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El ocaso del héroe

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando Germán Pardo García muere en Méjico el 23 de agosto de 1991, mi libro Biografía de una angustia se hallaba (y aún se halla) en turno de edición en el Instituto Caro y Cuervo. A esta biografía le faltaba la muerte del personaje, la angustia suprema que le pone término a una cadena de adversidades que sólo la parca podía redimir. El poeta fue un enamorado de la muerte, la cantó y la buscó. Sin embargo, siempre le produjo zozobra infinita.

Figura poética del siglo

Al día siguiente, Excelsior de Méjico presentó la noticia a ocho columnas con este titular: “Murió Germán Pardo García, figura poética del siglo”. El Tiempo, en nuestro país, elogió así la personalidad del ilustre colombiano: “Poeta inmenso, conocedor insondable de la lengua castellana, artista del verso en sus más depuradas formas estéticas, por más de 60 años Pardo García ocupó un lugar de vanguardia como insomne creador de belleza, el más consagrado forjador de imágenes poéticas en el vasto panorama de la literatura hispanoamericana contemporánea».

Varias exaltaciones aparecieron en la prensa colombiana, entre ellas, la del doctor Belisario Betancur en El Colombiano: Después de un repaso a la extensa obra de Germán Pardo García, es fácil predecir que se hablará de ella por los tiempos de los tiempos: hay allí la huella de un creador atormentado que pasó 89 años por la vida tejiendo, con inspiración y disciplina, el testimonio de sus desgarramientos. 

La patria lejana

En nuestro país no todos los intelectuales han entendido que este hombre solitario y excéntrico conquistó hace mucho tiempo la inmortalidad con su obra universal. En Colombia falta estudiarla con profundidad: muchos pontífices de las letras la descalifican sin haberla siquiera leído. Hoy se halla registrada su obra completa en la biblioteca del Congreso de Washington, y su poesía se estudia en reconocidas  universidades del mundo.

Estas son algunas declaraciones en la prensa mejicana:

Henry Kronfle: El mundo ha perdido a una de las grandes figuras literarias de este siglo. Es el primer poeta cósmico y científico que ha dado la literatura universal. Carmen de la Fuente: Pardo García, como Neruda, es ecuménico. Ha entrado por los derechos del dolor y del llanto a ser poeta de la conciencia cósmica. Vicente Magdaleno: Fue un bardo que honra a cualquier país. Era un solitario que vivió heroicamente.

Y éstas, de escritores colombianos:

Juan Castillo Muñoz: Es un poeta universal, cuya vigencia habrá de prolongarse más allá del olvido. Ese olvido a que lo relegaron en su patria pero no en otras latitudes donde se le estudia, analiza y cataloga entre los cuatro o cinco grandes que haya producido el Nuevo Mundo. Héctor Ocampo Marín: La prensa mejicana supo despedir los restos mortales del gran escritor colombiano con titulares de gran página y elocuentes comentarios en las páginas editoriales. En Colombia se ignoró el hecho. Ni el Gobierno Nacional ni los medios de comunicación se dieron por aludidos. Sólo un grupo de amigos y de intelectuales se hizo presente en el aeropuerto.

Lenta agonía

El hombre intelectual siempre se ha sentido atraído por la muerte, bien con fascinación o bien con ansiedad. Algunos la convierten en bella lección para la posteridad. Otros, como Pardo García, pasan sus últimos años pensando en el trance final con turbación depresiva. A partir de 1979, cuando en un momento de locura se abre las arterias, y luego es salvado gracias al oportuno auxilio de los médicos, el poeta vive los doce años restantes en completa compenetración con la muerte.

En 1980 publica el que para muchos es su mejor libro: Tempestad. Desde entonces le brota tremenda sensibilidad hacia la muerte. Y por más que la desea, la rehúye con espanto. Varias veces intenta su propio exterminio. Baja con Orfeo a lo más profundo de los infiernos en persecución de una soñada Eurídice que le ofrezca amparo a su alma torturada. Y como en parte alguna encuentra sosiego, más se desespera. Se acuerda entonces de Dios, a quien ha pretendido ignorar, y le renace la esperanza. Alguna vez busca un arma para cumplir el propósito suicida, pero luego desiste: la sola idea le produce agonía. Es su angustia una muerte eterna, mientras la vida se le va adelgazando.

