyacense de  Historia y pro­motor de la cultura regional, sabe que un libro es la suma de múltiples emociones, de permanentes esfuerzos. Agregándole otros capítulos a esta obra que entrego a Boyacá, como lo he hecho para reforzar una idea, y no para llenar espacio, cumplo con la ilusión del escritor que celebra su propio regocijo. Volver a la parcela natal por los hilos del afecto y la retrospección del alma es nacer de nuevo. Es la manera auténtica de encontrarse con uno mismo y hallar la explicación de su propia existen­cia.

El hombre será siempre eco de su provincia. No podrá prescindirse de la marca de la tierra, como tampoco puede romperse, aunque se quisiera, el li­gamento de la estirpe. Se nace y se muere en función de tierra. Es un sino inevitable. La patria chica da personalidad y crea res­ponsabilidades.

No se piense descubrir en estos escritos nada diferente a un acto de presencia en la vida de mi departamento. Soy, por naturaleza y formación, enemigo de los textos pesados. Y más de los tonos doctora­les, que suelen fatigar y volverse pedan­tes. Prefiero la crónica ligera, desprovis­ta de artificios y elaborada con sutileza y amenidad.

Reúno aquí variados enfoques sobre el acontecer literario, histórico y humano de mi tierra, de esta Boyacá de sacrificios y epopeyas, de resignaciones y glorias, de recatos y virtudes, de mujeres castas y hombres virtuosos. Boyacá, la de los labriegos y los pensadores, la de los políti­cos y los militares, la de los eclesiásticos y las gentes de bien, la de los horizontes turísticos y la despensa agrícola, es territorio fértil para la libertad y la inteligen­cia. El país sabe que en Boyacá hay una brújula tendida hacia la patria.

Este libro es un canto a mi raza boyacense. Es la respuesta del viajero de muchos cami­nos que hoy se detiene a la vera de sus propios escritos para rendirle home­naje a su rincón telúrico. Y vuelve, como en el caso de los amantes seguros, a cumplir su cita con Boyacá.

Revista La Crónica del Oriente, Tunja, agosto de 1989

El vuelo de Hirondela

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En el momento de escribir la presente nota —diciembre de 1987—, el bello poemario Hirondela, de Octavio Rodrí­guez Sosa, se encuentra inédito. Existe la intención de publi­carlo por cuenta de la Academia Boyacense de Historia. Hay que admitir que en ocasiones el mérito es tardío por parte de las entidades promotoras de la cultura regional, como ocurre con este libro escrito hace más de quince años y que no ha conseguido, aunque se le ha prometido en varias oportunida­des, el favor de la imprenta oficial. Boyacá es, de todas maneras, tierra benefactora del escritor y el poeta; por eso, aunque el tiempo en este caso ha sido parsimonioso, ya le llega su hora a Hirondela. (Esto todavía no ha ocurrido, lamentablemente, y estamos finalizando el año de 1991).

Octavio Rodríguez Sosa ha cultivado la poesía desde su más tierna infan­cia. Nació poeta. No se ha apartado una línea del mandato de la sangre y eso le ha permitido afirmar a través del tiempo su destino romántico, que ese, en general, es el sello de su producción. Se graduó de arquitecto siendo ya poeta recono­cido; y años más tarde abandonó la profesión, pero no la poesía. La arquitectura, rama importante del arte, se convirtió en mayor apoyo para su vocación de esteta, pero no podía renunciar a la poesía, el medio ideal para elevar el alma.

Octavio Rodríguez Sosa siempre ha sido poeta. Algunos apenas lo son de juventud o de afición efímera y luego se eva­poran. Como tal lo conozco desde nuestro primer encuentro en Tunja, hace 35 años, cuando compartíamos en alegres tertulias las iniciales andanzas por los caminos del espí­ritu. Caminos que se mantuvieron firmes —para Octavio en sus afanes poéticos y para mí en los compromisos con la narrativa y el ensayo—, y que han dejado, para fortuna de ambos, la constancia de una obra ya definida al final de este itinerario inconcluso. El escritor y el poeta nunca consideran concluida su faena y morirán al pie de sus pertrechos, como los viejos árboles mueren pegados a la sustancia nutricia.

¡Hirondela, Hirondela…! Palabra musical, que sugiere un susurro o un vuelo. Me quedé meditando en ella cuando el libro cayó en mis manos, tratando de hallarle su significado. Y al rato de bucear por sus entrañas, como se busca encontrar la explicación de los manantiales cantarinos, descubrí a hirondelle, en el habla francesa, o sea, golondrina. Ya no me quedó duda de que Octavio había creado, en español, su Hiron­dela volátil. Su golondrina amorosa. Y eso, en efecto, es su libro: un vuelo de golondrina. Un susurro del viento, unas veces esquivo, otras, cadencioso, otras, sensual.

El amor, siempre el amor, recorre en alas de la golondrina los 34 poemas escritos en el viento. Parece como si el poeta, que en 1965 había publicado El pasaje, libro también amo­roso pero de angustias y de palabras torturadas en el laberinto de la soledad, desencadenara la pasión sombría para transfor­marla en brisa y cosmos. De El pasaje a Hirondela se pro­duce una metamorfosis en el alma del autor. En el primero hay un asomo de pesimismo, de pesadilla, de encrucijada, donde el amor es duro y al propio tiempo absorbente, y en el otro se libera la golondrina, que no está hecha para los espa­cios cerrados y vuela por las regiones del éter y el resplandor.

Creo que la golondrina, o sea, Hirondela, es la mensajera de toda la poesía de Octavio Rodríguez Sosa. Es como un alien­to invisible que está vivo en toda su producción, y que lo mismo aletea en los miedos y los llantos del poeta, cuando el alma se sofoca, que en sus auroras y sus esperanzas, cuando revienta el amor pleno. Octavio le da énfasis en sus cantos, bien sean éstos doloridos o jubilosos, al sentido del vuelo, ese ir y venir por los espacios de la fantasía, del dolor y el gozo. Así lo proclama:

El amor es muerte y vida: es ir y retornar;

es un morir aquí y nacer más allá;

es un viaje feliz donde la vida nos regresa

a ese lugar del cual hemos partido

y al cual habremos de llegar.

El amor es inmóvil. Siempre será dolor y placer. Será sexo y espíritu. Muerte y vida. Y es preciso vivirlo a plenitud, palparlo, padecerlo, escanciarlo en sus amargas y exquisitas embriagueces. El amor no tiene tiempo, ni hora, ni condición. Es estallido, y tormenta, y sollozo, y misterio. También es éxtasis, y frenesí, y arrebato, y sosiego. En la permanente unión de los cuerpos, donde el sexo se acopla para producir la chispa de la vida, y donde las venas se hinchan para descargar emociones, estará siempre Hirondela, la golondrina sensual, con su ramo de olivo portador de paz y de perfumes de mujer.

Eso es Hirondela: ave armoniosa y escurridiza, sutil y voluptuosa, que pica aquí y allá, siempre en majestuoso vuelo, y que imitando el girar de la circunferencia e infatiga­ble ante el amor sin tiempo, ante la pasión inmóvil, revolotea por los ríos de la sangre como un suspiro indescifrable.

Revista Cultura, N° 135, Tunja, segundo semestre de 1991

 

Categories: Poesía Tags: