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Memoria del fuego

viernes, 20 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Hace 40 años, el 23 de julio de 1973, ardía el edificio de Avianca. Su torre, de 42 pisos, era la más alta que existía en Suramérica. Por aquellos días se iniciaba la época de los rascacielos, y el edificio bogotano era admirado por su solidez y belleza.

Su diseño y construcción fueron ejecutados por Esguerra Sáenz, Urdaneta y Cía., Ricaurte Carrizosa Prieto y el italiano Doménico Parma. El diseño concluyó en 1963 y la construcción se realizó entre 1966 y 1969. La obra se levantó en el predio que ocupaba el renombrado hotel Regina. Cuatro años después de la inauguración llegaron las llamas e invadieron la soberbia edificación que representaba el mayor símbolo del avance urbanístico de la capital, ante la mirada atónita del país y la insuficiencia técnica para sofocar el ímpetu destructor del fuego.

Pasadas las 7 de la mañana se inició el incendio en el piso 14. Allí, según el relato que años después haría la aseadora Araminta Isea en la revista SoHo, había muchas cosas almacenadas, como tapetes, alfombras y gasolina. Queda fácil deducir que algún descuido originó la combustión. A los 15 minutos llegaron los bomberos y se pusieron al frente de la operación más gigantesca y riesgosa que nunca habían acometido, con la mala fortuna de que las mangueras solo llegaban hasta el piso 12.

Las llamas ascendían con gran velocidad desde el piso 14, y llegarían al 37. La gente que a esa hora se hallaba en el edificio subía a pie por las escaleras, en intento desesperado por no dejarse alcanzar por el fuego. Las operaciones de rescate se cumplían con helicópteros que lanzaban torrentes de agua sobre el gigante herido. Algunas personas atacadas por el pánico se tiraron al vacío y perecieron. Otras llegaron hasta la azotea, donde fueron sacadas en helicóptero. La espantosa escena se prolongó hasta bien entrada la noche.

Días después, el 12 de agosto de 1973, salió publicado en el Magazín Dominical de El Espectador, con gran despliegue –y con impresionante fotografía del edificio devorado por las llamas–, la página que titulé El fuego: amigo y enemigo, donde anoté: “De pronto llegaron las llamas y todo lo arra­saron. La ciudad se sintió impotente para contener su furor y presenció aterrorizada cómo estas len­guas del infierno se iban encaramando de piso en piso, de pared a pared, sin respetar nada, hasta co­ronar la altura y dejar un escombro humeante”.

Miles de colombianos presenciaron en la televisión el avance vertiginoso del fuego y los esfuerzos titánicos de los bomberos y otros organismos de salvación que con medios precarios luchaban contra la hecatombe. El saldo trágico fue de 4 muertos y 63 heridos. Ahora bien, la estructura no sufrió daños considerables.

Ahora viene un dato curioso. En aquella época ocupaba yo la gerencia de un banco en Armenia y enfrentaba una difícil situación con Proexpo (Fondo de Promoción de Exportaciones), cuya sede estaba situada en el edificio de Avianca. El problema nacía del proceder de un cliente de mi oficina en el trámite de una exportación. Nosotros no éramos responsables de la conducta del cliente, pero Proexpo se empeñaba en inculpar a mi oficina, y de paso creaba un problema para todo el banco. Actitud injusta, por supuesto. Entre carta va y carta viene, que fueron muchas, estuve empapelado y mortificado durante largo tiempo. Con todo, no lograba que las cosas se aclararan.

En Proexpo (esto lo sabríatiempo después) había un alto funcionario que ejercía indebida presión contra el banco, por una malquerencia personal. Ese era el  motivo soterrado. Increíble, pero cierto. La condición humana hace cometer a veces actos insólitos. La solución la dio el incendio del edificio de Avianca, ya que todos los archivos de Proexpo desaparecieron entre las llamas. Nunca más volvió a mencionarse el caso. El fuego nos hizo justicia.

El Espectador, Bogotá, 19-VII-2013.
Eje 21, Manizales, 19-VII-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 20-VII-2013.

* * *

Comentarios:

El  14 de julio de ese año llegué a Colombia recién casada. Fue el primer acontecimiento terrible que vivimos entonces. El esposo de mi prima Esperanza Feres, Francisco Ramírez (q.e.p.d), tenía su oficina de arquitecto en el piso 14.  Marta Nalús Feres, Bogotá.