No se suicida, pero se deja morir de inanición. Es otra forma de destrucción, aunque más cruel que la de abrirse las venas. Pero se mantiene vivo, con valor espartano. Soporta en los últimos años el avance progresivo de sus males. En una de sus crisis es llevado de urgencia a una clínica que le presta los auxilios necesarios hasta lograr el milagro de la resurrección. Sin embargo, no acepta seguir en el centro hospitalario y pide que lo regresen a su pequeño apartamento, donde quiere morir sin asedios médicos.

Miserias y grandezas

Durante el último año de su penosa agonía no dejaron de llegarme noticias agobiantes. Duro año de constantes altibajos en la salud del poeta y de preocupación y congoja en el alma de sus amigos. El campeón que había resistido grandes tempestades luchaba otra vez, ahora con mayor perplejidad, con la parca inexorable. Deseaba morir pronto, y no lo lograba.

Su espíritu languidecía mientras el enfermo miraba, impotente, cómo sus piernas se paralizaban, y la neurastenia lo invadía, y la angustia dominaba todo su ser. Presenciaba con horror su desintegración física, sin manera de impedirla y sin fuerzas suficientes para acelerarla. Dejó de comer y eludía los medicamentos. Así pensaba llegar más rápido al final. Un final largo y tortuoso como los suplicios eternos. Tal vez en sus instantes de mayor aflicción se acordaría de la soledad de Cristo, otro campeón del dolor en la hora crucial de la muerte.

En el momento de morir, llama a Enriqueta, la mujercita que vela a su cabecdera, y le dice: “Hijita, dame la mano…” Ella declara más tarde a la prensa: “No murió solo, lo hizo casi en mis brazos. Fueron tantos años de compañía que para nosotros era como un familiar. Últimamente no tenía ganas de vivir; estuve con él día y noche, en su enfermedad, en su agonía, lo tenía muy mimado”. El médico que certificó el deceso anota en el acta de defunción: “Muerte súbita, arritmias ventriculares, cardiopatía isquémica, arterioesclerosis generalizada”.

La vida lo había vencido. Pero no murió del corazón sino de cansancio de vivir. Lejos de su patria y escaso de afectos, se había desintegrado en silencio, en la soledad de su enigmática personalidad. Murió –dice Carmen de la Fuente– como él quería: en su ermita de la calle Támesis; sobre un lecho de durezas franciscanas y en la compañía de su asistenta y de sus entrañables amigos: Julio César y Albert Einstein.

Testamento ejemplar

El doctor Belisario Betancur le había entregado, años atrás, como se recordará,  generoso apoyo económico que le permitiera la reanudación de la revista Nivel. Pardo García sostuvo siempre la revista con su propio peculio y no aceptaba propaganda en sus páginas (una ironía en él, que había sido el primer vendedor de publicidad en Méjico). Con los rendimientos bancarios que le producía el dinero donado sufragaba el costo editorial, mientras luchaba por proteger el capital como fuente de financiación que era preciso resguardar. Más tarde se presentó una fuerte caída de los papeles bursátiles, que para el poeta significó una pérdida grande; la cual, sumada al alza del costo de la publicación, determinó el cierre de la revista el mes de agosto de 1989.

A la muerte de Pardo García quedaron en el banco alredor de ocho mil dólares. El poeta, que en sus últimos años tuvo dificultades económicas para atender sus gastos personales, no podía subsistir con los solos rendimientos del depósito bancario, y evitaba reducir el capital para no agravar la situación. Al no contar con ningún régimen de seguridad social, la vejez lo hacía sentir inseguro y por eso le preocupaba la fuga del dinero. Dos entidades acudieron en su auxilio, y gracias a ellas pudo nivelar sus gastos: la Casa de Poesía Silva, en Colombia, y en Méjico, el Instituto Nacional de Bellas Artes.

En mayo de 1991, cuando ya presentía su muerte cercana, hizo el primer testamento de su vida con el propósito de gratificar los servicios y el cariño dispensados por personas sencillas que habían estado cerca de él, entre ellas, quienes se turnaron día y noche ante su lecho de enfermo, y humildes meseras  que lo atendieron en los restaurantes que frecuentaba.

