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El Museo Arqueológico del Quindío

lunes, 11 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Esta obra, una de las mayores atrac­ciones culturales y turísticas de Armenia,  nació al amparo de la ley 53 de 1959, adscrita al Instituto Colombiano de Antropología. En diciembre de 1965 se expidió la ley 84 que trasladó a la entidad como dependencia de la Universidad del Quindío. Y el primero de julio  1967 –primer aniversario de la fundación del departamento– se inauguró el Museo gracias al tesón de un grupo de ciudadanos que hicieron posible esa circunstancia mediante donaciones de piezas y de dinero en efectivo, en ausencia del primer auxilio nacional que aún no se había recibido.

Dice la ley orgánica que el Museo “tendrá como finalidad especial la salvaguardia, recolección y exhibición de las obras de arte y demás elementos culturales de la civilización quimbaya, a la vez que el reconocimiento de los yacimientos arqueológicos del área que ocupó este antiguo pueblo».

Fiel a esa orientación, la junta que dirige sus destinos se ha preocupado por formar la base del Museo con piezas principalmente pertenecientes al arte quimbaya, y también ha extendido la labor a otras culturas precolombinas. El pueblo quimbaya, que ocupó las tierras que pertenecen hoy al Quindío, fue  maestro en las confecciones orfebres y cerámicas. Opinan los expertos que la cerámica quimbaya es más avanzada que la chibcha y la inca.

Cuenta el Museo con una colección del orden de las 2.000 piezas, consti­tuidas por diversidad de figuras, como ánforas alcarrazas, copas sagradas para libaciones tinajones, urnas, husos, sil­batos, lo mismo que narigueras, aretes, collares y muchos artículos más –do­mésticos y ornamentales– confeccio­nados en barro o en oro puro, y en aleaciones de oro.

El 14 de julio de 1972 se suscribió entre la Universidad y el Banco Popular un con­trato por medio del cual la última enti­dad recibe el Museo Arqueológico a título de fideicomiso por el término de 99 años. El Banco Popular, dentro de sus propósi­tos culturales, se compromete a mante­ner y exponer la colección, corriendo con los gastos de conservación y funcionamiento del Museo. Se han progra­mado los dos últimos pisos de su edifi­cio para conformar la sede aborigen a la altura de las técnicas modernas, lo que vale decir que el Museo Arqueológico del Quindío ha dado un paso impor­tante que lo colocará en sitio promi­nente dentro del patrimonio precolom­bino.

Armenia, ciudad cultural y progre­sista, guarda con celo estas reliquias históricas como homenaje al pueblo quindiano de ayer y de hoy.

La Patria, Manizales, 30-X-1972.
Directorio telefónico del Quindío, 1973.

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Historia de una Cruz de Boyacá

jueves, 14 de octubre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace poco me contaba Óscar Pérez Gutiérrez la curiosa historia de una Cruz de Boyacá que encontró, cuando fue embajador en Méjico, en una caja fuerte de la Embajada. El favorecido con la distinción fue el poeta Germán Pardo García, que el 23 de septiembre de 1983 la recibió en solemne ceremonia en el Palacio de Bellas Artes de Méjico, y luego la devolvió al embajador de entonces, que llevó en el acto la representación oficial de nuestro país.

Pasados los años, el diplomático Pérez Gutiérrez instó al poeta a que conservara la insignia, la más preciada que otorga nuestra patria, y él le contestó que ya había sido exaltado con el honor y eso bastaba. No siendo su reino de este mundo –agregó-, no estaba atado a las cosas materiales. Pero ante la insistencia del embajador, que se había convertido en gran amigo suyo, Pardo García aceptó recibirla de nuevo, en sencilla ceremonia que se llevó a cabo en el apartamento del poeta. Es la única persona que ha sido condecorado dos veces con el mismo galardón. O sea, dos veces glorificada.

