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Armenia crece

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No sé como ven hoy a Armenia quienes viven allí hace varios años, y sobre todo quienes nunca han salido de sus predios. Es posible que por fuerza de la costumbre no adviertan, como lo advierto yo, el crecimiento vertiginoso que ha tenido la ciudad en los últimos años.

Volví a Armenia algunos meses después del centenario, o sea, cuando mejor podían apreciarse las obras que habían quedado como consecuencia de la efemérides. El progreso urbanístico es sorprendente. La ciudad luce esplendorosa no sólo en sus perfiles arquitectónicos sino en su ornato general. Parece que un hada madrina la hubiera retocado por los cuatro costados.

Encontré nuevas obras de envergadura (como la del estadio, el coliseo cubierto, el Museo Quimbaya y una vía circunvalar) que habían surgido durante mi ausencia como polos poderosos de desarrollo. Me detuve en modernos barrios y airosos edificios que no conocía. La red de semáforos, que en los días de mi regreso a Bogotá era precaria, ahora pregona un ímpetu vehicular de difícil control. La ciudad parece salirse de sus linderos.

Armenia avanza todos los días y sus pobladores no lo notan. Son los turistas los mejor capacitados para pondera las maravillas de este centro en permanente evolución. En la misma forma que aumenta la población y se estira el casco urbano, crecen los problemas. Por eso, para administrar la ciudad se requieren especiales condiciones de liderazgo. Por lo tanto, hay que saber escoger el próximo mandatario local.

César Hoyos Salazar, el alcalde actual, ha cumplido gestión eficaz con su gobierno serio y moralista. El municipio, a pesar de serias dificultades financieras, ha podido acometer importantes proyectos. Así lo deduzco por diferentes versiones. Hoy las cifras –el quebradero de cabeza de todos los alcaldes– se hallan mejor organizadas para que la ciudad continúe su ritmo irreversible.

La Crónica del Quindío (editorial), Armenia, 29-II-1992.

 

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Un banquero discreto

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(La Dirección acoge como sentimiento suyo el mensaje de su columnista Gustavo Páez Escobar sobre la muerte de Augusto López)

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La última vez que me vi con Augusto López Ríos fue hace seis meses en la ciudad de Armenia. Como habíamos compartido una franca amistad en el mundo de las finanzas –él como gerente del Banco Cafetero y yo como gerente del Banco Popular–, los recuerdos sobre nuestra antigua actividad brotaron a flor de labio. Hoy, con hondo pesar, me he enterado de su fallecimiento. Es una pérdida grande para sus amigos, que siempre vimos en él un noble caballero, y desde luego para el Quindío, al que prestó valiosos servicios.

Oriundo de Santa Rosa de Cabal, llegó a Armenia después de intenso ejercicio bancario por diversas ciudades del país. Como gerente del Banco Cafetero se vinculó en forma estrecha a la comarca, lo que le permitió su profunda compenetración con el café y la idiosincrasia regional. Con su esposa Leticia echó raíces en la tierra quindiana, y por eso, al retirarse de la actividad laboral, su hogar continuó establecido en Armenia.

Augusto fue banquero a carta cabal. Se había formado dentro de los rigores de la vieja banca, excelente escuela que hacía maestros. Rasgos sobresalientes de su carácter fueron el decoro y la discreción, cualidades que lo destacaron como ciuda­dano ejemplar y le hicieron ganar el aprecio de la gente.

Era hombre silencioso que huía de la ostentación y buscaba el regocijo de la vida sencilla, bajo el encanto de los cafetales y el afecto de su íntimo grupo de amigos.

La moral constituía su mayor presea. Nunca se dejó tentar por la avaricia del dinero y mantuvo la dignidad como flor esquiva –y esplendorosa en su caso– en medio de tanta corrupción social. El personal y la clientela de su banco, lo mismo que la ciudadanía de Armenia, sabían que en Augusto López había un crisol de las mejores virtudes, que hoy tanto se echan de menos en este mundo actual tan carente de principios éticos.

Cuando desaparece un hombre de bien, y en este caso de tantos kilates morales, su vacío no es fácil de llenar.