Así, en medio de brillante severidad, concluyó la vida del poeta del cosmos. Antes de morir llamó a un sacerdote para que le llevara la hostia eucarística. Se pagó él mismo todos sus gastos, hasta los del funeral y la cremación. Y se fue de la vida  sin deberle nada a nadie, menos al Estado. ¿Qué queda después del reparto de sus pocos bienes materiales? Una lección de bondad, un ejemplo de dignidad.

La decorosa humildad

El médico y escritor Virgilio Olano Bustos, durante varios años embajador de Colombia ante distintos países, pasó por Méjico y visitó la urna funeraria (honrada en la sede del consulado con la bandera y el escudo de Colombia), que él retrató como bella expresión de afecto en tierra ajena. Captó también el edificio de Río Támesis, donde residió Pardo García por largos años, una construcción que sin derroche de lujos, y con lujo de decoro, albergó parte de nuestra patria en la figura excelsa del genio de la poesía.

Hay que rechazar, por ligeros y desdeñosos, términos como estos con que comentaristas colombianos calificaron en la prensa el apartamento de nuestro compatriota: «modesta y destartalada habitación», «trastienda», «apartamento que parecía caja de caudales, con puerta de fierro y cerrojos…” Tampoco murió en la ruina ni en el abandono. Vivía con humildad y elegancia –como fue siempre su peculiar estilo ante la vida– y contaba con amigos solidarios que siempre estuvieron pendientes de su suerte.

«Choachí es mi patria»

El ciudadano colombiano Aristomeno Porras, que había recibido instrucciones de incinerar el cadáver y lanzar las cenizas al mar, consideró, sin embargo, que debía dejar la última decisión al Gobierno de Colombia. La urna fúnebre llegó a Bogotá el 25 de septiembre, al mes siguiente de la muerte, y luego se trasladó a Ibagué, la ciudad nativa del poeta. Empero, éste consideró siempre a Choachí como su verdadera cuna. A Ibagué sólo vino a conocerla en 1928, y nunca más regresó. Choachí, que reclama con razón sus cenizas, piensa depositarlas en la casa de cultura que lleva el nombre de Germán Pardo García.

El poeta mostró de diversas maneras su predilección por Choachí, y siempre lo mencionaba como el pueblo donde había nacido, no en sentido físico, sino espiritual y poético: “Verdes montañas de la estirpe mía. Pueblo de adobe en donde yo nací. Retablo de naranjas: ¿todavía tus ángeles de vidrio están allí?”.

El hombre pertenece al sitio donde tiene el alma. En carta al profesor norteamericano James W. Robb, una vez Pardo García le expresó: “No con quien naces sino con quien paces’, dice el sabio refrán español. Soy, pues, de Choachí. Ibagué es una hermosa ciudad de Colombia, pero para mí nada quiere decir. Choachí, que en lengua indígena quiere decir ‘ventanita de la luna’, es mi patria”.

Y a un prima hermana le reveló: “Estoy viendo cómo termino mis pocos asuntos aquí, para volver del todo a Colombia, al seno del pueblecito oscuro que tomé como cuna adoptiva: Choachí. Ya estoy mirando hacia él como los gallos viejos hacia la copa del gallinero, cuando sienten cerca la noche”.

En 1962 le dedicó a Choachí un hermoso libro: Los ángeles de vidrio. Son 50 sonetos con bellas imágenes sobre su arraigo al páramo y al paisaje que le nutrieron el espíritu. Esta obra no deja duda alguna sobre su ascenso al cosmos desde aquel terruño transparente, que años después evocaría desde la meseta mejicana.

“Estos angelitos de vidrio –dice el profesor Robb– se convirtieron en símbolos de los habitantes del pueblecito, seres a la vez terrestres y celestes que tienen astros rutilantes en los ojos”.