¿Y qué camino cogió la Cruz de Boyacá a la muerte del ilustre colombiano? Fue la pregunta inmediata que me formulé. Yo había conocido el inventario exacto de sus pocos enseres, y en ninguna parte vi mencionada la insignia. Me lancé a indagar. Y a los pocos días recibí respuesta de Méjico, con esta noticia: el poeta, recibida de nuevo la condecoración, la regaló, a espaldas del embajador, a un par de amigos. A su compatriota Aristomeno Porras, su ángel tutelar, le obsequió la presea; y al profesor norteamericano James Alstrum, que por esos días había viajado de Estados Unidos a hacerle una entrevista, el respectivo decreto (que lleva el número 1750 de fecha 22 de junio de 1983 y está firmado por el presidente Betancur y por Rodrigo Lloreda Caicedo como ministro de Relaciones Exteriores).

Revisando papeles, hallé en mis archivos un testimonio elocuente sobre este suceso. Se trata de un cuadernillo de lujo, en 16 páginas y 10.000 ejemplares, que el poeta publicó al mes siguiente de recibida la condecoración. Allí recoge su grandioso poema Las voces del abismo, considerado por los críticos como una joya de la poesía universal, y lo dedica al presidente Betancur como constancia de gratitud por el honor conferido.

¿Por qué no conservó Germán Pardo García la Cruz de Boyacá, en cuya búsqueda se desvelan y se frustran tantos políticos y gente grande de nuestro país? Esta genial excentricidad, como es preciso calificarla, me la había revelado el propio poeta en documentos que poseo sobre él. Uno es el reportaje Diálogo entre sombras (mayo de 1986), donde me dice:

“No creo en los poetas académicos, en los premios Nobel, en las condecoraciones. Una condecoración que me dio mi entrañable amigo el presidente Betancur, y que me fue impuesta por el embajador de Colombia aquí, al terminar la ceremonia me la quité y se la regalé al mismo embajador. Soy incapaz de portar sobre mi pecho desolado algo que me distinga”.

Y en carta de junio de 1987 me cuenta que lo condecoraron cinco veces, y luego se deshizo de las insignias, “porque soy incapaz de llevar sobre mi pecho distinciones de esa clase, que me recuerdan las que conceden a las reses en los certámenes pecuarios”.

Museo Germán Pardo García

He rescatado, por gentil cesión que hizo Aristomeno Porras, esta Cruz de Boyacá para la excelente casa de cultura que se construye en Choachí con el nombre del poeta. Es un sitio digno de conservarla. El profesor Alstrum entregó el diploma con el decreto a la Casa de Poesía Silva. En Choachí se conformará un museo con los libros, la revista Nivel, correspondencia y objetos personales del poeta.

El Espectador, Bogotá, 20 de mayo de 1992.

Curiosa historia de un museo

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En 1973, siendo yo gerente del Banco Popular en Armenia, fue inaugurado el confortable edificio construido para sede de la sucursal, y los dos pisos superiores se dedicaron, a título gratuito, para el funcionamiento del Museo Arqueológico del Quindío. Esta entidad, creada por una ley de 1959 y adscrita al Instituto Colombiano de Antropología, pasó años después a ser dependencia de la Universidad del Quindío.

En los años transcurridos desde la creación del museo hasta el día que el Banco Popular entró a administrarlo en virtud de un fideicomiso, la muestra arqueológica se había incrementado con valiosas adquisiciones de la cultura quimbaya, hasta conformar una colección del orden de 2.000 piezas, que el Banco se comprometió a mantener y exponer al público, corriendo con los gastos correspondientes.

En esta forma, el organismo financiero le hacía un homenaje a la región y de paso contribuía al rescate del patrimonio aborigen del país, hecho que encajaba dentro del programa iniciado en Bogotá con la compra y remodelación de una histórica casona del barrio de la Candelaria –la Casa del Marqués de San Jorge–, donde se inició el Museo Arqueológico del Banco Popular, con más de 10.000 piezas. Esta feliz iniciativa se debió al espíritu cultural del presidente del Banco, doctor Eduardo Nieto Calderón. Conseguida por mi parte la aceptación de la propuesta formulada a la Universidad del Quindío para el manejo del museo regional, el doctor Nieto Calderón dirigía en Bogotá las medidas necesarias para la adecuada adaptación de los dos pisos ofrecidos.

