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La obra de la 94

lunes, 11 de mayo de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Lo que en Bogotá se conoce como la obra de la 94 es ejemplo típico de lo que sucede en otros sitios del país respecto a la desidia oficial y la falta de cumplimiento de los planes de desarrollo, cuando no al descaro con que se asalta el bolsillo de los contribuyentes. Y todo queda impune. Las protestas ciudadanas se pierden en el vacío, mientras unos cuantos asaltantes del tesoro público se apropian de cifras voluminosas, bajo el ojo permisivo de las autoridades y la tolerancia ciudadana.

Este plan fundamental de Bogotá, con el que se busca la movilidad del norte de la ciudad, fue concebido hace 10 años y se dispuso que sería financiado por el sistema de valorización. Se trata del deprimido de la calle 94 con carrera 9ª (NQS), obra ideada para alcanzar 3 kilómetros de extensión y una profundidad de entre 16 y 18 metros.

En el 2008 se cobró el impuesto de valorización, lo pagamos con resignación y hasta con optimismo, y al año siguiente se adjudicó la obra por 45 mil millones de pesos. Ese era el costo establecido. En el 2011 caducó el contrato por incumplimiento. Al año siguiente se hizo una nueva adjudicación al contratista actual, el consorcio AIA – Concay, pero ya el costo era de 85 mil millones de pesos, es decir, el doble de lo fijado al comienzo. Se quiso cobrar un nuevo impuesto, pero la ciudadanía protestó, y el Alcalde se calló.

En febrero del 2013 se iniciaron los trabajos (ya habían transcurrido 8 años desde que fue ideado el proyecto), y se anunció, a bombo y platillos, que la obra sería entregada en junio de 2014. Su nuevo costo ya no era ni el inicial, de 45 mil millones, ni el del 2012, de 85 mil millones. La nueva cifra era de ¡186 mil millones! Cuatro veces superior a la inicial.

Ante semejante desfase, el director del IDU le manifestó a la comunidad que el déficit se cubría con otros recursos del Distrito. Era lo justo, tratándose de errores evidentes de la administración. El propio alcalde Petro realizó un recorrido por la obra, se hizo tomar la foto de la publicidad, y prometió que el proyecto se entregaría en octubre del 2015. Y hasta creímos que esta vez hablaba en serio. Los colombianos, y en este caso los bogotanos, somos crédulos, somos ingenuos. Por eso, vamos como vamos. Por eso, el país no progresa. Por eso, nos dan gato por liebre.

Pues no: ya la entrega no será este año, y no se sabe si será el entrante, o el que sigue, o cuándo. Mientras tanto, la ciudadanía vive desesperada ante el enredo fenomenal en que se han convertido las calles del sector (y de toda la ciudad). Como si no bastara tanto suplicio, el director del IDU comunica que existe un déficit de 107 mil millones de pesos para concluir los trabajos (que se dice van en el 55 por ciento), y que dicha suma, por supuesto, deben cubrirla los sufridos contribuyentes con un nuevo impuesto de valorización.

Por su parte, la comunidad se rebela ante la indolente pretensión de volver a cobrar lo que ya se pagó. Se siente engañada, frustrada, rabiosa por la ineptitud de las autoridades en la ejecución de las obras, y su falta de sensibilidad en el cobro de los impuestos. Para la muestra está el aumento desproporcionado del avalúo catastral, que corre como rueda loca y nadie lo detiene.

Los recaudos por predial se triplicaron en siete años, al pasar de 761 mil millones de pesos en el 2008 a 2,1 billones este año. En los años recientes, muchos avalúos catastrales tuvieron alzas acumuladas del 20, del 25 por ciento, y mucho más, mientras los ingresos del ciudadano crecen a ritmo muy inferior. Es preciso medir la capacidad de los bolsillos y frenar la carrera alocada de los funcionarios alcabaleros.

Para que los impuestos sean sensatos y se paguen con agrado deben ser humanos. La “Bogotá Humana” del alcalde Petro solo existe en su imaginación fantasiosa. Solo existe en el pregón publicitario.

El Espectador, Bogotá, 8-V-2015.
Eje 21, Manizales, 8-V-2015.