Choachí se propone construir –con el apoyo de la Gobernación de Cundinamarca– un hermoso parque ecológico para realzar el amor de Pardo García por la naturaleza, expresado a lo largo de su poesía. Ojalá el gobierno departamental  honre el nombre del poeta con la instalación de un monumento en dicho municipio.  Esto mismo se espera de Ibagué, lugares ambos privilegiados para perpetuar la memoria del gran colombiano.

Pardo García defendió siempre su esencia campesina, sin importarle las altas cumbres a que lo llevó su nombradía de poeta. Su alma pertenece al páramo, ese páramo insondable que no dejó de estremecerlo nunca –en su obra y en su espíritu–, y es allí donde deben reposar sus cenizas. Es preciso que la ciudad de Ibagué, que hoy las guarda en una bóveda transitoria de su viejo cementerio de San Bonifacio, interprete el hondo significado de este clamor.

Al margen de esta cordial controversia, oportuno es señalar que las bellas artes se engrandecen cuando dos municipios se disputan a un muerto ilustre. Lo grave sería olvidar a los hombres grandes que han forjado la historia de los pueblos. El alma de la nación se ennoblece cuando se difunde por todas partes y por todos los medios la imagen de sus escritores y poetas, como los máximos exponentes de las sociedades cultas.

Conservando los símbolos de quienes como Germán Pardo García ya conquistaron la gloria imperecedera, se magnifica el sentido de patria y se enaltecen las letras nacionales, patrimonio de todos los colombianos.

* * *

El último poema de Germán Pardo García:

DERROTA DE UN CAMPEÓN

Ser campeón fue el sueño de mi vida.

Teñir de resplandor torre y peldaño

y ver a la venganza y su tamaño

a mis golpes atléticos rendida.

Toda ascensión a un ring fue una caída,

un púgil superior me hacía daño

y contemplé oxidarse año tras año

la gloria tercamente perseguida.

 Alejéme del ring sin esperanza.

Hundióse en mí lo que jamás se alcanza,

me hirió una fuerza de raíz ignota.

Y apartéme del ring viejo, muy viejo,

mirando ante la crisis de un espejo

mi sien partida y mi quijada rota

Febrero 11 de 1991

* * *

Revista Manizales, agosto de 1992
Revista Panorama Universitario, Universidad del Tolima, Ibagué, septiembre-noviembre de 1992
Boletín de Historia y Antigüedades, Academia Colombiana de Historia, N° 779, Bogotá, octubre-diciembre de 1992
Hojas Universitarias, Universidad Central, N° 39, Bogotá, enero-marzo de 1994 (en las páginas 253 a 278, la revista rinde homenaje a Pardo García con la publicación del escrito biográfico Poeta de la brizna y el viento, de Gustavo Páez Escobar, además de la cronología del poeta y algunas de sus poesías).

 

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Ángeles de vidrio

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Grandioso homenaje rindió Choachí, con motivo de los 441 años de vida que acaba de cumplir, a Germán Pardo García. El poeta consideró siempre a Choachí como su verdadera cuna. En su obra y correspondencia hizo diversas menciones de este sitio como el pueblo donde nació, no en sentido físico, sino espiritual y poético, como éstas:

«Verdes montañas de la estirpe mía. Pueblo de adobe en donde yo nací. Retablo de naranjas: ¿Todavía tus ángeles de vidrio están allí?”  «Hoy tengo 70 años. Ya no existe mi padre; y en la casa, único huésped, el frío lastimero la transita. Mas he vuelto y clamando: soy el águila que retorna a morir donde naciera».

Este último deseo, sin embargo, no se ha cumplido. En poder de la ciu­dad de Ibagué se encuentran sus cenizas, las que deben ser entregadas a Choachí, cuyos habitantes las re­claman con razón.

El hombre pertenece al sitio donde tiene el alma. Sobre Ibagué, el poeta manifestó lo siguiente en carta a James W. Robb: “No con quien naces sino con quien paces’, dice el sabio refrán español. Soy, pues, de Choachí. Ibagué es una hermosa ciudad de Co­lombia, pero para mí nada quiere decir. Choachí, que en lengua indígena chibcha quiere decir ‘ventanita de la luna’, es mi patria».