La Crónica del Quindío (editorial), Armenia, 15-II-1992

 

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La ansiedad viaja en buseta

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El periodista y escritor pereirano Héctor Ocampo Ma­rín, director del Dominical de La República, avanza en su carrera literaria con La ansiedad viaja en buseta, novela publicada por la Universidad Central a finales de 1991 como parte de los actos con que el claustro conmemoró sus 25 años de vida. El autor, que ha incursionado de preferencia en el género del ensayo (entre otros títulos con Pasión creadora, El poeta de la ruana y Gilberto Alzate Avendaño), salta ahora  a la palestra con su primera novela.

Antes de referirme a su nuevo libro, deseo detenerme en la per­sonalidad de Ocampo Ma­rín como promotor de cultura. Es la suya una de esas silenciosas voces de provincia que se destacan hoy en el plano nacional. Años atrás sobresalió su nombre en las pági­nas del Magazín Dominical de El Espectador como uno de los críti­cos más destacados del acontecer literario del país.

Más tarde se vinculó al perió­dico La República, donde ocupó diferentes cargos, entre ellos el de director y gerente encargado. Pero donde más ha trabajado por la cultura es desde las páginas del Dominical de La República, que con lujo de competencia dirige hace largos años. Gaceta abierta a todas las inquietudes, donde se acoge con igual entusiasmo al novel escritor que a la figura consagrada de las letras. Allí no existen los odiosos grupos que se apoderan del espa­cio en otros periódicos para ensal­zar sus propios nombres. Por el contrario, su política es la de llegar al mayor número de perso­nas y brindar estímulo sobre todo al escritor incipiente.

Ocampo Marín se ha decidido, al fin, a lanzar su prime­ra obra de narrativa, que él deno­mina «inocuo juguete literario». Breve novela de 177 pági­nas que a nadie le hace daño, en efecto, y por el contrario despierta en el ánimo del lector un delicioso «sentido del humor y la musicali­dad», como dice Horacio Gómez Aristizábal en las palabras del prólogo. Fino humor crítico con el que se mira el discu­rrir de la existencia y se pintan estados sociales comunes a cual­quier individuo.

El novelista viaja con sus per­sonajes en la buseta de la ansie­dad, o sea, a bordo de los afanes de la vida cotidiana. Y se vuelve gran observador de minucias, esas que no ve la gente del común, pero las reconoce y admira cuando al­guien las pinta con ingenio y capacidad sociológica. Su buseta parte todos los días a las 7 y media de la mañana, de Pinares de Occidente, sector de clase me­dia que representa, por lo tanto, un mundo madrugador de conflic­tos y esperanzas, de luchas y alegrías, esto es, la eterna trage­dia del hombre.

Alfonso López Michelsen des­cribe en la novela Los elegidos la alta burguesía que se vive en el barrio de La Cabrera. Mundos contrapuestos –el de López Michelsen y el de Ocampo Marín–, con un mismo personaje: el hom­bre. Es decir, la vida.

El Espectador, Bogotá, 29-IV-1992.

 

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Al rescate de la Universidad del Quindío

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Uno de los programas prio­ritarios de Mario Gómez Ramírez, que anunció al posesionarse de la gobernación del departamento, es el res­cate de la Universidad del Quindío. El alto déficit que registra la entidad se ha venido agravando en los últimos años hasta verse hoy afectada por aguda crisis que frena su de­sarrollo económico y su cali­dad académica.

No se ha logrado mantener al centro docente protegido contra las ambiciones políti­cas. A esto obedece el deterio­ro actual. Todo el mundo sabe en qué forma se ha abusado de los recursos presupuestales para satisfacer afanes burocráticos mediante la creación de cargos innecesarios y la designación de personas in­competentes. A lo anterior se suman los alegres despilfarros.

Cuando los fondos de la educación se malgastan, son los estudiantes, y por con­siguiente la sociedad, los mayores perjudicados. La la­bor del rector actual, Henry Valencia, debe guiarse por una seria política de control del gasto y elevación del nivel académico. El paso siguiente es conseguir fondos amplios para impulsar la entidad hacia superiores metas de progreso.

Fui testigo, durante mi es­tadía en Armenia, de sucesi­vas crisis en el manejo de la Universidad. En una de esas emergencias la salvó Fabio Arias Vélez mediante una dinámica y prudente gestión. En su segunda rectoría –y a ella me refiero– halló el or­ganismo asfixiado por las deudas y nadando en el caos.