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Comentarios:

¡Esto es indignante! Yo tiemblo de la ira con cada desafuero que a diario divulgan las noticias, no solo referentes a Bogotá, sino de muchos sitios del país. ¿Qué pecados estaremos pagando los colombianos con esta dirigencia mediocre y procaz? Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Qué buen artículo sobre las obras inconclusas con cargo al bolsillo del contribuyente y de ocurrencia común en cantidad de sitios del país, incluida Cartagena de Indias. Alberto Acosta, Cartagena.

Lo quiero felicitar por su columna. Me alegra que alguien con su cargo y responsabilidad ponga el dedo en la llaga, una llaga que nos arde y duele y que nos hace retorcer. Fernando Chica, productor.

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El enredo de los taxis

martes, 23 de diciembre de 2014 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A la salida de Unicentro vi reflejado, en solo 20 minutos, todo lo que sucede en el sector de los taxis, que tanta protesta produce en la opinión pública. Allí una mujer se gana la vida ofreciendo a los usuarios del centro comercial conseguirles taxi en la calle a cambio de una propina voluntaria.

De esta manera mucha gente logra resolver el problema de transporte en medio del desorden que se forma ante la cantidad de aspirantes al servicio. Así, los taxistas se hacen rogar, y esto se presta para que algunos cometan los abusos de que dan cuenta las noticias. Veamos algunos de los casos que presencié:

Como sobre el taxi libre se precipitan al mismo tiempo tres, cinco o más personas, el conductor impone el sitio que le conviene; o anuncia el viaje masivo hacia algún lugar, para obtener mayor utilidad; o fija tarifas excedidas; o pregunta (la consabida y odiosa pregunta) para dónde va el transeúnte, y luego lo rechaza con el argumento de que se dirige a guardar el carro; o descarta el viaje largo, porque le va mejor hacer varios recorridos cortos. La arbitrariedad, en suma.

Y por contera, la falta de esmero en la atención a los ciudadanos que se mueven –o no pueden moverse, mejor– en esta urbe populosa y caótica, sumida en el atraso, el atropello y la indolencia que le generan los malos gobernantes. Desde mucho tiempo atrás, este es el aspecto cotidiano que ofrece el transporte capitalino.

En el grupo heterogéneo de Unicentro, un extranjero preguntó por el costo del viaje al aeropuerto. Se le dijo que 25 mil o 30 mil pesos. Subió al vehículo, y al poco tiempo entró en discusión con el conductor. Se supone que le cobraba una tarifa exagerada, o no quería transportarlo. ¡Vaya alguien a oponerse a la real gana de estos déspotas de la vida pública! A su bajada, comentó que no conocía un servicio de taxi más malo e inseguro que el de Bogotá. Ni choferes más groseros.

Nada nuevo se descubre en los casos citados. Mientras tanto, la inoperancia de las autoridades es manifiesta. La multa que establece el Código Nacional de Tránsito Terrestre en su artículo 131, cuando el chofer o el propietario se niegan a prestar este servicio público sin causa justificada (multa equivalente a 45 salarios mínimos diarios), es letra muerta. La persona que recibe la negativa deja de formular la queja para no perder el tiempo.

Si el taxi se solicita por teléfono, el teléfono no responde. La alternativa de conseguirlo en la calle, que no se recomienda por seguridad, es lo mismo de utópica, por no encontrarse carros libres, o negarse el chofer a prestar el servicio. No obstante,  Bogotá, con más de 55.000 taxis (la cifra exacta no se conoce), dibuja en sus calles una persistente línea amarilla, modificada en los últimos días por los vehículos blancos de Uber y otras aplicaciones. Estos encarecen las tarifas dos y tres veces sobre la cifra corriente y no han resuelto su funcionamiento legal.

Aparte de esta serie de circunstancias adversas, predomina en este sector la carencia de espíritu cívico. Son permanentes las protestas por los carros sucios o en mal estado, los radios a todo volumen, los taxímetros adulterados, los choferes incultos y descorteses. Algunos, agresivos, como lo atestiguan varios sucesos alarmantes de estos días. ¿Y qué decir de los paseos millonarios?