El pueblo quimbaya, maestro en artes orfebres y cerámicas, dejó sepultado en tierras del Quindío un gran tesoro formado por diversidad de figuras, como ánforas, caciques, alcarrazas, copas sagradas, tinajones, narigueras, aretes, collares… Tesoro sometido a saqueo arrasador en la época de la Conquista por parte de los voraces buscadores de riquezas auríferas, y a la silenciosa extracción mercantilista de los guaqueros en los tiempos actuales, muchas veces con fugas hacia el exterior. En tales condiciones, el Banco Popular entraba a defender y difundir, al igual que lo hacía el Banco de la República con su Museo de Oro, la inmensa fortuna precolombina diseminada a lo largo y ancho del país.

El doctor Nieto Calderón puso en ese empeño su mayor entusiasmo, cariño y diligencia y una enorme capacidad de lucha y creatividad. En mi caso, halló en Armenia el aliado preciso, y sobre todo insólito (no es frecuente que los gerentes de banco se ocupen de cosas de la cultura, ni del espíritu). Así, la obra se llevó a cabal término. Sólo faltaba la inauguración, y ahora viene la anécdota. Pensábamos en una ceremonia apropiada para abrir el museo al público, para lo cual se invitaría a un coctel a las autoridades y a personas representativas de la ciudad, con presencia, por supuesto, del presidente del Banco. Ya confeccionada la lista de invitados y previstos otros detalles, el alto ejecutivo me llamó para manifestarme que, muy a pesar suyo, desistía del coctel y no viajaría al Quindío. Dejaba en mis manos la realización de algún acto discreto para difundir la noticia.

Por aquellos días, en los albores del gobierno de López Michelsen –hace 30 años–, el doctor Nieto Calderón había invitado al primer mandatario a inaugurar la oficina del Banco Popular en Cali. Éste respondió que lo haría con mucho gusto, pero con la condición de que se prescindiera del coctel, ya que en su campaña había ofrecido gran austeridad en los gastos públicos. Según deseo suyo, en la reunión de Cali no habría champaña ni whisky, y en cambio se brindaría con jugo de fruta o con tazas de café.

De paso, se enteró del excelente edificio levantado en Cali, lo que dio lugar, varios meses después, al traslado de la sede principal del Banco Popular a dicha ciudad: otra de las ofertas de su campaña había sido la descentralización del poder central y el fortalecimiento de la provincia mediante la ubicación en varias ciudades de algunos organismos estatales de fuerte impacto nacional. Así se hizo con el Banco Popular. Dicha medida dejó la sensación de que se iba a seguir con otros institutos, entre los que se mencionaban el Banco Cafetero y el IFI. Con todo, el Banco Popular fue la única entidad sometida a ese proceso, y se convirtió en “conejo de laboratorio” de un programa que tuvo muchos anuncios pero poca efectividad.

Tal circunstancia determinó la renuncia del doctor Nieto Calderón de la presidencia del Banco, por no compartir la idea del traslado a Cali, ni la de suprimir los cocteles en este tipo de eventos. Para qué dudar de que los dos personajes de esta historia consideraban, como refinadas figuras de la alta sociedad (y que además tenían lazos de parentesco), que los cocteles son una institución imprescindible en el mundo entero y no pueden separarse ni de la actividad pública ni de la vida empresarial. Pero en aquella ocasión las apariencias impusieron otra cosa.

El ilustre banquero nos dejó esperándolo en Armenia para darle brillo a la fiesta de apertura del museo regional: acariciada obra suya que, como una ironía del destino –o mejor, un desatino del “Mandato Claro”–, no llegó a conocer, a pesar de su paternidad, ya que el proyecto lo dirigió a distancia y nunca tuvo oportunidad de verlo en funcionamiento.

En ausencia suya, yo hice la celebración en privado, sin bullicio, discursos ni licores, y al mismo tiempo dentro de una ceremonia solemne y entrañable: invité al gobernador, al rector de la Universidad, a la secretaria de Educación, a la directora de Extensión Cultural y a varios amigos selectos, y les hice un recorrido por los dos pisos bellamente engalanados con la cultura quimbaya. El fotógrafo nos tomó unas fotos, y yo pedí a los asistentes que me acompañaran a un brindis… con el aromático café de la tierra quindiana. Las fotos salieron publicadas en varios periódicos, y la noticia cultural alzó vuelo.