Me acuerdo de ese incendio como si fuera ayer. Yo trabajaba en el piso 12 de un edificio en la calle 20 con carrera 10, y todo el día nadie trabajó. Desde allí vimos el incendio que lentamente acabó con el símbolo estructural de ese entonces. Luis Quijano, colombiano residente en Houston (USA).

Hay que anotar que el piso donde se inició el incendio era realmente el 13, pero que por huirle a la mala suerte fue numerado como 14. Marmota Perezosa (correo a El Espectador).

Tenía yo 18 años y recuerdo como si fuera ayer que nos reunimos todos en la casa a observar en el televisor todos los pormenores de semejante hecatombe. Muy similar fue la novelería que causó la movida de un edificio en el centro de la capital, también transmitida por la pantalla chica. Pablo Mejía Arango, Manizales.

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Los abominables vándalos

viernes, 20 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

La Rebeca, que pronto cumplirá noventa años de haber sido instalada en Bogotá, es uno de los monumentos que más han sufrido el maltrato callejero. En forma periódica se le hacen costosas reparaciones, y al cabo de los días vuelve a causarse el mismo ultraje. Una vez le pintaron bigote y le pusieron corbata. Después le rompieron la nariz y los dedos. Qué insulto al arte y la cultura.

Lo mismo ocurre con la estatua de Sía, la diosa chibcha del agua, cuya presencia en la capital cumple siete décadas. Los vándalos acabaron con el cuerpo de la deidad tallado en piedra e invadieron el sitio con infamantes grafitis que la mantienen con el rostro cabizbajo, como apenada de vivir entre gente dominada por los peores instintos. Otro tanto sucede con la mayoría de monumentos de Bogotá y de las capitales colombianas.

En el puente peatonal que desemboca en la plazoleta de la carrera 17 con calle 98, las rejas que cubren los sumideros han desaparecido, no sé cuántas veces, en manos de los azotacalles que viven al acecho de cuanto puedan hurtar al amparo de la noche. Tapas de las alcantarillas, sumideros, rejas y luminarias son elementos de fácil sustracción por los rateros. También se apropian de adoquines y postes de la luz, lo que tal vez suene exagerado, pero es la realidad.

Para tener una idea del daño que se produce a la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, que en forma permanente repone los artículos hurtados, es preciso saber que estos tuvieron un costo de 500 millones de pesos durante el primer semestre del año. El costo mensual de las luminarias hurtadas es de 350 millones de pesos.

Por otra parte, están las averías causadas a las señales de tránsito, cuya reparación representa un costo aproximado de 1.000 millones de pesos anuales. Y la de los semáforos, 600 millones anuales. Cuesta otro dineral la reparación de los actos vandálicos contra las estaciones de buses y de Transmilenio. El mantenimiento de estos servicios tiene un costo exorbitante y debe realizarse con la mayor eficacia para garantizar la vida normal de la ciudad. De lo contrario, vendrá el caos.

Los grafitis son otro de los lastres que soportan los cascos urbanos. Esta tendencia arrasadora se estrella contra el patrimonio público y privado, degrada la estética de las viviendas, las fachadas de los edificios, los locales comerciales, las iglesias, los muros, los puentes y los monumentos. Si con la permisión del grafiti se busca el desarrollo del arte, habrá que preguntar de qué arte se trata, si en la mayoría de los casos lo que se ven son horribles mamarrachos, trazos sin sentido, leyendas o palabras injuriosas, mensajes obscenos o insulsos.

Al vándalo lo mueve un instinto cavernario de destrucción y resentimiento social. Goza haciendo mal en la propiedad ajena y camina impune por las calles, muchas veces armado de cuchillo y garrote. Es amo y señor de su propia perversidad. Desafía el orden y las normas, por ser un desadaptado de la sociedad. La sociedad lo enjuicia, pero no lo regenera.

No es posible llegar a tal grado de chabacanería, ruindad e inseguridad. Hemos caído en los abismos de la frivolidad, la indiferencia ante el desatino, la convivencia con la ordinariez, lo dañino o lo mediocre. En lugar de dolernos por lo que existe en forma errónea, debemos rescatar la función de buen ciudadano que dejamos perder a causa de nuestra permisividad o silencio cómplice.

A todos nos corresponde velar por la ciudad. La ciudad es de todos. Existen normas para frenar los abusos del vandalismo, pero poco es lo que hacen las autoridades en tal sentido. Hay que comenzar por educar la conciencia cívica. Y al mismo tiempo reprimir los desmanes que atropellan la vida civilizada.