Sin embargo –justo es reconocerlo–, buen número de choferes poseen buenas maneras, son serviciales y amables. Ellos sacan la cara por el gremio. Las empresas de movilidad están en mora de inculcar en los conductores el sentido del servicio público. Y hacer obligatorio el curso del Sena titulado “Operario de transporte urbano de pasajeros”, con una duración de 56 horas.

Sobre este asunto complejo, enredado, desesperante de la vida bogotana, leo lo siguiente en alguna parte: “Ninguna solución es fácil. Lo único fácil es dejar el sistema como está”. Ojalá las autoridades no sigan por el camino fácil, el que ninguna contribución aporta para el bienestar colectivo.

El Espectador, Bogotá, 19-XII-2014.
Eje 21, Manizales, 19-XII-2014.

* * *

Los usuarios se pueden quejar, pero los taxistas no tienen tiempo. Gente estresada que debe hacer entregas altas diariamente. Nadie habla de cuando el pasajero deja mugre, chicles pegados, huecos en la tapicería por estar fumando, o cuando se vomita el pasajero, o se orina el bebé, o cuando le rompen las manijas, o cando es tratado de manera déspota o le hace conejo el pasajero, o cuando es atracado. Carlos Abdul (correo a El Espectador).

María Luisa Londoño, quien fue víctima de agresión por parte de un taxista, identificado como Jorge Armando Salinas, pide una sanción para el conductor y respeto por su vida. ‘Yo creo que es un tema cultural y profundo en los taxis, pido que recapaciten de que llevan seres humanos en el taxi’, indicó. La agresión se dio luego de que el taxista se diera cuenta de que la mujer lo estaba grabando mientras el hombre chateaba y a la vez conducía el vehículo, así que le pide que se baje del taxi sin importarle que la mujer llevaba a un bebé en sus brazos”. (Noticia de El Espectador, 20-XII-2014).

No es cierto que el Uber valga tanto, apenas un poco más y eso sin contar las trampas de los amarillos. Nada mejor y más seguro que el Uber. Y a los abusivos taxistas del bacrim amarillo (no todos), extraditarlos. Marmota Perezosa (corre a El Espectador).

 

Ayer nada más, saliendo con una amiga de la feria de Expo-artesanías, a las 3:30 de la tarde, nos demoramos casi una hora para que al fin un conductor «piadoso» decidiera que nos podía traer, con un genio de los mil diablos, quien nos preguntaba “¿por dónde?, yo no sé», y así nos tocó indicarle la ruta paso a paso, con un miedo feroz  a su agresividad  y con el pánico de que nos hiciera bajar en medio ya del aguacero de la tarde. Finalmente logramos  dejar a mi amiga en Floresta y felizmente me dejó en frente de mi casa, en el barrio Batán, sobre las 5:30 de la tarde. ¡Increíble! Inés Blanco, Bogotá.

El más aberrante de los sistemas de servicio público está en el número ilimitado de empresas de transporte, que no tienen vínculo alguno con el conductor, ni con el dueño del vehículo, que solamente sirven para cobrar las tarjetas de operación (algunas cobran hasta $150.000 por una tarjeta que sale del tránsito en $ 10.000). Muchos propietarios se quejan de que entregan sus vehículos a tales estafaderos y jamás las empresas responden por absolutamente nada. Comentandoj (correo a El Espectador).

 

Esta semana al ir a cita médica en la Clínica Colombia, el conductor (que no portaba el documento de tarifas) tuvo el descaro de cobrar $ 15.000 por un servicio que regularmente nos cuesta entre $ 9.000 y $ 10.000. Pero debido a la necesidad urgente de este transporte, no tuvimos otra salida que pagar el valor asignado por el conductor. Otro problema es que acepten llevarlo a uno a su destino. Estamos muy mal en este servicio. Ligia González, Bogotá.

El artículo describe la realidad del servicio de taxis capitalino que no es muy diferente a la que en Armenia se ve. Una ciudad que aspira a consolidarse como destino turístico en el que la incultura de los conductores de taxi y la desatención para con quien les paga el supuesto servicio que no prestan satisfactoriamente es llevada al extremo, o qué decir cuando uno llega al aeropuerto El Edén y le toca montar la maleta al baúl del carro porque el taxista escasamente se mueve a abrir desde su asiento la cajuela posterior, peripecia que tiene que repetir cuando llega a su destino. Pero bueno, este es el país del Sagrado Corazón de Jesús. Armando Rodríguez Jaramillo, Armenia.