Estas palabras fueron leídas por el profesor Robb en el reciente Congreso de Colombianistas Norteame­ricanos realizado en Ibagué. Con todo, allí retienen la urna fúnebre, sin ninguna lógica. Si el maestro Echandía estuviera vivo, preguntaría a las auto­ridades y a los escritores de su tierra: ¿Las cenizas para qué? Lo sensato es devolverlas a la montaña maternal. Lo con­trario sería acto de arrogancia o vanidad, inex­plicable en la culta sociedad tolimense.

En 1962 el poeta dedicó a Choachí el hermoso libro Los ángeles de vidrio. Son 50 so­netos con bellas imágenes sobre su arraigo al páramo y al paisaje que le nutrieron el es­píritu. Esta obra no deja duda de su ascenso al cosmos desde aquel terruño transparente, que años después evocaría desde la meseta mejicana.

«Estos angelitos de vidrio —manifestó el profesor Robb en su ponencia de Ibagué— se convierten en símbolos de los habitantes del pueblecito, seres a la vez terrestres y celestes que tienen astros rutilantes en los ojos».

Germán Pardo García de­fendió siempre su esencia campesina, sin importarle las altas cumbres a que lo llevó su nombradía de poeta. Dijo que nunca había dejado de ser el sencillo agricultor de la comarca que lo vio crecer. Varios de sus compañeros recuerdan hoy, como acabo de escucharlo de sus propios labios, las andanzas juveniles con el genio de la poesía por aquellos parajes abruptos. En mitad de la plaza de Choachí, en esta reunión de campesinos que llegaron a enaltecer a su ángel mayor, una leyenda pregonaba: «Germán Pardo García: Choachí siempre te recordará».

*

En su etapa final de construcción se encuentra la gran casa de cultura que llevará el nombre del poeta, en la que funcionará el museo consagrado a su memoria, donde serán depositadas sus cenizas,  resguardadas por «los ángeles de vidrio». Ojalá el municipio de Ibagué facilite el retorno, interpretando la ilusión del poeta expresada en esta carta a una prima hermana suya:

“Estoy viendo cómo termino mis pocos asuntos aquí, para volver del todo a Colombia, al seno del pueblecito oscuro que tomé como cuna adoptiva: Choachí.  Ya estoy mirando hacia él como los gallos viejos hacia la copa del gallinero,  cuando sienten cerca la noche”.

El Espectador, Bogotá, 19-X-1991.
Prensa Nueva, Ibagué, diciembre de 1991.

 

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La voz de los poetas

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Dos antologías poéticas, de diferentes regiones del país, llegaron en forma simultánea a mis manos. Las he leído con interés –y algunos poemas con verdadero placer–, sin saltarme ninguna producción y por más reacio que soy a cierta poesía moderna carente de sentimiento, de ritmo y claridad. Esto nada tiene que ver con la tendencia actual del verso libre, ya que entre quienes practican dicha regla hay verdaderos artistas, aunque otros (la mayoría) no lograrán que su mensaje trascienda a los tiempos futuros. Tambiénse encuentran pésimos poetas entre quienes escriben con rima y no dominan la magia de la expresión. La poesía debe transmitir, ante todo, emoción y asombro.

Pero de lo que se trata no es del gusto personal del cronista, sino de aplaudir el hecho de que en una nación frívola y violenta como la nuestra todavía existan personas que hagan poesía y, sobre todo, quienes la lean. Decía Álvaro Mutis, en reciente encuentro de poetas realizado en Cartagena, que si a él asistían el presidente de la República y dos expresidentes, el país estaba salvado. «Poesía –afirma Carlos Castro Saavedra– es lo que le hace falta al mundo para poder cambiar, para renunciar a su forma de espada y adquirir la de nido, la de tibia y hermosa morada de los hombres».

Poemas de la mujer es el título de uno de los libros a que me refiero, y recoge 138 poemas dedicados a la mujer, la mitad de autores de la Costa Atlántica. Está editado por la Universi­dad de Cartagena y  dirigido por Jorge Marel, el poeta del mar, actual jefe de publicacio­nes de la citada universidad, que se lanza al rescate de «poetas desconocidos, olvidados o simplemente discriminados, casi siempre por extraños pre­juicios de los distintos antologistas».

