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¡Buena suerte, Risaralda!

lunes, 26 de septiembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

«Al Risaralda no lo maneja ni el diab­lo», es la gráfica expresión con que el nuevo gobernador, doctor Mario Delgado Echeverri, describe el estado caótico de su departamento, y renuncia antes de posesionarse. «Por favor, déje­nme gobernar», había pedido cuarenta días atrás María Isabel Mejía Marulanda en su discurso de posesión. Dos horas después de pronunciada esta frase, sus coterráneos, lejos de entender el llamado con que una decidida mujer convocaba la sensatez de su pueblo, le propinaban el primer rechazo por parte de un grupo o subgrupo que no había recibido la esperada cuota burocrática.

Es el de doña María Isabel un efímero gobierno, casi tan caduco como un reinado de belleza. Su antecesor, José Jaramillo Botero, fue más resistente, pues duró dos meses. Y antes que él, Dora Luz Campo de Botero no alcanzó siquiera a posesionarse, castigada por lo que se conoció como el baculazo pas­toral, hecho que provocó una ola de ingrata espectacularidad.

Recuérdase la polvareda que se levantó en torno al matrimonio civil, tema que es hoy de actualidad pero que en aquella ocasión se mostró tan candente que frustró las aspiraciones de servicio de esta valerosa mujer que parecía destinada a reconciliar las ambiciones políticas, haciendo olvidar de momento los resquemores y los caciquismos. Pero, de haber aceptado, no queda difícil predecir que la hubieran tumbado a la semana siguiente.

Son cinco los gobernadores en lo que va corrido del año, incluyendo a los dos que renunciaron antes de llegar al despacho y que no tienen, por lo mismo, que dolerse hoy del sinsabor del servicio público en una parcela condenada por las pasiones partidistas al ostracismo. Y el año no ha concluido.

Resulta deplorable que siendo el Risaralda una de las regiones de mayor pujanza y que está llamada a ocupar puesto destacado en el futuro del  país, no logre superar el estado de crisis permanente en que vive desde tiempo atrás. Es un departamento que merece mejores destinos, por muchas circunstancias, como la feracidad de sus suelos, su privilegiada posición geográfica, la laboriosidad de sus gentes, su empuje industrial, para citar apenas algunos de sus rasgos genéricos. Pero en mala hora la voracidad política lo tiene frenado.

Con ocho años de independencia ad­ministrativa, lleva dieciséis gobernado­res. O sea que el término promedio pa­ra un gobernador en el Risaralda es de seis meses. Plazo tan breve, que es me­jor no posesionarse, como en su caletre lo debió calcular Mario Del­gado Echeverri, cuya renuncia, por lo instantánea, parece sintomática del de­sarreglo existente. Ha sido el mandato más corto, renunciado como respuesta fulminante que no debía hacerse esperar.

Lástima grande que personeros tan prestantes deban excluirse del servicio a su tierra, solo por ser esta pródiga para los conflictos políticos. No es lógico, por decir lo menos, que se continúe privando a Risaralda de las luces de sus buenos hijos en esta rebatiña politiquera. María Isabel Me­jía Marulanda, mujer inteligente y con formidable voluntad de acertar, se sacrifica ante la intemperancia de sus paisanos que desoyeron sus intencio­nes.

Risaralda está en crisis. Crisis de su clase diri­gente, o por «lo alto», como deben pensar los de abajo, que solo desean trabajar. No puede hablarse de deter­minado partido, porque tanto liberales como conservadores, anapistas como comunistas, parecen puestos de acuer­do para volver imposible cualquier ad­ministración. Nadie se muestra dis­puesto a ceder, así haya que sacrificar gobernadores.

Urge, antes que cualquier programa de gobierno, mayor civilización políti­ca, si se quiere en realidad que esta importante región no se anquilose en­tre los arrebatos de ambiciones perso­nalistas.

Ojalá se rectifique pronto el criterio de que «al Risaralda no lo maneja ni el diablo», y su clase dirigente demuestre lo contrario. Al desearle, desde la vecindad, una mejoría a la comarca ami­ga, estamos al mismo tiempo expresán­dole a su pueblo, con simpatía y sinceridad: ¡Buena suerte, Risaralda!

El Espectador, Bogotá, 6-XI-1975.
La Patria,
Manizales, 21-XI-1975.

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Baculazo pastoral

lunes, 26 de septiembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cancelado por parte de los señores obispos de Pereira el «penoso incidente» que suscitó el veto eclesiástico a la designación de Dora Luz Campo de Botero como gobernadora de su departamento, circunstancia sin duda penosa para ella al ver invadida su vida privada, cabe desearle buena suerte a esta valerosa mujer que asume dentro de circunstancias poco comunes los destinos de su tierra.

