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Un gobernador eficiente

sábado, 8 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A Mario Gómez Ramírez no se le veía garra de hombre público antes de ser gobernador del Quin­cho. La tenía bien guardada, porque luego de quince meses de laborioso trabajo en su departamento se baraja su nombre como opción electoral para un futuro no lejano.

Vinculado a la empresa privada, conquis­tó diferentes posiciones hasta llegar a la gerencia de los Almacenes de Depósito del Banco Industrial Colombiano. Allí lo sorprendió el presidente Turbay con el honroso nombramiento.

Conoció desde bien joven los rigores de la vida bancaria y supo que si las cifras son duras, es disciplina que forma la personalidad y enseña a ser útiles. Iniciado en sencillo oficio en el Banco de Colom­bia de La Tebaida, su tierra natal, con el correr del tiempo ostentaría la más alta distin­ción oficial del departamento.

Su nombramiento causó impacto. Si la norma general es que un gobernador sea político, Mario Gómez Ramírez, ejecutivo de la empresa privada, iba a contradecir la regla. Venía respaldado por una sólida experiencia y un don innato de hom­bre cordial y emprendedor. La gente, que vio acertada la designación, lo rodeó con solidaridad y así se lo demostró en acto de respaldo popular, refor­zado con la presencia de destacadas figuras nacionales. A poco andar, ya se tenía evidencias de un mandato ejercido con equilibrio y firmeza, donde se demostraba el servicio a los inte­reses comunes.

Los políticos de la región se encontraron con un estilo diferente, y si bien todos no podían aceptar el experimento, máxime cuando no alcan­zaba para todos el reparto burocrático, terminaron reconociendo una administración honesta y dinámica. No faltaron los pro­blemas y las oposiciones, pero él los sorteó con inteligencia y cabeza fría.

Las obras públicas se vieron impulsadas con la vigorosa ejecución de quien, consciente de las trabas oficiales, se convirtió en gestor de auxilios y no desperdició ocasión para mover los resortes del alto Gobierno en la difícil empresa de conseguir el progreso regional. Fue un gober­nador atento a las necesidades de la comunidad. En ocasiones tuvo que moverse con difi­cultades entre las marañas políticas, pero con áni­mo sereno.

La cultura, que no siempre es afán de los go­bernantes, se vio favorecida más allá de lo prometi­do en el discurso de posesión. Tierra de escritores y poetas, ha estado marginada del apoyo oficial. El primer concurso nacional del cuento, patrocinado por Gómez Ramírez con la asesoría de Clarita Botero de Arias, directora de Cultura, resultó un éxito. En la Plaza de Bolívar dejó el Monu­mento al Esfuerzo, de Rodrigo Arenas Betancourt, como obra imperecedera.

Su remoción como gobernador tomó de sorpre­sa a los quindianos. Al no lograr  complacer a todos los grupos políticos se crearon algunas dificultades que determinaron su retiro. No es del caso detenernos en tales incidencias. Pero es justo resaltar los aciertos del gobernador eficiente que después pasó a ocupar la ge­rencia de la Corporación Financiera del Transpor­te, donde habrá de prestar, como se espera, positivos servicios al país.

La Patria, Manizales, 26-II-1980.

 

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Trescientos años de Medellín

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar

Con verdadero alborozo he recibido de Celanese Colom­biana, de parte de su presidente Jaime Lizarralde L., el precioso libro editado como homenaje a la ciudad de Medellín en el tricentenario de su fundación. Digno del mayor encomio resulta este gesto de la entidad que entiende como una de las más significativas expresiones de aprecio la de lanzar, con ocasión de este aniversario in­crustado en la nacionalidad del país, el refinado volumen que recoge vibrantes páginas de nuestra literatura. La ilustre Villa de la Candelaria recibe uno de los mejores tributos en este recuerdo que plumas maestras enaltecen con la fecundidad de sus in­teligencias.

Colombia, país de letrados, no puede subordinar, ni si­quiera en esta era moderna cargada de frivolidades y vanos alardes materialistas, su esencia de pueblo culto. Será preciso recordar una y otra vez que si por algo sobresale el país ante el concierto de las naciones es por su bagaje in­telectual. Es ahora Celanese la que escruta fibras sensi­bles de nuestra idiosincrasia al poner en letras doradas, como mensaje para todo Colombia, escritos memora­bles que no perderán vigencia y que en ocasión tan propicia como la de la efeméri­des de Medellín es preciso exaltar para afirmar la vigencia del país amante de sus tradiciones.

Celanese da en el clavo cuando acomete la ponderada labor de armar una reliquia en este tomo que ingresa con honores —y cuyo ejemplo ojalá sea seguido por otras empresas— al patrimonio bi­bliográfico del país. Afortunado empeño este de conmemorar una fecha refrescando la memoria del pueblo a veces confuso entre mediocridades y sacudido otras por los vientos de la descomposición social, y que no puede ambicionar mejores días si se olvida de sus escritores y poetas.