El Espectador, Bogotá, 5-VII-2013.
Eje 21, Manizales, 5-VII-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 6-VII-2013.

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Comentarios:

La ciudad va quedando en manos de los vándalos y el civismo se ha convertido en una cosa del pasado. Mientras no recuperemos una identidad cultural no hay nada que hacer.Eduardo Durán Gómez, Bogotá.

La majestuosa escultura del Libertador, obra de Tenerani, exhibida en la plaza de Bolívar, podría trasladarse a un lugar seguro, donde no pueda ser objetivo de los vándalos, como el Museo Nacional. En su lugar, se puede poner una copia. Como en Bogotá no hay semana en que no haya por lo menos una manifestación pública que se dirija a la plaza de Bolívar, de nada sirve limpiar el pedestal porque la chusma vuelve a ensuciar el monumento con sus grafitos. Gilberto Álvarez Ramírez, Bogotá.

Como me lo dijera alguna vez el periodista amigo Héctor Ocampo Marín: “La chabacanería nos está ganando la partida”. Carlos Alberto Villegas, Medellín.

Aterradora radiografía de nuestra realidad. De igual forma se comportan los hinchas de las barras bravas del fútbol quienes se creen con licencia para cometer todo tipo de desmanes; de alguna forma habrá que acabar con esa vagabundería. Pablo Mejía Arango, Manizales.

El código de policía debe tocar este tema. Lo que falta es autoridad. Con seguridad, cuando más de uno de estos vándalos entren a la guandoca lo pensarán dos veces antes de expresar el «libre desarrollo de su personalidad». Otra plaga igual es la de los carteles en paredes y postes de la ciudad. yahir51 (correo a El Espectador).

Los vándalos (grafiteros que manchan fachadas de casas o comercios, que se cuelan y dañan las puertas en el Transmilenio, que destruyen las esculturas) no van a atender a ninguna campaña educativa, lo único que los detendría serían sanciones ejemplarizantes. Y no muy lejos de su conducta antisocial están los indigentes que riegan las basuras y los narcoadictos que consumen y son microtraficantes al mismo tiempo.  Juaco G. Hoyos (correo a El Espectador).

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Condenada a morir

miércoles, 18 de diciembre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Los esposos Bernardino Lesmes y Amparo González veían con mucha alegría el nacimiento de Paula Sofía, ocurrido hace nueve meses en una clínica de Bogotá. Su primer hijo tenía nueve años de edad y ellos soñaban con la pareja, ilusión que al fin vieron cumplida con la llegada de Paula Sofía.

Pero la niña nació con graves deficiencias orgánicas, y ahí comenzó el calvario de los padres. Estos nunca se habían imaginado que tres enfermedades simultáneas lesionaran en forma catastrófica la salud de la niña recién nacida: síndrome de Down, hipotiroidismo y cardiopatía congénita. Esta última le significaba serias dificultades para respirar. Como si fuera poco, dos días después de su nacimiento tuvo que ser operada por una obstrucción intestinal.

La alegría del segundo hijo se convirtió en un camino de dolores. Comenzaron las consultas médicas, las preguntas sin respuesta, las negativas de los servicios de asistencia hospitalaria. Para los padres, todo se tornaba complejo, oscuro, impenetrable. Los funcionarios de la salud eran seres lejanos e indolentes que no solo los atendían de afán, como si fueran un estorbo, sino que no les resolvían nada.

La EPS Solsalud, a la que estaban afiliados (y que se encuentra intervenida desde hace un año por fallas en el servicio), los sometió a toda clase de trabas, de trámites tortuosos e interminables. Este es el país de los trámites, donde todo se complica por falta de reglas precisas y eficaces. El ciudadano deja de ser una persona digna para volverse un papel, un número, una ficha de computador manejada por personas carentes de raciocinio y sentido humano. Los funcionarios parecen autómatas.

Sin embargo, los padres angustiados reunieron todos los papeles que Solsalud exigía para practicar a la niña la cirugía cardiovascular ordenada, de manera urgente, por una cardióloga de la clínica del Niño, de Soacha. Pero no fue posible obtener la autorización. Se insistió varias veces, y la entidad, aparte de mostrarse imperturbable frente al drama de la vida que se hallaba en serio peligro de muerte, permanecía muda. Ninguna razón dio para su negativa.