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La caída de Bogotá

lunes, 23 de diciembre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Más allá de la caída de Gustavo Petro como alcalde mayor de Bogotá, lo que debe analizarse ahora es la caída de la capital. La opinión pública contemplaba la probabilidad bastante marcada de que el procurador general, Alejandro Ordóñez, que no toma decisiones a medias, lo separaría del cargo a raíz del pésimo manejo de las basuras en diciembre del año pasado.

Ese desacierto mayúsculo puso en riesgo el medio ambiente y la salud de los bogotanos. Y en la parte económica, causó una lesión enorme a las finanzas del Distrito. En su providencia, el Procurador le señala tres faltas “gravísimas”, cometidas  “de manera libre, consciente y voluntaria”. Por esta conducta, lo destituyó de su posición y lo inhabilitó durante quince años para ejercer cargos públicos.

Bogotá ha venido en constante retroceso y hoy está a la cabeza de las ciudades peor manejadas del país. El avance conseguido en manos de otros alcaldes quedó devastado en las dos últimas administraciones. El ejercicio de Samuel Moreno, con su nefasta camarilla de defraudadores del erario, pasará a la historia quizás como el más corrupto y el más vergonzoso que haya tenido la capital colombiana.

Y vino el gobierno de Petro. A pesar de sus conocidos antecedentes guerrilleros y de sus causas extremistas, que no podían, sin embargo, estigmatizarlo para el servicio público, la ciudadanía que no compartía sus ideas le abrió un compás de espera. Había un hecho positivo en su carrera pública que no podía ignorarse: se trataba de excelente parlamentario, buen orador, crítico en sus planteamientos y severo en sus ataques contra la corrupción. Fue el primero en denunciar las maniobras que se urdían en el mandato de Samuel Moreno, conocidas como el “carrusel de la contratación”.

Esa vigorosa y nítida actuación le hizo conquistar buena parte de los votos que lo llevaron a la Alcaldía. Su honestidad en el manejo de los bienes públicos no está en duda. Lo que está a la vista es su precaria capacidad gerencial para resolver los ingentes problemas que ofrece esta urbe con cerca de ocho millones de habitantes, una de las capitales de mayor importancia y evolución del continente.

Varias circunstancias de peso incidieron para este resultado frustrante, que obedece en gran parte a su carácter pugnaz e intransigente. Petro demostró que no es fácil para escuchar consejos y adelantar sistemas de trabajo distintos a los suyos. Desconoce el sentido de trabajar en equipo. Prueba de ello es que han salido de sus cargos alrededor de veinte de sus funcionarios más calificados. Antonio Navarro, su secretario de Gobierno, entró en serias discrepancias con él y por eso renunció.

Su extrema terquedad lo condujo a tomar decisiones equivocadas. Es provocador incisivo, polemista obcecado que vive en permanente plan de discusión y choque. Los dos años de su gobierno los gastó en discutir con la gente, mientras la ciudad se destrozaba por todas partes. Y continúa polemizando. La actitud camorrista no es buena consejera.

El tiempo no se devuelve, y pasa dolorosas cuentas de cobro. Entre tanto, Petro perdió su oportunidad histórica. De ahí la pronunciada distancia que lo mantuvo alejado de los mandos del país y de una alta cifra de ciudadanos. Ha tenido logros, pero estos se ven minimizados por la magnitud de las responsabilidades que dejó de cumplir.

La caída de Bogotá, con la caída estrepitosa de Petro, resulta traumática para el Distrito. La ciudad, que ha venido a la deriva desde años atrás, ahora se despeña hacia el abismo. El período de interinidad en que entra la administración capitalina atrofia el desarrollo inmediato.