Otto Morales Benítez, en semblanza de la ciudad «orquídea», evoca el significado de una raza que tanto lustre le ha dado a Colombia. «Y Medellín  –di­ce– era el eje de esa gran aventura del antioqueño, que aún, por fortuna para el país, no ha terminado. La arriería tuvo dones esenciales: la honorabilidad del transpor­tador; la puntualidad en los tiempos de recibo y entrega; la apertura de todas las rutas convergentes hacia un interés económico y social».

Más adelante anota, entre los muchos enfoques que contiene su  ensayo sobre la raza antioqueña: «Se puede hacer un desafío a quien logre escribir un ensayo en el país sin tener que volver la memoria a Antioquia para situar su in­flujo». Otto Morales Benítez, testigo del tránsito del arisco poblado a ciudad poderosa, y que lleva en sus venas sangre de arrieros, le cuenta al país cuánto pesa la historia de este pueblo que ha jalonado la grandeza de Colombia a golpes de hacha, de ingenio y de temples creado­res. El nombre de Medellín —agrega— se confunde con el de orquídea, esfuerzo y gloria. Cabe, en tan certera síntesis, todo el señorío de la ciudad preclara.

Ediciones Sol y Luna de Bogotá está a la altura de las circunstancias al presentarnos este libro bellamente elaborado donde alterna la pulcritud de la edición con la elegancia de los grabados. Fueron estos toma­dos de Le Tour du Monde, París 1872-1873. La diagramación corre por cuenta de Jorge Luis Arango, de la casa editora, y se pone de manifiesto en ella la capacidad artística de su autor, de que ya ha hecho gala en otras realizaciones.

La enumeración de los escritores que engrandecen estas páginas es suficiente para sa­ber que se trata de un suceso destacado: Otto Morales Benítez, Gui­llermo Valencia, Francisco Villaespesa, Andrés Posada Arango, Charles Saffray, Emiro Kastos, Antonio José Restrepo, Baldomero Sanín Cano, Emilio Robledo, Luis López  de  Mesa, Tomás Carrasquilla.

La bibliografía del país queda en deuda con Celanese Colombia por este maravilloso presente. Palmaria demostración del interés con que la firma industrial está identificada con nuestro devenir histórico.

El Espectador, Bogotá, 13-X-1976.

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El retiro de José Restrepo Restrepo

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No por esperada resulta menos sensible la decisión del doctor José Restrepo Restrepo de retirarse de la actividad política, a la que se entregó por vocación y con denuedo por espacio de 35 años. Un grupo de dirigentes conservadores de Caldas lo ha lla­mado, como en tantas ocasiones anteriores, a ocupar el puesto de jefe que por derecho le corresponde en las justas del inme­diato futuro que han comenzado a repicar en la epidermis del país.

Pero él, que nunca eludió deberes y responsabilidades, y que siempre se mantuvo incólume lo mismo ante el triunfo que ante el fracaso, renuncia ahora a la prerrogativa de encabezar, como en el cercano pasado, los movimientos de restauración por los que ahora, más que antes, claman sus copartidarios.

Se advierte en varios pasajes de su carta el sentimiento afli­gido, que no amargo, con que debe repasar episodios recientes que desmembraron la unidad de su partido, hasta perderse para él y para el amigo en discordia la vocería popular, que pasó, por los azares de la política, a una fuerza minoritaria.

Recuer­da sus intentos de recomposición de los cuadros directivos del partido tras el descalabro electoral, y se duele de que haya sido la suya una voz que se perdió en el vacío ante la errónea interpretación de quienes solo fueron capaces de adjudicarle deseos de ventajas personales.

Circunstancia deprimente para él que ha sido prototipo de desprendimiento para su partido, para su departamento y para Colombia. La carta de sus fervorosos adherentes no ha hecho cosa dis­tinta que atizar recuerdos difíciles para un hombre que, por temperamento y nobleza, no se resigna a los golpes bajos.

Para el doctor Restrepo Restrepo las cartas deben ser limpias y la personalidad no admite desdobles. Es, si se quiere, un rene­gado de la política que se considera exento de nuevos combates después de haber concluido, por la que anuncia como resolución irrevocable, un itinerario de 35 años de fructífera labor.

Esquivo el autor de esta nota al acontecer político, que no lo seduce, pero no por eso ajeno al curso de la historia, que lo apasiona, le ha tocado en suerte mirar el hecho humano del doctor Restrepo Restrepo. Si se han pergeñado las citadas circunstancias anteriores que hacen ya parte de la historia de Caldas, es para descifrar la esencia humana del gran hombre que hay en el doctor Restrepo Restrepo, talante que no se podrá entender con prescindencia de sus raíces políticas, porque se desdibujaría su personalidad.