“La EPS todo lo negaba, hasta las bolsas de colostomía. En nueve meses solo nos dieron cuatro. Cada una costaba de 35.000 a 40.000 pesos, que nos tocaba sacar del bolsillo”, manifiesta el padre de Paula Sofía al periódico El Tiempo, de donde se toma esta noticia,

Tuvo que acudirse entonces a la Defensoría del Pueblo, última instancia que busca el ciudadano cuando siente vulnerados sus derechos y no ve más salidas. Se entabló una tutela, y se ganó. Pero Solsalud desatendió la orden. Esto ocurría a principios de abril. El caso se complicó con una bronquiolitis aguda que fue atendida en el hospital San Blas, el 24 de abril.

No fue posible que la EPS remitiera a la paciente a una institución especializada. Hoy aduce que ninguna de las quince entidades a las que solicitó ese servicio lo aceptó. No se entiende cómo estas quince entidades se niegan, en el curso de cinco días, a atender la remisión de la paciente. Este aspecto debe obtener plena claridad en la investigación que adelanta la Superintendencia de Salud.

Paula Sofía falleció por un paro cardiorrespiratorio, el 29 de abril, en el hospital Santa Clara, a causa de una neumonía. Es otro episodio, por demás doloroso, que pinta la ineficiencia de los organismos del Estado que deben proteger la salud de los colombianos. Atribuir toda la culpa a Solsalud sería un escape de la exacta realidad. Es todo el sistema sanitario el que desde hace varios años se halla en crisis y reclama medidas de fondo (que aún no logra sacar adelante el ministro del ramo) para garantizar un derecho primordial del ser humano.

El Espectador, Bogotá, 3-V-2013.
Eje 21, Manizales, 4-V-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 4-V-2013.
Red y Acción, Cali, 4-V-2013.

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Comentario:

La niña sí se salvó. Se salvó de haber llevado durante unos cuantos años –muchos no habría vivido− una vida (¿vida?) miserable, dolorosa y completamente inútil. Y no solo se salvó ella: también se salvaron sus padres y su hermano de tener que soportar el dolor de verla sufrir largo tiempo hasta que muriera. Y no menos importante, se salvaron de tener que cargar con los enormes costos económicos que hubiera implicado el mantenerla con vida, impulsados solo por el vacuo meme de que «la vida es sagrada» (…)  digamos que el amor y la compasión exigirían así mismo que en el caso de una persona en la plenitud de su ser como Homo sapiens, pero que por causas ordinarias es víctima de circunstancias que truncan bruscamente el desarrollo normal de su vida (soldados víctimas de minas, entre innumerables ejemplos), ese Estado idealmente racional no escatime esfuerzo alguno de ninguna clase por hacer que su paso por el planeta continúe con el menor dolor posible. Bernardo Mayorga, Bucaramanga.

Miedo en las calles

jueves, 10 de octubre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Katherine, una joven de 22 años, salió de su casa a las 5:30 de la mañana. Y se encontró con un hombre moreno, de unos 30 años, que le apuntaba al rostro con una jeringa y le decía: “Deme todo o se lo echo en la cara”. Muerta del pánico, Katherine le suplicó que no le hiciera nada, le abrió el bolso y vio que el asaltante lo desocupaba y emprendía la fuga.

Se salvó de ser otra víctima del ácido muriático. Regresó a su casa, y no quiere salir de ella. Con los nervios destrozados, le ha cogido pavor a la calle. La escena acaba de suceder en Medellín, a corta distancia del CAI de la Policía instalado en el sector. Nadie vio nada.

Esta modalidad de asaltar a la víctima con la amenaza del ácido muriático se ha acentuado en Bogotá. Y ocurre en otras ciudades. Hasta el momento, dice una noticia de prensa, se conocen más de veinte casos de mujeres atacadas con ácido en el país. Las mujeres son las preferidas para este delito, pero también puede ser cualquier transeúnte.

En diciembre, Sergio, de 22 años, fue atacado con el mismo ácido al llegar a su casa, por negarse a dar una moneda, y sufrió quemaduras en la cara, el cuello y los brazos. En el mismo mes, otro joven residente en el barrio Castilla sufrió la misma suerte, con daños severos en los ojos, cuyo tratamiento podría costar más de $ 15 millones. Un mes después, Luz Adriana, de 31 años, que a las 5 de la mañana salía de su casa en Kennedy para dirigirse al trabajo, fue atacada por un hombre que descendió de un taxi y la intimidó. Como se negó a entregarle el bolso, el agresor le roció el ácido en la cara y huyó en el taxi.