La mujer, eterna como la poe­sía, es cantada por viejos y jóvenes bardos. Poemas inmor­tales como Teresa, en cuya frente el cielo empieza…» (de Carranza) y voces nuevas como la de Raúl Gómez Jattin invitan a este festín convocado por la Universidad de Cartagena, bajo la rectoría de Carlos Villalba Bustillo, también poeta: «Me aco­san tu recuerdo y tu quebranto, / los rumores finales de tu llanto, / y la inmensa tristeza que me cubre».

El otro libro es Poetas en Antioquia, publicación de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, cuya directora, Gloria Inés Palomino, adelanta exce­lente labor cultural. El autor de la selección, Luis Iván Bedoya, recoge trabajos de 80 poetas nacidos entre los años 1826 a 1966, y lo hace, al igual que Marel, con criterio de valoración para varios nombres que se han mantenido ignorados.

*

«Se ha dicho –manifiesta Be­doya– que sólo un buen poema puede llegar a justificar todo el empeño puesto en la produc­ción de una vasta obra». Justa apreciación la suya: si Epifanio Mejía, por ejemplo, no hubiera escrito con nota de excelencia sino La muerte del novillo, poema de profunda sensibilidad, sólo con él habría logrado mención en las letras. Los nombres más notables de la poesía regional, en asocio de otros menos conoci­dos pero dignos de destacarse, afirman en esta selección la trayectoria lírica de Antioquia. Es reconfortante saber que en medio de tanta aridez y tanta oscuridad todavía se escucha la voz de los poetas. Ellos tienen la palabra. Poesía es la lámpara que necesita Colombia en esta hora de tinieblas.

El Espectador, Bogotá, 9-XI-1991

 

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Mataderos clandestinos

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Esto de los mataderos clan­destinos no es nuevo en Bogotá. Uno de ellos exis­te desde hace veinticuatro años y ha sido cerrado catorce veces por las autoridades. Y a los pocos días entra de nuevo en actividad, a los ojos de la propia policía. El Gato, su dueño, ha ido varias veces a la cárcel y luego sale de ella, orondo, a seguir burlándose de la justicia.

En Bosa nadie ignora que el matadero está situado en la ve­reda San Bernardino. Todos co­nocen al dueño. Una viejita del sector explica así la libertad de que éste goza: «es bastante ma­nilargo en las propinas para los policías». Si todo el mundo ve las maniobras de este empresa­rio de la ilegalidad, ¿por qué no hay castigo de la justicia? Por lo que cuenta la viejita.

En Bogotá y en las poblacio­nes vecinas hay veinte matade­ros clandestinos. Es más: se sabe el sitio exacto donde fun­cionan. Algunos policías llevan de allí para el consumo casero, desde luego obsequiada, la car­ne de caballo o de burro o de mula, e incluso de bovinos, car­nes que no cumplen con los requisitos de control veterina­rio.

El problema del país es ese: la tolerancia, la impunidad, la ley del silencio. Las propinas de que habla la viejita, o sea, el soborno, el billete generoso, la compra de la justi­cia, permiten que los gatos se escabullan y los delincuentes se multipliquen. Nos están metien­do gato por liebre.

Todos los días entran a Bogo­tá, por todos los retenes, camio­nes cargados de caballos para su sacrificio, a cuchillo limpio, es decir, con salvajismo y sin ningún control sanitario. Algunos ani­males llegan muertos, y su car­ne también se vende. Se matan animales con graves enfermeda­des transmisibles al hombre.

Esta carne, que se ofrece barata, tiene principal salida en los ba­rrios pobres. En los pisos mu­grientos de los mataderos se depositan, en tremenda mesco­lanza, vísceras, patas y toda clase de desperdicios, que los compran firmas clandesti­nas para la fabricación de sal­chichones y embutidos. Todo un engranaje, en fin, que está enve­nenando al pueblo.

La sola relación de estos hechos produce náuseas, lo cual no debería convertirse en material para Salpicón, espacio que sugiere buena sazón. Pero la verdad no puede ocultarse. Las dudas son obvias: ¿Qué hace el Ministerio de Salud Pública, que desde tiempo atrás conoce estas pestilencias, para proteger la salud del pueblo? ¿Qué hacen las autoridades sanitarias de la capital? ¿Se han vuelto ciegos y sordos los alcaldes de Bosa, Fontibón, Soacha, Silvania, Sibaté, La Calera, Sopó y los otros municipios?