La figura del doctor José Restrepo Restrepo es cimera en las glorias del partido al que consa­gró sus amores y sus energías, y sobre todo en la vida de su comarca, a la que ha servido con desinterés y patriotis­mo. Para él, cuyo ánimo no decae en las horas del infortunio, «es más fecunda fuente de energía la adversa que la próspera fortuna», como lo proclamó al día siguiente de su injusta derrota.

No es fácil admitir que este desvelado servidor de los intereses regionales pueda retirarse impunemente de la es­cena, si el pasado de contiendas gloriosas lo atrapa, y casi que lo esclaviza, en la hora del retiro. No en vano se ha sido paladín de la democracia. Eso ha sido, por sobre todo, la existencia del doctor Restrepo Restrepo: un permanente ser­vidor de la patria.

Pierde Manizales, pierde Caldas, pierde Colombia, en la hora confusa de los conflictos, a uno de los más significativos aban­derados de las causas nobles. Su vocación de bienhechor, que lo mismo lo empujó a trabajar por la escuela de vereda que por el auxilio creador de progreso, y que buscaba con igual ahínco el engrandecimiento de su región que la protección para el más modesto empleado, resulta en él un venero inagotable de generosidad.

Mecenas de escritores y de artistas, y li­gado como el que más a la suerte de la cultura, ha sabido com­binar su calidad de combatiente público con su sensibilidad es­tética.

No es el suyo marginamieno fácil. En su fibra humana se­guirá vibrando su impulso de servir, imposible de renunciar. Desde su tribuna periodística de La Patria continuará su acción de líder de la comunidad, acaso más vehemente ahora en el reposo de sus fatigas políticas.

Si se perdió, y ojalá que no sea cierto, a un combatiente activo del partido conservador, se ha agigantado más la dimen­sión humana de este prócer que se ve más grande en la tregua del combate. Mucho es lo que tienen que imitar las generacio­nes futuras de este forjador de gestos grandiosos.

La Patria, Manizales, 20-X-1975.

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Una Colombia doliente

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hemos enterrado a Obdulio Barrios Roa. La sociedad de Armenia y de este Quindío todo que fue azotado por una de las más implacables olas de violencia, se puso de pie, estremecida, ante el fé­retro cruzado por balas monstruosas. La violen­cia, el mayor castigo de la humanidad, fiera tene­brosa que deambula por calles y veredas, que per­sigue y tortura y asesina, ha cobrado una nueva víc­tima. Es una fuerza embrutecida, dragón de siete cabezas, empeñada en destruir los cimientos de la civilización. Lo mismo ataca en la oscuridad de la noche, porque es cobarde y alevosa, que a plena luz, porque es maquiavélica.

Obdulio Barrios Roa era un ciudadano ejemplar. De los pocos ejemplares ciudadanos que todavía se mantienen inalterables en este mundo que se está disolviendo por falta de principios y por ex­ceso de corrupciones. En la dorada juventud de 35 años promisorios, todo se esperaba de él. Se había graduado de ingeniero agrónomo en Palmira y había reforzado en los Estados Unidos una carrera que quiso más especializada para venir a servir a los suyos en estas fértiles campiñas del Quindío, donde prac­ticaba de sol a sol, entre sudores y optimismos, las enseñanzas del buen sembrador.

Consejero agríco­la, empujaba con su esfuerzo y con su sabiduría el progreso de la región. Se le confundió, quizás, con el desaforado terrateniente, cuando había ape­nas echado las primeras raíces para pegarse a la tierra. O quiso tomársele como rehén para cerce­nar otros patrimonios. Y en una vuelta de la ca­rretera de Pereira-Armenia —como testigo el sol que maduraba los cafetales de la prosperidad— lo esperaba la cuadrilla asesina.

Tortuosos caminos estos donde es posible cer­car, como en las desoladas estepas del oeste ame­ricano, al indefenso ciudadano que transita con su esposa y sus dos pequeños hijos camino del fuego hogareño. Pero estos malhechores sin entra­ñas no entienden de otro fuego que no sea el de la iniquidad.

Una cuña periodística habló, con cierto entusiasmo, de un frustrado secuestro. No recapa­citó lo suficiente, de seguro, en el filón de sangre que quedaba —y que ya nunca podrá desvanecerse— sobre la brillantez de la vía asfaltada. Es una mancha abierta en el corazón de la patria. Sobre el asfalto del progreso cayó con el cerebro perforado, sin saberse por qué, este ciudadano de bien que pagaba cara su devoción a la tierra.