La labor de recuperación fue lenta, pero firme, hasta lograrse superar los descalabros y for­talecer las finanzas en banca­rrota. Fabio Arias Vélez fue gran rector de la Universidad del Quindío. La clave de su éxito se explica en el sentido gerencial con que desempeñó su cargo. Otro de los rectores, por el contrario, se dedicó a crear burocracia y derrochar el presupuesto.

Hoy el déficit financiero atenta, en materia grave, con­tra el Alma Máter de los quindianos. Este es el resultado de muchas improvisaciones. Es preciso, por lo tanto, bus­car fórmulas sabias para resti­tuir la estabilidad que se dejó perder.

La Crónica del Quindío, Armenia, 24-II-1992.

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Dibujando la patria

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

“Fabio Lozano Simonelli llegó a constituirse, por su carácter independiente y objetivo, por sus lúcidos criterios y por la solvencia moral de sus ideas, en un guía espiritual de nuestra patria, en un eximio portaestandarte de los anhelos ciudadanos», dice Juan Martín Caicedo Ferrer, alcalde de Bogotá, en las palabras de presentación del libro que la Alcaldía ha tenido el acierto de publicar con una selección de escritos del destacado columnista de El Espectador.

Es, que yo sepa, el primer libro que sale después de la muerte de Lozano Simonelli, ocurrida hace varios años, para rescatar los nu­merosos artículos –sobre los más variados temas– que con pluma maestra escribió este gran colom­biano que se había convertido, por su recto criterio y su moral a toda prueba, en paradigma del buen ciudadano. Ejerció su tribuna de pensador con brillo y decoro, y su pensamiento se halla disper­so en infinidad de hojas de perió­dicos y de revistas, en conferen­cias académicas y en discursos políticos, todo lo cual representa la parte positiva de una mente inquieta e ilustrada que bien le sirvió a la patria.

Prefirió el diáfano ejercicio de la palabra a las lisonjas del poder, aunque fue político de noble estirpe y diplomático de lujo. Cuando incursionó en las altas dignidades del Estado y de su partido, siempre lo hizo con porte gallardo, con claridad mental y garra de combatiente, como ejemplo para quienes nada apor­tan a los cargos y pasan por la vida nacional como personas errátiles e insubstanciales. La política colombiana está llena de seres intrascendentes, algunos verda­deros monstruos de la voracidad burocrática y la concupiscencia mercantilista.

Fabio Lozano Simonelli, en cam­bio, se dedicó a pensar, y esto no es cualquier cosa en este país que ha perdido la capacidad de análi­sis. Por eso hay que aplaudir a la Alcaldía de Bogotá cuando nos brinda esta muestra de pequeños y grandes ensayos, seleccionados por Jorge Eduardo Pardo Durán –como para abrir el apetito de otros volúmenes que abarquen la obra completa del escritor–, libro que cuenta con excelente pró­logo de Alpher Rojas.

El mayor rótulo de Lozano Si­monelli, y rótulo de honor, es el de periodista de ideas. Se trata de uno de los paladines de la prensa colombiana. Leyéndolo hoy de continuo en este libro en buena hora editado, lo asimilo a otro Luis Tejada por la prosa florida y re­cursiva, por la docta postura ante el acontecer cotidiano, por el chis­pazo y la elegancia de las ideas. Y por una virtud sobresaliente: la del fino humor. Lozano es humorista genial, privilegio que ejerció como un florete para sa­carle chispas a la vida.

Bella y acertada evocación la que sobre el personaje hace Alpher Rojas –quien lo conoció de cerca, en la intimidad y en la política– al decir que «Fabio Loza­no Simonelli naufragó lentamente para el mundo de los vivos, presa de una tristeza alimentada por la conciencia de la inutilidad de su lucha política y de sus ideales de cambio, que eran como cisnes navegando en un pantano, y tal vez con el remordimiento de no haber dedicado la totalidad de sus energías y talento a la literatura, un campo de combate más noble, en el que seguramente hubiera ganado más de una batalla».

El Espectador, Bogotá, 13-II-1992

 

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