Nadie tenía por qué saber los secretos que se escondían detrás de aquella sobria ceremonia. O quizá alguien alcanzó a sospecharlo: el doctor López Michelsen nos había quitado a los gerentes las acciones de los clubes, dentro de su pregonada política de austeridad, lo que nos obligó a atender las relaciones públicas con nuestro propio bolsillo. El museo funcionó por espacio de diez años con mucho esplendor y con indudable beneficio para la gente, y fue desmontado a mi salida de la gerencia, para buscarles rentabilidad a los dos pisos improductivos. (Nunca la cultura ha dado dividendos, y la banca se hizo para producir negocios, pensaría mi sucesor, persona con mentalidad diferente a la mía).

En 1999 murió el doctor Eduardo Nieto Calderón, el gran líder del Banco Popular y promotor de una inmensa obra cultural para el país. Hoy el museo de Armenia ya no existe. Dicen que las piezas duermen en algún sótano, y así han vuelto a su estado primitivo de sepultura indígena. Densas capas de misterio han caído sobre la colección. Por supuesto, aquel tesoro de los quimbayas legendarios merece un réquiem.

Todo ha cambiado, y la historia ha concluido. Pero quedé yo para contar el cuento.

El Espectador, Bogotá, 12 de mayo de 2005.
Eje 21, Manizales, 26 de enero de 2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 29 de enero de 2017.

Comentarios

Existía entonces una extensa y hermosa colección de la cerámica quimbaya, de propiedad de la Universidad del Quindío, a la cual dio acogida y tutela el Banco Popular, gerenciado por don Gustavo Páez Escobar, cuya sensibilidad cultural garantizaba su custodia y su vivencia, en un amplio salón del edificio del banco. Nadie en Armenia presumió que a la partida del señor Páez Escobar, en septiembre de 1983, la colección pasaría a ser un tesoro casi escondido y cuyo destino se volvería por demás incierto. Josué López Jaramillo (exgerente del Banco de la República en Armenia), en “Reseña histórica – Museo Quimbaya”, marzo de 2005.

Qué tristeza que obras como la suya hayan desaparecido. Sin que nadie proteste, ni se dé por enterado. Gracias por el recuerdo de mi hermano Eduardo, tan justo y generoso. No recordaba lo ocurrido en el gobierno de López, con el cual trabajé como Secretaria de Información y Prensa. Y volviendo al museo de Armenia, ¿no habrá manera de revivirlo? Lucy Nieto de Samper, Bogotá, mayo de 2005.  

El señor Eduardo Nieto Calderón dejó un legado muy importante a la cultura. Las colecciones y publicaciones de la Biblioteca Banco Popular fueron y son muy importantes en la vida colombiana. Muchas obras que fueron reproducidas –y que en aquel entonces eran de difícil acceso a la llamada clase media y baja– aportaron a la sociedad una forma de hacer cultura. Pedro J. León R., Armenia, enero de 2017.

Tus evocaciones históricas, claras y lúcidas, siguen siendo fuente de incalculable valor para recuperar detalles de nuestro pasado. Los quindianos te lo agradecemos y bien se podría recopilarlas en un volumen que editaría la Biblioteca de Autores Quindianos. Umberto Senegal, Calarcá, enero de 2017.

Recordar el Museo Arqueológico del  Banco Popular me causa  una honda emoción. Recuerdo el esmero con que se cuidaba como uno de los sitios culturales más bellos de Armenia. Raquel Martínez Aguirre, Armenia, enero de 2017.

Pues le quedó muy bien contado el cuento, y son muy simpáticas las anécdotas con las que le dio forma. Para mí, y creo que para la gran mayoría de habitantes de este terruño, completamente desconocidas. Gustavo Valencia García, Armenia, enero de 2017.

…y muy bien contado. Es lamentable saber cómo una buena idea y un proyecto cultural cristalizado se vinieron abajo. Te queda la satisfacción grande de haber mantenido vigente durante tu administración el Museo Arqueológico del Quindío. Eduardo Lozano Torres, Bogotá, enero de 2017.

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