Sin embargo, hay que confiar en que Bogotá tome otro rumbo. Rumbo seguro,  bien planificado y futurista. Superado el trance actual, ojalá aparezca la fórmula maestra para la correcta inversión del cupo de endeudamiento de 3,03 billones de pesos que autorizó el Concejo, en septiembre pasado, para atender obras vitales de infraestructura (entre ellas la movilidad, convertida en uno de los mayores desastres de la vida capitalina).

El Espectador, Bogotá, 14-XII-2013.
Eje 21, Manizales, 14-XII-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 14-XII-2013.

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Comentarios:

No obstante los garrafales errores de ejecución que presenta el desempeño del señor Petro en la alcaldía de Bogotá, soy de los que creen que al señor Procurador se le fue la mano en la aplicación de la destitución e inhabilidad durante 15 años. Parece evidente que el fallo obedece a una desmedida pasión política, de cuyo sectarismo ya ha dado muestras suficientes el  procurador Ordóñez.  Claro, la capital y el país, sea cual sea el final de este hecho,  pagarán la culpa de esta polarización de fuerzas entre la izquierda y derecha que fomentan circunstancias como ésta. Gustavo Valencia García, Armenia.

Buen artículo, escrito calmadamente, con reflexión en la realidad, alejado del fanatismo político. También recibí algunos comentarios que manifestaban su apoyo incondicional al alcalde Petro, pero que dejan ver un gran fanatismo a favor de este personaje, por el hecho de ser exguerrillero del M19. En todo país, por democrático que sea, debe haber siempre una autoridad que impida que un elegido por el pueblo haga lo que desee durante su mandato. Álvaro Pérez Franco, colombiano residente en París.

Vivimos la situación catastrófica de las basuras hace un año en Bogotá. Esta es una radiografía del mandatario que no se deja asesorar y menos atiende insinuaciones. Con ello ratifica que la izquierda en Colombia no sabe gobernar. Luis Fernando Franco Ceballos, Universidad del Quindío. 

Es una de las columnas más objetivas que he leído en el día de hoy sobre el tema en vigencia. Por objetiva quiero resaltar la serenidad y total ausencia de fanatismos y extremos. Esto es democracia. Marta Nalús Feres, Bogotá.

Me gustó mucho este artículo sobre la caída de Petro, pero me llamó la atención aquello relacionado con la parte económica de los recursos del Estado, como si eso no tuviera importancia, al dejarla a un lado. Han sido muy estudiosos solamente con la parte institucional y jurídica. Pablo Benavides, colombiano residente en Estados Unidos.

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Un hueco en el camino

domingo, 22 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Michel Dayana Barrera, de dos años de edad, caminaba con su madre por una calle del centro de Bogotá, de pronto vio una paloma y se fue detrás de ella. La paloma de la dulzura. Se me ocurre pensar que esa era la paloma de la paz, que se le aparecía a la pequeña con un mensaje de bienandanza para Colombia, que tanto necesitamos en estos momentos de confusión, de violencia, ira y rencor.

Pero no. Era la paloma de la fatalidad. Un hueco se abrió en el camino, y por allí se fue el cuerpo frágil de Michel Dayana, ante la mirada de terror de su madre. Se trataba de una alcantarilla a la que el abominable vandalismo le había robado la tapa para venderla, por unos pocos pesos, a las mafias de reducidores que hacen de las suyas bajo el amparo de la impunidad.

¿Cuánto tiempo llevaba sin tapa aquella alcantarilla que en minutos segó la vida de este ángel inocente que, pretendiendo alcanzar a la paloma –como se va detrás de  una ilusión–, se encontró con la muerte en la corriente subterránea del río San Francisco? Varios días, se supone. Nadie lo sabe, y esto ya no le importa a la gente, ni impresiona a las autoridades, pues innumerables sitios de la ciudad permanecen en el mismo estado, por días y días. Lo común es ver las alcantarillas abiertas que destrozan a los vehículos y atrapan a las personas. Faltaba que muriera una niña.

Cambiar las tapas se volvió asunto de rutina. Tan rutinario, que la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá tiene abierto en su presupuesto un rubro crecido para atender este latrocinio habitual, de todos los días y todas las horas. En Bogotá desaparecen cinco tapas diarias en promedio. En lo corrido del año van 1.400 tapas, cuya reposición tiene un costo de 500 millones de pesos.