Su gesto altivo y humilde al propio tiempo, cuando tuvo que resistir lo que ha dado en llamarse el «baculazo pastoral» en virtud de su matrimonio civil, y que provocó una ola de ingrata espectacularidad, pero también estimuló en torno suyo la solidaridad del país, enaltece las virtudes de la mujer colombiana. Después de alguna indecisión, ratificó su voluntad de aceptar el alto honor, manifestando de paso que lo hacía no como reto para la Iglesia, sino como motivo para ser útil a la comunidad.

Dicha indecisión obedeció más a su acongojado estado de ánimo, sin saber a qué hora estaba convirtiéndose en la comidilla del país, que a falta de temple para afrontar la adversidad. Su enfrentamiento con la Iglesia, o mejor, de la Iglesia hacia ella, parece quedar reconciliado. Ojalá suceda aquí lo de los grandes temporales: que terminan dominados por la calma después de la turbulencia.

El caso de Dora Luz queda incrustado en los anales de la historia. Expertos en asuntos religiosos, temas conciliares, concordatos y cuestiones morales, y la inmensa masa de profanos que se guían por el sentido común, movieron la controversia nacional. Nos encontramos ante un mundo en crisis, ante una Iglesia cambiante, que se quisiera más flexible. Episodios como este donde se ventilan tesis controvertidas, con partici­pación de autorizados voceros, entre ellos el señor Presidente de la República, aportan elementos de juicio para preservar, en esta  nación libre y católica, la democracia del pensamiento y la paz de la conciencia.

Dora Luz Campo, que por circunstancias imprevisibles se ha convertido en personaje popular y en líder de la mujer, ya no se pertenece por completo a sí misma y a los suyos tras el penoso incidente. El clero de su departamento ha conseguido aglutinar alrededor de su nombre un plebiscito de opinión que la respalda desde antes de posesionarse del cargo.

Risaralda, tierra pródiga para los conflictos políticos, con una docena de gobernadores durante su breve independencia administrativa, se ha unido en torno a esta mujer que por lo menos en principio ha reconciliado las ambiciones políticas haciendo olvidar los resquemo­res y los caciquismos.

Es solemne el compromiso que se le presenta a la clase dirigente, del que no debe excluirse la Iglesia, para sacar con brillo la gestión de esta decidida mujer dispuesta a acertar.

Armenia, 9-III-1975.

(Este artículo se envió a La Patria, pero no fue publicado. Dora Luz Campo renunció a su nombramiento de gobernadora después de una conversación con el presidente López Michelsen. El artículo, que ha permanecido inédito durante 35 años, se recupera para mi página web. GPE)

¡Vigorizar la provincia!

domingo, 15 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El anuncio del Gobierno de aplazar el traslado de institutos descentralizados de Bogotá a otras ciudades mientras se estructuran mejor los procedimientos técnicos que sea preciso acometer, ojalá ponga freno a los insistentes movimientos regionales que se vienen suscitando. Pocas son las ciu­dades que no se creen con derecho a albergar la sede de una de esas ramales del Estado. Cuando varios lugares pa­recen propicios para establecer la mis­ma entidad, el clamor ciudadano se ha traducido en mensajes, en plebiscitos, en actos cívicos, en forcejeos e intrigas de mayor o menor grado.

Existe en tales aspira­ciones un razonable comportamiento para propugnar el progreso de la provincia. Es comprensible la actividad humana que han desplegado las fuerzas vivas para atraer el interés de las altas esferas gubernamentales desde cada sitio opcionable. Por anticipado, aunque sin medir exactamente las incidencias no siempre claras de esos despla­zamientos hacia la periferia, se tejen planes, más o menos deleznables, acer­ca de la nueva época de prosperidad que reportará la llegada del organismo estatal.

Loable el propósito del Gobierno de descon­gestionar la capital del país del agobiante poder de concentración que es­tá haciendo invivible, por lo complicada y lo caótica, la vida de una urbe con tres millones de habitantes y con creciente presión de necesidades. Lo indicado, entonces, es desplazar varios de los estamentos del estado, no solo como fórmula para hacer más respirable la atmósfera capitalina sino también para imprimirle mayor vigor a las regiones.