Hoy, después del estallido de la pasión, Glenda, la joven viuda torturada en lo más profundo del ser, y sus dos pequeños hijos, que apenas están abrien­do los ojos a la vida cuando ya se oscurecen en un horizonte de sangre, le entregan a la sociedad este lacerante drama de un episodio más de la violencia. De esta violencia torpe que siembra, aquí y allá, lo mismo en la profundidad de la noche que en la plenitud del día, y lo mismo en los más apartados parajes que en los escenarios más concurridos, el zarpazo de la barbarie.

El ánimo se conturba con tanta atrocidad. El país, que sabe hoy de un secuestro que se negocia a empellones, se entera mañana de la víctima sacrificada sin esperar ninguna transacción. Nebuloso panorama alimentado por los traficantes de la delincuencia con el dolor de viudas, huérfanos, parientes, ante la faz de un país atemorizado. En esta degradación de los valores la vida no vale nada. La sociedad pide justicia, se conmueve y se aterro­riza por estos hechos que se van registrando con incontenible furia satánica.

En la tumba recién abierta de Obdulio Barrios Roa, un pacífico ciudadano que en el Quindío no supo practicar sino el bien, ajeno a pasiones par­tidistas y forjador de progreso, es preciso depositar, como en tantas otras del país entero, la aflicción de la Colombia doliente que pide garantías para la vida, honra y bienes de los ciudadanos.

La Patria, Manizales, 13-IX-1975.

La iniciativa privada

sábado, 1 de octubre de 2011 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar

Sin perjuicio de traer a cuento otros casos, bien vale la pena analizar los siguientes polos de desarrollo nacidos en Armenia gracias a la iniciativa privada:

 Club de Bolos. En sitio privile­giado sobre la Avenida Bolívar, acaba de inaugurarse un centro social que consulta las más avanzadas técnicas arquitectónicas y que se convierte en es­tupenda obra ornamental para la ciudad. Hace siete años un grupo de entu­siastas ciudadanos tuvo la idea de crear un modesto sitio de diversión dedicado al deporte de los bolos. Cada cambio de local implicaba un mejoramiento del servicio. Puede decirse que esta ac­tividad se mantuvo inadvertida y ape­nas se sabía que en algún sitio de Ar­menia existían unas canchas para prac­ticar dicho deporte.

De un momento a otro comenzó la pica a rebanar terre­no. Para sorpresa general, fue levantán­dose una moderna construcción donde se notaban la laboriosidad y el empeño para regalarle a la ciudad un sitio de sana distracción. Ahí tenemos ahora este Club de Bolos dotado de doce pistas, de piscina, de sauna, de cancha de tenis, de biblioteca, de paisaje y de exquisito ambiente a la altura de cualquier exigencia. Se prueba con ello lo que vale el entusiasmo de gentes emprendedoras, que merecen beneplácito público. Sin ostentaciones y con método, jalonando paso a paso el progreso, estos compañeros de un círculo estrecho, que ahora quedan multiplicados a 400 socios, han dado ejemplo de civismo, y han tumbado bolo, como puede decirse en el argot apropiado.

Pollos Kokorico. La esquina donde funcionó el Banco de la República se ha converti­do en elegante restaurante de esta ca­dena de pollos, que «no tiene presa mala», como se anuncia y como nos consta. El edificio, que no era ningún muestrario digno para una ciu­dad que se remodela a diario, cambió de aspecto en virtud de una bien orien­tada inversión. Es otro aporte sustantivo para el embellecimiento de Armenia. La ciudadanía dispone de un restau­rante ágil y esmerado, con su sarta de llamativos pollos provocando el más exigente paladar. Con pollos y con pollas progresan las ciudades.

Hotel Zuldemayda. Iván Bote­ro Gómez y Silvio Velásquez López no calcularon en toda su magnitud la em­presa en que se habían embarcado. El uno, comerciante de largas ejecutorias, y destacado arquitecto el otro, acome­tieron la tarea de transformar para ho­tel una construcción que se venía que­dando en obra negra y que había sido planeada para otro fin. Se trataba, nada menos, que de le­vantar el mejor hotel de Armenia. Ta­rea titánica, si el proyecto requería no solo una total reestructuración, sino una fuerte inyección de dinero.

No fueron pocos los pesimistas que le negaban posibilidades a la iniciativa. Pero un día salió humo blanco y que­dó plasmada otra realidad demostrati­va del coraje de dos hombres de visión que erigieron uno de los más conforta­bles hoteles del occidente, movidos por su afán de servicio a la comunidad, y sin el apoyo, como era de esperarse, de la Corporación de Turismo, que olvida que no solo la Costa es tierra propicia para el turismo.

Son, por hoy, tres muestras de con­tribución a los destinos de una ciudad en marcha, que aunque reseñados en otras oportunidades, no sobra que se destaquen como un bloque de volunta­des forjadoras de progreso y convencidas de su propia capacidad. El país nece­sita de la iniciativa particular.

 La Patria, Manizales, 20-V-1975.

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