Son noticias espeluznantes de las que nadie puede estar exento, repetidas una y otra vez, y que dejan lesiones físicas y sicológicas a veces incurables. Estas noticias dan paso a otros hechos no menos monstruosos de la canallada de cada día. Vivimos en las grandes ciudades a merced del raponazo, del cuchillo o la navaja camuflados en los bolsillos, del revólver que se dispara en un instante, de la bala perdida, y ahora del ácido muriático.

La locura se ha apoderado de las calles de Bogotá. Una terrible conclusión de las autoridades señala que la mitad de los transeúntes de la capital sufre de esquizofrenia y paranoia. Entre esas corrientes demenciales nos movemos a diario, desafiando el asalto, la contusión o la muerte. Quienes consumen bazuco, el 80 por ciento lo hace todos los días, mezclándolo con marihuana y alcohol industrializado. Son “crónicos poliadictos”, según definición de los expertos. No queda difícil deducir que quienes andan armados con jeringas para aterrorizar y herir a las víctimas, pertenecen a este submundo enajenado, abismal e incontrolable.

El acalde Petro inicia su administración liderando una campaña de desarme, tanto de las armas amparadas con salvoconducto, que tienen un registro cierto, como de las ilegales, que proliferan con facilidad en los mercados clandestinos. Unas y otras, en determinadas circunstancias, son asesinas. Algún cálculo ligero dice que en Bogotá hay 400 mil armas legales y más de un millón de ilegales. Las otras armas son las blancas y cortopunzantes (navajas, cuchillos, machetes, bisturíes), de imposible cómputo.

Se decomisan armas de todo género. Muchos dejan de portarlas. Después de los tres meses de la campaña volveremos a lo mismo, al aflojarse el control de las autoridades y olvidarse el tema. La verdadera campaña consiste en desarmar los espíritus. Propósito nada fácil de lograr, ya que la sociedad perdió los estribos. La conciencia colectiva, envenenada por el odio, le niega el campo al amor y a la convivencia. El asunto tiene raíces profundas: es social, y ahí es donde hay que atacarlo.

El Espectador, Bogotá, 23-II-2012.
Eje 21, Manizales, 24-II-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 25-II-2012.

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Comentarios:

Al leer este artículo veo claramente que la ciudadanía debe armarse para salvar su integridad y su vida en una ciudad donde resulta imposible controlar el porte de armas por parte de los criminales. Inclusive si lograra desarmárseles, pueden hacer daño con una simple jeringa llena de ácido. En esos casos la legítima defensa es la única solución. Alfredo Arango, Miami.

Horribles sucesos. El planeta va muy de prisa, sacando a flote todo lo malo. La solución, creo, viene de cada uno de  nosotros, emitiendo la energía del amor y de la paz. Elvira Lozano Torres, Tunja.

Comparto plenamente este criterio respecto a tan sentido tema que agobia a la capital. Eduardo Durán Gómez, Bogotá.

Aunque procuro superar el miedo para no “echarle leña al fuego”, el artículo plantea un problema que día a día se agrava y acrecienta en la capital. Marta Nalús Feres, Bogotá.

Un tipo intentó echarme escopolamina cuando compraba la comida de mis mascotas. Ese mismo día cuando salíamos con un amigo del gym, una lacra nos siguió, pero yo me percaté y el tipo se esfumó. Ahora ando superparanoico. A mi mamá intentaron atracarla ayer, pero por suerte una señora desconocida la dejó ingresar a su negocio y se salvó. Alejdark (Correo a El Espectador).

El ácido muriático, otra modalidad que se le une al fleteo, paseo millonario, escopolamina, paquete chileno, sicariato, prepagos, extorsión, secuestro. Vaya, Colombia debería ser llamada «el país inventor de modalidades para el crimen». Holaforistas (correo a El Espectador).

La columna es fiel realidad de lo que sucede en todo el país y, obviamente, mucho más en las capitales. Esta delincuencia, nuestra violencia endémica y las demás muestras de decadencia civil son consecuencia de los malvados manejos administrativos desde hace doscientos años. La inequidad, la injusticia y la corrupción son la triada madre de la situación paupérrima que vivimos.
Colombianoingenuo (correo a El Espectador).

De las armas a las urnas

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Diversos factores se unieron para el fracaso de la candidatura de Enrique Peñalosa a la Alcaldía de Bogotá, y no es del caso volver a señalarlos. Yo voté por Peñalosa, y perdí. No me arrepiento de mi voto. Sigo considerando que él era la mejor opción, dadas su preparación y probada experiencia en el manejo de la capital.