Las trabas, los contra­tiempos, la desazón que se viven en una ciudad como Bogotá atiborrada de problemas, de asfixias y de neuróticos, son factores que conforman la antesala del infierno. Pueda ser que el ilustre Cofrade no cambie pronto esta vida airada por la paz de su biblioteca

La provincia, con su vida y sus cos­tumbres apacibles, con su ambiente puro, con su potencial de desarrollo y hasta con cierto discurrir entre con­templativo y bucólico, está de pronto trocando la paz, en aras del progreso, por el alboroto y el absurdo. Es inevitable que las ciudades, sobre todo las intermedias, tarde o temprano rom­pan esa barrera invisible que preservaba su encanto, y al entrar en la órbita de crecimientos no siempre planificados, encaren vicisitudes y dificultades prematuras. Es como pasar de la desprevenida adolescencia a la conturbada pubertad.

La riqueza, con todo, está en la provincia. Deben, por eso, fortalecerse las ciudades y hacerse mayores. Es un tránsito inevitable para el progreso. Pero, paradójicamente, el poder político y el poder económico están empotrados en Bogotá. Antes de pensar en trasladar las sedes de los bancos y de los institutos descentralizados, debe dárseles mayor participación a las regiones.

Que no todas las decisiones se to­men en la capital a espaldas de las zo­nas productoras de la prosperidad. Las ciudades necesitan y reclaman autono­mía para determinados actos. Se requie­re mayor influjo en la periferia. Es todo asunto de atribuciones. Con esa participación y esa presencia en los destinos públicos, habrá mayor aceleramiento.

Para desmontar el poder concentrado en la capital del país es necesario comenzar por hacer más representativa la provincia. Después vendrá poco a po­co el acto material de ubicar las sedes en los puntos más indicados. Complejo programa de estrategias. Cir­cunstancia esta que no puede afron­tarse de buenas a primeras, ante el implícito peligro de traumatizar la vida de las ciudades con problemas de espa­cio, de habitación, de funcionabilidad, y los esencialmente humanos, en lugar de proporcionarles el proyectado bienestar.

Se requiere ahora, ante todo, una buena inyección de poder decisorio, distribuido equitativamente en todo el país, y muchas ventajas llegarán por añadidura Que sigan después los movi­mientos y las emulaciones para con­quistar las sedes. Esto es también buen síntoma de superación, pero sin peleas entre hermanos.

La Patria, Manizales, 17-IX-1974.

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El alcalde mordelón

miércoles, 27 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El mordisco que el alcalde de Carta­gena acaba de propinarle a un turista exaltado, médico para colmo del do­lor, con lesiones en su indefensa oreja izquierda, no es un mordisco cualquie­ra. Si usted camina tranquilamente por la calle y siente, en el momento menos pensado, los colmillos del perro vagabundo, al que sin darse cuenta le había pisado la cola, clavados en el muslo o en la nalga (y quiera Dios que no en lugares limítrofes más sensibles), el ca­so pasará inadvertido y no revestirá ninguna importancia, por más impor­tante que usted sea.

Pero si la morde­dura proviene de dientes tan finos co­mo los del señor alcalde, el hecho, a más de pintoresco y por más desgarra­dor que resulte, despertará el interés que suscitan los actos oficiales, y es po­sible que su adolorido apéndice se con­vierta, como en las fiestas bravas, en emblema de triunfo.

Recordemos, para corroborar la trascendencia de ciertos incidentes exóticos, el arrebato de Nikita Kruschef que movió la atención del mundo, y no armado de bombas atómicas, como era su distracción y continúa siendo la de sus sucesores, si­no con su bota como medio para hacerse escuchar. Es el único hombre que ha sido capaz de ta­conear tan fuerte, tan enérgico, que el mundo entero se eri­zó. Aquella bota, de por sí un elemento insignificante, pasó a las pá­ginas de la historia solo por haberla agitado el bravo Nikita en ademán tan inesperado como grandilocuente.

Laureano Gómez, otro bravo de la historia, cobró una discordia a paraguazos en pleno centro de Bogotá. Aunque no causó daños físicos, nunca un paraguas había sido tan aplastante ni desmoralizador.

Lleras Restrepo, genio igualmente volcánico –y los volcanes son sober­bios–, aplastó una revolución con su reloj de pulso, al manifestar a los colombia­nos, en escalofriante escena de firme­za, que la ley marcial que se impon­dría en una hora no quería gente en las calles. Los hogares quedaron com­pletos en contados minutos, pues se comprendió que el desacato a la advertencia presidencial podría de­jarlos incompletos.

Pero no confundamos las arremeti­das que tienen un fondo oculto de grandeza, con lo que en otro terreno puede ser un simple deseo de hacerse notar. La separación de Liz Taylor de su bohemio Richard, sus posteriores coqueteos y su dulce reconciliación, como si nada hubiera sucedido, hacen pensar en un aparato publicitario, tan útil para las personas que comienzan a oxidarse.