Cuantas veces se aborda este tema, se dice que reprimir el robo es muy difícil. Es increíble que en tantos años de vigencia de este crimen callejero no se haya buscado el medio efectivo para ponerle coto a la situación. Medellín sí lo hizo. Allí no se ven alcantarillas abiertas y tampoco un hueco en el pavimento. ¿Por qué lo logra la capital antioqueña, mientras la capital del país vive con los brazos atados? Si las tapas terminan en manos de los reducidores, ¿por qué nunca se ha sabido de un golpe certero a estas bandas?

La respuesta es obvia: lo que falta en la capital del país es eficiencia administrativa. Falta mayor acción policial para descubrir y castigar a los traficantes de este mercado monstruoso. Bogotá es un hueco. No se trata solo de las tapas que desaparecen todos los días, sino de los cráteres de la malla vial que hacen insufrible la vida capitalina. Este hueco, este vacío de autoridad, es el que permite las alcantarillas abiertas y tiene destrozada a la ciudad.

El fenómeno de las tapas es nacional. Otras ciudades, como Ibagué, Bucaramanga, Pereira y Cali, sufren el mismo lastre. La consigna, ante el drama desgarrador de Michel Dayana, debe consistir en desplegar una batalla vigorosa contra los reducidores. Pero que esto no suceda solo porque el país ha levantado su voz de alarma y de rechazo ante la ineficiencia, sino porque eso es lo que corresponde hacer dentro del sano ejercicio de la autoridad.

El Espectador, Bogotá, 25-X_2013.
Eje 21, Manizales, 25-X-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 26-X-2013.

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Comentarios:

Sin duda es un problema de negligencia administrativa, de falta de autoridad y de voluntad, para erradicar esta vergüenza; una más de esta sociedad pasiva e indolente. Gustavo Valencia, Armenia.

 ¡Qué artículo tan acertado! A aquellos que roban y a quienes compran debería acusárseles de homicidio deliberado, o como se le llame en la jerga judicial. Y sin contemplaciones. Pero plantear esto parece cosa de locos en medio de ese inconmensurable hueco de inmoralidad en que se convirtió el Estado colombiano, en todas sus instituciones. Colombia es un hueco sin fondo, y su justicia un hazmerreír que se hace sentir solo para los de ruana. Jorge Mora Forero, colombiano residente en Weston (USA).

No es entendible que los entes encargados, Policía, servicios secretos, juzgados, alcaldías menores y ciudadanía en general se hagan los de la vista gorda con los ladrones y bribonzuelos. Un ejemplo: ¿será que no se han enterado de que en los Barrios Unidos, en el centro y en el Barrio Restrepo hay cuadras completas en las que se expenden autopartes de carros robados? Si hasta se ven a los patrulleros de la Policía conversando alegremente con esos “comerciantes”. En la llamada “Playa” de las Calle 6ª –centro–, a cuatro cuadras de la Estación Sexta de Policía, se ven nubes de vendedores ofreciendo la “merca”. ¿Qué pasará? flecha veloz 1943 (correo a El Espectador).

Los reducidores son quienes tienen la mayor culpa. A quien sea detectado comprando este material y los cables que contienen cobre deben cerrarles inmediatamente sus negocios por atentar contra la sociedad. No debe haber ninguna excusa ni dilación en tomar dicha medida.

luisfernagui@live.com.mx (correo a La Crónica del Quindío).

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Un rostro en el tumulto

sábado, 21 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

 Lo que al principio se mostró como un movimiento tranquilo, al paso de las horas se convirtió en una asonada nacional. Era el paro agrario, anunciado para el 19 de agosto. El presidente Santos, que no midió el alcance de la protesta, alcanzó a restarle importancia al paro. Cuando dos días después abrió los ojos a la realidad, ya el país estaba bloqueado.

Al lado de los campesinos se habían infiltrado grandes masas de saboteadores que comenzaron a taponar vías fundamentales para el transporte y cometer toda suerte de atropellos contra los vehículos, las personas y la Policía. Los reportes sobre los desastres ocurridos en lugares neurálgicos eran alarmantes. Los propios campesinos no estaban conscientes de que tales desmanes eran perpetrados por hordas enfurecidas de delincuencia común que nada tenían que ver con las justas demandas del sector.