Se autorizó hace poco el sa­crificio de caballos para el con­sumo humano. Lo cual es un contrasentido, ya que en Co­lombia no existe una raza equi­na apta para el sacrificio. Tam­poco hay ningún matadero legalmente autorizado. Como su construcción, con todas las de la ley, valdría alrededor de cien millones de pesos, es mejor se­guir con los mataderos ilegales, donde se matan a bajo costo caballos viejos, enfermos, cadavéricos.

*

Debido a la intervención de la prensa, a raíz de la denuncia hecha por la Asociación Defensora de Animales (ADA), fue cerrado el matadero de Bosa. El Gato quedó al descubierto, una vez más. La viejita soltó sus verdades. Todo, en apariencia, ha sido controlado. Esta columna se aplazó un buen tiempo, adrede, a fin de que alguien se cerciore hoy si  existe quietud (diurna y nocturna) en San Bernardino…

El Espectador, Bogotá, 31-X-1991.

 

Biblioteca Torres Quintero

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

En la Biblioteca Departa­mental de la ciudad de Tunja se ha fijado el re­trato de Eduardo Torres Quintero, el mayor promotor de la cultura boyacense en los últimos tiempos. Por eso, el recinto lleva el nombre de este gran batallador de las letras. La bi­blioteca fue creada por la ley 92 de 1870, expedida por la Asamblea Legislativa de Boyacá y sancionada por Feli­pe Pérez, presidente del enton­ces Estado Soberano de Boyacá. Hoy funciona como dependen­cia del Instituto de Cultura y Bellas Artes, y es su directora, desde hace 14 años, la bibliotecóloga Josefina Vinueza Benavides, que ha cumplido una labor digna de aplauso.

Es interesante observar có­mo, a través de los 121 años transcurridos, esta casa de lec­tura e investigación se ha man­tenido como motor de la cultura regional. Han dirigido su desti­no prestantes figuras de las le­tras, como Juan Clímaco Hernández, uno de los más notables escritores de Boya­cá y representante del movimiento indigenista de Colombia.

Supera la biblioteca los 20.000 volúmenes, acervo que se va a incrementar mediante la campaña que ha ini­ciado Josefina Vinueza para que los escritores de la región hagan llegar sus obras con destino a la Sala Boyacá, proyectada para recuperar el material bibliográfi­co que ha producido el departa­mento a lo largo de su existen­cia. Este llamado es extensivo a los editores y entidades tanto oficiales como privadas que pro­ducen publicaciones.

Una biblioteca pública es el mejor sitio para guardar la me­moria de los pueblos y exhibir las raíces cultas de un país o una comarca. Allí es donde mejor se protege el nombre del escritor contra el comején del tiempo. Si, por ejemplo, un ar­chivo histórico no defiende la novela histórica Los tres Pedros en la red de Inés de Hinojosa, del sogamoseño Temístocles Avella Mendoza, no se hubiera rescata­do, un siglo después, esta joya bi­bliográfica que permanecía igno­rada por las actuales generacio­nes; obra que sirvió de guía para otra famosa novela, también de autor boyacense: Los pecados de Inés de Hinojosa, de Próspero Morales Pradilla.

En la biblioteca tunjana se ha creado, dentro de la Sala Infan­til, el que su directora llama el Club de Amigos, integrado por niños de 6 a 12 años, a quienes se les estimula el gusto por la lectura y además se les organiza en grupos de danzas, teatro y títeres. Estuve allí hace poco y quedé maravillado con la abun­dante asistencia que encontré, sobre todo del sector estudian­til. La prueba de una biblioteca está en el número de lectores que tenga. Y esta de Boyacá, que no se conforma con abrir sus puertas a todos los públicos, mantiene, con sus unidades mó­viles, permanentes desplazamien­tos a los municipios que carecen de dicho servicio.

En las bibliotecas reposa el alma de los pueblos.

El Espectador, Bogotá, 23-X-1991.

 

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