Los políticos se desgastan más que las luminarias del cine. Y también los alcaldes. Si esto, de pronto, le ha suce­dido al burgomaestre cartagenero, claro está que un mordisco bien dado puede restablecer su popularidad. Su fogosidad ha creado suspenso, expectativa y hasta cierto entusiasmo para algunos que no quieren que sus alcaldes se pas­men y desean, por el contrario, que salgan de inconvenientes marasmos, así sea a empellones o a mordiscos.

Falta saber si la «legítima defensa» que llama el alcalde de marras a su ac­ción extraoficial con el galeno bogota­no es un toque publicitario o un arre­bato de mal genio. La discusión entre varios amigos está dividida. Unos ha­blan de canibalismo; otros de desenfre­no tropical; y otros de un acto de au­toridad. Pero todos coincidimos en que el precedente no es bueno, porque puede ser prendedizo.

Ayer estuve metiendo el hocico en las finanzas municipales de Armenia, en amable tertulia con su alcalde, mi caro amigo, bajo la sombra hospitalaria de una casa de campo. Al llegar a cierto punto de cor­dial controversia, la ficción  me hizo verle los colmillos demasia­do afilados. Desde entonces preferí ponerme de acuerdo en todos los plan­teamientos y pensar, más bien, en el paraguazo de Laureano, pues por for­tuna mi dilecto amigo no usa tal arte­facto.

La Patria, Manizales, 11-I-1974.

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La remesa fúnebre

miércoles, 27 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Eso de descuartizar un hombre, suc­cionarle la sangre, empacarlo en bolsas plásticas como a los pollos congelados, acomodarlo en dos maletas y ponerlo a rodar hasta que el bus detiene la mar­cha en Cali, no sólo resulta macabro, sino que parece inverosímil. El caso, por más tétrico que sea, tiene un fon­do de chiflada comicidad.

La vida es una comedia. La historia parece una tragedia griega. Esquilo, o Sófocles, o Eurípides, hubieran montado un drama para ridiculi­zar, en nuestra época, tanto disparate de la humanidad, como en su tiempo lo hicieron con los aconteceres de su pueblo.

Detrás de esto que ha dado en lla­marse la «remesa fúnebre» hay un telón de burla. Y la burla se contrae con un rictus de risa y de tragedia. Fue primero la madre angustiada que reco­noció en los restos al hijo ausente, el calavera que se había perdido muchos años atrás. Pero el hijo descarriado, a la vista de su propia estampa publicada en los periódicos, debió cerciorarse pri­mero de que sus costillas estaban com­pletas y que aún mantenía puesta la cabeza sobre el tronco, para luego con­solar el llanto de su familia. Se presen­tó a las autoridades en carne y hueso y caminando por sus propios medios, para probar su supervivencia y acusar al muerto de ser un vil usurpador de derechos ajenos.

No ha sido bastante, para el pobre difunto, el haber recorrido media Co­lombia entre la incomodidad de una bodega, expuesto a los zangoloteos de un bus desaforado, sino que por segun­da vez vuelven a perturbar la tranquili­dad de su morada para verificar si coin­ciden sus huellas, y la mueca que aún le baila en el rostro desfigurado, con los rasgos de otro candidato a difunto que, como el anterior, pudo ser utiliza­do para escribir el mensaje que quiso enviarse a Cali con fines que, si no completamente claros, tampoco son indescifrables.

Pero, según reza la noti­cia, también en este intento el indefen­so cadáver regresa a su tumba como un simple suplantador, ya que en los Esta­dos Unidos «resucita» el mortal sospe­choso.

Tener semejanzas con momias sin dueño ni identificación no es nada agradable. Sigue, entre tanto, la incóg­nita. ¿Quién es el muerto? Lástima grande que Agatha Cristhie se nos haya vuelto tan vieja para que descubra el misterio. Para quienes creen en la reen­carnación, el ánima de esta remesa fúnebre ya está unida a otro ser y desde allí se burla de los investigadores que no han podido identificar la osamenta.

Habría un buen consejo para las es­posas con maridos parrandistas, de esos que acostumbran perderse duran­te varios días sin dejar huella. La sos­pecha, hecha pública, con la divulga­ción de la fotografía en los periódicos, seguramente logrará que su marido «resucite» en el acto y que, como los anteriores, demuestre su integridad.

Pero si en tres días no ha aparecido, permítame darle desde ahora mi más sentida condolencia –o mis parabie­nes, según sean sus circunstancias personales–, y no porque sea el hombre de la remesa fúnebre, sino porque hay maridos muy vivos que no resisten las bromas pesadas y prefieren que se les tenga por muertos.

La Patria, Manizales, 18-II-1974.

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