La ciudad más afectada fue Bogotá. Como la Policía actuaba con moderación, los revoltosos, llevados por sus odios viscerales y su sed de destrucción, se enfrentaron a las fuerzas del orden armados de piedra y garrote. Ellos sabían que el momento era propicio para saquear, incendiar y arrasar cuanto estuviera a su alcance. Y así lo hicieron. Por varios días, la capital quedó en sus manos. Las quemas de vehículos, el robo de los negocios, las agresiones a los policías y al público sembraron de terror la vida capitalina.

Bogotá quedó paralizada y los alimentos comenzaron a escasear. Escenas de humo, de heridos, de balas perdidas, de calles paralizadas y todo un horizonte de barbarie y actitudes criminales hicieron recordar el 9 de abril. Así había comenzado aquella revuelta frenética que destruyó a Bogotá y causó daños incalculables en bienes y en vidas. Así podría suceder ahora si no se actuaba con mano dura para reprimir el ímpetu vesánico.

Eran agitadores profesionales, tan hábiles para pescar en río revuelto, los que se ocultaban tras las capuchas para cometer las mayores tropelías y quedar impunes. La paciencia de la Policía los favorecía. Habían cambiado la ruana por la capucha, y solo días después los campesinos advirtieron que habían sido suplantados.

Gloria Barreto, sencilla habitante del barrio San Cristóbal, salió de su casa con el fin de hacer un reclamo por una factura del agua. En la Plaza de Bolívar quedó envuelta en estas pandillas de maleantes que lanzaban piedras, palos y objetos diversos contra el cordón policial que a duras penas lograba contenerlas. Se encontró con las caras de angustia de algunas uniformadas, y estas le hicieron recordar a su hija de 22 años.

Posesionada de dolor y valentía, alzó los brazos en cruz frente al grupo del Esmad, como escudo humano y la manera de proteger a la Policía. Permaneció estática, expuesta al atropello y los ultrajes de los agitadores. Han podido lincharla, claro está, pero solo recibió empellones y sufrió lesiones menores. Dice que los manifestantes reflejaban “falta de amor y una furia interna en su corazón”.

Detrás de la insania, y controlada ya la asonada, queda el rostro de esta valerosa mujer que se levantó sobre el odio y el salvajismo arrasadores para dejar en el tumulto su mensaje de amor. Por otra parte, es preciso meditar sobre la suerte de estos grupos de desadaptados, de resentidos sociales, que no cuentan con medidas salvadoras para ser rehabilitados.

El Espectador, Bogotá, 6-IX-2013.
Eje 21, Manizales, 5-IX-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 7-IX-2013.

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Comentarios:  

Un justo homenaje a esa valiente mujer, quien brilló con luz propia, y sin pretensión alguna. Sólo la de solidarizarse y defender con su valerosa decisión a un grupo de policías que protegían la catedral. Gustavo Valencia García, Armenia.

He leído con mucho interés esta reflexión sobre la crisis ocasionada por la movilización social del campesinado colombiano y el papel humanitario de la valerosa dama, sin duda un símbolo de concordia y dignidad. Alpher Rojas Carvajal, Bogotá.

La capucha me parece que es símbolo de cobardes, y no importa si la usan los de derecha, los de izquierda o de los organismos de seguridad. Así como condeno el abuso policial, cuando se presenta, condeno también la violencia que se desata contra ellos. El sofisma de que son las fuerzas del sistema no convence. Este no se va a derrumbar porque se lancen piedras o artefactos explosivos a los policías que también son hombres… del pueblo. Además, como bien decía Ciorán, «el revolucionario de hoy es el policía del mañana». Jorge Mora Forero, colombiano residente en Weston (USA).

Una cosa era el paro campesino y otra muy distinta el aprovechamiento del mismo por parte de los terroristas, para hacer lo que siempre hacen: actos vandálicos en contra de la Fuerza Pública y los comerciantes, además de asaltar y robar cajeros automáticos, almacenes y negocios de barrio. Holarunchos (correo a El Espectador).