Esto no me impide reconocer el triunfo de Petro, a quien hay que desear la mejor suerte en su delicada misión, de la que dependerá, o bien sacar a Bogotá del hoyo en que ha caído, y abrir horizontes de esperanza y fórmulas de desarrollo, o bien terminar con lo bueno que nos queda.

Cumplidos los hechos, es preciso registrar el triunfo claro de Petro. Su llegada al segundo puesto más importante de la nación pone de relieve varios aspectos dignos de destacarse. Ante todo, la legitimidad con que el antiguo guerrillero se ha situado desde buen tiempo atrás. Así reafirma su adhesión a la vida democrática. En el presente caso, se retiró del Polo, su partido, en disputas internas que lo llevaron a fundar un movimiento propio, el que le hizo conquistar los más de 700.000 votos que le abrieron las puertas de Bogotá.

Fue el primero que denunció el carrusel de la contratación en la alcaldía de Samuel Moreno, a pesar de tratarse de su colega en el Polo. Acto valiente que marca un derrotero para su propio gobierno. Bogotá –y el país entero–, donde los negociados de la clase dirigente han llegado a extremos desastrosos, deben aprender de esta lección ejemplarizante.

Petro nace en un sencillo hogar de Ciénaga de Oro (Córdoba), el 19 de abril de 1960. Caso curioso: con el tiempo se matricula en el Movimiento 19 de Abril (M-19), y más tarde es condenado a dos años de prisión. En Zipaquirá cursa el bachillerato, y allí será personero y concejal en los años 80. Recibe el grado de economista en la Universidad Externado de Colombia, disciplina que afianza con una maestría en la Universidad Javeriana. Adelanta otros estudios: en Bogotá, en la Esap, y en el exterior, en Lovaina y España. Este bagaje académico le ha deparado un itinerario de triunfos en medio de grandes dificultades.

En lo político, se ha destacado como brillante orador y parlamentario. Ha sido  acérrimo censor de la inmoralidad pública. Develó la parapolítica en sonadas intervenciones que le merecieron voces de aplauso. Ayudó a redactar la Constitución de 1991. Pero no ha podido quitarse el ‘coco’ que circunda su nombre en razón de su pasado guerrillero.

A raíz de su triunfo en Bogotá se volvió personaje en los titulares de grandes periódicos del mundo. Las miradas de muchos países están puestas en Colombia. Dichos periódicos ofrecen este ejemplo de reinserción a la vida ciudadana como un camino para conseguir la paz que se pretende obtener con las armas, las que solo desolación y muerte dejan en países como el nuestro sometidos a tanta barbarie.

El capítulo de Petro se suma al de Antonio Navarro Wolf y al de Rosemberg Pabón, sus excompañeros de la lucha armada, que luego de reincorporarse a la legitimidad han cumplido valiosas ejecutorias en la vida institucional. Navarro es el gran gobernador de Nariño, y Pabón, como alcalde de Yumbo, fue uno de los gobernantes locales más destacados del país.

Ojalá las Farc, cuya lucha guerrillera no tiene sentido, recapaciten en que las armas sediciosas están llamadas a declinar, y consideren sus militantes que en la democracia pueden buscar las alternativas de poder que no encontrarán por el otro camino.

El Espectador, Bogotá, 4-XI-2011.
Eje 21, Manizales, 4-XI-2011.
La Crónica del Quindío, Armenia, 5-XI-2011.

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Comentarios:

De las armas a las urnas, publicada hoy en El Espectador, sobre el triunfo del exguerrillero Petro como alcalde de Bogotá, es una pieza periodística clave en un momento clave de la capital y de toda Colombia. Alfredo Arango, colombiano residente en Miami.

Ahora lo importante es que Petro cumpla lo que prometió y que los hechos avalen las palabras, pues de sobra sabemos que la mayoría de los políticos, una vez que son elegidos, echan a un lado al electorado. Esperemos que Petro eleve con obras a Bogotá al sitio que merece. Luis Quijano, colombiano residente en Houston.

Qué buena columna. Generosidad y objetividad que validan la tolerancia, la paz y el sueño en una Patria armónica donde todos podamos crecer en nuestro proyecto de vida. Ya la compartí con Valeriano, el eterno enamorado de su Bogotá, quien se encuentra en ensayos en el Teatro del Palau de Valencia, España, con el protagónico de Don Magnífico en la Cenerentolla. Marta Nalús Feres, Bogotá.

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